Caminás
descalza por toda la casa. Vas de un lado a otro, desesperada, sin rumbo. Las
cosas no se acomodan en tus pensamientos. Lo que era ya no es, lo que iba a ser
jamás será.
Te
frenás frente al espejo. Observás tu reflejo, la amargura de tus ojos, la
tristeza de tu expresión. La frase que llegó a tus oídos minutos antes, te puso
en jaque. A vos y a tu existencia. Tu mundo, ese que dabas por sentado que
existía y que jamás cambiaría, ya no será el mismo de ahora en más. Sentís que
los sueños, los proyectos que tenías planeados solo se transformaron en vanas
ilusiones, vacíos deseos. Y el pecho se te contrae. Y las lágrimas brotan de a
montones.
Te
sentás en un rincón alejado de la casa; en el piso helado, en el patio de atrás.
Tu falda floreada, esa que te pusiste en la mañana porque la primavera ya había
llegado, toca el suelo lleno de tierra y pelusa. Se mancha de pena y
desesperación, de tierra mezclada con lágrimas. Pero ya no importa. Ya no. La
felicidad de la mañana rápidamente se extinguió.
Tu
cabeza siente el peso de la vida, de los años, de la existencia. Tus cabellos
oscuros, largos y despeinados, se enredan con una tela de araña caprichosa y
desenfadada. El insecto, ajeno a tus pesares, se posa en tu pálida piel y
comienza a tejer un capullo a tu alrededor. Te abriga con suavidad y sentís que
al menos ella quiere protegerte de algo. Aunque es vano, al menos por ahora.
Tu
entorno se modifica. La tristeza lo cambia. Comenzás a mezclarte con la
naturaleza. De a poco, te mimetizás con lo que te rodea. Con la enredadera que
te comienza a tocar, que desciende por la pared y te acaricia la mejilla. Que
tira brotes que se enredan en tu pelo y juegan con tus rulos. Que se enrosca en
tus brazos y se transforma en hermoso brazalete color esmeralda. Que te abraza
como nunca nadie lo hizo y te acompaña como nadie lo ha hecho jamás.
Y el
sol se vuelve brillante y poderoso, solo para vos. Para que no te conviertas en
hielo y bruma. Para que no desaparezcas en el éter por la tristeza y la
soledad. El sol te da sus mejores rayos que repiquetean en tus pies y los
mantiene cálidos y bronceados.
De
a poco reaccionás y salís de tu estado de petrificación. Una mariposa que
revolotea se acerca con timidez hasta donde estás. Te roza con sus alas, se
posa en tus manos y anida en tus delicadas palmas. Sus alas son naranja, tornasoladas
e intensas como la pena que sobrellevás. Y se mueven lentamente al son de tu
respiración. Sabés que está agonizando. Que ella, como vos, agoniza en una vida
que a veces es injusta. Y la escuchás morir y sentís su partida. Ella muere en
tus manos. Ella deja de ser en vos. La muerte está en vos, en tus manos, en la
mariposa que descansa eternamente de una vida intensa y breve. Y entendés que
solo ese es el final. La muerte es el real fin.
Entonces,
tus neuronas comienzan a hacer conexiones, a mostrarte recuerdos maravillosos.
Recuerdos de tu vida sin él. Momentos que construiste solo vos. La vida que
tenés, la persona que sos. Porque no lo necesitaste para ser quién sos. Porque
sola te convertiste en una gran persona. Y una sonrisa se te escapa casi sin
querer. Entre la risa y el llanto suspirás. Y extendés tus manos con la
mariposa muerta. La brisa la eleva y se la lleva al infinito, a su eterno
descanso. Y continuás con las manos elevadas en son de agradecimiento.
Agradecés a la naturaleza, a la madre
tierra, al universo. Les agradecés tu existencia y la de la mariposa que ya se
fue.
Te
levantás y sacudís tu falda floreada. Secás tus lágrimas y recogés tu pelo
oscuro. Te colocás una flor en la cabeza y comenzás a bailar. Bailás la danza
de la vida. Y te enredás en las telas de arañas y te envolvés en la enredadera.
Y por este breve instante sos feliz. Porque ya no importan las malas noticias
de novios traicioneros o de amigas ausentes. Porque la vida es tuya; y el mundo
con vos en él, es mucho más hermoso de lo que nadie puede imaginar.
Autor:
Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015
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