Es la primera vez que Maxi ve las
luces de la noche. Las de la ciudad. Y como todo aquel que descubre algo nuevo,
se queda petrificado, casi idiotizado observándolas. Es tan diferente de donde
vive que duele…
Hoy Maxi acompaña a su papá. Antes nunca
lo hizo porque era chico. Aunque tiene la misma edad que ayer o que la semana pasada.
Pero el tiempo es diferente para él. Y en su casa siempre hubo peleas y
discusiones acerca de Maxi y la noche. “Es muy chico, Carlos”, era el argumento
de la madre. Pero ella sabía que tarde o temprano iba a perder esa guerra. Porque
cada día se hacía más necesario ayudar a su padre. Porque él solo ya no podía.
No rendía.
“Yo voy mamá”, había dicho Maxi en la
tarde mientras tomaban mates lavados con mucha azúcar y un pedazo de pan. Su
mamá lo miró con tristeza, y algo en su pecho se contrajo de angustia. Aunque
comprendió lo que estaba pasando. Su hijo no quería más discusiones, no deseaba
ver como ella ponía el cuerpo siempre. Sobre todo cuando Carlos estaba con
algunas copas de más y los cachetazos volaban para todos lados. También a donde
estaba Maxi, pero su madre se interponía y nunca llegaba a tocarlo. Quizás ella
tenía miedo de que estuviera solo con su padre de noche. De perder a su hijo de
diez años.
Aunque Maxi era muy maduro. Demasiado
quizás. Él había escuchado a su mamá llorar muchas veces. También había
escuchado a su papá amenazar con dejarlos. ¿Y que harían sin él? Sería una
catástrofe mayor a la que vivían ahora. Mayor que cuando a su papá lo echaron
del trabajo. Mayor que cuando tuvieron que dejar el departamento que alquilaban.
Mayor que vivir dónde habían conseguido vivir: cuatro chapas en un campo lleno
de ranchitos. Lleno de barro y sin luces en la noche.
Pero claro, Maxi no tiene recuerdos
de las épocas buenas. Él era chiquito cuando la catástrofe tocó a su familia. Cuando
el sistema dejó afuera a tantos. Y entre ellos su papá. Lo único que Maxi conoce
de aquellos años, son las historias de su madre. “Antes estábamos bien. Papá
trabajaba y yo te cuidaba. Éramos felices. Papá no tomaba…y había luces por
todos lados”
Y la madre le señalaba el horizonte.
“Ves ahí, a lo lejos, ahí está la prosperidad. La buena vida, hijo.” Lo
inalcanzable. Y Maxi observaba las luces, embobado. Observaba la prosperidad
que nunca volvió a su casa.
Un relincho lo saca de sus
pensamientos semiamargos. Parpadea varias veces, pero sigue viendo las luces en
sus ojos. No se van. Con ojos llorosos se da vuelta, mira a su papá. Sus ojos
también son tristes. Pero está acostumbrado a verlos así. Entonces va hasta el
carro, se sube y junto a él van en busca del próximo cartón tirado en la calle.
Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados.
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