viernes, 12 de septiembre de 2014

Cinder-zilla







“Malditas desgraciadas… ¿qué se creen?”, dijo la joven visiblemente enojada, dando un portazo al entrar a su habitación. Estaba realmente agotada, y no sólo de limpiar mugre ajena. Odiaba aquella situación, extrañaba su vida de pequeña, a su papá, a su libertad condicionada por un grupo de mujeres inútiles y vanidosas. “Papá”, pensó con angustia. Aunque con él también tenía varias cosas que resolver. Y no podía hacerlo ya que había muerto varios años atrás.

Miró sus manos: estaban arruinadas, avejentadas. Algunos de sus dedos habían comenzado a sangrar y le dolían mucho. Sus rodillas, llenas de raspones y su cabello, indomable y enredado, le daban un aspecto de bruja desmejorada. ¿Quién la querría así? A estas alturas era una joven anciana. Sí, eso había pensado y así se sentía: era una joven amargada, una anciana de veintitantos años que no tenía futuro y a la que su pasado la perseguía como un mal designio.

Se tiró a la cama y quiso llorar, pero se juró a si misma que no lo haría. Ya no más. Esa injusticia en la que vivía debía ser corregida cuanto antes y ella sería la encargada de torcer ese destino funesto en la que estaba sumergida.  

Sí. Les haría pagar cada uno de sus sufrimientos y recuperaría todo aquello que le pertenecía. Se levantó y se miró al espejo: detrás de todo ese desastre en el que se había convertido, era una bella mujer. Sí, pero ningún hombre se fijaría en ella. No con ese aspecto y menos con ese resentimiento en el corazón que día a día la carcomía. Deseó ser pequeña otra vez. Le diría a su padre que al casarse con esa baronesa de mala muerte arruinaría la vida de ambos. Porque nadie le quitaba de la cabeza que esa terrible mujer había estado involucrada en la muerte de su padre. Estaba segura, solo que no podía probarlo.

“Algún día, una joven príncipe te verá y se enamorará de ti y serás feliz junto a él”, recordó en un suspiro. Una sonrisa de amargura se le escapó. Sabía que la eterna soltería la esperaba como una mala sentencia. Esa noche era la fiesta real y ella estaba agotada y malhumorada. No tenía ganas de fingir felicidad ni de hablar trivialidades con nadie. Menos con un príncipe acomodado que no sabía lo que ella sufría cotidianamente. La ira la invadió y supo que no necesitaba un príncipe para escapar de aquel yugo. Lo haría sola como había hecho todo en su vida, luego de la muerte de su papá.

Se enjuagó el rostro y una lágrima furtiva se mezcló con el agua turbia del lavabo. Entonces, la oscuridad de su habitación fue interrumpida por una luz celestial y maravillosa. Ella no supo que hacer o cómo reaccionar. Sólo se quedó impávida, observando la luz y lo que de ella surgía: una bella y estilizada mujer con alas transparentes, vestida completamente de azul y con una varita mágica.

Acto seguido, lo que al parecer era un hada mágica, comenzó a bailar y a cantar, intentando mejorar el aspecto de la joven atormentada. Sin embargo, ésta última, lejos de sentirse feliz o al menos complacida, frenó en seco a la delirante hada madrina:

—¿Podrías parar un segundo?

El hada se quedó petrificada ante tanta mala onda por parte de su amadrinada y le respondió:

—Qué, ¿no quieres ser feliz con un apuesto príncipe?

La joven la miró sin entender mucho. Sus problemas eran mucho más importantes y terribles que intentar conquistar a un príncipe. Ni hablar que descreía esto de que el príncipe tenía la capacidad de hacerla feliz por el solo hecho de conocerla, menos enamorarla con una mirada.

—No deseo un príncipe… —dijo con seriedad desconcertante.
—¿Qué? Eso no es natural… acaso no te gustan los chicos…—dijo el hada desconfiada y visiblemente incómoda ante una situación claramente inesperada y jamás vivida por ella.
—¡Pero, por favor! ¡Mis problemas son mayores! No puedo ser feliz solo porque vos o el príncipe deseen que lo sea…
—Si ese es tu deseo —dijo el hada agitando rítmicamente la varita, mientras comenzaba a bailar ridículamente, otra vez.
—¡No! Mi deseo es otro… porque tengo un deseo a mi disposición ¿No?
—Si…sólo uno —suspiró mientras murmuraba por lo bajo: —al menos tenés un deseo… —y continuó —entonces, ¿se puede saber cuál es?
—Bueno… quizás no sea lo que se espera de una doncella…

La joven se acercó a la mujer con cierta duda. A fin de cuentas, esto se le había ocurrido recientemente, y podría estar equivocada. Aunque, el cansancio y la desesperación le confirmaban que esa sería una decisión correcta y que cambiaría por siempre su vida. Se acercó más y llegó al oído del su hada madrina donde susurró unas cuantas palabras, mientras que la mujer alada no entraba en si del asombro. En cierto momento, sus manos comenzaron a temblar, porque la verdad era, que el deseo debía ser concedido.

La joven, al terminar con el encargo, tenía mejor rostro, se sentía más relajada e incluso apareció una sonrisa leve acompañada de un destello en la mirada. ¿Tal vez sería felicidad? No recordaba ya cómo se sentía ser feliz, por lo que era muy probable que fuese eso.

Una cortina de humo y polvo mágico rodeó a Cenicienta que fue transformando su aspecto: una tras otra, miles de escamas verdes transformaron su tersa y descuidada piel en una coraza tornasolada que destellaba con la luz de la luna, que se filtraba por la ventana. Unas enormes garras desplazaron sus delicados dedos, mientras una cola enorme crecía a extrema velocidad en su parte trasera.

El hada, espantada por lo que había hecho, desapareció en el acto mientras que la joven transformada, con hocico humeante y ojos de fuego se dirigió a donde estaba su familia.

Luego de alimentarse y tras el griterío que supuso su irrupción a la habitación de las hermanastras, esa noche, ella durmió en paz. El silencio era agradable y su piel, aun maltratada, no tuvo que volver a limpiar escoria ajena, ya nunca más. Aunque si curó, al igual que su corazón. Entonces, pudo prepararse para la llegada de algún príncipe a su vida.  

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

lunes, 8 de septiembre de 2014

Una carta...










(Querido) Amor:

Y acá te escribo, como prometí, mi carta semanal. Aun no le encuentro sentido a esto, pero tal y como me pediste, lo hago. Ya sé que has dicho que esto me pondría en perspectiva ciertas cosas, pero todavía no las veo. Todavía no veo el sentido a muchas de mis cuestiones.

Te extraño, pero eso ya lo sabías. Me imagino tu cara: un gesto, ese donde elevas tu ceja izquierda (porque la otra es imposible para vos) junto a esa mueca en tus labios donde tus dientes blancos y brillantes apenas se separan. Esa cara me acompaña cada vez que me siento escribirte una carta. No es tu mejor cara, lo sé, pero ese gesto me saca una sonrisa hasta en el peor momento de mi existir.

Como recomendaste, busqué un bello lugar donde mi cabeza estuviera en paz. Aunque cuando la tormenta se instala en tu corazón, el infierno puede seguirte a cualquier parte. Pero…siempre hay un pero y vos me diste ese pero. Frente a mi ventana veo el mar y su clara arena. El sol está saliendo como parido por ese océano que me insta a vivirlo. Me pide que camine sus playas, que respire su aire. Sin embargo, sola. Recuerdo la primera vez que estuvimos acá. Vos ¿también lo recordarás? Espero que sí. Hablábamos hasta por los codos diseñando un futuro lleno de alegría y de hijos. Y como sería nuestra casa. Me recuerda tus manos sobre las mías, los pies descalzos tocando esa arena cálida y húmeda y juntando caracoles.

Siempre te asombraste de mi capacidad de encontrar hermosas caracolas expulsadas del mar. Esa experiencia era nueva para vos. Y luego se transformó en nuestra rutina. Cada año juntábamos cientos de ellas solo para mirarlas en nuestros jarrones. ¿Sería una forma de apresar el recuerdo? Creo que sí. Ojala pudiera apresarte en mi corazón como a un recuerdo en mis neuronas.

¿Te dije que te extraño? Si…esa parte ya te la conté. Bueno, paso mis tardes tomando mates y admirando la naturaleza. Esa que vos me enseñaste a venerar. Para vos cada ser vivo en este planeta es digno de respeto y lo aprendí a tu lado. Tu amor por nuestros árboles. Por el duraznero que tanto tiempo te llevó cuidar; para que después nos llenase de tanto fruto jugoso y de exquisito sabor. Si cierro los ojos, aun puedo saborearlo…Los que compro acá no se parecen en nada. Lo mismo las ciruelas. Tus manos tenían esa magia…

Espero que no te aburra mi carta. Me pediste que lo haga y a pesar mío, lo hago. Porque, ¿quién escribe cartas en este siglo? Nadie. Bueno si, yo. Pero solo porque lo pediste y sabés que ante un pedido tuyo mi corazón no se niega. No puede hacerlo. La distancia es tan estúpida como esta carta que no tiene ni pies ni cabeza.

A veces me pregunto si me extrañás allá donde estás. Cuando me pediste esto que hoy hago casi sin entenderlo, me dijiste que sí, que me extrañarías y que nuestro amor solo se expandiría. Que la distancia solo haría enorme este amor. No sé, es agotador estar sin vos. Es agotador no verte si no es por fotos. Nuestras fotos de antaño…

Pero basta, no quiero caer en la lágrima fácil. La vecina me dijo que cuando estuviese preparada hay un trabajo esperándome. Que la paga es buena y que esperan por mí. Aunque no sé si quiero hacerlo. A veces tengo ganas de ser esa que fui, llenarme de trabajo. Eso ayuda a no pensar. Pero vos me enseñaste a disfrutar cada minuto como si fuese el último. Porque ¿cuándo sabríamos eso? Nunca. Aunque una vez fue el último minuto, el último suspiro…

Mi corazón se llenó de lágrimas. Te dejo.

PD: me voy a caminar a la playa para tenerte siempre presente. Quizás en un rato vuelva y continúe con este absurdo. Y si no, te extraño. Ya lo sabés. Ojalá esta carta llegue a donde estás, aunque el cielo es inmenso, infinito como mi necesidad de tenerte junto a mí….
Tuya. S.



Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

viernes, 5 de septiembre de 2014

Enajenada








 
—Así que sos médica… ¿verdad? —dijo el joven que se encontraba sentado frente a Mariana, desde hacía unos veinte minutos.
Ella había estado muy callada, más que otros días, más que en otras charlas. Eso era algo preocupante, a veces. No para ella, sino para quienes estaban con la joven, ya sean amigos o no.
Mariana era muy hermosa. Su tez pálida demostraba que los libros y el estudio siempre pudieron más. Aunque últimamente, había tenido tiempo al aire libre, por lo que muchos sospechaban que el sol en realidad, la esquivaba. Por supuesto ese era un pensamiento más de Mariana que de los otros, sin embargo, ello no quitaba que fuese bella, joven y pálida. Tenía apenas treinta y dos años y una dulzura en la mirada que rozaba con lo angelical. Sin embargo, su cabello era oscuro, como la peor de las noches, y largo hasta la cintura. Eso le daba un aire dark que no era intencional, pero que le sentaba bien.
—Si… ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? Soy médica, me dedico a los niños, amo mi profesión. ¿Qué más querés que te diga?
Estaba contrariada y se le notaba no solo en discurso: se mordía las uñas, nerviosa, ansiosa. Cuando ya no le quedaba más para morder, seguía con la piel e incluso se provocaba un sangrado que, por lo general, era en el dedo índice. El dedo acusatorio.
—No te enojes…
—Me enojo porque siempre es lo mismo, siempre las mismas preguntas tontas y sin sentido.
—Sabés que es una rutina… ¿Dónde estamos ahora?
—En el hospital…
Al joven se le iluminó brevemente la mirada. Tal vez, después de todo, había algo de esperanza para ella. ¿Le daba lástima? Tal vez sí. Pero no estaba muy seguro de eso. Le gustaba observarla, a veces a la distancia, otras mientras ella dormía, por lo que, muy en lo profundo de su mente (que a veces era retorcida y oscura) deseaba que nada cambiase y que, de esa forma ella, su Mariana, continuase con él. Por siempre.
—Si…en mi trabajo, como cada mañana —terminó ella y él hizo una mueca una media sonrisa.
—Y ¿viste algún paciente hoy?
—¿No los ves ahí? Que, ¿estás ciego? Disculpame pero me quiero ir ya. Esto no tiene sentido. Me quiero ir. Mis pacientes esperan…
—Una pregunta más y te dejo tranquila, ¿te parece?
Ella lo miró. No quería observarlo demasiado porque ese rostro le infundía temor. Las serpientes que le trepaban y la lengua roja y larga que brotaba por entres sus dientes pútridos, le daban pánico. Se concentró en la hoja de papel en donde él anotaba todo y vio con horror que él la había retratado con una estaca atravesándole el pecho. Quiso llorar. Quiso gritar, pedir por su familia. Pero sabía que eso ya no funcionaba. Ya no más. La última vez que ella había pedido auxilio la habían encerrado en una torre y la habían encadenado. Entonces, se aferraba a su historia para no enloquecer. De esa manera la mantenían allí cautiva, sí, pero al creerla loca la dejaban ser.
—Bueno… una pregunta más y me voy a atender a mis pacientes.
—¿Vivís sola?
—No… como ya te dije tantas veces, vivo con mi madre. Mi papá y mi hermano se fueron con el Señor (que los tenga en la gloria) —dijo mientras se persignaba.
Pero al instante que finalizaba aquella acción de dibujarse la cruz en el pecho, observó por primera vez una reacción en su interlocutor y sintió la esperanza nacer en su espíritu.
 —Si… —continuó con energía —espero que Dios Todopoderoso…
El joven se levantó con un temblor en sus manos. Cada vez que Mariana decía Dios o lo evocaba de alguna forma, algo en su interior se resquebrajaba. Mariana, que notó aquella reacción, continuó llamando a su Dios y a todos los santos, mientras que el joven retrocedía horrorizado.
—Dios, ¡te invoco para mi liberación! —gritó ella, mientras se paraba sobre la mesa, frenética, pero hermosa como una amazona —¡hazte de este infiel que quiere hacerme daño!
Y se tiró sobre el joven arañando su rostro y golpeándolo.
La piel del muchacho, se despedazaba entre sus dedos exponiendo su esqueleto putrefacto. Al observar aquello, Mariana sintió ganas de vomitar pero se controló y continuó agrediendo al ahora demonio. Sin embargo, los enfermeros se abalanzaron sobre ella y la redujeron con suma facilidad. El muchacho se sentó en el césped, y mientras tanto, le daba órdenes a los enfermeros para que se la lleven.
—Aplíquenle halopidol y déjenla en su habitación que ahora en un instante voy a verla.
Los hombres se llevaron a Mariana mientras gritaba y pataleaba. Entre tanto, él se levantó del suelo, sacudió su ropa con extrema parsimonia y se dirigió a una mujer que, con horror, había observado toda la escena.
—Como le dije por teléfono… la condición de Mariana es grave, muy grave. Quizás algún día pueda restablecerla a la sociedad… mientras tanto…
—Por supuesto doctor. La dejo en sus manos.
Mientras la mujer se marchaba, el joven observó la torre donde habían encerrado a Mariana. Estaba a varios quilómetros de distancia y aun así, podía observar su rostro y su perfecta figura con tremenda nitidez. “Gracias mi deliciosa princesa Mariana… esta noche recompensaré tu comportamiento” y su enorme y roja lengua asomó por entre los dientes carcomidos por el azufre.  


Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

martes, 2 de septiembre de 2014

El viaje









 Día cero:

Aún no lo puedo creer, mañana es el gran día. Estoy realmente ansioso por comenzar este viaje que se ha postergado por tanto tiempo. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de que he sido un tonto. Sin embargo, no dejo de repetirme que las cosas tienen sus tiempos…
A las 06:00 horas la nave me espera para partir al destino. Destino: que determinante y acertado término para este viaje. Realmente voy al encuentro de mi destino, del que debió ser. Solo llevo mi diario, un papel garabateado, y mi mochila con alguna ropa. Sé que allí, salvando las distancias, se puede conseguir todo para pasar una bella temporada. Aunque por supuesto, no necesitaré tanto…
Conseguí dinero del lugar en una casa de antigüedades. Bizarro. Por lo que esa cuestión está saldada. Ahora quedan estas horas para enfrentar mi futuro…o mi pasado. Solo puedo pensar en el mar y la arena blanca con la que me voy a encontrar. Y un perfume.

El hombre  cerró su diario de viaje y tomó el periódico que estaba sobre la mesa. Un gesto de triunfo se le dibujó en el rostro al observar el titular:

Trasbordador Lauken en su primer viaje a través del espacio tiempo:

El día 15 de este mes, el Transbordador Lauken despegará con 5 tripulantes en su interior. El viaje, planeado desde hace más de una década, pretende retroceder 5 años al pasado, a la isla de San Clemente, meses antes de su desaparición del planeta. El objetivo es conocer las condiciones climáticas de la isla, en los momentos previos al cataclismo que la hizo desaparecer.
Los tripulantes son los cuatros científicos de la NSE y el magnate que financió el proyecto. Fuentes cercanas a este último, aseguran que su objetivo es algo diferente al de los científicos. Se sospecha que desea encontrar un tesoro; aunque, por trascendidos, supimos que este hombre iría en búsqueda de algo perdido, muy preciado para él. Sin embargo, al preguntarle, el hombre de unos 50 años y dueño de más de la mitad de las empresas del mundo, solo respondió con una mueca.
Más allá de las causas, esta ambiciosa empresa, lleva gastada varios millones de dólares y ha generado la expectativa de toda la comunidad, ya que sus implicancias, si tuviera éxito, son inconmensurables.

Dejó el periódico y se fue a descansar. Al día siguiente se levantó temprano. Prácticamente no había dormido. Tomó su diario de viaje y anotó:

Día uno:
Anoche no dormí; de solo pensar que hoy mismo pisaré ese suelo anhelado por tanto tiempo, mi cuerpo y mi alma se estremecen. Debo enfocarme, no me voy a adelantar porque, después de todo, la misión puede fracasar y toda esta anticipación no serviría de nada.
Hace dos horas abordamos; ya no queda nada y mi ansiedad está en su punto más extremo. Por donde se la mire, la nave es exquisita. Las comodidades superan nuestras necesidades, al menos las mías, por leguas. A pesar de lo que el resto piense, mis necesidades son bastante básicas. Sin embargo, mi camarote es enorme y cuenta con una biblioteca propia, aunque no la voy a necesitar. Dejé mis cosas allí y fui a la cabina a conocer a los hombres que manejarán el dispositivo. Los pilotos son agradables y ante mis cientos de preguntas (y supongo que al ver mi rostro algo preocupado), me mostraron el panel de control que parece un árbol de navidad, lleno de luces y botones. Uno de los paneles, que se encuentra incrustado en la pared lateral, junto al piloto, tiene números que titilan al compás de mi corazón y pregunto ¿qué es eso?: “es el reloj, aquí es donde se colocaran las coordenadas del destino”. Ese dato, que no solo incluye la fecha, sería fijada a último momento, ya que se encuentra sellada en un sobre que dice confidencial ubicado en una caja fuerte.

Sin rastros

El pasado 15, el transbordador Lauken emprendió un viaje inédito en la historia de la humanidad. Dos pilotos y cinco tripulantes se aventuraron en el primer viaje en el tiempo hecho jamás. A las horas de su partida, se tuvo la confirmación de llegada para recibir luego solo un mensaje extraño y anónimo “…todos fuimos engañados por él. Nos usó. Jamás llegamos a donde se suponía. No sé si sobreviviremos a esto.” Para luego no recibir ningún tipo de comunicación más.
Luego de semejante mensaje, la comunidad en general así como los científicos que participaron del proyecto, entraron en shock y dieron expresiones de consternación. Por otro lado, una gran preocupación, fue transmitida por parte de las autoridades. Aunque solo dieron un escueto “Sin comentarios” al ser abordados en las oficinas del NSE.

Día dos:
Pisé las arenas blancas de mi isla. Sí, mi isla, porque aquí se encuentra la dueña de mi corazón. En la cabina hay un gran alboroto debido a que las coordenadas no corresponden a la fecha especificada y no nos encontramos dónde y cuándo se había acordado. No voy a discutir con ellos. El proyecto es mío, el pasado también. En breve voy a verte. Espero no te asustes al verme llegar con estos años de más. Solo esa posibilidad me preocupa: tu rechazo. Pero con solo pensar que tu final llegará en breve y en soledad, se me parte el corazón y deseo solo estar a tu lado aun si no me amas.
La humanidad tiene posibilidades. Yo dejé toda la información necesaria para que científicamente el viaje en el tiempo no se interrumpa y en breve mis compañeros se darán cuenta de que es posible volver, aunque quizás no al mismo tiempo y lugar. No es mi problema. Realmente no lo es. Trabaje toda mi vida en esto como para que un puñado de científicos me ponga condiciones. Mañana por la tarde un cataclismo eliminará esta isla y el mundo tal y como lo conocemos. Y yo moriré. La pregunta es si lo haré solo o junto al amor de mi vida.

Día final:
Cuando llegué al sitio, donde treinta años atrás prometí encontrarte, mi corazón estaba lleno de miedos. De preguntas. Era evidente que el amor me había llevado hasta ese tiempo. Que me había guiado hasta tu corazón. Por más de treinta años mi alma estuvo partida en dos por tu ausencia. Por haber cometido la estupidez de no estar a tu lado cuando era necesario. Y ya no importan las excusas del pasado. No tiene sentido que te cuente que no fue mi decisión no estar allí. Que mis padres me arrastraron al otro lado del mundo para estar seguros de que nada me pase. Ya no importa que te cuente que les rogué volver por vos y que no me escucharon. ¿Quién escucha a un enamorado de 17 años? Nadie. Y solo pude llorarte durante todos estos años. Y crear esta máquina que me devolviese nuestro tiempo. Porque estas décadas lo único que me demostraron fue una vida vacía de posibilidades. Porque aquellas posibilidades, la felicidad, el amor, tenían y tienen tu nombre. Vos junto a mí.
Casi pierdo todo cuando la primera vez el proyecto fracasó. Pero el único recuerdo que me mantuvo cuerdo para lograr este objetivo fue nuestra canción y la promesa de una vida juntos. 

He muerto todos los días esperándote,
 no tengas miedo de que te haya amado,
durante mil años.
te amaré por otros mil más.


Y al llegar, te vi. Parada observando el mar, con la brisa despeinando tu hermoso cabello oscuro. Mi recuerdo no te hace justicia. No. Eres más bella que todas mis memorias juntas. Al verme, te acercás con duda. Quiero decir “soy yo” pero el nudo que tengo en la garganta me impide poder emitir algún sonido. Sin embargo, mirás mis ojos y allí todo se acomoda. Me acariciás y me besás. Sabés que todo acabará pronto, que no hay forma de escapar a este destino escrito con fuego. Con solo tu abrazo sé que agradecés que finalmente hubiese llegado. Tu muerte, junto a la mía, será diferente ahora. No morirás en soledad con la idea de que jamás te amé.
Ahora solo resta aguardar nuestro final. Juntos.

De viajes en el tiempo y locuras interespaciales…

Seis meses han pasado desde que el transbordador Lauken partiera en busca de las preguntas básicas de la humanidad. Luego de haber perdido contacto casi inmediatamente después de su partida, en el día de ayer, el mundo recibió con los brazos abiertos y las mentes llenas de inquietudes, a 4 de los 5 tripulantes. Hoy por la tarde, en conferencia de prensa, miles de preguntas serán respondidas. La principal: ¿Qué sucedió con el magnate dueño del proyecto? ¿Se volvió loco como todos dicen? ¿Tuvieron que abandonarlo en el pasado para poder sobrevivir y volver sanos y salvos? Nada se sabe. Todo se presume. Mientras tanto, se aguardan las declaraciones oficiales y se desea conocer el futuro del proyecto.


Entonces me doy cuenta de algo: observar el fin del mundo es lo más bello del universo, a tu lado…

Autor: Miscelánea de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014