jueves, 16 de julio de 2015

Martirio








Ella toma mi mano. “¡Es tan pequeña!”, pienso. Debe estar aterrada, se me ocurre. Ella está sola en la calle, con su pequeño vestido blanco y descalza. Es de noche. La oscuridad nos envuelve a ambas, pero solo puedo pensar en ¿qué hace una niña tan pequeña sola en este lugar? Ni siquiera me cuestiono qué hago yo en este lugar.

Comenzamos a caminar. Es automático. No media ninguna palabra, solo nos movemos a un ritmo cansino, pero firme. Avanzamos hacia la oscuridad, hacia un camino que se dibuja a mi paso o eso me parece. Quiero pensar en otra cosa, y vuelvo a la niña, a la incógnita de encontrarla allí, sola. La miro y me devuelve unos ojos negros como la noche, sin respuesta, sin sentido. Miro el cielo en busca de algo, quizás de la luna que ilumine el camino, pero no aparece. Las nubes la tapan caprichosamente y un escalofrío me recorre. “¿A dónde vamos?”, pienso y la niña dice: “Más allá del horizonte”. Quiero pensar que es una coincidencia. Que ella quiso decir algo en el momento exacto en que mis pensamientos se dispararon. Pero algo me dice que no es así, que no existen ese tipo de coincidencias. Pero hoy sucede, me sucede. Pienso si debería llamar a alguien que me ayude. Pero a los costados está tan oscuro como el sendero que transito con ella. 

¿Y si me voy? Ella se aferra más fuerte a mi mano. No me suelta. Instintivamente aprieto su mano, intento tranquilizarla ya que sigo pensando que está aterrada. Su cabello rizado y rubio me enternece. Me hace acordar a alguien, aunque no puedo identificar a quién. “Yo tenía el pelo así rizado”, digo suavemente para relajar la tensión de la noche. “Enfocate en el destino”, dice y no entiendo cuál sería. Sobre todo porque no creo en el destino. Pero tampoco puedo recordar el origen, la causa de este presente. ¿Estaré soñando? Sería algo tranquilizador. Vuelvo a las palabras de la niña. Entonces me convenzo de que el destino es un lugar. Sí, seguro que ella me habla de un lugar. Me pregunto cuál sería ese lugar. Nada, silencio. 

Una brisa se cuela. Está helada y tiemblo. ¿Tendrá frío? La miro y ella sigue inmutable caminando junto a mí. Observarla evoca cosas perturbadoras. Tristezas lejanas, miedos actuales. Miro a mi alrededor para pensar en otra cosa que no sea lo que ella me provoca. Entonces todo muta. Algo se clarea. Quizás es la luna que asoma y me permite ver algo. Pero lo que veo no es nada tranquilizador. A los costados del camino aparecen bultos. De la nada brotan sombras imprecisas y sin nitidez. Intento darles forma, una entidad que no me enloquezca, pero no lo logro. “Pensá en el destino”, dice ella y miro hacia el frente. Nada. ¿Por qué?, pienso asustada. “De esa forma es más fácil”. Mi corazón se acelera. Su voz angelical dice cosas en un tono lúgubre. No es normal. Así no se expresan los niños. Y mi preocupación es que ella habla sólo para responder a mis pensamientos. Descarto la idea. Prefiero creer que me estoy volviendo loca, pero la alternativa sobrevuela mis pensamientos. Seguimos. El camino bajo mis pies se va definiendo. Aparecen adoquines y pasto entre piedra y piedra. Quiero concentrarme en algo, en el supuesto destino, pero no sé a dónde voy, a donde me lleva. “Necesito saber...”, me digo. Quiero preguntar pero no me atrevo ni a formular la pregunta en mis neuronas. Sigo y miro a los costados. Lo que antes eran bultos, a medida que avanzamos se transforman en lápidas. Una lágrima se me escapa. 

Recuerdo cuando mamá murió. Fue muy triste y violento. Yo tenía la edad de la niña que está a mi lado. No más de seis o siete años. Ella sufría mucho aunque no recuerdo por qué. ¿Sería por papá? A él no lo recuerdo. Murió tiempo después, muy poco tiempo después de mamá. Otra vez la niña me mira y mi respiración se entrecorta. O eso parece. Sus ojos negros se clavan en los mío y me duele el alma. Quizás ella me recuerda a mi cuando era pequeña. No sé, todo está tan mezclado, oscuro. Miro hacia adelante. Vuelve mamá. Ella sufría y una tarde de abril, mientras yo jugaba con mis muñecas junto a ella en el suelo, se cortó la garganta. Recuerdo todo rojo y su mirada perdida. Recuerdo lo que sentí: ya nada volvería a ser igual.

El recuerdo se disipa. Se va y se pierde en el camino que dejo junto a mi pequeña guía. Se estaciona junto a una de las lápidas abandonadas. Miro de nuevo las lápidas. Muchas están dañadas. Nadie las cuida. Me quiero ir a casa, lo sé y ella también. Quiero zafar mi mano pero la niña no me deja. Me vuelve a mirar. Me atraviesa, penetra mi alma, la toca. Siento que algo dentro de mí se comienza a marchitar. Duele. Sus ojos duelen. Su mirada me acusa. ¿De qué? No puedo recordar. Como tampoco puedo recordar por qué estoy ahí. 

Las lápidas se siguen sucediendo una tras otra. Y mientras avanzo siento un ruido que hace eco y rebota en mi mente. Algo metálico golpea contra la tierra, la revuelve y vuelve a golpear. La sangre se me hiela al imaginar al enterrador y su pala. Al agujero en la tierra que será la cuna de un ser que ya no es más persona, que fue algo y que dejó de existir. Y otro recuerdo se desprende, uno más doloroso que el de mi madre suicidándose frente a mí. “No quiero recordar”, pienso y ella contesta “Entonces enfocate en el camino” y una idea me asalta por sorpresa. Entiendo que ella, esa pequeña que minutos atrás parecía una inocente criatura perdida en la calle, es la que manipula mi mente, mis recuerdos. Esa pequeña soy yo que me torturo como cada día de mi vida.

Quiero zafarme otra vez pero su mano se transforma en una garra y me atraviesa. La sangre discurre y suelda a su mano, a la mía. “¿A dónde vamos?”, grito con desesperación y ella no contesta. Y me ataca con un recuerdo. Un pequeño ataúd y una tristeza indescriptible. La oscuridad que nos rodea se hace más densa y mi alma se torna más negra. “Si no te enfocás en el camino, en el destino, esto va a ser más doloroso.”, ella dice y no entiendo qué significan sus palabras. La angustia llega y se instala. Las lápidas crecen y se hacen paredes enormes. El camino se transforma, se hace sinuoso. Las nubes descienden y se transforman en bruma densa, asfixiante. 

Miro el suelo. Hay mucha sangre y no es de mi mano. Quiero hablar pero las palabras ya no salen. Algo arde en mi cuello. Es un fuego que quema y que me extingue. Siento que desaparezco a pesar de la niña que se fusiona conmigo. Ella es tragada por mi cuerpo y mi sangre derramada tiñe todo de un escarlata vivo. Miro a mi costado, a la niña, y solo quedan sus miembros que están adosados a mi cuerpo. Se mueven como quien mueve las manos al ahogarse. Y sí, se ahoga en mi pena, en mi amargura. Me horroriza la imagen, lo que veo. Quiero arrancarla, sacar la niña de mí. Pero ya es tarde. Ella soy yo. “Entendelo”.

Me detengo. Decido quedarme allí parada hasta entender qué pasa. A pesar de la sangre, a pesar de la fusión, a pesar de no poder emitir un sonido. Ella ya está por completo dentro de mí. La siento moverse en mi cuerpo y los pensamientos oscuros me invaden otra vez. Recuerdo más sangre y no es de mi madre. Recuerdo un cuchillo frente a mí que pacientemente espera a ser usado. Entiendo lo rojo, entiendo el dolor. Mis pensamientos se acomodan. El terror me invade, me aprisiona, me asfixia. Miro a los costados en busca de algo, de una salvación. Veo una niña que se encuentra parada en la oscuridad y me pregunto “¿Qué hace una niña tan pequeña sola en la calle?” y mi mente se pone en blanco y ella toma mi mano. Entonces, comenzamos a caminar, al unísono, otra vez.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

sábado, 11 de julio de 2015

El mejor de tus días







Esperaste este día durante meses. Pensaste que iba a ser grandioso. Un día feliz. Pero ¿qué felicidad te pueden brindar los otros?  ¿Qué esperabas de ellos? Ahora entendés que nada. Que ninguna felicidad es posible para vos. Esa palabra, ese sentimiento está vedado para tu ser marchito y agotado de un vida vivida a medias. 

Entendés que tu existencia está vacía. Rodeada de ellos, pero solitaria como una tumba en un cementerio. Una de esas descuidadas, jamás visitada por los familiares que ya olvidaron el significado del recuerdo. Ya ni eso sos. Ni un recuerdo dulce como fuiste antes. 

En este día negro, árido y desesperanzado te preguntás si alguna vez conociste la felicidad. Buscás entre tus recuerdos, los dulces, los cálidos. Exploras tu memoria cansada, agotada de tanto malo y amargo. Caminás por recovecos de sinsabores, de melancolías, de amores truncos. Doblás en la esquina del desamor y te encontrás con la agonía de la desesperanza. Seguís intentando porque “algún buen recuerdo debe haber”. Pero el camino entre tus memorias se hace denso y doloroso. Un abandono inesperado, una tarde gris a pesar del sol, una pérdida irreparable y la distancia. 

Una distancia con los otros que aunque no entiendas, construiste. Un muro que te separa de ese mundo exterior. Entre falsas sonrisas y extrema predisposición, por querer sentirte necesitada, siempre estuviste para los otros. ¿Será que esos otros se dieron cuenta de que lo hacías por interés? Al parecer es así. Un interés que no era otro que sentirte necesitada, sentir la desesperación del otro por lo que vos pudieras darle. Una sonrisa, una palabra. Su desesperación es tu alimento. Pero ahora vos sos la que querés, la que necesita algo: compañía. Una compañía real, una presencia. Necesitás que esos otros sean genuinos como vos no fuiste. Necesitás que la distancia sea eliminada, suprimida. Necesitás el calor de otra piel, la caricia de una mano suave. Necesitás una palabra real y no esa escrita que aparece por todos lados. “En este día tan especial te deseo lo mejor”. Estás llena de palabritas escritas, de conceptos huecos. Pero estás sola. 

Tu corazón late agónicamente. Esperabas que este día especial lo fuera de verdad. Pero ¿qué tiene de especial un día más que te acerca a tu muerte? Una hora menos de vida, una hora que se resta a lo que falta. ¿Y si lo acelerás? Se te ocurre que el dolor puede terminar. Puede acabar esta eterna agonía de días sin sentido, de amargas distancias. Está en tus manos y lo sabés. Sabés que podés terminar con todo, con los otros, con las distancias. Sabés que tenés el poder de eliminar la tristeza infinita que te invade desde hace tiempo. Pero como siempre sos una cobarde. Te quedás ahí, sentada, mirando la pantalla llena de mensajes de buen augurio. Te llenas de palabras vacías, de gestos automáticos, de frases hechas. Lo hacés porque seguís pensando en esos otros. Porque crees que en los otros está tu felicidad. Pensás en qué pasará si no existís ya nunca más. 

Te imaginás el momento en que ellos te encuentren tirada. ¿Qué harán? Pensás que te llorarían en el mejor de los casos. ¿Se sentirían culpables? En tu mente egoísta y enferma lo deseás. Deseás que ellos sientan la culpa de tu destino trunco. Porque en tus pensamientos, ellos son responsables de no verte. De estar encerrados en sus cositas y de esconderse de la vida, de la tuya. Pensás que por eso no te ven, no te dan nada. Son una pared en blanco, un témpano de hielo: ven tu sufrimiento y no hacen nada. Sus días son iguales uno al otro y vos morís cada día y a ellos no les importa. Entonces entendés que jamás van a sentir culpa si hoy dejás de existir. Sabés que se van a sentir liberados. Que la luz va a llegar a sus vidas en el momento en que las tinieblas se apoderen de la tuya. Que tu agonía, tu desaparición será el comienzo de una nueva vida para ellos. Quizás una mejor. ¿Se lo merecen? Los odiás por esa futura e inexistente vida. Por esa posibilidad que vos no tenés. Porque estás tan sumergida en tus miserias que ni siquiera ves las posibilidades. 

Entonces te preguntás cuál fue el momento. En qué instante de tu vida perdiste la chance, la posibilidad de elegir. Buscás otra vez entre esos recuerdos y te sentís morbosa como quien hurga en un cadáver, entre sus tripas, solo para sentir un placer carroñero. Te sentís así porque tus recuerdos están tan o más muertos que vos. Rastreas pensamientos, recuerdos y buscás el momento de tu última posibilidad. Y el camino se te hace largo, demasiado. Te das cuenta de que aunque toda la vida descreíste del destino, vos no tenías otra chance. Entendés que nunca hubo posibilidades para vos. Lo entendés porque treinta años atrás tomaste una decisión que te marcó para el resto de tu vida. Esa decisión tomada  a corta edad, determinó tu futuro y tu realidad actual y no hubo desde entonces otra posibilidad que este, tu presente. 

Te desesperás. Buscás de nuevo los mensajes de buen augurio en la pantalla. Los releés. Los saboreás como si se tratase de una exquisitez. Te empapas de esas frases. Porque este nuevo hallazgo en tu vida, este sin futuro, te aterra. Te estremece pensar que tu vida fue escrita por esta única decisión. Que este vacío que hoy sentís, esta desgracia que vivís es un castigo por una única decisión. “No era consciente, entonces”, llorás en un intento de redimirte. Llorás mientras lees: “Te deseo en este día lo mejor”. ¿Qué es lo mejor en tu caso? ¿Lo mejor del mundo? ¿Lo mejor que se pueda esperar? ¿O lo mejor que lo puedas pasar? Y sabés que lo que va con tu día y tu vida es lo último; que esto que vivís es lo mejor que podés hacer con tu día especial. 

Lo mejor que te sale es sentirte sola, triste, amargada. Lo mejor que podés en un día como hoy es pensar en tus decisiones, en esas que te llevaron al hoy que te deprime, al futuro que te agobia. Tu mejor versión del día de hoy es la oscuridad que te envuelve y el deseo de no ser. Porque cada consecuencia de aquella decisión fue el aislamiento, la pena, el desamor. 

Entonces suena el teléfono. Es él que te habla al oído aunque esté lejos y el rencor de minutos antes se disipa. Te sentís brevemente acompañada y una promesa nace en el horizonte. Se te escapa una sonrisa efímera y se te llenan los ojos de lágrimas. Colgás. Te levantas y apagás la maldita pantalla. Vas al baño, mirás el reflejo que te devuelve el espejo. Secás tus lágrimas y te maquillás. Te dibujás una sonrisa de labial rojo y unos ojos amistosos de rímel negro. Te ponés lo mejor que encontrás y esperás. “En quince minutos te paso a buscar”, fue la mejor frase del día. Sabés que a él, después de todo, algo le importás. “Vamos a salir a comer, ¿te parece? Así festejamos tu día” y sonreís otra vez. Sabés que lo que te hace falta es el contacto humano, con ese humano. Que los otros ya no importan. Que tu vida no puede ni quiere regirse por esos otros. Entendés que ya no vas a estar tan presente para ellos, que ya no te va a importar lo que esos otros necesiten. Que vas a empezar a decir que NO. Y que aunque te cueste y te duela, no vas a estar tan disponible para ellos y si más para vos. Que al fin de cuentas sos la importante de tu vida, porque sin vos nada existe, solo oscuridad.
Y lo esperás y deseás que este momento no termine nunca y que quede almacenado en un rincón de tu mente, entre todos los recuerdos oscuros, iluminando tus días. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

viernes, 3 de julio de 2015

Trascendencia (Cuento de mi antología Relatos de la Parca)





Como cada mañana, Marlene recorría el andén cinco de la Estación de trenes de Retiro. Como cada mañana, extendía su mano sucia para que algún ser piadoso le depositase unas cuantas monedas. Luego de eso, y tras juntar algunos pesos, como cada mañana, se disponía a desayunar. Generalmente no se apartaba demasiado de aquella zona, porque luego del accidente sufrido a sus quince años tenía tendencia a perderse con facilidad.

Entonces buscaba restos de comida en el tacho del andén cuatro, o a veces del tres. Allí, con cierta frecuencia, encontraba algún alfajor a medio terminar o un sándwich enmohecido.
Con eso le bastaba. Al menos hasta la cena, donde usaba las monedas en algún quiosco de la estación.
Durante el día y, para pasar las horas entre el desayuno y la cena, deambulaba casi sin rumbo fijo, de andén en andén, intentando que los guardias no la vieran merodear. Porque, eso estaba prohibido, y ya la habían mandado a guardar un par de veces. No sólo por merodear. La gente a veces se asustaba de ella. Y no era únicamente porque estaba sucia o mal vestida, ya que se vestía con lo que encontraba. No, le temían a la expresión de retardo de su rostro. A sus labios torcidos, a su comisura babeante.

Y sí. El accidente había hecho estragos con ella. Por fortuna aquel evento trágico estaba bien  guardado en los confines de su memoria, aunque en ocasiones, pugnaba por salir en forma de dolorosas alucinaciones. Pero luego de esos episodios, la amnesia la acompañaba y todo volvía a la normalidad, a su normalidad. Aunque si realmente supiera cuánto tiempo la estuvo buscando su mamá quizás moriría, como ella, de dolor. O si supiera cómo aquél auto, que corriendo picadas, apenas la rozó y la hizo volar veinte metros haciendo que su frágil cabeza se estrellase contra el asfalto, eso la devastaría. O tal vez, los meses que estuvo en coma como NN en la terapia intensiva del hospital de la ciudad. No, si su cerebro recordase todo eso ella moriría simplemente de recuerdos.

Pero en su amnesia retardada, ella caminaba sin cesar. Y eso la mantenía escuálida en extremo. Horas de caminatas de un lado para otro habían hecho que su flaqueza extrema provocase asomar unos cuantos relieves óseos. Que en alguna modelo hubiera sido digno de admiración, aunque en ella demostraba su desnutrición. Sus metas inalcanzadas. Haciendo más grotesco su aspecto de abandono.

Al llegar la noche, y si ningún guardia la había pescado infraganti, Marlene volvía a su refugio del andén cinco, allí en un rincón donde nadie podía verla. Donde los enormes hierros que constituyen el freno hidráulico del andén, donde el tren tiene su última chance si todo falla, allí mismo, en ese hueco
ella había logrado poner un colchón y unas mantas. Y en ese tremendo y oscuro y sucio lugar, Marlene descansaba cada noche, como lo había hecho durante los últimos diez años. Y lo podía hacer de esa manera porque el servicio de trenes durante la noche se suspendía. Entonces nadie la encontraba allí. Y durante el día, ella misma lo cubría con una bolsa negra y grande evitando de esa manera ser descubierta.

Al día siguiente, todo comenzaba otra vez. Madrugaba muy temprano para que nadie encontrase su escondite. Desayunaba lo que podía y luego vagaba por la estación.
Sin embargo, una mañana de domingo lluviosa, se encontró con que la estación estaba desértica. Al parecer todos habían decidido quedarse en sus cómodas casas, mirando la televisión, idiotizándose con los programas de moda. Y ella sin tener nada que comer.

Marlene miró cada rincón de la estación. Era particularmente extraño que no hubiese ni un alma. Los tachos, vacíos. La cabina de la policía, desértica. Y lo mismo sucedía con los negocios, que normalmente vendían golosinas, o con la casilla donde se expendían los boletos. Se hubiese preguntado ¿qué sucede aquí? Pero su retardo sólo la hizo quedarse parada en el medio de la nada, con gesto idiota. No se animó a decir nada. No se animó a salir de allí. Sólo decidió volver a su refugio, ese que prolijamente había construido para sí misma. Caminó mientras sus pisadas solo devolvían un eco sordo, cerrado, lejano. El viento, que horas antes había arreciado, estaba
detenido. El frío había cesado y ahora todo tenía una particular calidez. La calma circundaba y aunque eso podría aterrorizarla, sólo se sintió bien, pacífica.

Continuó con su paso, ahora más ligero. Notó, como alguien de su estado pudiese notar, que ya no le costaba moverse tanto. Sus piernas se movían con más libertad y hasta con un poco más de gracia. Entonces se apuró, ahora que podía. La lluvia se había detenido así tan bruscamente como ella había mejorado y entonces observó las gotas suspendidas en el aire, redondas, perfectas como ella. Y una luz atravesó su cráneo: el entendimiento llegó a sus neuronas. Y pudo preguntarse ¿Qué está pasando acá? Porque no era normal que las gotas estuviesen suspendidas en el aire, sin caer. No, eso no era para nada normal. Pero era bello, impactante. Y aunque no hubo respuesta para esa pregunta que ella lanzó al aire, no le importó.
Y disfrutó del espectáculo que tenía ante sus ojos.

Las nubes se separaron y un rayo de sol se filtró haciendo que las gotas despidieran miles de colores. Marlene sonrió de pura felicidad y una lágrima rodó por aquella mejilla sucia. Extendió su mano y con su delgado dedo índice tocó una de las gotas suspendidas que se desplazó colisionando con otra y otra y otra y de repente, todas las gotas danzaban con un ritmo mágico y maravilloso. Y ya no era tan importante saber qué sucedía, sino lo realmente importante era disfrutar ese instante breve y único
que la vida le ofrecía.

Pero la soledad era pronunciada y el temor de siempre afloró. Entonces, continuó en la búsqueda de su lugar seguro, tan sólo para constatar que seguía allí y que podía recurrir a él, en caso de necesitarlo. Caminó, casi corrió y al llegar solo había un bulto. Un bulto envuelto en mantas mugrientas y mojadas. Era aterrador y desagradable, en contraste con lo que había visto minutos antes.

Miró las gotas danzantes, el sol que seguía asomando. Se miró a sí misma, su túnica blanca brillante y decidió que danzar con las gotas era mucho más agradable y seguro. Sí, ese día, en ese minuto, en ese lugar donde trascendió sin saber cómo ni porqué, Marlene decidió ser feliz, sin dolor, sin hambre y sin frío.

A la mañana siguiente, el policía que cuidaba el andén cinco de Retiro, se encontró con la imagen del horror: en el escondrijo de Marlene, ese que él sabía bien que ella usaba por las noches, había un bulto envuelto, húmedo, sucio. Enseguida sintió un dolor en su pecho, una angustia que subió y le conmovió hasta las lágrimas. Dudó si tocar el bulto. Dudó. Entonces, llamó a uno de sus compañeros y juntos lo quitaron, con cuidado y mucho respeto. No se atrevían a abrirlo, no se atrevían a ver aquello. Pero debieron hacerlo. Suspiraron al unísono y capa tras capa quitaron las mantas. Finalmente, al destapar el bulto, miles de mariposas multicolores salieron volando al ver la luz y en el fondo de las frazadas, un rayo de sol, una gota de lluvia y la nada misma.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015