Hay días
bellos en los que desde el minuto en que uno se levanta de la cama, todo sale a
pedir de boca. Las luces de los semáforos están a tu favor, al sintonizar la
radio aparece tu música favorita, la gente te sonríe por la calle. Hay días
maravillosos que son así. Sin embargo, ese no fue uno de esos días.
Ya al
levantarme y al poner los pies sobre la alfombra, noté que algo frío y húmedo
trepó por mis pantorrillas haciendo que cada centímetro de mi piel se erizase.
Eso no fue todo, cuando la sensación llegó a mi cabeza dormida, me hizo
entender que aquello que congelaba mi sangre era agua. Agua por doquier, en
pequeñas cantidades, pero uniformemente distribuida por todo mi departamento. “¡Mis zapatos nuevos!”, fue lo primero que
pensé y corrí al armario. Pero como dije, ese día sería desgraciado y en mi carrera
desde la cama al placard, unos diez metros como máximo, mi pie enganchó con la
ropa sucia y ahora mojada, que había amontonado para llevar a lavar. “¿Por qué
no lo hice ayer?”, me fui preguntando a medida que mi cuerpo se desmoronaba en
cámara lenta. Sabía que terminaría mal y así fue. Un tremendo golpe en mi
cabeza me paralizó unos instantes en los que, afortunadamente, pude notar la
fuente del mal. Un agujero en la pared que daba al baño y desde donde brotaba
el agua a una velocidad considerable.
Luego de
que el aturdimiento se fuese, me arrastré hasta la pared. Allí mismo agudicé mi
visión y a la distancia, muy dentro del orificio y del concreto, divisé un
brillo metálico: era el caño que perdía. En ese instante, se me vino a la
memoria la lista de pendientes. Y por desgracia, ésta era una de las tantas
cuestiones que había dejado para después. Como la ropa sucia que descansaba a centímetros
de la pared en una bolsa pulcramente ordenada, y que había sido, en última
instancia, la responsable de mi descubrimiento. Me incorporé. El agua seguía
manando desde el orificio y ascendiendo centímetro tras centímetro.
Ya había
sobrepasado mis tobillos, y mis zapatos sin estrenar, sólo fueron una parte de
las pérdidas.
Fui a la
cocina mientras veía flotar la agenda y mi billetera, en forma libre y
despreocupada. Ni atiné a tomarlas, las dejé pasar para que rebotasen por ahí.
Con paso
presuroso llegué a la mesada y busqué en cada uno de los cajones. En el primero
encontré solo desorden. Y a pesar de que revolví con insistencia no encontré
las herramientas que tiempo atrás había guardado, aunque no recordaba dónde. Continué
con el siguiente cajón, pero en el instante en que metí mi mano, un ardor se
instaló haciéndome gritar del dolor. Saqué rápidamente la mano solo para ver
cómo una cuchilla había hecho su trabajo en dos de mis dedos que ahora sangraban
y manchaban lo cristalino del agua, con caprichosas gotas rojas. Se diluyeron
mientras yo busqué un repasador y lo usé de venda. Apreté fuerte para que
cortase la hemorragia, mientras veía las estrellas por el dolor. Respiré hondo
y continué en mi búsqueda ya que el agua no se detenía. Fui al tercer cajón y
con cuidado, aunque ansiosa, seguí revolviendo y cuando estaba por desistir,
encontré un martillo y un destornillador. “Esto me tendrá que servir”, pensé y
fui a la habitación. Me agaché y para alcanzar el orificio tuve que sumergirme
en el agua helada. Mi cuerpo se estremeció y hasta intentó resistirse, pero
comencé con la tarea de arreglar la pérdida. Con la mano sana, tomé el martillo
y di un pequeño golpe a la zona del orificio que parecía una diminuta catarata.
Un delicado golpe a una robusta pared blanca. Un suave golpe que provocó que un
enorme trozo de pared se desprendiese y lo que en instantes previos había sido
una simple gotera, ahora era un mar de agua brotando desquiciadamente. Y golpeaba
mi rostro a pesar de colocar las manos.
Salí del
foco del problema; el agua ya estaba a una altura considerable, tal vez 50 o 60
centímetros. Miré a mí alrededor y supe que debía pedir ayuda. Fui por el
teléfono inalámbrico. Un recuerdo se cayó de mis neuronas asustadas: mi mamá.
¿Y si me pasaba algo? Sería terrible para ella. Ese pensamiento me angustió y
por unos instantes se aflojaron mis piernas. “¡No!”, me dije. “Tenés que ser
fuerte… ¡vas a salir de aquí!”. Continué. Afortunadamente, el teléfono estaba
en la biblioteca, en uno de los estantes más altos. “Por suerte…”, suspiré
mientras con dificultad me dirigí a la sala de estar. Allí más cosas pasaron
flotando delante de mi mirada estupefacta: los peluches, una maceta, una
camiseta. Miré hacia la ventana. El sol estaba allí desafiante, riéndose en mi
cara. Burlándose de lo desgraciado de ese acontecimiento, de mí desgracia. Aparté
esos pensamientos y continué en la búsqueda de la salvación. Allí estaba, al
resguardo del agua. Extendí mi mano temblorosa por el frío y lo tomé. Marqué el
número de emergencias pero en el instante en que intenté decir “Hola, ayúdenme”
un trozo de pared cayó en el agua provocando un estruendo y asustándome. Y la
desgracia, que estaba instalada ese día en mi departamento y me acompañaba con
obstinación, se hizo notar otra vez: el único elemento que me conectaba con el
exterior, la única fuente posible de auxilio, mi teléfono, cayó como en una
caprichosa cámara lenta, sumergiéndose en el agua. Al caer en mi mar personal,
un ruido sordo y una burbuja fueron las únicas señales de su existencia.
Durante varios minutos lo observé en el fondo del agua. Parada, estaqueada en
ese momento, en ese lugar que por desgracia diabólica se desmoronaba llevándome
con esa correntada helada, quise llorar pero no pude. Solo me quedé allí,
paralizada.
El agua
continuó subiendo. Debía hacer algo. No podía dejar que el destino se apoderase
de mi vida, de mi destino así nada más. Entonces, me dirigí a la puerta. Crucé
la cocina y allí estaba con el agua a media altura. Tomé con determinación el
picaporte pero ya sin sorprenderme, no abrió. Estaba cerrada con llave y quién
sabe dónde habría quedado el llavero con el peluche que días atrás había
comprado para que, en casos de emergencia, lo encontrase con rapidez. “En casos
de emergencia”, me reí casi con sorna. Era mejor que llorar. Fui nuevamente a
la ventana. Caminar entre tanta agua, que ya llegaba a mis muslos, era difícil
y agotador, pero las ganas de salir de allí eran mucho más intensas. Me acerqué
lo más que pude y miré con coraje a pesar de mi vértigo. Estar en el piso
veinte no había sido mi elección, sólo había sido así. El precio era más que
favorecedor y ahora entendía por qué. Otra vez mi cerebro funcionó. Rompería el
vidrio. Usaría el maldito martillo destructor de paredes para algo productivo y
así lograría la libertad. Pero debía ser cuidadosa. Estos departamentos nuevos
no tenían balcón. Ni siquiera cortinas, aunque el vidrio espejado me daba
intimidad y me resguardaba de cualquier mirada indiscreta. Aunque ahora eso era
un inconveniente. Sin embargo, en ese segundo vi movimientos en el edificio de
enfrente. Un muchacho salía al balcón con una taza de café. Y lo miré
largamente porque era hermoso. No era la primera vez que lo observaba. Su
cuerpo era más que perfecto. Su rostro, soñado. Por un segundo quise estar
acunada en su humanidad que parecía diseñada por un artista; y cada día, al
verlo, él alegraba mis mañanas solitarias. Me prometí que si salía de allí con
vida, le diría lo mucho que lo deseaba. Sí, eso haría. Reaccioné. Tenía que
aprovechar ese momento ya que él me vería.
El agua
ya me llegaba al pecho. Con mucha dificultad fui a buscar el martillo y una
sábana. Volví agotada. Él seguía allí por lo que me apuré. Me até un extremo de
la sábana a la cintura y el otro a la mesa de roble. Recé para que no se
moviese y fui con el martillo a la ventana. Tomé toda la fuerza de mi
agotamiento, de mi frustración por lo que estaba viviendo, de la desgracia de
ese día y con toda bronca impacté el vidrio.
Nada. Ni
una muesca. “¡¡Maldito vidrio!!”, grité desaforada golpeándolo una y otra vez
con frustración. Me desesperé porque, no sólo no tenía escapatoria sino que la
mano estaba de un tono sospechoso y comencé a perder las fuerzas. El vidrio era
prácticamente anti balas y yo ya no podía más. “Ese comité contra la
inseguridad…viejas miedosas… ¡quien me va a robar en un piso veinte!”, exclamé
sabiéndome presa de mi destino. Ya no había nada para hacer. Solo la oscuridad
llegaría y me envolvería. No sentía mis pies por el frío y mis músculos estaban
entumecidos. Lloré. Mis lágrimas se sumaron a la inmensidad de agua helada y
desaparecieron como lo haría yo en breve. “No puedo terminar así…”, dije con
pesar. Pero mi voz quedó tapada por un hermoso ruido. Un sonido que tantas
otras veces me había molestado pero que ahora, en ese segundo, era una esperanza
de luz, de salvación. Era el vecino de arriba que llegaba de su trabajo del
turno noche y caminaba con su paso pesado y cansino de un lado a otro. “Es mi
oportunidad”, me dije con un destello de felicidad. Yo flotaba. Restaban quince
centímetros o tal vez menos para tocar el techo con mis manos. Necesitaba nadar
hasta el otro extremo donde el ruido se encontraba, pero algo me trababa. La
sábana. Con dificultad me desaté y esta vez la acción cumplió su cometido.
¿Sería ya el fin de mis desgracias? Así lo esperaba.
Me
dirigí con largas y cansadas brazadas hasta la fuente del sonido que provenía
desde cerca de la cocina. A metros de mi impoluta ventana. El agua seguía
subiendo y yo me sentí en una enorme pecera que en breve me dejaría sin
oxígeno. Debía apresurarme. Llegué al techo, al rincón del ruido. “¡Auxilio!”,
grité, pero mi garganta helada como el resto de mi cuerpo estaba adormecida y
sólo se oyó un lánguido suspiro. Aclaré un poco mis cuerdas y lo intenté otra
vez. El grito tuvo más potencia y el ruido del piso de arriba cesó. Al parecer
me había escuchado. “Soy tu vecina…necesito ayuda acá abajo…me ahogo”, grite y
el agua me tapó. Pero antes, segundos previos a estar completamente sumergida
sentí la voz del hombre que gritaba “¡Ya voy a ayudarte! Aguantá querida!” y
luego sus pasos que se dirigieron hacia la puerta. La felicidad me invadió.
Solo tendría que aguantar unos segundos. Unos interminables segundos hasta que
llegara y abriese la puerta. Tomé una bocanada del poco aire que quedaba entre
el agua y el techo y me sumergí otra vez pero con la convicción de que saldría
de allí con vida. Un papel pasó por delante de mis ojos mientras aguardaba lo
que me parecía una eternidad. Era el presupuesto del gasista que me había
dejado en la mesa. “Se debe cambiar urgentemente el caño de la habitación.
Riesgo de ruptura e inundación”. Tarde…pensé. Escuché que alguien luchaba con
la puerta dándole fuertes hachazos para derribarla. Si, ya llegaban a
rescatarme. Lentamente, el agua comenzó a bajar, seguramente por la grieta que
mi vecino había logrado hacer. Un ruido más. Un ruido que no era la madera
rota. Tomé aire y miré. Otro ruido. Mis instintos dirigieron la mirada a la
ventana. El enorme ventanal se había rajado por la presión. Miré mi cintura y
recordé que ese día finalmente era desgraciado ¿por qué iba a cambiar ahora?
“La sábana”, pensé. Pero ya era tarde. Ya había salido expulsada junto a la
catarata helada, por la ventana de mi hermoso y moderno departamento. Lo último
que se grabó en mi retina, la mirada de mi vecino, el horror pintado en su
rostro al descubrir lo que había sucedido.
Autor:
Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014
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