miércoles, 13 de mayo de 2015

La reyerta






 
Hacía más de media hora que Manuel esperaba en la esquina. Eran cerca de las once de la noche y ni un alma andaba por ahí. Solo Manuel que, según había acordado, esperaba por alguien. Su amigo lo había citado sin precisar demasiado para qué. 

Se estaba impacientando. Generalmente Andrés no llegaba tarde. Pero quizás algo lo había demorado. “Tengo que decirte algo muy importante, hermano. No me falles, por favor”, le había dicho por teléfono esa misma tarde. Se notaba que algo le preocupaba, pero no pudo sacarle ni media palabra acerca de qué era. 

Había dudado en ir. Pero su amistad iba más allá de los cánones regulares y Manuel le debía mucho a Andrés. Entonces, al pensar en el pasado que los unía, despejó sus dudas y fue. Quizás todo se tratase de esa mujer con la que se estaba viendo. Él le había dicho más de una vez que cortase la relación, que era una mujer casada. Pero Andrés era un galán por naturaleza y cuando una mina se le metía en la cabeza (por decirlo de una forma elegante), no paraba. Y no le importaba que estuviese casada o fuese madre de tres pibes. Y lo peor fue que quedó embarazada y nadie sabía si era de él o del esposo. 

“Te van a matar a palos, Andrés”, le había dicho la semana pasada cuando, luego de que la mujer hiciese las cuentas, notase que el niño por nacer era de su amigo y no del marido. “No pasa nada”, le había contestado, pero él que lo conocía desde pibe, notó en su mirada un atisbo de pánico. Quizás no estaba preparado para ser padre. Sin embargo, no tenía que preocuparse ya que ella estaba casada. Aunque lo cierto es que ella lo amaba de verdad. Quizás ella quería estar con él. Tal vez le diría a su esposo que lo dejaba. Tal vez hablase con la finalidad de que la cosa terminase de una vez. 

Se dio cuenta de que lo que en su cabeza giraba, se parecía más a una telenovela que a la realidad. Se sonrió y atribuyó la catarata de pensamientos a la impaciencia porque su amigo no aparecía. “Espero un rato más y si no viene, mañana me va a escuchar este boludo”. Pensó en su esposa, Catalina. Sabía que en cuanto llegase a su casa debería soportar sus reproches. Ella no era partidaria de su amistad con Andrés y no entendía que desde muy chicos se conocían y eran compinches, casi cómplices. Ella no entendía que gracias a él había llegado al país sano y salvo y que la había conocido a su Catalina. Asique se sentía en deuda con él.

Miró a su alrededor. Estaba muy oscuro. Era noche de luna nueva, asique ni siquiera esa claridad lo acompañaba. “¿Porque habrá elegido esta esquina?”, pensó. No era persona que temía, aunque casi como en un reflejo palpó su cintura para constatar que su facón estaba ahí, como siempre. Sí. Eso era una enseñanza de su amigo. Siempre andar armado por si acaso. Y eso le había salvado la vida más de una vez.

Agudizó la vista. Si, a lo lejos pudo ver que alguien se acercaba. Un hombre. Seguro que era Andrés. Se sintió aliviado porque estar ahí solo lo ponía tenso. El hombre se acercaba a gran velocidad. “Es mejor que te apures… vas a tener que darme explicaciones de todo esto, Andr…” Pero enseguida notó que quien se acercaba no era su amigo y para colmo de males, el individuo llevaba una faca en su mano. Para cuando quiso reaccionar, el metal estaba dentro de su abdomen. “Te dije que dejaras a mi esposa en paz, hijo de puta”, le gritó y Manuel sin entender de qué se trataba todo, solo pereció.

Antes de que la oscuridad lo envolviese Manuel creyó ver a su amigo. Andrés surgía de la nada, le quitaba con asombrosa habilidad la faca de su cintura y acuchillaba a su agresor. Se le ocurrió que si lo que veía era cierto, era además, incoherente. Andrés no sería capaz de traicionarlo así. ¿O lo era? Pero ya era tarde, muy tarde.  

Manuel agonizó durante unos segundos. Mientras su respiración fallaba y su sangre se derramaba en el piso, escuchó un susurro casi irreal: “La amo demasiado como para dejarla. Lo siento amigo, pero no se me ocurrió otra cosa.” Y Andrés se fue dejando a Manuel tirado, a su contrincante muerto y ambos facones en el suelo.

A la mañana siguiente la policía encontró los cadáveres. “Fue una reyerta, se mataron mutuamente”, dijeron y cerraron el caso, mientras que Andrés se mudó con su nueva mujer y se dispuso a esperar a su primer hijo.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015
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