lunes, 25 de noviembre de 2013

El último segundo



Y de repente sentí que el mundo tal como lo conocía, se congelaba. Se detenía lentamente en ese instante único, en ese milisegundo de la vida, y súbitamente se paralizó. La mujer que tenía frente a mí, con el rostro rígido, me devolvía un gesto de asombro ¿o tal vez sería terror? Me miraba con ojos desmesuradamente abiertos y secos, cargados de todo y nada a la vez. Sus labios, delicadamente delineados y maquillados, tenían una palabra grabada. Un monosílabo que apenas si había podido emitir antes de que el tiempo se transformase en algo inexistente. Quizás se preguntaría ¿Por qué ese día tendría que ser así? ¿Por qué a ella? Tal vez, en realidad eso lo creo yo y ella no pensaba en nada más. Mente en blanco. Entonces, esa sílaba finalmente se le escapó como un reflejo. Un reflejo idéntico al que se produce cuando se saca la mano del agua caliente derramada por error, aún antes de sentir el calor desmesurado de sus más de noventa grados centígrados en nuestras terminales nerviosas. O cuando se pestañea en el momento casi previo a que alguien llegue a golpearte en el rostro. Reflejo. Tal vez el vidrio que se interponía entre nosotros no me permitía ver con precisión su sentir. Y digo ver porque yo no podía sentir sus sensaciones. No podía saber si su terror era real. Si no estaba fingiendo para que nada le sucediese, para que todo fluyese y terminase de una buena vez.


Miré al hombre que se encontraba detrás del vidrio, junto a la joven. Una gota de sudor se había detenido en la mitad de su frente. Tal vez era muy obeso y el calor reinante lo estaba torturando. Y hacía calor, porque era verano. Ese segundo congelado, era el de uno de esos días de tremendo calor en la ciudad y allí no había aire acondicionado. Y no lo había porque él era muy tacaño. Y lo sabía. Quizás también sabía que había mentido, tan solo cinco segundos atrás. Que había omitido decir la verdad cuando dijo que sus bolsillos y la caja estaban vacíos porque el camión recaudador se había llevado todo esa mañana temprano. Mentía. Sus ojos eran pequeños y habían mentido delante de mí, delante de mi mirada atónita que no le creía ni una sílaba. Esos ojos mentirosos y pequeños y sin embargo delatores, no eran como los de la mujer que aún tenía el “¡No!” petrificado en sus labios. Ella tenía enormes y asombrados ojos azules. Era bella, estaba bella y más que de costumbre. Entonces me di cuenta del porqué de su belleza actual: ella estaba embarazada. No de mucho ya que su vientre no asomaba bruscamente. Sino que tenía una delicada elevación en su abdomen. Apenas se podía ver desde donde yo estaba. Sus mejillas, ahora incendiadas de pánico, tan solo unos cinco minutos atrás eran sonrosadas y amables. Pero el hombre gordo y calvo de ojos pequeños y oscuros, él nunca fue agradable conmigo. Ni en ese momento, ni las tantas otras veces que fui a ese lugar a pagar mis cuentas.


A uno de mis lados, se encontraba un joven y apuesto policía que apuntaba hacia donde yo me encontraba parada. Podía notar, en ese congelamiento, la tensión de cada uno de sus músculos. Era el policía que cruzaba cada día al pasar por allí. Un hombre de familia. Y lo sabía porque en ese segundo increíble e interminable, veía el gordo anillo de casamiento que lo ataba a sus responsabilidades. Aunque más de una vez lo había visto coqueteando con una joven y voluptuosa mujer. Seguramente, él se convencería de que lo importante era que cada noche volvía a su casa, con su esposa y con sus hijos. A su hogar, trabajosamente sostenido por él y sólo por él. En ese segundo, en ese momento crucial de su vida probablemente…no, seguramente estaría pensando en ella. En ¿qué pasaría con su familia si esto salía mal?


El uniforme ya se encontraba empapado en sudor. Ese uniforme que indudablemente en la mañana tenía fragancia a apresto o incluso a la perfumina que su mujer le ponía a la ropa luego de plancharla, ahora, sólo olía a terror. A incertidumbre por un futuro desconocido. No tendría la fragancia a valentía que tanto le habían vendido en la escuela de policías, sino a remordimiento. Porque, ¿qué estabas haciendo tan solo tres minutos antes de ese segundo? ¿En dónde te encontrabas cuando todos te necesitaron? ¿Estarías con la voluptuosa en el baño? Quizás. Y quizás había sido la primera vez. Esa que te había tomado tiempo para decidirte, para dar el paso hacia la infidelidad. Y desde ese instante, ese breve momento de desenfreno y excitación, estaría marcado por el evento. Por ese segundo. Probablemente mientras apuntabas hacia donde yo me encontraba parada, te preguntabas ¿sabrán lo que hacía allí encerrado? Quizás el resto no, pero yo si sabía y lo sabré todo. Pero no te odié aunque podría si quisiera.


Un poco más hacía atrás del policía había una mujer tirada en el piso. Un charco de sangre la rodeaba en ese segundo. Una gota de sangre aun pendía en el aire añorando al resto con las que en breve, luego de esta parálisis del tiempo, se reuniría. Pero la mujer, que esa mañana se había despedido de sus nietos creyendo volver a verlos al día siguiente, jamás imaginaría que ese sería su último día en esta tierra. Ni que esa sería la última vez que vería a su familia. Ni tampoco que por gritar desmesurada y nerviosamente le dispararían sin piedad. Y que ese disparo fuese el que sacó al policía del baño que unos segundos atrás, estaba dentro de la voluptuosa mujer. Esa mujer sin vida ya, no supo que tal vez, si se hubiese serenado, si hubiera estado calmada, inclusive si hubiese tomado sus píldoras para la ansiedad, todo esto no hubiese ocurrido. Que si el policía hubiese estado en su lugar nadie hubiese entrado con un arma. Que si el hombre obeso le hubiera dado el dinero al asaltante, él no estaría con su arma en mi cabeza y que éste, tal vez, no sería mi último segundo de vida.


¿Y yo? Yo ese día, decidí seguir de largo y no entrar a pagar mis cuentas.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

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