Blanca, como la nieve y dura como las rocas, pero vulnerable como toda mujer...hoy dejaste este mundo. Te fuiste una mañana de
abril sin hacer mucho ruido, calladamente como tantas veces hiciste.
Callaste.
Hoy te fuiste pero tu esencia, hace tiempo,
renunció a este mundo. Y digo renunció porque el mundo te maltrató tanto,
tanto, que no se puede hacer otra cosa más que renunciar. Yo lo hubiera hecho,
incluso mucho antes de lo que vos lo hiciste...
Tan chiquita en tu tamaño y tan grande como
mujer...Dentro de tu casi metro y medio contenías a una leona, a una
tigresa que luchó aun con sus silencios, contra un mundo de hombres injustos. Desde corta edad ya luchaste contra el rechazo y
el desamor. Luego, en tus años mozos contra los abusos de quien nunca te hizo justicia
y que debió darte el mundo, y más tarde, contra los uniformados del falcon
verde...y sobreviviste. Con culpas y tal vez algún arrepentimiento,
sobreviviste...y nos diste todo.
Recuerdo que de chicos competíamos en broma para ver quien pasaba tu
estatura. Hoy, mirando hacia atrás me doy cuenta de que la talla de una
persona no se mide en centímetros...porque si así fuera, vos hubieras sido la
persona más alta del mundo y nosotros apenas llegaríamos a tus talones.
A mi me quedará tu ideología, el amor
por la política y los libros. Tu biblioteca, precaria pero gigante y que tantos
problemas te trajo. Esa cuasi librería que era motivo de mis anhelos y suspiros. ¡Cómo me gustaría
replicarla aquí en mi casa...y que vos me volvieras a recomendar un
libro! O que le leyeras un cuento a mi hijo...
Te fuiste, pero quedate tranquila abuela, que
todo lo que nos diste se multiplica en nosotros y en nuestros hijos, tus
bisnietos. Tu vida fue y es honrada en nosotros, en cada acción del día a
día.
Abuela, no moriste...¡trascendiste! y hoy además de vivir en mi corazón, sos parte del universo otra vez...
Autor: Soledad Fernandez
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