sábado, 3 de octubre de 2015

Silencios








“El silencio también es una respuesta”

“¿A qué?”, me pregunté…

Luego de mucho, una tarde gris de otoño comencé a pensar en cada uno de los momentos en los que él había silenciado nuestras charlas. En los que me había silenciado a mí por terminar con puntos oscuros mis peticiones, mis reclamos. Pensé en el silencio como tal, como compañero. Porque se había convertido en mi compañero en las mañanas de mates, en las noches de invierno. El silencio había invadido cada espacio, cada rincón de mi existencia. Y yo, de a poco, me había acostumbrado a eso. A escucharlo, a interpretarlo, a interpelarlo y por supuesto, siempre la respuesta era la ausencia. La falta de algún sonido que me indicase la importancia de mi existir. La existencia. 

Empecé a dudar. Sí. Un día en el que el silencio y la ausencia habían estado junto a mí demasiado tiempo, comencé a dudar acerca del  mundo que me rodeaba. Me pregunté si él y yo éramos algo, la pareja que solíamos ser. “Tal vez, luego del silencio vino el olvido”, pensé. Y con el olvido viene la muerte del alma. Creí que me había marchitado y por ello ya no me hablaba. Creí que me había convertido en algo, una cosa inmaterial que ya no era apetecible, amable en el sentido del amor pasional. Porque él ya no me decía siquiera “Hola, ¿Cómo estás?” o “Te extrañé tanto hoy”. Porque si hubiese escuchado eso, quizás hubiese interpretado todo como la mera ausencia de palabras, la falta de un tema de conversación. Pero no fue así. Fue la ausencia total. El negro de las palabas y de las frases. La oscuridad que se instala en los oídos y que avanza hasta tus neuronas e invade todo. Hasta tu corazón. 

Cada mañana él solo se sentaba frente a la mesa, con una taza de té y la dejaba enfriar sin tocarla. Allí pasaba horas mirando un punto fijo en la pared. “Le podría decir algo”, pensé siempre. Le podría haber dicho tantas cosas. Pero así como mi boca se abría para emitir un sonido, se cerraba por el temor a su muda respuesta. A su falta de interés por lo que yo tenía para decir. Y su mirada me traspasaba. Si desviaba los ojos del punto de la pared, si dirigía su mirada hacia donde yo estaba, sus ojos vacíos atravesaban mi ser y se posaban en otro punto imaginario y distante. En un imaginario en el que yo no existía. En el que yo no estaba junto a él. En el imaginario de su deseo más profundo: su soledad, mi ausencia. 

“¿Por qué me hace sufrir de esta manera?”, pensaba con dolor. 

Comencé a temer por mí, por él, por nosotros. Y la terrible idea de que algo muy malo le sucedía comenzó a anidar en mi corazón. Tal vez una enfermedad, tal vez otra mujer. Sentí que aquel silencio era un síntoma de algo preocupante, peligroso. Porque si todo esto que yo pensaba era autocompasión y a él le sucedía algo malo, sería mi culpa no darme cuenta. Entonces decidí ser su sombra. Seguirlo a donde fuese. Intenté entender su comportamiento errático y parco, darle una explicación a todo. 

Durante varios días caminé sus pasos, lo seguí a donde él iba, que no era muy lejos. De inmediato noté que su piel estaba más vieja, sus pelos más canosos, sus ojos más muertos. Me horroricé. Traté de comunicarme con él, pero era en vano. El silencio era penetrante, tanto que yo no podía escuchar ni siquiera mi propia voz. Sentía que mi boca intentaba articular algo que no emitía sonidos. 

Traté de serenarme pensando en el bien mayor, en mi esposo y en su tristeza, su silencio. Continué con la búsqueda de una verdad desconocida para mí. Fue entonces que comencé a notar que por las noches, mi amado esposo no dormía en nuestra cama. Se quedaba parado frente a la puerta durante largo rato, observando la oscuridad reinante dentro de la habitación. “¿Qué hacés, cariño?”, intentaba decirle, aunque mis palabras se diluían como siempre en el silencio reinante. Y los minutos se sucedían entre dudas y preguntas hasta que, luego de un largo rato de paralizada indecisión, él daba media vuelta y se recostaba en el sofá del comedor. Quizás no quería compartir la cama conmigo. Quizás todo era así de simple.

Mientras él dormía, mientras él se entregaba a sus atormentados sueños, yo observaba. Notaba sus ojos moviéndose desesperados detrás de los párpados, su cuerpo rígido, en una misma posición toda la noche, sus puños cerrados y pálidos por la fuerza de mantenerlos oprimidos. Veía su rostro mojado de sudor y el dolor hecho expresión constante. 

Esa expresión me atormentaba cada día, cada noche. No podía verlo sufrir así. ¿Y si era por mí? ¿Y si quería separarse y no podía decírmelo? Necesitaba confrontarlo. Necesitaba que me dijese que me fuera o que nos divorciásemos. Que ya no me amaba. Necesitaba que me lo dijese en la cara porque antes hablábamos, porque al principio todo era hermoso.  Y no había pasado tanto tiempo desde nuestro “Si, quiero”. Y siempre nos creí felices hasta que el silencio se apoderó de él y envejeció de golpe. “¿En qué momento dejaste de ser feliz, mi amor?”, pensé. Necesitaba saber el momento exacto, el instante preciso en el que nuestro amor había muerto. Y fui por las fotos.  Nuestras fotos. Ellas eran testigo fiel de nuestra vida, de nuestra felicidad y me demostrarían en qué momento el amor se había agotado. 

Pero no las encontré. Las que estaban en decorados marquitos en la repisa del aparador estaban volteadas, ocultas, apartadas. Intenté encontrar el álbum de bodas pero no estaba donde lo había dejado. Un sentimiento de angustia y enojo se apoderó de mí. Se instaló en mi estómago y subió a mi pecho. “Me vas a tener que explicar qué es todo esto”, me dije y fui directo hasta donde él estaba. Lo miré a los ojos pero él me atravesó con su mirada, como siempre. Eso me enojó aún más. ¿Quién se creía que era? Porque si no era feliz se podía ir, podía dejarme sola, que para el caso era lo mismo. Y algo se atravesó en mi garganta. Un grito mezclado con horas de amargura y tristeza que salió expulsado con violencia. Y él me escuchó. El universo me escuchó.

Y fue entonces que sus ojos se encontraron con los míos. Sus lágrimas brotaron y bañaron su rostro. Sentí su angustia, la hice mía y me arrepentí de pensar que no me amaba. Extendí mi mano para acariciarlo, para consolarlo, para protegerlo. Pero mis dedos atravesaron su rostro. Miré mis manos y estaban casi transparentes. “Tenés que dejar que siga con mi vida, cariño”, me dijo entre sollozos. “Estas…”, continuó, pero interrumpió su frase. No se atrevió a finalizarla. Creo que no quiso enfrentar la verdad. O no me quiso lastimar. Ese silencio que reinaba era el mío. La oscuridad y la ausencia no eran de él. 

Entonces, una luz blanca apareció como lo había hecho mucho tiempo atrás. La misma luz que debí seguir pero que, por el dolor de él, no me atreví a seguir. No quise abandonarlo entonces. Pero esta vez supe que era necesario. Entendí que debía dejar continuar, para que pudiese sanar su alma, para que pudiese vivir su vida. Y luego de besarlo en los labios y suspirar un “Te amo”, me dejé llevar.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015

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