sábado, 4 de junio de 2016

Exterminio







Ella besa mi mano. Pobrecita…llegó como pudo hasta donde estoy. Me mira y puedo verme en sus ojos.Están vacíos de alegría. Solo tienen compasión. Y miedo, tanto miedo. Me hace señas. Debemos salir del gimnasio si queremos sobrevivir. Lo sé. Pero a estas alturas…estoy segura de que afuera es peor. El horror, la muerte es mucho peor. Prefiero quedarme acá sentada. Entonces se cae un enorme pedazo de techo en la piscina. Hace una enorme ola. Una cristalina. Imagino el mar y me gustaría estar ahí, disfrutando del sol. Pero sé que ya no será posible. Nunca más. 

Mi cuerpo está inmóvil. Aun con semejante lio a mí alrededor, no me muevo. Creo que la explosión contrajo cada músculo de mi cuerpo y me transformó en estatua. Soy una estatua de mármol. Una viviente. La gente grita y corre. Los observo. No hay nada para hacer. Solo gritar, o estar así, quieta. Moriremos todos. Estoy segura. 

Vuelvo a mirar a la joven que quiere irse conmigo. Afuera. Insiste en que la siga. Ella cree que tendremos una oportunidad. Pero no. La observo. De sus oídos chorrea sangre. Sé que los tímpanos le estallaron. Lo sé porque una vez estuve en una guerra. Fue horrible. Tantos muertos. Por eso decido quedarme y morir aquí, ahora. Ya.
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Estoy en una reposera,  en la pileta cubierta del hotel cuando escucho un ruido tremendo. El estruendo es impresionante y me deja sorda por un tiempo. Escucho solo una especie de silbido molesto, penetrante. Y el dolor que se pasa enseguida. Mi cabeza está abombada. Es como la resaca luego de varios vasos de tequila. Como en la universidad. Siento mi vida lejana. Ahora todo está lejos, incluso la paz.
Miro a mi alrededor buscando el origen del ruido. Pero veo que de la gente comienza a correr desesperada. Todos se chocan, todos se gritan aunque no los escucho. Quizás no escuchar sea lo mejor. Veo un hombre con un pedazo de fierro clavado en su brazo. Hay mucha sangre y él grita. Pero la imagen sin sonido es extraña, como en el cine mudo. Pienso en marionetas. En una extraña comedia, macabra. Quiero ayudar, pero él se tira a la pileta. Por ahí está buscando calmar su dolor. No sé. Solo observo. Sin hacer nada. 

Al otro lado de la pileta veo una señora que se quedó quieta. Aturdida. Quizás está aterrorizada. Quizás no sabe qué hacer. Mientras veo al hombre del hierro ahogándose sin remedio, voy hasta donde está la mujer. Su rostro está ido. Sé que es peligroso permanecer aquí así que le intento gritar que venga conmigo. Pero mi voz está apagada. Corro hacia ella. Voy en contra del resto y me golpean. Ellos quieren salir y yo haría lo mismo, pero esa mujer me preocupa. Podría dejarla y salvarme. Pero algo me dice que lo intente. Me acerco y en ese momento un enorme trozo de cielo raso cae en la piscina. Cae sobre el hombre y termina de matarlo. Todo es un horror. Me quedo un segundo mirando el agua y el fondo. El hombre, la sangre. Todo se mueve, hasta el edificio. Y no me entra en la cabeza qué está pasando. 

Entonces recuerdo a la señora y voy hasta donde está.La tomo de la mano. Me mira como ida. Tampoco entiende nada. ¡Será que su mente está en otro lugar? ¿En otro tiempo? Como puedo le digo que hay que salir de este caos. 

Algo me dice, creo que pregunta si nos bombardean. Yo le digo que no sé que está pasando, pero que es peligroso seguir en este lugar. Entonces veo sus ojos y sé que no me seguirá. Le doy un beso a su mano y me voy. 

Salgo y siento el caos en mi piel, en mis huesos. El cielo está convulsionado. Nubarrones espesos ocultan el sol. Y un resplandor en el horizonte me dice que ese primer estruendo fue solo el comienzo. Entonces veo un enorme misil que se dirige hasta donde estoy. Y una nave. Miro. Lloro. Nada de lo que haga cambiará mi destino. Nada. Entonces, como aquella mujer me siento en la arena a esperar el final. Y la entiendo, no sé como pero la entiendo.  

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Estoy en posición, señor. A la orden, Comandante.
Delta Force Cuatro en posición. Isla en la mira. El enemigo está en la mira, el enemigo está en la mira.
Oprimo el botón rojo titilante. La primera bomba cae en la playa. La explosión es impresionante, pero no cae en el blanco. Me avergüenza errar. El blanco era el hotel. Ahí está el presidente de Los Estados Unidos Planetarios. Él debe ser eliminado. Terminado. El resto son Daños Colaterales.
Preparo el nuevo misil. Con este es imposible fallar. 

En posición, señor. Misiles cargados. Preparado para lanzar en menos tres, menos dos…
El dedo es más rápido que la interpretación de los que mis ojos ven. La veo sentada en la playa. Mirando el cielo oscuro. Resignada. Sabe que todo terminará en su vida. ¿Cómo puede estar tan tranquila? No lo sé y me aturde. El misil sale. Los segundos se suceden. Siento el peso de su mirada en mi alma. La explosión se la lleva junto a las miles de personas. Mi misión está cumplida. Me retiro a la nave madre y ahí me felicitan mis compañeros. Soy un héroe, ahora. Voy a mi cuarto, me observo al espejo diminuto de la habitación. Recuerdo los ojos cristalinos de aquella joven. Su piel blanca y su pelo café. Miro mi piel escamosa y verde y no dejo de pensar en que se hizo lo que debía hacerse. Pero un sabor amargo me queda y no sé qué hacer con eso. 

Recibo una llamada de mi comandante “Felicitaciones”, dice. “Lo logramos”. Sí, pienso, lo logramos. Esta tarde, fui el destructor de la resistencia humana… Eliminé al enemigo, eliminé a la humanidad… ¿y ahora? 

Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...