Caminás por el callejón oscuro. Un olor
nauseabundo penetra tus sentidos y te da asco. Querés vomitar pero intentás no
hacerlo. Respirás hondo por la boca. Así es mejor. Te convencés de que esa
simple acción te hace bien y continuás con tu camino en la penumbra. No ves mucho
aunque no te importa. Necesitás encontrarte con ella y ahí es donde ella va a
estar. Eventualmente.
Mirás la bruma que avanza directo a
vos. A tus pies. Parece que repta, se acerca. Te quiere envolver. Seguís caminando.
Nada puede detener tu marcha hacia ella. Pero la bruma no desiste. Parece que
lee tus pensamientos. O quizás la oscuridad te trastorna y te hace creer que
cosas extrañas pasan a tu alrededor.
Intentás concentrarte en tu destino,
en ella. Observás el piso: está encharcado. Las paredes de ladrillos chorrean
humedad, grasa y quién sabe qué más. El entorno te modifica, te hace sentir
pesaroso. Ahogado. Sí. Te falta el aire, te falta luz. La oscuridad está
presente, aunque hay un destello que ilumina tenuemente el lugar. Agradecés eso
porque si no estarías perdido. Caminarías a tientas. ¿Estará ahí? Estás seguro que
sí. Aunque no entendés esa seguridad. Esa certeza.
El camino se hace letárgico. Sentís que
tus piernas pesan, se enlentecen. Llevás casi por instinto tu mano al abdomen. Un
dolor lacerante se instaló de golpe ahí, en tu costado derecho y tu mano siente
algo, humedad, calor. “Esto no me va a frenar”, pensás. Y continuás tu camino
lento, pero firme.
Un ruido te desconcentra. Mirás hacia
atrás, lo que vas dejando. Nada. Ni un alma te sigue y el camino se torna
borroso. Sentís que sólo existe el ahora, este momento. Ya. Adelante: incertidumbre,
atrás: la nada. Y ahora: el dolor. Pensás en ella. Pensás en cómo te va a
recibir. ¿Te abrirá los brazos? Querés pensar que sí. Aunque es un deseo.
Deseás llegar a sus brazos y descansar por sobre todas las cosas. Deseás llegar
a ese punto en el futuro, a ese momento que te saca del ahora oscuro y
doloroso.
Sentís frío. Sentís que eso húmedo
que sale de tu costado derecho se lleva el calor consigo. Tu calor. Apretás
fuerte. Pero no evita nada. La bruma sigue avanzando junto al frío y trepa por
tus piernas, sube. Se acerca a tu tórax. Tu respiración se acelera. No querés
que todo termine antes de encontrarla, antes de verla. Querés llorar y una
lágrima se escapa de tus ojos. “Vamos no seas cobarde. Nada termina antes de lo
debido.”, te decís porque en el fondo de tu corazón querés tirarte ahí, darte
por vencido y dejar que el mundo continúe girando. La frase ayuda. Al menos por
ahora.
Y luchás. Te resistís al frío, a la
bruma; seguís caminando. Mirás al cielo y ves las estrellas; jamás estuvieron
tan brillantes, tan magníficas. Eso te da fuerzas y por un instante la energía
y el calor vuelven a tu cuerpo. Avanzás un poco más. Unos metros, unos minutos
más cerca. A lo lejos divisás una silueta. ¿Será ella? Sí. Es ella, lo sabés y
tus pies tienen vida propia, se aceleran.
El camino parece largo pero ya falta
menos. El dolor en tu costado se atenúa, la sangre deja de manar. Tu pecho se
serena, la bruma se dispersa. Ella está más cerca y vos la estás por alcanzar.
Recordás el segundo en el que iniciaste el camino, y otra vez mirás atrás. Mientras
mirás tu pasado, unos brazos te toman, te envuelven. Un manto negro te acuna,
te consuela. Ella te abraza mientras te observás tendido en el callejón oscuro,
solo y desangrándote. Entonces cerrás los ojos, sonreís con dulzura y aceptás este
destino. Y así, la Muerte quita tu último respiro para que puedas traspasar el
umbral.
Autor: Soledad Fernández – Todos los
derechos reservados 2016
Imagen hallada en la web
No hay comentarios.:
Publicar un comentario