domingo, 16 de junio de 2013

Encerrada...



Ella entró y su corazón se aceleró en forma casi inmediata pero involuntaria. Era como si un presentimiento se le hubiese venido a la cabeza. No sabía bien a que se debía o por qué le pasaba eso y sin embargo no podía evitar entrar a ese lugar. Era casi inevitable hacerlo. Miró hacia el techo y todo estaba en orden. Las luces funcionaban a la perfección. El aire era ventilado sin problemas. Sin embargo, la sensación de querer huir de allí estaba más que presente.



El maldito lugar comenzó a moverse casi imperceptiblemente y una sensación de mareo y nudo en el estómago se le presentó. Tragó saliva para que eso desapareciese y lo logró a medias. De repente, oscuridad. El lugar se detuvo. Silencio absoluto. Ella comenzó a temblar. El terror hizo lo suyo. Sus manos comenzaron a sacudirse, mientras que un fuerte y rítmico latido sonaba en su cabeza con potencia. “No pasa nada” intentó convencerse, aunque su cuerpo no le hizo caso. Y aunque parecía una hoja temblando a merced del viento, intentó poner su cabeza en frío y pensar: “¿Qué hago ahora?”. Dudó un segundo pero lo entendió, era el momento de buscar la salida. A tientas se puso en contacto con una de las paredes. Tanta penumbra a su alrededor le hizo perder la orientación y no sabía hacia donde apuntaba. Quería buscar desesperadamente la puerta por donde había entrado. Y aunque intentó que sus ojos se acostumbraran a la falta de luz, no le fue posible ver nada. Comenzó a andar a tientas. Tocó la pared. La palpó para identificarla en toda su extensión. Pero era una pared lisa. No era la salida. Siguió deslizándose mientras comenzaba a sentir una opresión en el pecho que se incrementó con cada respiro. Otra pared, lisa. “No puede ser”, pensó. Se agachó porque la garganta se le cerraba lentamente. Con mucha dificultad, se arrastró a la siguiente pared, lisa. Un grito de desesperación pugnaba por salir de su laringe, pero el terror se lo frenó en seco. Silencio. Latidos en la cabeza. Mareo. Se acostó en el suelo con lágrimas en los ojos. Una luz roja y tenue se encendió. Una sirena ensordecedora comenzó a chillar, pero ella ya no escuchaba.



El encargado del edificio oyó la sirena del ascensor activarse y llamó al técnico que luego de varias horas pudo destrabarlo. Cuando el ascensor atascado descendió del todo y abrió sus puertas, ambos se encontraron con el horror hecho escena. Allí estaba ella, muerta, con los ojos como platos y la expresión congelada por el terror, allí en el ascensor de la oficina en la que trabajaba.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad



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