lunes, 2 de abril de 2018

Sacrificio





Nota: Sacrificio forma parte de mi libro "Relatos de la Parca", Editorial Imaginante, año 2015

La brisa fresca de la noche acarició su rostro en un tímido intento de suavizar su misión. Mientras, él se asomó a la ventana entreabierta y observó a su víctima que estaba allí nomás, a escasos metros de donde estaba parado. Casi sin querer la admiró, en silencio, agazapado como un animal a punto de atacar, aunque con la confirmación de una idea: jamás podría hacerlo. La misma brisa que ablandó su conciencia, abrió de golpe la ventana y revoloteó cerca de ella provocando que un mechón de cabello volase casi caprichosamente. Pero ella no se inmutó, su mirada estaba perdida. Su mente, como la pared, estaba en blanco. Él conocía esa mirada. Era la de aquellos que sabían que su existencia era mero capricho del destino, la expresión de quienes habían escapado una vez: era la mirada de los sentenciados. Pero su hermoso rostro…debía irse de allí en ese momento. Esa no era la hora, no con todo ese sentimiento en su pecho. Retrocedió con torpeza y en su retirada pisó unas ramas secas que ella escuchó y de repente, ella posó sus ojos en él. 

—¿Quién anda ahí?
“¿Cómo es posible que no me vea?”, pensó el verdugo que estaba parado justo frente a ella. Ambos prácticamente podían olerse al estar frente a frente en la ventana, abierta de par en par y sin embargo... En ese breve segundo, él pudo sentirla. Pudo ver su piel delicada y joven y admirar su belleza, que era exótica, como sus ojos. Y ahí lo notó. Un velo gris se cernía sobre ambos ojos. “No me ve, no puede hacerlo…”

—¡Hola! ¿Quién es? No me asusta…si ese es su cometido le pido que se vaya. Voy a soltar a mi perro…
—No, por favor —se encontró diciendo y se arrepintió de inmediato.
Podría haberse ido tranquilamente. Podría haber vuelto más tarde, entrada la madrugada y finalizar su objetivo. Pero algo dentro de sí, profundo, vago aunque muy presente, le hizo contestar y ponerse en evidencia. Y ya era tarde. 

—¿Quién es? ¿Qué busca aquí?
—Disculpe señorita…
—Alba…me llamo Alba
—Alba, mi nombre es Ezekiel, vengo de lejos y la noche me ha sorprendido. No tengo donde quedarme…
—Entre…me queda una habitación sin rentar. Si lo desea se la alquilo por esta noche. El desayuno es a las siete de la mañana, sin excepción…—él, entonces,se dirigió a la puerta de la posada.
—¡Muchas gracias! Disculpe si la asusté.
Y mientras ella se dirigía a la puerta para hacerlo pasar le dijo: 

—Ya nada me asusta, estimado Ezekiel. Pase. —y le mostró el camino hasta la recepción.
Luego de pedirle sus datos, le entregó una llave y le indicó la escalera que conducía a la habitación. Sin embargo, él que jamás dormía, le preguntó:
—Le molesta si me siento frente a la chimenea un rato. Está tan pacífico aquí…
—No es molestia. Es lindo tener compañía de vez en cuando. ¿Desea un café o algo para beber?
—Lo que usted tome, está bien. —dijo Ezekiel admirándola en secreto, aunque recriminándose por ello. No debía olvidar su objetivo allí: eliminarla, tomar su alma y entregarla.

Ella iba y venía con asombrosa agilidad. Trajo dos tazas humeantes y se sentó frente a él, en un sillón. Él estaba extasiado con semejante destreza y con esa femineidad innata que ella profesaba, a pesar de no poder ver absolutamente nada. En ningún momento requirió ayuda o siquiera tocó la pared para guiarse. Era como si presintiera cada cosa, cada mueble, cada elemento de su hogar. 

Una vez sentados, ella posó sus ojos en el fuego. Él continuó observándola, en silencio, con una colección nueva de sensaciones nunca antes sentida. 

—Me vas a decir algo o te vas a quedar allí observándome toda la noche —dijo finalmente Alba, sin siquiera mover la mirada del fuego que jugueteaba en el aire con caprichoso arte exótico e hipnótico.
—Si…me he estado preguntando ¿a que se debe esa respuesta suya de que ya nada la asusta? Usted no deja de ser una mujer y en su… —él silenció su boca aunque su cabeza no paraba de preguntarse ¿por qué estaba allí junto a ella? ¿Porque no se la había llevado ya? El momento y el lugar eran óptimos. Sin testigos, sin complicaciones. ¿Que lo frenaba?
—¿En mi qué? ¿En mi invalidez? —dijo ella secamente, aunque con cierto tono dulce.
—Perdón…no quise…
—Nadie quiere señalar lo obvio. Sí, no veo. Pero su pregunta fue otra. Su pregunta fue “Porque no temo a nada”. Hace unos cuantos años yo vivía a miles de quilómetros de aquí. Era joven, bella, tenía un buen pasar y sobre todo, tenía un hermoso niño.—En ese instante la voz de Alba tembló por lo que hizo una pausa para respirar profundo —Tenía salud, estaba sola -porque el padre del niño me dejó en cuanto supo que él venía al mundo-, pero eso no hizo mella en mi espíritu. Y en ese entonces, mi estimado Ezekiel, sentía que tenía todo. Sin embargo, la tragedia tocó mi puerta. La muerte propiamente dicha apareció una noche de invierno como esta, envuelta en llamas. Yo la vi y la desafié. Pero me ganó; se llevó a mi hijito a pesar de que yo… Allí perdí mi vista y mi vida. No obstante, decidí continuar en este mundo, a pesar de sentir que la muerte debió llevarme a mí y no a mi hijo. Ahora soy esto, una muerta viviente que asila extraños en la noche.

Una media sonrisa se dibujó y él no supo que contestar. Ella era una luchadora. Además de hermosa, era una mujer con cada letra ganada. Un largo silencio se interpuso entre ambos y en el momento en que Ezekiel quiso decir algo, Alba se levantó.
—Buenas noches.

Y se retiró a descansar.
Esa noche, mientras Alba dormía, él la observó. Contempló cada uno de sus rasgos, su delicada figura, sus gestos. Miró todo lo que ella era. Y su pecho se encogió de solo pensar en su objetivo. “No temo a nada”, recordó él. “¿Me tendrás miedo?”, se preguntó mientras acarició su rostro con delicadez desconocida en él. Corrió un mechón de su pelo, y deseó besarla. Se espantó. Eso jamás había sucedido antes. Jamás. Salió de la habitación, de la casa y encaró la noche que aún tenía un largo recorrido hasta su propia desaparición. Miró la luna, esa que horas antes había iluminado la piel de Alba. “¿Por qué me hacés esto?”, le gritó en un aullido a quien le había mandado semejante encargo. Y se sintió flotar. Una luz lo elevó y se lo llevó más allá de la tierra, del sistema solar. Al universo profundo. 

—Cuestionas mi decisión de enviarte por ella. —Una voz rugió potente y determinante.
Ezekiel, el sembrador de espanto, hizo silencio. Durante su eterna existencia, nadie supo su verdadero nombre. Incluso, su verdadero rostro. Pero era reconocible con sólo ver el rastro que dejaba su accionar, con percibir el aroma en el aire luego de su presencia. Lo habían denominado de múltiples formas, muchos, habían intentado suavizar su imagen intentando llamarlo Ángel Guía de la muerte, aunque de angelical nada tenía. Era un recolector. Eso era. Un simple recolector de almas muertas en vida que, luego de ser atrapadas, eran entregadas a su dueño. Dios o Demonio, daba lo mismo: él cazaba a su presa y se las llevaba. Pero estas almas no eran precisamente almas comunes y corrientes. Estas ánimas eras especiales, porque se trataba de aquellas que habían escapado a la Muerte. Por distintas circunstancias, habían burlado (aunque no siempre intencionalmente) su fecha límite de existencia. ¿Existía eso? Por supuesto que sí y por ello, existía él. Él las hacía brotar del cuerpo humano que habitaban y las cazaba para luego entregarlas. ¿Iban al cielo, al infierno? No importaba. No a él. Solo era un cazador de ánimas.  

¿Qué lograba con ello? Eternidad. 

Para este cazador, la eternidad, aunque fuese a la larga algo abominable y más que solitaria, era su fin. Una vida sin límites en este universo. Aunque, últimamente, esta existencia perpetua se había tornado ligeramente insoportable: las últimas cacerías habían sido injustas y le hicieron reflexionar su lugar en el equilibrio del universo; desde ese momento, comenzó a cuestionar la existencia del Bien. 

—No te cuestiono…sólo —y se interrumpió intentando buscar las palabras correctas, pero sin encontrarlas.
—…sólo no te gustan mis decisiones ¿verdad?
—Ella…es especial. Perdió demasiado ¿por qué debe morir? Si tan solo supiera…
—¿Qué cosa?
—¿Cómo fue? ¿Cómo no pudo salvar a su hijito?
El ente superior, meditó una fracción de segundo. Una fracción que en el mundo, en la tierra, podrían haber sido milenios, pero que en ese rincón del universo no era nada. Miró a Ezekiel y con solo un pestañear, lo envió nuevamente a la Tierra, aunque no al mismo lugar, ni a la misma fecha. 

Las llamas envolvieron a Ezekiel que sintió la desesperación de Alba en su pecho. Columnas de fuego la rodeaban y ella, con desesperación, intentaba agarrar a su pequeño de solo dos años. Estiraba la mano para alcanzarlo, mientras éste lloraba. Ezekiel veía la escena con tremendo dolor, como si ella fuese su propia carne y el niño, su hijo. Entonces, la vio. Vio a la Muerte rondando lentamente, con ansiedad de un alma. Estaba a cierta distancia, observando con ojos vacíos. Los segundos transcurrían y Alba logró tomar al niño por lo que Ezequiel se alegró. Tal vez, pensó con inocencia, todo cambiase ahora. Sin embargo, como si la Muerte lo desafiase, desestabilizó el piso y Alba perdió el equilibrio. Ella cayó y Muerte aprovechó el instante: se transformó en una bocanada de fuego y envolvió al pequeño, mientras que su madre gritó como si ella misma se hubiese quemado por completa. 

Todo se distorsionó y Ezekiel estuvo, nuevamente, frente a su “jefe”.
—Sabés tan bien como yo que Muerte hizo trampa… ¿por qué entonces, me mandás a buscarla? ¿Para torturarla aún más?
—Lo hecho, hecho está, Ezekiel. Tomaré medidas con Muerte, pero con Alba nada puedo hacer. Ella debió morir en ese incendio y está viva en el mundo.

Ezekiel sintió desgarrarse por dentro. No era justo y esa sensación era completamente nueva en él, como todas las sensaciones que ella le había despertado. Se sorprendió pensándola juntos, amándola eternamente. En la Tierra. No la quería como Ángel. No era lo que debía ser. Y en el Cielo, ella sería inalcanzable: Ezekiel estaba entre los vivos y los muertos, en esa especie de límite borroso y agónico similar a un Limbo. Miró a su superior y dijo:
—Tomame a mí en su lugar.

El tiempo se deshizo y otra vez las llamas aparecieron. Alba y su hijo, estaban allí mismo, luchando. La Muerte, acechando. En el segundo justo en que el mortífero se apoderaría del niño, Ezekiel se lanzó y sin poder evitarlo, la Muerte lo tomó y se lo llevó. El universo se estremeció y Ezekiel dejó de ser él.

*******

El sol acarició su rostro. La primavera había llegado con ímpetu y se sentía bien. Miró el cartel de la entrada: “Alba e hijo” decía, dándole la bienvenida. Entró y una hermosa mujer lo recibió:
—Mi nombre es Ezekiel, deseo pasar una noche aquí.
—Bienvenido, mi hijo tomará su equipaje. —Ella lo miró directamente a los ojos y algo se movió en su pecho —Disculpe, ¿lo conozco de algún lugar?
—Tal vez de alguna otra vida —dijo él sonriendo. Ella tenía una luz particular en su semblante y él la amó aún más.

¿Qué si terminaron juntos? Quién sabe…de ahora en adelante él solo tendría que vivir su vida como pudiese, como los humanos hacen.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2018