viernes, 18 de octubre de 2013

La fotografía



Una noche como cualquier otra en la vida de cualquiera, Genoveva recibió algo bastante perturbador. Al menos, así le pareció a ella que transcurría sus días sin demasiadas preocupaciones. Esa noche, estaba en la cocina de su casa pensando porqué se le hacía tan difícil dormir. Ese pensamiento la trastornaba, y bastante. Tal vez sería alguna preocupación, pero la realidad era que de repente había dejado de dormir. Dormitaba o hacía como, para no pensar si tendría algo malo. Genoveva había sido una persona relativamente sana así que el dejar repentinamente de dormir era algo preocupante.

En fin, esa noche se había encontrado con los ojos abiertos como cada noche de los últimos meses, cuando sintió que alguien estaba merodeando en la puerta. Primero se asustó aunque, su corazón no se aceleró, sino que su pecho estaba calmo, en silencio. Tal vez serían las píldoras que tomaba para mantener su arritmia a raya, aunque no recordaba con exactitud la última vez que había tomado alguna píldora. A pesar de ello y del susto, se asomó para ver primero a través de la ventana. Pero sólo vio, además de la luna llena y el cielo despejado, el parque delantero. Al hacerlo notó que, extrañamente, su jardín estaba descuidado. El pasto largo y las flores marchitas. “¡Qué extraño!”, pensó. Le parecía que lo había arreglado solo unos cuantos días atrás. Pero mirando la realidad, lo mismo le ocurría a su cocina que estaba llena de telarañas colgando y polvo en el suelo y los muebles. Sin embargo, ella limpiaba cuidadosamente todo, día a día. ¿Podría ser que las semanas y los días se pasaran muy rápido y ella se olvidase de los quehaceres de su hogar? En este caso, y dado su distracción e insomnio eso parecía ser. Tal vez ese cansancio que había sentido antes y que últimamente había disminuido, hasta hacerse nulo, le provocaba no prestar atención a otras cosas.

Miró de nuevo su jardín maltrecho y nadie había allí. “Tal vez, se escondieron”, pensó preocupada por su seguridad personal. Estar sola le preocupaba, aunque no le disgustaba. Y le preocupaba porque si alguien entraba a su casa, ¿quién la protegería?

Entonces, se dirigió lentamente y en silencio hasta la puerta. No quería alertar a su posible visitante por lo que intentó acercarse sin hacer ruido. Se asomó al pasillo. Estaba oscuro y también con telarañas por doquier. Al final se veía la puerta que tantas veces había abierto y por el que tanta gente habías pasado. Ahora, extrañamente, ya nadie pasaba por allí. Ni siquiera sus amigas. No tenía muchas pero alguna que otra vivía cerca. ¿Por qué habrían dejado de visitarla? Pero en ese momento le ocurrió algo que no podía explicar y que la sacó por completo de sus pensamientos. En un abrir y cerrar de ojos y sin siquiera hacer un esfuerzo, estaba frente a la mirilla del picaporte. “¿Cómo puede ser?”, se dijo. Pero así fue. En lo que dura un pestañeo, milisegundos hasta incluso menos, ella había avanzado como mínimo diez metros. Y no sólo sin darse cuenta, sino que sin llevarse nada por delante.

Eso era extraño. Nunca antes en toda su existencia había padecido algo así. Pero Genoveva creía que se debía a la falta de sueño.  ¿Qué otra cosa podría ser? Tal vez era como esos zombis de las películas y no se daba cuenta de ciertas cosas. No pudo que reírse de semejante ocurrencia. Eso la tranquilizó un momento. Al asomarse observó que alguien dejaba algo en el suelo, cerca del tapete que decía bienvenidos, y salía corriendo rápidamente. Pensó que se trataba de alguna de esas bromas que hacían los chicos a mujeres que vivían solas. Eso era sobre todo con las mujeres viudas. Y esa cuestión era motivo de burlas “¡Ahí vive la bruja!”, decían. Ella no les hacía caso porque a fin de cuentas, algún día serían grandes y se darían cuenta del yugo del matrimonio. Genoveva hizo una mueca, una media sonrisa. Algo se le venía a su cabeza y le causaba gracia. Ella sabía que tarde o temprano esos pequeños serían unos adultos infelices y mecanizados y el sólo imaginarlo era para ella suficiente venganza. Los veía renegando por la responsabilidad de mantener una familia, por la falta o el exceso de dinero. Los veía y no podía menos que disfrutar el supuesto anhelo que esos seres tendrían una vez metidos en ese contrato: ellos mismos desearían la tan codiciada soltería y la soledad que ella tenía ahora. A veces deseaba muchos años para poder ver eso.

Abrió la puerta luego de observar que ya nadie había afuera y se encontró con un sobre. Lo tomó y notó que no tenía remitente. Ningún dato acerca de su dueño. ¿Quién dejaría un sobre en su puerta? Pero lo peor no era eso. Genoveva abrió el sobre y dentro de él se encontró con algo terrible: una foto donde podía verse a sí misma muerta, descansando en un ataúd.

Un grito se le quiso salir de la garganta. Pero lo único que sucedió es que la bombilla de luz de la entrada explotó asustando a la propia Genoveva. Entonces, se metió rápidamente adentro. Ya en el interior de la casa, volvió a mirar la foto mientras temblaba como una hoja ¿Cómo habían hecho eso? La observó detenidamente y un estremecimiento la recorrió. Era ella misma, con su cabello oscuro y enrulado. Con su pequeña cicatriz en la mejilla derecha y ese lunar que tanto amaba, justo sobre su labio superior. Pero blanca y tétrica como la muerte misma. Avanzó por el hall de entrada para ir a la cocina y recordó que había dejado la puerta de la calle abierta. Sin embargo en cuanto la miró, un estruendo hizo temblar la casa. La puerta se cerró sola.

Genoveva se sintió desvanecer. Le preocupaba que la estuvieran timando. Era asombroso el parecido con la persona de la foto y sobre todo era perturbador imaginarse así, muerta. La miró más de cerca. Ahora no necesitaba los lentes que antes usaba. Al parecer el insomnio le había quitado la necesidad de gafas que utilizaba para leer, a pesar de no contar aún con medio siglo de vida. Pero a pesar de no necesitar lentes, si necesitaba luz. Miró el interruptor y sin siquiera tocarlo se encendió automáticamente. ¿Qué pasaba con todo? No era solo la foto. Su casa se estaba comportando de forma extraña. La vida estaba como en una nube. Y ¿si esa foto era verdadera? Genoveva quiso llorar pero solo un aullido lejano se escuchó. Entonces, todo comenzó a girar como en un torbellino. Vio pasar recuerdos de su vida que creyó olvidados. A su madre, a su padre. Se vio a si misma de joven. Era hermosa y delgada. Y sobre todo, no tenía arrugas en su rostro.

“¿Qué es ese olor?”, pensó. Pero los recuerdos la invadían una y otra vez atravesándola como espadas afiladas e implacables. Se vio frente a un espejo vestida de blanco. Era el día de su boda. Estaba hermosa y aterrorizada. Recordó a su marido. ¡Qué bello que era él! Se habían casado por contrato familiar. Pero siempre admiró su belleza. Era un hombre alto, de cabellos oscuros y ojos claros como el agua. Recuerdó su primera vez, recordó todas sus veces y sintió un calor en todo su cuerpo.

“¡Algo se está descomponiendo!”, se dijo pero el recuerdo de sus encuentros con el hombre que se había convertido en el dueño de su vida, la sacó de ese pensamiento. Recordó que nunca pudo tener hijos y eso le trajo pena a su corazón. “No quiero recordar eso”, dijo bajito. Como si con eso pudiera detener algo de todo lo que estaba sucediendo. Recordó la pena y la oscuridad en la que se había sumido cuando los años pasaron porque su cuerpo marchitado ya no le iba a dar frutos en su vientre.

Miró nuevamente la fotografía. El causal de tanto recuerdo de antaño. El motivo de que su mente hurgase en los despojos de su pasado. ¿Qué era eso? Toda esta parafernalia de eventos vividos recientemente y con poco sentido, la trastornaba. Entonces un rayo cayó en se mente e iluminó la oscuridad en la que estaba viviendo. Sintió como si un vendaval hubiese barrido con la nube que la rodeaba y en ese momento vio todo con claridad.

Un recuerdo cayó de la nada y se instaló en cerebro: el cumpleaños de su esposo. Ese día Genoveva había vuelto del trabajo más temprano que lo usual porque quería sorprenderlo. Ni bien entró a la casa, escuchó ruidos de lucha. Inmediatamente pensó que alguien había entrado y temió por la vida de su esposo. Corrió desde la puerta hasta el living desde donde provenían los gemidos y para su horror vio algo que jamás hubiese deseado ver. Su marido se retorcía, desnudo sobre el cuerpo joven y bien formado de una mujer. Genoveva se quedó petrificada allí, en silencio observando mientras su corazón latía desbocado de ira. Estuvo en ese lugar, amparada por la penumbra, minuto tras minuto presenciando ese acto de desprecio hacia su persona. Vio como ambos explotaban de pasión, friccionando sus cuerpos, piel con piel. Entonces, sin hacer ruido, sigilosamente, buscó la escopeta de su amado esposo y disparó sin piedad.

¡Bum! Primero cayó él. ¡Bum! Alcanzó con un balazo a la mujer que corría desnuda gritando, como si eso le fuese a ayudar. Ambos murieron en el acto y ella los enterró en el fondo de su casa. Eso le llevó tiempo pero no desesperó. Hizo todo el esfuerzo del mundo: cavó dos profundas tumbas utilizando la pala de su amado cónyuge, depositó los cuerpos cuidadosamente envueltos en plástico y luego rellenó con tierra los huecos que quedaban. Ya en el comedor de la casa y respirando libertad, limpió cada uno de los rincones ensangrentados de su casa. En cierto momento se le revolvió el estómago al ver trozos de la mujer incrustados en la pared, pero aun así continuó. Sin embargo, antes de terminar, un dolor en el pecho se hizo presente y luego de ello, oscuridad.

Entonces, Genoveva miró nuevamente la foto y ya no lo hizo con horror. A diferencia de ello, se rió. “Soy libre”, pensó sintiendo que su poder aumentaba y la transformaba en algo terrible y peligroso. Y una carcajada violenta que sonó casi como un trueno desgarrando el cielo, en el pueblo se escuchó.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

jueves, 3 de octubre de 2013

En la tercera noche



Sol y Luna eran dos bellas hermanas. Ambas habían nacido dieciséis años atrás, un martes trece de tormenta. Había sido una noche larga y aterradora para su madre, y en el preciso momento en que ambas lloraron por primera vez, se produjo un apagón en toda la ciudad. La mamá de las niñas lo tomó como un presagio del poder de ellas. Aunque no sabría cuánta razón tenía hasta mucho tiempo después.

Se llevaban apenas dos minutos de diferencia y aunque parecían casi dos gotas de agua, no eran gemelas idénticas. Sol, la más joven, era una niña dulce y extrovertida. Su belleza, no solo exterior, le daba una facilidad de relación con otras personas que Luna envidiaba en secreto. Ella, al contrario de Sol, era introvertida y recelaba a su hermana constantemente. A pesar de estos detalles, ambas eran muy unidas y confidentes.


La niñez de las pequeñas pasó sin mayores sobresaltos. Su madre las amaba infinitamente, pero al tenerse una a la otra, ellas se habían vuelto bastante independientes de su progenitora y la hacían sentir muy sola. Sin embargo, cuando entraron en la adolescencia las cosas cambiaron y bastante. Sol comenzó a tener convulsionadas noches seguidas de días que la consumían. Su candor y cordialidad habituales fueron reemplazadas por una mirada desorbitada y cargada de temor. Sus bellos ojos dorados, estaban rodeados por enormes y oscuras ojeras, que denotaban horas de introspección y la llevaban al adelgazamiento. Sus noches estaban veladas por el insomnio para evitar quedarse dormida.


Muy por el contrario, Luna había logrado tener amigos y hasta se había enamorado de un joven que vivía en la casa junto a la de ella y su hermana. Era un amor a distancia, por supuesto unilateral y secreto. Luna pasaba horas admirando a escondidas a su vecino a través de un orificio en la pared medianera. Lo admiraba durante períodos silenciosos. El muchacho era unos diez o tal vez once años mayor que ella. Alto, hercúleo, bello y mujeriego. Más de una vez Luna había aprendido acerca del sexo observándolo ardientemente a través de ese orificio. Lo miraba sudoroso y perfecto en su total humanidad. Lo veía hincarse sobre otras mujeres con pasión y masculinidad. Y lo ansiaba secretamente. Ansiaba su piel morena y tensa. Se imagina ser una de esas mujeres anónimas que lo recibía entre sus muslos y transpiraba y jadeaba junto a él. Al unísono.


Pero a ella no le importaba no ser una de esas por el momento. Sobre todo desde que notó que sus senos tomaban forma de mujer, así como sus caderas y el resto de su ser. Ella supo que él caería a sus pies en unos cuantos años. Lo sabía cómo siempre había sabido cosas. Cómo supo que su padre no volvería jamás la mañana que le dio un tierno beso y ese día quedó atrapado entre los hierros retorcidos de su auto. Como supo que su madre tenía un amante que visitaba los fines de semana cuando ella y su hermana se quedaban con la abuela. Y que por supuesto el orden de las historias había sido al revés. Como supo también que su hermana…


Luna observaba el deterioro de Sol. Sobre todo intrigada por el hecho de que ella no le decía nada. Entonces, una noche antes de irse a dormir, decidió confrontarla. No podía seguir de esa manera. Se estaba perdiendo lo mejor de la vida, y además también preocupaba a toda la familia. Su madre angustiada ya había visitado a cuanto médico se le cruzase por el camino y ya había escuchado miles de veces lo mismo “Su hija no tiene nada, debería verla un psiquiatra”. Pero tanto Sol como su madre se negaban a la idea. Mientras tanto, Sol se había transformado en casi un cadáver caminante. Su cabello antes dorado y ondulado, parecía ahora un triste entramado de paja, despeinado y opaco. Su cuerpo mostraba ya los resultados de su escasa alimentación, asomando puntas y bordes óseos por doquier. Estaba desapareciendo en vida…

-¿Que sucede hermana?- le preguntó una noche, Luna

-No puedo decirte…es terrible -contestó Sol rompiendo en un llanto angustioso. 

Luna se sentó a su lado y la abrazó. Le acarició lentamente el cabello, tratándola de calmarla. En ese momento Sol cayó desfallecida en el regazo de Luna. Entró en un sueño profundo. Allí veía que una casa se consumía entre llamas enormes. Escuchaba gritos y llantos. Podía ver a la gente corriendo. Sirenas de bomberos y ambulancias, y un hombre que salía corriendo de entre las llamas, prendido fuego, gritando desesperadamente. Aullidos de dolor que despertaron bruscamente a Sol.

-¡No me obligues a dormir! – Le rogó a su hermana que aún seguía a su lado – Cosas terribles…

-¿Pasarán? – completó Luna.


Sol miró a su hermana. La vio tranquila y supo que ella también tenía ese terrible poder. Pero… ¿Por qué no estaba aterrada? ¿Que veía ella que no la preocupaba?

-Descansá hermana –le dijo Luna y Sol agotada, obedeció.

Luna tenía un poder sobre su hermana que era enorme. Mucho mayor del que Sol podía siquiera imaginar. A la mañana siguiente cuando ambas se dirigieron a desayunar, vieron a su madre abatida por el dolor. Sentada, lloraba con un pañuelo en la mano. Al ver a sus hijas allí paradas en la puerta, la mujer intentó componerse inmediatamente.

-¿Qué sucede mamá? –preguntó Luna.


Sol miraba aterrorizada todo el cuadro cómo si fuera surreal. Sabía que su sueño se había transformado en realidad. Lo sabía porque había sido la tercera noche consecutiva que lo soñaba. Y así sucedía cada vez. Tres veces soñaba lo trágico y en la mañana de la tercera noche fatídica y dolorosa, la realidad le contaba que el evento había sucedido irremediablemente. Ella sabía que el amante de su madre había muerto envuelto en llamas. No necesitaba escucharlo. Sin embargo, Luna miró a su madre y repitió:

-¿Pasó algo, madre? –


Sol observó a su hermana y le pareció ver un destello en sus ojos. Una luz que provenía de un lugar oscuro y una leve, minúscula mueca de placer. “¿Acaso, Luna…?”, pensó Sol.

La madre de ambas jóvenes se levantó de la silla mientras decía:

-Nada niñas, no se preocupen. Desayunen que hoy tenemos que ir a un velorio.

Ese día fue una tortura para Sol. El peso de la culpa era tremendo y su corazón quería dejar de latir y desaparecer. No quería cargar con más muertes. Sin embargo, a Luna parecía caerle todo de una extraña forma. Estaba despampanante. Bella. Se había teñido el cabello de un negro intenso, haciendo que sus ojos dorados como los de Sol, resaltasen aún más. ¿Cómo era posible que ella estuviese tan bien mientras Sol se sentía morir?


Por la noche, ya en la casa Sol observaba a su hermana dormir. Le temía ahora. La tranquilidad de su hermana le presagiaba algo horroroso. Algo que ella no podía descifrar. Repentinamente cerró los ojos sin querer. Vio sangre derramada en una casa que no era la suya. Un río rojo se levantaba ante ella. Gritos. Una tremenda angustia.

Despertó bruscamente y ya el sol estaba en lo alto. Ella sabía que en dos noches más, una nueva muerte estaría rondándola y hasta ese entonces no sabría quién sería. Eso la atormentaba aún más porque no podía hacer nada para evitarlo. Se prometió no dormir. Si durante esos dos días no dormía, podría evitar el desenlace fatal. Ya lo había hecho antes. Pero dependía de su estado y ya no le quedaba mucho resto.


Fue a desayunar y allí estaba Luna. Hermosa, fresca y de un humor excelente. La miró y nuevamente notó ese brillo extraño en los ojos.

-¿Descansaste hermana? –le preguntó con un sarcasmo inusitado.

-Apenas…- le contestó Sol

El día pasó rápidamente y la noche ya estaba sobre ellas otra vez. Sol tenía preparada una jarra de café enorme que iría bebiendo lentamente durante la noche y Luna, que la observaba con cierto júbilo, ya estaba recostada en la cama.

-¿No vas a dormir hermanita?

-Sabés que no… ¿qué sucede Luna? Estas diferente…

-Nada…estoy feliz y enamorada. Como deberías estarlo vos si no perdieras el tiempo con estas pavadas.

-No son pavadas… ¡sabés que me tortura el no poder hacer nada con lo que veo!

-¿Te pensás que sos la única que ve cosas?


Sol escuchó impávida la confirmación de aquello que su corazón ya sabía. Pero no entendía. Su hermana no era una mala persona… ¿o sí? Nunca había cuestionado eso. La miró tratando de no develar ante ella sus pensamientos.

-Pero… ¿cómo haces para que no te afecte?

-¿Quién dice que no? El tema es cómo….bueno estoy cansada. Voy a dormir.


Sol tomó un sorbo de su café mientras trataba de entender la conversación que recién había tenido con su hermana. Tal vez ella veía cosas. Y quizás le gustaba lo que veía, aunque era muy morboso inclusive para su hermana. No, algo más sucedía. ¿Tendría el poder de evitar los desenlaces? Sol sabía que no, sabía que sólo ella podía evitarlos si se esforzaba mucho. Pero entonces sintió que sus ojos pesaban más de la cuenta. El entorno de su habitación se hizo borroso y mientras caía en un sueño profundo vio a su hermana haciendo una horrorosa sonrisa y despidiéndose con la mano como lo hacen los niños pequeños. Ella la había drogado.


Una joven bella, aunque desconocida era apuñalada en su abdomen. Un mar de sangre. Gritos. Sol no podía identificar al atacante. Y se sentía como atrapada entre sogas que no le permitían ayudar a la mujer. Su corazón palpitaba a toda velocidad. Desbocado.


Despertó llena de sudor. Quiso llorar aunque sus ojos estaban secos. Deseó morir, desvanecerse en el éter. Entonces recordó que su hermana la había drogado y se levantó furiosa a confrontarla. Sin embargo, no la encontró en la casa. Ese día no apareció en todo el día.


Ya entrada la noche Sol se dispuso a pasarla en vela a pesar de que el sueño la invadió. Estaba preocupada por la mujer de su pesadilla. ¿Quién sería? ¿Quién la lastimaría? Y su hermana… ¿Dónde estaba? Luchó en vano por no quedar dormida, pero la droga que había utilizado Luna la noche anterior la había relajado tanto que no podía luchar. Y volvió la joven ensangrentada y la vio. Era vagamente familiar. Podía jurar que la conocía aunque no podría precisar de dónde. La joven caía en el suelo con un puñal clavado y delante de ella una cabellera negra volaba al viento. Unos ojos brillantes la miraron y le hicieron una mueca de triunfo.

Despertó y allí estaba Luna mirándola fijo. Sus manos tenían el color de la sangre. Sol la miró con terror en la cara.

-¿Por qué?- le preguntó.

-Porque yo decido con quien soñás. ¡Yo decido quien va a morir, hermanita!

-Pero… ¡yo no te hice nada malo!

-¡Lo harás en unos años, cuando te quedes con él!

-No podés matarme sólo por la posibilidad…

-… ¿la posibilidad de quedarte con mi hombre? Si, puedo. Como pude con su actual novia…esa perra arrastrada.


Luna sacó un cuchillo. Ella había visto que él sólo sería suyo si su hermana no estaba en ese mundo. Él estaba destinado a Sol y Luna no podía soportar esa revelación. Y lo había visto. Ellos serían felices eternamente mientras ella quedaría relegada a la nada. A la locura. No podía permitirlo. Lo había esperado demasiado tiempo como para que ella se lo arrebatase. Y a la par de su desesperación descubrió que el poder de influenciar a su hermana se extendía al mundo de los sueños. Y así comenzó a manipularla, a decirle nombres mientras dormía. Así se había encargado del amante de su madre y de la perra que estaba con su futuro esposo. Ahora era el turno de eliminar a Sol…

Una hoja de acero afilada destelló con la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Sol se abalanzó sobre ella para arrebatarle el arma. Un grito. Sangre por doquier.


Entonces Sol despertó de su tercera noche de pesadilla. Un destello se produjo en sus ojos y una mueca se dejó ver en sus labios. Ella había descubierto la forma, había entendido el poder gracias a la traición y el desamor de su hermana. Ese día dejó de temer. Miró la cama de al lado y vio la cabellera negro azabache. Entonces, tomó un cuchillo y fue a cumplir con su destino.      




Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

viernes, 20 de septiembre de 2013

Te daría lo que sea…



Ella se iba insensiblemente a la muerte y yo no sabía qué hacer. El amor de mi vida se extinguía como se extingue una llama que no ha sido alimentada suficientemente. Como se evapora el agua que es abandonada al sol intenso del verano. Ella me dejaba lenta pero inexorablemente y a mí se me partía el alma en miles de pequeños pedazos. ¿Qué haría después con eso? ¿Cómo me juntaría todo cuando ella ya no estuviese? La miraba bella en su inmaculado estado. Ni siquiera la enfermedad podía sacarle esa pureza en la piel, esa belleza interior que a pesar del estado asomaba con vehemencia demostrando que aún estaba en este mundo, luchando. ¿Cómo hacer para que el Universo se detuviese y se congelase en ese instante? ¿Para que fuese eterno? Para que no se marchase todavía. Todavía tenía mucho que darle…mucho amor. 

Ella conocía mi angustia e intentaba consolarme. ¡A mí! Si, a mí. Ella moría y me consolaba. Me pedía que fuera feliz luego de su partida. ¿Cómo iba a serlo? ¿Si el único ser que había amado en toda mi vida me dejaba solo? No. Jamás volvería a ver el sol en mi vida. Estaba determinado a dejar este mundo con ella. Si era necesario, así sería.


Ya llevábamos tres noches en ese maldito hospital que no hacía nada por ella. “Vaya a tomar algo”, me había dicho la enfermera. “Nada va a cambiar si se toma unos minutos para usted”, me insistió con ternura en la mirada. Y cómo yo no modificara mi posición agregó: “Si algo sucede yo lo llamo inmediatamente”. Tal vez fue su determinación o quizás mi agotamiento tras escuchar el pip de las máquinas hora tras hora en estos días, pero algo me convenció. El destino quizás. No creía en el destino. Creía que el futuro lo hacíamos cada uno de nosotros…sin embargo…


Me levanté y fui al bufet. Eran cerca de las tres de la madrugada y no había visto el cielo en casi una semana. Todo había sido tan lento y rápido a la vez que mi cerebro no podía procesar lo vivido. Ella llevaba años peleando contra esa enfermedad que ahora parecía ganarle. Porque esa mañana, al parecer, su espíritu se había cansado y estaba decidido a dejarla. Yo me aferré a ella para que no se fuera y la detenía cuanto podía, si es que eso era posible. Sin embargo, todo mi esfuerzo no había impedido que ella entrase en un sueño profundo.


Me pedí un café bien cargado. Mientras lo preparaba, la chica del bufet me miraba como intentando adivinar el motivo de mi estancia prolongada allí. Pero nada me decía. Era un joven bella y me pregunté si no se cansaría de ver tanta tristeza a su alrededor. O tal vez el que estaba cansado de tanta tristeza era yo. Me entregó el café y sólo le hice una media sonrisa agradeciéndole y me fui a sentar a una mesita.


Las luces del bufet estaban todas encendidas, como si necesitase de eso para mantener intacto mi insomnio. No lo necesitaba, estaba más que despierto. Estaba en trance. Necesitaba darle horas, días de vida a mi esposa. A mi compañera de vida. Necesitaba imperiosamente darle más tiempo. Me senté en la mesa, solo con el café humeante delante y debí de quedarme dormido pensando y desando más para ella cuando repentinamente sobrevino un silencio extraño y el bufet quedó solitario. Las luces se encontraban apagadas casi en su totalidad, excepto por una bombilla de luz que alumbraba mi mesa. “¿Hola?”, dije tímidamente. Pero nada se escuchó. A lo lejos sentí el vaivén de una puerta, pero sólo eso. La muchacha que minutos antes me había vendido el café estaba parada allí detrás del mostrador, como petrificada. Me levanté y fui hacia ella. “Disculpame”, le dije. Pero parecía un maniquí. Ni siquiera parpadeaba. Su tórax estaba inmóvil, su cabello a un lado de su cuello también quieto, como si hubiera sido congelado en pleno vuelo. Su rostro inmóvil y perfecto. Penumbra a su alrededor. Sus ojos estaban a medio cerrar, como si se hubieran quedado en pausa.


Sentí una presencia, algo detrás de mí, como una brisa en mi nuca. “¡Al fin! Tal vez alguien pueda explicarme que sucede”, pensé. Pero al voltear, nada. Todo paralizado. Ni siquiera se escuchaba el ruido de los aires acondicionados que tan solo minutos atrás zumbaban a toda potencia. Ese zumbido me recordaba que afuera era verano y que diez años atrás, un verano como ese, la había conocido. Desde ese día jamás nos habíamos separamos. Y ahora me estaba dejando para siempre. Nuevamente el ruido de una puerta que se movía a lo lejos me sacudió. Di vuelta sobre mis talones para observar de donde venía el sonido y nada. Todo desértico. Pero en el preciso instante en el que me convencía de que me estaba volviendo loco, una luz intensa y demasiado bella para ser real, apareció bañando mi corazón.


“¿Qué darías a cambio?”, dijo una voz que provenía directamente de la luz. Miré hacía ese haz luminoso y aunque había emitido una dulce tonalidad, no podía divisar qué o quién era.


“¿Qué daría a cambio?”, pregunté incrédulo intentando adivinar de qué se trataba todo eso.


“Pensalo…”, me contestó con la misma tonalidad musical y bella. Y repentinamente todo volvió a su ritmo. El café estaba aún humeante frente a mí. La luz volvió, los aires acondicionados se encendieron como por arte de magia y la chica del bufet continuó con lo que sea que estuviera haciendo previo a toda esa parafernalia. Y la luz ya no estaba allí.


El interrogante me devanaba los sesos. ¿Qué daría a cambio? Apuré el café y fui nuevamente junto a mi esposa. La miré y nada había cambiado. Esos diez años no le habían hecho mella. Ni una arruga en su rostro. Sus manos y sus dedos ejercitados por el piano, seguían siendo bellos y delicados. Tal vez más huesudos ahora que había adelgazado. Pero sólo yo lo notaba. Era el que sabía de su padecer. Y allí descansaba. Hacía varias horas que había entrado en coma. Me acerqué a su rostro y le susurré “Estoy aquí me cielo”. No sabía si me escuchaba. Pero lo intentaba. Le hablaba, le contaba de nosotros. De nuestros años buenos y felices.


La enfermera que seguía a su lado, me miró y dijo “¿Tan rápido volvió?”, y yo la miré sin sentido. Estaba cansado y así y todo sabía que había pasado un tiempo prolongado desde mi partida. Pero claro, considerando el tiempo de ese sueño extraño. Me acomodé nuevamente en el sillón que ya era parte de mí, le tomé la mano y la seguí observando. Seguí esperando el milagro. “¿Que darías a cambio?”, escuché y me sobresalté. La voz dulce y clara nuevamente me hablaba y yo no estaba dormido. Miré a la enfermera que seguía allí, esperando que hubiese escuchado lo mismo que yo. Ella observó mi sobresalto y me preguntó si estaba bien. “Si”, le dije poco convencido. “¿Usted me habló recién?”, le pregunté. A lo que ella por supuesto contestó que no. ¿Me estaría volviendo loco? Era posible. Pero en ese preciso momento la enfermera me miró nuevamente, con los ojos en blanco e iluminada con una luz blanca, resaltando la oscuridad de su piel. Yo me asusté como loco pero no tuve tiempo de reaccionar ya que ella habló:

“¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?”.


Yo quedé petrificado. No creía en Dios como la mayoría de las personas en esa época. La humanidad en ese entonces, no tenía fe. Y yo no era la excepción. En el mundo quedaban pocos creyentes y a pesar de todo, mi esposa era una de ellos. Era la que tenía fe y se la llevaba consigo. Miré a la enfermera poseída y le dije:

“¿A cambio de qué?”


“De su vida, por supuesto”, me contestó señalándola y mi corazón dio un vuelco. Podría hacer algo para salvarla. Tenía esperanzas después de todo. Una alegría inusitada me invadió el corazón y el cuerpo. ¡Ella viviría! Estaríamos juntos hasta envejecer. Una lágrima asomó en mis ojos. Pero rápidamente me frene en seco. No podía ser real. Seguramente alguien me quería jugar una broma de muy mal gusto. O quizás ya no podía manejar la verdad, la pérdida de mi amada esposa y estaba volviéndome loco. Debería manejarme con cautela hasta saber de qué se trataba todo. Medité un instante pero mi esperanza surgió y contestó por mí.


“Te daría lo que sea”, le dije.


“Hecho”, respondió y la mujer tomó la forma habitual. Ella me miró y continuó con lo que estaba haciendo previo al trance sin siquiera emitir un sonido. Le pregunté si sentía bien y ella extrañada por la pregunta, dijo que estaba perfectamente. Yo quería saber de qué se había tratado todo eso. Si habría sido un truco. Sin embargo no me dio tiempo. Mi mujer abrió los ojos y me sonrió. Entonces supe que todo había sido verdad. En pocos días la recuperación fue espectacular y en una semana fue dada de alta con el asombro e incredulidad de los médicos. Nadie podía creer lo que sucedía con ella. Yo era extremadamente feliz. La tenía conmigo y absolutamente sana.


Sin embargo, una idea comenzó a rondar mi cabeza: “Lo que sea”, había dicho. Yo le había dado a cambio de esta felicidad lo que sea a alguien o algo completamente desconocido para mí. Y eso era algo muy amplio, muy vago y muy peligroso. Aun no sabía quién había concedido mi deseo. Un deseo que había partido desde el sufrimiento y desde lo más profundo de mi desesperación. Consternación, que ahora me perseguía nuevamente por la probabilidad de que me sacaran algo o me obligaran a hacer algo terrible.

Cada día que pasaba mi paranoia se incrementaba. Cada luz repentina o sonido brusco que surgía de la nada, me perseguía. Me sentía acechado día y noche. Ya no descansaba. Solo esperaba que me reclamasen el precio de la vida de mi mujer. Ella me preguntaba que sucedía conmigo, pero no podía contestarle. No podía preocuparla con algo tan banal. Ella estaba sana, ella era feliz. Sin embargo mi pesar, mi secreto nos separaba cada vez más. Ella jamás creería la historia del bufet y de la enfermera. Jamás, porque estaba convencida de que la medicina del hospital la había salvado y yo creía que así sería mejor. No debía involucrarla en ninguna cuestión que la pusiera en riesgo.


Pero mi ansiedad era cada vez mayor. Comencé a reaccionar mal y violentamente cada vez que me hablaba. Sentí que ella era la culpable de mi desgracia. Que ahora tenía todo la vida por delante y yo sólo una incógnita. Una cruz anónima que me pesaba cada día más.


Una mañana se acercó para besarme en la mejilla y ese beso me dolió en el alma. Tenía las valijas armadas y una lágrima en su mejilla. Me dejaba para siempre. Y no la culpaba. Sería más feliz sin mí, sin mi cruz, sin mi paranoia. Una vez que cerró la puerta, mi corazón se sumergió en un oscuro abismo sin retorno. Cerré todas las ventanas. Oscurecí la casa tanto como estaba mi corazón. Me acurruqué en un sillón y dejé pasar los días, las semanas, los meses.


Una tarde, cuando ya no sabía cuánto tiempo había estado quieto, sin comer y sin dormir, una luz como la del hospital apareció. Lo único que pude hacer fue llorar. De miedo, de bronca, de agotamiento. “¿Me viniste a cobrar la deuda?”, le pregunte temblando. Y la luz tomó forma de mujer. La forma de una bella mujer de vestido blanco y cabellos negros como la mismísima noche sin luna. Me miró con unos ojos oscuros que llegaron a mi corazón y me dijo “Si…vine por vos, aunque no esperaba que fuese tan pronto.”


“No entiendo…”, le dije agotado y sin fuerzas. Mis extremidades estaban tan adelgazadas que no podía siquiera levantar la mano para tocar mi rostro y secar mis escasas lágrimas. Miré a mí alrededor y noté que estaba rodeado por mi propia inmundicia. Parecía un animal carroñero viviendo en un chiquero. Me había abandonado, había dejado que ella ganara. Le había entregado la vida a mi verdugo sin cuestionamientos.


“Nunca dije cuando te iba a cobrar. Como sospechaste a cambio de la vida de tu amor, reclamaría tu propia existencia. Sin embargo vos elegiste cuando dármela”. Yo grité desesperado por mi vida, por mi esposa que había alejado debido a mi paranoia. Por todo el tiempo que había vivido estancado, sin planes, sin futuro, vacío. Entonces me arrepentí de ser tan necio, de haber pensado sólo en mí. Me arrepentí de no haberla disfrutado, ni a mi vida ni a la mujer que me había dado todo. Me arrepentí del egoísmo de haber dado algo que no estaba dispuesto a dar desde el corazón. Entonces me dejé llevar, me sentí liviano como una pluma. En ese momento, la luz se hizo tan intensa que me encegueció.


Una mano temblorosa aunque delicada me tocó y abrí los ojos que aún me dolían por la luz. Sin embargo, para mi asombro, me encontraba nuevamente en el hospital. Miré a mí alrededor y todo estaba allí: la enfermera, los aparatos, la cama y ella. Mi bella esposa estaba allí y abría los ojos y me sonreía y me tocaba. Había despertado del coma y se recuperaba...


La miré, la bese larga e intensamente sin poder creer lo que mis ojos veían. En ese momento entendí que nadie tiene certeza de cuando su vida llegará al final, que los días pueden ser uno o miles. Ese día comencé a vivir mi futuro con ella. 






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