viernes, 15 de agosto de 2014

Accidentalmente premeditado









  
“Vamos…un asesinato te va a hacer sentir mucho mejor”, dijo él para intentar cambiar su humor. Ella le hizo una mueca, aunque esas palabras quedaron impregnadas en sus neuronas, filtrándose y anidando en su materia gris. Sabía que tenía razón, siempre la tenía. 
Miró la pared y suspiró; un asesinato le vendría realmente muy bien, ya que podría distraerse y salir de ese hastío en el que estaba sumergida últimamente. Entonces, con lápiz y papel en mano, comenzó a diseñarlo en sus detalles más importantes. Por supuesto, lo primero que debía hacer, era elegir a su víctima. Esa tarea, quizás, fuese la más complicada y para ello tenía dos opciones: seleccionar a alguien completamente desconocido, un NN, o tal vez, elegir a alguien por quién tuviese cierta cuestión irresuelta. No deseaba un crimen perfecto. Aquello de la perfección siempre llevaba a un mal puerto y sobre todo a un anonimato tonto, sin mencionar los cientos o miles de detalles que debía cuidar. Porque, después de todo, siempre podrían decir que fue un acto de la naturaleza, la desgracia o alguna banda narcotraficante. No. Ella elegiría a un conocido, a quien despertase alguna cuestión en su ser. Por supuesto, no sería alguien que odiase profundamente, no era tan tonta como para cometer semejante estupidez; pero si debía enfocarse en un ser particular. 
Su cabeza empezó a seleccionar de entre sus “conocidos” alguna persona que le diera cierta repulsión, alguien que le generase un cortocircuito, aunque no quién la expusiese; alguien que la irritase, aunque no fuese muy manifiesto. Y de repente su nombre, ese ser individual, particular y único surgió: María. Si, sonaba a común y hasta a un cliché, pero la mujer tenía cierta edad, cierto recorrido en este mundo (inútil, según su visión), y su muerte, además, sería un evento beneficio no sólo para ella, sino para la humanidad. Si, María era la indicada.

El siguiente paso tenía que ver con lograr un profundo conocimiento acerca de las debilidades de aquella tremenda mujer, ya que, de alguna forma, debería usar esa particular información para eliminarla de la faz de la tierra. Recordaba más de un encuentro donde esa capacidad de dar opinión ante situaciones que no le eran consultadas (como por ejemplo el nombre de sus hijos o cómo debía ser su guardarropa) aparecían, y esa cuestión le revolvía el estómago, inclusive  la enfurecía. Recordó lejanas conversaciones donde aparecía la comparación rápida y fácil respecto de sus dotes culinarias, con frases como: “Un poquito de comino realzaría esta salsa que preparaste, querida” o quizás “Esa falda es algo corta para mujeres como vos”. ¿Qué significaba mujeres como ella? ¿Qué era muy vieja? ¿Qué no estaba en forma?  Trató de serenar su pensamiento, ya que si no lo hacía de inmediato, iría hasta su casa y la mataría con un cuchillo, clavándoselo en la yugular. Y problema resuelto. Pero, entendió que si hiciese aquello, no sería inteligente de su parte y lógicamente terminaría tras las rejas, privada de su libertad. Lo anotó en su papel, con letras grandes: serenarse.

Respiró hondo y dirigió sus pensamientos a cómo lograría su objetivo. Se imaginó decenas de situaciones donde ella, casi como una heroína, liberaba al mundo de semejante arpía. Se vio a sí misma, bella y escultural, con el cabello negro al viento, espada en mano, ataviada con tan solo una túnica blanca y casi transparente, atravesando el corazón despiadado de aquella bestia. Imaginó la sangre pútrida de la mujer, derramada, tocando sus pies descalzos y tiñendo el piso de un rojo oscuro, desagradable. Sin embargo, lo descartó de plano. No era tan alta ni tan bella como la joven guerrera. Su cabello era más bien rojizo y rizado, casi enmarañado y rebelde. Sus pies no eran perfectos (además de que le daría bastante asco que esa sangre tocase “sus” pies) y no sabría cómo blandir una espada o donde conseguirla. No, no. Debía ser de otra manera.

Tal vez, podría llevar adelante el cometido en un callejón oscuro. La citaría y como, a pesar de todo, María le tenía cierto aprecio, se encontraría con ella sin chistarlo en aquel hipotético lugar. Allí mismo, en el instante en que apareciese la imagen oscura y a contraluz de aquella vieja mujer, rengueando por la artrosis y dudando de si ese era realmente el lugar, ella, rodeada de una espesa neblina, sacaría un arma calibre 22, le apuntaría a su cabeza y le volaría los sesos. Sí. Ya se veía ataviada con un entallado traje tipo Armani, con un sobretodo negro y hasta con un sombrero, haciendo juego. Al verla, se quitaría el sombrero revelando su identidad oculta, mientras que su pelo, recogido en un tenso rodete, brillaría con la luz de la luna; estaría, además, maquillada para la ocasión y calzaría zapatos de punta rojo con tacos aguja… pero aquello de volarle los sesos era cruento, en verdad. Debía atinarle a la distancia y no era tan buena tiradora, especialmente de noche. Y ella no estaba preparada para ver sustancia gris esparcida por ahí si llegaba a dar en el blanco. Ni hablar de dónde encontrar un arma calibre 22. Y ¿tacos aguja? Su espalda maltrecha, resultado de sus cuatro embarazos y sus correspondientes niños, no le dejaba usar nada más que un taco chino y solo de vez en cuando.

No, debía encontrar otra manera.

Ya estaba exhausta de tanto pensar. Miró el papel que tenía frente a ella pero la palabra no funcionó. Además, los niños estaban por salir de la escuela y llegarían en cualquier momento clamando por atención y alimento. Por lo que les preparó la merienda con cierta resignación en el corazón. Minutos después, mientras merendaban juntos, su esposo llegó de trabajar y se percató de su rostro de desesperanza.
—¿No se te ocurrió nada aun?
—Sí, pero no te va a gustar… digo, ni siquiera a mí me gusta. —le contestó ella con duda en la voz.
—Bueno, tranquila. Luego de la cena me contás y vemos en que te puedo ayudar.
—Dale…
—¡Ah! Recordá que hoy viene mamá a cenar…
—Como cada viernes, cariño. —respondió entre dientes, mientras se disponía a pelar las papas para los ñoquis caseros.
Sin embargo, mientras revolvía distraída el tuco casero “como el que ella hacía”, supo cómo llevar adelante su cometido. Llegó casi como en una revelación y una sonrisa se dibujó en aquel rostro avejentado y aburrido de una vida automatizada. Su esposo la miró y también sonrió.
—Encontraste a quien matar en tu cuento, ¿verdad?
Y ella le guiñó el ojo.

La suegra llegó y la mesa se sirvió. Cenaron en familia con risas y anécdotas. Ella estaba distendida porque había resuelto el problema y cada vez que hacía eso se sentía bien, descansada.
—¿Te sirvo más, María? —le preguntó a su suegra, con un brillo particular en la mirada.
—Gracias, querida. Estoy que exploto… —la mujer le contestó.

Estaba feliz, con su problema resuelto. Observó todo: su esposo y sus hijos y ella. Por un instante dudó de su elección, pero sería un relato exitoso.
Terminaron de cenar y notó que su suegra estaba más colorada que lo habitual. Repentinamente, su rostro se había hinchado y respiraba con cierta dificultad. “¿Se siente bien, María?”, le preguntó, aunque ya era tarde. El ahogo y las convulsiones se hicieron presentes. Por fortuna, los niños ya estaban descansando, y no vieron la escena tremenda que se había desatado en el piso del comedor. Ella y su esposo intentaron ayudarla pero fue en vano. Nada pudo hacerse. Había muerto.

“Fui yo”, pensó y su corazón se aceleró. Sintió la adrenalina recorriendo cada rincón de su cuerpo, como una corriente eléctrica veloz. Fue a la cocina y revisó cada paso; estaba segura de que toda aquella elucubración había estado confinada a sus pensamientos, a su futuro cuento. Pero la duda rondaba. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si lo había agregado incluso de forma accidental? No. No era posible. No en su casa, estaba segura de eso. Trató de relajarse mientras la emergencia se llevaba el cuerpo de allí.

Luego del funeral, y mientras su esposo descansaba, revisó las gavetas de su cocina solo en caso de que algo, por error, se hubiese filtrado. Nada. Rememoró los ingredientes que había utilizado en la salsa. Si, la nuez moscada estaba allí, lejos… sintió un frio en la nuca, una sensación que erizó los vellos de su piel.
—El doctor llamó y dijo que murió de una reacción alérgica masiva… es extraño porque mamá solo era alérgica a la nuez moscada ¿te acordás? —dijo su esposo mientras ella, sobresaltada, lo observó en silencio.
—Si cariño…jamás lo usé en las cenas con ella. Tal vez, con los años, desarrolló otro tipo de alergia…viste que eso pasa.

El suspiró mientras le hacía una media sonrisa. Ella acarició el rostro triste de su esposo y en ese momento supo. Supo en qué se había convertido y se sintió sublime.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

jueves, 7 de agosto de 2014

Abatida









El agua, helada como un glaciar, comenzó a trepar entre sus piernas en oleadas breves, pero intensas, y la obligó a abrir sus ojos. Desesperada, miró a su alrededor sin entender dónde se encontraba o cómo había llegado a ese lugar. Tampoco podría saber dónde estaba minutos u horas antes. Todo se encontraba en una inmensa y confusa nube, casi como la que la rodeaba ahora.

La niebla era densa, espesa, asfixiante y no le permitía ver siquiera los dedos de su mano, al extender su brazo. Su respiración se agitó. El temor se instaló en su alma y le provocó cierta náusea, aunque quizás el aire de allí la hiciese sentir así. Le dolía cuando ese aire entraba a su organismo, como si estuviese más contaminado que lo usual. “¡Maldita niebla!”, pensó mientras se ponía dificultosamente de pie. Con sus pies descalzos percibió el lecho fangoso y helado debajo de su piel. La brisa de la tarde se coló entre sus cabellos y elevo ligeramente la túnica blanca, casi transparente que llevaba adosada a su delgado cuerpo y que le llegaba hasta las rodillas. “¿Dónde estoy?”, se preguntó, aunque no habría respuesta para ello. Más allá de estar mojada y del agua que lentamente subía, hacía frio. Lo notó en sus brazos desnudos, en su cuerpo, endeble y húmedo, y en el vapor que brotaba de su boca con cada respiración. “Eso significa que estoy viva”, se persuadió para darse coraje.

Comenzó a caminar con ambos brazos extendidos, ya que de esa forma podría avanzar y llegar a algún lugar. “Pero ¿a dónde debo ir?”. Pisaba con cuidado entre el agua lodosa y el piso resbaladizo que, de tanto en tanto, le ofrecía elementos puntiagudos lastimándola y provocándole un inmenso dolor. De tanto en tanto, algo viscoso cruzaba entre sus piernas, y ella se detenía temblando y dudando de miedo. Lo peor era que a medida que avanzaba, el agua parecía subir más y más. “Y este aire asfixiante…”, se dijo preocupada porque entre el miedo, el frío y esa niebla, su pecho estaba cada vez más cerrado.

Intentó serenarse mientras cambiaba de dirección. Tomó hacia uno de los lados, convenciéndose de que era ir hacia el sur. “Este es el sur”, se dijo con vehemencia mientras la rama de un árbol se enredaba en su cabellera, como una mano macabra que la tironeaba hacia el dolor y a un destino perverso. Mientras histéricamente trataba de desenredarse, la situación empeoraba. Daba vueltas y tironeaba, mientras sus lágrimas brotaban de desesperación y amargura. “¡Soltame!”, gritó agitada al aire y una bandada de pájaros huyó despavorida. Desenrolló el cabello y un mechón de su cabello, junto a miles de lágrimas, se unieron al agua de la correntada.

“¿Estoy en un bosque inundado?”, se preguntó. “¿Cómo llegué hasta aquí?”; pensó con un nudo en la garganta y la incógnita en el alma. Continuó avanzando a lo que ella había denominado “el sur”, paso a paso, con sus brazos extendidos y con la niebla que se hacía más y más espesa. El sol, para colmo de males, se estaba escondiendo por lo que, la poca visibilidad que estaba teniendo, se iba junto con el astro rey. “¡No!”, lloró y en ese momento tropezó con algo duro y cayó de bruces al agua. Ésta la envolvió de inmediato provocando que perdiese la orientación. Sintió frio por doquier mientras las ramas se enredaban en su cuerpo como serpientes devoradoras, evitando que pudiera emerger. Una bocanada de agua pútrida y llena de barro entró en su boca y su nariz, provocándole arcadas. Lentamente se asfixiaba. El agua penetraba ahora por su nariz y llegaba a sus pulmones, mientras que luchaba por retornar a la superficie, sin lograrlo. En este frenético intento, se enredó más con el vestido, llegando aún más profundo en aquel río mortal. Su cabeza chocó con el suelo y, mientras un hilito de sangre le nubló la visión, se dejó fluir, se rindió ante esta realidad que la golpeaba con contundencia maliciosa. Dejó que el agua hiciera lo suyo, sin remedio. Entonces, un rayo de luz provino de la nada y al verlo supo donde se encontraba la superficie para lograr salir.

Empapada y tiritando de frio, nuevamente sobre sus pies, avanzó hasta donde creyó que la luz provenía. Sin embargo, notó que desde ese lugar el agua provenía como en una correntada violenta, por lo que le costaba avanzar. Además, cada uno de sus músculos estaba contraído, dificultándole el movimiento. “Debo llegar a la luz”, se dijo con convicción, mientras que su corazón se desbocaba por el esfuerzo. Otra vez, un flash de luz iluminó la espesa niebla que tenía frente a ella y el relieve de un árbol, que estaba frente a ella, invisible segundos antes. Se agarró de él para que la corriente no la llevase. “¡Auxilio!”, grito con voz ronca y apagada, mientras que agudizó su oído para escuchar si había respuesta. Sin embargo, en aquel silencio mortal que la invadía, sintió un dolor tremendo en su abdomen. El agua seguía trepando, y en breve llegaría hasta su pecho. “No es nada”, se dijo mientras utilizando otro árbol, avanzó un poco más. Otra puntada, que esta vez la obligó a parar y a poner su mano en el sitio desde donde provenía el dolor. Con horror observó que algo caliente salía de allí: sangre. “No, no puede ser. No me voy a morir aquí”, dijo a la nada mientras otro flash de luz aparecía a lo lejos. Demasiado lejos. “Si tan solo recordara…”, lloró.

Continuó caminando con dificultad, pero sus ojos se nublaron y de repente, ella entendió que no llegaría a la luz, ya no.

La corriente se hizo más fuerte pero ya no importaba, se dejó flotar en aquel cauce helado y mortal, mientras una estela de sangre era dejada en el camino. La niebla se hizo más espesa y la noche llegó. Cerró los ojos y sintió como el viento comenzó a soplar, gélido como un témpano de hielo, pero provocando que la niebla se dispersase. Vio el cielo y millones de estrellas, y una imagen se formó en su mente agonizante: una luz intensa que la impactó, una caída cruel, ella dando miles de vueltas en el aire y luego, oscuridad.

Para cuando su cerebro terminó de entender, la sangre ya se había mezclado por completo con el agua de aquella laguna crecida por las intensas lluvias. Quizás ahora se reuniese con su Creador, quizás solo ese era su anhelo.

El bote rescatista encontró una hermosa e inmaculada joven en la mañana, descansando su eternidad con un rostro plácido. Era hermosa y blanca como la leche, con sus cabellos negros como la noche sin luna. La cubría un resplandor que lentamente se iba apagando, como si tardase en despedirse de este mundo. Ella reposaba en un claro rodeado de flores silvestres, con aroma a violetas y jazmines, en el único sitio sin agua del lugar. ¿Extraño? Tal vez, pero no tanto como el vendaval que se había desatado la noche anterior cuando varios habitantes de un pequeño pueblo aseguraban haber visto un ángel caer en una cápsula transparente. Sobre todo luego que un misil, disparado por las fuerzas de seguridad, la abatiese.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 15 de julio de 2014

Pecador







En esta noche, a la luz de una simple vela y con manos temblorosas, escribo estas palabras. Lo hago para dejar plasmado en algún lugar los hechos que me asediaron (y aún lo hacen); para que alguien lo lea y quede prevenido. Mi deseo es que lo que a mí me sucedió, no le ocurra a otro ser viviente, aunque sé que este deseo es en vano. Esto sucedió antes y volverá a pasar miles de veces. Lo sé.

Estoy convencido de que no veré el mañana, por lo que intentaré hacer esto lo más rápido posible. Mi corazón se acelera y mis manos arrugadas y envejecidas, se entumecen. Moriré indefectiblemente a mis treinta años y con la apariencia de un hombre de noventa…pero no me adelanto. Les contaré cómo todo sucedió.

Una mañana, luego de haber pasado una amena noche en mis días de reclusión, salí de la cabaña y observé con sorpresa que el río, que se encontraba a escasos metros, había  dejado algo en sus orillas. No era habitual encontrarse con un bote a la deriva, por lo que me acerqué para investigar si alguien se había dormido o si, vacío, la corriente había arrimado a mis costas semejante regalo.

Me acerqué lentamente, con la expectativa de algo diferente en mis monótonos días, aunque la sorpresa invadió cada rincón de mi espíritu al ver lo que aquel bote contenía en su seno. “Es tan perfecta”, pensé. No la creí hermosa ni bella, solo perfecta. Así era esa mujer que yacía en el bote. Estaba empapada, como si, ahogándose, de repente el bote se cruzase en su camino y como un designio divino éste la llevase directo a mí. “La providencia”, pensé con cierta inocencia.

Su rostro estaba pacífico y con una leve sonrisa en sus labios. Era del color del mármol, pero sin arrugas o marcas. Era muy joven y su cabello negro, era precioso y abundante. Estaba impávido. No podía dejar de observarla a pesar de mí mismo. Mis ojos siguieron recorriéndola: su vestido azul, era simple por lo que supuse que no sería una joven acomodada o de la realeza. Pero era una doncella de seguro. Mis votos y mi conciencia humanitaria dictaban ayudar al prójimo sin tener en cuenta rango o posición social. “Debo ayudarla, alguien debe estar esperándola en algún lugar”, me dije.

Pero algo me detenía. Algo me frenaba en ese estado y me obligaba a observarla en aquel pacífico sueño. O al menos eso parecía. Entonces reaccioné: ¿estaría muerta? Me asustó la idea, porque si ella había muerto ¿qué haría con el cadáver? ¿Debería enterrarlo o llamar a alguna autoridad? Estaba muy alejado de cualquier civilización y eso era complicado…

Me acerqué lentamente, y casi pidiendo permiso, toqué aquel rostro angelical: se encontraba helado e imperturbable. Sin embargo no me di por vencido. En esa época del año el agua estaba helada, así que tal vez la temperatura de su piel era baja por sus ropas mojadas. Me agaché y casi sin sacar mis ojos de aquel rostro idílico, coloqué mi oído en su pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no solo por entrar en contacto con algo tan helado. Su cuerpo era perfecto y pude sentirlo. Cuando  su piel entró en contacto con la mía, mi mente estalló en un sinfín de sensaciones que me eran prohibidas, por lo que retiré mi rostro de inmediato aunque no había podido sentir su corazón latir. Lo intenté una vez más, pero esta vez cerré mis ojos para concentrarme. Allí pude notar, como de forma lejana pero presente, su pequeño corazón latiendo despacio. Inmediatamente la levanté en mis brazos y la llevé adentro.

Era una pluma delicada. Tenerla tan cerca me ponía tenso, pero sabía que estaba haciendo un bien. Debía secarla si quería evitar su muerte, aunque sabía que, por mi bien, no debía desvestirla. La coloqué en una mesa que se encontraba junto a la chimenea; allí el calor del fuego la reviviría de seguro. Coloqué una almohada debajo de su cabeza y nuevamente su rostro me invitó a quedarme mirándola. Mi corazón se aceleraba cada vez que la observaba: tan perfecta, tan hermosa y tan inocente como podían demostrarme sus rasgos delicados y femeninos.

Sacudí mis pensamientos. La cubrí con una frazada y me dispuse a comer algo. La noche se había presentado más rápido que los días anteriores, sorprendiéndome, y la luna estaba llena filtrando su luz por la ventana e impactando en el rostro de la joven anónima. Fue más perfecta y hermosa aún que cuando la encontré en el bote. Su rostro pareció más angelical que antes y mi corazón se estremeció.

Me fui a dormir. Mi mente daba vueltas y no debía ser así, debía calmarme y enfocarme en lo que era: un sacerdote en busca del bien y la paz. Y sólo estaba en mí deber ayudarla, nada más, para que, una vez recuperada, ella se fuese a donde perteneciese.
Me acosté observando la mesa con la dama inmóvil. En cierto momento, el entorno comenzó a desdibujarse; no podía dormirme, pero la luz de la luna se hizo intensa, bañando toda la habitación donde ella se encontraba. Mi corazón se aceleró pensando que, después de todo, cabía la posibilidad de que ella fuese un ángel y de esa forma, se estaba revelando ante mi persona. Eso me dio confort, aunque no estaba seguro de aquello o de algo. Mi cabeza giraba, la habitación se hacía más oscura, mientras que la luz que entraba por la ventana era más y más intensa. Como si la propia luna pretendiera darle su poder a ella, y de esa manera se recuperase. La veía. Podía verla con claridad desde donde yo estaba a pesar de la distancia. Ella seguía recostada en la mesa emulando a un precioso cadáver cuando, de repente, su tórax comenzó a elevarse y a descender, con una respiración agitada. Yo me senté en la cama, atento a intervenir si era necesario, aunque no sabría con qué. Repentinamente ella se sentó también y me miró con ojos brillantes, luminosos e intensos.

Su rostro era aún más bello que antes. Se paró y comenzó a avanzar hacia a mí despacio, con sus brazos extendidos en ademán de abrazarme, y con su cabellera despeinada. Pero perfecta. Yo estaba paralizado, no sabía qué hacer. En un segundo, se metió debajo de las sábanas y como un animal reptante avanzó hacia mí. Me busco y encontró mi cuerpo desnudo. En un segundo comenzó a tocar con sus manos heladas, pero suaves, cada rincón de mi ser, hasta que emergió con sus ojos luminosos y besó mis labios. Mi cuerpo, al sentirla, estalló en miles de sensaciones prohibidas. Quise frenar mis impulsos, pero no pude y la tomé del cuello mientras hundía mi lengua en su boca, que jugueteó con la suya. Sabía que no debía y aun así no podía parar. Mis manos comenzaron a tocar su cuerpo, la recorrieron de norte a sur. La miré sorprendido porque ahora estaba completamente desnuda: era una flor abierta para mí. Sus senos perfectos se ofrecían a mis labios sin tapujos. Su sexo me esperaba y yo desesperado no podía parar. En el instante en que salté sobre ella para penetrarla, desperté.

Era ya la mañana y el sol me iluminó. Mi cama estaba revuelta y yo empapado en sudor. Miré instintivamente a la mesa, y allí estaba ella, inmóvil como antes. Me regañé por aquella debilidad, por aquellos malos pensamientos. La joven seguramente era una dama, una doncella que poco sabría del amor y menos de aquellas bajezas prohibidas para mí. Me levante y mojé mi rostro con agua helada. Luego me acerqué para constatar que seguía con vida. La noté más radiante, más bella y más perfecta, por lo que supuse que el calor y la estancia le favorecían. Y esa pequeña y discreta sonrisa de paz en su rostro. Sí, era una doncella definitivamente; me regañé otra vez por el sueño de la noche. Le toqué el rostro pero aún estaba frío. Avivé el fuego y agregué un cobertor más para que se recuperase más rápido. Cuanto antes reaccionase, mejor. Así ella podría volver a su casa y yo a mi confinamiento.

Pasé el día alejado de donde ella descansaba, aunque de tanto en tanto la observaba para constatar que vivía. En esos momentos en que la miraba deslumbrado, el tiempo volaba, como si un hechizo del tiempo cayese sobre mí. Y la noche otra vez estaba sobre mi corazón y en el cielo. Tenía miedo de mí, de mis sueños, pero debía dormir. Miré mi rostro en un pequeño espejo que tenía en el baño y me vi apesadumbrado y más canoso, si es que eso era posible. “Es el cansancio”, me dije y fui a dormir.

Esta vez no miré hacia donde ella se encontraba, aunque la luna era intensa y se filtraba por las cortinas de mi habitación. Había cerrado la puerta para protegerla de mi insania mental. Los ojos me pesaban y pensé que esa noche descansaría finalmente. Sin embargo, al mirar por la ventana, vi que alguien caminaba afuera. Era una joven mujer que lentamente se dirigía hacia el río. Caminaba entre la niebla que comenzaba a bajar, moviéndola a su paso. Me senté en la cama e instintivamente miré la puerta de mi habitación: estaba abierta de par en par. La mesa donde yacía la joven, vacía. Miré a mi alrededor y me noté completamente desnudo como la noche anterior. “estás soñando”, me dije para darme coraje y hasta para condenarme por lo que pudiera suceder. No sirvió. A mi lado en la cama ella, sin ropa también, con sus ojos luminosos observándome con sonrisa maliciosa y sangre, sangre entre sus piernas.  Mi corazón estaba desbocado. Mis manos ensangrentadas temblaban y ella otra vez me comenzó a besar y a recorrer el cuerpo con su lengua. “No, ¡por favor!” dije, pero mi cuerpo tenía vida propia. La tome de sus cabellos y la besé sin parar, recorrí con mis labios su piel blanca manchada de sangre, convirtiéndome otra vez en pecador. Mientras lo hacía, la figura que caminaba afuera observaba, distante, con ojos luminosos también y una risa diabólica en su rostro. Pestañé y en un segundo ella estaba en la ventana, riendo. Me asusté aunque mi boca no paraba de recorrer a la joven sin nombre que excitada pedía más y más. Entonces, al segundo siguiente, ella estaba frente a mí, tan cerca que podía olerla. Su aroma me hipnotizó. La miré: era tan hermosa como mi amante anónima. Pero algo más llamó mi atención: un destello metálico provenía de sus manos, un cuchillo con el que creí que me mataría; y sin embargo, con una velocidad inusitada, degolló a mi joven amante y tomó su lugar. Quise gritar pero ella no me dejó. Su lengua ya estaba en mi boca hurgando y haciéndome explotar de placer. En un mar de sangre me tumbó y comenzó a recorrer mi cuerpo con el suyo. Cuando me tuvo rendido, tomó el cuchillo y violentamente, penetró mi abdomen.
Desperté aterrorizado.

Los días comenzaron a sucederse entre febriles noches y mañanas espantadas y cansadas. ¿Qué era aquello que me habitaba cada noche? ¿Acaso Belcebú moraba mi corazón? Estaba seguro de que era yo, porque semejante ángel, puro y bello, no podía engendrar ningún mal. Sin embargo, cada mañana ella estaba más bella y más viva, mientras que yo me encontraba más y más abatido y avejentado. Parecía que ella se alimentaba de mis sueños.

Luego de una semana, su piel tenía calor y estaba sonrosada.

Una mañana, como siempre y luego de una noche excitada y violenta, me miré al espejo y con horror observé que además de las canas, mi piel estaba arrugada. Mis ojos tenían un velo gris y apenas veían. Entonces, una lágrima rodó por mi mejilla. Parecía un hombre de más de ochenta años “¿Qué pasó?”, me pregunté, mientras rogaba despertar de esa pesadilla en la que estaba sumido. Instintivamente miré la mesa con ella allí, inmóvil, impávida, pero viva. No podía ser. Cuanto mejor estaba ella, peor me encontraba yo…y ¡esos sueños! En un arranque de ira fui hasta la mesa y la tomé entre mis brazos; la llevé con esfuerzo y la deposité en aquel bote donde la había encontrado. Una vez dentro de él la miré y la recordé desnuda. Por instante titubeé y quise hacerla mía una vez más. Sin embargo, con una de mis piernas lo empujé y se fue lentamente río adentro.  

Inmediatamente sentí cierto alivio en mi corazón, aunque también remordimiento. Porque ¿si el culpable de todo era yo? ¿Si todo provenía de mi mente podrida de hombre necesitado? Nunca supe quién sería ella y si sobreviviría. Pero hice lo que debía hacerse. La noche llegó y esta vez, la luna no alumbró la mesa. Entonces, comencé a escribir este relato, esta advertencia.

Estoy seguro de que aquella visita fue el mismo Diablo queriéndome tentar. Pero lo evadí, o eso creo. Sin embargo, mientras veo por la ventana con mis ojos cansados, allí a lo lejos en el río, veo unos ojos luminosos y una sonrisa maquiavélica. Y sé que se encuentra allí esperándome, en esta última noche. La luna sale e ilumina la mesa donde ahora estoy recostado. No me puedo mover y ya no quiero hacerlo. La espero, la deseo.  Mi corazón se agita, otra vez, y ella me posee, me hace suyo con desesperación una vez más, hasta dejarme vacío, en plena oscuridad. Esta vez, ella y el cuchillo son reales.  

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014