domingo, 28 de abril de 2013

La nueva era…




Un ruido espantoso provino desde el cielo, como si el propio universo se hubiera rasgado. La humanidad entera se paralizó y todos miramos aterrados al cielo. Y así fue que los vimos. Enormes naves se hicieron presentes y abrieron fuego contra nosotros. La sirena comenzó a rugir, con un ruido ensordecedor y escalofriante. Era el fin del mundo hecho realidad. Hubo desesperación y caos por doquier. En todos y cada uno de nosotros el terror se materializó y salimos en busca de un lugar para refugiarnos. Corríamos de un lado a otro, prácticamente sin rumbo. Terminamos en un lugar oscuro y húmedo similar a esos búnkeres de la tercera y cuarta guerra mundial. Cuando entramos corriendo, vimos unos niños que estaban paralizados en la calle. Tomados de la mano, lloraban pidiendo por su mamá. Estaban perdidos y solos. Les gritamos que vinieran con nosotros. Pero nuestro grito quedó ahogado por una bomba que fue arrojada por una de esas naves gigantes. Entonces, una de las mujeres, que luego supimos era maestra, agarró en un acto de desesperación a uno de ellos y como por inercia, los tres cayeron dentro del lugar. Inmediatamente, cerramos la puerta y la aseguramos con lo que teníamos a mano. Una vez adentro se hizo un silencio sepulcral, nos miramos las caras y nos dimos cuenta de que el espanto se había adueñado de nuestra expresión.

Una de las señoras, la primera que logró entrar, repetía como si con una vez no fuera suficiente, “¿Que fue eso? ¿Que fue eso?” Un adolescente aturdido por lo que habíamos presenciado, no dejaba de repetir, sentado en un rincón, “no es humano…no es humano…no es humano”. Pero ninguno de nosotros imaginaba que ese muchacho tenía razón. Eso que nos había disparado sin piedad, no era tecnología humana.

-¿Están bien chicos?


La maestra estaba realmente preocupada por esos niños y además, quería despejar el foco de la conversación. No la creía conveniente para que ellos la escucharan. más allá de su rol en la enseñanza, algo de maternidad frustrada afloraba cada vez que se encontraba enfrente de chicos. Estos tenían la capacidad de despertar en ella millones de sensaciones, y entre ellas, la protección hacia la inocencia. Por otro lado, aún estaba sorprendida por lo cerca que habían estado de morir en esa tremenda explosión y no quería seguir esuchando una y otra vez lo cerca que estuvo de perecer, al menos no por ahora. Sin embargo, los niños no dimensionaban la realidad. Pobres chicos, ella trataba de distraerlos, pero no hubo caso, ambos niños se quedaron allí sentados y agarrados de las manos. La niña le dijo a su hermano:

-Tengo miedo, Iván…

El comentario de la niña nos partió el alma. Quien sabe donde estaría su familia…y la nuestra. Semejante ataque no nos dio tiempo a ninguno de hacer nada. Intentamos ver si había señal en los celulares y nada. Estaban muertos. Nos encontrábamos aislados del mundo. De un mundo que tal vez, de ahora en adelante no sería igual al que conocíamos. 

De repente, el adolescente, salió del trance y dijo

-Amigos, ¿que vamos a hacer? Eso de afuera no es muy amigable y quien sabe si alguien vendrá por nosotros…

-Yo quiero a mi mama- dijo Ahílan, la hermana menor de Juan.

Y una discusión acalorada se generó. Si eso que nos atacaba no era humano, ¿Qué se suponía que debíamos hacer? ¿Que haríamos con los niños? El bombardeo duró casi un día y con el correr de las horas las explosiones se aplacaron. La noche allí, o al menos eso creíamos que era, fue tremenda. Si bien había alimentos para todos, teníamos un nudo en el estómago que no nos permitió comer nada. Tampoco dormir… sin embargo, luego de un tiempo de silencio allá afuera, los adultos retomamos la discusión de lo que se debía hacer de ahora en más.

-Yo creo que debemos esperar al rescate ya que…

Y la maestra no pudo finalizar de decir lo que quería expresar porque vio a Iván, el hermano mayor de Ahílan, que estaba abriendo la puerta del bunker.

-¡No!

Se oyó gritar. La maestra intentó agarrarlos del brazo, pero ya era tarde. Los hermanos salieron con paso rápido a buscar a su mamá. Un rayo de sol y hasta un poco de humo entraron al refugio. Nos quedamos petrificados un instante, sin saber que hacer. El dilema flotó en el aire. ¿Y si salíamos y una de esas naves nos disparaba otra vez? o aún peor, ¿y si alguna de las bombas arrojadas anteriormente tenía algún gas letal? ¿Estábamos realmente dispuestos a morir por unos niños desconocidos luego de sobrevivir a semejante ataque? Un silencio se prolongó, tal vez más de la cuenta. El conflicto moral planteado podía llegar a sacar lo más bajo y negro de una persona. Sin embargo y sin titubear, la maestra tomó coraje y dijo:

-Yo los voy a buscar…esos niños pueden ser los únicos con vida allí y quien sabe con que se encontrarán en el camino.

Y salió detrás de los niños, corriendo.

-Bueno, yo también voy- dijo otra voz y salió detrás de ella.


Y sin quererlo, todos salimos a buscar a los niños. El desastre era tremendo. Las naves flotando en el cielo eran innumerables y había otras tantas caídas en tierra. Podíamos contar a centenares de cuerpos, humanos y no humanos sin vida, que demostraban que la batalla había sido dura. Y lo peor de todo era que, en ese momento, no sabíamos quien había sido el ganador. Aunque presentíamos que la humanidad no había salido muy favorecida. A lo lejos divisamos a los hermanos que parecían no importarles el desastre que encontraban a su paso, o al menos no entenderlo. Los chicos tomaron una calle, mejor dicho, lo que quedaba de ella, ya que la mayoría de las construcciones estaban derrumbadas. Prácticamente no quedaba edificio en pie y a medida que avanzaban y nosotros detrás de ellos, la cosa se ponía peor. La maestra le preguntó al más grande de los hermanos si tenían esperanza de encontrar a su mamá.

-Nunca perdemos las esperanzas- dijo- acá estamos nosotros vivos, ¿porqué no lo estaría ella?


Dura lección y…totalmente real. Esas palabras nos dejaron una sensación de paz que inundó nuestros corazones. Y fue una sensación colectiva que sentó las bases de nuestra actual comunidad. En ese momento no lo sabríamos, pero los sobrevivientes éramos unos pocos cientos…y esos niños serían la piedra fundacional de nuestra actual forma de vivir.

Pero la esperanza y la fe no fue lo único que ellos demostraron tener. Seguimos avanzando por la ciudad y de una de las naves derrumbadas, salió un ente. Nos apuntó a todos con un arma totalmente desconocida por nosotros, en ese entonces. Ahílan lo miró con inocencia, propia de la edad y le tomó la mano suavemente y sin miedo al arma que él sostenía, dijo:

-Ya se han llevado todo y a todos… ¿que mas necesitas demostrar?

Y aunque en ese momento no lo pudimos creer, el ente agachó su enorme e inexpresiva cabeza y bajo el arma. Su color, de un violeta intenso y amenazante, se transformó en un rosa pálido y hermoso, demostrando que su nivel de agresividad ya era nulo. Y se retiró a la nave. Esa niña sin saberlo, no sólo nos salvó, sino que salvó a la humanidad. O lo que quedaba de ella.


Luego de tal demostración, todos nos quedamos boquiabiertos y por supuesto, los seguimos. Continuamos el viaje junto a ellos sin cuestionamientos. Caminamos unas cuadras más, entre la destrucción y la muerte y al final de la calle principal ellos comenzaron a correr y así lo hicimos nosotros, aunque no podíamos divisar hacia que corrían.

En los siguientes metros comenzamos a encontrar soldados humanos sobrevivientes. Ellos estaban dirigiendo a los civiles que llegaban desde distintos lugares, a una especie de refugio a plena luz del día. Un lugar que había sido defendido y preservado. Dicen que ese lugar era la cuna de los elegidos y al parecer tenían razón. El sitio parecía un santuario. Era un prado hermosamente iluminado, con varias casas, aisladas entre si pero con una cantidad innumerable de árboles y animales. Al parecer el último resabio de la naturaleza tal cual la conocíamos. Los niños seguían corriendo, a lo que simulaba ser una casa. Luego supimos que era una nave que nos esperaba para partir, una especie de arca de Noé. Una puerta se abrió y una mujer salió. Los niños gritaban de alegría, allí estaba ella esperándolos. Los abrazó con amor infinito, con el amor de una madre desesperada por no saber de sus hijos. Los tres lloraban, nosotros llorábamos. La mujer nos miró con gratitud incalculable en sus ojos y dijo:

-Pasen, aquí encontrarán lo que están buscando.

Y ese fue el comienzo de la nueva era de la humanidad…





 Autor: Miscelaneas de la oscuridad


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