domingo, 21 de mayo de 2017

En el albur de la fatalidad





¡Cómo me habría gustado ver, conocer a aquella mujer que había elegido este objeto exquisito y raro! ¡Pero está muerta! ¡Estoy poseído por el deseo…desde lejos…que han amado! La historia…me llena el corazón de pesar. ¡Oh, la belleza! ¿No debería ser eterno todo esto?

David cerró el diario con cuidado y se quedó con ese párrafo. Ni siquiera pensó en el origen de aquellas páginas o porqué habían llegado a sus manos. Quizás había sido pura casualidad. Pero David no creía en las casualidades. Tampoco cuestionaba las situaciones, ni ahondaba en las cuestiones existenciales del universo o la vida. “Destino”, respondía cada vez que algo trascendental sucedía. Trascendental y fortuito. Generalmente iban de la mano.  “Karma” era su otra respuesta ante los reveces de la vida. Algo habré hecho para que esto venga, se decía. Efectivamente era una persona de pensamiento simple.

Y esta vez no había pensado nada respecto de ese diario cuando lo adquirió en la feria de pulgas de la ciudad. O las sensaciones que le había provocado al tocarlo en ese puestito de antigüedades. Como tampoco pensó mucho acerca del párrafo que aparecía legible entre el resto garabateado e indescifrable. Borroneado en algunas partes. Tachado adrede en otras. ¿Por qué ese párrafo? ¿Por qué en sus mano? Destino. Uno quizás retorcido. 

Se fue a dormir y de inmediato las palabras del diario empezaron a resonar, a hacerse fuertes. A medida que el sueño se hacía profundo y viscoso, esa mujer anhelada por el otro anónimo comenzó a tomar forma. Una cabellera larga y roja, una palidez extrema. Unos ojos velados por el manto mortuorio del destino y la distancia. Ella tenía algo entre sus manos, destellante, azulino, que parecía mantenerla imperturbable en su féretro a pesar de los siglos. Quizás el origen de todo, incluso del sueño, era divino.

David se sintió preso de la belleza mortífera de la mujer y se acercó a ella. Acarició aquel rostro maravillosamente sostenido a pesar de la naturaleza, de los siglos. Era perfecta como lo son los ángeles. “Quizás sea un Ángel”, se dijo mientras su mano recorría la cabellera enrulada que llegaba hasta la cintura. Cada mechón de pelo rojo tenía una luz propia, particular que contrastaba con el resto de ese ser. David sintió que parte de ella se metía en su piel, en forma de energía cósmica de color rubí. Pudo sentir el corazón detenido, los anhelos congelados en el tiempo. Pudo sentirla.

Continuó recorriendo su pelo hasta llegar a las manos de ella. Y ahí estaba esa roca extraña. Hermosa como su portadora. Tentándolo con su mera presencia. Sí, era imposible no tocarla y él ni se cuestionó el origen del cristal. Aunque si pensó en la relación que surgía entre la mujer y la piedra. Se preguntó si la piedra brillaba por ella o viceversa. Imaginó que si la joven se mantenía de aquella forma impactante, el objeto debía ser algo bueno ¿no? Y mientras pensaba, imaginaba, maquinaba, puso su mano sobre el cristal. 

De inmediato sintió que su alma era succionada hacia un infinito, hacia un hoyo oscuro y vertiginoso. Una carrera hacia otra dimensión o al mismísimo infierno. Un alarido penetró su cerebro y lo atravesó como un rayo dejándolo tirado e inválido. Atontado. Y ella, imperturbable.

Despertó en la mitad de la noche afiebrado. Su cuerpo tembloroso estaba cubierto de sudor frío y un aroma a muerte mezclado con perfume de mujer. La remera de dormir estaba adherida a su cuerpo y la cama tenía impregnada su figura. Dibujada de sudor. Oscura como su sueño. Viscosa como las palabras del diario. 

Se levantó y caminó en la penumbra. De la cama, la sombra de su transpiración tomó forma y también se levantó. Siguió a David sin que éste se diera cuenta y desde un rincón lo observó tomar agua. La sombra fue hasta el diario y ahí se perdió entre las páginas ilegibles y borroneadas. David ajeno a todo, se enjuagó la cara y se volvió a dormir. No sin antes mirar a la distancia el diario que parecía resplandeciente y lo invitaba a tocarlo. Como ella, como la piedra. “Es la fiebre”, pensó y cerró sus ojos. 

La mañana y el mediodía llegaron. David se sentía pesado, enfermo. Pensó que explorar los párrafos de su hallazgo (ahora lo veía de esa manera) sería un divertimento que lo ayudaría a transcurrir la enfermedad. Una sensación que amenazaba con empujarlo a consultar con un médico. Terrible situación porque odiaba a los médicos. A los hospitales y su jeringas llenas de líquidos sospechosos que podían matar tanto gérmenes como personas. Definitivamente no iría al hospital. “Si me distraigo un poco tal vez esto pase solo. Quizás sea una gripe fuerte y nada más”. 

Abrió el diario y ahí estaba el único párrafo legible. Presente, titilante. Aunque las páginas estaban más refulgentes si eso era posible y lo era en el estado de David ¿Quién sería esa dama que provocaba un amor a la distancia? ¿La provocadora de un deseo incontrolable como para escribir un diario y luego velarlo a cualquiera que quisiera entender esa pasión? Le dio vuelta a la página. Sus ojos se posaron en un enorme borrón de tinta negra. Imaginó que con el suficiente esfuerzo mental podría desenmarañar cada letra como si se tratara de una madeja de lana enredada. Quizás tironeando de aquí y reacomodando por allá la clarividencia llegaría. 

Con mucho esfuerzo notó que algunas palabras sobresalían. ELLA. PELIGRO. AUXILIO. ¿Ella corría peligro? ¿Pedía auxilio? El cansancio y la enfermedad hicieron lo suyo y David cayó en un sueño profundo y febril. 

Ella apareció nuevamente. Esta vez, sus ojos del color del mar estaban abiertos. Brillaban como su larga cabellera roja. Como ella en su totalidad. La joven dama poseía ahora un brillo propio, atrayente. Hipnótico. David se acercó como si estuviera poseído por una fuerza superior, la fuerza de un deseo extraño y de otra dimensión. Ella provocaba un impulso en él que no podía dominar. Aunque tampoco quería hacerlo. “Es un sueño”, se repitió al tocar aquel rostro de mármol. Ella de inmediato lo observó. Atravesó con sus ojos cristalinos el alma atormentada de David que ya no quiso despertar. “Me quedo acá con vos”, murmuró y ella lo invitó a recostarse en el féretro a su lado. Sería su mortaja también.

Un trueno retumbó en los rincones. Las ventanas vibraron con violencia y David despertó desorientado. Suspiró extrañando a la mujer de la cabellera roja brillante, sus ojos, lo que ella le provocaba. Sentía un gran vacío ahora que ella se había disipado. “no puedo estar enamorado de un sueño”, se dijo pero su espíritu sentía un dolor, una agonía jamás sentida hasta ese momento. Aunque eso no era lo preocupante. La enfermedad avanzaba implacable. 

Nuevamente la transpiración pegajosa brotó de cada uno de sus poros humedeciendo por completo su ropa y sus sábanas. La sed desgarró su garganta y de inmediato fue en busca de agua. Detrás de él una nueva sombra fue hasta el diario y se depositó ahí, dejándolo incandescente. 

Tambaleando David volvió a la cama. Se asombró que las sábanas estuvieran secas, aunque cuestionó su cordura debido al mal estado de su salud. Lo mismo pensó al mirar el diario que brillaba en la oscuridad compitiendo con los relámpagos de una tormenta repentina y violenta como la enfermedad que lo atacaba. 

Con mano temblorosa agarró el diario y observó que nuevas palabras sobresalían. ¿Sería su imaginación delirante y febril o realmente los párrafos se iban aclarando? Cualquiera de las opciones era preocupante para David y no supo cuál elegir. “Su belleza hipnotizante…peligroso…deseo…sucumbir…” ella estaba en peligro, ahora era claro como el agua. No podía permitir que el amor de su vida, la razón de que su espíritu se sintiera completo cuando estaba con ella, pereciera o sufriera de alguna manera. Entendió que de alguna forma debía salvarla.
Intentó dormir ya que era la única forma de verla y por lo tanto de salvarla. Pero afuera la tormenta se había vuelto salvaje tanto como su fiebre que ahora no lo dejaba descansar o pensar con claridad. Se sentó en su cama con el diario en sus manos. Rogando respuestas, invocando a la mismísima oscuridad por ayuda. “Vendería mi alma a las Tinieblas solo por verla una vez más, por poseerla.”, pensó con desesperación.

Su corazón se disparó por la temperatura y su cabeza sintió que uno de los rayos que afuera iluminaba el cielo, partía sus neuronas. El cuerpo tembló en convulsiones y la nada se hizo presente.
Una nueva sombra se levantó de aquella cama mientras David se volvía pálido y moribundo. “Te necesito”, murmuró. Clamó por ella, por su belleza anónima y mortuoria que latía en aquel diario, pugnando por emerger y apoderarse del espíritu de David. Y él lloró por ese amor imposible. Y las lágrimas volaron a las páginas que comenzaron a aclararse y a contar una historia de locura y de muerte. 

David escuchó entre truenos y ráfagas huracanadas una historia. La de Moriana, una amazona pelirroja que fue castigada por los dioses. Porque ella se alimentaba del espíritu de los hombres. Con el poder de su belleza y con ese artefacto mágico que colgaba de su cuello, heredado de una bruja, colonizaba el alma de desdichados y solitarios jóvenes. Las palabras del diario contaron que ese artefacto mágico era parte de una estrella fugaz que miles de años atrás había caído en la selva. También afirmaba que aquella mujer que lo poseyera jamás envejecería y sería amada por cada hombre que llegara a conocerla. 

Hasta que un hechicero enamorado y maltratado se vengó de ella y la aprisionó en aquel diario permaneciendo allí durante demasiadas centurias. Y el karma o el destino hicieron que David lo encontrara. Y se entregara a ella. 

Aquella noche David cerró sus ojos una última vez. De inmediato, ella emergió del ataúd y le cedió el lugar. Desesperado David besó los labios de Moriana y recorrió con sus manos cada rincón de la piel pálida de su amada. David la deseaba con la violencia de la espera y la separación forzada. La cabellera de ella envolvió a David que buscaba hacerla suya sin pensar en las consecuencias de su alma, y en el momento en que finalmente ella se abría hacia él para unirse en carne, con sus manos transformadas en garras, arrancó el alma del joven muchacho. Horrorizado, David entendió que las palabras del diario no eran de ella, sino de quien advertía el mal que ahí se encerraba. De esa forma, el último aliento de David fue a parar a Moriana que emergió del diario, hermosa y única con su cabellera encendida como lengua de fuego, iluminando la habitación cual bosque en llamas mientras que David yacía en la cama, sin vida, consumido e irreconocible. 

Moriana lo observó con desdén mientras que en su cuello, la porción de estrella azul destelló como el sol en verano. Entonces sonrió libre, capaz de cualquier cosa por ser venerada otra vez. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 23 de abril de 2017

Ella no se fue







Cuando te llamé y no contestaste algo dentro de mi cuerpo dijo que me esperaban días oscuros. Insistí una vez más porque vos no eras así. No eras de “desaparecer”, de no contestar un mensaje. Eras libre sí, pero tu libertad era madura, la de una joven que tiene el mundo y la vida por delante, y así debía ser. Yo te enseñé eso. Yo te eduqué así. 

Enseguida salí a buscarte. Me tomé el colectivo de larga distancia y fui a tu departamento. Fueron horas desesperadas mirando el celular a cada rato, rogando que no se terminara la batería…esperando un mensaje liberador. No llevé nada más que el celular y tus llaves, las que me habías dejado en caso de emergencia o de visita inesperada. Esas visitas de cuando uno extraña horrores a su hija y se aparece con un matambre casero o unos churros para matear el fin de semana. 

Cuando llegué, no pude atinarle a la cerradura. Estaba tan nerviosa que las manos me temblaron. Me imaginé miles de cosas, y todas ellas no fueron ni un céntimo de la verdad. Cuando logré abrir encontré ese frío, el de la soledad, porque todo estaba desértico. Me senté en tu silla favorita y miré por la ventana. Mi pecho se estremeció nuevamente y miré el celular otra vez. Deseé no tener cobertura y que fuera problema del maldito 3G. Deseé que de pronto tus mensajes lloverían, uno atrás de otro, diciéndome que estabas bien. Que habías ido al cine o de una amiga. También imaginé que entrabas por la puerta y me abrazabas. Pero nada de eso sucedió. 

Llamé a tus amigos, porque los conozco a todos. Porque a pesar de que en el programa de la tarde dijeron que eras libertina, y que yo no sabía con quién “andabas”, yo los conocía. Tu  mejor amiga se asustó al escuchar mi voz. “La vi el jueves a la tarde. Me dijo que iba a pasar el sábado por tu casa a tomar mates”. No quiso pensar en lo peor pero como a mí, sé que en el estómago se le retorció algo. “Esperame que ahora voy y te ayudo”, me dijo. 

Llamé a tu novio. Un pibe de diecinueve años, como vos. Para la prensa y la policía era un sospechoso. Yo lo conocía de siempre, del barrio. Marcos estudiaba informática y vos trabajo social. Él me contó lo mismo que tu amiga, que te había visto el jueves a la noche y que el sábado ibas a pasar por casa a tomar unos mates. “Ya voy”, también dijo.

En la tele también dijeron que te habías fugado porque tu relación conmigo era de opresión. O que no me importabas y que por eso no me enteré de tu desaparición hasta dos días después. Lo sospeché antes, te digo. Pero eso queda en mí. Lo sospeché cuando te llamé y no contestaste. Cuando te mandé el mensaje y ni siquiera lo viste. Cuando te volví a llamar y el celular me daba apagado. Todas esas veces sospeché lo peor, pero como madre tenía la obligación de la esperanza, de buscarte a toda costa. 

Y lo denuncié a la policía. Tus amigos y Marcos me acompañaron y me ayudaron a resistir los embates de la ley. Ellos me preguntaron si eras una persona “rebelde” y sí, es tan rebelde como cualquier adolescente, les dije. ¿Pero tiene algún motivo para irse? Y yo les contesté que no te habías ido. Que habías desaparecido. Que alguien había provocado eso. ¿Y usted está segura? Tan segura como que la traje al mundo. Tan segura como que conozco sus intereses. Tan segura como que sé que amabas la vida y que jamás pondrías en riesgo eso. ¿Pero andaba sola de noche?, me preguntaron. Y por dentro la indignación se apoderó de mí. ¿Por qué no podría andar sola de noche? ¿Por qué debería de tener chaperones? ¿Por qué un hombre sí y ella no? Pero no pude decir nada. Solo que no sabía, que seguramente sí. Y entonces vi ese gesto del “Ahhh… ¿vio que no sabe todo? ¿Vio que su hija era una libertina? ¿Qué quiere? ¿Si anda sola de noche?” Ella no se lo buscó, le dije. Pero ya estabas condenada, mi hija. Ellos se convencieron de que te subiste al primer auto de marca que pasó y que seguro estabas drogada por ahí. Que porque usabas faldita te merecías que te violen o que te toquen el culo. 

Marcos vio mi cara y me frenó. Él entendió que iba a cagar a palos a ese oficial y que no era conveniente. Al menos no ahora. “Acampemos”, dijo y montamos guardia en la comisaría. No les gustó mucho pero eso les obligó a moverse, a buscarte. 

Pasé días infernales. Fuimos detrás de cada llamado telefónico que denunciaba haber visto “algo” y con el corazón en la boca presencié situaciones atroces. Mientras te buscaba vi como aparecían otras jovencitas. Muertas. Violadas. Violentadas. Mientras te busqué vi como demonizaron a estas víctimas e imaginé la justificación cotidiana de tu desaparición. ¿Por qué hacer algo así? ¿Por qué no compartir el dolor conmigo? Sé que muchos lo hicieron, aunque en esos momentos duele todo y lo que dijeron de vos fueron miles de puñaladas en mis intestinos. 

Los días se hicieron semanas y el acampe ya no sirvió de mucho.

Lentamente cada uno tuvo que retomar su vida como pudo aunque yo no. Mi vida quedó detenida esa tarde en la que no respondiste mi llamado. Imagino que quizás se apiadaron de vos y te dieron entierro e imagino también la vastedad de esta tierra, el rincón posible, el lugar minúsculo donde poder encontrarte. Y se hace tan difícil la espera, la búsqueda, la ansiedad. 

Y entonces anoche te soñé. Entraste a mi cuarto con una luz particular. Con la incandescencia propia de lo inmaculado. Tus ojos hermosos y honestos como siempre. Tu sonrisa serena, entre adulta e infantil. Me acariciaste el rostro y me pediste que no llore más. Ya no sufras, me dijiste y te acostaste junto a mí. 

Hoy la mañana sonó el teléfono y supe que finalmente, luego de cuatro años, te habían encontrado. 

"En Argentina hay un femicidio cada 18 horas. Ni una menos.Vivas nos queremos"

Autor: Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017 
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