-¡Teresa! –grita él con la voz arrastrada –¡traeme otra cerveza, mujer!
Pero solo se escucha el sonido de la televisión que está mirando. Toma el control remoto y baja el volumen mientras que se endereza en el sillón enmohecido, ese que encontró en la calle quince años atrás. Nada. El silencio es su única compañía.
“¿Dónde se metió esta mina?”, piensa entre burbujas de alcohol y un vómito que pugna por salir, y se levanta a buscarla.
-Ya vas a ver… ¡si te encuentro te voy a cagar a palos, mujer! ¡Te voy a moler los huesos solo porque me estás haciendo levantar!
La caminata se le hace difícil. De tanto en tanto, la visión se le torna borrosa pero sabe que no hay muchos rincones donde buscar. Va a la cocina y todo está quieto. Los platos lavados, la mesa limpia, el piso lustrado. “Por lo menos sabe que le conviene que todo esté ordenado...”, piensa aunque por lo bajo putea porque tiene que seguir buscando.
-¡Teresa carajo! ¡Te estoy llamando, mujer! –pero el silencio es pronunciado, aun en el barrio que al parecer ya está durmiendo.
Mira por la ventana del comedor, ese donde minutos atrás yacía embobado con la televisión, y nota que es entrada la noche. Las horas se le pasan rápidas cuando bebe cerveza. Esa es su justificación: su sufrimiento es tal que debe mitigarlo de alguna forma y el alcohol le parece lo más apropiado. Sobre todo para olvidar cuando se sobrepasa con ella.
Pero esa tarde no había pasado nada. En el trabajo la recaudación había estado bien, por lo que llegó a su casa de buen humor. Hasta le sonrió a Teresa mientras ella iba y venía con las tareas del hogar. Si… Ella estaba haciendo algo, aunque ahora no recuerda que. Luego cenaron en silencio y él se fue directo al sofá… con las latas de cerveza… ¿había sido así? Está borroso.
Va tambaleándose hasta la habitación. “Tal vez está durmiendo”, se dice. Quizás está leyendo algo porque esa noche, Teresa no trabaja en el bar. No. Es lunes asique debería estar en la casa. Llega al dormitorio como puede y ve la cama que está tendida, pero sin Teresa. Siente la ira que sube, el enojo que quiere brotar como siempre. “Después suplicás que no lo haga, pero vos me provocás nena… siempre lo hacés”, dijo al aire esperando que ella contestase, aunque ahora está preocupado.
Su mente le juega malas pasadas mientras se dirige al garaje donde, en realidad, está el lavadero porque no tiene auto. El auto con el que trabaja es alquilado y no siempre saca para vivir bien, aunque generalmente nada les falta. “Hijos, nos falta”, y a pesar de que sabe que es porque no puede, le echa la culpa a ella. Siempre la culpa es de ella. Jamás de él.
Pero en el fondo algo siente por Teresa y se acuerda de cuando la conoció. Eran adolescentes y ambos deseaban huir de sus hogares: él porque el padre era un borracho violento, ella porque su padrastro la había violado. Y sin embargo, ambos habían caído en lo mismo: en la violencia, en el alcohol, en el abuso. Siente una tristeza extraña. Hace mucho que no piensa en aquella época. La amargura llega, se instala. Recuerda a Teresa llorando, con más de una marca en el rostro…
Aunque Teresa jamás dice nada. No. Ya no lucha. ¿Para qué? ¿A dónde va a ir?
Una lágrima se le escapa mientras que, a los tumbos, vuelve al living. Mira la tele enmudecida, el sillón viejo. Las paredes descascaradas le gritan con la voz ronca de su padre: “¡Inútil, jamás hiciste nada bueno!”, y se agarra la cabeza para no escuchar. La desesperación comienza a aparecer. ¿Qué haría si ella se va, si lo deja por otro? No, ella jamás lo dejaría.
Continúa con la búsqueda.
Luego de lo que parecen horas, llega al garaje y no entiende lo que ve. No sabe si lo rojo es pintura derramada en el piso o qué. Avanza con lentitud y con cierto temor. Su pie pisa el charco porque ya no puede evitarlo, su borrachera es intensa. Se agacha para ver mejor y lo que parecía un muñeco tirado en el piso, es su mujer Teresa. Luego de unos segundos de idiotez se da cuenta de todo y la borrachera se le pasa solo por el terror que le asciende en el cuerpo.
En un enorme charco de sangre roja escarlata, su mujer yace muerta con un puñal clavado en el corazón. Debajo de ella, un enorme trozo de plástico transparente. Quiere sacarle el puñal porque cree que la puede salvar. Lo intenta tras arrodillarse a su lado. La mira, ve sus ojos abiertos ya inertes y perdidos en la nada. Algo se estremece en su pecho, pero al instante, siente la humedad de la sangre en su piel. No le interesa: quiere rescatarla, realmente cree que podrá. Forcejea con el metal y logra sacarle el puñal del pecho. Nota que es su cuchillo de pesca y lo deja caer al suelo con horror, como si quemase en sus manos. El metal tintineante en el suelo de cerámica le provoca un efecto extraño. La sensación de que una idea rebota en sus neuronas sin poder anclarse a ninguna.
Se endereza de golpe y mira sus rodillas manchadas de sangre. Se quiere limpiar y solo logra empeorar todo: ahora sus manos están embadurnadas y su ropa también. Rojo por doquier. Su respiración se acelera a medida que las fichas tintineantes van cayendo una tras otras en esa cabeza dañada. “Te vas a arrepentir”, siente como en un suspiro “Algún día te voy a hacer pagar por todo lo que me hacés vivir”.
Escucha una sirena lejana. Es la policía que está llegando, lo sabe. Mira instintivamente el teléfono del lavadero y está descolgado. “Señora aguante… la ayuda va en camino” escucha al levantar el tubo. Corta en seco.
“Enfocate”, se recrimina, pero no sabe qué hacer. La hombría, esa que usó siempre contra Teresa, no aparece. “Soy inocente”, se dice mientras la policía, pateando la puerta principal, entra y le apunta. “Yo no lo hice”, dice con voz finita y baja mientras el policía pide una ambulancia que ya no servirá.
En la sala de interrogaciones el policía que toma el caso de Teresa, un padre de familia respetado, le pregunta por quinta vez ¿cómo se declara?: “Inocente”, repite el marido de Teresa.
“¡Auxilio… mi marido me quiere matar!”, dice la cinta del 911.
-¿Algo más incriminatorio que eso, desea el señor? –dice sarcásticamente la mujer policía.
-Yo no lo hice… -repite mientras se tapa la cara.
Mira sus manos; tiene una mezcla de colores: rojo de la sangre de Teresa y negro de tinta porque le tomaron las huellas al entrar a la comisaría. Y sabe que todo va a coincidir. Y sabe que no tiene coartada. Y sabe que los vecinos escucharon más de una vez los gritos de Teresa.
El abogado del estado le muestra un sinfín de denuncias hechas por los vecinos y por Teresa. Todas reflejan lo mismo: violencia. Sabe que no hay escapatoria y el tipo le habla de confesar para atenuar la sentencia. Quiere una cerveza, tiene la garganta seca. Pero ya no habrá más nada para él. Dice que si a todo, aunque sabe que saldrá perdiendo.
Mientras espera en la celda, siente una brisa que le eriza la nunca. Su corazón se dispara porque le parece escuchar: “Te advertí que pagarías… pero no pudiste dejar de pegarme… yo me pudriré bajo tierra, pero vos lo harás en la cárcel”. Ya de nada le servirá gritar, nadie más lo escuchará.
Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014
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