Luego de la oscuridad, un rayo partió
el cielo en dos y algo se movió dentro de ella.
La penumbra se había instalado hacía
rato, aunque ya no importaba. Al menos no para Clotilde que había visto a la
Parca muy de cerca unos cuantos días atrás, en soledad y lejos de los suyos.
Ojo, no es que Clotilde fuese un amor de persona, pero su final fue cruel, aun
para una persona como ella. Aunque no sería la primera vez…
Las cortinas se elevaron con
delicadeza. La brisa que entró por la ventana, movió el aire espeso y
maloliente, llegando hasta ella y moviendo sus rizos canosos. El gato, que no
se apartó de su dueña más que para comer, presintió la llegada de alguien. Con
sus ojos que todo lo ven, miró la puerta y supo, aun sin ver, que quien llegase
era el responsable de aquella situación.
La puerta se abrió y un hombre entró
con tablas y un martillo en su mano. Con parsimonia y al abrigo de la noche,
tapió cada ventana. Luego de aquella
actividad, se dirigió al cuerpo intentando no respirar y tomó al gato por el
lomo. Mientras, en son de despedida, el
animal lamió la mano de su dueña. Podría haber sido por cariño o despedida…
aunque… Luego de ver aquella acción el hombre sintió una enorme repulsión pero
continuó: se cargó con el animalucho y salió de allí luego de cerrar la puerta
con llave. Doble llave.
-Debería haber prendido fuego la
casa, Laura –le dijo a su mujer mirando el gato con asco que, ahora en casa
ajena, investigaba cada rincón.
-¡Y perder todo! No… Hay que esperar…
lo más difícil ya pasó. Ahora hay que esperar a que la naturaleza haga lo suyo…
-O que algún vecino sienta el olor a
putrefacción… ya está muerta. Mañana hablamos con la policía preocupados, vamos
hasta la casa y lo único que verán es cómo una mujer se suicidó con unas
cuantas píldoras…
-Pero sabés que no es la primera…
-¡Callate mujer! De solo pensar que
creés esas cosas me pone los pelos de punta. Te digo que estaba bien muerta,
¡había olor a podrido por Dios!
-No es suficiente… te digo que no es
suficiente… contame bien como encontraste todo.
Ella estaba preocupada. Su abuela, de
105 años, había sobrevivido a demasiadas cosas. Tanto que a cualquiera le
hubiese llamado la atención, como mínimo. Pero Laura estaba acostumbrada a esas
rarezas familiares. Algo que su esposo jamás entendería.
Ella y Osvaldo estaban necesitados y
habían diseñado un plan que desde el principio no le había gustado, para nada.
Una vez cometido el crimen, ambos heredarían una suma considerable de dinero.
Pero ella sabía que su abuela era un hueso difícil de roer.
-Entré por la puerta de adelante…
-¿Estaba abierto o cerrado?
-¿Qué importancia tiene…?
-Abierto o cerrado, Osvaldo.
-¡Cerrado! Luego fui hasta las
ventanas y las tapié como dijiste. Después tomé al gato que la estaba lamiendo…
-¡Por Dios! ¿La lamió?
-Si Laura… ella era su dueña ¿o no?
Eso hacen los animales con sus dueños… los lamen.
Laura se quedó pensando. ¿Por qué el
gato haría algo tan asqueroso? No le gustaba. Nada de todo eso le gustaba. Y
las respuestas de su marido no la convencían para nada.
-¿Y cerraste con doble llave al
salir?
-Si… Qué, ¿tenés miedo de que la
vieja se levante y salga a caminar en la noche?
Osvaldo se fue a dormir riendo a
carcajadas. La inocencia de su esposa era algo que le divertía sobremanera.
Pero a ella no le hacía ninguna gracia. Conocía a su abuela… conocía a su
familia y las cuestiones oscuras estaban por doquier. Cosas que jamás había
contado a su esposo porque eran aterradoras en verdad. Además, él la creería
loca. Si a ella le hubiesen contado una de esas historias, habría reaccionado
de esa manera. Por un segundo se quedó parada, pensativa. Miró el teléfono. ¿Sería
descabellado intentarlo? A lo sumo…
Se recriminó la estupidez de su temor
pero necesitaba saber, asegurarse.
Con manos titubeantes, discó el número
de teléfono de la casa de su abuela. Escuchó el tono de llamada: una vez. En
ese instante el gato se acercó, meloso como todos los gatos, buscando caricias,
tal vez. Segundo tono. Con su cola se enredó entre sus piernas, insistiendo
para que lo mimasen. “Maldito gato”, dijo Laura y se agachó para quitarlo de en
medio. Tercer ring. En cuanto ella acercó su mano el animal la lamió. Sintió su
áspera lengua deslizarse por su piel y le pareció notar cierta mirada
libidinosa en aquel animalucho. Le dio asco, además de que un escalofrío le
recorrió por todo el cuerpo. Entonces, aterrorizada, Laura quitó de inmediato
la mano y apartó al animal de una patada.
“Hola”, una voz grave y ronca,
respondió y Laura solo dejó caer el tubo del teléfono como si le quemase en las
manos. El gato la miró como si esperase algo por parte de ella y de repente un
vapor negro salió de aquella asquerosa boca y la penetró por la nariz. Sintió
cómo el horror trepó por entre sus piernas mientras éstas le pesaban. Levantó
el tubo y volvió a escuchar: muerto, como su abuela. Sus manos temblaron aún
más que antes y vio su piel acartonarse de a poco. Un olor desagradable apareció
de la nada. Sus ojos se nublaron y la penumbra la invadió. Miró a su alrededor
pero solo vio ventanas tapiadas. Fue hasta la puerta, aunque supo que la
encontraría cerrada.
-¡Auxilio! –gritó pero nadie le
respondió.
Golpeó la puerta con todas sus
fuerzas y vio con horror como su carne se desintegraba con cada manotazo,
dejando sólo huesos en descomposición. Entonces solo pudo llorar…
Osvaldo se despertó. Había descansado
realmente bien aquella noche. Decidió hablar con su esposa y convencerla de que
todo aquello marchaba según el plan. Que debería relajarse ya que se habían
librado de aquella tacaña mujer. Al llegar a la cocina vio a su esposa con muy
buen talante. Su rostro estaba relajado y tenía un brillo particular. Tanto que
se excitó con solo mirarla. Se acercó a ella, la tomó por la cintura y besó su
cuello. Ella le devolvió un beso húmedo y la promesa de una noche apasionada.
-Mmmmhhh veo que se te pasó la paranoia
de anoche –le dijo, y mirando al gato que se enredaba entre las piernas de ella,
agregó –y que te amigaste con el gato de tu abuela…
-Sí, Osvaldo. El pobre no tiene la
culpa y además debe estar sufriendo la pérdida… estuve pensándolo mejor… creo
que definitivamente hay que incendiar la casa… de última cobramos el seguro y
es casi lo mismo… ¿no te parece?
-Bueno, esta noche lo hago.
Esa madrugada, mientras las llamas
consumían todo, a Osvaldo le pareció escuchar un pedido de ayuda lejano, proveniente
desde dentro de la casa y casi conocido. Miró la vieja construcción, pensó en
las palabras de Laura y aterrorizado se largó de allí.
Al llegar a su hogar, ella lo
esperaba vestida de encajes. Él se aprontó para su noche apasionada, mientras
que Laura le ofreció un elixir que, en unos minutos, le haría explotar el
corazón… literalmente.
Autor: Misceláneas de la oscuridad –
Todos los derechos reservados 2014
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