domingo, 27 de septiembre de 2015

El costo de la juventud







Una vez que la muerte se apoderó de ella, Anabella creyó que el ascenso sería dulce, pacífico e inmediato. Pero en lugar de eso, sintió que la tierra se despedazaba debajo de sus pies, que el fuego la envolvía y que su carne se transformaba en carbón. Su hermosa y delicada piel, esa que cuidó cada día con varias cremas, que hidrató con litros de agua, que resguardó del malicioso sol, súbitamente desapareció al calor del fuego infernal. Si, esa misma piel de porcelana, ahora se había transformado en carne chamuscada. Y el olor era espantoso. 

Luego de gritar como loca, de llorar y entender que ese no era el cielo, ni mucho menos: el descanso pacífico que había imaginado, comenzó a preguntarse el porqué de su descenso al infierno. ¿Tan mala había sido en vida?

“Tengo que salir de este horrible lugar”, pensó intentando identificar el momento en que su camino había errado. Para ello decidió hacer un pequeño tour a su pasado. No necesitaba de ningún Ángel de la muerte o algo parecido para hacerlo ya que siempre se consideró una persona altamente capacitada para los momentos críticos de la vida. ¿Sería acaso eso lo que llamaban soberbia? Podría ser, aunque no por ese detallito iría directo al infierno.

Miró a su alrededor. Todo era espantoso, escalofriante y muy rojo. Los gritos ensordecedores y las cientos de manos a su alrededor que querían tocarla y lamerla, hubiesen vuelto loco a cualquiera. Pero no a ella. Con un alarido echó a todos y en un instante el lugar se sumió en el más profundo silencio. Entonces, ante sus ojos, el mismísimo Lucifer apareció. Sin un atisbo de duda, Anabella se enfrentó al Diablo. Apenas si le dejó decir “Hola, bienvenida”, que le largó una perorata acerca de que no pensaba quedarse, que no le diese la bienvenida, porque “Yo no pertenezco a este lugar, soy del Cielo”. Y agregó “Así que borre esa sonrisita, Señor que no hay nada que festejar aquí”.

Habiendo logrado callar al Diablo (que eso ya era mucho), se dispuso a repasar las cuestiones claves de su vida. Con el Amo de las Tinieblas de testigo, pensó en su niñez. “Todos los niños son ángeles de Dios”, se dijo. Pero como todos saben, el Diablo es famoso por meter la cola y cambiar los pensamientos de las personas. Al menos de aquellas débiles e indecisas. Y Anabella no fue la excepción. “¿Estás segura?”, dijo con voz sibilante. “Y aquel incidente… cuando tenías 8 años ¿qué fue?”, continuó con malicia. Anabella sintió que su pecho carbonizado se estremecía. No quería tener recuerdos de aquella época.

“Todos dijeron que era inocente, mi queridísimo. Así que…” Pero se interrumpió en el instante en que las imágenes de aquel momento aparecieron. Los mismos recuerdos que la habían atormentado durante mucho tiempo se transformaron en vívidas representaciones que su mente no pudo frenar. Pudo ver como si se tratase de una película, el mismísimo momento en el que había matado a su hermano mayor. Él estaba besando por primera vez a su novia y Anabella, en un arranque de celos, le quitó su preciosa vida. Eso fue algo que la marcó por siempre. Recordó cada detalle de esa noche. Recordó como los había espiado detrás de la cortina del comedor. Recordó las palabras de su hermano prometiéndole a esa cucaracha insignificante un amor eterno. El mismo amor que le había prometido a ella de pequeña. Recordó el dolor y la decepción de creerse única para su hermano. Se sintió estúpida. Se sintió ridícula. Lo peor de todo fue escuchar los gritos de esa harpía y la sangre roja y espesa emanando del cuerpo inerte de su hermano.

Anabella había usado el arma de su abuelo que, por un descuido, estaba cargada en su mesita de luz. El hombre atormentado se quitó la vida luego de aquello. Y hasta el último segundo juró y perjuró que no había dejado el arma allí. “Las armas son cargadas por el Diablo… o eso dicen ¿no, mi querida Anabella?”. Ella se estremeció. Lo cierto era que no importaba quién había dejado el arma allí. Ella se había dejado llevar por los celos. Y perdió. Perdió a su amoroso hermano y a su querido abuelo. Perdió la fe de su familia y la paz de su conciencia.

Luego de aquello ya nada fue igual.

La adolescencia la sorprendió de un día para el otro. Pasó de ser niña, a tener un cuerpo de mujer. “Eras tan hermosa…” y a ella le dolió la sentencia en tiempo pasado. Los hombres la miraban, le decían cosas. Pero Anabella solo podía pensar en su hermano. Los recuerdos la atormentaban ahora que entendía sus actos. Y su vida se hubiese ido al tacho si no hubiese conocido a Marcos, su primer novio. “Sos tan preciosa… tu piel es joven, tan perfecta. Jamás cambies, amor”, le decía él. Y los años pasaron. Los veinte llegaron y él la dejó por una quinceañera “Porque el tiempo cambia a las personas sin remedio”.

Marcos se aprovechó de Anabella y ella, joven como era, no supo valorarse. Creyó que él se alejaba por ella y eso la traumó. Nunca pensó que era una más. Se creyó la única tonta del mundo. Y su corazón quedó marcado por ese abandono. Fue entonces que se dedicó a no envejecer. “¿Cómo creés que lograste mantenerte así, mi joven amiga?”

Anabella no supo cómo contestar a esa pregunta. Desde aquel abandono ella se obsesionó con la juventud y la belleza poco duradera de su piel de porcelana. Entonces probó con cremas, pociones, ungüentos y demás sustancias que la mantuviesen en ese estado de perfecta juventud. Aunque la naturaleza, como todos sabemos, es cruel y las arrugas comenzaron a aparecer. La desesperación se apoderó una vez más de su espíritu y la motivó a concurrir a cuanto experto en cosmética, medico dermatólogo y charlatán que encontró. Hasta que un día alguien se presentó en la puerta de su casa. Anabella ya tenía treinta años.

“Serás joven y bella por siempre”. El hombre era extraño por donde se lo observase, aunque para Anabella lo único importante fue su ofrecimiento. Ya dos hombres en su vida la habían cambiado por otra y no podía permitirlo. Lo único que le importó a ella fue el dolor que esa raza había dejado en ella, las huellas en su cuerpo. Las cicatrices invisibles por los demás, pero presentes en dolor. Ella aceptó el ofrecimiento y la primera transformación fue gratuita como lo es la primera probada a una droga adictiva.

No solo se convirtió en una joven veinteañera, sino que tenía un brillo particular que la hizo apetecible a cuanto hombre se le cruzase. Y ella se sintió en la gloria.

Así pasaron los años y los hombres. La noche y la trasnoche. Y un día cumplió cuarenta y el joven que anhelaba miró a otra mujer. Sin que ella pensase demasiado apareció aquel extraño hombre, aunque esta vez con demandas diferentes. “Si querés tu juventud, si querés piel de porcelana, esta vez hay un precio que pagar” y Anabella se encontró una noche, desesperada, junto a un viejo hombre y un cuchillo. “No te preocupes, él debía morir y nada te delatará”, fueron las consoladoras palabras previas a la transformación. Anabella miró sus manos ensangrentadas y suspiró. Con el corazón acelerado y el cuerpo tembloroso del terror juró que esa sería la última vez. Después de todo, a sus cincuenta años verse como una treintona era algo con lo que podría vivir. Pero las cosas cambiaron. 

“Nos es justo que me culpes por algo que me obligaron a…”, quiso defenderse Anabella ante la catarata de recuerdos que Lucifer le estaba brindando. Pero la frase se diluyó en una carcajada infernal que provocó un sacudón tremendo en el inframundo.

A los dos años de su último embellecimiento la piel de Anabella se arrugó de golpe. Más precisamente el día de su cumpleaños cuarenta y dos. Lo peor de todo no era que envejeciese de golpe, aunque era un problema realmente, sino que en unas cuatro o cinco horas cientos de personas irían a visitarla por su cumpleaños. “No me pueden ver así”, lloró escondiéndose en el baño.

Los minutos pasaban y ella no se atrevía a mirar su reflejo. ¡Como si fuese posible! En cada pared de la casa había un espejo. Pero entonces, cuando decidió que todo era una broma de su inconsciente se miró en uno de ellos y el reflejo que apareció no era para nada femenino. Sino todo lo contrario: el extraño hombre le pedía otro sacrificio si no quería convertirse en el ridículo ante sus amigos, o peor aún, en un fenómeno de circo que un día era una joven mujer y al día siguiente una anciana.

“¡Me negué rotundamente!”, gritó Anabella. Pero el diablo le mostró una imagen que caló hondo en el pecho de la marchitada mujer. Era ella y una niña pequeña en un callejón mugriento de la gran ciudad. Y el extraño hombre le susurraba algo en al oído: “Es una niña de la calle. Nadie va a extrañarla. Su futuro es oscuro: será una adicta y prostituta. Le estarás haciendo un favor.” Y Anabella sin más le quitó la vida de un tirón. Quebró su cuello y rejuveneció al instante.

“Tu frivolidad costó mucho, mi amiga”. Era verdad. Ahora que veía todo a través de los ojos del Diablo, ninguno de los crímenes por ella cometido había sido por obligación o por una cuestión de vida o muerte. Ella había cometido cada uno de los asesinatos a sabiendas. Luego de la niña llegó un adolescente, luego una madre y una enfermera por desesperación. Otro anciano, un ejecutivo y un médico. Ahora que lo pensaba, estaba condenada.

Anabella contempló el infierno silencioso y se enderezó. “El pasado es eso: pasado”, dijo por lo bajo mientras que una decisión se gestaba en su pecho achicharrado. Ya no soportaría esos improperios por parte del mayor pecador universal. Lo miró directo a los ojos y supo que tenía dos caminos. Confrontar su destino infernal o arrepentirse y migrar al cielo.

La decisión fue casi inmediata. Acumuló todos sus pecados, su odio y rencor hacia el mundo entero y rompió el cascarón carbonizado que la envolvía. Primero salió una enorme garra tornasolada y filosa, luego un humeante hocico. Desgarró de un solo golpe toda su carne y se transformó en un enorme monstruo lleno de escamas y bocas que emanaban lava y en un movimiento se tragó al sorprendido Satanás.

Desde aquel día, en el Infierno, una mujer harta de los cánones de belleza y de los sacrificios para mantenerse joven y apetecible para el sexo opuesto, reina y cuida los portales más candentes que alguna vez haya existido. Y en el mundo… bueno, digamos que las mujeres ya no tienen que demostrar perfección, nunca más.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015
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