sábado, 3 de septiembre de 2016

En algún otro lugar.





Luego de ver aquella luz intensa y de sentir la carne desgarrada en uno de mis costados, desperté en plena oscuridad. Al principio no entendí qué pasaba o cómo había llegado a ese lugar. Imaginé que había estado ahí durante mucho tiempo, que me habían dejado ahí como algo que se olvida fácilmente. Una cosa…un objeto. 

Estaba tendida en el suelo, boca arriba. Enseguida intenté moverme pero el cuerpo me era ajeno. No respondía. Pero sí sentía. Pequeños pies caminaban sobre mí, me olían, hurgaban. ¡Salgan de mí!, quise decir pero no pude emitir sonido. Mi garganta estaba seca, arenosa como el Sahara. Tosí pero no resultó. Aunque los numerosos animaluchos huyeron al sentirme viva. ¡Ratas! Puse la mano en mi boca e intenté contener un vómito de repugnancia. 

“¿Dónde estoy?”, me pregunté. La desesperación y el llanto estaban ahí, a segundos de aparecer y anularme. “No pierdas la cabeza”, me dije aunque era algo casi imposible de sobrellevar. Respiré varias veces para serenarme y un olor a humedad mezclado con algo que no pude identificar llenó mis sentidos. Penetrante, putrefacto. Quizás eran los roedores. Su orina, su excremento. “¡Controlate!”. Traté de enfocarme para lograr salir de ahí, pero nada de lo que me rodeaba me parecía conocido. Sobre mí cabeza divisé telarañas enormes que colgaban del techo como lianas delicadas y envolventes. Pero nada más. Nada de lo que veía me daba pistas de donde estaba. 

“Pensá”, aunque era difícil pensar con coherencia. Mi cuerpo temblaba y no sentía mis manos. Tuve miedo de desaparecer, de desvanecerme en el aire. Y eso era algo que nunca había experimentado. Intenté despejar mi cabeza pero una nube negra se había depositado en mi memoria. No sentía dolor. Ya no. Pensé: “Estoy muerta”. Era una posibilidad. Luego de tantos años de amenazas y golpes, quizás mi marido me había mandado a donde pertenecía: al infierno. Aunque seguramente el infierno era un lugar mucho más cálido que esa habitación sucia donde me encontraba. 

Agudicé mis sentidos. El silencio era tan penetrante como el olor a humedad. No se escuchaba nada. Ni siquiera los diminutos pasos de los bichos que me rodeaban. Era como si de repente alguien hubiese apagado el ruido de mis oídos. 

Intenté ver más allá de mis temores y solo divisé bultos. A pesar de ello y en aquel estado de desesperanza, noté que la oscuridad no era tan densa como antes. Que se había transformado en penumbra y de esa manera divisé una luz débil que apareció a la distancia. “Es mi salvación”, pensé entonces.

Me incorporé y con dificultad fui hasta la fuente de luz. Tal vez si gritaba fuerte alguien podría ayudarme. O no… Una idea me asaltó y me revolvió las entrañas: ¿y si me encontraba con mi marido? Quizás lo que estaba viviendo, el encierro, la oscuridad, era todo parte de un plan perpetrado por él; mi demonio particular. Ese pensamiento me frenó en seco. La idea de que él me había encerrado se ancló en mi cerebro. Estaba segura que ese desgraciado había transformado aquel cuarto en mi cárcel. Y que jamás saldría con vida de ahí. 

Quedé paralizada con semejante pensamiento y la cobardía llegó. Me cobijé en la oscuridad y el silencio como cada vez que su brutalidad aparecía. Mi respiración se cortó de golpe y el miedo me abrazó. 

La pena me llevó al pasado como si aquel presente no fuera ya un castigo lo suficientemente grande. Volé al día de mi casamiento. A lo que siempre había querido. El vestido blanco, la fiesta, la felicidad. Pero enseguida sobrevino lo otro. La luna de miel que no fue dulce para nada. Recordé el dolor y el primer golpe marital. Recordé la violencia con la que él dejó en claro que era suya y lo sería hasta el final. Y la bronca y el odio que crecieron en mí. 

Una rata curiosa me trajo al presente. Mordisqueó mi ropa pero de un golpe la alejé. Su chillido fue silencioso como todo lo que me rodeaba. Una lágrima se escapó mientras mi mente ordenó alejarse del encierro y volver al pasado. A aquel día en el que descubrí que estaba embarazada. La felicidad entremezclada con terror. Con el miedo de que él me arrebatara esa pequeña alegría. Recordé el dolor de parir y la dulzura de amamantar a mi hijo. Recordé también la desgracia de perderlo por la muerte blanca y los golpes que mi demonio me propinó por ser mala madre. 

Llore entonces y en mi nueva cárcel. 

Volé una vez más, entre olores nauseabundos a estiércol de ratas. Fui a mis vanos intentos de fugarme de aquella prisión marital. Volví a la última discusión “Te dejo”, le grité y la oscuridad del golpe y el silencio aterrador. Y la nada y el dolor. Entonces reaccioné. “Ya no más”, pensé. Me sacudí el estupor y la parálisis. Las penas y las amarguras del pasado se evaporaron. Me levante decidida fui hasta la luz. Derecho. Determinante. 

Llegué arrastrándome hasta una ventana rectangular. Vieja, sucia. Sólo un vidrio me separaba de ese exterior al que temía confrontar. Había ruido. Risas. Ahora estaban presentes. Ahora podía escuchar. “Viste lo que pasa…a mí no me vas a dejar. ¿Entendido?” Alguien hablaba alto, moviéndose, riendo. No podía ver bien. El vidrio distorsionaba todo, le daba un color extraño. “Arriesgate”, me dije y decidí terminar con mi miseria, con el encierro y la humedad. Tomé coraje, y con todas mis fuerzas atravesé el vidrio. Por un segundo flote, sobrevolé la habitación sucia. Mientras volaba recordé la pelea, el golpe. Recordé que me creyó muerta. Y vi que se reía al verme tendida en el suelo. Que me pateaba mientras yo no podía reaccionar.

Entonces miró hacia arriba. “¡Oh dios mío! Esto no puede ser cierto”, dijo. Fueron sus últimas palabras antes de morir. Su voz fue débil, casi como un suspiro. Cuando desperté en esa habitación sucia, llena de ratas en la que me creyó muerta, él tenía una estaca clavada en el corazón y una sonrisa desdibujada en el rostro. Su pierna izquierda aún temblaba y la sangre se dispersaba por el suelo llegando hasta donde yo estaba. ¿Qué fui yo? Quien sabe…tal vez me defendí después de todo. Lo único que sé es que de ahora en más, mi vida será un poco más liviana…hasta que nos volvamos a encontrar en algún otro lugar.  

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016

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