martes, 13 de diciembre de 2016

No hay dos iguales





—¡Te digo que no es él, Mayra! No seas cabeza dura…
—Sí, es él. Te juro que es él. Esos gestos…mirá la barba…decime si no es igual a la foto. No me jodas, es él. Es Facundo. 

Mayra compara a distancia la cara de un muchacho que está sentado en la mesa del bar. Está a varios metros y entre ella y él hay una multitud que va y viene. Él ríe mientras toma cerveza. Ella trata de esquivar a todos con la mirada. Y compara. El problema no es él en sí mismo sino que está con alguien. Mayra disimula para que el supuesto Facundo no se de cuenta. Aunque es obvia como el resto de sus amigas que intentan persuadirla. Pero los ojos de Mayra van del Facebook al flaco y viceversa. 

—Agrandá la imagen…¿a ver?
—¿Por qué no vamos a otro lugar? —dice Sandra preocupada. 

Ella conoce a su amiga. Sabe que cuando a Mayra se le mete algo en la cabeza, es difícil sacársela. Incluso se torna peligroso. Quizás un tanto obsesiva. Si, esa es la palabra justa: obsesión. Como cuando se enamoró locamente del vecino de enfrente. Fue un amor platónico que le carcomió la cabeza. Nunca hubo un encuentro físico, por supuesto. Tal vez una sonrisa, o un encuentro casual en el negocio de la esquina. Quizás compartían el gusto por el mismo tipo de café. O incluso ella modificó sus gustos solo para tener algo en común. A pesar de todo eso, para ella, él fue el amor de su vida. O uno de sus amores. Y casi termina en tragedia cuando se enteró que tenía novia. Sí, Sandra tiene muchas razones para estar preocupada por su amiga. Demasiadas.

—Nos quedamos acá y punto. Este pibe es un caradura. Tamara seguro que está durmiendo, con esa gripe que tiene y este pelotudo le habrá dicho que se iba a jugar un picadito o a comer un asado con los amigos. Y está acá… ¡con otra mina! Que descarado.

—Mmmmhhh se parece…pero no sé…fijate en la foto…acá parece de dos metros y este es petiso…pará que ahí viene. Háganse las boludas.Catalina se divierte con la situación, ella es ajena a los pensamientos de Sandra, a sus preocupaciones. Ella es una agregada reciente al grupo. No conoce la “historia” de sus amigas. De ninguna. 

Catalina ríe y el resto hace lo mismo. Algunas por imitación, otras por nerviosismo. Pero  Mayra está seria. Abstraída en ese rostro que se torna conocido, aunque de forma lejana. Quizás entre burbujas de alcohol y unos ojos verdosos que cambien con el sol. Quizás entre pensamientos amargos de frustraciones propias. Mayra vio a Facundo solo un par de veces. Pero según su juicio, eso la coloca en un lugar privilegiado. Ella puede…debe ser defensora de la amiga ausente. “Pobre Tamara”, se repite una y otra vez. “Si esto me pasara a mí me gustaría que alguien hiciera algo. Alguien que piense en mí…”; aunque no tiene quien la engañe siquiera. 

Todas disimulan. Hacen que se sacan fotos y toman la cerveza de sus vasos mientras el muchacho pasa caminando. Pero Mayra lo sigue con la mirada. Ella ni siquiera se hace la tonta, no esquiva la mirada. Él pasa a su lado sin registrarla y eso la pone más nerviosa. “Se hace el boludo…”

Mayra se levanta y Sandra que está pendiente a cada segundo de su amiga la agarra del brazo. Cruzan miradas. Hay violencia en una y súplica en la otra. Mayra ve la preocupación de su amiga pero se siente ofendida. “No estoy loca”, piensa. 

—Voy al baño nada más—le dice con frialdad y se suelta. 

Camina hasta el baño. Hay mucha gente. Se choca a una piba que no tiene ni diecisiete años. La detesta y disfruta ver como se mancha la camisa blanca. “Estúpida”, dice la piba y Mayra hace una media sonrisa triunfal. Por un segundo se olvida del supuesto Facundo. Por un instante hasta podría disfrutar, buscar a alguien, llevarlo a casa. Quizás si algo entretuviese esa mente inquieta y trastornada por la situación, las cosas serían hasta placenteras para ella. Pero para Mayra la vida no funciona así. Lo ve salir del baño y toda posibilidad de gozo se disuelve en el aire. “Es él”, se dice. Y va directo hasta donde se encuentra. 

Camina decidida. Él la observa pero no dice nada. Solo sigue su camino como si en realidad hubiese visto una pared inerte, blanca, insípida. Va hasta donde le corresponde, con la otra minita. Con la otra. Mayra se siente enloquecer de rabia. Gira entre dos pibes que le dicen algo, quizás un piropo. Pero ella está enceguecida. Sigue al supuesto infiel. Al novio de su amiga. Al que le robó la paz de un encuentro entre amigas. 

Sandra la divisa a la distancia y quiere frenarla pero sabe que no va a llegar. Ve que su amiga agarra una botella vacía. “Está loca”, piensa, “lo va a matar”. 

—¡Mayra! —grita pero su voz se ahoga entre ritmos electrónicos y risotadas ajenas. 

Acelera el paso. Sabe que su amiga es capaz de confrontarlo y más. Lo sabe porque años atrás, luego de salir de la internación por el amor platónico se volvió a enamorar. Salió mal. Obvio. Él la engañó. Ella lo encaró. Aunque por supuesto todo quedó en la nebulosa de sus recuerdos empastillados. Oscuros. Amnésicos. Fue sobreseída por emoción violenta. ¿Cómo ahora? ¿Es esto emoción violenta?, se pregunta Sandra. Siente un calambre en el pecho. Incluso se cuestiona dejarla. Irse. Ella no es su madre. “Soy su amiga” y eso le pesa ahora. Luego de tantos años y tantas situaciones límites vividas juntas siente que llegó a su límite. Comienza a llorar. La impotencia la inunda. Se frena junto a la barra y observa como todo se torna irremediable.

Catalina ve la desesperación de Sandra. Quiere preguntar, pero solo observa la situación. A la distancia la ve a Mayra, con una botella en la mano, llegando hasta donde está el falso Facundo. Falso porque Catalina está segura de que no es el novio de Tamara. Y está segura porque la llamó y disimuladamente le preguntó. “Está acá cuidándome…es un dulce…me preparó un te con miel”, había dicho por teléfono Tamara. Y catalina entiende lo que pasa y recuerda alguna conversación. Mayra y la internación, Mayra y el psiquiatra. Mayra…

“¡Hijo de puta!”, piensa Mayra mientras se acerca al pibe que ajeno a lo que a ella le pasa, sigue con su charla trivial. 

—¡Yo te voy a dar que engañes a mi amiga desgraciado!—grita Mayra mientras eleva la botella para reventársela en la cabeza. Toma el impulso de su odio, de su soledad, del engaño de los hombres y con violencia arremete. 

Pero una mano la frena justo. Catalina le pone el teléfono celular en el oído. Tamara le dice “Tranquila amiga…Facu está acá conmigo. Disfrutá la noche por mí ¿si?”.

Entonces las amigas salen a la calle y transforman en anécdota lo que pudo ser un asesinato. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016
Imagen hallada en la web

domingo, 20 de noviembre de 2016

Derribó torres de bloques, eso.





“Abrazame”, dice. 
Una parte (la parte derecha de mi cuerpo) quiere reaccionar por si sola. De inmediato. Como en un reflejo. En contra de lo que mi cabeza dicta. No mi corazón, mi cabeza. Mi cabeza dice: no lo abraces porque ¿porqué? Lo malcrías.  No es tuyo. No es un objeto. Tiene que frustrase. Lo dicen las notas de las revistas de psicología más importantes. Si le das todo después.... ¿después que? Sos una mala madre. Si. Te convertís en ella. En la representante de lo malo. En la innombrable. 

“Abrazame”, insiste. “No seas mala”

La parte derecha mi cuerpo insiste con querer abrazarlo. Quiere rendirse a ese instinto básico que dice que lo tome entre mis brazos lo bese y lo acune como antes. Como cuando era indefenso. Ahora también lo es. Pero parece que es una indefensión diferente. Quizás más madura. Una que maduro durante los últimos cinco años. Ahora puede sufrir porque no es trauma. Es aprendizaje objetivo. O algo similar. Mis dudas y mi dolor son aprendizaje. Aunque sienta que las agujas de tejer, esas que dejé de usar cuatro inviernos atrás, se clavaran en mi corazón. Y me desangrara lentamente. Agonizo. Siempre.

Amago. “No lo hagas. No desistas. Pensá en su crecimiento”, me digo. Si. Tengo que ser firme. Hay que hacerse respetar. No con gritos sino con firmeza. En la palabra. En el acto.  Eso dicen. Ya no sirve el chirlo a tiempo, el que me dio mi viejo una vez cuando le grité a mamá. “Tu madre es una institución”. Sí que lo es. Aunque esa palabra no me gusta. Es rígida como los hospitales y las escuelas. Como las instituciones de muchos pisos, burocráticas.

Pero él espera por mi abrazo conciliador. Por mi reacción materna e indecisa. Porque muchas voces aparecen y ya no sé cuál escuchar. El corazón... ¿donde queda eso? No sé. Parece que en estos casos no es importante. ¿Qué es importante entonces? El amor no es lo único que necesitan. Reglas. Horarios. Firmeza. Ejemplo. Rutina. Todo eso. Programado desde la genética de la creación. Y el capricho por un abrazo que se disipa en llanto cansado porque son más de las diez y se levantó temprano para cumplir con sus deberes de niño de cinco. 

“Mami”. Lloriquea. 
No llores. Dormite. 

Porque la firmeza de hoy hará el hombre del mañana. Y será exitoso. ¿En qué? No sé. En cualquier cosa. Pero con éxito. Con independencia. De otros significantes. De otros. Que no necesite de los demás todo el tiempo. Que se valga por si mismo. Como ir al baño a hacer lo segundo. Que se limpie. No lo hagas. Yo lo ayudo. No sirve. Tiene que hacerlo solo. Tiene que...
Quizás se transforme en un ser solitario. En ermitaño. Como el de los cuentos que a veces no le leo por que se portó mal en el jardín. Y la seño te dice que hay que ponerle límites porque le tiro los bloques que su compañerito hizo con esfuerzo. El esfuerzo de hacer torres de bloques. Del diseño de otro niño que con independencia logró poner un bloque sobre otro y sobre otro y sobre otros. ¡Con lo que eso significa para el constructo de su psiquis! Y él tiró abajo su psiquis porque derribó una torre de bloques.

“Él me lo tiro antes”, dijo para justificar sus actos violentos de nene de cinco que debe crecer rápido en este mundo acelerado y tecnológico. Que no sabe leer pero que maneja una computadora. Pero que es peligroso porque puede convertirse en haker. O lo pueden hakear y secuestrar a los 11. O peor, puede enamorarse por face de una nena de 12, compañera de su primo que va al mismo cole y que e mandó una invitación de amistad. O quizás no. Quizás sea un pervertido disfrazado de nena que le gustan los nenes y lo aparte de mi vida, para siempre. O lo viole. O lo mate.

“Ma, dale. Yo quiero un abrazo. Uno solo”. 

Y la mitad inmadura de mi cuerpo tiembla. Duda porque ve cómo crece y se aparta. Y entiende por la fuerza que no es de mi propiedad y que así y todo me pide que lo abrace porque si. Porque soy su madre. Porque para eso estoy. 
Me rindo. Lo abrazo. Mi corazón se serena y él se duerme.  Como siempre. Como cada noche. Luego del tironeo de lo que quiere, lo que necesita, lo que necesito y lo que debe ser. Hasta que llegue mañana y todo vuelva a empezar. Otra vez. 

Autor: Soledad Fernández – Todos los derechos reservados 2016

domingo, 13 de noviembre de 2016

En blanco y negro





Al pedo le conté. ¿Ahora quién me saca de acá? Nadie. Me tendría que haber callado la boca, tragarme todo como siempre. Era la mejor opción. Pero no. Tuve que contarle. “Te pareces tanto a ella”, me dice la idiota. ¡No quiero parecerme a ella! No quiero. 

Ya sé no entendés nada. Ella es mi amiga Maca. Le conté un sueño. Uno en blanco y negro. Sí, lo sé es súper raro. No conozco a nadie que haya soñado en blanco y negro. En fin. Lo extraño no fue eso. Para nada. Ni que se repetía durante cuatro días seguidos, por unos cuantos meses. Sino que recuerdo patente que me llamaba Silvia y era escritora. 

Lo más trágico del sueño fue que sentí esa angustia existencial, el dolor en mi corazón de quién siente que la vida es una porquería. Despertaba cada mañana llorando por una vida que no era mía para nada. Yo me dedico a otra cosa. Jamás escribí una frase completa con sentido poético y claramente no siento mi vida vacía. O no lo sentía hasta que se lo conté a Maca. 

Maca es rara. Siempre pensó que nuestras almas son reencarnaciones de vidas pasadas. Y yo siempre creí que eran delirios. Ahora no sé. Ella dice que es la reencarnación de una monja que vivió trescientos años atrás en Europa… y yo. Yo no era nada. Siempre negué a las etiquetas sociales. “Yo soy un alma nueva”, le contestaba. No, vos sos ella. No hay almas nuevas. Ya no. Sos ella. Lo sé. Luego de ese sueño entendí quién sos, me dijo. 

Me preocupó eso. No sabía nada de ella, de Silvia. ¿Cómo podés estar tan segura? Le pregunté una tarde en la que tomábamos mates. Ella estaba insistente con el tema y yo me estaba hartando un poco, demasiado. No sé, tenés el aura oscura, como ella. Mirá, te traje para que leas. Fijate, sos ella. 

Sos ella. ¿Cómo puedo ser otra? Entendés lo que te digo ¿no? No se puede ser otro. Se es uno y punto. Pero para Maca las cosas no son así. Me preguntás: ¿para qué le conté mi sueño? Tal vez quería que ella lo interpretara. Quizás necesitaba saber por qué en blanco y negro. ¿Qué más soñaste? A un hombre. Me leía un libro, uno suyo. Sentí que lo amaba intensamente. Sabía que era mi perdición, pero no podía evitar amarlo así. Desesperada. ¿Y qué más? No me jodas Maca. 

Me dio una revista de psicoanálisis y regresiones. No sé. No entendí un corno. Pero había una nota de ella, de Silvia. Leí desconfiada al principio. Me enteré que ella era tan joven y talentosa, que le dolía en los huesos. Pero eso no era importante. Lo importante es que Silvia tenía una intensa tristeza. Un sufrimiento oscuro y hondo. A medida que leía de ella empecé a entender ese sufrimiento. Esa soledad acompañada. El dolor de ser mujer a pesar de la época. En mi época tampoco es fácil. Vos lo sabés. No somos libres, ni siquiera hoy. Y eso tenemos en común. Silvia y yo. Y a pesar de eso, también compartimos anhelar el amor y poder estar con alguien que nos ame sin cuestionarnos. Y el dolor de un mundo que…

Empecé a sentir que ella me representaba de alguna manera. Ella era la batalla que se libraba en mi interior. En lo profundo de inconsciente. Contra el mundo. 

Empecé a leer más cosas de ella. Pero no lo que escribió. No. Quise entenderla, más allá de sus letras. Supe que desde pequeña se sintió desplazada. Que detestaba a los bebés por su pequeño hermano…yo tengo una hermana menor que desplazó mi vida, mis ilusiones. Ella está enferma desde que nació. Y eso…ella se acaparó todo. Incluso parte de mi cuerpo. Le di un riñón hace unos años. Es lo que había que hacer…

Esa enfermedad de ella me costó la libertad. No pude hacer nada por las dudas. Por si ella se descomponía, por si ella necesitaba. Y eso te condiciona. A ella creo que también. Maca sos una tarada. ¿Por qué me diste esto para leer? Me hubieras dejado con la incógnita. 

Los sueños se fueron repitiendo de a cuatro noches, cada mes. Ella cambiaba como yo había cambiado. Vertiginosa. En la segunda vez me mostró una vida de libertad que jamás había sentido. Amaba a los hombres, solo por ser ellos. Diferentes a nosotras, a Silvia y yo. Me enseñó que se podía amar sin perder la cabeza, por el puro éxtasis de hacerlo. Por diversión. Porque sí. Entendí que me había reprimido toda mi vida. Y ahí comenzó a desbaratarse mi existencia. Me pregunté que pasaría si… primero fui a un bar. Jamás había ido sola a ningún lado de noche. Siempre con amigas, tal vez con algún amigo. Me arreglé lo mejor que pude y salí al mundo. Volví a casa acompañada. La noche fue fugaz, intensa, sudorosa. La mañana fue desgarradora y solitaria. Nunca pensé que el amor furtivo podría darte tanto y dejarte tan poco.  

Dudosa de que quizás ese sentir se tratara de mi primera vez, lo intenté una vez más. Y otra. Y otra. Y en cada caso sucedió lo mismo. Éxtasis y dolor. Cielo e infierno. 

Y lo sueños reaparecieron. Quizás para corregirme o tal vez para demostrar que si seguía viviendo su vida, llegaría a buen puerto. 

Fui madre en ese sueño. O mejor dicho, Silvia lo fue. Yo jamás pude. La cirugía del riñón tuvo un alto costo para mí; una complicación que envolvió mi útero y mis posibilidades. Tal vez el negro de mis sueños era por eso, porque ya nunca podré engendrar, Maca. Maca, ¿me escuchás? A ella ya no le interesaba mi trastorno con Silvia. Ella se había enganchado con un pintor de cuadros góticos y vivía un romance. Me dejó con mis problemas, con Silvia. ¿Y vos? ¿Entendés lo que me pasa? Todavía no, ¿verdad? 

Anoche soñé con él otra vez. Tenemos dos hijos. Pero me es infiel. Él me engaña. Duele tanto. En la carne, en el alma. Es tu culpa, Maca. Me dijiste que somos iguales. Que ella soy yo. Y su dolor es mío ahora. Pero Maca no me quiso ayudar. No. Ella me trajo acá. Estúpida. No entiende nada. Vos no le podés decir a alguien que es Silvia y después no entender nada. Ella no entendió que él me engañaba. Vos, ¿entendés que él me engaña? Si. Me entendés. Lo veo en tus ojos. ¿Y ahora que hago con este vacío? ¿Con este dolor que me perfora, me traspasa? Soy una infeliz por culpa de Maca.  

Ella me trajo hasta acá cuando me encontró en casa con el horno abierto. ¡Deberías haber visto su cara! Maca apareció entre nubes tóxicas del gas saliendo por la hornalla. Primero creí que era ella, Silvia que me venía a buscar. También estaba en blanco y negro, como los sueños. Pero enseguida tomó color. El de la tristeza y la preocupación. Lloraba y gritaba que despierte. Estaba despierta, siempre lo estaré. Me sacudió fuerte, pero yo no quería volver al color. Quería quedarme ahí con Silvia, en la oscuridad de nuestro dolor. Pero así son las cosas. Ya ves que no me dejó terminar con todo. No me dejó finalizar como ella. 

No te vayas vos también. No me dejes acá. No me gusta esta soledad a colores. No me gustan los barrotes y las paredes acolchonadas. ¡No te vayas! Escuchame. Soy Silvia. ¡Soy ella! No me dejes como él…

Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016
Relato publicado en la Revista Literaria Extrañas Noches de Noviembre.

domingo, 30 de octubre de 2016

Toda una vida y más





—¿Estás seguro de que todo va a salir bien, Alfredo?
Carmela miró a su esposo como hizo tantas otras veces en los últimos 45 años. Aunque sus ojos estaban nublados por las cataratas y las palpitaciones ya no eran sólo por amor, podía detectar cuando su marido se comportaba “raro”. 

“Son muchos años juntos”, pensó. Y era verdad. Se habían casado muy jóvenes, casi inmediatamente luego de conocerse. “Un escándalo”, sonrió mientras lo observaba. 

—Vos quédate tranquila. Vi un video y lo explica muy bien. Así que no te preocupes. En tu estado tenés que estar relajada.
Carmela no estaba tranquila ni relajada ni nada parecido. Amaba a su esposo, pero sabía que él a sus 76 años tenía “episodios” cada vez más seguidos. Primero las llaves en la heladera, luego la pava en el fuego hasta casi derretirla. El cuerpo falla luego de cierto tiempo, todos lo saben. Sin embargo una cosa era cierta, ella ya no podía seguirle el ritmo a sus desvaríos ni a nada que él propusiese. “Tres meses de vida”, pensó. Y así como había sido un shock para ella, para Alfredo había sido devastador. Varios días pareció un zombi. Sin expresión, sin alma. Quizás el alma de Alfredo se había fugado a otra época, a aquellos años en los que la mayor preocupación eran la cena de fin de año, con quién pasar navidad o qué hacer en las vacaciones. Sí, Alfredo estuvo fugado en esos días.

—Bueno…si a vos te parece.
Más allá de los pensamientos preocupados de su esposa, Alfredo iba y venía a una velocidad mayor de la que sus articulaciones le permitían a estas alturas. Ahora que había encontrado el bendito video explicativo estaba más animado. Lo había buscado durante semanas sin suerte. Y ya estaba al borde de la desesperación cuando lo vio en el estante más alto de la biblioteca. “Esto nos va a cambiar la vida”, pensó cuando, con esfuerzo, llegó hasta donde se encontraba el video. Luego del hallazgo comenzó a sonreír un poco más. No como cuando salieron del médico aquella tarde. 

“Alfredo, vas a estar bien…sin mí”. Un nudo en la garganta había aparecido y un silencio posterior le demostró que nada estaría bien. Alfredo sin ella no existía. Era un imposible. 

Los días que siguieron a la visita del médico fueron oscuros. Alfredo se encerró en su mundo. Con pesadillas por las noches y ojos rojos en las mañanas. Él necesitaba una alternativa a la realidad que vivía. Aunque parecía que el mundo le ofrecía solo malas noticias. Entonces empezó a averiguar cosas que no se atrevía contarle a su esposa por temor a que ella lo censurara. O que en realidad no funcionase en absoluto. No quería darle falsas esperanzas. Pero una idea anidaba en sus envejecidas neuronas, quizás un recuerdo de la infancia. Sí. De su abuela materna. Ella se decía bruja aunque todos sabían que era algo más que eso. El problema era que ella estaba muy muerta y se había llevado a la tumba sus más preciados secretos. 

Con una idea casi nublada, buscó respuestas en lugares que por supuesto no iba a encontrar. En los diarios, en libros de historia, incluso en la computadora que apenas sabía prender. Y Carmela se preocupó mucho. “Se va a enfermar”, pensó más de una vez. Pero qué le iba a decir. Ya no tenía fuerzas y los tres meses estaban llegando a su fin. “Quizás así se entretenga y todo pase rápido, desapercibido”. Carmela estaba convencida que si él se entretenía, su muerte pasaría inadvertida. 

Sin embargo aquella tarde, las cosas cambiaron drásticamente.
—¿Ves? Solamente tengo que hacer estos jeroglíficos acá y allá y poner los cuerpos ahí.
Carmela al escuchar a su esposo hablar de esa forma sintió algo en el pecho. Como un susto repentino o una palpitación brusca. Estaba asustada realmente. Sobre todo cuando escuchó “cuerpos” así tan a la ligera. No sabía si él alucinaba o si realmente había muertos involucrados. O cuál de las dos opciones era peor. También se preguntó si no debía llamar a alguien. Quizás al médico. 

—¿Qué cuerpos, mi vida?—dijo ella con suavidad para no alterar a su esposo.
—Vos, tranquila.—fue la respuesta conciliadora de Alfredo que siguió yendo y viniendo por la casa. 

Dos minutos después el anciano apareció arrastrando con dificultad a alguien, un joven hombre inconsciente. Lo colocó en el centro de uno de los jeroglíficos circulares de suelo y desapareció otros dos minutos. Carmela escuchó la respiración agitada de su marido y supo que estaba recuperando el aliento. Pensó en decir algo, pero enseguida lo descartó. Entonces Alfredo reapareció con el cuerpo de una mujer de unos veinte años. Hizo exactamente lo mismo que con el muchacho y descansó una vez más. Los cuerpos así dispuestos en sendos círculos, quedaron enfrentados apenas rozándose las rodillas en posición fetal. Al ver semejante cuadro, Carmela se tapó la boca para no gritar. Algo en su interior le decía que esas dos personas estaban muertas y que todo iba a terminar muy mal. Sin embargo la realidad era que nada podía hacer u objetar. Lo hecho, hecho estaba. Y ella no podía moverse siquiera para ir al baño. 

Entretanto y omitiendo las reacciones de su mujer, Alfredo prendió el televisor y puso el video.
—Viste Carmela…tengo la situación bajo control. Acá dice cómo llevar adelante todo. 

Carmela se preguntó qué sería todo, pero ni se animó a cuestionar a su esposo con el que había compartido toda una vida. Alfredo se sentó a su lado y le instó a beber un vaso de jugo. Él hizo lo mismo, la tomó de la mano y la besó. Dijo varias veces unas palabras extrañas que Carmela tuvo que repetir y eso fue todo.
Unos minutos después, ambos estaban sin vida frente al televisor que aún encendido mostraba la película “The skeleton Key”. Al finalizar los créditos, los cuerpos depositados en los círculos despertaron. Se miraron, se tomaron de la mano y sonrieron pícaramente. 

Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016