sábado, 8 de junio de 2013

Asesino


 

De pronto, sentí unos deseos incontrolables de matar. No era algo de lo que podía enorgullecerme, pero era una cuestión presente en mi mente. En el inconciente. Una necesidad que se encontraba desde el nacimiento o tal vez desde corta edad. Y  ese deseo formaba parte de lo no dicho por mi, de lo no verbalizado. Varias veces me he preguntado cual era el motivo de ese deseo casi capricho. Tal vez, la cuestión de haber presenciado la muerte de mi padre en manos de mi madre, podría ser la oscura motivación de mis entrañas.


De ese trágico episodio para muchos, aunque no del todo para mi, tengo vagos recuerdos. Estos se presentaron de golpe, aunque los veía cómo en un día de niebla, con imágenes borrosas. Imágenes que, durante mucho tiempo, no pude entender. Tendría quizás 5 o 6 años. Mi padre era un hombre grande, enorme de tamaño. ¿Buen padre?, tal vez. No podría decirlo. Trabajaba para sostenernos a mi madre y a mí. Sin embargo los gritos y la discusión eran la única forma que usaba para comunicarse con mi mamá. Hubo épocas donde yo me levantaba asustado escuchando los chillidos de mi padre, atormentando a mi madre e incluso ruidos de golpes…
Muchas veces los altercados tenían que ver con alguna aventura clandestina de mi papá o por la falta de dinero. Otras, demasiadas, sólo por el hecho de existir. Una noche, mi padre volvió bastante más tarde de lo habitual. Mi madre lo esperaba, creo que con la indignación y el cansancio en la mirada. Yo estaba acostado en mi catre, tapado con las frazadas hasta el cuello, ya que era una noche de invierno. Recuerdo que miré por la ventana y algunos copos de nieve comenzaban a caer. Escuche gritos otra vez, como todas las noches y comencé a cantar una canción que escuchaba de mamá para dormirme. Lo hacía para intentar no escuchar, pero esta vez no pude concentrarme en la canción. Los gritos eran muy fuertes. Luego ruidos de ollas cayendo y después, como por arte de magia, silencio.

Nunca un silencio fue tan intenso y tan ensordecedor como el de ese día. Yo intentaba escuchar algún movimiento pero nada. Ni siquiera podía escuchar el metálico sonido de las motos pasar o los taconeos de las mujeres al caminar por la vereda que tantas otras veces me acompañaron en mi angustia. Me levanté con sigilo y caminé con el corazón en la boca. Podía escuchar los latidos pulsando en mis oídos y podría jurar que eso era lo único que podía oír. Una sensación rara se me vino en el estómago de golpe y luego, las manos me empezaron a temblar a medida que me acercaba a la cocina. En el umbral de la puerta de la habitación pisé algo cálido, líquido y espeso. Pero con la oscuridad presente, no pude ver bien de que se trataba. O mi mente lo borró quizás para protegerme de no se qué. Sin embargo estoy seguro de que lo que sentí esa noche, era la sangre de mi padre en las plantas de mis pies.

Tomé coraje y asomé mi cabeza. Un rayo de luz proveniente de la calle iluminaba a mi madre sentada en el suelo con la mirada perdida en la nada. Estaba acurrucada en un rincón, con las rodillas flexionadas y los brazos colgándole a ambos lados, casi inertes, huesudos aunque con la gracia de la juventud que a pesar de todo era su tesoro. Sus ojos bien abiertos, de un azul intenso y que otrora tuvieran un brillo indescriptible, carecían ya de esa vivacidad cotidiana y no parpadeaban. Luego de esa noche, ella nunca más tendría la mirada dulce y cálida que conocí en mi infancia. Su respiración era lenta y casi imperceptible, como si con eso minimizara el impacto de lo ocurrido y contribuyese al silencio sepulcral que estaba flotando en el aire. Un mechón de su cabellera, dorada y desprolija, le caía en el rostro como queriendo acariciarle la mejilla. Una caricia, un mimo que durante tanto tiempo le fue negado y que, tal vez, en ese momento ni recordaba como se sentía. Amor. Creo que jamás supo de qué se trataba ese sentimiento, no porque esa emoción no existiese en ella, sino porque nunca la recibió.

Inmóvil, en el piso no muy lejos de mi madre, había un bulto que yo no lograba distinguir. Sin embargo, y a pesar de mis cortos años, supe en ese momento que era el cuerpo de mi padre. Al verlo en la oscuridad me pareció en ese entonces, que era algo pequeño. Que allí en el suelo lo gigantesco de su ser había sido reducido a un pequeño saco de huesos. Fue extraño lo que dejó en mi corazón esa visión nocturna. En ese momento, tuve unas ganas intensas de abrazar a mamá. Pero algo me frenó. Tal vez el brillo de algo metálico en su mano me hizo retroceder. No lo sé. Pero luego de mucho, me arrepentí de no haberlo hecho. Entonces, sin hacer el menor ruido volví a mi cama e intenté dormir.
Creo que ese día, allí latente, esperando, pacientemente, la necesidad de matar comenzó a gestarse. Al principio evitaba pensar en ello. Era como una leve sed. Fácilmente controlable. Fácilmente manejable. La cotidianeidad de cada día me llevaba a pensar en tantas otras cosas que la idea de matar solo aparecía cada tanto. Cuando ya tuve más edad, me desquitaba cazando pequeños animalitos. Pero a medida que mis años se acumulaban, me di cuenta de que la necesidad pasaba por quitar una vida humana. Noté que el tomar vidas de pequeños animales sólo me daba remordimiento por desquitarme con seres que no entendían el porqué de mis acciones. Debía ser una persona, un alma. Alguien que entendiera el porqué. El sólo imaginar como sería tener tal poder en mis manos, me trastornaba, me excitaba. Era una revolución en mi estómago, como mariposas allí en la mitad de mi cuerpo y no era amor. Al menos no amor por otro ser. Era amor por el poder.

A la mañana siguiente de esa noche fría, desperté pensando que aquello que había vivido había sido un sueño. Sin embargo, una mujer vestida de azul y con placa de policía me llevó a la comisaría y me presentó a una trabajadora social. Primero pensé que había hecho yo algo malo. Pero luego entendí que esa noche había sido más que real. La mujer intentó explicarme que mamá estaría en un lugar donde yo no podría verla. Al menos durante algún tiempo. Y no la podría visitar porque algo grave había sucedido. Yo pensé en ese momento, que se había ido a lo de la abuela. Porque cuando ella visitaba a la abuela yo me quedaba con papá. Pero no. No había ido con la abuela. No había más papá. Yo estaba solo…

A mamá se la llevaron a un hospital mental y allí murió sola años después. Cuando finalmente me dejaron visitarla ella no me reconoció. Sus cabellos antes dorados, ahora eran blancos y enmarañados. Su físico esbelto fue transformado en delgadez extrema y su paso firme y apurado en un andar esquivo, errático e inestable. Fue la primera vez que sentí dolor en mi corazón. Luego de ese encuentro ella se quitó la vida. Se cortó la garganta en su cuarto con un trozo de vidrio. Tal vez me había reconocido después de todo.

Una vez que el oficial de policía y la trabajadora social me hablaron aquel día, fui a parar a un reformatorio del Estado. Allí estuve poco tiempo ya que me adoptó una familia que no tenía hijos. En esos años entendí por que motivo Dios, si es que existe alguno, le había negado a esa pareja la dicha de ser padres. Esa experiencia me dio más ansias de poder. En esos años fue difícil no llevar adelante mi plan de asesinar a alguien…

A los quince años escapé de aquella horrorosa familia. Vagué por las calles entre el cemento de los edificios y la suciedad que dejaban los autos a su paso. Dormí al calor de los árboles en las plazas y me alimenté en los mismos restoranes que los gatos y las ratas. En ese tiempo, se hizo fuerte mi resentimiento, y aumentaron aún más mis ansias de matar. Podría haber vuelto a mi familia adoptiva, podría haber buscado a mi abuela, podría haber confiado en el sistema. Pero no. Todos me habían defraudado más de una vez y ya era suficiente. Sin embargo un alma piadosa veló por mí.

La vida en la calle no es gratuita ni fácil. Se lleva el espíritu de las personas. Se come tu orgullo, lo devora, lo mastica y te lo escupe en la cara. Yo aprendí eso. Recuerdo que una vez estuve a punto de dejar este mundo insolente. Yo llevaba unos meses viviendo en la calle. Durante el día caminaba lo que mis piernas daban y durante la noche descansaba donde la luna y las estrellas me encontraran. Esa noche no había luna. La oscuridad era tremenda como lo era el frío y el hambre. Me intenté refugiar en una casa que yo sabía abandonada. Sin embargo, allí se refugiaba un grupo de muchachos. Ellos eran de esas personas que necesitaban de ciertas sustancias para que los ayudara a soportar la vida. Recuerdo que entré en el peor momento de su intoxicación y delirio, e interpretaron que venía a quitarles algo. Lo único que recuerdo es un puntazo en mi costado y luego oscuridad.

Cuando desperté vi a alguien que me estaba curando. En mi visión borrosa y delirante interpreté que era el Señor el que se había personificado y me bendecía. Luego lo vi crucificado en una pared venida a menos. Dormí mucho y con calor. Al menos eso me contaron después. Aquel que me estaba asistiendo era un sacerdote. El me había encontrado en el suelo sangrando luego del ataque de aquellos jóvenes. Me levantó del suelo y me llevó a su iglesia y allí cuidó de mí como hacía mucho tiempo que no nadie lo hacía. Durante varios años viví allí ayudando a otros. Y en esos años, mis ansias de poder casi ni existían. Allí conocí a Matilde.

Matilde era bella. Sin embargo, creo que en ese entonces no había lugar en mi para ese sentimiento que al parecer, toda mi familia era careciente. El amor nos fue negado a cada uno de nosotros. Con Matilde  tuvimos momentos de intensa pasión. El despertar de mi sexualidad fue gracias a ella. Ambos nos recorrimos en forma intensa y mutua en más de una ocasión. Pero mi mente y mi corazón otra vez no pedían ese tipo de agitación. Nuevamente pedían poder. El poder de hacer rogar por la vida. El poder de quitar el último aliento en un cuerpo. Sin embargo, algo de ella habrá calado en mí ya que la dejé ir. La dejé partir como se libera a un pájaro enjaulado. Le di libertad para que hiciera su vida. “Conmigo no encontrarás más de lo que te doy y sé que no es suficiente” le dije una tarde cuando, recostados en nuestra desnudez, fumábamos un cigarrillo. No hubo lágrimas, ni de ella ni de mí. Creo que si supiera lo que soy, me lo agradecería. Estaría feliz sabiendo que le perdoné la vida.

Cuando mi sed de muerte se reavivó, yo estaba por mi cuenta. Tenía un pequeño departamento y un trabajo aceptable. Unos años antes, el padre que tanto me había dado y enseñado había muerto a manos de una pandilla. Su partida fue casi tan dolorosa como fue la de mi madre. El me había dado trabajo, estudio y cariño. Algo extraño para mí, el amor me fue ofrecido sin esperar nada a cambio. Creo hoy que gracias a él, soy lo que soy hoy. Pero su afecto no pudo matar al demonio en mí. Ese que se comenzó a gestar aquella noche de mi infancia.

Una tarde la necesidad se había tornado insoportable. Mis manos temblorosas pedían por el alma de alguien, de un ser humano. Mi demonio interior se sentía pleno y con ganas de hacerse notar. Decidí entonces llevar adelante el acto que me daría “el” poder. Tomaría una vida ese día.
Salí a la calle y me senté en el banco de una plaza a mirar la gente pasar. ¿A quién elegiría? Era difícil realizar semejante elección. Miraba la gente pasar y podía sentir el corazón vibrante, palpitante de cada persona que caminaba por allí. Cada ser humano era una historia viviente. Pasado y presente en permanente construcción. Pero ¿a quien le sacaría el futuro? Estuve sentado varias horas meditando, hasta que tomé se completó mi elección. Ya tenía al indicado. Fui a mi departamento, tomé una cuerda para terminar con una vida, un alma, un latido, una historia, un futuro. Preparé todo para asesinar a la única persona que podía asesinar y tomar la única vida que podía tomar. La mía. 





Autor: Miscelaneas de la oscuridad

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