lunes, 25 de noviembre de 2013

El último segundo



Y de repente sentí que el mundo tal como lo conocía, se congelaba. Se detenía lentamente en ese instante único, en ese milisegundo de la vida, y súbitamente se paralizó. La mujer que tenía frente a mí, con el rostro rígido, me devolvía un gesto de asombro ¿o tal vez sería terror? Me miraba con ojos desmesuradamente abiertos y secos, cargados de todo y nada a la vez. Sus labios, delicadamente delineados y maquillados, tenían una palabra grabada. Un monosílabo que apenas si había podido emitir antes de que el tiempo se transformase en algo inexistente. Quizás se preguntaría ¿Por qué ese día tendría que ser así? ¿Por qué a ella? Tal vez, en realidad eso lo creo yo y ella no pensaba en nada más. Mente en blanco. Entonces, esa sílaba finalmente se le escapó como un reflejo. Un reflejo idéntico al que se produce cuando se saca la mano del agua caliente derramada por error, aún antes de sentir el calor desmesurado de sus más de noventa grados centígrados en nuestras terminales nerviosas. O cuando se pestañea en el momento casi previo a que alguien llegue a golpearte en el rostro. Reflejo. Tal vez el vidrio que se interponía entre nosotros no me permitía ver con precisión su sentir. Y digo ver porque yo no podía sentir sus sensaciones. No podía saber si su terror era real. Si no estaba fingiendo para que nada le sucediese, para que todo fluyese y terminase de una buena vez.


Miré al hombre que se encontraba detrás del vidrio, junto a la joven. Una gota de sudor se había detenido en la mitad de su frente. Tal vez era muy obeso y el calor reinante lo estaba torturando. Y hacía calor, porque era verano. Ese segundo congelado, era el de uno de esos días de tremendo calor en la ciudad y allí no había aire acondicionado. Y no lo había porque él era muy tacaño. Y lo sabía. Quizás también sabía que había mentido, tan solo cinco segundos atrás. Que había omitido decir la verdad cuando dijo que sus bolsillos y la caja estaban vacíos porque el camión recaudador se había llevado todo esa mañana temprano. Mentía. Sus ojos eran pequeños y habían mentido delante de mí, delante de mi mirada atónita que no le creía ni una sílaba. Esos ojos mentirosos y pequeños y sin embargo delatores, no eran como los de la mujer que aún tenía el “¡No!” petrificado en sus labios. Ella tenía enormes y asombrados ojos azules. Era bella, estaba bella y más que de costumbre. Entonces me di cuenta del porqué de su belleza actual: ella estaba embarazada. No de mucho ya que su vientre no asomaba bruscamente. Sino que tenía una delicada elevación en su abdomen. Apenas se podía ver desde donde yo estaba. Sus mejillas, ahora incendiadas de pánico, tan solo unos cinco minutos atrás eran sonrosadas y amables. Pero el hombre gordo y calvo de ojos pequeños y oscuros, él nunca fue agradable conmigo. Ni en ese momento, ni las tantas otras veces que fui a ese lugar a pagar mis cuentas.


A uno de mis lados, se encontraba un joven y apuesto policía que apuntaba hacia donde yo me encontraba parada. Podía notar, en ese congelamiento, la tensión de cada uno de sus músculos. Era el policía que cruzaba cada día al pasar por allí. Un hombre de familia. Y lo sabía porque en ese segundo increíble e interminable, veía el gordo anillo de casamiento que lo ataba a sus responsabilidades. Aunque más de una vez lo había visto coqueteando con una joven y voluptuosa mujer. Seguramente, él se convencería de que lo importante era que cada noche volvía a su casa, con su esposa y con sus hijos. A su hogar, trabajosamente sostenido por él y sólo por él. En ese segundo, en ese momento crucial de su vida probablemente…no, seguramente estaría pensando en ella. En ¿qué pasaría con su familia si esto salía mal?


El uniforme ya se encontraba empapado en sudor. Ese uniforme que indudablemente en la mañana tenía fragancia a apresto o incluso a la perfumina que su mujer le ponía a la ropa luego de plancharla, ahora, sólo olía a terror. A incertidumbre por un futuro desconocido. No tendría la fragancia a valentía que tanto le habían vendido en la escuela de policías, sino a remordimiento. Porque, ¿qué estabas haciendo tan solo tres minutos antes de ese segundo? ¿En dónde te encontrabas cuando todos te necesitaron? ¿Estarías con la voluptuosa en el baño? Quizás. Y quizás había sido la primera vez. Esa que te había tomado tiempo para decidirte, para dar el paso hacia la infidelidad. Y desde ese instante, ese breve momento de desenfreno y excitación, estaría marcado por el evento. Por ese segundo. Probablemente mientras apuntabas hacia donde yo me encontraba parada, te preguntabas ¿sabrán lo que hacía allí encerrado? Quizás el resto no, pero yo si sabía y lo sabré todo. Pero no te odié aunque podría si quisiera.


Un poco más hacía atrás del policía había una mujer tirada en el piso. Un charco de sangre la rodeaba en ese segundo. Una gota de sangre aun pendía en el aire añorando al resto con las que en breve, luego de esta parálisis del tiempo, se reuniría. Pero la mujer, que esa mañana se había despedido de sus nietos creyendo volver a verlos al día siguiente, jamás imaginaría que ese sería su último día en esta tierra. Ni que esa sería la última vez que vería a su familia. Ni tampoco que por gritar desmesurada y nerviosamente le dispararían sin piedad. Y que ese disparo fuese el que sacó al policía del baño que unos segundos atrás, estaba dentro de la voluptuosa mujer. Esa mujer sin vida ya, no supo que tal vez, si se hubiese serenado, si hubiera estado calmada, inclusive si hubiese tomado sus píldoras para la ansiedad, todo esto no hubiese ocurrido. Que si el policía hubiese estado en su lugar nadie hubiese entrado con un arma. Que si el hombre obeso le hubiera dado el dinero al asaltante, él no estaría con su arma en mi cabeza y que éste, tal vez, no sería mi último segundo de vida.


¿Y yo? Yo ese día, decidí seguir de largo y no entrar a pagar mis cuentas.





Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El universo se equivocó




Y que te cuento que tenía mi vida arreglada. Faltaba menos de un mes para mi casamiento. No había dudas, ni el más mínimo titubeo. Estaba haciendo lo que debía, lo que había elegido hacer. Y entonces, pasó algo y desde ese instante, mi mundo tal y como lo conocía, comenzó a desmoronarse…
Pero quizás debería comenzar por el principio de las cosas. Como deberían ser ¿No? Aunque en este caso no sabría precisar con certeza cuál fue el principio…


Hace unas semanas atrás, las horas de mi día estaban dedicadas casi exclusivamente a la organización de mi boda. Casi sola he de decir, porque mi prometido pensaba que eso era cuestión de mujeres. Y a mí la verdad, no me disgustaba decidir cosas por mi cuenta: cómo se verían las flores, de qué color serían los manteles de la mesa. Esas eran cuestiones que me interesaban sólo a mí, así que ¿por qué él arruinaría mi diseño mental con cosas que desconocía o no le importaban? Mi vida de adulta había sido decidir por mí. Desde aquel día…siempre había sido así y jamás dejaría de serlo. En ese entonces no me parecía mal.

Sin embargo, esa mañana, la que cambió el rumbo de mi existencia, me encontró yendo a retirar las tarjetas de invitación del casamiento. Las había diseñado yo en mi laptop y las había dejado, dos semanas atrás, en una imprenta en el centro de la ciudad. Una ciudad enorme, populosa y plagada de autos, donde siempre preferí manejarme en taxi y ocasionalmente en colectivo. Pero ese día, justo ese día era el día del taxista o algo por el estilo, por lo que no tuve más remedio que subir a un colectivo. 

Era el coche número 017. Tendría que haberlo visto venir. ¡17! ¡La desgracia! Pero uno ¿qué sabe del destino? Para mí esa cosa no existía. Yo lo inventaba cada día. En mi trabajo y en mi vida. Entonces, ¿para qué creer?

Al margen del número del coche, subí y me senté en el anteúltimo asiento. Me senté sola porque me gustaba disfrutar del viaje en compañía de mi misma. Y de mi música, por supuesto. Al sentarme noté que alguien estaba allí sentado en el último asiento. Pero en ese instante, ese alguien no era nadie que pudiera llamar mi atención.


Avanzamos varias cuadras y tuve una rara sensación. Esa que aparece en el momento en que alguien te mira con insistencia, con una mirada cargada de mucho por decir, de sentimiento diría yo. Es inexplicable pero ese día, en ese minuto me sucedió. Creo que a todos nos ha pasado alguna vez: cuando alguien te mira con mucha intensidad, dicen que se percibe por el sexto sentido y sin explicación volteamos la mirada. Bueno, ese día yo sentí algo así aunque luche para no mirar.

Minutos después de esa sensación, una suave mano tocó mi nuca. Y lo hizo de una forma familiar, conocida y donde, el dueño de esa mano, tenía muy en claro que esa forma, esa caricia, ese contacto era algo que me hacía…sentir. Y hacía tiempo que mi persona estaba apagada. Y de eso me di cuenta con ese contacto. Fue breve, tan solo un segundo o menos. Apenas rozó mi cuello con una delicadeza y suavidad que nadie, ni siquiera mi prometido, había usado en toda nuestra relación. Y fue una sensación que me transportó a miles de otros mundos, a otras vidas, a otro universo. Esa mano tibia y conocida me había hecho sentir lo que nunca nadie en años había podido. Pero ¿quién era el dueño de esa mano? Me di vuelta de inmediato y encontré a esta persona casi desquiciada que me sonrió desde lo más profundo de su alma. Como si me conociera de toda la vida y más. Y lo noté. Lo vi. Y aunque endurecí mi rostro, muy adentro mío algo pasó al verlo. Su piel, su cabello, sus ojos me transportaron casi de la misma manera que su caricia. Aun así, despeje esa sensación y le dije muy seriamente:

“¿Qué haces?”, se lo dije con cara de pocos amigos, intentando amedrentarlo, a lo que él me respondió con los ojos más sinceros y honestos que podría haber visto en toda mi vida: “¿Y si te digo que somos almas gemelas y que deberíamos estar juntos?”


Me levanté inmediatamente sin decir una palabra. No iba a entrar en una controversia con un loco por más sincero que me pareciese en ese momento. Me acerqué al chofer y le pedí por favor que me dejase bajar.

Una vez en la calle caminé aceleradamente. No quería mirar atrás porque sabía que él estaba detrás de mí caminando, aunque pacientemente.

“No podes huir de nuestro destino, mi amor”, me dijo con una voz bella que llegó a todos mis sentidos. Yo pensé que estaba loco. Ni me conocía, ni sabía quién era yo. ¿O sí? No, eso no era posible. Yo lo recordaría…aunque, tal vez era una de esas personas que acosaban a las mujeres y por eso sabía todo de mí… “¿Por qué me llamás amor si no nos conocemos?”, le dije sin para de caminar.

“Te conozco de siempre, sos mi amor y no importa cómo te llames en esta vida, sos mi alma gemela”. Él estaba calmado como un estanque de agua. Ni una sombra de duda tenía su voz o su ser, y yo, que me encontraba más que desesperada, no sabía cómo ahuyentarlo. Entonces, me dije a mi misma: “¡No te dejes vencer por el miedo!” y me di vuelta y lo enfrenté como había enfrentado todo en mi vida. Como había afrontado a ese vil ser aquel día en la plaza. “¡Alejate de mí!”, le grité con determinación, pero él me miró con la misma tranquilidad que mostraba minutos antes y siguió caminando, lenta pero definitivamente hacia mí. Mi corazón latía como un caballo desbocado golpeando mi pecho a demasiadas revoluciones por minuto, aunque no podría decir que se debiera solo al miedo. Algo en todo esto calaba en mi curiosidad recientemente despierta por él, pero también estaba el temor. Temor sobre todo a las posibilidades. Y ¿si todo cambiaba para siempre?  En ese desasosiego, saqué el celular del bolso, pero las manos me temblaban tanto que no pude marcar el número de emergencias.


“No me toques”, le dije a punto de llorar de los nervios y él, al darse cuenta de mi terror, se frenó en seco. “No pretendo lastimarte ni atormentarte. Por favor, sólo te pido que me escuches…nada más”. Entonces, viendo que la cuestión no prosperaba de ninguna forma y para que todo eso terminase de una buena vez, me sequé las lágrimas y accedí a escuchar su loca historia. Pero le pedí que fuese en un lugar público y concurrido. Así, si la situación se tornaba incómoda o peor, tendría a quien recurrir.


Hicimos unas cuantas cuadras en silencio, con prudencial distancia y nos dirigimos a una plaza. Allí nos sentamos en un banco y mientras yo relojeaba si había la suficiente cantidad de personas para mi eventual rescate, él comenzó a hablar. Al principio tuve que prestar bastante atención para seguir el relato porque mi temor era demasiado grande y no podía concentrarme. Pero luego de a poco, me fui relajando.


El comenzó a contarme una historia, bastante fantástica por cierto, pero más o menos decía así:

“Mi nombre en esta vida es Juan, pero eso no tiene importancia porque nuestra historia es cósmica y tiene miles de años. Ya sé que no entendés mucho. A mí mismo me costó entender. Pero te pido por favor, que estés abierta a las posibilidades”. Y como viera que no salía corriendo de allí, continuó con su ya habitual serenidad:

“Hace unos cuantos años, imagino que desde el momento en que la fatalidad tocó a tu puerta…si, sé lo que te sucedió, como también ya sé que te vas a casar y no, no soy un acosador. Ese día fatal debías conocerme a mí. ¿Cómo sé eso? Más adelante te lo voy a decir, no desesperes. La realidad es que ese día debíamos toparnos de casualidad en esta misma plaza. Yo estaría en mi bici camino al trabajo, como cada mañana y vos irías a una entrevista de trabajo. Alguien intentó robarte y yo al ver ese evento, debería haberte rescatado y evitado lo que sucedió después. Yo debería haber estado allí para salvarte y evitarte el mal trago que tuviste que pasar. Luego de ese momento, y en agradecimiento, vos me invitarías a tomar algo y así comenzaría nuestra relación que sería perfecta, porque nuestro amor es perfecto….”


Yo escuchaba su relato y en realidad, no sabía qué hacer. Todo era tan inverosímil, pero sus datos no eran del todo erróneos. Yo había cruzado esa misma plaza años atrás y me habían robado y golpeado muy mal efectivamente, pero nadie había estado allí para socorrerme. Yo misma me defendí de un atacante, yo misma recuperé mi dignidad…todo yo.

Él continuó…

“Esa mañana en la que supuestamente debía salvarte, algo pasó….y una serie de eventos que se desencadenaron por un embotellamiento de autos, me hicieron llegar tarde…muy tarde”


Pero no le creí. “Vos seguís diciendo que no debía ser así… ¿cómo sabés que ese no debía ser nuestro destino, que yo en breve me tendría que casar con alguien más?”, le dije con la convicción de quien no quiere creer porque muy en el fondo estaba decepcionada de su mala suerte. “¿Cómo podes saber que estábamos predestinados, mejor aún, que somos almas gemelas?”, insistí para que, si todo esto tenía un trasfondo de verdad, me lo confirmara. Yo necesitaba saber en qué basaba todo ese delirio.


Me miró y respiró hondo por lo que imaginé que su fundamento sería más que débil, pero así y todo, escuché cada palabra:

“Ese día, luego de pasar por esta plaza y no encontrarte ni conocerte, en teoría nada debería haber pasado. Mi vida debería haber continuado como si nada, hubiera llegado tarde al trabajo ese día, pero nada más. Sin embargo, en el instante en que pase por este mismísimo lugar, se produjo un vacío en mi corazón. Algo me faltaba, algo profundo, casi como si mi propia alma hubiese abandonado mi cuerpo o se hubiese evaporado, y ese sólo fue el comienzo. Una tristeza infinita se apoderó de mí, como cuando uno pierde al ser más querido de tu vida, a un amigo, a tu madre, pero todo junto. Creí que iba a morir de dolor. Cada mañana despertaba esperando, rogando que esa necesidad de algo desconocido y a la vez perdido, se fuera y no volviese más. Pero no, cada día el sentimiento era peor. Fui a cuanto médico pude porque la realidad era que deseaba morir. Morir sería mejor que esa agonía permanente.


Nadie pudo darme una respuesta. Y ya estaba por rendirme a la necesidad de dejar de ser, de renunciar a la vida, mi vida cuando el amigo de un amigo me dio una tarjetita. Una poderosa tarjetita. Era una tal doctora Weis.

Deliberé si ir o no. Porque ya tanta gente me había dicho que no tenía nada, que darme la cabeza contra la pared una vez más…no sabía si mi cuerpo, mi mente, mi alma marchita, lo aguantarían. Pero una mañana de desesperación la llamé. Me juré que sería la última, ya no más luego de ella. Y fui. Le conté mi angustia, mi deseo de morir por dolor, por un dolor anónimo. Y ella me dijo que yo adolecía de amor. Por supuesto me reí porque ¿de amor por quién? Estaba más solo que loco malo…Entonces me explicó que lo síntomas encajaban perfectamente y que el tratamiento que ella proponía en sus sesiones, tenían que ver con la regresión. ¿A la infancia? Pregunté con inocencia pensando en algún trauma oculto. Y ella sonrió y respondió “No…a tus vidas pasadas”.


Yo me levante del sillón en el que me había acomodado y salí de ahí. Era obvio que me estaba timando, que era una charlatana que solo quitaba el dinero. Pero una frase de ella me frenó en la puerta de su consultorio: “Lo que sufrís es una pena de amor, porque el universo se equivocó…”

¿El universo se equivocó? Me pregunté. ¿Cómo sería eso posible? ¿Cómo algo que está compuesto solo de estrellas y planetas y cometas, tendría que ver con el amor, con mi amor frustrado o inconcluso? En un segundo me hice todas esas preguntas y unas cuantas más. Te preguntaras si le creí… ¿qué más podía hacer? Volví y me senté. ¿Cómo explicarte que te conocí en miles de vidas? ¿Qué te vi por primera vez hace más de mil años y que nos fugamos a pesar de tus padres? Porque vos eras de la realeza y yo un simple guardia…que en otra vida fui piloto y vos azafata y a miles de metros de altura nos amamos. Que yo fui rey de una cultura lejana y quedé perdido por tus ojos y evité tu muerte…pero siempre, siempre terminábamos siendo vos y yo. En miles de vidas en miles de universos…

Cuando desperté de ese viaje cósmico, mi corazón estaba más sereno y el hueco del corazón ya era más pequeño. Lo único que hice luego, fue buscarte y después de años te encontré…y espero que no sea muy tarde porque voy a morir si es así”


Yo me quedé sin palabras. ¿Qué hacer? Y ¿si era verdad? ¿Tiraría mi vida a la basura? Le pedí que me dejara pensar tranquila en mi casa, con mis cosas, con mi vida y que en una semana volveríamos a encontrarnos allí y le diría que había decidido. Él lo pensó mientras no despegaba sus ojos de mí y, aunque supe que una batalla se libraba en su pecho, accedió no sin antes tomarme la mano suavemente. Y otra vez esa sensación, cada una de mis terminales nerviosas fueron disparadas por un extraño que conocía hacía una hora. Por un loco que inventó una historia milenaria de nuestro supuesto amor. Pero mi corazón palpitó como nunca y sus ojos entraron en los míos y vi su vida y la mía y las anteriores y las futuras.


Entonces lo miré rendida a lo eventual, a lo que pudiera suceder y él se acercó más, me tomó de la cara y me besó con la ansiedad de miles de vidas juntas. Y yo lo bese con mis labios, con mi corazón y mi cuerpo. Y volamos por miles de años, por cientos de encuentros y desatinos. Por besos y abrazos y vidas juntos y por venir. El universo en ese instante explotó y corrigió su destino y nosotros dos compusimos nuestras almas atormentadas por estar lejos, por no haberse encontrado. Pude ver cada estrella en el cielo, cada nuevo sol y nueva luna y supe, supe que él tenía razón. Supe que no necesitaba más para completar mi vida.


Y te preguntarás ¿porque mi vida se está desmoronando? …porque la que fui no soy más. Porque cambié todo por Juan y hoy me caso con él, con mi alma gemela, con mi compañero de vida, de miles de vidas y estoy nerviosa porque sé que voy a ser inmensamente feliz y que a pesar de que el universo se equivocó, él hizo todo para corregirlo. Y siempre, pero siempre lo hará en esta vida y en las que están por venir.


Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

viernes, 18 de octubre de 2013

La fotografía



Una noche como cualquier otra en la vida de cualquiera, Genoveva recibió algo bastante perturbador. Al menos, así le pareció a ella que transcurría sus días sin demasiadas preocupaciones. Esa noche, estaba en la cocina de su casa pensando porqué se le hacía tan difícil dormir. Ese pensamiento la trastornaba, y bastante. Tal vez sería alguna preocupación, pero la realidad era que de repente había dejado de dormir. Dormitaba o hacía como, para no pensar si tendría algo malo. Genoveva había sido una persona relativamente sana así que el dejar repentinamente de dormir era algo preocupante.

En fin, esa noche se había encontrado con los ojos abiertos como cada noche de los últimos meses, cuando sintió que alguien estaba merodeando en la puerta. Primero se asustó aunque, su corazón no se aceleró, sino que su pecho estaba calmo, en silencio. Tal vez serían las píldoras que tomaba para mantener su arritmia a raya, aunque no recordaba con exactitud la última vez que había tomado alguna píldora. A pesar de ello y del susto, se asomó para ver primero a través de la ventana. Pero sólo vio, además de la luna llena y el cielo despejado, el parque delantero. Al hacerlo notó que, extrañamente, su jardín estaba descuidado. El pasto largo y las flores marchitas. “¡Qué extraño!”, pensó. Le parecía que lo había arreglado solo unos cuantos días atrás. Pero mirando la realidad, lo mismo le ocurría a su cocina que estaba llena de telarañas colgando y polvo en el suelo y los muebles. Sin embargo, ella limpiaba cuidadosamente todo, día a día. ¿Podría ser que las semanas y los días se pasaran muy rápido y ella se olvidase de los quehaceres de su hogar? En este caso, y dado su distracción e insomnio eso parecía ser. Tal vez ese cansancio que había sentido antes y que últimamente había disminuido, hasta hacerse nulo, le provocaba no prestar atención a otras cosas.

Miró de nuevo su jardín maltrecho y nadie había allí. “Tal vez, se escondieron”, pensó preocupada por su seguridad personal. Estar sola le preocupaba, aunque no le disgustaba. Y le preocupaba porque si alguien entraba a su casa, ¿quién la protegería?

Entonces, se dirigió lentamente y en silencio hasta la puerta. No quería alertar a su posible visitante por lo que intentó acercarse sin hacer ruido. Se asomó al pasillo. Estaba oscuro y también con telarañas por doquier. Al final se veía la puerta que tantas veces había abierto y por el que tanta gente habías pasado. Ahora, extrañamente, ya nadie pasaba por allí. Ni siquiera sus amigas. No tenía muchas pero alguna que otra vivía cerca. ¿Por qué habrían dejado de visitarla? Pero en ese momento le ocurrió algo que no podía explicar y que la sacó por completo de sus pensamientos. En un abrir y cerrar de ojos y sin siquiera hacer un esfuerzo, estaba frente a la mirilla del picaporte. “¿Cómo puede ser?”, se dijo. Pero así fue. En lo que dura un pestañeo, milisegundos hasta incluso menos, ella había avanzado como mínimo diez metros. Y no sólo sin darse cuenta, sino que sin llevarse nada por delante.

Eso era extraño. Nunca antes en toda su existencia había padecido algo así. Pero Genoveva creía que se debía a la falta de sueño.  ¿Qué otra cosa podría ser? Tal vez era como esos zombis de las películas y no se daba cuenta de ciertas cosas. No pudo que reírse de semejante ocurrencia. Eso la tranquilizó un momento. Al asomarse observó que alguien dejaba algo en el suelo, cerca del tapete que decía bienvenidos, y salía corriendo rápidamente. Pensó que se trataba de alguna de esas bromas que hacían los chicos a mujeres que vivían solas. Eso era sobre todo con las mujeres viudas. Y esa cuestión era motivo de burlas “¡Ahí vive la bruja!”, decían. Ella no les hacía caso porque a fin de cuentas, algún día serían grandes y se darían cuenta del yugo del matrimonio. Genoveva hizo una mueca, una media sonrisa. Algo se le venía a su cabeza y le causaba gracia. Ella sabía que tarde o temprano esos pequeños serían unos adultos infelices y mecanizados y el sólo imaginarlo era para ella suficiente venganza. Los veía renegando por la responsabilidad de mantener una familia, por la falta o el exceso de dinero. Los veía y no podía menos que disfrutar el supuesto anhelo que esos seres tendrían una vez metidos en ese contrato: ellos mismos desearían la tan codiciada soltería y la soledad que ella tenía ahora. A veces deseaba muchos años para poder ver eso.

Abrió la puerta luego de observar que ya nadie había afuera y se encontró con un sobre. Lo tomó y notó que no tenía remitente. Ningún dato acerca de su dueño. ¿Quién dejaría un sobre en su puerta? Pero lo peor no era eso. Genoveva abrió el sobre y dentro de él se encontró con algo terrible: una foto donde podía verse a sí misma muerta, descansando en un ataúd.

Un grito se le quiso salir de la garganta. Pero lo único que sucedió es que la bombilla de luz de la entrada explotó asustando a la propia Genoveva. Entonces, se metió rápidamente adentro. Ya en el interior de la casa, volvió a mirar la foto mientras temblaba como una hoja ¿Cómo habían hecho eso? La observó detenidamente y un estremecimiento la recorrió. Era ella misma, con su cabello oscuro y enrulado. Con su pequeña cicatriz en la mejilla derecha y ese lunar que tanto amaba, justo sobre su labio superior. Pero blanca y tétrica como la muerte misma. Avanzó por el hall de entrada para ir a la cocina y recordó que había dejado la puerta de la calle abierta. Sin embargo en cuanto la miró, un estruendo hizo temblar la casa. La puerta se cerró sola.

Genoveva se sintió desvanecer. Le preocupaba que la estuvieran timando. Era asombroso el parecido con la persona de la foto y sobre todo era perturbador imaginarse así, muerta. La miró más de cerca. Ahora no necesitaba los lentes que antes usaba. Al parecer el insomnio le había quitado la necesidad de gafas que utilizaba para leer, a pesar de no contar aún con medio siglo de vida. Pero a pesar de no necesitar lentes, si necesitaba luz. Miró el interruptor y sin siquiera tocarlo se encendió automáticamente. ¿Qué pasaba con todo? No era solo la foto. Su casa se estaba comportando de forma extraña. La vida estaba como en una nube. Y ¿si esa foto era verdadera? Genoveva quiso llorar pero solo un aullido lejano se escuchó. Entonces, todo comenzó a girar como en un torbellino. Vio pasar recuerdos de su vida que creyó olvidados. A su madre, a su padre. Se vio a si misma de joven. Era hermosa y delgada. Y sobre todo, no tenía arrugas en su rostro.

“¿Qué es ese olor?”, pensó. Pero los recuerdos la invadían una y otra vez atravesándola como espadas afiladas e implacables. Se vio frente a un espejo vestida de blanco. Era el día de su boda. Estaba hermosa y aterrorizada. Recordó a su marido. ¡Qué bello que era él! Se habían casado por contrato familiar. Pero siempre admiró su belleza. Era un hombre alto, de cabellos oscuros y ojos claros como el agua. Recuerdó su primera vez, recordó todas sus veces y sintió un calor en todo su cuerpo.

“¡Algo se está descomponiendo!”, se dijo pero el recuerdo de sus encuentros con el hombre que se había convertido en el dueño de su vida, la sacó de ese pensamiento. Recordó que nunca pudo tener hijos y eso le trajo pena a su corazón. “No quiero recordar eso”, dijo bajito. Como si con eso pudiera detener algo de todo lo que estaba sucediendo. Recordó la pena y la oscuridad en la que se había sumido cuando los años pasaron porque su cuerpo marchitado ya no le iba a dar frutos en su vientre.

Miró nuevamente la fotografía. El causal de tanto recuerdo de antaño. El motivo de que su mente hurgase en los despojos de su pasado. ¿Qué era eso? Toda esta parafernalia de eventos vividos recientemente y con poco sentido, la trastornaba. Entonces un rayo cayó en se mente e iluminó la oscuridad en la que estaba viviendo. Sintió como si un vendaval hubiese barrido con la nube que la rodeaba y en ese momento vio todo con claridad.

Un recuerdo cayó de la nada y se instaló en cerebro: el cumpleaños de su esposo. Ese día Genoveva había vuelto del trabajo más temprano que lo usual porque quería sorprenderlo. Ni bien entró a la casa, escuchó ruidos de lucha. Inmediatamente pensó que alguien había entrado y temió por la vida de su esposo. Corrió desde la puerta hasta el living desde donde provenían los gemidos y para su horror vio algo que jamás hubiese deseado ver. Su marido se retorcía, desnudo sobre el cuerpo joven y bien formado de una mujer. Genoveva se quedó petrificada allí, en silencio observando mientras su corazón latía desbocado de ira. Estuvo en ese lugar, amparada por la penumbra, minuto tras minuto presenciando ese acto de desprecio hacia su persona. Vio como ambos explotaban de pasión, friccionando sus cuerpos, piel con piel. Entonces, sin hacer ruido, sigilosamente, buscó la escopeta de su amado esposo y disparó sin piedad.

¡Bum! Primero cayó él. ¡Bum! Alcanzó con un balazo a la mujer que corría desnuda gritando, como si eso le fuese a ayudar. Ambos murieron en el acto y ella los enterró en el fondo de su casa. Eso le llevó tiempo pero no desesperó. Hizo todo el esfuerzo del mundo: cavó dos profundas tumbas utilizando la pala de su amado cónyuge, depositó los cuerpos cuidadosamente envueltos en plástico y luego rellenó con tierra los huecos que quedaban. Ya en el comedor de la casa y respirando libertad, limpió cada uno de los rincones ensangrentados de su casa. En cierto momento se le revolvió el estómago al ver trozos de la mujer incrustados en la pared, pero aun así continuó. Sin embargo, antes de terminar, un dolor en el pecho se hizo presente y luego de ello, oscuridad.

Entonces, Genoveva miró nuevamente la foto y ya no lo hizo con horror. A diferencia de ello, se rió. “Soy libre”, pensó sintiendo que su poder aumentaba y la transformaba en algo terrible y peligroso. Y una carcajada violenta que sonó casi como un trueno desgarrando el cielo, en el pueblo se escuchó.



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