martes, 24 de marzo de 2015

Relatos de la Parca... puntos de venta!

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viernes, 20 de marzo de 2015

La otra






Querés decirle cuánto lo amás antes de que suceda lo que ya sabés que va a pasar. Deseás abrazarlo y sentir su calor antes de irte y quedar arrinconada en ese espacio mínimo y oscuro al que ella te relegó. Antes de que ese ser llegue e irrumpa con sus violentas aunque sensuales formas. Querés avisarle, advertirle, pero ya es tarde. No te da tiempo. Cada vez te da menos tiempo.

De repente te sentís en un pantano aceitoso que te tira para abajo y más abajo. Notás que tus sentidos están atados, que tu lengua no responde, que tu cuerpo ya no es tuyo y es verdad: ya no lo es. Tratás de pensar en él, en tus hijos. Te aferrás a esos pensamientos, a la calidez de su amor. Tenés terror de que esa otra los lastime o peor aún, que los encandile con sus formas y, deslumbrados, ya no te quieran más. Y sin embargo, no podés hacer nada.

La oscuridad te envuelve, te hace suya por tiempo indefinido. Si, indefinido para vos que no sabés cuánto dura este estado de suspensión forzoso. Te sentís congelada, entumecida y puesta de adorno sobre un armario mientras que te llenás de polvo y tiempo. Y quedás así como una estatua guardada y el todo se hace eterno.
Nada…

Lentamente te descongelás, salís de tu estado catatónico, flotás y resurgís como el ave fénix desde las cenizas. Despertás de tu sueño aletargado y te encontrás en el baño de tu casa. Sí, es ahí aunque algunas cosas están diferentes: una lámpara nueva, el tapiz de la tapa del inodoro, el espejo. Mirás tu reflejo y notás que la ropa que tenés puesta no es tuya, sino que es la de esa prostituta. Y ves tus labios de un rojo carmesí, tus ojos maquillados y tus tacones altos que hablan a gritos del mal gusto de esa otra. “Puta”, pensás y los ojos se te llenan de lágrimas. Llorás en silencio encerrada en el baño. Luego de uno minutos te volvés a mirar al espejo y estás segura de que esa imagen de rímel corrido y rostro amargado es el fiel reflejo de tu alma. Un alma corrompida por alguien más, por un ser macabro que usa tu cuerpo y seduce a cuanto ser humano que se le cruza. A él… Afortunadamente no tenés recuerdos vivos, aunque algunas veces soñás y lo que allí aparece te aterra. Te tortura…

“Cariño ¿estás bien?”, te dice él desde el otro lado de la puerta. Y vos querés vomitar. Si, seguro que se revolcó con esa otra que se vistió así y quiere más. Pero vos sos la decente, la honesta, y tenés que poner un freno a todo este libertinaje del que él se aprovecha.

“Si… ya salgo”, contestás mientras te refregás la cara para sacar ese maquillaje del demonio. Escuchás como él se aleja, quizás va a la cocina para preparar el desayuno ¿o será de noche? No tenés idea y eso te aterra. Te quitás toda la ropa y los zapatos y vas hasta la habitación. Abrís la puerta del placar y tirás toda esa ropa dentro. Mirás en busca de algo recatado, algo más apropiado a tu persona pero notas con pánico que ella cambió todo: minifaldas, remeras escotadas, jeans ajustados. Nada es acorde a tu persona… “No puede ser”, pensás mientras que encontrás un vestido de maternidad ancho y de color tiza. Si, pensás que eso se ajusta más a vos y a eso le sumás unas chatitas negras. Te recogés el pelo bien tirante y bajás hasta la cocina. Ahí notás que efectivamente no es la mañana. Tratás de pensar en el último recuerdo que tuviste: era martes y estabas desayunando. Luego, ese mareo y palabras, muchas palabras. Tratás de serenarte pero la desesperación se apodera de tus pensamientos. Buscás un almanaque, algo que te diga que día es, pero no encontrás nada. Disimulás tu nerviosismo, no querés que se den cuenta. Pero allí están mirándote: tus hijos y él. 
“¿Querés un te?”, te pregunta él queriendo disimular el asombro al verte vestida así.

-No, gracias –contestás mirando por la ventana y comprobando que es de noche. “No estoy loca”, pensás angustiada.
-Que ¿no vamos a ir a la fiesta? –pregunta tu hijo menor, Kevin
-¿Fiesta? –decís atontada, observando con asombro lo grandes que tus hijos están. Jurarías que pasaron años y ese pensamiento te aterra. ¿Y si ella estuvo todo este tiempo? Querés llorar otra vez, pero tragás saliva y aclarás tu garganta.
-Sí, la fiesta de egresados de Clara… -dice tu marido titubeante. –Pensé que irías con la ropa que me mostraste recién… y los zapatos de taco que compraste ayer…

Mirás a todos y sentís el peso de sus ojos que se clavan en tu alma. Te sentís mareada y salís corriendo al baño a vomitar. Te encerrás y llorás otra vez y la nube tóxica, esa que te envuelve y te tira al rincón oscuro, quiere aparecer. Otra vez aparece esa sensación libidinosa y demoníaca que quiere invadirte, penetrarte, hacerte suya. Quiere llenar tus rincones y apoderarse de tu familia. “¡NO!” gritás y tu esposo, al escucharte, entra al baño.

-¡Dejame hijo de puta! ¡Te acostaste con esa otra! –gritás llorando.
Detrás de él, tus hijos te miran aterrados.
-Váyanse de acá–gritás y él te quiere abrazar. Sentís el perfume de la otra y lo empujás y él cae de lleno al suelo y tus hijos lloran.
-Cálmense –dice él y vos te le abalanzás y con odio por lo que te hizo, por el engaño con la otra, le arañás la cara y le pegás una y otra vez.
-¡Basta! –grita él y te toma en sus brazos y te aprieta fuerte. –Clara llamá a la tía… decile que venga urgente.

Mientras que con dificultad tu esposo te abraza, vos seguís gritando y llorando delante de Kevin, que también llora asustado. Entonces te calmás y le pedís perdón, pero él se va corriendo a su cuarto. Mientras tu esposo te sujeta, sentís su corazón acelerado retumbando en tus oídos mezclándose con los tuyos que, lentamente, retornan a lo normal. Podrías haberle dicho algo, pero no te atreviste. Sabés que ahora viene todo, otra vez. Recordás que la última vez pasó lo mismo y que luego de ello y de la medicación lentamente te fuiste extinguiendo. No querés eso, rogás que no vuelva a pasar. Entre tanto, llega tu hermana y te da algo que te atonta y le pedís por favor que no te obligue a dormir. Te mira con tristeza y no sabés que hacer.

Mientras te invade el sopor escuchás a tu esposo preocupado, hablar con tu hermana:
-Hacía mucho que no aparecía esta versión…
-¿Habrá dejado las pastillas?
-Puede ser… de todas formas voy a llamar a su médico…

Y entonces te disolvés en la nada, te deshaces y te convertís en cenizas mientras que de nuevo, la oscuridad te envuelve. Y mientras te desarmás, entendés con horror y tremenda tristeza, que la otra, sos vos. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

El inmortal







Dicen que nadie muere antes de la víspera… o después. Aunque esa no fue la realidad de Arnoldo Samaniego. ¿Quién es él?, se preguntarán. Bueno, digamos que ni siquiera la Parca se atrevió a tocarlo, o el Diablo lo reclamó cuando pudo. 

Samaniego fue el peor hombre que caminara sobre la tierra. Era avaro, mezquino, abusador. Sólo deseaba mantener su poder, ese que había logrado tras décadas de sobornos y aprietes, de amenazas y asesinatos encubiertos. Era un ser despreciable al que ni siquiera su madre pudo amar, aunque lo intentó. Y ¿por qué? Bueno, cuando él nació su madre sufrió tremendo dolor y casi muere desangrada. Cuentan que la noche en la que ella dio a luz, un rayo partió el árbol que estaba en la puerta de la casa, dejándolo reducido a cenizas. Y no sólo eso. Al salir de su vientre, Samaniego desgarró literalmente la carne de su madre, exteriorizando su útero que casi se parte en dos. El resto del cuerpo de la joven desgraciada sufrió, además, tremendas convulsiones. Toda la situación fue traumática y muy desagradable, y la pobre mujer tardó meses en sanar. Sin embargo, no fue por ello que la joven no sintió afecto por el niño. No. Una vez recuperada de tal evento y jurándose no parir a nadie más, se dedicó al niño como buena madre devota que era. Le profesó todo el cariño y cuidado que luego de semejante trauma inicial, pudo dar. Pero el niño, ya desde pequeño, demostró claros signos de antipatía hacia su madre y el mundo en general. Jamás sonrió. Jamás tuvo una palabra de cariño para ella u otros niños y cuando pudo, la abandonó. Ella murió de tristeza, una tarde gris y fría, de la forma en que mueren las madres que no entienden en qué se han equivocado al engendrar y criar a semejante ser. Pero lo que ella no sabía era que la noche en que lo concibió, esa mismísima noche, el hijo del Diablo rondaba la tierra de los vivos.

Si. Su padre, Satanás, no lo supo hasta mucho después, cuando ya era demasiado tarde como para hacer algo. Su hijo, esa noche, había decidido pasearse por entre los humanos, ufanándose de su poder ilimitado. Caminó entre las personas, como uno más, mientras que suspiró falsas profecías en algunos oídos, prometió riquezas a otros y recolectó alguna que otra alma con las que se alimentó, tan solo para saciar su necesidad básica de supervivencia. Pero se estaba aburriendo y finalmente pensó que salir del Averno no había sido tan buena idea. Pero allí vio a una adorable pareja en un parque, sentados a la luz de la luna haciéndose promesas de amor eterno, y por supuesto le provocó náuseas mezclada con algo de desprecio. Con esos sentimientos, se metió en el cuerpo del joven amante y lo poseyó, como así a la joven y futura madre de Samaniego. De inmediato ella quedó embarazada al tiempo que el muchacho desaparecía para siempre al enterarse de semejante noticia. Siete meses y medio después y anticipándose al mundo, Arnoldo Samaniego nació dejando una marca en su madre y en el universo mismo.

Creció entre las sombras, inmerso en la duda del abandono de su padre, y muchos creen que siempre supo que su origen era inexplicable, por denominarlo de alguna forma terrenal. A sus 17 años abandonó el hogar que lo vio crecer y fue a probar suerte. Algo, que por supuesto le sobraba para ciertas cuestiones. Primero se dedicó a las apuestas para acrecentar su pequeño capital. Y luego, decidió que debería invertir fuerte e insertarse en ese mundo que desde siempre anheló. De repente entendió que con su bello rostro y su hábil mente era capaz de lograr lo que quisiese. Y así, a sus veinte y tantos, se convirtió en presidente de una empresa billonaria y amante de varias mujeres poderosas (esposas de hombres poderosos) que apenas resistían sus encantos masculinos. De esa manera, tenía influencia en todo el mercado monetario y lo único que pudo hacer fue codiciar más y más.

Las décadas fueron pasando y Samaniego acumuló años y poder. Envejeció inundado de avaricia y rodeado de lujo y libertinaje. Era dueño prácticamente de todo el mundo, dirigía la multinacional más notoria, aunque turbia, y eso no era suficiente. No para Arnoldo Samaniego que siempre necesitaba más: más poder, más desafíos. En realidad, el único desafío pendiente era el dejar herederos, pero para cuando se dio cuenta de esa necesidad ya era tarde.
Y el tiempo continuó su curso natural.

Había pasado los noventa y ocho años, cuando sintió que su corazón por primera vez le fallaba. Un dolor atroz se instaló en su pecho y una certeza: esa sería la última vez que vería el mundo. Era una noche oscura, en la que la luna de repente se vio obstruida por nubarrones premonitorios, como los que atravesaban su mente atormentada por el mal que había diseminado por el mundo. ¿Acaso el cielo estaba indicando el inminente fin? Así lo esperaban todos, así lo temía él. Su médico personal, en aquel momento, le armó una sala de cuidados intensivos en su oficina, en el edificio en el que vivía y que además hacía las veces de oficina y centro de convenciones; y allí él, Samaniego y todos en el edificio, esperaron a que la naturaleza y la Parca hicieran lo suyo. Después de todo, había vivido lo suficiente.

Una terrible tormenta se desató a eso de las once de la noche. El viento arreció con furia dantesca y arrancó unos cuantos árboles de raíz que terminaron insertados en varias casas del lugar, mientras que la lluvia castigó durante interminables horas. Pero nada más pasó y él, como el tiempo, mejoró.
Contento con su suerte, dejó instalada aquella sala de cuidados intensivos y reconoció al médico como su salvador. Lo cual trajo el odio de la humanidad hacia aquel profesional, por supuesto.

Y la vida continuó. Unas cuantas décadas más pasaron y el corazón otra vez amenazó con detenerse. Para este entonces, el médico que lo “salvase” la primera vez, había dejado el mundo de los vivos y otro, de igual reputación, lo había suplantado. A la sala de cuidados intensivos original le habían agregado cuanto aparato de avanzada encontraron: monitoreaban su corazón, su respiración y hasta sus pensamientos. Otra vez, aquella noche una tempestad se desató sobre la tierra. En aquella nueva tormenta cientos de almas perecieron por inundaciones y rayos que cayeron a la tierra buscando a Samaniego que, en su edificio ultramoderno y custodiado, convalecía una vez más. Y como entonces, nada pasó.

Muchos creyeron que el cielo se estaba cobrando miles de almas a cambio de aquella supuesta inmortalidad de la que Samaniego gozaba, y por ello en varias ocasiones intentaron eliminarlo. Usaron venenos, armas blancas, incluso lo asustaron en más de una oportunidad, para que su corazón se detuviese.

Pero por supuesto, todos aquellos intentos fracasaron. Y Samaniego comenzó a creer en su propia inmortalidad.

Ciertamente, al principio solo fue una idea, una suposición y coqueteó con esa sensación, con ese poder eterno que se le había otorgado. Porque de alguna forma eso significaba que él podría seguir acumulando dinero y poder, y que tendría una eternidad para disfrutar. Ese pensamiento se cristalizó en sus neuronas y lo hizo más tirano; y si quedaba algún negocio –aunque fuese pequeño- por conquistar, él arremetió contra esos dueños que durante tanto tiempo habían resistido.

Entre tanto, había cumplido 213 años. Sus vasallos, que en todo este tiempo habían sido reemplazados por razones obvias, decidieron prepararle una fiesta. Ya que, después de todo, ¿cuántas veces verían algo semejante?

Y Samaniego se preparó para tal acontecimiento.

Esa noche, el salón de eventos del edificio donde vivía Samaniego, fue preparado para el agasajo. Miles de invitaciones habían sido enviadas semanas atrás y aquella noche concurrieron desde presidentes hasta personajes del espectáculo, reyes y príncipes, barones y baronesas. Todos se presentaron con sus mejores galas pero con algo más que los nucleaba: la incógnita de ver a este ser que según se decía, era inmortal. Muchos creían que era una mentira, que el hombre sería un anciano, hijo de aquel original presidente de la compañía. Otros juraban que sus abuelos y hasta sus bisabuelos, lo habían conocido y que juraban, era la misma y anciana persona. Por una cosa u otra, todos se hicieron presentes esa noche y esperaron con ansias por aquel hombre poderoso.

Luego de que lo ayudaran a vestirse, Samaniego se miró en un enorme espejo que se encontraba en su habitación. Hacía tiempo que no se observaba. Por una cosa u otra, siempre pasaba de largo y evitaba su reflejo. Pero esta vez no pudo evitar mirarse y allí lo notó: se había convertido en un vejestorio, enclenque y escuálido, arrugado por donde se lo mirase, con sus carnes estiradas colgando por doquier, aunque –hay que admitirlo- con una lucidez asombrosa. Odió esa imagen de inmediato. Si hubiese tenido fuerzas para arrojarle algo al espejo lo hubiese hecho, lo hubiese destrozado. Pero su cuerpo decrépito le obligó a pedir ayuda a sus lacayos y estos lo cubrieron por él. Ya no observaría su reflejo nunca más…

La fiesta pasó, la gente se asombró y los murmullos se elevaron. “No puede ser inmortal, fíjate lo desahuciado que se ve”, decían despacio creyendo que él no escuchaba. “En cualquier momento se cae y se quiebra todo, por Dios”, seguían diciendo, mientras que Samaniego se indignaba con cada palabra. Pero lo dejó pasar, mientras que se dedicó a oprimir a los que ya estaban oprimidos.
Unas cuántas década más pasaron y Samaniego seguía en pie. Aunque en pie es una forma de decir. Su debilidad lo obligaba a usar bastón o –la mayoría de las veces- una silla de ruedas eléctrica. Era obvio que cada día necesitaba más y más ayuda con las cuestiones cotidianas. Pero si a los reyes los vestían, los bañaban, los peinaban ¿por qué a él no? Ese pensamiento lo consolaba en ocasiones, ya que ser observado y notar los gestos de repugnancia de sus ayudantes, era algo duro de tolerar. Por supuesto, no todos le proferían esos gestos. No. Había un muchacho que era estoico, devoto. Era delgado como Samaniego y algo bello también. Él podría haber sido su hijo. Si…

Una mañana, en la que sus lacayos lo ayudaban a vestirse, notó con intenso asco, que uno de sus pies se estaba desgranando. Si, desgranado, desintegrándose, haciéndose polvo. Enseguida echó a todos de allí. A pesar de sus casi trescientos años, no quería demostrar debilidad, la de la carne, esa que se desarmaba con sólo mirarla. Como todos le temían, hicieron caso omiso a sus directivas, entonces en soledad miró el pie a medio caer y pensó en qué haría ahora. Fue así que decidió vendar aquella parte deshecha de su cuerpo y por unos cuantos días pasó desapercibido.

Sin embargo, otra mañana descubrió que su otro pie, el izquierdo ahora, estaba corriendo el mismo destino que el derecho. Quitó la venda para comparar y con horror notó que el pie derecho había desaparecido por completo: solo se veía piel y parte de su tibia y peroné que también se estaban apolillando. Vendó ambos miembros para disimular, pero aquello, esa desintegración, continuó lenta pero determinadamente.

Para fines de la semana ya no tenía piernas y su rostro, cual momia del antiguo Egipto, estaba agrietándose también. Si alguien se detenía a mirar, podía ver a través de su mejilla, parte del hueso de la mandíbula y sus muelas superiores. Pero nadie lo observaba, por órdenes estrictas suyas.

Ante semejante y horroroso cuadro, obligó a sus ayudantes a que no entrasen más a su habitación, excepto por aquel muchacho. Él era el único que Samaniego dejaba entrar, aunque nunca lo dejó observar su lenta desintegración.

Una mañana de febrero, su fiel asistente entró a la habitación para ayudar a su amo. Se asombró al no encontrarlo sentado en su cama como cada mañana. En cambio, encontró unas vendas llenas de arena sobre las sábanas. Pensando en lo que su jefe diría al encontrarse con semejante cuadro en la habitación, el joven sacudió el polvillo como pudo. Pero para su sorpresa, una leve brisa que se filtró a través de una de las ventanas, levantó esas partículas que comenzaron a volar casi con vida propia. Al principio, se formó un remolino que simuló un huracán en miniatura y luego, aquel polvo, como si tuviese vida propia, fue a parar a las narices del muchacho, penetrándola con violencia a pesar de que intentó resistir.

¿Y Arnoldo?, se preguntarán. Algunos juran que Samaniego jamás murió. Que vive en las miles de partículas suspendidas en el aire. Lo más extraño del caso fue la historia de aquel asistente, que con rapidez se convirtió en presidente de la compañía y que el próximo mes cumplirá cien años.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015
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lunes, 9 de marzo de 2015

Desposeída






 
Estábamos solos en la tarde tranquila, y su pequeño corazón, al fin desposeído, había dejado de latir. Silencio, mucho silencio a mí alrededor, en mi corazón. Lo observé largamente. Me acerqué a su rostro: olía a almendras y chocolate, quizás a caramelo. ¡Era tan bello su aroma, tan dulce…! y su rostro. Estaba cálido, él siempre había sido así.

Una lágrima brotó. Los recuerdos se tornaron agobiantes. Incontrolables. Mi mente no paraba de rememorar cada instante y paz era lo que menos encontraba en mis pensamientos. Necesitaba entender, aunque la claridad no llegaba.

Lo observé otra vez. Su expresión… él era un ángel, el custodio de mi vida. Mi pecho se contrajo con aquel pensamiento. Suspiré. Con sus apenas cinco años había sido un sol que iluminaba mis días, aún los más tristes.

Hasta que todo empezó.

Al principio fueron detalles, indicios mínimos que denotaban cambios en su comportamiento. Pequeñeces que sólo una madre dedicada puede notar. Y así lo hice. Miradas de soslayo, palabras que antes no existían en su vocabulario. Era tan pulcro y de repente, un día me llamó “víbora venenosa”. ¿Qué se supone que debía hacer? Primero desesperé porque jamás él…. De inmediato lo tomé del brazo y lo llevé al baño. Le lavé la boca con jabón, por supuesto, y juntos fuimos a la iglesia a rezar. Dios debía perdonar sus faltas.

Pero era preocupante. Si, comencé a pensar que si a esa corta edad él debía pedirle perdón a Dios… ¿qué pasaría luego?

"Es cosa de niños", me decían las vecinas.
"Si, por supuesto. Pero si lo dejo… cuando sea más grande entrará a las drogas o a una pandilla…  no, la educación comienza por casa. Así decía mi madre. Y en casa estoy yo.
Y estaba yo porque su padre… cobarde.

Luego de aquella vez, las cosas se calmaron un poco. Mi niño volvió a ser ese ángel maravilloso al que me había acostumbrado, el mismo que cuando era bebé. Pero luego de unos meses aparecieron nuevamente las miradas y ciertas palabras, demoníacas palabras. Me asusté, entré en pánico. Tal vez mi hijo escuchaba a otras personas que hablaban así. Personas inescrupulosas, personas a las que nada les importaba. Ni siquiera el Señor.

Comencé a rastrear cada acción, cada lugar, todo aquello que estaba en contacto con él. Hablé con su maestra del jardín de infantes y sólo tuvo palabras de halago para con él.
"Es un niño maravilloso, un ángel realmente".

Así que, al parecer, no era allí donde aprendía esa conducta. Pero no desistí, continué investigando, analizando cada variable. Hablé con las mamás de sus amigos. No tenía muchos, pero si dos o tres. Las mamás juraron que sus niños se portaban como ángeles y que mi hijo era así en sus casas. Así que tampoco eran las compañías.

Pero la conducta impropia continuaba, día a día. Y esa mirada acusatoria. Esos ojos penetrantes, oscuros que escrutaban mi alma cristiana. En aquellos momentos comenzamos a frecuentar aún más nuestra iglesia e incluso hablé con el Padre, le conté mis temores.

"Son los temores de toda madre… el niño es sano, es bueno, es un ángel del Señor".

Rezamos. Rezamos mucho. Le pedí al Señor piedad por mí, por mi hijo, por nuestras almas. Le pedí fuerzas para sobrellevar esa carga, esos ojos, esas palabras.
Luego de ello, la calma retornó pero esta vez fue más breve. Recuerdo esa tarde en particular. Él estaba jugando con sus autitos en el jardín trasero de la casa y ya había llegado la hora de la merienda. Siempre merendábamos a las cinco en punto, como cuando yo era pequeña. Recuerdo que mamá me hacía lavar las manos con lavandina… o quizás es lo que recuerdo. Sería jabón, sí. Pero siempre a las cinco. Ni un minuto antes, ni uno después. Se respetaba lo que mamá decía. Sobre todo si no quería que la tormenta se desatase… y eran oscuras tormentas.

“A merendar, cariño”, recuerdo que le dije y él no contestó. Entonces, urgida por la hora y viendo que todo estaba preparado, salí a buscarlo.
“Vamos, corazón mío a merendar…”, insistí.
"No quiero, estoy jugando", contestó sin mirarme. Sus palabras eran ásperas. Cerré mis puños para no desesperar y le hablé calmadamente: “Pero es la hora… vamos que se enfría… mi vida”.
"¡Dije que no quiero! Estoy jugando con mis autos", respondió con dureza. Y me miró con esos ojos vacíos, oscuros, que escrutaron mi alma atormentada.  Acto seguido y presa del pánico por la situación inesperada, lo tomé del brazo con fuerza e intenté llevarlo adentro. "Dejame. ¡Dejame!", gritaba desaforado. “Va…mos aden...tro. Es.. hora de… la merienda”, le dije mientras forcejeábamos.

Pero entonces pasó lo que jamás creí posible que sucediera: él me empujó con violencia haciéndome trastabillar y caer al suelo, mientras me gritaba: “Bruja, no me toques más. Te odio. ¡Te odio!”
Fueron puñales en mi pecho. Solo pude salir corriendo a mi cuarto a rezar. Tomé la Biblia e intenté encontrar una respuesta que al principio se negaba a aparecer. Pero de repente, mientras oraba por el alma de mi indefenso niño, la respuesta llegó a mí como una Revelación y entendí de qué se trataba todo. Entendí el motivo por el que mi ángel actuaba de esa manera y lo peor de todo, entendí que nadie más que yo lo veía. Supe de esa manera, que debería llevar adelante yo misma aquel ritual del que hablaban las escrituras sagradas.

Entonces, lo hice… esa tarde, mientras él descansaba lo observé. La luz del sol se escondía y con sus últimos destellos lo bañaba haciendo que se viera más angelical aún, y por un momento dudé de mi decisión. Pero entonces entendí que el Diablo puede seducirte de mil maneras y esa cara de ángel era una de sus tantas trampas.

Lo levanté con suavidad entre mis brazos y lo llevé al patio. Allí había preparado el lugar, debajo de un árbol centenario. Recordé cómo mi madre había hecho lo mismo cuando yo era pequeña, “y resulté de lo más normal”, pensé. Aunque por un momento mis manos y todo mi cuerpo se estremecieron con el recuerdo.

Suspiré. Despacio, casi como si me faltasen las fuerzas suficientes, comencé con un rezo pero de inmediato mi pequeño despertó y asustado, comenzó a gritar de una forma extraña. Sus alaridos no eran de este mundo y por un instante me aterrorizaron más que el recuerdo de mi madre y su enorme crucifijo. Un gruñido demoníaco que devastó mi corazón, brotó de esos pequeños labios y yo recé muy fuerte, cerré los ojos y mientras hice aquello, puse mi mano en su pequeña boca, desesperada por que parase de vociferar.

“Ya…shhh… silencio. Dios ayúdalo… ¡silencio que no puedo pensar bien!”
Y mientras con la mano obstruía su boca, impidiendo que gritase, continué con mi ritual sanador. Recé fuerte. Usé la palabra del Señor mientras mi pequeño se agitaba, endemoniado. De esa manera no podía seguir. Sus pataditas no me dejaban concentrar, entonces me coloqué sobre sus piernas y sin quitar la mano de su boca, continué con la oración. Luego de unos minutos de intenso rezo, sus movimientos de a poco fueron menguando. Si, el exorcismo funcionaba. Mi bebé se calmaba con cada palabra, con cada amén. Y entonces los movimientos acabaron de golpe y su cuerpo se volvió flácido. El bien había triunfado. Si.

Pero entonces, retiré mi mano de su rostro como si su piel quemase, aunque ya no ardería jamás y lo miré: sus labios estaban azulados, sus ojos entreabiertos, dilatados… vacíos. No entendí que salió mal. “Esto no está bien… no”, dije. Mientras lo sacudí para que reaccionase. 

Luego de unas horas llegaron algunos vecinos que al verme con mi Ángel en brazos y sin vida, sólo me acusaron con sus miradas.

“Están todos poseídos como lo estuvo mi bebé. Sí, pero yo lo salvé. Ahora su pequeña alma, pura como cuando nació, irá con el Señor”, dije evitando que me saquen a mi pequeño.

Y todos esos  recién llegados, en aquella apacible tarde, me dieron sus miradas oscuras, vacías, desaprobando mi accionar, y se llevaron a mi pequeño ángel.
“¿No ven que hice lo correcto? ¿Por qué me lo quitan? ¡No se lo lleven… nunca estuvo lejos de mí! Teníamos que merendar a las cinco…”
No se lo lleven, por Dios. Nunca estuvo solo… le teme a la oscuridad.

Y como esos demonios no me escuchasen, fue que busqué un cuchillo y desesperada lo hundí en mi garganta… para ir con él, con mi angelito, y acompañarlo eternamente.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015