viernes, 1 de mayo de 2015

Héroe y antihéroe







 Despertás de golpe de un sueño aletargado y ves humo por doquier. Fuego, mucho fuego y miedo. Aunque de eso siempre se trató tu vida: temor constante. Siempre fuiste una miedosa y tenías porqué serlo: habías perdido a tu madre unos cuántos meses atrás de la forma más horrible y eso te había traumado. Sobre todo porque había sido frente a tus narices y no habías hecho nada.

Te convenciste de que nada podías hacer… aunque algo te molestaba por las noches.

Según tu manera de ver las cosas y a pesar del trauma reciente, tu temor es más profundo, más “ancestral”, como le decís vos. Sí. Querés darle una razón a todo pero jamás pudiste encontrar una justificación para ese sentimiento que día a día se acrecienta.

Mirás a tu alrededor. Las cosas no encajan. No sabés dónde estás ni qué sucedió. Lo único que viene a tu memoria es ese temblor y la oscuridad que te envolvió de repente. Nada más.
Pensás en tu mamá y algo se te revuelve en las tripas. No querés recordar, pero eso vuelve siempre, determinante como la realidad que te rodea ahora. ¿Realidad? Dudás. Observás el cielo: no es del color habitual. Algo se encuentra diferente, extraño. Está rosa. Sí, rosa pero no aquel del atardecer. Ni siquiera el del amanecer cómo cuando ibas a la playa y te quedabas despierta toda la noche para ver salir el sol. Sin embargo, eso no es lo que más te llama la atención. De repente tu pecho da un vuelco al ver dos enormes y brillantes lunas. Empezás a respirar acelerado. “¿Dónde estoy?”, querés preguntar, pero notás que no hay a quién. Solo una pequeña figura humana a la distancia. Sí, es pequeña. Incluso podrías afirmar que se trata de una niña. Tiene una muñeca en su mano y la falda llena de barro. ¿Será barro?

“Donde estoy, donde estoy”, repetís para tus adentros y no hay respuesta para vos.
Comenzás a caminar lento, desconfiada del mundo que te rodea. Quién sabe con qué te encontrarás en este extraño lugar. Intentás evadir las llamas, rodearlas para no quemarte pero para tu sorpresa notás que no quema. No. El fuego se ha convertido en algo tibio, agradable. Lo tocás y hasta ves que se pega a tus manos sin hacerte daño. Lo manipulás, hacés una bola pequeña y roja. Por un segundo te olvidás de la nena perdida que te sigue mirando y jugás con la bola de fuego que se agranda en tus manos como si también fueses una niña. ¿Cómo es posible? Te preguntás y obtenés una respuesta obvia: no lo es. Estás inmersa en el mundo de lo improbable.  

Te convencés de que es un sueño y decidís jugar con tu propia mente. Agrandás la bola de fuego y la estrellás contra los escombros. Una explosión enorme hace que el concreto que está a varios metros de vos, se desintegre. Un enorme agujero queda donde segundos antes había una enorme construcción. Sonreís. Todo esto te divierte de alguna forma macabra. Entonces, extendés tu mano y manipulás el aire. Ves que en la palma de tu mano, un pequeño remolino de polvo y viento comienza a tomar forma. Lo observás extasiada mientras tu sexto sentido te hace notar que la niña se acerca despacio. Asumís que es por timidez o hasta por curiosidad. Y mientras el huracán crece a paso vertiginoso la observás. Ves sus ojos, oscuros. Te perdés en esa mirada mientras que ella sigue avanzando y el huracán se magnifica y las rodea a ambas. Extendés tu mano e intentás tocarla. Ella te mira, se mete en tu mente, manipula el huracán y lo hace extenderse a una plaza llena de niños. Tu corazón se contrae. Sabés que ella desafía tu bondad. Esa niña es maldad pura.

Se acerca más a vos y te desafía mientras que el huracán se dirige, a pesar tuyo, a destruir a los niños pequeños. “¡No!”, le gritás en tono suplicante y ella sólo te hace una media sonrisa, una oscura como su mirada y como su corazón. Una muy parecida a la que, segundos atrás, se te escapó a vos. Entonces la muerte se presenta en el parque. Todo vuela, se destruye y vos sentís la culpa.

“Es un sueño”, te decís, “y en los sueños todo es posible. Debo vencer”. Aunque es más fácil pensarlo que hacerlo. La niña te conmueve, te recuerda a vos cuando eras pequeña. Cuando tu mamá vivía. Tu alma se ensombrece, una nube oscura se posa en tus recuerdos y te acordás de cuando eras pequeña. Te acordás de un terrible incendio y que allí murió mucha gente. “Debemos irnos, hija”, dijo tu mamá. “¿Porque? ¿Soy mala, mamá?”, le preguntaste y a ella se le escapó una lágrima.

La niña arma una bola de fuego y apunta a un edificio. Es una escuela. Vos desesperás. El terror se apodera de vos como cuando tu mamá estaba en peligro. ¿Qué vas a hacer ahora?

Recordás el viaje junto a tu madre. Era lejos, muy lejos. Y te acordás haber visto galaxias y lunas. Te acordás de haber llegado a la denominada “Tierra”. Y el miedo que es viejo se hace actual. “Soy la buena”, te decís, aunque esa niña que ahora destruye tu planeta es la que fuiste.

Pensás en las cosas buenas que podrías haber hecho si tan solo te hubieses animado. Entendés la sensación de agonía al pensar en la muerte de tu madre. Sabés que podrías haberla salvado y eso te parte en miles de pedazos. Mirás a tu rival. Y entendés que con tus poderes podés destruir ese pasado en el que estás atrapada, aunque eso signifique tu propia muerte. Pero lo hacés porque sos la heroína. Lo hacés por todo lo que no hiciste en la Tierra. Lo hacés por no haber salvado a tu mamá. Entonces, formás con tus manos un rayo y le apuntás a su pequeño corazón batiente. Ella intenta tirar la bola de fuego pero sos más rápida. Entonces, ambas desaparecen en una nube de humo y fuego.

Hola ¿Despertaste ya? ¿No querés hacerlo? Todos somos héroes y antihéroes. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015
Imagen hallada en la web

martes, 28 de abril de 2015

La máscara






Aquella máscara había estado en la familia de Mabel durante siglos. Nadie sabía con exactitud desde cuándo, pero era una especie de reliquia familiar, traspasada de generación en generación a algunos y elegidos integrantes de la familia. 

Así fue que al día siguiente del entierro de Catalina, Mabel (su única sobrina) la recibió en su casa. Llegó prolijamente empaquetada, en una caja de madera tallada y con una nota. Mabel leyó cada palabra, sin embargo nada de lo que ahí decía significó algo para ella. No porque fuese una insensible, todo lo contrario.

 “Mi querida Mabel, esto es parte de tu historia, del legado de tu familia. Cuidala que te ha elegido… yo no me atreví o quizás no supe…”

Y se interrumpía así de brusco. Mabel le dio vueltas al papel ya que sintió que algo faltaba, pero luego recordó que su tía tenía episodios de delirios y desvaídos, y asumió que ese sería uno de ellos. Guardó la nota y mientras agradecía en sus pensamientos a la tía ya fallecida, se dispuso a admirar la máscara.

Abrió la caja y sintió el aroma a historia, una desconocida, y se sintió transportar a una época muy lejana. Una especie de liviandad la invadió y juraría que flotó unos instantes. Con uno de sus dedos tocó la máscara como quien acaricia un rostro y una sensación de vacío apareció contraponiéndose a lo que había sentido segundos antes. Una vacío agónico y oscuro, una pena gigantesca y ajena que se instaló en su corazón y le arrancó una lágrima.

Sacó la mano y de pronto todo cesó. Pensó en su tía y asumió que el recuerdo de ella estaba impregnado en la máscara y el dolor en su pecho. “Te estoy llorando, tía”, pensó intentando dar explicación a la sensación de segundos antes. Cerró la caja y se fue a la cocina a prepararse unos mates.

Mientras esperó que el agua llegase a su punto, comenzó a pensar en la máscara. La recordó al abrir la caja y pensó en sus detalles. No era una obra de arte, ni siquiera era lo suficientemente bella. Sin embargo atraía. Estaba tallada en madera oscura, casi negra y el tiempo había borrado muchos de sus relieves, pero podía identificar sus ojos que eran dos óvalos oscuros y ausentes. Imaginó donde la colgaría. Si, aquella pared blanca en el comedor sería el lugar más adecuado. Debería quitar los cuadros y fotos que ahí estaban colgados, pero quedaría perfecta. La idea la emocionó tanto que pensó invitar a sus amigos para que la admirasen. Sería una buena excusa para que viniesen. Porque si algo tenía en común con su tía, era la soledad de una vida vacía e incompleta. Su corazón se contrajo al pensar en aquello, en ese sinsentido en el que se habían convertido sus días. Otra lágrima.

El chillido de la pava la sacó de sus cavilaciones y de inmediato secó la lágrima que rodaba por su mejilla. Nuevamente pensó que era el duelo por su tía, su anciana, solitaria y casi esquizofrénica tía.
Tomó unos mates pero el pensamiento volaba de inmediato a la máscara por lo que decidió investigarla un poco más. Quizás, si era conveniente, la vendería a algún coleccionista y eso le quitaría esa sensación morbosa de la cabeza, además de dejarle algún dinero. Aunque pensó en su tía, en la nota y un instante de duda se instaló casi sin ser llamado. “Es reliquia familiar… me pertenece”, pensó.

Suspiró. Tomó la caja no sin sentir un estremecimiento, y se sentó en su computadora con  la máscara a su lado. Buscó referencias sobre el estilo, que parecía incaico o incluso anterior a esa época, aunque no halló coincidencias. Buscó otros similares, pero nada se le parecía.

Abrió páginas y más páginas en el buscador pero enseguida un mareo se instaló en su cabeza. Se sintió nublada y en un instante  el fuego la envolvió. El humo, la tristeza y otras máscaras. Máscaras tristes, horrorosas, oscuras como su corazón y su tía que, con otro rostro, danzaba frente a ella semidesnuda. Y a pesar del fuego tuvo frío, mucho frío y eso la trajo de vuelta.

Miró la computadora que estaba frente a ella con decenas de páginas abiertas. Muchas de las cuales no había visitado, o eso creía, y una que titilaba como un anuncio de mercadería barata: “Este fin de semana, el Museo Metropolitano presenta una colección de máscaras de la era precolombina”. Continuó leyendo y vio un nombre y un recuerdo la invadió: el Dr. Torres fue el encargado de reunir y estudiar las piezas. “Joaquín es el arqueólogo encargado ¡por Dios!” y como si se tratase de una estúpida adolescente, pensó en sus épocas junto a él.

La noche se abalanzó sobre Mabel que, inundada de recuerdos, no sabía qué hacer con la máscara. “Me trajiste más problemas que soluciones, tía”, pensó y se durmió.

La habitación era blanca y brillante. Mabel estaba desnuda, expuesta. El humo penetró por su nariz y la elevó hasta las nubes. Allí sobrevoló tierras extrañas, lejanas en muchos sentidos. Pero con una vista maravillosa. A lo lejos, como un punto creciente, apareció una figura. Un hermoso caballo alado, blanco y brillante como el sol. Ella se estremeció. Su corazón se aceleró de repente y en pleno vuelo descendió y se dirigió a esa figura como una flecha que se debe impactar en su diana. Cuando quiso tocar a la magnífica bestia, despertó.

El sol penetró la habitación de Mabel que se levantó como cada mañana, sola y en silencio. Se dirigió hasta la cocina para desayunar y en su paso por el comedor algo le llamó la atención. Pensó que estaba aún dormida, pero lo que sus ojos veían en ese momento no era producto de la imaginación en absoluto. La máscara, herencia de su delirante tía, estaba colgada en la pared blanca del comedor. Los cuadros, las fotos, todo lo que estaba colgado ahí, se encontraban apilados en un rincón y la máscara, en el centro de la pared, se mostraba desafiante. Desafiante a su mente que no entendía cómo era posible aquello.

Mabel se asustó. Creyó volverse loca y en un arranque de histeria tomó la máscara, la colocó en la caja y la escondió debajo de su cama.

En el baño se lavó varias veces la cara intentando sacarse de encima esa sensación de alucinación que se había instalado desde el día anterior. “Es el duelo”, se dijo una vez más sin que sirviese demasiado. Entonces se miró al espejo y vio las enormes ojeras y un vahído se apoderó de ella y la sensación nuevamente de flotar hacia un destino incierto. Uno no escrito, nunca dicho. Todo a su alrededor comenzó a girar. El baño se desvirtuó, el espejo desapareció y debajo de ella se abrió un abismo oscuro.

Entonces despertó una vez más solo para constatar que la máscara seguía en su caja, sobre la mesa, en el comedor donde la había dejado.

Se levantó con la decisión de indagar a fondo los orígenes de aquella máscara. Ya no como cuestión mercantil, sino casi por temor (uno aún no admitido del todo) a qué se estaba enfrentado. Tomó unas cuántas fotos intentando no perderse en los ojos abismales de la máscara y cerró con rapidez la caja. Colocó las fotos en un pendrive y tomando coraje se dirigió al museo Metropolitano.

El museo quedaba a unas cuantas cuadras de la casa de Mabel. Los primeros metros los hizo con cierta ansiedad y casi con ligereza en sus pies. Pero a medida que recordaba a qué se confrontaría, su caminar se hacía lento y dudoso. “¿Estoy preparada para verlo?”, se dijo y de repente esa pregunta la frenó en medio de la calle. Y recordó con pena su pequeña historia. Pequeña porque era lejana y borrosa. Lo único nítido era él que le proponía una vida, juntos. Lo único claro era su miedo a entregarse. Y todo lo demás se había diluido. Lo demás se había acelerado hasta este presente que la veía sola y llena de dudas. Con fotos de una estúpida máscara.

Y se volvió a su casa convencida de que lo que había pasado era una sumatoria de excusas y malas coincidencias que lo llevaban a verlo.

Y el fuego la rodeó otra vez, y el humo la hizo flotar. Y levitó entre montañas nevadas. No sintió frío, sólo la brisa que despeinaba su cabello oscuro y corto. Y allí, luego de los cerros nevados, se abría paso la extensa sabana y el hermoso caballo. Su descenso se hizo determinante hacia él que brillaba y deslumbraba aún más que el día anterior. No entendía qué significaba encontrarse con ese animal, aunque estaba muy segura de quien inundaba sus pensamientos al verlo.

Una nueva mañana llegaba hasta Mabel que se sintió apesadumbrada y estúpida por las acciones del día anterior. Pensó en el sueño recurrente. “¿Por qué nunca logro tocarlo o montarlo siquiera?”, se preguntó.

Y la máscara en la pared. Y el baño que se deshacía y el espejo que desaparecía. Sólo para despertar otra vez frente a su computadora y ver nuevamente el anuncio que decía “Mañana, en el Museo Metropolitano, el Dr. Torres presentará la más ambiciosa colección de máscaras…”

Mabel lloró. La desesperación se apoderó de ella y temió que la locura de su tía hubiese sido heredada. Fue al cementerio y le habló a su tía que por supuesto ya no la escuchaba. “Me crucificaste, tía. Me maldijiste con esta máscara de porquería… ¿por qué tía, por qué?”

Abandonó el cementerio con el peso de la frustración en su alma. Caminó lentamente, sin sentido y casi en círculos. Solo para darse cuenta de que estaba frente al Museo y a metros de él. “Mabel… ¿sos vos?” escuchó detrás de sí y sus piernas temblaron.

Se miraron por un segundo. Un instante en el que Mabel pudo perderse en su Joaquín aunque lo suficiente como para notar el anillo de oro en su dedo y la joven que lo acompañaba de su brazo. El resto fue sólo una seguidilla de frases sin sentidos, presentaciones amargas y anhelos perdidos. Ella balbuceó una excusa y luego de entregarle las fotos se fue.

Luego de llorar durante horas, esa noche Mabel tomó la máscara entre sus manos y durmió con ella a su lado. Nuevamente las llamas y el humo. Otra vez, flotó en tierras ajenas y lejanas. Decidió que esta vez lograría acariciar a esa magnífica bestia y montarla para volar. Así fue que en su vuelo nocturno, tras las montañas, en medio del prado rodeado de flores, vio a su caballo alado. Lo montó y supo exactamente a donde la llevaría.

Dicen que a la mañana siguiente sólo encontraron una máscara en la cama de Mabel. Aunque lo cierto era que ella estaba sola y ni siquiera tenía amigos… así que ¿quién podría buscarla?

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015