viernes, 16 de mayo de 2014

De casas amarillas y un asesinato







Ella lo observó con cierto asombro, mientras se llevaba una tostada con queso a la boca. A veces, la extrañaba esa relación que los unía desde hacía tantos años y que a pesar del tiempo, cada día se sostenían como un equilibrista en una cuerda y sin red. Había hecho una pausa y luego de colocar queso a su tostada, ella continuó con su argumentación:
—Te estoy contando que anoche, en mis sueños, maté a un ladrón con un arma de fuego y no sentí nada, ¿y vos me decís que soñaste con qué color vamos a pintar la pared del fondo? ¡Increíble como siempre! No me estás escuchando.
—No sólo la pared del fondo, la de adelante, esa que elegimos pintar de color ocre, era en mi sueño, de un amarillo intenso, casi fluorescente. Yo pensaba –en ese estado onírico desesperante- ¿por qué eligió un color como ese? ¡Es horrible! Pero…
—O sea, que encima que no me estás escuchando, me decís que la culpable del color horrible en tu sueño, el color de nuestra casa ya pintada desde hace un mes ¿lo había elegido yo? Estás bastante perturbado, amor… —y le dio un sorbo a su taza de café.
Él tomó el diario y tras comer una galletita respiró hondo, le dio un mordisco y con la boca aún llena dijo:
—Si puede ser, pero no tanto como vos mi querida…matar a un delincuente ¿y no sentir nada? Eso es tremendo hasta para vos.
Él sabía que a su esposa le molestaba sobremanera que hablase con la boca llena, pero ella se dio cuenta de que lo hacía a propósito, por lo que el efecto deseado en realidad no existió. Tras no decir nada al respecto, continuó con la conversación sin sentido que hasta la divertía un poco.
—Si…Pero en realidad, él me estaba persiguiendo…aunque no estoy muy segura de porqué. Yo había tomado un taxi, apurada porque me seguían. Pero el tachero arrancó muy despacio, casi a propósito te diría, y ese hombre, apareció de la nada y quiso arrancarme de adentro para matarme…creo. En el forcejeo, el taxista me pasó su arma y yo le disparé al hombre, varias veces. Y no sentí nada…eso ¿me hace una sociópata?
—¿Te preocupa no sentir nada al matar en un sueño y no te preocupa que los taxistas anden armados? ¿En qué mundo vivimos? Y yo soy el loco…En mi sueño, una pesadilla te diría, en la parte pintada de ese feo amarillo, una hiedra había trepado la pared y el pintor ¡había pasado la pintura por encima de las hojas! Además, dentro de la casa, habías comprado una mesa de madera de forma extraña, y la habías puesto en el centro del comedor; pero no entraba muy bien y yo la miraba tratando de encontrarle algún sentido a esa elección…
—Mí elección. Otra vez soy la culpable…en fin. ¿Y si quiero comprar una mesa así? Que ¿te tengo que pedir permiso? Además, empecé yo a contarte mi sueño y ya saliste con lo tuyo, otra vez. No me escuchás. Te digo que yo me bajaba del taxi y miraba al muerto y nada. Pero ahí no terminó la cosa: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en un hospital porque mi peluquera, ¿te acordás de Liliana? —Él asintió mientras tomaba su té —bueno, ella estaba internada. La operaban de no sé qué cuernos y mientras esto le pasaba a ella, yo esperaba en una especie de sala de espera. Lo más loco fue que allí mismo me encontré con mis amigas de la secundaria, Karina y Diana, que hace como veinte años que no veo ¿No es raro eso?
—Primero, si querés comprar una mesa vas y lo hacés y si no entra, la devolvemos. Sabés que confío en tus elecciones…después de todo me elegiste a mi ¿no? —Ella le hizo una sonrisa burlona —Segundo, eso de tus amigas es bastante extraño, porque tuviste que matar a una persona, que quizás fuese inocente, para llegar a verlas. ¿Cuán loco es eso? Yo creo que es tu inconsciente tratando de verlas porque las extrañas mucho
—¿Estás seguro de eso? ¿Cómo podes saberlo?
—Intuición masculina, le dicen
—Ya estás hablando pavadas. ¡No existe tal cosa! Me estás mintiendo para que pare de hablar…te conozco.
—Bueno, puede ser. ¿Vas vos a buscar a Lauti al jardín?
—Si… ¿Por?
—Nada…acordate de pagar la cuota.
—Como siempre —ella lo miró. Por un segundo, sus ojos encontraron con los de él, y una sensación de eterna complicidad la invadió —¿Hay algo para el almuerzo?
—Mmmmhhh No creo ¿Querés que hoy prenda la parrilla? —dijo finalmente dando la vuelta al periódico que estaba hojeando.
—Ah, sería bárbaro…un rico asadito. Yo hago la ensalada.
Entonces, se levantó y lo miró con el mismo cariño de siempre; le acarició la cabellera ya canosa y se fue a tender la cama.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 11 de mayo de 2014

Autómatas






“¡Juraste que todo saldría bien! ¿Por qué no vuelve en sí?”, una voz angustiada gritó y se hizo eco en mis neuronas maltratadas, una y otra y otra vez... 

Frío.

Mi cabeza está como en una nube y me duele, lo cual es algo bastante extraño. “¿Qué día es hoy?”, la verdad es que no estoy muy segura. “¿Será la mañana?”. Busco en mi calendario mental, pero aparece desconectado, en blanco, y mis ojos, en lugar de mostrar el esquema habitual de citas, sólo se sienten molestos por la luz. “¿Será que mi chip se descompuso?”. Lo único que recuerdo con claridad es el mismo dolor de cabeza, un mareo y oscuridad.
Un bocinazo me arranca del desvaído mental. Aun no sé cómo, pero estoy en la calle y frente a mí, personas, autos, motos se suceden a una velocidad extrema. Respiro hondo para calmarme. “¿Calmarme?”, mi interior quiere reír. El día es húmedo y despejado y, a pesar de que ya estamos en primavera, el frío se siente en mis huesos. Entonces, un remolino de viento me acaricia el rostro y como cada día, decido volar. Pero desafortunadamente, no sólo perdí parte de mis recuerdos recientes, sino que ahora tampoco puedo volar haciendo que todo en este día se torne más que absurdo. “¿Qué me pasó?”, pienso preocupada, mientras apresuro el paso. Aunque ¿para ir a dónde y a hacer qué? No lo puedo recordar, al menos no por ahora. Al parecer mi neurochip, un implante de mejora insertado una década atrás, está reseteado y mi agenda entera, con todas mis citas, se borró. Es imperioso recuperarla si no quiero perder mi trabajo y lo más importante, mi vida. No puedo darme semejante lujo y aunque la suerte no me acompañe, tengo que caminar en búsqueda de la verdad. Pasos y más pasos. A medida que recorro las calles, percibo la ciudad que parece renovada.  Mientras tanto, hago un esfuerzo considerable tratando de recordar y lo único que se viene a mi memoria dañada, tiene fecha de un mes atrás.

Un pitido en mi cerebro.

Sonó el despertador y mi día comenzó como cada mañana en los últimos diez años: el neurochip recibiendo cientos de llamadas. Mi cerebro apenas despierto ya había procesado centenares de datos para crear modelos, patrones que darían respuesta a las muchas necesidades de este mundo globalizado y neurótico. A la hora de haber despertado, ya había coordinado reuniones on-line con gobernantes de países poderosos que hacían cola durante meses para escucharme analizar la realidad del mercado, las coyunturas políticas y en consecuencia, tomar importantes decisiones para el mundo. De mí dependía la paz global ya que había frenado más de una guerra en el pasado. Por lo que, gracias a mí, el mundo seguía siendo un lugar habitable y, en ocasiones, hermoso para la humanidad. Y esa mañana, no había sido la excepción.
Luego de desayunar, volé sobre la ciudad, como siempre. Un “Hola” escuché a lo lejos, y vi a Mateo. Él era el secretario de la empresa donde yo trabajaba, y en ese instante, me saludaba con ojos alegres y voz dulce. Él tenía también uno de los pocos chips neuronales que la Alianza había decidido colocar en humanos, aunque todo en él era diferente a mí. Los portadores de chips éramos pocos y habíamos sido elegidos concienzudamente por nuestro gobierno, por ser las personas más destacadas y capaces de resolver problemas complejos. Nos llamaban los sin-emociones porque nuestros análisis y las decisiones que se tomaban en consecuencia,  jamás deberían vincularse al amor, al odio o al miedo. Se nos exigía total neutralidad y eso nos convertía en prácticamente seres antisociales. Yo era una de esas personas y Mateo también, aunque esa mañana, sus ojos tenían un brillo muy particular. “¿Qué cambió?”, pensé aunque no hubo respuesta para eso.
Él era muy inteligente, aunque no tanto como yo. Sin embargo, y en contra de todas las probabilidades estadísticas, algo provocaba en mí. Podía estar observándolo durante horas, sin que él lo supiese, y esa simple acción relajaba mi mente cansada y desmotivada. Aunque últimamente, podía desconcentrar mis pensamientos y eso me apartaba del camino habitual. Eso estaba prohibido, por supuesto, pero no podía evitarlo. Lo saludé con una mueca, que se parecía mucho a lo que el resto de los humanos llamaban sonrisa, entré al Gran Edificio y me dirigí directo a la oficina.

¿Qué hora es?

“No anda”. Mi reloj de mano está apagado. “Maldito chip”, la frustración –rara sensación en mi- se hace presente y se convierte en compañera de mis pensamientos. Con torpeza en las manos, prendo la computadora y veo que son las siete y media de la mañana. “Por eso no hay nadie…es muy temprano”. Entonces, intento analizar cómo los eventos se sucedieron a una velocidad acelerada a pesar de la hora. Pero no se me ocurre nada. Busco la agenda, para que me oriente en alguna pista, y también está en blanco. La desesperación comienza a apoderarse de mi persona, y algo extraño se instala en mi pecho: ganas de llorar. Ahogo esa rara sensación e intento serenarme para encontrar una respuesta racional a esta serie de eventos anómalos, pero entonces, casi como en la misma nube que me acompaña desde temprano, aparecen unos ojos. Como en un flash veo a Mateo con rostro sorprendido, casi extrañado, mirándome desde la puerta de su oficina. Otro golpeteo en el pecho. ¿Qué significa esa mirada? ¿Sentimientos? Quise preguntarle, pero con rapidez él desaparece de mi vista.

Entonces, salgo a la calle, algo agitada.

Ni bien coloqué un pie en la calzada vi como la luna se reflejó en la acera. Parecía un faro encendido que iluminaba todo, a pesar de que era entrada la noche. Entonces, agradecí haber finalizado una jornada tan intensa y complicada de trabajo. Era una bella noche, cálida y despejada. El cielo, de un azul profundo, ofrecía miles de pequeñas luces, y sin embargo, nada me provocó. Ya me había olvidado de eso: los sentimientos. Ahora sólo eran un concepto abstracto, una definición instalada en mi disco rígido mental. Podía definir con claridad su significado, aunque ya no podía utilizarlo. ¿Lo extrañaba? En ese día que había sido largo y realmente cansador, quise sentir algo. Unas cuantas de las previsiones hechas por mí no habían sido tan precisas como la comisión directiva deseaba que fuesen. Hubo clientes disconformes, revueltas civiles en varios países y una observación a mi desempeño. “¿Querés que tomemos algo, así te olvidas de este feo día?”, los ojos de Mateo me miraban destellantes de ansiedad. Otra emoción. Él  invitaba a relajarme a sentir. “¿Por qué no?”, contesté y deseé que esa noche fuese extraordinaria. Nos dirigimos a un bar y nos sentamos apartados del resto, en una mesita. Un pequeño velador nos iluminaba pero aun así, podía verlo. El clavó sus enormes y bellos ojos, en mi persona y aún así...

“¿Van a tomar algo?”, preguntó la moza.

“Café para uno”, le contesto mirando la silla vacía que tengo frente a mí. “Mateo”, repite mi cerebro una y otra vez. Lo recuerdo mientras el intenso aroma del café invade mis sentidos y mi estómago revolotea. Siento un nudo en la garganta. “¿Qué me pasa?” Al parecer, el chip no solo borró mi agenda y la memoria, sino que esta alocado presentándome sensaciones extrañas y repentinas. ¡Sensaciones! Y esta nube en mi cabeza que no me permite pensar con claridad.
Una lágrima rueda por mi mejilla. Demasiadas pérdidas: volar, pensar, Mateo. Y lo que más me duele es la mirada de este joven que treinta días atrás me brindó una nueva y extraordinaria sensación. Aunque no sé cómo llamarla. Un suspiro se me escapa mientras salgo del café y el sol que está alto y cálido, me acaricia la piel y renueva mi esperanza. Elevo mis ojos y noto que el cielo parece más azul que de costumbre y me invade una catarata de estímulos nuevos y excitantes. ¿Los sentí antes?, tal vez muchos, muchos años atrás, aunque quizás, nunca. Camino sin rumbo, sin objetivos y me encuentro en una plaza, donde la naturaleza llena de vida, me impacta sobremanera. Me siento en un banco y cierro los ojos.

El sol, que ilumina mis párpados, torna todo de un hermoso color naranja.

 “Me encantó verte anoche”, dijo Mateo sentado a mi lado y casi en un suspiro. “A mí también”, le contesté con el corazón vibrante a pesar de que mi chip mantenía a raya las pulsaciones cardíacas. Sus ojos me escrutaron y se metieron dentro de mí. ¿Qué era eso? No me importaba porque se sentía delicioso y no quería que parase. Luego del silencio y de decir tanto sin pronunciar palabra, el trabajo salió a colación y hablamos de cómo se había optimizado la toma de decisiones desde la implantación del chip. “Pero nuestras vidas parecen vacías”, dijo Mateo esperando una respuesta de mi parte. Era raro, pero él tenía razón. Aunque en ese momento no dije nada, mis neuronas humanas se quedaron pensando. Pasábamos el día entero en la oficina tomando decisiones y luego…soledad. Miré sus ojos y tuve un pálpito, una precognición. Volamos juntos tomados de la mano y un chispazo, una descarga suave pero placentera, recorrió mi cuerpo y no supe si era a causa del chip o de Mateo. Aunque muy dentro de mí, esperé que la causa fuese él.

El banco de la plaza se siente vacío sin él y acá estoy deseando su compañía con locura.

¿Por qué? Una imagen se aparece en mi cerebro dañado y no se borra. Parece un bucle, un virus de computación que se reitera una y otra vez entre mis neuronas cansadas por este día agobiante. Una parte de la ciudad que desconozco. ¿Será real? Tal vez el daño en el chip me provoca ver cosas que no son reales. Pero, ¿y si estuve allí antes? Tal vez en ese lugar puedan decirme, con certeza, qué sucedió con mi memoria y tal vez, de esa manera, podré recuperar todos los datos. Necesito algo que me saque de esta oscuridad que me rodea, de esta sensación de ahogarme en una laguna empetrolada…Enfoco la imagen como tantas otras veces hice, aunque con el chip dañado, es más difícil. Pero no imposible. Los edificios se suceden uno detrás de otro sin que yo me dé cuenta qué lugar de la ciudad es. Pero hay un detalle. Un cartel. Y ¡bum! ya sé a dónde tengo que ir.

“Si, hay que hacerlo”, dije entonces y resonó como una campanazo en mis oídos.

Mis ojos se acomodaron rápidamente a la penumbra y comencé a divisar diferentes carteles y puertas. Carteles que, dependiendo desde qué ángulo se mirasen, cambiaban. Y lo hacían una y otra vez, a veces caprichosos, a veces con cierto sentido. Por fin, encontré una puerta con un cartel que, en el instante en que clavé mis ojos borrosos, se tornó de un rojo intenso como si se tratase de una especie de señal. Brilló en plena oscuridad como el fuego proveniente desde un volcán en erupción. “Es acá”, escuché como entre ecos raros y retumbantes. No estaba sola, aunque no estaba segura de quien estaría conmigo.

“No temas, nada va a pasarte. A mi nada me pasó”.

Camino entre calles de una ciudad que se abre ante mí como una flor en primavera y me da la bienvenida, como si todo este tiempo, no hubiese vivido allí. De repente, toda mi vida fui una miope y hoy, justo hoy me dan un enorme y renovador par de lentes, dándole vida y color a todo cuanto me rodea. “Extraño”.
La gente que se sucede a mi lado, me ofrece rostros anónimos que me sonríen al pasar, constituyéndose en algo de lo más increíble. Alguien me saluda y yo no sé quién podrá ser. Sin mi chip en condiciones, todos son extraños. Excepto Mateo. ¿Por qué él? Sólo él se viene a mi mente. Sus ojos grandes y honestos. Su belleza y dulzura. Un cartel aparece de la nada y una puerta. Esa puerta, que en mi memoria dañada es negra, ahora se muestra azul como el cielo. Afuera, una maceta con flores rojas me provoca admiración. Toco con suavidad, tímidamente y con miedo por lo que pudiese suceder, y espero a que alguien responda mi llamado.

“Adelante”

Un hombre pequeño y calvo me abrió la puerta negra y casi sin dudarlo, entré. Allí, varios monitores y una camilla, me esperaban determinantes y contundentes. Me recosté donde me indicaron y el hombre que me atendió, enchufó un dispositivo a mi entrada neurocraneal. Cerré los ojos y sentí frio. Era el frío de la exploración mental que a través de un sistema de computación entraba en mí y buscaba programas y aplicaciones. Una descarga eléctrica y dolor.

Mucho dolor.

Una ansiedad enorme me invade y me pregunto por qué. Lo bizarro del día parece no tener fin, mi corazón se desboca con solo la expectativa de lo desconocido, con espera de que alguien abra la puerta. Escucho ruidos de pisadas. Adentro, alguien baja presuroso por una escalera, aunque duda un instante al llegar a la puerta. Puedo escuchar cada paso, cada titubeo. “Por qué se tardarán tanto”, me pregunto impaciente.

“Tranquila”

Una voz suave y melodiosa susurró a mi oído y me tranquilizó. Mientras, mis ojos continuaban cerrados y oscuros. Pero a pesar de la oscuridad, sentí la calidez de sus manos entre las mías, de su piel y aroma que eran conocidos. “No tengas miedo, esto es necesario…no vas a sufrir, lo juro…y vamos a estar juntos por siempre”.

Oscuridad.

La puerta azul se abre ante mí y unos ojos maravillosos me reciben, mientras que, llorando, me arrojo a sus brazos. “Pensé que no me recordabas”, dice Mateo mientras me besa una y otra vez en los labios. “Tu recuerdo y esta sensación extraña en mi pecho me trajeron hasta aquí”, le digo mientras él con una sonrisa me contesta: “Se llama amor…esto en el corazón es amor”, y nos fusionamos en un beso infinito. Detrás de él, unos bolsos, los pasajes de avión y pasaportes falsos nos esperan. Una nueva vida se abre para los dos. Desde este día ya no somos autómatas. Nunca más.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 27 de abril de 2014

Exceso





Él la contempló en silencio. Era realmente hermosa, y aun estando tan cerca de ella, podía notar que ni siquiera tenía una arruga en ese rostro blanco y suave como el mármol.
Sus ojos estaban entreabiertos, como detenidos en actitud de eterno romanticismo que emulaba a las modelos de los años veinte. En ese estado, él podía apreciar la claridad y pureza de su iris. Sus pestañas estaban cargadas de rímel y en sus párpados se distinguía una discreta sombra de color rosado. Y aunque el maquillaje estaba corrido, no la afeaba en lo más mínimo. No. Era muy hermosa y muy coqueta. Eso fue lo que lo enamoró en primer lugar. Bueno, enamorarse era algo exagerado ya que uno no puede enamorarse de una imagen ¿O quizás sí?

Tal vez eso había sucedido. Tal vez se había enamorado de una imagen. Una perfecta imagen de muñeca Barbie aparecida de la nada, una tarde de lluvia, 6 meses atrás. Y él se había paralizado al verla. Aun recordaba esa tarde de septiembre. Recién había comenzado la primavera y las hormonas parecían inundar todo el aire, alborotando al mundo entero. Él trabajaba en una clínica. Era médico de urgencias y esa tarde, en el instante en que hablaba con la secretaria acerca de una historia clínica, ella apareció en el hall de la clínica, empapada y con su ropa pegada al cuerpo.

La volvió a mirar. Continuaba recostada frente a él, como tantas otras veces, con apenas centímetros de aire entre ambos. Miles de veces lo habían hecho, aunque muy a su pesar. Cuando estaba frente a ella no podía dejar de contemplarla, de ansiarla. En ese momento, su piel, blanca y pálida, lo invitaba a más, siempre a más y eso era muy peligroso. Se contuvo.
Recordó ese día. ¿Por qué no se dio media vuelta y se fue? El destino. El universo, lo cósmico y quien sabe qué más atentaron contra él. Ese día lluvioso de septiembre, ella se desmayó allí frente a sus ojos y él era médico antes que nada. Al verla caer inició una carrera apresurada y casi en el momento en que ella tocó el suelo, él estaba a su lado. La cargó en sus brazos como si prácticamente no pesara nada y la llevó a una camilla. En un cuarto, a solas, la observó como la observaba ahora, sin poder dejar de contemplarla. Como si estuviese hechizado por esa aparición ante su persona. Su cuerpo, esculturalmente perfecto, apenas se disimulaba con la ropa mojada. Era joven y se notaba; sus senos simulaban dos duraznos perfectos y firmes. Su cintura, minúscula por cierto, dejaba ver un pircing en su ombligo trasluciéndose a través de la remera mojada y tensa. Y sus caderas, cuna de su perdición futura…

La deseó en ese instante. La deseó sin saber quién era ni qué le sucedía. La deseó como lo hacía ahora en esa palidez, junto a él, en la cama en la que tantas otras veces habían estado. En la misma cama en la que se habían amado una y otra vez.

Luego de aquel primer encuentro pasaron varios días de ansiosa espera hasta que ella se apareció para agradecer su atención. Era hermosa ahora que podía verla con gestos, aunque la actitud de bella durmiente de la vez anterior lo había impactado sobremanera. Sin embargo, ahora podía ver sus dientes perfectos, sus sonrisa sincera. Le traía una caja de bombones, pero él se marchaba apresurado a una reunión.
—No importa…sólo quise agradecerte. Esto es para vos —le dijo extendiéndole el pequeño paquete.
—Gracias….
Él no supo que hacer. Una lucha se libró en su interior mientras Ella se marchaba, quizás para siempre, y él sentía que se desgarraba su interior partiéndolo en dos. A pesar de no conocerla. A pesar de que prácticamente ella era una anónima. Ese encuentro, breve por cierto, lo había modificado, lo había cambiado para siempre y no sabía si dejarse sucumbir o vivir por siempre en agonía. La miró mientras se marchaba. Miró su falda casi juvenil y esas hermosas piernas. La imaginó desnuda. Cerró sus ojos, contó hasta diez para calmarse y respiró lentamente. Ese no era el mejor momento en su vida. Quizás ninguno fuese el mejor. Pero ese no era “el” momento. Se relajó y abrió sus ojos, pero allí estaba ella, frente a él, casi tocándole el rostro con sus labios. Podía sentir su aliento entrándole por la nariz. Su aroma era dulce y perfecto. La deseó aún más que la primera vez y ella lo notó. Tomó su mano y lo llevó a su departamento. Esa tarde, él sucumbió a su sexo y la disfrutó de todas las formas imaginables. Cerró los ojos y pudo sentir su cuerpo caliente y sudoroso al ritmo del suyo. Una y otra y otra vez. Nunca había disfrutado de esa manera en su vida. Ella, que tenía la mitad de sus años, le enseñaba cosas nuevas. Ella era perfecta. Eran perfectos, juntos en la cama. Eran uno.

Pero ella sabía que ese amor era prohibido. Sabía que tarde o temprano se terminaría, él se lo había dicho más de una vez.
—Tenés que entender, esto se tiene que terminar…
—¿Por qué? No le voy a contar a nadie…te juro… ¡no me dejes por favor!
Y él se aferró a esa necesidad de ella y el tiempo pasó. Sin embargo, tampoco podía dejarla. No si era sólo por él.

Lo había intentado una vez, tiempo atrás. Eligió un lugar público, perfecto para plantarla sin escándalos y allí se encontraron. Todavía recordaba cómo iba vestida: unos jeans ajustados y una camiseta rosada. Eso sí, maquillada y perfumada como siempre, como le gustaba a él. Se sentó, lo miró y supo que él la iba a dejar. No medió ni una palabra entre los dos, sólo se miraron. Ella, con sus enormes ojos claros, escrutó cada rincón de su alma. Leyó su mente como puede leerse un libro abierto dejado sobre la mesa. Entonces, con solo una lágrima rodando por su mejilla, se levantó y se fue.

Él cerró sus ojos y contó hasta diez, aunque sabía que debería contar hasta mil para calmar sus impulsos. Pero en el número diez los abrió y allí continuaba ella. Recostada junto a él. Ajena a sus pensamientos, a sus recuerdos. Le acarició el rostro. Una de las tantas lágrimas que habían emanado de sus ojos, rodó por su mejilla y dejó una huella en el maquillaje. ¿Le pediría perdón? Ella lo merecía. Merecía su remordimiento y más. Pero era tarde. Ya no tenía sentido.

Aquella vez del bar, luego de contar hasta diez también abrió sus ojos y ella se había marchado. Y con seguridad lo habría hecho para siempre. ¿Por qué no la dejó partir? Ahora ya no tenía cabida esa pregunta. Luego de sentir la ausencia de ella, no la resistió. Se levantó y la fue a buscar. Y esa tarde la amó hasta entrada la noche. Entonces, se dio cuenta de algo: ella era su droga. Jamás la podría dejar. Y comenzó a temerle. A temer el significado de no poder dejarla. Tenía mucho que perder, él se lo había repetido hasta el hartazgo y ella lo sabía. Aunque ella no era el problema. El problema lo tenía él. Se había convertido en un adicto a su cuerpo y eso ya no tenía cura. Y su esposa….

Luego de esa tarde de lujuria desenfrenada, volvió a su casa. Su esposa lo esperaba como siempre con la cena preparada y el silencio entre sus labios. Lo había aprendido desde el primer minuto que estuvo con él. Eso era ser la esposa de un médico: callada resignación. Siempre estaría con algún paciente, siempre en algún congreso, siempre trabajando. Aunque sabía que eso no era así. Ella sentía el olor a la mentira, pero aun así callaba. Él la besó en la frente y corrió a ducharse. A quitarse el olor a ella, a su droga. Luego cenaron silenciosamente, con el peso de la mentira en el corazón. Más tarde, le hizo el amor, mecánicamente y sin pasión, como siempre, para acallar su conciencia. Pero secretamente comparándola con los encuentros con ella.

Esa noche ya no pudo dormir. Sólo pensaba en ella, en su cuerpo, en su sexo. En lo riesgoso de ambos, en la mentira a su esposa. Y desde esa noche, todas y cada una de las siguientes noches sería lo mismo: horas y horas de insomnio, de pensamientos y sentimientos encontrados. De remordimiento. Una batalla feroz se había desatado en su ser: una batalla entre el ser y el deber ser. Siempre había sido lo que los demás le habían dicho que debía ser: el ejemplo. El mejor doctor. El esposo ejemplar. Y había comenzado a fallar.

Sus días se repartían entre la clínica y ella. Aunque las horas con sus pacientes lo encontraban pensando en sus momentos con ella. Y entonces, un día sucedió lo inevitable. Lo que él sabía que iba a suceder. Un joven muchacho con el futuro por delante llegó a su consulta. Estaba agitado y él solo pensaba en ella, en sus muslos, en su cintura. El relato del joven se hacía lejano, como ecos sobre una nube. Sin embargo, de repente despertó al escuchar a una enfermera gritarle que el muchacho ya no respiraba.
—Doctor ¿qué hace? ¡Se muere!
Y se paralizó.

Salió corriendo de allí con una muerte a cuestas. Desesperado fue a refugiarse en su droga, en ella. Pero para su sorpresa la notó distante. El necesitaba su pasión y ella estaba fría. “Me está engañando”, pensó con horror. Sí. Seguramente era eso lo que ocurría. Tendría otro. Sería la única forma de escapar de esa relación tóxica que ya había sobrepasado su persona y la había contagiado.

En ese momento, recordó el dolor de creerse engañado. Aun teniéndola frente a él desnuda, sintió la pena de perderla. Quiso parar, los recuerdos lo atormentaban, le provocaban un inmenso dolor. Pero la miraba allí recostada y todo volvía a su conciencia una y otra vez.

Luego de aquel encuentro, nuevamente no pudo dormir. Tenía dos témpanos. Su droga que se había helado y su esposa que continuaba en su interminable distancia silenciosa. Y su carrera que se caía a pedazos. “¿Quién será ese que me la robó?”, pensó amargado. Imaginó como ese anónimo le hacía el amor a ella, su droga. Una y otra vez imágenes de ambos desnudos y gimiendo lo trastornaban. Entonces, viendo que no podría conciliar el sueño se levantó en silencio y se fue a buscarla a su departamento.

Ella abrió la puerta con los ojos aún dormidos y sin entender los planteos que le hacía esa persona que antes solía admirarla y amarla. Quiso cerrar la puerta, pero él, de un golpe, la abrió y luego de golpearla en el rostro, la llevó de los pelos a la cama. Allí la hizo suya a pesar de ella. A pesar de que sus gritos no eran de placer sino de dolor. Pero él no pararía. Ya no. La miró nuevamente y la vio en su desesperación de llantos y gritos y le tapó la boca. “Ya mi vida no llores, perdón”, le decía mientras le obstruía la boca y la nariz violentamente. En su deseo de calmarla solo lograba asfixiarla más y más. Y lentamente, la palidez se apoderó de ella y el movimiento la abandonó como lo hizo su espíritu.

La volvió a mirar luego de la tormenta que significó sus momentos juntos. Los ojos, que habían quedado entreabiertos, le recordarían eternamente lo vivido. La pasión, el desenfreno y el exceso de él por ella. Sin importar dónde, esos ojos muertos lo acompañarían de ahora en más.

Finalmente, el hechizo que lo ataba a ella se disolvió y él solo se levantó y salió para vivir su vida anterior. Ahora restaba esperar la llegada de su nueva droga. De otra ella. De seguro, luego de un período de tensa calma familiar, aparecería con naturalidad y espontáneamente, como esa vez. Como todas las veces anteriores.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

viernes, 11 de abril de 2014

Pecera


 
Hay días bellos en los que desde el minuto en que uno se levanta de la cama, todo sale a pedir de boca. Las luces de los semáforos están a tu favor, al sintonizar la radio aparece tu música favorita, la gente te sonríe por la calle. Hay días maravillosos que son así. Sin embargo, ese no fue uno de esos días.

Ya al levantarme y al poner los pies sobre la alfombra, noté que algo frío y húmedo trepó por mis pantorrillas haciendo que cada centímetro de mi piel se erizase. Eso no fue todo, cuando la sensación llegó a mi cabeza dormida, me hizo entender que aquello que congelaba mi sangre era agua. Agua por doquier, en pequeñas cantidades, pero uniformemente distribuida por todo mi departamento.  “¡Mis zapatos nuevos!”, fue lo primero que pensé y corrí al armario. Pero como dije, ese día sería desgraciado y en mi carrera desde la cama al placard, unos diez metros como máximo, mi pie enganchó con la ropa sucia y ahora mojada, que había amontonado para llevar a lavar. “¿Por qué no lo hice ayer?”, me fui preguntando a medida que mi cuerpo se desmoronaba en cámara lenta. Sabía que terminaría mal y así fue. Un tremendo golpe en mi cabeza me paralizó unos instantes en los que, afortunadamente, pude notar la fuente del mal. Un agujero en la pared que daba al baño y desde donde brotaba el agua a una velocidad considerable.

Luego de que el aturdimiento se fuese, me arrastré hasta la pared. Allí mismo agudicé mi visión y a la distancia, muy dentro del orificio y del concreto, divisé un brillo metálico: era el caño que perdía. En ese instante, se me vino a la memoria la lista de pendientes. Y por desgracia, ésta era una de las tantas cuestiones que había dejado para después. Como la ropa sucia que descansaba a centímetros de la pared en una bolsa pulcramente ordenada, y que había sido, en última instancia, la responsable de mi descubrimiento. Me incorporé. El agua seguía manando desde el orificio y ascendiendo centímetro tras centímetro. 
Ya había sobrepasado mis tobillos, y mis zapatos sin estrenar, sólo fueron una parte de las pérdidas.
Fui a la cocina mientras veía flotar la agenda y mi billetera, en forma libre y despreocupada. Ni atiné a tomarlas, las dejé pasar para que rebotasen por ahí.

Con paso presuroso llegué a la mesada y busqué en cada uno de los cajones. En el primero encontré solo desorden. Y a pesar de que revolví con insistencia no encontré las herramientas que tiempo atrás había guardado, aunque no recordaba dónde. Continué con el siguiente cajón, pero en el instante en que metí mi mano, un ardor se instaló haciéndome gritar del dolor. Saqué rápidamente la mano solo para ver cómo una cuchilla había hecho su trabajo en dos de mis dedos que ahora sangraban y manchaban lo cristalino del agua, con caprichosas gotas rojas. Se diluyeron mientras yo busqué un repasador y lo usé de venda. Apreté fuerte para que cortase la hemorragia, mientras veía las estrellas por el dolor. Respiré hondo y continué en mi búsqueda ya que el agua no se detenía. Fui al tercer cajón y con cuidado, aunque ansiosa, seguí revolviendo y cuando estaba por desistir, encontré un martillo y un destornillador. “Esto me tendrá que servir”, pensé y fui a la habitación. Me agaché y para alcanzar el orificio tuve que sumergirme en el agua helada. Mi cuerpo se estremeció y hasta intentó resistirse, pero comencé con la tarea de arreglar la pérdida. Con la mano sana, tomé el martillo y di un pequeño golpe a la zona del orificio que parecía una diminuta catarata. Un delicado golpe a una robusta pared blanca. Un suave golpe que provocó que un enorme trozo de pared se desprendiese y lo que en instantes previos había sido una simple gotera, ahora era un mar de agua brotando desquiciadamente. Y golpeaba mi rostro a pesar de colocar las manos.

Salí del foco del problema; el agua ya estaba a una altura considerable, tal vez 50 o 60 centímetros. Miré a mí alrededor y supe que debía pedir ayuda. Fui por el teléfono inalámbrico. Un recuerdo se cayó de mis neuronas asustadas: mi mamá. ¿Y si me pasaba algo? Sería terrible para ella. Ese pensamiento me angustió y por unos instantes se aflojaron mis piernas. “¡No!”, me dije. “Tenés que ser fuerte… ¡vas a salir de aquí!”. Continué. Afortunadamente, el teléfono estaba en la biblioteca, en uno de los estantes más altos. “Por suerte…”, suspiré mientras con dificultad me dirigí a la sala de estar. Allí más cosas pasaron flotando delante de mi mirada estupefacta: los peluches, una maceta, una camiseta. Miré hacia la ventana. El sol estaba allí desafiante, riéndose en mi cara. Burlándose de lo desgraciado de ese acontecimiento, de mí desgracia. Aparté esos pensamientos y continué en la búsqueda de la salvación. Allí estaba, al resguardo del agua. Extendí mi mano temblorosa por el frío y lo tomé. Marqué el número de emergencias pero en el instante en que intenté decir “Hola, ayúdenme” un trozo de pared cayó en el agua provocando un estruendo y asustándome. Y la desgracia, que estaba instalada ese día en mi departamento y me acompañaba con obstinación, se hizo notar otra vez: el único elemento que me conectaba con el exterior, la única fuente posible de auxilio, mi teléfono, cayó como en una caprichosa cámara lenta, sumergiéndose en el agua. Al caer en mi mar personal, un ruido sordo y una burbuja fueron las únicas señales de su existencia. Durante varios minutos lo observé en el fondo del agua. Parada, estaqueada en ese momento, en ese lugar que por desgracia diabólica se desmoronaba llevándome con esa correntada helada, quise llorar pero no pude. Solo me quedé allí, paralizada.

El agua continuó subiendo. Debía hacer algo. No podía dejar que el destino se apoderase de mi vida, de mi destino así nada más. Entonces, me dirigí a la puerta. Crucé la cocina y allí estaba con el agua a media altura. Tomé con determinación el picaporte pero ya sin sorprenderme, no abrió. Estaba cerrada con llave y quién sabe dónde habría quedado el llavero con el peluche que días atrás había comprado para que, en casos de emergencia, lo encontrase con rapidez. “En casos de emergencia”, me reí casi con sorna. Era mejor que llorar. Fui nuevamente a la ventana. Caminar entre tanta agua, que ya llegaba a mis muslos, era difícil y agotador, pero las ganas de salir de allí eran mucho más intensas. Me acerqué lo más que pude y miré con coraje a pesar de mi vértigo. Estar en el piso veinte no había sido mi elección, sólo había sido así. El precio era más que favorecedor y ahora entendía por qué. Otra vez mi cerebro funcionó. Rompería el vidrio. Usaría el maldito martillo destructor de paredes para algo productivo y así lograría la libertad. Pero debía ser cuidadosa. Estos departamentos nuevos no tenían balcón. Ni siquiera cortinas, aunque el vidrio espejado me daba intimidad y me resguardaba de cualquier mirada indiscreta. Aunque ahora eso era un inconveniente. Sin embargo, en ese segundo vi movimientos en el edificio de enfrente. Un muchacho salía al balcón con una taza de café. Y lo miré largamente porque era hermoso. No era la primera vez que lo observaba. Su cuerpo era más que perfecto. Su rostro, soñado. Por un segundo quise estar acunada en su humanidad que parecía diseñada por un artista; y cada día, al verlo, él alegraba mis mañanas solitarias. Me prometí que si salía de allí con vida, le diría lo mucho que lo deseaba. Sí, eso haría. Reaccioné. Tenía que aprovechar ese momento ya que él me vería.

El agua ya me llegaba al pecho. Con mucha dificultad fui a buscar el martillo y una sábana. Volví agotada. Él seguía allí por lo que me apuré. Me até un extremo de la sábana a la cintura y el otro a la mesa de roble. Recé para que no se moviese y fui con el martillo a la ventana. Tomé toda la fuerza de mi agotamiento, de mi frustración por lo que estaba viviendo, de la desgracia de ese día y con toda bronca impacté el vidrio.

Nada. Ni una muesca. “¡¡Maldito vidrio!!”, grité desaforada golpeándolo una y otra vez con frustración. Me desesperé porque, no sólo no tenía escapatoria sino que la mano estaba de un tono sospechoso y comencé a perder las fuerzas. El vidrio era prácticamente anti balas y yo ya no podía más. “Ese comité contra la inseguridad…viejas miedosas… ¡quien me va a robar en un piso veinte!”, exclamé sabiéndome presa de mi destino. Ya no había nada para hacer. Solo la oscuridad llegaría y me envolvería. No sentía mis pies por el frío y mis músculos estaban entumecidos. Lloré. Mis lágrimas se sumaron a la inmensidad de agua helada y desaparecieron como lo haría yo en breve. “No puedo terminar así…”, dije con pesar. Pero mi voz quedó tapada por un hermoso ruido. Un sonido que tantas otras veces me había molestado pero que ahora, en ese segundo, era una esperanza de luz, de salvación. Era el vecino de arriba que llegaba de su trabajo del turno noche y caminaba con su paso pesado y cansino de un lado a otro. “Es mi oportunidad”, me dije con un destello de felicidad. Yo flotaba. Restaban quince centímetros o tal vez menos para tocar el techo con mis manos. Necesitaba nadar hasta el otro extremo donde el ruido se encontraba, pero algo me trababa. La sábana. Con dificultad me desaté y esta vez la acción cumplió su cometido. ¿Sería ya el fin de mis desgracias? Así lo esperaba.  

Me dirigí con largas y cansadas brazadas hasta la fuente del sonido que provenía desde cerca de la cocina. A metros de mi impoluta ventana. El agua seguía subiendo y yo me sentí en una enorme pecera que en breve me dejaría sin oxígeno. Debía apresurarme. Llegué al techo, al rincón del ruido. “¡Auxilio!”, grité, pero mi garganta helada como el resto de mi cuerpo estaba adormecida y sólo se oyó un lánguido suspiro. Aclaré un poco mis cuerdas y lo intenté otra vez. El grito tuvo más potencia y el ruido del piso de arriba cesó. Al parecer me había escuchado. “Soy tu vecina…necesito ayuda acá abajo…me ahogo”, grite y el agua me tapó. Pero antes, segundos previos a estar completamente sumergida sentí la voz del hombre que gritaba “¡Ya voy a ayudarte! Aguantá querida!” y luego sus pasos que se dirigieron hacia la puerta. La felicidad me invadió. Solo tendría que aguantar unos segundos. Unos interminables segundos hasta que llegara y abriese la puerta. Tomé una bocanada del poco aire que quedaba entre el agua y el techo y me sumergí otra vez pero con la convicción de que saldría de allí con vida. Un papel pasó por delante de mis ojos mientras aguardaba lo que me parecía una eternidad. Era el presupuesto del gasista que me había dejado en la mesa. “Se debe cambiar urgentemente el caño de la habitación. Riesgo de ruptura e inundación”. Tarde…pensé. Escuché que alguien luchaba con la puerta dándole fuertes hachazos para derribarla. Si, ya llegaban a rescatarme. Lentamente, el agua comenzó a bajar, seguramente por la grieta que mi vecino había logrado hacer. Un ruido más. Un ruido que no era la madera rota. Tomé aire y miré. Otro ruido. Mis instintos dirigieron la mirada a la ventana. El enorme ventanal se había rajado por la presión. Miré mi cintura y recordé que ese día finalmente era desgraciado ¿por qué iba a cambiar ahora? “La sábana”, pensé. Pero ya era tarde. Ya había salido expulsada junto a la catarata helada, por la ventana de mi hermoso y moderno departamento. Lo último que se grabó en mi retina, la mirada de mi vecino, el horror pintado en su rostro al descubrir lo que había sucedido.




Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 1 de abril de 2014

Puntos de venta de Miscelaneas de la oscuridad el libro de relatos....

Atención lectores de aqui y de allá!!! Nuevos puntos de venta de Miscelaneas de la oscuridad, el libro con 13 de mis relatos!!!


En Capital Federal:
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» Mendel (Paraguay 5163, Palermo, CABA)
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» Librería Dardo Rocha (6 e/48 y 49)
» La Normal Libros (7 e/55 y 56)
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Saludos!!!!