...hace 365 días nacía Miscelaneas de la oscuridad el blog de cuentos!!! Gracias a tod@s los que se toman un instante para leer mis relatos, ponerles un me gusta o dejar un comentario...es muy valioso para mi que recien comienzo en esto y que he encontrado en las palabras, las frases, el misterio, el terror y lo fantástico, una pasión descontrolada por algo que jamás creí capaz de llegar a lograr.
Gracias otra vez por estar ahí!
Miscelaneas (Soledad)
Medica, Madre, Escritora. Autora de El cuerpo habitado (Malisia), Un perro en la puerta de la casa velatoria (Paisanita) y La máquina de diagnosticar (Malisia)
lunes, 31 de marzo de 2014
sábado, 29 de marzo de 2014
Relato innominado
Ella
salió lentamente del río. El agua chorreaba por todo su cuerpo y a pesar de
ello, no sentía el frio. Afuera, la escarcha había teñido cada rincón de la
campiña de un blanco inmaculado, dándole al paisaje una belleza tétrica y
sobrenatural. Y azul. Un contraste hermoso y jamás visto por sus ojos. Quizás
por eso ella salía lentamente desde las profundidades del río. Quizás sólo
quería admirar la belleza que la rodeaba, aunque en realidad, no estaba muy
segura del motivo de su lánguida caminata.
Llevaba
un hermoso y mojado vestido blanco que apenas se había manchado con lodo. En el
ruedo, algunas caracolas se habían enlazado a la delicada tela de encaje
italiano y colgaban como perlas marinas, como joyas acuáticas. Sus pies, que
estaban blancos y descalzos, se movían con una lenta cadencia, sin apuros, sin
objetivos. ¿Sabría a dónde ir? Al parecer, eso no era importante ahora. Las
manos, arrugadas por el agua, llevaban unas flores perfectas y rojas. Rojas. El
mismo color de la sangre que momentos antes derramó por la herida de su pecho.
Una sangre que ahora era oscura y espesa, como los pensamientos que la habían
asaltado instantes atrás, casi como por sorpresa.
Flashes
de luz. El sol tibio en su piel. Un rostro lleno de amor la observaba con ojos
grandes y sinceros. Estaba arrodillado. Un puente, el mismo puente. “Si…”, dijo
ella sin titubear. No, nunca necesitó pensarlo.
Su
rostro pálido mostraba unos bellos ojos azules. Su rímel, corrido por el agua aunque
también por las lágrimas, le demarcaba sus órbitas realzando su antigua belleza;
y aunque sus labios se encontraban de un lóbrego tono azulado, mostraban que
otrora habían sido de un hermoso rojo carmesí. Y no mucho antes de su descanso
perpetuo, habían dicho te amo a la única persona que ella se sintió capaz de
amar.
Continuó
caminando lenta pero firmemente, como si salir de allí fuese un designio
inevitable y determinado por algo superior. ¿Tendría rencor? Esa era una
pregunta que ahora no tenía respuesta. No sentía su corazón como para concebir
alguna emoción nueva. Nada, vacío. Miró hacia atrás. El primer recuerdo que se
cayó de su mente congelada fue una hermosa sensación. El aire en el rostro,
mariposas en su estómago. Risas y más risas. “¡Más alto Lina, mas alto!” dos
columpios, dos amigas unidas por el alma. Sintió una pena enorme, un vacío.
Toda una vida juntas. Cerró sus ojos inertes. Se condenó por la dureza de sus
memorias. Lo intentó una vez más y volvió el tiempo atrás, aunque no tanto. Hacia
su pasado más reciente y el que alguna vez había sido su futuro. Y allí estaba
él. El amor de su vida esperándola en el altar y ella, una hermosa y tensa
novia.
Luz,
mariposas, una brisa fresca de primavera. Su vestido era largo y blanco. Sus
manos, entrelazadas, llevaban un buqué de rosas rojas y sus ojos claros apenas
se veían a través de un velo de encaje bordado a mano. Sus zapatos, delicados
como los de una princesa, la hacían caminar por un mundo perfecto. Su mundo perfecto. Se casarían en un bello
puente, adornado con flores blancas y moños delicados. En el mismo puente sobre
el río, que era el lugar donde meses antes se habían conocido y el lugar donde
él, su amor, le había propuesto matrimonio. Su felicidad había comenzado allí y,
al parecer, también había sido el inicio de su fin…todo en ese mismo lugar.
Continuó
con su lenta y forzosa cadencia. Un peso enorme, casi como una ancla enrollada
en sus piernas, la hacía retroceder de a ratos provocándole esfuerzos
sobrehumanos para continuar. ¿Qué había sucedido, si todo marchaba bien? Fuerza,
pesar. Su lánguida caminata se hacía eterna y torturante. Se esforzó por
recordar. La gente, su gente, allí en el puente de su destino, observándola. Eran
pocos pero creyó que serían sus significativos, aquellos que la querían bien. Esas
personas esperaban su pase triunfal a través de la alfombra blanca llena de
pétalos de flores. Entonces el instante llegó. Las madrinas pasaron una a una,
caminando. Su amiga. La única persona en la que realmente confiaba, su vida
había estado más de una vez en manos de esa personita, y jamás se había
equivocado. Ella caminó también hacia el altar, aunque con cierta duda. Lina
era hermosa, tanto como la novia en ese momento. Ambas se miraron como cuando
eran pequeñas. Una mirada cómplice cargada de mucho, de historia, de anhelos y
esperanzas compartidas. Y allí lo vio. Un segundo furtivo. Imperceptible. Equivocado.
Algo en los ojos de Lina le hizo pensar: ¿debería continuar con su caminata?
¿Debería casarse? ¿Era acaso el hombre correcto? Ella creía que sí. No, estaba
convencida de que sí. Pero ¿y esa mirada? ¿Significaría algo? Todo había sido
muy rápido. Antes de Max, sólo eran ellas dos y luego… bueno, luego de él Lina
se había sentido intimidada. “Supe que así te sentías…pero yo nada podía
hacer”, recordó como en un flah.
Miró
hacia adelante. Solo había oscuridad y un abismo como un torbellino gigante. “¿Esto
es el cielo?”, se preguntó apenada. Tal vez su vida había sido la de una
pecadora. Tuvo miedo de lo que podría pasar de ahora en más. Miró su vestido.
“Lo elegimos juntas. Me mirabas y no lo podías creer”. ¿Quién es ese caballero
misterioso con el que te casarás, mi amiga?, había preguntado Lina. “Ya lo
conocerás en la boda”, le replicó y un eco volvió a sus oídos ahora muertos y
vacíos.
Sus
pies continuaron pisando el suelo escarchado. Crujiente con cada paso como
cuando era pequeña. Recordó a sus padres. ¿Llorarían ahora que no sería más?
Tal vez sí. Tal vez esto era justicia poética por desobedecer el mandato
familiar. Ella debía casarse con alguien designado por su padre. Con alguien de
su rango y con la capacidad de enriquecer aún más a su familia. Y ella lo había
plantado. “Tal vez, al verme vestida de novia, mi madre reconsidere…quizás
entienda que lo más importante es mi felicidad… ¿no?”, le había dicho a su
amiga. Sin embargo, Lina con apenas una mueca, le había demostrado la duda al
respecto. ¿Por qué todos dudaban? Porque nadie la apoyaba, como ella tantas
otras veces había hecho. Ahora, que se encontraba en otro lugar, en esa oscuridad
que comenzaría a devorarla sin piedad, se daba cuenta de cuan en vano había
sido su existencia. Había dado tanto y recibía tan poco.
Miró
el abismo oscuro frente de sí y pensó: “quizás deba saber cómo morí para ir a
un lugar mejor”. Pero, ¿y si jamás lograba recordar? ¿Y si había cometido la
palabra con S? Por desgracia si esa había sido su elección, estaría una
eternidad en el limbo y jamás podría ser feliz. Aunque sin Max, la realidad era
que no deseaba ninguna felicidad.
Agachó
su cabeza mojada. El cabello negro chorreaba agua empantanada; mientras, caía
casi con cierto capricho, sobre sus hombros. Pensó en él. No. Jamás se habría
quitado la vida. Su último recuerdo era el paso lento hacía el altar donde Max
se encontraba. Y él estaba allí. Lo recordaba. Junto a su mejor amiga que la
miraba con ojos extraños. Miró su herida. El vestido estaba desgarrado allí, en
el pecho, y tenía sangre oscura en los extremos de la tela. La habían
apuñalado, eso era seguro y lo entendió. Pero ¿Quién?
Continuó
caminando mientras observaba ese tremendo tajo. Y algo, un destello metálico la
llevó al altar nuevamente. Entonces, la
oscuridad emitió un rayo de luz que se posó en su frente blanca y mojada, y sus
pensamientos se aclararon.
“Queridos
amigos…”, comenzó el padre con su discurso. Ella estaba perdida en los ojos de
Max. Él, embelesado, le devolvió la mirada. Sí, era amor. El tiempo se enlenteció
y dejó de ser. “Quien no esté de acuerdo con esta unión que hable ahora…”,
escuchó como en una nube y un brillo metálico apareció detrás de ella. Entonces,
una voz angustiada gritó “¡No te la vas a llevar!”. Un grito que estaba cargado
de odio, de angustia acumulada y una mano armada con un cuchillo se dirigía a
él, a su amor. Un segundo, breve, intenso, interminable. Ella se dio vuelta y
vio con horror a su mejor amiga, con ojos inyectados de ira, con un mental
determinante en sus manos y un objetivo: eliminar el obstáculo que se interpondría
entre ambas. Pero esta vez el obstáculo fue ella y el cuchillo se incrustó en
su corazón. Cayó de inmediato al suelo. Max lloraba mares y Lina…Lina se cortó
la garganta.
“No
llores, yo te espero del otro lado…se feliz mientras tanto”, le dijo a Max
acariciando su rostro con el último latido de su corazón. A Lina, las sombras
la invadieron. Esas mismas que ahora se abrían ante ella. Pero, ¿por qué seguían
allí?
Entonces,
de ese abismo interminable y negro que giraba casi como un portal, brotaron
unos ojos conocidos. Unos bellos ojos, arrepentidos aunque condenados por toda
la eternidad. Su Lina, su eterna amiga, su única persona, giraba perpetuamente
en ese limbo. Ella se estremeció. Entendió que a pesar de estar así, en otro
lado, sin su corazón batiente, su alma estaba intacta y apesadumbrada.
Extrañaba a Max, lo extrañaba horrores, pero su alma sufría por Lina. Cerró sus
ojos y la recordó feliz. La pensó feliz como cuando eran niñas, divirtiéndose,
riendo a carcajadas. Y ese pensamiento fue el que eligió para recordarla y
brindarle su perdón.
Y
una luz maravillosa envolvió a la novia innominada y se la llevó.
Autor:
Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014
viernes, 21 de marzo de 2014
Esos malditos gladiolos rojos
Por décima vez en esa mañana, ella acomodó
las sábanas estirándolas con energía femenina, sin dejar siquiera una arruga
visible. Cada día era igual, tanto hoy como ayer y el día anterior, esa tarea
no la despegaba de su habitación a pesar de que para el ojo de cualquiera, se
encontraba prolijamente estirada. Aunque no para el suyo. Pasó de nuevo su mano
por toda la superficie en busca de imperfecciones que ameritasen estirar aún
más. Por fortuna, ya no era necesario. Entonces, hizo lo mismo con el acolchado
de invierno. Finalmente, colocó los tres almohadones de forma estratégica,
simulando haber sido arrojados al azar, miró su cama una última vez, estiró un
poquito más la única arruga perceptible por su ojo y se fue al baño. Caminó con
sus pies descalzos por el piso de mármol y el frío recorrió su cuerpo como un
rayo de electricidad de alto voltaje. Esa sensación, aunque desagradable y
violenta, la ayudaba a despertarse y no solo del sueño nocturno.
Aún descalza, se lavó sus dientes. Cincuenta
y seis cepilladas luego, se enjuagó la boca, se peinó y fue a la cocina. Tomó
sus píldoras matinales con un enorme vaso de agua cristalina extraída de su
dispenser, mientras que, como cada mañana, observaba atentamente por la
ventana. Allí mismo, su medianera (baja por cierto) daba a la de sus vecinos,
una pareja de ancianos.
Y allí estaban, desafiantes como cada
mañana en los últimos seis meses: “¡Que hermosos gladiolos rojos!”, pensó con
cierta envidia. “¿Cómo harán para que estén tan hermosos?”, y se prometió
preguntarle esa tarde al dueño del vivero de la esquina si había algún producto
nuevo para que sus flores estuviesen más radiantes.
Se preparó unos mates y luego de acompañarlos
con una tostada y mermelada, fue a su jardín. Aunque, antes como un tic o mal
hábito, miró la hora en su reloj de pared. Entonces, recordó que eso no era
necesario. Ya no más. No desde que su doctor le dio esa licencia posterior al incidente.
Y las píldoras, por supuesto. Bajó la mirada y salió de la cocina. En su jardín
arregló sus pensamientos y las plantas. Removió la tierra de las hortensias que
durante casi todo el año daban unas hermosas flores violáceas, las rosas
amarillas que con tanto empeño cuidaba. Y sus gladiolos rojos, ya marchitos por
la época invernal. En temporada eran hermosos, aunque no ahora, no como los de
su vecina. Y miró otra vez por encima de la medianera y allí los divisaba. Una
espiga de flores rojas desafiantes a toda naturaleza. A la mano del hombre. A
sus manos dedicadas a la jardinería casi como una obligación. “A él le
encantaban…si tan solo pudieras ver cómo siguen imperturbables, a pesar del
tiempo…”, pensó con cierta tristeza. Pero los siguió admirando. Llevaban meses
y meses imperturbables. Ese rojo era disparatado. Se veía tan vivaz que parecía
un reproche a sus plantas. Un insulto a su esfuerzo. Apartó la mirada y
continuó revolviendo la tierra con su asada primero y la palita después. Con
energía, casi con cierta bronca.
Una vez finalizada su tarea matinal y
luego de lavarse las manos seis veces, salió a hacer sus mandados. Era una
excusa ya que nada le faltaba. Pero de ida al almacén, el recorrido la obligaba
a pasar por el vivero de don Ismael. Si, a él le preguntaría.
—Mariana… ¿cómo estás hoy?
—Bien, bien. —respondió ella con
cierta ausencia.
—¿Vas a llevar algo querida?
—Bueno…ese helecho, tal vez…
—Ajá. ¿Algo más? ¿Tenés abono para
tus plantitas?
—Eh…sí. ¿Hay algún producto nuevo de
esos que hacen que las flores se vean exuberantes?
—¿Exuberantes? —Ismael se quedó
pensando. Conocía a Mariana desde pequeña. Sabía todo lo que había padecido, el
incidente como todos lo llamaban, y no quería contradecirla. Por lo que eligió
muy bien sus palabras mientras miraba las bolsas de tierra abonada. Nada que
ella no tuviese ya.
—Si…exuberantes, exultantes, rojo
vivo, imperturbables por mucho, mucho tiempo…
—Mirá…hay un producto nuevo
—Lo sabía, se lo vendiste a los
Golbert, ¿no?
—No, no.
—¿No?
Ambos se miraron en silencio, por un
instante. Distintas cosas pasaban por sus mentes. En uno, el deseo de terminar
con semejante conversación, incómoda, por cierto. Mientras que en la de ella,
la pregunta, entre píldoras durmientes y extrañas sensaciones, era: “¿qué bendita cosa le pusieron a la tierra
para que esos gladiolos estén así de rojos?”. El rostro de Mariana
expresaba una muda interrogación que Ismael no supo o no quiso interpretar.
—Ese producto que te cuento, aun no
llega al país. La semana entrante si querés darte una vuelta…
—Y ¿cómo se llama ese producto?
Ismael ya no sabía qué más inventar.
Pero una vez en ese meollo, debía seguir. Ya le prepararía unas gotitas de algo
con aroma extraño para que ella probase en sus plantas. No se daría cuenta y
quedaría contenta. Pero ¿cómo se llamaría semejante producto?
—Ahora no tengo muy presente el
nombre… —e Ismael notó la cara de desconfianza de Mariana —pero el proveedor
viene mañana y si querés ya te lo encargo y de paso te doy el nombre ¿te
parece?
Y Mariana se fue un poco más
convencida. Entró a su casa y allí estaban esos gladiolos rojos. Los odió en
ese instante. El día pasó y por la noche luego de una cena en solitario,
Mariana se dispuso a leer recostada en su cama. Tras cincuenta y seis
cepilladas a sus dientes, se enjuagó la boca y se recostó sin desarmar la otra mitad
de su cama vacía y fría.
Ya eran pasadas las once de la noche
cuando en su lectura somnolienta Mariana sintió un ruido proveniente de afuera.
Más concretamente del lado de su vecino, el de los gladiolos rojos. Su
respiración se aceleró apenas, pero la puso en alerta. Se enderezó en la cama y
trató de agudizar su oído. Nada. Sólo se escuchaba el chirrido de los grillos
allá afuera. Se convenció de que nada había pasado y cerró su libro. Apagó la
luz y se dispuso a dormir.
Unas cuantas horas después un ruido
sordo y brusco la despertó. Mariana se sentó en la cama aun dormida y agudizó
otra vez su oído. ¿Qué era eso? Y allí estaba, otra vez. Sentía como paladas en
la tierra. Como si alguien estuviese cavando. Se levantó con apuro. ¿Sería su
vecina? Miró el reloj y eran las cuatro de la mañana. “¿Qué hace a esta hora?”,
pensó y miró por la ventana a través de la medianera. Y lo único que vio fueron
los gladiolos rojos que parecían más rojos que esa mañana. Se paró de puntas de
pie para ver mejor. La luna estaba clara y redonda y afuera parecía como si
miles de faros estuviesen encendidos e iluminando todo. Si su preocupación no
hubiese sido el ruido de la pala cavando la tierra de sus vecinos, lo hubiese
disfrutado. Pero no, no lo hizo. Miró mejor y nada.
Se convenció de que alucinaba por las
pastillas y se fue a dormir.
A la mañana siguiente todo comenzó
otra vez. Los pies descalzos, su cama aseada y sin arrugas, sus dientes
blancos, sus píldoras y los gladiolos de su vecina. Y como si estos desafiaran
la naturaleza y a ella misma, estaban más rojos, más radiantes y más erguidos
que el día anterior. “¿Cómo es posible?”, pensó casi en voz alta y recordó los
ruidos que la habían despertado en la madrugada. Y ¿si estaba colocando ese
ingrediente secreto por la noche? Eso explicaría mucho y significaba una sola
cosa: debía espiarla por la noche y averiguar de qué manera esos gladiolos no
sólo no se marchitaban, sino que mejoraban día a día su aspecto. Fue a su
jardín y comenzó con las plantas como cada mañana. Sin embargo, algo la sacó de
su concentración y casi la desquició: el perrito de sus vecinos, un pequeño
perro salchicha casi microscópico, no paraba de ladrar y aullar. En ciertos
momentos parecía incluso llorar. Mariana dejó de hacer lo que hacía y se
dirigió despacio hasta la medianera y observó cómo el perrito le ladraba y le
lloraba al propio gladiolo. Intentaba escarbar pero sus pequeñas patitas no
lograban mucho.
“Señor Golbert!”, llamó Mariana. Ella
se llevaba mejor con el hombre que era más amable y educado. Su mujer, Ester,
era desagradable y gritona y mandona. Día a día la escuchaba gritar a sus
perros e incluso a su marido, el pobre señor Golbert. Pero nadie contestó y el
perrito continuaba llorando y aullando y ladrando. Fue adentro de su casa tomó
el teléfono y llamó a su vecino. Ella tenía todos los nombres de los vecinos
desde el incidente. Era una forma de mantenerse alertados por esas cosas de la
seguridad vecinal. “Si lo hubieran hecho antes, no hubiera sucedido lo de Juan…ni
lo de Manuel”, pensó mientras se le instalaba un nudo en la garganta pensando
en la desaparición de su esposo Juan y su hermano. Del otro lado de la línea,
el teléfono del señor y la señora Golbert, sonaba sin parar y ella podía
escucharlo desde su cocina. Evidentemente nadie había allí y el perro
continuaba ladrando. Entonces, un entrecruzamiento de pensamientos y malas
decisiones se instalaron en su cabeza: no esperaría a la noche para averiguar
que usaba la señora Golbert para su gladiolo. Mataría dos pájaros de un tiro,
calmaría al perro y descubriría su secreto.
Fue a su pequeño galpón, donde
guardaba las herramientas de jardín y tomó una escalera. Trepó por ella y
traspasó con cuidado la medianera. Sin embargo, del lado de sus vecinos el
terreno era más bajo de lo que esperaba, por lo que cayó violentamente sobre
una de sus piernas. Allí, un tremendo dolor trepó por su pierna izquierda
aunque Mariana ahogó un grito proveniente de las entrañas. Miró su miembro
lesionado y notó que estaba colgando para uno de los lados mientras que su pie
parecía el de un zombi. Lloró en silencio, se recriminó la imprudencia, pero no
desistió. Aun postrada como se encontraba, siguió adelante son su objetivo:
conocer el secreto de la belleza de esos gladiolos. Se arrastró como pudo hasta
donde estaba plantado el gladiolo que, desde donde ella estaba, parecía encontrarse
a miles de kilómetros, aunque en realidad eran unos cuantos metros. El perrito,
al verla, dejó al instante de llorar y aullar y fue a olerla mientras le movía
la cola. Mariana, con tremendo dolor, continuó reptando como una serpiente por
el suelo barroso del jardín de sus vecinos, mientras que el perro iba y venía
del gladiolo a ella una y otra vez. Cuando llegaba a la planta, escarbaba un
poquito, gruñía y volvía a Mariana que seguía avanzando muy lentamente. “¿Qué
hacés cachorrito?”, le preguntó al perro que volvía a repetir una y otra vez la
misma acción mientras ella, con extremo dolor, continuaba su camino. Unos
veinte minutos después, Mariana llegó al gladiolo. Lo observó y, desde allí y
con el dolor, parecía enorme, provocador y de un rojo deslumbrante. Lo odió
otra vez y odió esa situación ridícula en la que se había metido. Si tan sólo
Ismael le hubiera dicho qué usaba esa bendita mujer para los gladiolos, no
estaría allí sufriendo, con toda seguridad.
Miró la tierra en la que ella misma
estaba ahora sentada. Claramente se encontraba removida. “¡Eso es lo que me
despertó anoche!”, se dijo. Tomó un puñado y la olió: sentía cierto aroma a
leve putrefacción aunque no fue eso lo que le llamó la atención. Cierto aroma a
jazmines y un dejo de alcohol se escondían en esa mezcla de olores
desagradables. Eso era artificial y no pertenecía a ningún abono. Ella conocía
todos. Miró sus manos ahora embarradas y sin posibilidades de limpiarse y su
corazón se disparó. “¡Ahora no!”, se dijo. No era el momento para una de sus
crisis. Intentó moverse para tener una mejor perspectiva del lugar y tomar
tierra de otro sitio, pero un dolor lacerante le recorrió toda la pierna
fracturada. Miró su pie y ya estaba de un tono azulado. Lloró nuevamente en
silencio y mientras lo hacía apoyó su mano en la tierra para acomodarse mejor
pero algo la pinchó. Sacó de inmediato la palma de la tierra y vio un brillo
destellante. Escarbó con cuidado y encontró un gemelo de oro. Uno de esos como
los que usan los hombres en las fiestas de gala. Era muy bello, aun estando
sucio por la tierra, tanto que pensó que nadie en sus cabales lo arrojaría allí
y menos lo enterraría. Una mala idea cruzó su mente y la descartó enseguida,
pero la actitud del perro que nuevamente escarbó en el mismo sitio, la obligó a
reconsiderarlo. Se arrastró un poco más y llegó hasta el lugar donde el perro
escarbaba y comenzó a hacerlo ella misma con dos de sus dedos. Cada tanto el
dolor de su pierna empeoraba y la obligaba a detenerse y a respirar hondo, pero
llegó un instante en que solo sintió cómo se adormecía dicho miembro. Ya había
hecho un pocito considerable y se estaba por rendir cuando se topó con algo,
una especie de tela. Tironeó pero estaba muy atascada asique decidió ensanchar
el orificio un poco más. Miró al cielo y el sol estaba en lo alto: ya era de
mediodía y de un momento a otro alguien llegaría y la encontraría allí.
Seguramente, el señor Golbert pondría el grito en el cielo pero, finalmente, la
ayudaría. Después de todo no era un mal hombre. No como su mujer. Ella si era
brava. Siempre lo había sido pero si no la molestaban ella se mantenía en lo
suyo. Siempre se preguntó como él la aguantaba con toda esa mala onda y su cara
agria. También en cierto momento deseó que ella hubiera sido la del incidente,
en lugar de su Juan. Otro nudo en la garganta.
Continuó escarbando y tirando de esa
tela. Parecía la manga de una camisa de salir. Tal vez, habían envuelto algo y
lo habían enterrado. El sol arreciaba y Mariana comenzó a sentirse mareada. Su
pierna ya no le dolía pero estaba francamente azul y tumefacta. Sin embargo, no
desistía. No, a pesar de que la tela era más grande de lo que hubiese querido
que fuera. Entonces descubrió que tenía botones. Ya deseaba que su vecino la
encontrase. Le pediría perdón, él la llevaría a un hospital y se repondría. “¿Por
qué no llega?”, pensó. El sol continuó con su camino y su mano con el agujero
en la tierra, que ya era considerable. El cachorro la ayudaba con sus pequeñas
patas aunque realmente de nada servía. Parecía una empresa eterna e
irrealizable y a fin de cuentas ella solo quería conocer el secreto de la
belleza de esos gladiolos. Entonces, sintió algo con su mano. Algo así como una
bolsa de agua llena. Estaba tensa y fría. Helada. Se encontraba dentro de la
tela. “Si tan solo pudiese verla”, se dijo. Pero era difícil. La única posición
en la que podía estar a esas alturas era recostada sobre la tierra boca arriba,
junto al pozo, la camisa a medio salir y la bolsa de agua fría y húmeda, que no
alcanzaba a divisar.
Ya anochecía, tal vez eran las seis de
la tarde o inclusive las siete, y sus ojos se cerraban de agotamiento. Deseaba
morir a esas alturas. Su pierna estaba completamente anestesiada y azul y su
corazón latía lentamente queriendo flaquear. Pensó en su Juan, en su
desaparición y en la falta de una tumba donde poder llorarlo. Su corazón, en
aquel momento tanto como ahora, se inundó de tristeza y abandono.
Entonces, un ruido apareció como en
ecos lejanos y febriles. Un sonido a pala incrustándose en el suelo, cerca de
ella. La misma que había escuchado la noche anterior. Abrió los ojos con
esfuerzo y allí estaba su vecino, el señor Golbert, cavando un hoyo enorme
junto a la tierra removida. Como entre sueños le escuchó decir: “Fuiste muy
imprudente querida…ahora no me dejás otra elección”. Mientras miraba
borrosamente como el hombre hacía lo suyo, observó el hoyo que ella misma había
abierto con su mano y vio la supuesta bolsa de agua fría: una cara conocida,
pálida y con un tremendo corte en su garganta. Horrorizada reconoció a Ester o
lo que quedaba de ella. Quiso gritar pero ya no tenía fuerzas. Se sintió
arrastrar por el parque hasta ser sumergida en una casa oscura y húmeda. Allí,
y con esfuerzo, el hombre la levantó y la metió en un lugar helado junto a
otros brazos y piernas. En un flash se vio en un enorme freezer junto a unos
ojos muy abiertos y muy conocidos, pero ya era tarde. Ya sólo había oscuridad
por doquier. Y en ese efímero momento previo a expirar, supo. Supo qué usaba su
vecino para embellecer sus plantas. Ya que ella, en breve, sería parte de esos
malditos gladiolos rojos también.
Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014
sábado, 1 de marzo de 2014
Se viene!!!!!!
A todos aquellos que disfrutan de mis relatos les cuento que en pocas semanas estará a la venta: Miscelaneas de la oscuridad el libro de relatos con 13 de mis cuentos!!!! Les adelanto la tapa y en breve: puntos de venta y presentación.
Soledad (Miscelaneas)
Soledad (Miscelaneas)
martes, 25 de febrero de 2014
En el cuerpo
Hace
tiempo, cuando mi piel era suave y rosada, y mi corazón latía joven y esplendoroso,
yo era feliz. Él me había propuesto matrimonio y yo me convertiría en la esposa
del hombre más dulce y gentil del mundo. Del hombre que desde el primer minuto,
había conquistado mi corazón y mi cuerpo.
Tomás
y yo nos habíamos conocido apenas unos meses atrás, en circunstancias un tanto
especiales. Una mañana de septiembre, en la que iba al trabajo en mi bicicleta,
un inesperado y tremendo golpe me hizo volar. Mientras el impacto me disparaba
como una flecha a su blanco, creí que simplemente moriría, que ese sería el fin
de mis días tal y como los había conocido hasta entonces. En un abrir y cerrar
de ojos mi vida se sucedió ante mí, como en una película acelerada donde los
eventos eran muchos e intensos. Sin embargo, al caer rápidamente en el asfalto
solo yací tirada en el suelo y la bicicleta, que había sido mi compañera de
ruta, se encontraba arruinada debajo de un vehículo. Afortunadamente el impacto
no fue tan tremendo como imaginé en esos breves segundos, aunque los hematomas
resultantes me recordarían durante un tiempo largo lo cerca que había estado de
morir.
El
dueño del auto, al parecer, había intentado esquivar a un perro que se había
cruzado en el camino y por desgracia se encontró conmigo. Luego del choque y al
comprobar que todas las partes de mi cuerpo estuviesen en su lugar, me senté en
la calle algo aturdida mientras una turba de gente comenzó a rodearme para
constatar que estaba bien. Él, creyendo que me había matado, se bajó corriendo
del vehículo, pálido y preparado para lo peor. En su lugar me encontró con algunas
magulladuras pero, fundamentalmente, entera. Entonces, aliviado y agradecido
por la suerte de ambos, luego de pedirme mil veces perdón por el incidente, me
invitó a tomar algo y ya no nos separamos más.
Luego
de semejante encuentro, y tras unos cuantos meses de notar que nuestro amor era
intenso y genuino, nos mudamos juntos a su departamento. Era un lugar bello y
luminoso. En cuanto dejé mis cosas allí, pensé que ese lugar solo podría
traerme felicidad. Aunque luego aprendería que lo más bello puede transformarse
en lo más horroroso.
Después
de instalarme, y por insistencia de Tomás, conocí a mi futura suegra. Marta,
que vivía en el departamento de arriba. Ella era una delgada mujer de no más de
50 años. Alta y elegante, su porte demostraba que, a pesar de haber sido una
madre casi adolescente, podría haber pasado tranquilamente por alguna de las damas
de la alta sociedad, incluso una modelo de alta costura. Creo que esa cuestión me
intimidó bastante. Pero no solo el porte o su belleza me impactaron. Algo en
ese primer encuentro, en ese día en el que ambas nos cruzamos por primera vez, me
demostró que no sólo el cielo puede tornarse negro y cerrado.
La
velada transcurrió tranquilamente. Era una noche oscura y afuera ya caía una
fuerte nevada. Las nubes que surcaban caprichosamente el cielo, anunciaban que
la tormenta estaría con nosotros durante varios días y más noches y eso se
convirtió en un mal presagio para mí, que era bastante supersticiosa con
algunas cuestiones de mi vida. Durante la cena, los ojos de la madre de Tomás
no se despegaron de mi persona, tanto que me sentí bastante incómoda con la
situación. Sentí que hacía una radiografía de cada aspecto de mi ser: de mi
forma de hablar, de mis sonrisas, de mis actitudes para con Tomás. Y como
resultado de esta mirada inquisidora y silenciosa, más tarde, un peso en alma y
un dolor de cabeza tremendo se apoderaron de mí. La descomunal jaqueca que se
instaló en la cena, persistió durante toda la noche y sólo mermó levemente
luego de varios y poderosos analgésicos.
Después
de semejante encuentro y a pesar de la jaqueca, me quedé bastante preocupada. Yo
deseaba caerle bien a la única familia de mi futuro esposo, pero al parecer no
lo había logrado. No esa vez. Sin embargo, Tomás estaba tan feliz que al
parecer no se había dado cuenta de nada de lo que allí había sucedido. Por ello
no dije ni una palabra y así evité arruinar el momento. Además, ya habría
tiempo de ganármela y si eso no sucedía, bueno, había una realidad fundamental:
cada una vivía en su departamento y eso era algo que me mantendría a salvo. Al
menos, si jamás lograba mi objetivo.
A la
mañana siguiente, y luego de una noche de sueños extraños y casi bizarros, apenas
si pude levantarme. Sentí una especie de pesada resaca como nunca antes había
sentido. “Qué raro”, pensé, “si solo tomé agua…” Tomás se había ido a trabajar
temprano por lo que tuve que arreglármelas sola, aunque me costaba bastante
hacerlo. Al salir de la cama noté todo borroso por lo que, arrastrándome contra
las paredes, avancé despacio, y como pude llegué hasta la cocina para hacerme
un té. Pero al llegar vi con terror una especie de sombra negra cerca de la
mesada. Quise gritar al sentir mi casa invadida por un desconocido, pero repentinamente,
oscuridad.
Al
despertar seguía desenfocada. Todo permanecía difuso y sólo distinguía bultos. Pero
a pesar de mi reciente ceguera, me di cuenta de que estaba recostada en la
cama. Aún era de día pero claramente ya no era la mañana. Otra vez el bulto
caminante. Esa figura humana y borrosa pasó rápidamente por delante de mis
ojos, al pie de la cama, como si yo no estuviese allí o como si no le importase
que yaciera sin ver nada. “Sabe que no veo nada…sino se ocultaría…”, pensé
dándome cuenta de lo que eso significaba. Ante semejante intromisión e
imposibilidad de mi parte para distinguir la realidad, mi corazón se aceleró
bruscamente. Una luz de esperanza me invadió “Tomás… ¿sos vos?”, pregunté con
voz trémula y cargada de angustia. Pero el bulto humano y oscuro no contestó.
“¿Quién anda ahí?”, grité entonces con desesperación ante el silencio de la
persona-bulto. Parpadeé varias veces y me restregué los ojos, pero no se aclaró
nada. Todo seguía en esa penumbra borrosa. Silencio. La sombra oscura se detuvo
y giró. Al parecer se dirigía hacia mí que, con pánico, quise salir corriendo
de la cama. Pero con tal desgracia que, al no ver lo suficiente, caí con todo
el peso de mi persona tras enredarme los pies con algo que supuse serían las
sábanas. Pero esta vez quedé consciente aunque con cierta inmovilidad pesada. El
bulto desconocido, que ya se encontraba a mi lado, me levantó como si yo fuese
una pluma. Ágilmente y con cuidado me depositó, en silencio, otra vez en la
cama. ¿Quién era? Aun estando tan cerca no podía saberlo, no podía distinguir
su rostro. Sin embargo, algo me llamó la atención: un perfume que se me hizo
conocido aunque no lo pude identificar. Cerré los ojos agotada y muy a pesar mío,
oscuridad otra vez.
A la
mañana siguiente ya estaba repuesta. Me convencí de que todo había sido un mal
sueño y desayuné plácidamente con Tomás. Él me observaba distante y con cierta
preocupación y yo, al notarlo, no pude más que preguntarle que sucedía.
“Estas
bien, Flavia?”, dijo. A lo que, extrañada le respondí que luego del malestar
del día anterior, me sentía estupenda aunque con algunas lagunas en la memoria.
“¿Por qué me preguntas eso, Tomas?”, le contesté finalmente.
“Ayer…estuviste
muy rara…me dijiste cosas sin sentido….tal vez tendrías fiebre”. Yo no entendía
nada. No tenía recuerdos claros del día anterior. Lo único que se me venía a la
memoria, y sólo si me esforzaba demasiado, era la imagen borrosa de esa persona
anónima. ¿Y si no había sido un sueño? ¿Y si realmente alguien había estado en la
casa? Tal vez esa persona me habría drogado o incluso algo peor. Me quedé
petrificada y no solo por lo que escuché de labios de Tomás. Sentí un frío
repentino que invadió cada rincón de mi cuerpo. Bruscamente comencé a temblar
como una hoja, como si la temperatura hubiese bajado veinte grados de golpe.
Tomás, al verme de esa manera, se levantó de inmediato y mientras me abrazaba, me
preguntó con preocupación en la voz: “¿Que te sucede amor?”. Y allí algo nuevo
apareció: un dolor intenso en el estómago. Sentí que miles de cuchillos
atravesaban mi ser desgarrando mis entrañas. Quise gritar aunque no pude. Mi
visión se hizo borrosa, de nuevo. En ese momento ya no era yo. Tenía la
sensación de que algo me empujaba al fondo de mi misma, como si ese algo
ocupase mi lugar vital, como si estuviese en el cuerpo. Mi cuerpo. En ese
sentir extraño y asfixiante, alguien me sacudió y el mundo se aceleró tomando
envión todo a mi alrededor. Entonces, vi a Tomás frente a mí. El rostro de mi
futuro esposo tenía el espanto pintado. Yo estaba muda, aunque quería decir
miles de cosas. Pero en lugar de contenerme, él se alejó de mí y yo, sin
entender que pasaba, me acerqué. Entonces, desesperado y casi desencajado me
confrontó.
“Flavia…algo malo pasa con vos…hace cinco
minutos me dijiste que yo soy un infeliz, un cobarde que no te ama, que nunca
me perdonaste el accidente y ¡que te acostaste con alguien más! ¿Me podés
explicar esto o te tengo que creer loca?”
“¡No!
Jamás te diría… ¡No puede ser!”, lloré luego de escuchar semejante barbaridad.
Y por más que intenté no pude convencerlo de que no era yo la que hablaba,
porque cosas hirientes habían salido de mi boca y yo no le podía explicar ni
cómo ni porque. Y simplemente porque no tenía conciencia de haber dicho todo
eso.
Estaba
aturdida. Mi estómago se revolvió y tuve que salir corriendo al baño a vomitar.
Mientras las arcadas me sacudían mi mente libraba una batalla que perdería de
seguro: todo eso no podía ser verdad. ¿Cómo iba a decirle eso al amor de mi
vida? Yo era inmensamente feliz desde que estábamos juntos. Y sin embargo, nada
encajaba. Todo parecía surrealista y como sacado de una historia de terror. Y
para colmo de males, mientras yo estaba en el baño, escuché la puerta
cerrándose: Tomas se había marchado a trabajar. La desgracia tocaba a mi puerta:
me encontraba sola, con una angustia creciente que se instalaba en cada fibra
de mi corazón hasta lograr ensombrecer mi vida.
Salí
del baño. Debía saber bien de que se trataba todo y al parecer la única que
podía resolverlo era yo misma. Intenté reponerme y recordar. Nada, todo estaba
en blanco. Era extraño. Entonces recordé la imagen humana. Fui corriendo a la
habitación y me coloqué en la cama como había estado el día anterior. Allí volvió
el recuerdo de la figura humana y borrosa. Me encontraba en la ubicación exacta
y mis ojos, que siguieron el camino de mi recuerdo fantasmal, enfocaron el sitio
donde se hallaba la cómoda con toda mi ropa. Allí donde el bulto oscuro había
estado parado. Salté de la cama como un resorte y me dirigí a ese mueble. Abrí
los cajones uno por uno. Revisé cada pertenencia, cada prenda de vestir, y
llegué a la conclusión de que nada faltaba. Miré las cosas que se encontraban
junto al espejo. Un enorme y bello espejo, regalo de Tomás luego de mi mudanza.
El maquillaje estaba allí como lo había dejado. También se encontraba allí un
cepillo, mi planchita del pelo, un perfume…y ahí lo noté. Faltaban varias
cosas: un pañuelo de cuello, recuerdo de mi madre, un quitaesmalte, unas
pulseras y un peine. Pero una pregunta me rondaba la cabeza ¿para qué llevarse
eso? Entonces me di cuenta de lo obvio…lo habría dejado en algún otro lugar. Sentí
lo del pañuelo de mi madre pero imaginé que lo habría olvidado en el trabajo.
Revisé
el baño y todo estaba como lo había dejado. Lo mismo ocurrió con la cocina. ¿Y
si estaba volviéndome loca? A estas alturas parecía la respuesta más
convincente. El estrés vivido desde el accidente, la mudanza y la visita de mi
futura suegra eran un combo más que pesado y difícil de asimilar. En unos
cuantos meses mi vida había cambiado drásticamente y yo me había sumergido en
una vorágine de nuevas sensaciones y vivencias. Lentamente volví a mi calma
natural y me convencí de que lo sucedido era eso: estrés.
Decidí
darme una ducha. Quería lavar todo ese malestar, el mal trago vivido no solo
con Marta en la cena, sino ese sueño extraño, esa intromisión fantasmal del día
anterior. El agua tibia en mi piel comenzó a correr y lo sentí renovador. Pero
allí mismo, en ese instante y sin que nada relevante ocurriese, se instaló el
mareo y la jaqueca. Y otra vez la vista que me traicionaba y me hacía ver todo
como en una espesa bruma. Oscuridad.
Cuando
desperté estaba sentada en la cocina, helada. Miré mis manos pálidas y casi
azuladas por el frío. Las froté para calentarlas y noté perturbador: estaba
completamente desnuda. Horrorizada me
levante y fui con rapidez a la habitación a vestirme. Me acerqué a la cómoda donde
estaba mi ropa y observé con espanto que allí mismo estaba el quitaesmalte y
las pulseras. Se encontraban en su lugar como si nunca hubiesen faltado. Estaban
ahí desafiando mi cordura. Burlándose descaradamente de mi trastorno mental
¿Qué era todo este juego macabro? Mis piernas flaquearon y me desplomé en el
suelo agotada. Quise llorar pero no pude. Las lágrimas se negaban a salir como
si con eso evitasen mi desmoronamiento inevitable. Acto seguido escuché un
portazo que me arrancó del delirio. Me levante y me vestí con lo que encontré y
salí corriendo a la cocina. Para mi sorpresa todo estaba en penumbras.
Miré
hacia la ventana y la oscuridad no solo invadía el departamento. Era de noche y
el último recuerdo lúcido que tenía era del desayuno. Recordé lo encontrado en
la cómoda. Recordé la ducha. Alguien había entrado allí, lo sabía. ¿Qué más
podría ser? Un ruido. La puerta se abrió y mi corazón, desbocado, pensó lo
peor. Cerré los ojos intentando huir de allí. Como si cerrase las persianas al
mal reinante. Como si con esa simple acción, construyese una coraza que me
salvaría de todo lo externo y dañino que reinaba a mi alrededor. Una brisa
golpeó mi rostro. Alguien se acercó lentamente casi pidiendo permiso. No quería
mirar. Mi corazón estaba acelerado y mi cabeza pulsaba alocadamente. Retrocedí despacio,
no quería estar allí. Ya no. Pero una mano conocida me tocó y supe que era él.
Me arroje a sus brazos y lloré sin consuelo.
Nuevamente
la noche fue agitada. Me soñé presa de rituales antiguos con fuego y gritos y
ritmos ancestrales. Y un perfume conocido. Me desperté en el medio de la noche empapada
en sudor y con un recuerdo. Ese perfume. Supe de quien era. Supe que alguien me
estaba tratando de volver loca. Me levante sigilosamente. Tomás descansaba o
eso parecía. Me fui de la habitación. Tenía que resolver esta pesadilla que
ponía en riesgo mi vida con él. Junto a una decisión, tomé las llaves del
departamento. Era un manojo de llaves auxiliares que guardábamos en caso de emergencias.
Esas que además, tenían otras llaves. Salí del departamento y subí un piso por
la escalera. Cada escalón me afirmaba, me hacía encajar las acciones. Lo
perdido y lo devuelto. Lo que nunca volvió. Una joven supersticiosa, una mujer
envidiosa. Celos…rencor.
Abrí
la puerta del departamento de Marta. Una brisa extraña salió de allí. En medio
de la oscuridad, a lo lejos, en otra habitación podía ver un resplandor. Me
dirigí hacia la luz lentamente, sin hacer ruido. Miles de fotos en las paredes
me mostraban a mi Tomás. De niño, de adolescente. Y una única y terrible foto
que me golpeó con la fuerza de miles de puños en el rostro: Tomás con una joven
mujer vestida de blanco. Un dolor en el pecho se me instaló de repente y una
triste certeza: él había estado casado. Una lágrima rodó por mi mejilla. Una
lágrima de dolor, de tristeza, de desengaño. ¿Qué habría pasado con ella? Tal
vez Marta la había echado…Me despabilé y continué con mi objetivo. Seguí
despacio buscando y avanzando hacia la luz. Pero algo me detuvo. En la mesita
del teléfono vi un frasquito: unas gotas para los ojos. “Usar con cuidado ya
que provoca ceguera temporal”, leí en la etiqueta. Y ella las tenía allí. Así lo
había hecho…
Otra
vez ese perfume conocido invadió el aire. Me asomé a la habitación y allí
estaba ella. Marta que, en un trance alucinógeno, ni se percató de mi
presencia. Decenas de velas encendidas la rodeaban y ella en el centro con los
ojos blancos, quieta, sentada. Emanaba una extraña vibración que se transmitía
hasta donde yo me encontraba. Era como si el mal estuviese concentrado en esa
pequeña habitación y se instalase en mi alma oscureciéndola. Miré el suelo y
junto a ella había tres muñecos, mi pañuelo y un peine de Tomás. Yo no entendía
nada. O no quería ver la realidad que se me presentaba. Miré mejor los muñecos
y con horror vi uno que se parecía bastante a mí y estaba tirado con los ojos
vendados. En manos de ella, otro de los muñecos que parecía ser Tomás pero que,
para mi sorpresa, no estaba solo. Adosado por detrás había otro. No podía ver
bien desde donde estaba por lo que lentamente entré al círculo de velas para
intentar sacarle esos elementos a la lunática de mi suegra. Pero en cuanto me
agaché para agarrarlos una sombra apareció de la nada. Mi corazón se desbocó al
creer que alguien más, desconocido, estaba allí. Me di vuelta y para mi
sorpresa vi a Tomás. Sentí cierto alivio hasta que noté que sus ojos estaban en
blanco y su mano tenía un brillo metálico que por desgracia venía violentamente
hacia mí. Rojo. Oscuridad…
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