domingo, 4 de noviembre de 2018

El amuleto






Una mañana de abril, la familia Georgis, recibió un paquete que fue depositado en  la puerta de la casa donde vivían. La madre, que era la primera en levantarse, lo encontró. Estaba prolijamente empaquetado, atado y enmoñado, como un regalo. Aunque no detallaba de quién era. "Si saben aprovechar lo que les es dado, este presente puede traerles dicha", decía una pequeña nota escrita a mano. La nota olía a rosas, como el perfume que usaba siempre la tía Carmen. La madre lo tomó, pero algo la petrificó de pronto, mientras los pelos de su nuca se erizaron y sus ojos se dilataron con brusquedad. 

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Junto a su familia luego del desayuno, Paula, la madre, les mostró lo que había encontrado temprano en la mañana.
—¿De quién creen que será?
—De Dios —dijo Ariel, el niño más pequeño de apenas cinco años.
—Dios no existe, tonto —dijo la hermana más grande que ya había entendido que las miserias eran obra de los hombres y que nadie pero nadie, jamás los ayudaría. Sin embargo, la madre la observó severamente y la adolescente desvió la mirada avergonzada.
—Sería de algún vecino —dijo el padre, aunque desconfiando de la buena suerte.
—Viene con una carta —dijo Paula, exponiendo el regalo para que todos lo vieran.

Dentro de la caja había una especie de rama retorcida y negra como el carbón. Parecía una especie de varita mágica. ¿Por qué la familia recibiría algo así? Junto a la rama había una carta manchada por el tiempo. Paula la leyó en voz alta y clara.

"Lo que tienen en sus manos es un poderoso artefacto que proviene de la antigüedad. Dicen que los sumerios lo recibieron de mano de los dioses. Tiene solo un deseo para conceder. Luego debe ser abandonado y solo, el amuleto buscará a alguien más que lo necesite"
—¿Nosotros lo necesitamos? —dijo otra de las hermanas descreídas, aunque nadie le respondió.
"El deseo debe incluir a todos los que presentes lean esta nota. Todos deben estar de acuerdo y por unanimidad desde sus corazones desearlo y será concedido. Un deseo excluirá otros. Si no saben qué elegir, pueden dejar el deseo librado al amuleto que decidirá por ustedes"

Los seis integrantes de la familia quedaron en silencio, dudosos, sin entender de qué iba semejante obsequio. O si realmente se trataba de un regalo. Más parecía un peligro inminente que algo bondadoso y desinteresado. Sin embargo nadie dijo nada.

 A lo lejos, el aullar de unos perros provocó el estremecimiento de los padres mientras que los hijos, de pronto casi como gatillados por el azar, empezaron a discutir acerca de qué se debía elegir. "Hay que decidir ser ricos", gritó Candela,  la hermana más grande. "Ya estoy cansada de no tener la ropa que quiero o no ir al cine con mis amigas". Otra de las hermanas acotó: "Siempre tan egoísta. Hay que elegir la paz mundial". El hermano del medio le gritó ilusa a su hermana y dijo que apoyaba a Candela: "Nosotros no tenemos nada y hay otros que tiene por miles". El padre observaba en silencio la batalla campal que se había desatado en su familia. "La muerte de todos los malos del mundo", acotó alguien. "Que los ricos sean pobres y el dinero pase a nosotros". "Que Dios se presente y dé explicaciones", "Que todos los días sea Navidad". La discusión se encendió y los hermanos empezaron a pelear y a gritarse cosas terribles.

La madre preocupada por el debate se levantó, agarró el amuleto y lo guardó nuevamente en la caja. Entonces, mágicamente, el silencio reinó otra vez.  Paula entendió el poder del amuleto de forma inmediata y se preocupó. Miró a su familia y habló:
—Creo que debemos meditar un rato acerca de este regalo y luego discutiremos en paz lo que haya que discutir —dijo ella para frenar el desastre. —Esta noche, luego de cenar nos sentaremos y hablaremos con respeto. Y decidiremos qué hacer. 

Las hijas más grandes se fueron a su cuarto y los más pequeños a jugar con los pocos juguetes que tenían. Ella pensó que el dinero no les vendría mal. Aunque la duda era: ¿qué excluiría de sus vidas? Tal vez habría una venganza posterior o quién sabe, alguna terrible enfermedad o desgracia asociada al uso del amuleto. 

El padre, también preocupado se fue a fumar un cigarro afuera. Miró el barrio donde vivían. En general eran todos pobres. Había carencias en todas las familias. Lo preocupante era: ¿por qué el amuleto había llegado a su casa y no a la de los otros? ¿Qué los diferenciaba? Miró el cielo. No era extraño imaginar en que Dios los ayudaba, aunque al recordar la pelea entre sus hijos, pensó que quizás era el Diablo quien estaba metiendo la cola en su familia. Miró sus zapatos arruinados de tanto uso y un nudo apareció en su garganta; él portaba un secreto y quizás ese fuese el motivo de tal regalo: lo habían despedido de su trabajo. De ahora en adelante serían más pobres. Pero ¿cómo habían sabido? Era muy extraño todo y el desconcierto era la única certeza reinante en la familia y en él. 

Por la noche se sentaron alrededor del obsequio, como quien se sienta alrededor de un fogón a contar historias. Las caras expresaban cansancio. Incluso Ariel estaba alterado e inquieto. La madre expuso ante todos el amuleto y las discusiones se reanudaron casi en el mismo punto donde habían cesado en la mañana. Pero esta vez los insultos se hicieron incontrolables. Candela comenzó a gritar que odiaba a todos y el hermano del medio, Jeremías, no se quedó atrás: "Sos lo más horrible que existe. Arrastrada". Candela, envalentonada por el insulto, comenzó a golpear a Jeremías mientras que los hermanos tomaron bandos e intentaron separarlos, sin lograrlo. Los padres, petrificados solo observaban la destrucción de la familia sin poder hacer nada. De pronto, la hermana que había deseado la paz mundial agarró un cuchillo y violentamente se lo clavó a Ariel que gritaba endemoniado. La sangre del pequeño brotó incontrolable del cuerpo del niño y como cuando la madre guardó el amuleto, todos se calmaron y el silencio los atrapó. 

El padre, casi ajeno al desastre, dijo "Me echaron del trabajo", la madre agregó: "Quiero engañarte con el vecino", los hijos lloraron y el pequeño convulsionó hasta perecer. 

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—¿Qué haces acá afuera, Paula? Te vas a congelar...
La mujer reacciona. Suelta el paquete horrorizada y mira a su esposo con desconfianza.
—¿No tenés algo para decirme?

El hombre agacha la cabeza y le cuenta que perdió el trabajo, pero que va a insistir para que la indemnización los ayude. Ella lo abraza y le dice que juntos van a salir de esta. Cuando están entrando a la casa ella observa que el paquete desaparece y en su lugar hay un sobre. Lo agarra y lo lee. Es una notificación de la muerte de su única tía. "Ella le ha heredado sus bienes", dice la nota que tiene un característico olor a rosas. La mujer sonríe, quizás después de todo, el amuleto había elegido bien por ellos.

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018