Y de
repente sentí que el mundo tal como lo conocía, se congelaba. Se detenía
lentamente en ese instante único, en ese milisegundo de la vida, y súbitamente se
paralizó. La mujer que tenía frente a mí, con el rostro rígido, me devolvía un
gesto de asombro ¿o tal vez sería terror? Me miraba con ojos desmesuradamente
abiertos y secos, cargados de todo y nada a la vez. Sus labios, delicadamente
delineados y maquillados, tenían una palabra grabada. Un monosílabo que apenas
si había podido emitir antes de que el tiempo se transformase en algo
inexistente. Quizás se preguntaría ¿Por qué ese día tendría que ser así? ¿Por
qué a ella? Tal vez, en realidad eso lo creo yo y ella no pensaba en nada más. Mente
en blanco. Entonces, esa sílaba finalmente se le escapó como un reflejo. Un
reflejo idéntico al que se produce cuando se saca la mano del agua caliente derramada
por error, aún antes de sentir el calor desmesurado de sus más de noventa
grados centígrados en nuestras terminales nerviosas. O cuando se pestañea en el
momento casi previo a que alguien llegue a golpearte en el rostro. Reflejo. Tal
vez el vidrio que se interponía entre nosotros no me permitía ver con precisión
su sentir. Y digo ver porque yo no podía sentir sus sensaciones. No podía saber
si su terror era real. Si no estaba fingiendo para que nada le sucediese, para
que todo fluyese y terminase de una buena vez.
Miré
al hombre que se encontraba detrás del vidrio, junto a la joven. Una gota de
sudor se había detenido en la mitad de su frente. Tal vez era muy obeso y el
calor reinante lo estaba torturando. Y hacía calor, porque era verano. Ese
segundo congelado, era el de uno de esos días de tremendo calor en la ciudad y
allí no había aire acondicionado. Y no lo había porque él era muy tacaño. Y lo
sabía. Quizás también sabía que había mentido, tan solo cinco segundos atrás.
Que había omitido decir la verdad cuando dijo que sus bolsillos y la caja
estaban vacíos porque el camión recaudador se había llevado todo esa mañana
temprano. Mentía. Sus ojos eran pequeños y habían mentido delante de mí,
delante de mi mirada atónita que no le creía ni una sílaba. Esos ojos
mentirosos y pequeños y sin embargo delatores, no eran como los de la mujer que
aún tenía el “¡No!” petrificado en sus labios. Ella tenía enormes y asombrados
ojos azules. Era bella, estaba bella y más que de costumbre. Entonces me di
cuenta del porqué de su belleza actual: ella estaba embarazada. No de mucho ya que
su vientre no asomaba bruscamente. Sino que tenía una delicada elevación en su
abdomen. Apenas se podía ver desde donde yo estaba. Sus mejillas, ahora
incendiadas de pánico, tan solo unos cinco minutos atrás eran sonrosadas y
amables. Pero el hombre gordo y calvo de ojos pequeños y oscuros, él nunca fue
agradable conmigo. Ni en ese momento, ni las tantas otras veces que fui a ese
lugar a pagar mis cuentas.
A
uno de mis lados, se encontraba un joven y apuesto policía que apuntaba hacia
donde yo me encontraba parada. Podía notar, en ese congelamiento, la tensión de
cada uno de sus músculos. Era el policía que cruzaba cada día al pasar por
allí. Un hombre de familia. Y lo sabía porque en ese segundo increíble e
interminable, veía el gordo anillo de casamiento que lo ataba a sus
responsabilidades. Aunque más de una vez lo había visto coqueteando con una
joven y voluptuosa mujer. Seguramente, él se convencería de que lo importante
era que cada noche volvía a su casa, con su esposa y con sus hijos. A su hogar,
trabajosamente sostenido por él y sólo por él. En ese segundo, en ese momento
crucial de su vida probablemente…no, seguramente
estaría pensando en ella. En ¿qué pasaría con su familia si esto salía mal?
El
uniforme ya se encontraba empapado en sudor. Ese uniforme que indudablemente en
la mañana tenía fragancia a apresto o incluso a la perfumina que su mujer le
ponía a la ropa luego de plancharla, ahora, sólo olía a terror. A incertidumbre
por un futuro desconocido. No tendría la fragancia a valentía que tanto le
habían vendido en la escuela de policías, sino a remordimiento. Porque, ¿qué
estabas haciendo tan solo tres minutos antes de ese segundo? ¿En dónde te
encontrabas cuando todos te necesitaron? ¿Estarías con la voluptuosa en el
baño? Quizás. Y quizás había sido la primera vez. Esa que te había tomado
tiempo para decidirte, para dar el
paso hacia la infidelidad. Y desde ese instante, ese breve momento de
desenfreno y excitación, estaría marcado por el evento. Por ese segundo.
Probablemente mientras apuntabas hacia donde yo me encontraba parada, te preguntabas
¿sabrán lo que hacía allí encerrado? Quizás el resto no, pero yo si sabía y lo sabré
todo. Pero no te odié aunque podría si quisiera.
Un
poco más hacía atrás del policía había una mujer tirada en el piso. Un charco
de sangre la rodeaba en ese segundo. Una gota de sangre aun pendía en el aire
añorando al resto con las que en breve, luego de esta parálisis del tiempo, se
reuniría. Pero la mujer, que esa mañana se había despedido de sus nietos
creyendo volver a verlos al día siguiente, jamás imaginaría que ese sería su último
día en esta tierra. Ni que esa sería la última vez que vería a su familia. Ni
tampoco que por gritar desmesurada y nerviosamente le dispararían sin piedad. Y
que ese disparo fuese el que sacó al policía del baño que unos segundos atrás,
estaba dentro de la voluptuosa mujer. Esa mujer sin vida ya, no supo que tal
vez, si se hubiese serenado, si hubiera estado calmada, inclusive si hubiese
tomado sus píldoras para la ansiedad, todo esto no hubiese ocurrido. Que si el
policía hubiese estado en su lugar nadie hubiese entrado con un arma. Que si el
hombre obeso le hubiera dado el dinero al asaltante, él no estaría con su arma
en mi cabeza y que éste, tal vez, no sería mi último segundo de vida.
¿Y
yo? Yo ese día, decidí seguir de largo y no entrar a pagar mis cuentas.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados
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