martes, 25 de agosto de 2015

4:00 AM










Emma abre los ojos. El reloj da las cuatro de la mañana y como cada noche desde que él partió, algo la despierta. Está oscuro y en la penumbra se dibujan imágenes que la perturban. Monstruos que invaden su alma y la carcomen. 

Parpadea varias veces. De esa manera logra ver mejor, logra despabilarse. Aunque eso es lo último que desea. Ella desea dormir por siempre. Pero no puede. De alguna forma está convencida de que no merece el descanso eterno y no logra dormir y no entiende por qué. Desde que Ramiro no está, ninguna de sus píldoras es capaz de dormirla de un tirón. La vida ya no transcurre de un tirón.
Se sienta en la cama como si se tratase de un ritual. Como si esa simple acción fuese la disparadora de otras que la llevan a descansar. Se engaña y lo sabe. Sin embargo, no deja de intentarlo porque “eventualmente me dormiré”, piensa. Pero esta noche es diferente. Se cumple un año de la partida de su único hijo. De su bebé. A corta edad, la muerte blanca, el cielo o lo que mierda fuese, se llevó a su pequeño niño. Lo que más la perturba es pensar en su llanto. El llanto de su bebé por alimento, por una caricia, por los brazos de su madre. Y ahora todo es silencio. Un silencio más abrumador que miles de llantos juntos. 

Una lágrima se escapa y recorre su mejilla. No quiere llorar más, pero es inevitable. Su corazón, su cuerpo, su alma están rotos y jamás volverá a estar con sus partes juntas. 

Se vuelve a acostar y gira en la cama. Lo hace lentamente para no despertar a su marido. No están bien y ella lo sabe. Al parecer, y según la visión recortada de Emma, a Juan el duelo no lo afecta tanto. “Ser madre es distinto, Juan” le había dicho una vez en la que él intentó intimar sin resultados. Ella lo había rechazado y eso creó un puente de hielo entre ambos. Él lo intentó cada vez con menos frecuencia y ella se ahogó paulatinamente en su aislamiento. Las palabras se fueron agotando como se había agotado la vida de su hijo. Ahora el silencio era la única comunicación además del ocasional sexo cuando Emma se dejaba, solo porque temía perder la única compañía que le quedaba. 

Los minutos pasan y Emma sigue despierta. Su oído está más agudizado que de costumbre o quizás la paz del afuera es mayor que la noche anterior. Entonces escucha, entonces identifica un sonido que le contrae el alma. Hay un llanto a la distancia. “Debe ser el bebé de algún vecino”, piensa angustiada. “Jamás dejaría que Ramiro llorase sin consuelo así”, piensa. Aunque hubo un tiempo en que el consuelo era una palabra inexistente para él y para ella. Hubo un tiempo en el que ella estaba agotada, hasta arrepentida. Quizás si él la hubiese ayudado… y en ese estado deseó que todo terminase. Y lo peor fue que terminó. Todo terminó. 

Emma respira hondo para ahogar otro llanto que amenaza con invadirla. Con esa tormenta oscura que siempre está a la vuelta de la esquina queriendo apoderarse de ella. Esa sensación que suprime con las píldoras. Las condenadas píldoras. ¿Las tomaste hoy? Creo que… El llanto persiste y ella intenta identificar quién de sus vecinas es la madre que no atiende a su bebé. Aunque está segura de que ninguna de las mujeres del edificio estuvo embarazada. 

Cierra los ojos y luego de concentrarse durante largo rato, esa noche logra dormirse. Sueña con su hijo como cada noche. Sueña el momento exacto en el que espira y pasa a otro mundo. El momento en que la muerte lo cubre con su manto blanco y él se va. ¿Existe otro mundo? Emma ya no está tan segura de eso. Aunque su vida es un infierno y por eso tiene la obligación de creer en un cielo. Uno vedado a ella, por supuesto. 

La mañana llega, junto al mediodía y la tarde. El día es duro y solitario. Largo porque su marido trabaja más horas de las debidas. Pero sabe que siempre vuelve. Siempre. Más tarde, cuando la noche cae, él llega tambaleándose. “Hubo un festejo con los muchachos, amor”, dice él intentando besarla. Huele a alcohol y perfume barato de mujer fácil. Ella lo rechaza y con tristeza se va adormir. Afortunadamente en unos minutos la pastilla hará efecto ¿Tomaste las píldoras? Creo que... Él se tira en la cama y pone una de sus manos en el seno derecho de Emma. Ella llora y él se duerme. Ronca como un oso anestesiado y luego de muchos minutos, acunada por los ruidos de su marido, Emma se duerme también. 

Abre sus ojos y sabe que son las cuatro de la mañana. No necesita mirar el reloj. Lo sabe. Se sienta en la cama. El llanto a la distancia parece más cercano. Como si viniese de dos pisos más arriba. “¡Qué pasa!”, gime el marido. “Nada… un bebé llora”. Él responde con un ronquido y ella sabe que ya no habrá respuestas, está noqueado. Se levanta. Va hasta la cocina y se prepara un té. El llanto se hace más intenso, perturbador. Ahora parece que está en el piso de arriba. Arriba de su cabeza. Arriba…
Toma el té, busca una píldora. La mira, juguetea con ella. Gracias a ese pequeño comprimido logra dormir cada noche. Va a la cama. ¿La tomaste? El llanto la persigue aun en los sueños. Ramiro llora, mucho. Ella se tapa los oídos y llora también. ¡Callate por favor!, grita Emma sin resultados. Ramiro grita, chilla. Es insoportable. Sus ojos están vacíos y Emma sabe que no tiene alma. No la tiene porque nació con un demonio dentro de él. El demonio que tenía ella en su interior, en sus entrañas, pasó al niño. Y Emma lo escucha cada vez que el pequeño llora.

Despierta de golpe. Está toda transpirada y sola en la cama. Son pasadas las once de la mañana. Aún falta mucho para la noche pero a pesar de ello,  Emma se levanta. Como zombi va hasta el baño, se ducha con agua helada. Es lo mismo para ella que no siente nada de lo que la rodea. Ni siquiera el dolor de cortarse con el vaso que se le acaba de resbalar de las manos. El tiempo es gracioso. Tiene saltos para ella. Suspira. Se lava la herida, se la venda. Todo está muy calmo, no como en la noche. Agudiza el oído pero no logra identificar ningún llanto. Tal vez el niño tenga el sueño invertido, piensa. Y el día avanza y ella teme a la noche. A sus sueños, al llanto ajeno. Mira la televisión pero piensa en el llanto. ¿Por qué ahora está todo silencioso? “No es tu problema”, piensa. Pero se encuentra saliendo del departamento. El aire es diferente en el pasillo, más frío. “¿Y si me enfermo?”, piensa. Sabe que no es eso lo que le preocupa y se persuade de continuar. Necesita saber. Camina dudosa y va hasta la escalera. Todo está callado y desértico. Mira hacia arriba, al piso superior. Jura que el llanto viene de ahí pero es imposible saber de dónde. Al menos no ahora que está todo calmo. Quizás por la noche…

Una puerta rechina y Emma se asusta. Vuelve corriendo a su departamento. Se encierra y espera. Sabe que por la noche el niño llorará. Lo sabe. 

El reloj da las cuatro de la mañana y Emma no está en su cama. Juan ronca como siempre, ajeno a lo que su mujer padece. Ella está convencida de que no le importa. Emma ya tomó su té, ya intentó dormir y nada de eso funcionó. Está detrás de la puerta principal y mira, espía el pasillo. ¿Quién va a andar a esas horas por ahí? Nadie. El llanto se hace más intenso, está sobre su cabeza. Penetra sus neuronas. Emma desespera, siente que su cuerpo entero va a estallar. Necesita que se calle, que termine de una vez. “La madre es una hija de puta”, se dice. “¿Cómo puede dejar a su bebé llorando así?”. Alguien tiene que decirle algo. Y sale al pasillo. Está decidida aunque no sabe cómo va a reaccionar ante esa madre, ante ese bebé. Nunca volvió a ver a alguno desde que Ramiro se fue. Tiene miedo de reaccionar mal… o de reaccionar. Desde Ramiro, ella estuvo encerrada entre las cuatro paredes de su departamento. Jamás salió, ni siquiera a hacer los mandados. Él se encargó de todo. De que ella no tuviese contacto con el exterior. Se lo agradeció. ¿Lo hizo? No está segura. Tampoco está segura de haberle pedido eso en algún momento. Pero está bien. Ella nunca quiso salir… pero ahora lo hace. 

El pasillo está helado y desértico. Es de esperar que así sea a las cuatro de la mañana. O eso quiere creer. Camina. Sube las escaleras. El llanto se torna intenso. Insoportable. Le recuerda a su Ramiro. No paraba de llorar, nunca. No quería su leche, no quería sus brazos. Emma llegó a pensar que Ramiro la odiaba. “¿Cómo puede odiarte un bebé de 8 meses, Emma?”, le había preguntado Juan. Y Emma lloraba y él se ausentaba durante más horas de las debidas. El llanto le trae recuerdos, feos recuerdos. Quiere serenarse, quiere pensar en los buenos momentos. Pero no puede. Necesita resolver esto. Necesita que ese bebé del demonio deje de llorar.

Emma llega al segundo piso. Ahí todo está igual de desértico y más helado aun que en el piso de abajo. Sabe que el llanto proviene de la puerta al final del pasillo y sin dudarlo va hasta ese lugar. Camina decidida. Hay una luz que se filtra debajo de la puerta. Contrasta con la oscuridad que la rodea, que la mora desde Ramiro. Su corazón se contrae cada vez que lo piensa, que recuerda su llanto. Uno como el que la tortura ahora, como ese niño que no la deja dormir. 

Piensa en golpear pero la puerta se abre sola. Y allí está. La cuna en el medio de un salón desprovisto de muebles. Sólo la cuna y el llanto. Se acerca. El niño para de llorar. Quizás la presiente. Emma duda si avanzar o volver a su departamento. Pero ahora que está ahí necesita ver al niño. Piensa en que quizás el niño esté abandonado. ¿Quién dejaría a un niño solo toda la noche? Ella no, con total seguridad. Aun a Ramiro que la odiaba y lloraba todo el tiempo. Camina, avanza. La cuna está a unos pasos nada más. Su corazón esta acelerado por la anticipación. Su respiración se entre corta. Hubiese deseado irse con él, con su Ramiro a pesar del odio. A pesar del rechazo evidente del niño hacia ella. “¿Por qué no me fui con vos?”, se pregunta ahora como tantas otras veces. No está segura. Sabe que no fue por Juan. Él ya no la ama y ella está anestesiada. Sigue avanzando. Ve unas manitos elevadas. El niño juega con un móvil de aviones que pende sobre la cuna. Siente una carcajada. Es Ramiro. ¿Lo es? Una lágrima se escapa. Es él, está segura. 

Se para frente a la cuna y una risa se escapa en el aire. Una risa sigue a otra y a una carcajada diabólica que resuena en sus oídos. Fuerte, muy fuerte. Enloquecedora. Emma se tapa los oídos y cree perder la razón. El bebé la observa. Es él el que se ríe poseído por un demonio. Emma grita para no escucharlo pero es inevitable. El llanto comienza, otra vez. “¡Callate!”, le dice y pierde el control. Toma una almohada y la posa en la cabeza de del niño. ¿Se parece a Ramiro? Se parece… La deja ahí, blanca, inmaculada, y el llanto se transforma en un leve gemido. El silencio llega y ella cree que el niño se durmió. Respira aliviada. Lo toma en sus brazos, acaricia su delicada piel. Pero está azul, inerte. “¡Yo no lo hice!”, grita. Y el bebé endemoniado vuelve con las carcajadas. Rasguña el rostro de Emma y ella lo suelta, cae al suelo. Emma grita desesperada mientras que el niño trepa por sus piernas. ¿Las tomaste?, escucha de Juan y Emma recuerda las píldoras, esas que se olvidó de tomar porque la atontaba y no podía cuidar de su bebé. Antipsicóticos, decía el frasco. “¿Para qué tomo esto?”, preguntó más de una vez. Silencio. 

Emma cae al suelo. El demonio hecho niño la invade, se vuelve ella, se acuna en su vientre. El departamento se siente pequeño, la asfixia. Se siente oprimida. Algo la sacude. Algo… “¿Qué hiciste?”, escucha a Juan. “¿Qué hiciste, por Dios?”, él llora. “Está dormido nada más”, contesta Emma. La cuna del bebé está silenciosa. ¿Es ahora? No está segura de nada. Teme a la respuesta. “Ramiro está muerto. ¡Es mi culpa!”, llora Emma, “Es mi culpa…”
Emma abre los ojos. Son las cuatro de la madrugada. Ahora sabe por qué despierta cada noche a la misma hora. Ahora, que el silencio y la claridad tocaron su cerebro, sabe qué tiene que hacer para finalmente dormir en paz.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

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