martes, 16 de diciembre de 2014

Traspaso…






Luego de la oscuridad, un rayo partió el cielo en dos y algo se movió dentro de ella.

La penumbra se había instalado hacía rato, aunque ya no importaba. Al menos no para Clotilde que había visto a la Parca muy de cerca unos cuantos días atrás, en soledad y lejos de los suyos. Ojo, no es que Clotilde fuese un amor de persona, pero su final fue cruel, aun para una persona como ella. Aunque no sería la primera vez…

Las cortinas se elevaron con delicadeza. La brisa que entró por la ventana, movió el aire espeso y maloliente, llegando hasta ella y moviendo sus rizos canosos. El gato, que no se apartó de su dueña más que para comer, presintió la llegada de alguien. Con sus ojos que todo lo ven, miró la puerta y supo, aun sin ver, que quien llegase era el responsable de aquella situación.

La puerta se abrió y un hombre entró con tablas y un martillo en su mano. Con parsimonia y al abrigo de la noche, tapió cada ventana.  Luego de aquella actividad, se dirigió al cuerpo intentando no respirar y tomó al gato por el lomo.  Mientras, en son de despedida, el animal lamió la mano de su dueña. Podría haber sido por cariño o despedida… aunque… Luego de ver aquella acción el hombre sintió una enorme repulsión pero continuó: se cargó con el animalucho y salió de allí luego de cerrar la puerta con llave. Doble llave.

-Debería haber prendido fuego la casa, Laura –le dijo a su mujer mirando el gato con asco que, ahora en casa ajena, investigaba cada rincón.
-¡Y perder todo! No… Hay que esperar… lo más difícil ya pasó. Ahora hay que esperar a que la naturaleza haga lo suyo…
-O que algún vecino sienta el olor a putrefacción… ya está muerta. Mañana hablamos con la policía preocupados, vamos hasta la casa y lo único que verán es cómo una mujer se suicidó con unas cuantas píldoras…
-Pero sabés que no es la primera…
-¡Callate mujer! De solo pensar que creés esas cosas me pone los pelos de punta. Te digo que estaba bien muerta, ¡había olor a podrido por Dios!
-No es suficiente… te digo que no es suficiente… contame bien como encontraste todo.

Ella estaba preocupada. Su abuela, de 105 años, había sobrevivido a demasiadas cosas. Tanto que a cualquiera le hubiese llamado la atención, como mínimo. Pero Laura estaba acostumbrada a esas rarezas familiares. Algo que su esposo jamás entendería.

Ella y Osvaldo estaban necesitados y habían diseñado un plan que desde el principio no le había gustado, para nada. Una vez cometido el crimen, ambos heredarían una suma considerable de dinero. Pero ella sabía que su abuela era un hueso difícil de roer.

-Entré por la puerta de adelante…
-¿Estaba abierto o cerrado?
-¿Qué importancia tiene…?
-Abierto o cerrado, Osvaldo.
-¡Cerrado! Luego fui hasta las ventanas y las tapié como dijiste. Después tomé al gato que la estaba lamiendo…
-¡Por Dios! ¿La lamió?
-Si Laura… ella era su dueña ¿o no? Eso hacen los animales con sus dueños… los lamen.

Laura se quedó pensando. ¿Por qué el gato haría algo tan asqueroso? No le gustaba. Nada de todo eso le gustaba. Y las respuestas de su marido no la convencían para nada.

-¿Y cerraste con doble llave al salir?
-Si… Qué, ¿tenés miedo de que la vieja se levante y salga a caminar en la noche?

Osvaldo se fue a dormir riendo a carcajadas. La inocencia de su esposa era algo que le divertía sobremanera. Pero a ella no le hacía ninguna gracia. Conocía a su abuela… conocía a su familia y las cuestiones oscuras estaban por doquier. Cosas que jamás había contado a su esposo porque eran aterradoras en verdad. Además, él la creería loca. Si a ella le hubiesen contado una de esas historias, habría reaccionado de esa manera. Por un segundo se quedó parada, pensativa. Miró el teléfono. ¿Sería descabellado intentarlo? A lo sumo…

Se recriminó la estupidez de su temor pero necesitaba saber, asegurarse.

Con manos titubeantes, discó el número de teléfono de la casa de su abuela. Escuchó el tono de llamada: una vez. En ese instante el gato se acercó, meloso como todos los gatos, buscando caricias, tal vez. Segundo tono. Con su cola se enredó entre sus piernas, insistiendo para que lo mimasen. “Maldito gato”, dijo Laura y se agachó para quitarlo de en medio. Tercer ring. En cuanto ella acercó su mano el animal la lamió. Sintió su áspera lengua deslizarse por su piel y le pareció notar cierta mirada libidinosa en aquel animalucho. Le dio asco, además de que un escalofrío le recorrió por todo el cuerpo. Entonces, aterrorizada, Laura quitó de inmediato la mano y apartó al animal de una patada.
“Hola”, una voz grave y ronca, respondió y Laura solo dejó caer el tubo del teléfono como si le quemase en las manos. El gato la miró como si esperase algo por parte de ella y de repente un vapor negro salió de aquella asquerosa boca y la penetró por la nariz. Sintió cómo el horror trepó por entre sus piernas mientras éstas le pesaban. Levantó el tubo y volvió a escuchar: muerto, como su abuela. Sus manos temblaron aún más que antes y vio su piel acartonarse de a poco. Un olor desagradable apareció de la nada. Sus ojos se nublaron y la penumbra la invadió. Miró a su alrededor pero solo vio ventanas tapiadas. Fue hasta la puerta, aunque supo que la encontraría cerrada.

-¡Auxilio! –gritó pero nadie le respondió.

Golpeó la puerta con todas sus fuerzas y vio con horror como su carne se desintegraba con cada manotazo, dejando sólo huesos en descomposición. Entonces solo pudo llorar…

Osvaldo se despertó. Había descansado realmente bien aquella noche. Decidió hablar con su esposa y convencerla de que todo aquello marchaba según el plan. Que debería relajarse ya que se habían librado de aquella tacaña mujer. Al llegar a la cocina vio a su esposa con muy buen talante. Su rostro estaba relajado y tenía un brillo particular. Tanto que se excitó con solo mirarla. Se acercó a ella, la tomó por la cintura y besó su cuello. Ella le devolvió un beso húmedo y la promesa de una noche apasionada.

-Mmmmhhh veo que se te pasó la paranoia de anoche –le dijo, y mirando al gato que se enredaba entre las piernas de ella, agregó –y que te amigaste con el gato de tu abuela…
-Sí, Osvaldo. El pobre no tiene la culpa y además debe estar sufriendo la pérdida… estuve pensándolo mejor… creo que definitivamente hay que incendiar la casa… de última cobramos el seguro y es casi lo mismo… ¿no te parece?
-Bueno, esta noche lo hago.

Esa madrugada, mientras las llamas consumían todo, a Osvaldo le pareció escuchar un pedido de ayuda lejano, proveniente desde dentro de la casa y casi conocido. Miró la vieja construcción, pensó en las palabras de Laura y aterrorizado se largó de allí.
Al llegar a su hogar, ella lo esperaba vestida de encajes. Él se aprontó para su noche apasionada, mientras que Laura le ofreció un elixir que, en unos minutos, le haría explotar el corazón… literalmente.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

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