lunes, 8 de septiembre de 2014

Una carta...










(Querido) Amor:

Y acá te escribo, como prometí, mi carta semanal. Aun no le encuentro sentido a esto, pero tal y como me pediste, lo hago. Ya sé que has dicho que esto me pondría en perspectiva ciertas cosas, pero todavía no las veo. Todavía no veo el sentido a muchas de mis cuestiones.

Te extraño, pero eso ya lo sabías. Me imagino tu cara: un gesto, ese donde elevas tu ceja izquierda (porque la otra es imposible para vos) junto a esa mueca en tus labios donde tus dientes blancos y brillantes apenas se separan. Esa cara me acompaña cada vez que me siento escribirte una carta. No es tu mejor cara, lo sé, pero ese gesto me saca una sonrisa hasta en el peor momento de mi existir.

Como recomendaste, busqué un bello lugar donde mi cabeza estuviera en paz. Aunque cuando la tormenta se instala en tu corazón, el infierno puede seguirte a cualquier parte. Pero…siempre hay un pero y vos me diste ese pero. Frente a mi ventana veo el mar y su clara arena. El sol está saliendo como parido por ese océano que me insta a vivirlo. Me pide que camine sus playas, que respire su aire. Sin embargo, sola. Recuerdo la primera vez que estuvimos acá. Vos ¿también lo recordarás? Espero que sí. Hablábamos hasta por los codos diseñando un futuro lleno de alegría y de hijos. Y como sería nuestra casa. Me recuerda tus manos sobre las mías, los pies descalzos tocando esa arena cálida y húmeda y juntando caracoles.

Siempre te asombraste de mi capacidad de encontrar hermosas caracolas expulsadas del mar. Esa experiencia era nueva para vos. Y luego se transformó en nuestra rutina. Cada año juntábamos cientos de ellas solo para mirarlas en nuestros jarrones. ¿Sería una forma de apresar el recuerdo? Creo que sí. Ojala pudiera apresarte en mi corazón como a un recuerdo en mis neuronas.

¿Te dije que te extraño? Si…esa parte ya te la conté. Bueno, paso mis tardes tomando mates y admirando la naturaleza. Esa que vos me enseñaste a venerar. Para vos cada ser vivo en este planeta es digno de respeto y lo aprendí a tu lado. Tu amor por nuestros árboles. Por el duraznero que tanto tiempo te llevó cuidar; para que después nos llenase de tanto fruto jugoso y de exquisito sabor. Si cierro los ojos, aun puedo saborearlo…Los que compro acá no se parecen en nada. Lo mismo las ciruelas. Tus manos tenían esa magia…

Espero que no te aburra mi carta. Me pediste que lo haga y a pesar mío, lo hago. Porque, ¿quién escribe cartas en este siglo? Nadie. Bueno si, yo. Pero solo porque lo pediste y sabés que ante un pedido tuyo mi corazón no se niega. No puede hacerlo. La distancia es tan estúpida como esta carta que no tiene ni pies ni cabeza.

A veces me pregunto si me extrañás allá donde estás. Cuando me pediste esto que hoy hago casi sin entenderlo, me dijiste que sí, que me extrañarías y que nuestro amor solo se expandiría. Que la distancia solo haría enorme este amor. No sé, es agotador estar sin vos. Es agotador no verte si no es por fotos. Nuestras fotos de antaño…

Pero basta, no quiero caer en la lágrima fácil. La vecina me dijo que cuando estuviese preparada hay un trabajo esperándome. Que la paga es buena y que esperan por mí. Aunque no sé si quiero hacerlo. A veces tengo ganas de ser esa que fui, llenarme de trabajo. Eso ayuda a no pensar. Pero vos me enseñaste a disfrutar cada minuto como si fuese el último. Porque ¿cuándo sabríamos eso? Nunca. Aunque una vez fue el último minuto, el último suspiro…

Mi corazón se llenó de lágrimas. Te dejo.

PD: me voy a caminar a la playa para tenerte siempre presente. Quizás en un rato vuelva y continúe con este absurdo. Y si no, te extraño. Ya lo sabés. Ojalá esta carta llegue a donde estás, aunque el cielo es inmenso, infinito como mi necesidad de tenerte junto a mí….
Tuya. S.



Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

viernes, 5 de septiembre de 2014

Enajenada








 
—Así que sos médica… ¿verdad? —dijo el joven que se encontraba sentado frente a Mariana, desde hacía unos veinte minutos.
Ella había estado muy callada, más que otros días, más que en otras charlas. Eso era algo preocupante, a veces. No para ella, sino para quienes estaban con la joven, ya sean amigos o no.
Mariana era muy hermosa. Su tez pálida demostraba que los libros y el estudio siempre pudieron más. Aunque últimamente, había tenido tiempo al aire libre, por lo que muchos sospechaban que el sol en realidad, la esquivaba. Por supuesto ese era un pensamiento más de Mariana que de los otros, sin embargo, ello no quitaba que fuese bella, joven y pálida. Tenía apenas treinta y dos años y una dulzura en la mirada que rozaba con lo angelical. Sin embargo, su cabello era oscuro, como la peor de las noches, y largo hasta la cintura. Eso le daba un aire dark que no era intencional, pero que le sentaba bien.
—Si… ¿cuántas veces te lo tengo que repetir? Soy médica, me dedico a los niños, amo mi profesión. ¿Qué más querés que te diga?
Estaba contrariada y se le notaba no solo en discurso: se mordía las uñas, nerviosa, ansiosa. Cuando ya no le quedaba más para morder, seguía con la piel e incluso se provocaba un sangrado que, por lo general, era en el dedo índice. El dedo acusatorio.
—No te enojes…
—Me enojo porque siempre es lo mismo, siempre las mismas preguntas tontas y sin sentido.
—Sabés que es una rutina… ¿Dónde estamos ahora?
—En el hospital…
Al joven se le iluminó brevemente la mirada. Tal vez, después de todo, había algo de esperanza para ella. ¿Le daba lástima? Tal vez sí. Pero no estaba muy seguro de eso. Le gustaba observarla, a veces a la distancia, otras mientras ella dormía, por lo que, muy en lo profundo de su mente (que a veces era retorcida y oscura) deseaba que nada cambiase y que, de esa forma ella, su Mariana, continuase con él. Por siempre.
—Si…en mi trabajo, como cada mañana —terminó ella y él hizo una mueca una media sonrisa.
—Y ¿viste algún paciente hoy?
—¿No los ves ahí? Que, ¿estás ciego? Disculpame pero me quiero ir ya. Esto no tiene sentido. Me quiero ir. Mis pacientes esperan…
—Una pregunta más y te dejo tranquila, ¿te parece?
Ella lo miró. No quería observarlo demasiado porque ese rostro le infundía temor. Las serpientes que le trepaban y la lengua roja y larga que brotaba por entres sus dientes pútridos, le daban pánico. Se concentró en la hoja de papel en donde él anotaba todo y vio con horror que él la había retratado con una estaca atravesándole el pecho. Quiso llorar. Quiso gritar, pedir por su familia. Pero sabía que eso ya no funcionaba. Ya no más. La última vez que ella había pedido auxilio la habían encerrado en una torre y la habían encadenado. Entonces, se aferraba a su historia para no enloquecer. De esa manera la mantenían allí cautiva, sí, pero al creerla loca la dejaban ser.
—Bueno… una pregunta más y me voy a atender a mis pacientes.
—¿Vivís sola?
—No… como ya te dije tantas veces, vivo con mi madre. Mi papá y mi hermano se fueron con el Señor (que los tenga en la gloria) —dijo mientras se persignaba.
Pero al instante que finalizaba aquella acción de dibujarse la cruz en el pecho, observó por primera vez una reacción en su interlocutor y sintió la esperanza nacer en su espíritu.
 —Si… —continuó con energía —espero que Dios Todopoderoso…
El joven se levantó con un temblor en sus manos. Cada vez que Mariana decía Dios o lo evocaba de alguna forma, algo en su interior se resquebrajaba. Mariana, que notó aquella reacción, continuó llamando a su Dios y a todos los santos, mientras que el joven retrocedía horrorizado.
—Dios, ¡te invoco para mi liberación! —gritó ella, mientras se paraba sobre la mesa, frenética, pero hermosa como una amazona —¡hazte de este infiel que quiere hacerme daño!
Y se tiró sobre el joven arañando su rostro y golpeándolo.
La piel del muchacho, se despedazaba entre sus dedos exponiendo su esqueleto putrefacto. Al observar aquello, Mariana sintió ganas de vomitar pero se controló y continuó agrediendo al ahora demonio. Sin embargo, los enfermeros se abalanzaron sobre ella y la redujeron con suma facilidad. El muchacho se sentó en el césped, y mientras tanto, le daba órdenes a los enfermeros para que se la lleven.
—Aplíquenle halopidol y déjenla en su habitación que ahora en un instante voy a verla.
Los hombres se llevaron a Mariana mientras gritaba y pataleaba. Entre tanto, él se levantó del suelo, sacudió su ropa con extrema parsimonia y se dirigió a una mujer que, con horror, había observado toda la escena.
—Como le dije por teléfono… la condición de Mariana es grave, muy grave. Quizás algún día pueda restablecerla a la sociedad… mientras tanto…
—Por supuesto doctor. La dejo en sus manos.
Mientras la mujer se marchaba, el joven observó la torre donde habían encerrado a Mariana. Estaba a varios quilómetros de distancia y aun así, podía observar su rostro y su perfecta figura con tremenda nitidez. “Gracias mi deliciosa princesa Mariana… esta noche recompensaré tu comportamiento” y su enorme y roja lengua asomó por entre los dientes carcomidos por el azufre.  


Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

martes, 2 de septiembre de 2014

El viaje









 Día cero:

Aún no lo puedo creer, mañana es el gran día. Estoy realmente ansioso por comenzar este viaje que se ha postergado por tanto tiempo. Ahora miro hacia atrás y me doy cuenta de que he sido un tonto. Sin embargo, no dejo de repetirme que las cosas tienen sus tiempos…
A las 06:00 horas la nave me espera para partir al destino. Destino: que determinante y acertado término para este viaje. Realmente voy al encuentro de mi destino, del que debió ser. Solo llevo mi diario, un papel garabateado, y mi mochila con alguna ropa. Sé que allí, salvando las distancias, se puede conseguir todo para pasar una bella temporada. Aunque por supuesto, no necesitaré tanto…
Conseguí dinero del lugar en una casa de antigüedades. Bizarro. Por lo que esa cuestión está saldada. Ahora quedan estas horas para enfrentar mi futuro…o mi pasado. Solo puedo pensar en el mar y la arena blanca con la que me voy a encontrar. Y un perfume.

El hombre  cerró su diario de viaje y tomó el periódico que estaba sobre la mesa. Un gesto de triunfo se le dibujó en el rostro al observar el titular:

Trasbordador Lauken en su primer viaje a través del espacio tiempo:

El día 15 de este mes, el Transbordador Lauken despegará con 5 tripulantes en su interior. El viaje, planeado desde hace más de una década, pretende retroceder 5 años al pasado, a la isla de San Clemente, meses antes de su desaparición del planeta. El objetivo es conocer las condiciones climáticas de la isla, en los momentos previos al cataclismo que la hizo desaparecer.
Los tripulantes son los cuatros científicos de la NSE y el magnate que financió el proyecto. Fuentes cercanas a este último, aseguran que su objetivo es algo diferente al de los científicos. Se sospecha que desea encontrar un tesoro; aunque, por trascendidos, supimos que este hombre iría en búsqueda de algo perdido, muy preciado para él. Sin embargo, al preguntarle, el hombre de unos 50 años y dueño de más de la mitad de las empresas del mundo, solo respondió con una mueca.
Más allá de las causas, esta ambiciosa empresa, lleva gastada varios millones de dólares y ha generado la expectativa de toda la comunidad, ya que sus implicancias, si tuviera éxito, son inconmensurables.

Dejó el periódico y se fue a descansar. Al día siguiente se levantó temprano. Prácticamente no había dormido. Tomó su diario de viaje y anotó:

Día uno:
Anoche no dormí; de solo pensar que hoy mismo pisaré ese suelo anhelado por tanto tiempo, mi cuerpo y mi alma se estremecen. Debo enfocarme, no me voy a adelantar porque, después de todo, la misión puede fracasar y toda esta anticipación no serviría de nada.
Hace dos horas abordamos; ya no queda nada y mi ansiedad está en su punto más extremo. Por donde se la mire, la nave es exquisita. Las comodidades superan nuestras necesidades, al menos las mías, por leguas. A pesar de lo que el resto piense, mis necesidades son bastante básicas. Sin embargo, mi camarote es enorme y cuenta con una biblioteca propia, aunque no la voy a necesitar. Dejé mis cosas allí y fui a la cabina a conocer a los hombres que manejarán el dispositivo. Los pilotos son agradables y ante mis cientos de preguntas (y supongo que al ver mi rostro algo preocupado), me mostraron el panel de control que parece un árbol de navidad, lleno de luces y botones. Uno de los paneles, que se encuentra incrustado en la pared lateral, junto al piloto, tiene números que titilan al compás de mi corazón y pregunto ¿qué es eso?: “es el reloj, aquí es donde se colocaran las coordenadas del destino”. Ese dato, que no solo incluye la fecha, sería fijada a último momento, ya que se encuentra sellada en un sobre que dice confidencial ubicado en una caja fuerte.

Sin rastros

El pasado 15, el transbordador Lauken emprendió un viaje inédito en la historia de la humanidad. Dos pilotos y cinco tripulantes se aventuraron en el primer viaje en el tiempo hecho jamás. A las horas de su partida, se tuvo la confirmación de llegada para recibir luego solo un mensaje extraño y anónimo “…todos fuimos engañados por él. Nos usó. Jamás llegamos a donde se suponía. No sé si sobreviviremos a esto.” Para luego no recibir ningún tipo de comunicación más.
Luego de semejante mensaje, la comunidad en general así como los científicos que participaron del proyecto, entraron en shock y dieron expresiones de consternación. Por otro lado, una gran preocupación, fue transmitida por parte de las autoridades. Aunque solo dieron un escueto “Sin comentarios” al ser abordados en las oficinas del NSE.

Día dos:
Pisé las arenas blancas de mi isla. Sí, mi isla, porque aquí se encuentra la dueña de mi corazón. En la cabina hay un gran alboroto debido a que las coordenadas no corresponden a la fecha especificada y no nos encontramos dónde y cuándo se había acordado. No voy a discutir con ellos. El proyecto es mío, el pasado también. En breve voy a verte. Espero no te asustes al verme llegar con estos años de más. Solo esa posibilidad me preocupa: tu rechazo. Pero con solo pensar que tu final llegará en breve y en soledad, se me parte el corazón y deseo solo estar a tu lado aun si no me amas.
La humanidad tiene posibilidades. Yo dejé toda la información necesaria para que científicamente el viaje en el tiempo no se interrumpa y en breve mis compañeros se darán cuenta de que es posible volver, aunque quizás no al mismo tiempo y lugar. No es mi problema. Realmente no lo es. Trabaje toda mi vida en esto como para que un puñado de científicos me ponga condiciones. Mañana por la tarde un cataclismo eliminará esta isla y el mundo tal y como lo conocemos. Y yo moriré. La pregunta es si lo haré solo o junto al amor de mi vida.

Día final:
Cuando llegué al sitio, donde treinta años atrás prometí encontrarte, mi corazón estaba lleno de miedos. De preguntas. Era evidente que el amor me había llevado hasta ese tiempo. Que me había guiado hasta tu corazón. Por más de treinta años mi alma estuvo partida en dos por tu ausencia. Por haber cometido la estupidez de no estar a tu lado cuando era necesario. Y ya no importan las excusas del pasado. No tiene sentido que te cuente que no fue mi decisión no estar allí. Que mis padres me arrastraron al otro lado del mundo para estar seguros de que nada me pase. Ya no importa que te cuente que les rogué volver por vos y que no me escucharon. ¿Quién escucha a un enamorado de 17 años? Nadie. Y solo pude llorarte durante todos estos años. Y crear esta máquina que me devolviese nuestro tiempo. Porque estas décadas lo único que me demostraron fue una vida vacía de posibilidades. Porque aquellas posibilidades, la felicidad, el amor, tenían y tienen tu nombre. Vos junto a mí.
Casi pierdo todo cuando la primera vez el proyecto fracasó. Pero el único recuerdo que me mantuvo cuerdo para lograr este objetivo fue nuestra canción y la promesa de una vida juntos. 

He muerto todos los días esperándote,
 no tengas miedo de que te haya amado,
durante mil años.
te amaré por otros mil más.


Y al llegar, te vi. Parada observando el mar, con la brisa despeinando tu hermoso cabello oscuro. Mi recuerdo no te hace justicia. No. Eres más bella que todas mis memorias juntas. Al verme, te acercás con duda. Quiero decir “soy yo” pero el nudo que tengo en la garganta me impide poder emitir algún sonido. Sin embargo, mirás mis ojos y allí todo se acomoda. Me acariciás y me besás. Sabés que todo acabará pronto, que no hay forma de escapar a este destino escrito con fuego. Con solo tu abrazo sé que agradecés que finalmente hubiese llegado. Tu muerte, junto a la mía, será diferente ahora. No morirás en soledad con la idea de que jamás te amé.
Ahora solo resta aguardar nuestro final. Juntos.

De viajes en el tiempo y locuras interespaciales…

Seis meses han pasado desde que el transbordador Lauken partiera en busca de las preguntas básicas de la humanidad. Luego de haber perdido contacto casi inmediatamente después de su partida, en el día de ayer, el mundo recibió con los brazos abiertos y las mentes llenas de inquietudes, a 4 de los 5 tripulantes. Hoy por la tarde, en conferencia de prensa, miles de preguntas serán respondidas. La principal: ¿Qué sucedió con el magnate dueño del proyecto? ¿Se volvió loco como todos dicen? ¿Tuvieron que abandonarlo en el pasado para poder sobrevivir y volver sanos y salvos? Nada se sabe. Todo se presume. Mientras tanto, se aguardan las declaraciones oficiales y se desea conocer el futuro del proyecto.


Entonces me doy cuenta de algo: observar el fin del mundo es lo más bello del universo, a tu lado…

Autor: Miscelánea de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 26 de agosto de 2014

Antes de que el metal lo atraviese






Si, esperanza fue lo que brevemente la invadió luego de que la casa la aplastase. Para huir de la tragedia, se pensó junto a él y su pequeño bebé, los tres juntos bajo un cálido sol de primavera, en la plaza de siempre. Con mariposas y pájaros y una vida bella y eterna.

Pero el llanto de su hijo era tan intenso que la trajo de vuelta a la realidad de forma brusca. Deseó poder tocarlo, abrazarlo, sentir su aroma. Sin embargo, tuvo que conformarse con saberlo vivo, a centímetros de ella, aunque inalcanzable. De repente algo a la distancia llamó su atención: una figura se acercaba hacia donde yacía. Sí… era él, su esposo, su compañero; esa imagen le provocó alivio y hasta cierta paz, serenando su corazón. Aunque algo la hizo recapacitar: esa imagen de Antón a la distancia… algo en él no encajaba. Sí, era él, pero… sus ojos tenían un particular brillo, casi maquiavélico, de otro mundo. Su cadencia, al caminar, tenía una maléfica parsimonia y lo delataba; estaba segura de que ese no era su esposo.

Se agitó en su prisión de escombros. ¿Y si el golpe le había dañado alguna parte vital de su cerebro o de sus ojos y por ello tenía esas visiones? “No”, pensó. Todo aquello que la rodeaba, la casa derrumbada, el dolor en su carne, nada de eso se encontraba alterado. Además, su niño seguía llorando a escasos centímetros, y ella no podía -por más que ansiaba-, llegar a él para consolarlo. Si fuese una ilusión, podría salir de allí, podría salvarse de una muerte casi segura. Lo único que no encajaba, era él. Ese no era Antón.

—Ayudame te lo ruego… por él —dijo mirando al niño.

Antón se detuvo y la observó; vio en ella una especie de desafío, un animal sufriente que así y todo, no lo conmovía, sino que le provocaba excitación, provocación. Entonces, levantó el carro con el bebé dentro, como si se tratase de una hoja de papel, y con inusitada violencia lo arrojó a los escombros. Silencio. Jane gritó con un desgarro en la voz y en el alma. Quiso morir, irse con su niño y con su verdadero amor. No con ese envase lleno de malignidad.

—¡Miserable! —gritó ella —¡Es solo un niño! Mal nacido hijo de…
—Bueno, bueno. No te alteres mamita —dijo acercándose a ella.

Sus ojos brillaron aún más, como dos faros llenos de perversidad, y un horrendo olor a muerte invadió a la joven atrapada. Él disfrutaba aquello y se divertía con el sufrimiento de Jane.

—No me digas lo que puedo o no decir, ¡maldita bestia! —gritó ella como si con eso lograse algo.

La ira y el odio se esparcían por cada rincón de su alma y se maldecía a si misma por estar atrapada y no poder matar con sus manos a ese engendro que había acabado con su pequeño bebé.

—No te alteres querida… siempre hay posibilidades de cambiar el curso de la historia… la vida es solo una sumatoria de pequeños e insignificantes momentos. Si uno de ellos cambia…

Y ella enmudeció. La contundencia de aquellas palabras no solo la golpeó, sino que la dejó con una certeza: la decisión estaba en sus manos. Su corazón palpitaba acelerado, tanto que creyó que se le saldría de su pecho. Su respiración estaba agitada e irregular. De repente algo caliente subió por su garganta y en un movimiento seco y brusco, borbotones de sangre comenzaron a emanar por su boca. Estaba mal herida. El aplastamiento llevaba ya mucho tiempo y entre la desesperación, el dolor y la furia, su cuerpo ya no tenía resto. Moriría en ese momento y en ese lugar. Miró a su verdugo y deseó fervientemente que nada de eso hubiese pasado. Y todo se volvió oscuridad.

Abrió sus ojos y una luz cálida le acarició el rostro, encegueciéndola momentáneamente. La risa de su hijito y su esposo la acunaron y cierto alivio se instaló en su espíritu. Parpadeó varias veces y allí estaba en su casa, junto a sus dos amores. “Fue un sueño”, pensó. Y se sintió feliz.

El tiempo pasó, día tras día, semana tras semana. Una mañana, luego de cepillarse los dientes, mientras se observaba en el espejo, una imagen oscura y de ultratumba apareció de la nada. Se vio a si misma de un blanco mortal, con ojeras y la piel acartonada. Trozos de su piel se estaban desprendiendo y debajo solo veía restos óseos. Era la imagen de un cadáver. Y detrás de ella Antón, pero no su esposo, sino aquel que una vez la visitara en el derrumbe. Quiso gritar pero su voz se evaporó en el nada misma. Se dio vuelta y allí pudo verse atrapada entre escombros, siendo invadida de gusanos y animales carroñeros. Las lágrimas brotaban de sus ojos, imparables. El olor a putrefacción la invadió otra vez y quiso vomitar. “Estoy enloqueciendo”, dijo mientras se tapaba el rostro con ambas manos. Se secó las lágrimas y cuando la náusea calmó, volvió a mirar a su alrededor y estaba otra vez en su baño. Miró con desesperación su rostro y estaba intacto, joven y bello, como siempre.

Salió de allí con el corazón atormentado y la vida continuó como siempre, solo que ella comenzó a sentirse más y más extraña. Los mareos y las náuseas se instalaron y se hicieron cotidianos, así como su preocupación. Entonces, ella y Antón fueron con un médico que la examinó y le hizo varios estudios.

—Felicitaciones, tendrán otro hijo... —dijo el hombre y a Jane se lo ocurrió ver un destello en aquellos ojos, un brillo que la horrorizó.

Se fueron de inmediato a la casa. Ambos estaban sorprendidos aunque no de la misma manera. Antón estaba feliz, pero Jane… Inmediatamente hizo las cuentas y algo no encajaba. La fecha de su embarazo coincidía con la de aquel extraño sueño que aún la atormentaba. “¿Y si no fue un sueño?”, se encontró pensando. “¿Y si ese hombre hizo algo…?”
—¿Estás bien, cariño? —dijo Antón y la sacó de sus cavilaciones.
—Si… bien. ¿Podremos arreglarnos? —dijo ella, algo ida.
—¡Por supuesto! ¿No te alegra esto? Si no lo querés podemos…
—No, por Dios… —se apresuró a decir y sintió una punzada en el bajo vientre que la obligó a sentarse.

“¡Qué extraño!”, pensó.

Las semanas comenzaron a sucederse y mientras el abdomen se abultaba, Jane empezó a desmejorar. Los días la encontraban en la cama con episodios de delirios que su esposo no sabía o podía manejar. De un día al otro los rezos y plegarias llenaron las horas del día, a pesar de que ella no se encontraba entre las que se definían como devotas religiosas; más bien había estado alejada de la iglesia por diversas cuestiones. Sin embargo, desde aquel evento de dolor en su vientre, Jane había obligado a su esposo a colgar una imagen de Cristo en la cruz en la pared de la habitación, así como varios rosarios y hasta una virgen. Él se preocupó aún más y lo habló con el médico.

—A veces la espera altera a algunas mujeres, no se preocupe —dijo el facultativo mientras observaba de lejos a Jane.
—¿No va a revisarla?
—No es necesario, su ecografía y los análisis están bien, solo tiene que descansar

Jane observaba la conversación desde la distancia de su delirio, mientras continuaba rezando. Los dolores en su vientre eran insoportables y ella tenía una seguridad que se materializaba día a día: estaba embarazada del mismísimo amo de las tinieblas, del Diablo.
Una mañana en la que sintió que su vientre se desgarraba por dentro, pidió por un sacerdote. Antón, desesperado, obedeció y trajo al Padre que los había casado. Ella y el hombre rezaron juntos durante largas horas, mientras los dolores se hacían lacerantes y le paralizaban sus piernas. Cuando finalmente la crisis pasó y ella se calmó, el cura se retiró a hablar con Antón. Aunque, sin que ellos supieran, Jane espiaba desde la habitación. Allí vio como el padre meneaba la cabeza en una negativa contundente. En ese momento supo que todo había sido en vano, que no había salvación. Entendió que solo tenía una salida y estaba en sus manos.

Mientras tanto, Antón despidió al sacerdote y de inmediato tomó el teléfono. Debía llamar al médico para comentarle la inquietud suscitada en la entrevista con el padre; pero entonces vio como Jane, arrodillada en la cama y rezando un Padre Nuestro, se clavaba un cuchillo en el bajo vientre.

Antón corrió desesperado hacia ella, como en una mala película de Hollywood, aunque ya era tarde. Ella cayó entre sus brazos y mientras agonizaba vio en Antón un brillo particular en los ojos; él le repetía una y otra vez cuánto la amaba y la necesitaba. Entonces, oscuridad.

Dicen que cuando hicieron la autopsia, el vientre de Jane estaba totalmente arañado por dentro y vacío, como si una fuerza poderosa hubiese quitado el feto antes de que el metal lo atravesase…

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014