viernes, 22 de enero de 2016

Una hora a la semana





Agudicé el oído y los escuché. Los gemidos penetraron mis sentidos y enloquecieron mi espíritu. La violencia se apoderó de mí y ya no pude controlarme. entré y los vi. No sé que fue peor: si verlo a él sobre ella o a Jimena desorbitada de placer.

“¡Hipócrita!”

Una hora antes había entrado a la casa a pesar de que no era nuestra tarde. Jimena me esperaba cada miércoles luego del almuerzo. Yo ansiaba esos miércoles. Siempre supe que estaba mal. Siempre entendí el arreglo, pero con el tiempo me di cuenta de que era adicto a esos encuentros. Que necesitaba a Jimena como al oxígeno.

“Esto no puede durar por siempre, Darío”, me decía ella. Pero siempre creí que sus palabras eran para mantenerme enganchado, para hacerme desearla más. Porque ese era el efecto, el poder que tenía sobre mí, obvio. Yo llegaba puntualmente mientras que ella me esperaba en el living, desnuda, expuesta. Esperaba por mí. Su piel blanca y sus curvas bien marcadas era la provocación necesaria para que mi cuerpo reaccionase. Ella era una invitación a la locura y tardaba en amarla, lo que me llevaba desnudarme. Ni un “Hola”, ni un “¿Cómo estás?” Nada. Ni una palabra, solo gemidos de placer y éxtasis. Una hora de puro sexo descarnado, de pasión desenfrenada y sin tapujos. Ella me hacía suyo y yo me dejaba. Ella me dominaba con sus movimientos, con sus caderas redondeas, con su busto perfecto de madre de 3. Ella me hacía explotar. Y luego, se fumaba un cigarrillo y yo me tenía que ir a esperar, me iba a vivir 7 días sosos, amargos y solitarios, para volver a encontrarme con ella una semana después.

Jimena era casada y 15 años mayor que yo. Estaba seguro de que el marido no le prestaba atención. ¡Idiota! Estaba seguro de que no la amaba, que no la deseaba más. Ella no decía nada, pero esas ansias hacia mi cuerpo, hacia mi persona tenían un origen y era el desamor. Podía jurarlo.

La había conocido en el negocio, varios meses atrás. En la librería donde yo trabajaba. La sorprendí mirando un libro de sadomasoquismo o quizás sería el Kama Sutra, no recuerdo. Lo que si tengo presente es que ella se puso colorada y yo le sonreí. Lo último que recuerdo de ese día fue que terminamos en el baño del local. Ella bajó su ropa interior y desabrochó mi jean. En un segundo estábamos gimiendo al unísono sin importarnos si afuera alguien nos escuchaba.

Ella era una tromba. Un vendaval que me dejaba exhausto, deseoso de más, y tirado. Por sobre todas las cosas me dejaba tirado.

Luego de aquel primer encuentro, me dio su teléfono y desde entonces, los miércoles se convirtieron en nuestros. Una hora a la semana que hacía que el resto de mi vida fuese solo un suspiro imposible de contener. Esa hora a la semana provocaba que el resto de mi existencia no tuviese razón de ser.
Y el tiempo fue pasando y mis necesidades fueron aumentando.

“No insistas, esto es todo lo que tendremos. Disfrutalo”, me había contestado la primera vez que insinué salir a comer o ir al cine solo los dos. En cualquier otro momento, con cualquier otra mina eso hubiese sido un punto final. La habría mandado a la mierda, así de simple. Pero a Jimena no. Ella me decía que no mientras sus dedos jugueteaban con mi pelo o cuando desnudos y tirados en la alfombra del living, ella besaba la piel de mi espalda. Era un “no” agridulce y eso me encendía más. La deseaba más solo porque me negaba todo. Solo porque me convertía en su esclavo.

Pero no desistí. Tarde o temprano ella se iba a ablandar como yo lo había hecho. Ella debía ser mía por siempre y no me importaba el costo.

Las semanas pasaron y los “no” se acumularon. Comencé entonces a espiarla solo para sentirla cerca de mí, aunque  enseguida me di cuenta de que ella era presa de su hogar. La mucama se encargaba de llevar los chicos al colegio y de traerlos, de hacer los mandados y demás cosas. Y ella permanecía encerrada en su casa. Entonces, pensé en seguirlo a él. Necesitaba conocerlo, saber como era mi enemigo para derrotarlo. Era un rubio enorme y trajeado, de facciones duras y un gesto de “No recibo un no por respuesta”, que metía miedo. Pensé que si tal vez le descubría un amante y se lo contaba a Jimena, ella entendería que su destino era estar conmigo. Quizás de esa manera, yo tendría una chance de estar junto a ella las 24 horas del día.

Pero fue difícil precisar qué hacía este hombre luego de salir de la casa. Era complejo seguirlo y fácilmente desaparecía. Y eso se me hizo extraño. Aunque el embelesamiento por mi Jimena no mermó, sino todo lo contrario. Cada semana me quedaba con ganas de más. Con la sensación de que su amor me era entregado a cuenta gotas. Y una mañana de abril decidí aparecer. Decidí confrontarla y pedirle que abandonara a su marido, que fuera mía. Sí, le pediría matrimonio y seríamos felices para siempre.

Al llegar a la casa todo estaba en silencio. Sabía que el dueño de casa y de mi mujer no estaba porque lo había visto salir con su auto. Sin embargo, entré con sigilo. No quería asustarla, sino sorprenderla. La casa se veía diferente sin ella en el living esperándome. Todo estaba en una penumbra que no me agradaba. Entendí que ella era mi luz, me persuadí de eso y continué buscándola. Fui hasta la cocina y no estaba. Fui hasta el lavadero, el garaje y la habitación de los niños. Nada. Solo quedaba la habitación de Jimena y su esposo.

Respiré hondo y entré. Ella se sorprendió al verme y por un segundo dudó. Pero de inmediato se abalanzó sobre mí y me despojó de cada una de las prendas. Primero desabrochó con violencia mi camisa, tanto que los botones saltaron por el aire. Mientras besaba mi pecho, desabrochó el pantalón. Me empujó en la cama y quitó toda mi ropa, los zapatos, las medias. Hasta el reloj que fue a parar a la alfombra con un mudo rebote. Jimena se trepó como una amazona sobre mí y entre gemido y gemido le grité que la amaba, que quería casarme con ella. Pero Jimena tapó mi boca con sus manos ahogando mi declaración de amor. Fue tan intenso que en cinco minutos todo el vendaval desatado se consumió y quedamos exhaustos en la cama.

La observé. Estaba hermosa con su cabello despeinado y el busto asomando por la camina entreabierta. Me acerqué para besarla y susurrarle todo lo que quería vivir con ella pero entonces escuché el ruido de la puerta. Ella saltó de la cama y me arrojó la ropa en la cara. “Es del servicio de inteligencia… ¡si te encuentra me mata!”, dijo desesperada y me rogó que me escondiera.

Corrí por los pasillos de la casa en busca de un rincón para que no me viese. Entre tanto el marido de Jimena entró y fue directo a la habitación. Escuché de lejos que él hablaba alto y me preocupé por ella. Aunque me había repetido al salir de la habitación “No vuelvas aunque me escuches gritar. Me va a matar si te ve”. Pensé en qué excusa podría darle ella al estar desnuda en la habitación, con la cama revuelta. Entonces volví no sin antes agarrar una cuchilla. Debía defenderla, debía liberarla.

a centímetros de la habitación escuché los terribles gemidos. Con la adrenalina recorriendo mi cuerpo, abrí la puerta de golpe y entré como un soldado embravecido.

La sangre se esparció por todos lados. Las paredes y el techo quedaron teñidos de rojo y mis manos temblaron luego de finalizar. La carne apenas ofreció resistencia a mi puño que no pudo contener la rabia, la bronca acumulada. Los maté a los dos mientras hacían el amor en donde cinco minutos antes la había hecho mía.

Las sirenas de la policía sonaron de inmediato. No entendí muy bien el porqué. Aunque creo que ella había planeado todo. Creo que ella quiso que lo matara solo a él. “Pobre infeliz” Me escondí en el sótano, asustado, pero al bajar el último peldaño me di cuenta que había perdido mi reloj. Pensé que eso podría delatarme. Pero ya no importaba. Había matado al amor de mi vida en un arranque de locura. Sus ojos gozando con mi rival eran algo con lo que no podría haber vivido jamás. Entonces, ahí mismo esperé a que me encuentren y si no lo hacían...bueno buscaría otra Jimena para llenar mi hora de los miércoles.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2016



Melancolía

La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas albo...