jueves, 19 de abril de 2018

In-comunicación





Estaciono el auto porque si no voy a chocar o me voy a llevar puesta a alguien. Hace más de media hora que estoy en una discusión encarnizada con un compañero de trabajo desubicado y prepotente. Sé que no debería darle el lugar que le doy, pero me invade esa necesidad de dar explicaciones, de justificar mis actos. Y esa necesidad es más grande que el mundo y me pesa. 

―La verdad que me doy cuenta de que la reunión fue al pedo y que no entendés nada de nada…
 Recuerdo la reunión. Le di la oportunidad a cada uno de los empleados a que diga lo que pensaba o lo que consideraba necesario decir para el buen funcionamiento de todo. Y sin embargo…nunca alcanza. Trago saliva para no mandarlo a la concha de su madre y respondo con la mayor tranquilidad que puedo.

―A ver Damián…vos no entendés. Soy tu jefa y necesito que cumplas tu maldito trabajo. No sé cuál es el inconveniente…no te estoy pidiendo nada raro…ni siquiera que te quedes después de hora…
―Me parece que voy a tener que dirigirme a tus superiores. Porque seguís insistiendo con lo del horario… ¿Vos querés una reunión ministerial?

Se hace un silencio. Intento deducir qué me está diciendo. Lo entiendo pero no entra en mis neuronas. Con bronca le pregunto:
―A ver si entiendo, vos ¿me estás amenazando?

 La tensión crece. Las palabras salen disparadas de uno y otro lado. No hay forma de frenar esto. Ya no. Es como una bola de nieve que se agiganta a medida que avanza. Así estamos. Agigantados y violentos. Él saca lo peor de mí. Es eso. Y no me gusta. Tengo ganas de asesinarlo o mejor: de hacerle sufrir en la carne lo que me hace padecer. Clavarle un enorme cuchillo en su abdomen y retorcerlo mientras grita de dolor. Sería pagarle con una moneda equivalente al nerviosismo y la violencia con la que se dirige a mí. Con lo que me hace padecer cotidianamente. Aunque quizás sería mejor poner mis manos en su cuello, apretarlo fuerte y asfixiarlo. Esa sería una gran solución porque además de matarlo, ya no escucharía su irritante voz. Pero no puedo, de momento. Su malicioso discurso moralista y acusador continúa sonando a través de mi teléfono celular y eso hace un poquito difícil mi misión homicida. Aunque no imposible, me digo. 

 Si lo matara…. Sería una dulce venganza, pero no dejaría de ser asesinato y no estoy preparada para ir a la cárcel… ¿por qué siquiera lo estoy pensando? Mi mente divaga cuando me estreso. Sus palabras amenazantes siguen llegando a mis oídos, me aturde, y yo pienso en los pro y los contras de un asesinato premeditado. ¡Basta!, me amonesto a mí misma. Él sigue, recitando la lista con mis innumerables defectos, según si visión sesgada y machista. Y  lo peor es que el cobarde no se atreve a decirme las cosas en la cara. 

Miro el celular: cuarenta y siete minutos de mala comunicación y una rayita de batería. La indignación crece, se hace enorme. Quiero estrellar el aparato contra una pared, revolearlo a la calle para que un camión lo pase por encima, pero me contengo porque la única que se perjudica con eso soy yo. Además, no podría comprar otro.  

Él sigue gritándome por teléfono. Su misoginia es tan enorme como la lista de mis defectos o su propio ego. Le molesta que sea su jefa y que le ponga los puntos. Es  ingrato conmigo y con sus compañeros. Su pensamiento es corto, chato…hay que estar en contra del jefe, siempre. Es condición implícita para él.  

Respiro hondo. Mi corazón está acelerado. Mis manos tiemblan. Quiero llorar, pero no le voy a dar el gusto de que me escuche gimotear. Trago el nudo de mi garganta y hablo. Le pregunto si quiere mi cargo, si quiere ser jefe. Le repito más fuerte “¿Vos querés ser el jefe?”. Se hace un silencio. Se asombra de mi pregunta, tartamudea brevemente y sigue vociferando acerca de mis desvaríos y mis malos entendidos. 

La discusión se eterniza como mi tiempo que se estira. El viento se frena. ¡Basta!, grito y el mundo se paraliza de pronto y yo…yo me meto dentro del celular.

Veo una luz violeta que sale del aparato y corro por ahí. Mi cuerpo está liviano, ágil como jamás lo estuvo. Tomo la velocidad de la luz, me estiro y me transformo en un fotón mágico, unidireccional. La línea violeta se transforma en verde y ahora me deslizo apenas rozándola. Soy una con la luz, con la energía. Recorro miles de nanoquilómetros en una dirección. La única. Mi norte es el odio que siento en este momento. Las ganas de triturar ese cuello, de dañar a ese tipo. 

Sigo avanzando sin descanso. A mi alrededor el mundo se dobla, se estira. Las palabras son ralentizadas, pero reconozco esa voz. La misma que me torturó minutos antes. La prepotencia se ve transformada por la distorsión del campo que me rodea. Pero escucho. Los gritos siguen. La violencia se extiende como un cable maligno y negro. Se transforma en una serpiente que me punza por los lados. Me picotea para que desista, para que vuelva mis pasos y sea humana otra vez. No lo permito. Mis ojos se transforman en láseres y la atacan. Apunto a su cabeza y doy en el blanco. La serpiente explota y me baña de una pestilente brea negra. No importa, soy luz, me digo y de pronto la putrefacción desaparece y yo sigo mi camino. 

Al final, allá a lo lejos, hay un punto luminoso. Incandescente como una estrella en el firmamento nocturno. Hay números y una enorme pantalla. Me recuerda una película, pero mi mente está tan alterada que no logro recordar cual. No importa, ya queda menos, me repito. 

La serpiente revive y se transforma en un enorme dragón. Sus ojos son de fuego y su boca lanza llamaradas de lava incandescente. Me siento microscópica frente a semejante monstruo, me siento igual que cuando él me grita por teléfono. Intento esquivarlo pero se hace difícil. Acelero. Ya queda poco, me repito. Sin embargo el dragón aplasta mi línea de color con su enorme cola y entonces mi cuerpo sale expulsado. Me estrello contra la nada misma. Duele. Me levanto. Busco una salida y solo veo la pantalla: Conexión de mala calidad, leo. Estoy atrapada. 

 Mi nudo en la garganta se acrecienta, me envuelve, exprime mi alma y solo puedo llorar como una niña. No quiero hacerlo pero es más fuerte que yo. Mis emociones me dominan, me paralizo. No puedo más que dar vueltas sobre lo mismo, como un loop eterno y sentimental. Sé que si no hago algo voy a quedar atrapada por siempre en ese lugar, en mi teléfono. O peor, en el medio de una mala comunicación, por una peor empresa de telefonía celular. Reacciono. Mi mano se transforma en una enorme espada al estilo StarWars y de un salto, parto en dos al dragón. Hay un silencio breve y mientras mi cabeza descansa por un instante, corro nuevamente a la meta y me lanzo a través de la pantalla luminosa. 

Aparezco del otro lado y de inmediato tomo el cuello del empleado insurgente. Aprieto con ganas mientras su rostro pasa del rojo al blanco en uno segundos nomás. Le grito: “¡Callate ya, maldito gusano podrido!” y lo dejo caer en la vereda, mientras la gente aplaude por mi valentía o quizás porque gran parte de la humanidad lo desprecia. ¿Quién sabe?

No lo mato, solo lo dejo aturdido. Le saco el celular y lo estrello contra una pared. Me acerco a él y con odio le digo:
Mañana, ocho de la mañana en punto, te espero en la oficina, para resolver esto. Si no te gusta como son las cosas, presentá tu renuncia. 

Él abre un ojo, desorientado y aturdido, y me mira con desprecio.
¿Entendido? insisto para que reaccione.
responde bajito sin mirarme a los ojos.
Me doy media vuelta y emprendo el camino de regreso. Son varios quilómetros, pero bueno, servirán para calmarme.

Autora:  Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018
Imagen obtenida de la web

domingo, 8 de abril de 2018

Ave Fénix








¡Contestá! ¿Por qué no contesta? Seguro que está con ella, en la cama. Los imagino desnudos, acariciándose y todo eso. Ella debe tener una piel perfecta. No como yo que tengo tantas cicatrices. No llores como una pelotuda. ¡Malditos los dos! Seguro que se están riendo de mí, como siempre. ¡No contesta, carajo! Dios. Tranquilizate, Ana. Vos podés con esto. Practicaste toda la semana y hoy es el gran día. ¿Pero qué le digo si atiende? Qué estupidez. Sé perfectamente qué decir, memoricé mi discurso miles de veces. “Hola. ¿Te acordás de mí? Soy…” No, eso no sirve. Seguro que ni se acuerda de mí. Ahora debe ser un importante ejecutivo y estará lleno de plata. “Hola Roberto. Soy Analía. Ana. ¿Te acordás?” No sirve, es lo mismo. Sigo siendo la misma idiota exasperante. No valgo nada. Ni siquiera un recuerdo. Que tonta soy. Ya basta, Anita. Recordá lo que el medico dijo “Tenés que quererte más Ana”. Tiene razón. Primero estoy yo, luego el resto de la humanidad. Como si fuera tan sencillo. Soy el ave fénix que resurgió de sus cenizas y él lo tiene que saber. Tiene que escarmentar. “Roberto soy Ana. Tu ex. No podes decir que no me recordás. No después del infierno que pase por tu culpa. Miles de noches en recuperación. Dolor, drogas y más dolor.” Creo que eso no sirve. No es momento de echarle en cara lo que sufrí. Más adelante cuando todo esté en marcha, sí. O quizás nunca me atreva. Al fin y al cabo la que cruzó sin mirar fui yo. Si pero... siempre hay un pero. “Hola Roberto soy Ana, tu Ana. La que tuvo ese accidente horrible luego de verte con otra. Si, estabas con otra. Yo los vi desde la vereda de enfrente. No discutas, estabas con ella y punto.” Eso está mejor. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estaban en un bar y él tomó su mano y sonrió. Jamás lo había visto así de feliz. ¿Cómo pude ser tan estúpida y no haber visto lo que pasaba frente a mis ojos? El amor es ciego. Si, y muy tonto. El amor es lo peor que pudo pasarle a los seres humanos. Es una mentira continua, una desgracia cotidiana. Un anhelo en vano, en pos de ¿qué? Mejor lo llamo en otro momento. Mejor. La vida no va a cambiar por esperar, Anita. Es cierto, todo será igual si eso es lo que querés. ¿Es lo que quiero? Que todo sea igual… Mi vida empeoró tanto al esperar, al tratar de entender de qué se trataba lo que mis ojos veían. Fui tan idiota que tuve que cruzar esa calle para corroborar que lo que veía no era lo equivocado. No quería confundirme. ¡Ilusa! Y ese camión se apareció de la nada.

435…5567 llama. Pero no atiende nadie. Maldita sea. Entonces ¿qué me queda? Aguantarme esto, arruinarme otra vez. No. No lo voy a dejar así. Ya sé que pasaron quince años. ¡Quince! ¿Y cuantas cirugías para quedar más o menos bien? Se terminó, desde ahora en… “Hola"... Por Dios, contestó ella. ¡Sigue con ella!  No desesperes Anita, tragá saliva y contesta. Dale ¡contestá!
Hola, si…con Roberto, por favor
¿Quién le habla?
Anita…Analía
Analía ¿la que era novia de Roberto?
Así que se acuerda de todo. Vas a sufrir mocosa de porquería.
Si, la misma. Quiero hablar con él.
Pero…¿Cómo estás? Pensé que…
Que había muerto ¿no? Sí, todos pensaron eso. Pero no. Acá estoy. ¿Puedo hablar con Roberto por favor?
Pasó tanto tiempo…
Necesito que me comuniques con él
Lo siento mucho, no puedo
No me vengas con esa estupidez. Por favor, decile que no se esconda de mí…por lo menos que dé la cara…me lo debe
Él falleció ¿sabés?

Hay un silencio penetrante en la conversación. No entiendo. ¿Cómo que murió? De vergüenza habrá sido. Estúpido ¿cómo se va a morir? ¿Y ahora qué hago con todo lo que tengo para decirle? Con esta bronca, con ese tiempo perdido... ¡mierda!
¿Se murió? ¿Cómo? ¿Cuándo fue eso?
Luego de tu accidente…yo estaba con él en el bar. Disculpame, no me presenté. Soy su hermana, Eli. Esa día le estaba contando de mi embarazo. Él estaba tan feliz. Iba a presentarnos. A vos y a mí y luego fue lo del accidente. Se quitó la vida al creerte fallecida…fue muy triste... para mí, para toda la familia.

Quince años sufriendo por algo que…Ni lo cuestiones Anita. Tu rostro desfigurado tiene que significar algo. Cortá. Ella miente. Te está mintiendo. Lo hace para cubrirse  para que no hables con él. Cortá. Si, mejor corto. Pero voy a necesitar un cuchillo de plata para cortar con todo de una buena vez y ya no volver a resucitar. Nunca más.  

Autora: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2018

lunes, 2 de abril de 2018

Sacrificio





Nota: Sacrificio forma parte de mi libro "Relatos de la Parca", Editorial Imaginante, año 2015

La brisa fresca de la noche acarició su rostro en un tímido intento de suavizar su misión. Mientras, él se asomó a la ventana entreabierta y observó a su víctima que estaba allí nomás, a escasos metros de donde estaba parado. Casi sin querer la admiró, en silencio, agazapado como un animal a punto de atacar, aunque con la confirmación de una idea: jamás podría hacerlo. La misma brisa que ablandó su conciencia, abrió de golpe la ventana y revoloteó cerca de ella provocando que un mechón de cabello volase casi caprichosamente. Pero ella no se inmutó, su mirada estaba perdida. Su mente, como la pared, estaba en blanco. Él conocía esa mirada. Era la de aquellos que sabían que su existencia era mero capricho del destino, la expresión de quienes habían escapado una vez: era la mirada de los sentenciados. Pero su hermoso rostro…debía irse de allí en ese momento. Esa no era la hora, no con todo ese sentimiento en su pecho. Retrocedió con torpeza y en su retirada pisó unas ramas secas que ella escuchó y de repente, ella posó sus ojos en él. 

—¿Quién anda ahí?
“¿Cómo es posible que no me vea?”, pensó el verdugo que estaba parado justo frente a ella. Ambos prácticamente podían olerse al estar frente a frente en la ventana, abierta de par en par y sin embargo... En ese breve segundo, él pudo sentirla. Pudo ver su piel delicada y joven y admirar su belleza, que era exótica, como sus ojos. Y ahí lo notó. Un velo gris se cernía sobre ambos ojos. “No me ve, no puede hacerlo…”

—¡Hola! ¿Quién es? No me asusta…si ese es su cometido le pido que se vaya. Voy a soltar a mi perro…
—No, por favor —se encontró diciendo y se arrepintió de inmediato.
Podría haberse ido tranquilamente. Podría haber vuelto más tarde, entrada la madrugada y finalizar su objetivo. Pero algo dentro de sí, profundo, vago aunque muy presente, le hizo contestar y ponerse en evidencia. Y ya era tarde. 

—¿Quién es? ¿Qué busca aquí?
—Disculpe señorita…
—Alba…me llamo Alba
—Alba, mi nombre es Ezekiel, vengo de lejos y la noche me ha sorprendido. No tengo donde quedarme…
—Entre…me queda una habitación sin rentar. Si lo desea se la alquilo por esta noche. El desayuno es a las siete de la mañana, sin excepción…—él, entonces,se dirigió a la puerta de la posada.
—¡Muchas gracias! Disculpe si la asusté.
Y mientras ella se dirigía a la puerta para hacerlo pasar le dijo: 

—Ya nada me asusta, estimado Ezekiel. Pase. —y le mostró el camino hasta la recepción.
Luego de pedirle sus datos, le entregó una llave y le indicó la escalera que conducía a la habitación. Sin embargo, él que jamás dormía, le preguntó:
—Le molesta si me siento frente a la chimenea un rato. Está tan pacífico aquí…
—No es molestia. Es lindo tener compañía de vez en cuando. ¿Desea un café o algo para beber?
—Lo que usted tome, está bien. —dijo Ezekiel admirándola en secreto, aunque recriminándose por ello. No debía olvidar su objetivo allí: eliminarla, tomar su alma y entregarla.

Ella iba y venía con asombrosa agilidad. Trajo dos tazas humeantes y se sentó frente a él, en un sillón. Él estaba extasiado con semejante destreza y con esa femineidad innata que ella profesaba, a pesar de no poder ver absolutamente nada. En ningún momento requirió ayuda o siquiera tocó la pared para guiarse. Era como si presintiera cada cosa, cada mueble, cada elemento de su hogar. 

Una vez sentados, ella posó sus ojos en el fuego. Él continuó observándola, en silencio, con una colección nueva de sensaciones nunca antes sentida. 

—Me vas a decir algo o te vas a quedar allí observándome toda la noche —dijo finalmente Alba, sin siquiera mover la mirada del fuego que jugueteaba en el aire con caprichoso arte exótico e hipnótico.
—Si…me he estado preguntando ¿a que se debe esa respuesta suya de que ya nada la asusta? Usted no deja de ser una mujer y en su… —él silenció su boca aunque su cabeza no paraba de preguntarse ¿por qué estaba allí junto a ella? ¿Porque no se la había llevado ya? El momento y el lugar eran óptimos. Sin testigos, sin complicaciones. ¿Que lo frenaba?
—¿En mi qué? ¿En mi invalidez? —dijo ella secamente, aunque con cierto tono dulce.
—Perdón…no quise…
—Nadie quiere señalar lo obvio. Sí, no veo. Pero su pregunta fue otra. Su pregunta fue “Porque no temo a nada”. Hace unos cuantos años yo vivía a miles de quilómetros de aquí. Era joven, bella, tenía un buen pasar y sobre todo, tenía un hermoso niño.—En ese instante la voz de Alba tembló por lo que hizo una pausa para respirar profundo —Tenía salud, estaba sola -porque el padre del niño me dejó en cuanto supo que él venía al mundo-, pero eso no hizo mella en mi espíritu. Y en ese entonces, mi estimado Ezekiel, sentía que tenía todo. Sin embargo, la tragedia tocó mi puerta. La muerte propiamente dicha apareció una noche de invierno como esta, envuelta en llamas. Yo la vi y la desafié. Pero me ganó; se llevó a mi hijito a pesar de que yo… Allí perdí mi vista y mi vida. No obstante, decidí continuar en este mundo, a pesar de sentir que la muerte debió llevarme a mí y no a mi hijo. Ahora soy esto, una muerta viviente que asila extraños en la noche.

Una media sonrisa se dibujó y él no supo que contestar. Ella era una luchadora. Además de hermosa, era una mujer con cada letra ganada. Un largo silencio se interpuso entre ambos y en el momento en que Ezekiel quiso decir algo, Alba se levantó.
—Buenas noches.

Y se retiró a descansar.
Esa noche, mientras Alba dormía, él la observó. Contempló cada uno de sus rasgos, su delicada figura, sus gestos. Miró todo lo que ella era. Y su pecho se encogió de solo pensar en su objetivo. “No temo a nada”, recordó él. “¿Me tendrás miedo?”, se preguntó mientras acarició su rostro con delicadez desconocida en él. Corrió un mechón de su pelo, y deseó besarla. Se espantó. Eso jamás había sucedido antes. Jamás. Salió de la habitación, de la casa y encaró la noche que aún tenía un largo recorrido hasta su propia desaparición. Miró la luna, esa que horas antes había iluminado la piel de Alba. “¿Por qué me hacés esto?”, le gritó en un aullido a quien le había mandado semejante encargo. Y se sintió flotar. Una luz lo elevó y se lo llevó más allá de la tierra, del sistema solar. Al universo profundo. 

—Cuestionas mi decisión de enviarte por ella. —Una voz rugió potente y determinante.
Ezekiel, el sembrador de espanto, hizo silencio. Durante su eterna existencia, nadie supo su verdadero nombre. Incluso, su verdadero rostro. Pero era reconocible con sólo ver el rastro que dejaba su accionar, con percibir el aroma en el aire luego de su presencia. Lo habían denominado de múltiples formas, muchos, habían intentado suavizar su imagen intentando llamarlo Ángel Guía de la muerte, aunque de angelical nada tenía. Era un recolector. Eso era. Un simple recolector de almas muertas en vida que, luego de ser atrapadas, eran entregadas a su dueño. Dios o Demonio, daba lo mismo: él cazaba a su presa y se las llevaba. Pero estas almas no eran precisamente almas comunes y corrientes. Estas ánimas eras especiales, porque se trataba de aquellas que habían escapado a la Muerte. Por distintas circunstancias, habían burlado (aunque no siempre intencionalmente) su fecha límite de existencia. ¿Existía eso? Por supuesto que sí y por ello, existía él. Él las hacía brotar del cuerpo humano que habitaban y las cazaba para luego entregarlas. ¿Iban al cielo, al infierno? No importaba. No a él. Solo era un cazador de ánimas.  

¿Qué lograba con ello? Eternidad. 

Para este cazador, la eternidad, aunque fuese a la larga algo abominable y más que solitaria, era su fin. Una vida sin límites en este universo. Aunque, últimamente, esta existencia perpetua se había tornado ligeramente insoportable: las últimas cacerías habían sido injustas y le hicieron reflexionar su lugar en el equilibrio del universo; desde ese momento, comenzó a cuestionar la existencia del Bien. 

—No te cuestiono…sólo —y se interrumpió intentando buscar las palabras correctas, pero sin encontrarlas.
—…sólo no te gustan mis decisiones ¿verdad?
—Ella…es especial. Perdió demasiado ¿por qué debe morir? Si tan solo supiera…
—¿Qué cosa?
—¿Cómo fue? ¿Cómo no pudo salvar a su hijito?
El ente superior, meditó una fracción de segundo. Una fracción que en el mundo, en la tierra, podrían haber sido milenios, pero que en ese rincón del universo no era nada. Miró a Ezekiel y con solo un pestañear, lo envió nuevamente a la Tierra, aunque no al mismo lugar, ni a la misma fecha. 

Las llamas envolvieron a Ezekiel que sintió la desesperación de Alba en su pecho. Columnas de fuego la rodeaban y ella, con desesperación, intentaba agarrar a su pequeño de solo dos años. Estiraba la mano para alcanzarlo, mientras éste lloraba. Ezekiel veía la escena con tremendo dolor, como si ella fuese su propia carne y el niño, su hijo. Entonces, la vio. Vio a la Muerte rondando lentamente, con ansiedad de un alma. Estaba a cierta distancia, observando con ojos vacíos. Los segundos transcurrían y Alba logró tomar al niño por lo que Ezequiel se alegró. Tal vez, pensó con inocencia, todo cambiase ahora. Sin embargo, como si la Muerte lo desafiase, desestabilizó el piso y Alba perdió el equilibrio. Ella cayó y Muerte aprovechó el instante: se transformó en una bocanada de fuego y envolvió al pequeño, mientras que su madre gritó como si ella misma se hubiese quemado por completa. 

Todo se distorsionó y Ezekiel estuvo, nuevamente, frente a su “jefe”.
—Sabés tan bien como yo que Muerte hizo trampa… ¿por qué entonces, me mandás a buscarla? ¿Para torturarla aún más?
—Lo hecho, hecho está, Ezekiel. Tomaré medidas con Muerte, pero con Alba nada puedo hacer. Ella debió morir en ese incendio y está viva en el mundo.

Ezekiel sintió desgarrarse por dentro. No era justo y esa sensación era completamente nueva en él, como todas las sensaciones que ella le había despertado. Se sorprendió pensándola juntos, amándola eternamente. En la Tierra. No la quería como Ángel. No era lo que debía ser. Y en el Cielo, ella sería inalcanzable: Ezekiel estaba entre los vivos y los muertos, en esa especie de límite borroso y agónico similar a un Limbo. Miró a su superior y dijo:
—Tomame a mí en su lugar.

El tiempo se deshizo y otra vez las llamas aparecieron. Alba y su hijo, estaban allí mismo, luchando. La Muerte, acechando. En el segundo justo en que el mortífero se apoderaría del niño, Ezekiel se lanzó y sin poder evitarlo, la Muerte lo tomó y se lo llevó. El universo se estremeció y Ezekiel dejó de ser él.

*******

El sol acarició su rostro. La primavera había llegado con ímpetu y se sentía bien. Miró el cartel de la entrada: “Alba e hijo” decía, dándole la bienvenida. Entró y una hermosa mujer lo recibió:
—Mi nombre es Ezekiel, deseo pasar una noche aquí.
—Bienvenido, mi hijo tomará su equipaje. —Ella lo miró directamente a los ojos y algo se movió en su pecho —Disculpe, ¿lo conozco de algún lugar?
—Tal vez de alguna otra vida —dijo él sonriendo. Ella tenía una luz particular en su semblante y él la amó aún más.

¿Qué si terminaron juntos? Quién sabe…de ahora en adelante él solo tendría que vivir su vida como pudiese, como los humanos hacen.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2018