jueves, 19 de abril de 2018

In-comunicación





Estaciono el auto porque si no voy a chocar o me voy a llevar puesta a alguien. Hace más de media hora que estoy en una discusión encarnizada con un compañero de trabajo desubicado y prepotente. Sé que no debería darle el lugar que le doy, pero me invade esa necesidad de dar explicaciones, de justificar mis actos. Y esa necesidad es más grande que el mundo y me pesa. 

―La verdad que me doy cuenta de que la reunión fue al pedo y que no entendés nada de nada…
 Recuerdo la reunión. Le di la oportunidad a cada uno de los empleados a que diga lo que pensaba o lo que consideraba necesario decir para el buen funcionamiento de todo. Y sin embargo…nunca alcanza. Trago saliva para no mandarlo a la concha de su madre y respondo con la mayor tranquilidad que puedo.

―A ver Damián…vos no entendés. Soy tu jefa y necesito que cumplas tu maldito trabajo. No sé cuál es el inconveniente…no te estoy pidiendo nada raro…ni siquiera que te quedes después de hora…
―Me parece que voy a tener que dirigirme a tus superiores. Porque seguís insistiendo con lo del horario… ¿Vos querés una reunión ministerial?

Se hace un silencio. Intento deducir qué me está diciendo. Lo entiendo pero no entra en mis neuronas. Con bronca le pregunto:
―A ver si entiendo, vos ¿me estás amenazando?

 La tensión crece. Las palabras salen disparadas de uno y otro lado. No hay forma de frenar esto. Ya no. Es como una bola de nieve que se agiganta a medida que avanza. Así estamos. Agigantados y violentos. Él saca lo peor de mí. Es eso. Y no me gusta. Tengo ganas de asesinarlo o mejor: de hacerle sufrir en la carne lo que me hace padecer. Clavarle un enorme cuchillo en su abdomen y retorcerlo mientras grita de dolor. Sería pagarle con una moneda equivalente al nerviosismo y la violencia con la que se dirige a mí. Con lo que me hace padecer cotidianamente. Aunque quizás sería mejor poner mis manos en su cuello, apretarlo fuerte y asfixiarlo. Esa sería una gran solución porque además de matarlo, ya no escucharía su irritante voz. Pero no puedo, de momento. Su malicioso discurso moralista y acusador continúa sonando a través de mi teléfono celular y eso hace un poquito difícil mi misión homicida. Aunque no imposible, me digo. 

 Si lo matara…. Sería una dulce venganza, pero no dejaría de ser asesinato y no estoy preparada para ir a la cárcel… ¿por qué siquiera lo estoy pensando? Mi mente divaga cuando me estreso. Sus palabras amenazantes siguen llegando a mis oídos, me aturde, y yo pienso en los pro y los contras de un asesinato premeditado. ¡Basta!, me amonesto a mí misma. Él sigue, recitando la lista con mis innumerables defectos, según si visión sesgada y machista. Y  lo peor es que el cobarde no se atreve a decirme las cosas en la cara. 

Miro el celular: cuarenta y siete minutos de mala comunicación y una rayita de batería. La indignación crece, se hace enorme. Quiero estrellar el aparato contra una pared, revolearlo a la calle para que un camión lo pase por encima, pero me contengo porque la única que se perjudica con eso soy yo. Además, no podría comprar otro.  

Él sigue gritándome por teléfono. Su misoginia es tan enorme como la lista de mis defectos o su propio ego. Le molesta que sea su jefa y que le ponga los puntos. Es  ingrato conmigo y con sus compañeros. Su pensamiento es corto, chato…hay que estar en contra del jefe, siempre. Es condición implícita para él.  

Respiro hondo. Mi corazón está acelerado. Mis manos tiemblan. Quiero llorar, pero no le voy a dar el gusto de que me escuche gimotear. Trago el nudo de mi garganta y hablo. Le pregunto si quiere mi cargo, si quiere ser jefe. Le repito más fuerte “¿Vos querés ser el jefe?”. Se hace un silencio. Se asombra de mi pregunta, tartamudea brevemente y sigue vociferando acerca de mis desvaríos y mis malos entendidos. 

La discusión se eterniza como mi tiempo que se estira. El viento se frena. ¡Basta!, grito y el mundo se paraliza de pronto y yo…yo me meto dentro del celular.

Veo una luz violeta que sale del aparato y corro por ahí. Mi cuerpo está liviano, ágil como jamás lo estuvo. Tomo la velocidad de la luz, me estiro y me transformo en un fotón mágico, unidireccional. La línea violeta se transforma en verde y ahora me deslizo apenas rozándola. Soy una con la luz, con la energía. Recorro miles de nanoquilómetros en una dirección. La única. Mi norte es el odio que siento en este momento. Las ganas de triturar ese cuello, de dañar a ese tipo. 

Sigo avanzando sin descanso. A mi alrededor el mundo se dobla, se estira. Las palabras son ralentizadas, pero reconozco esa voz. La misma que me torturó minutos antes. La prepotencia se ve transformada por la distorsión del campo que me rodea. Pero escucho. Los gritos siguen. La violencia se extiende como un cable maligno y negro. Se transforma en una serpiente que me punza por los lados. Me picotea para que desista, para que vuelva mis pasos y sea humana otra vez. No lo permito. Mis ojos se transforman en láseres y la atacan. Apunto a su cabeza y doy en el blanco. La serpiente explota y me baña de una pestilente brea negra. No importa, soy luz, me digo y de pronto la putrefacción desaparece y yo sigo mi camino. 

Al final, allá a lo lejos, hay un punto luminoso. Incandescente como una estrella en el firmamento nocturno. Hay números y una enorme pantalla. Me recuerda una película, pero mi mente está tan alterada que no logro recordar cual. No importa, ya queda menos, me repito. 

La serpiente revive y se transforma en un enorme dragón. Sus ojos son de fuego y su boca lanza llamaradas de lava incandescente. Me siento microscópica frente a semejante monstruo, me siento igual que cuando él me grita por teléfono. Intento esquivarlo pero se hace difícil. Acelero. Ya queda poco, me repito. Sin embargo el dragón aplasta mi línea de color con su enorme cola y entonces mi cuerpo sale expulsado. Me estrello contra la nada misma. Duele. Me levanto. Busco una salida y solo veo la pantalla: Conexión de mala calidad, leo. Estoy atrapada. 

 Mi nudo en la garganta se acrecienta, me envuelve, exprime mi alma y solo puedo llorar como una niña. No quiero hacerlo pero es más fuerte que yo. Mis emociones me dominan, me paralizo. No puedo más que dar vueltas sobre lo mismo, como un loop eterno y sentimental. Sé que si no hago algo voy a quedar atrapada por siempre en ese lugar, en mi teléfono. O peor, en el medio de una mala comunicación, por una peor empresa de telefonía celular. Reacciono. Mi mano se transforma en una enorme espada al estilo StarWars y de un salto, parto en dos al dragón. Hay un silencio breve y mientras mi cabeza descansa por un instante, corro nuevamente a la meta y me lanzo a través de la pantalla luminosa. 

Aparezco del otro lado y de inmediato tomo el cuello del empleado insurgente. Aprieto con ganas mientras su rostro pasa del rojo al blanco en uno segundos nomás. Le grito: “¡Callate ya, maldito gusano podrido!” y lo dejo caer en la vereda, mientras la gente aplaude por mi valentía o quizás porque gran parte de la humanidad lo desprecia. ¿Quién sabe?

No lo mato, solo lo dejo aturdido. Le saco el celular y lo estrello contra una pared. Me acerco a él y con odio le digo:
Mañana, ocho de la mañana en punto, te espero en la oficina, para resolver esto. Si no te gusta como son las cosas, presentá tu renuncia. 

Él abre un ojo, desorientado y aturdido, y me mira con desprecio.
¿Entendido? insisto para que reaccione.
responde bajito sin mirarme a los ojos.
Me doy media vuelta y emprendo el camino de regreso. Son varios quilómetros, pero bueno, servirán para calmarme.

Autora:  Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018
Imagen obtenida de la web