viernes, 13 de marzo de 2015

El inmortal







Dicen que nadie muere antes de la víspera… o después. Aunque esa no fue la realidad de Arnoldo Samaniego. ¿Quién es él?, se preguntarán. Bueno, digamos que ni siquiera la Parca se atrevió a tocarlo, o el Diablo lo reclamó cuando pudo. 

Samaniego fue el peor hombre que caminara sobre la tierra. Era avaro, mezquino, abusador. Sólo deseaba mantener su poder, ese que había logrado tras décadas de sobornos y aprietes, de amenazas y asesinatos encubiertos. Era un ser despreciable al que ni siquiera su madre pudo amar, aunque lo intentó. Y ¿por qué? Bueno, cuando él nació su madre sufrió tremendo dolor y casi muere desangrada. Cuentan que la noche en la que ella dio a luz, un rayo partió el árbol que estaba en la puerta de la casa, dejándolo reducido a cenizas. Y no sólo eso. Al salir de su vientre, Samaniego desgarró literalmente la carne de su madre, exteriorizando su útero que casi se parte en dos. El resto del cuerpo de la joven desgraciada sufrió, además, tremendas convulsiones. Toda la situación fue traumática y muy desagradable, y la pobre mujer tardó meses en sanar. Sin embargo, no fue por ello que la joven no sintió afecto por el niño. No. Una vez recuperada de tal evento y jurándose no parir a nadie más, se dedicó al niño como buena madre devota que era. Le profesó todo el cariño y cuidado que luego de semejante trauma inicial, pudo dar. Pero el niño, ya desde pequeño, demostró claros signos de antipatía hacia su madre y el mundo en general. Jamás sonrió. Jamás tuvo una palabra de cariño para ella u otros niños y cuando pudo, la abandonó. Ella murió de tristeza, una tarde gris y fría, de la forma en que mueren las madres que no entienden en qué se han equivocado al engendrar y criar a semejante ser. Pero lo que ella no sabía era que la noche en que lo concibió, esa mismísima noche, el hijo del Diablo rondaba la tierra de los vivos.

Si. Su padre, Satanás, no lo supo hasta mucho después, cuando ya era demasiado tarde como para hacer algo. Su hijo, esa noche, había decidido pasearse por entre los humanos, ufanándose de su poder ilimitado. Caminó entre las personas, como uno más, mientras que suspiró falsas profecías en algunos oídos, prometió riquezas a otros y recolectó alguna que otra alma con las que se alimentó, tan solo para saciar su necesidad básica de supervivencia. Pero se estaba aburriendo y finalmente pensó que salir del Averno no había sido tan buena idea. Pero allí vio a una adorable pareja en un parque, sentados a la luz de la luna haciéndose promesas de amor eterno, y por supuesto le provocó náuseas mezclada con algo de desprecio. Con esos sentimientos, se metió en el cuerpo del joven amante y lo poseyó, como así a la joven y futura madre de Samaniego. De inmediato ella quedó embarazada al tiempo que el muchacho desaparecía para siempre al enterarse de semejante noticia. Siete meses y medio después y anticipándose al mundo, Arnoldo Samaniego nació dejando una marca en su madre y en el universo mismo.

Creció entre las sombras, inmerso en la duda del abandono de su padre, y muchos creen que siempre supo que su origen era inexplicable, por denominarlo de alguna forma terrenal. A sus 17 años abandonó el hogar que lo vio crecer y fue a probar suerte. Algo, que por supuesto le sobraba para ciertas cuestiones. Primero se dedicó a las apuestas para acrecentar su pequeño capital. Y luego, decidió que debería invertir fuerte e insertarse en ese mundo que desde siempre anheló. De repente entendió que con su bello rostro y su hábil mente era capaz de lograr lo que quisiese. Y así, a sus veinte y tantos, se convirtió en presidente de una empresa billonaria y amante de varias mujeres poderosas (esposas de hombres poderosos) que apenas resistían sus encantos masculinos. De esa manera, tenía influencia en todo el mercado monetario y lo único que pudo hacer fue codiciar más y más.

Las décadas fueron pasando y Samaniego acumuló años y poder. Envejeció inundado de avaricia y rodeado de lujo y libertinaje. Era dueño prácticamente de todo el mundo, dirigía la multinacional más notoria, aunque turbia, y eso no era suficiente. No para Arnoldo Samaniego que siempre necesitaba más: más poder, más desafíos. En realidad, el único desafío pendiente era el dejar herederos, pero para cuando se dio cuenta de esa necesidad ya era tarde.
Y el tiempo continuó su curso natural.

Había pasado los noventa y ocho años, cuando sintió que su corazón por primera vez le fallaba. Un dolor atroz se instaló en su pecho y una certeza: esa sería la última vez que vería el mundo. Era una noche oscura, en la que la luna de repente se vio obstruida por nubarrones premonitorios, como los que atravesaban su mente atormentada por el mal que había diseminado por el mundo. ¿Acaso el cielo estaba indicando el inminente fin? Así lo esperaban todos, así lo temía él. Su médico personal, en aquel momento, le armó una sala de cuidados intensivos en su oficina, en el edificio en el que vivía y que además hacía las veces de oficina y centro de convenciones; y allí él, Samaniego y todos en el edificio, esperaron a que la naturaleza y la Parca hicieran lo suyo. Después de todo, había vivido lo suficiente.

Una terrible tormenta se desató a eso de las once de la noche. El viento arreció con furia dantesca y arrancó unos cuantos árboles de raíz que terminaron insertados en varias casas del lugar, mientras que la lluvia castigó durante interminables horas. Pero nada más pasó y él, como el tiempo, mejoró.
Contento con su suerte, dejó instalada aquella sala de cuidados intensivos y reconoció al médico como su salvador. Lo cual trajo el odio de la humanidad hacia aquel profesional, por supuesto.

Y la vida continuó. Unas cuantas décadas más pasaron y el corazón otra vez amenazó con detenerse. Para este entonces, el médico que lo “salvase” la primera vez, había dejado el mundo de los vivos y otro, de igual reputación, lo había suplantado. A la sala de cuidados intensivos original le habían agregado cuanto aparato de avanzada encontraron: monitoreaban su corazón, su respiración y hasta sus pensamientos. Otra vez, aquella noche una tempestad se desató sobre la tierra. En aquella nueva tormenta cientos de almas perecieron por inundaciones y rayos que cayeron a la tierra buscando a Samaniego que, en su edificio ultramoderno y custodiado, convalecía una vez más. Y como entonces, nada pasó.

Muchos creyeron que el cielo se estaba cobrando miles de almas a cambio de aquella supuesta inmortalidad de la que Samaniego gozaba, y por ello en varias ocasiones intentaron eliminarlo. Usaron venenos, armas blancas, incluso lo asustaron en más de una oportunidad, para que su corazón se detuviese.

Pero por supuesto, todos aquellos intentos fracasaron. Y Samaniego comenzó a creer en su propia inmortalidad.

Ciertamente, al principio solo fue una idea, una suposición y coqueteó con esa sensación, con ese poder eterno que se le había otorgado. Porque de alguna forma eso significaba que él podría seguir acumulando dinero y poder, y que tendría una eternidad para disfrutar. Ese pensamiento se cristalizó en sus neuronas y lo hizo más tirano; y si quedaba algún negocio –aunque fuese pequeño- por conquistar, él arremetió contra esos dueños que durante tanto tiempo habían resistido.

Entre tanto, había cumplido 213 años. Sus vasallos, que en todo este tiempo habían sido reemplazados por razones obvias, decidieron prepararle una fiesta. Ya que, después de todo, ¿cuántas veces verían algo semejante?

Y Samaniego se preparó para tal acontecimiento.

Esa noche, el salón de eventos del edificio donde vivía Samaniego, fue preparado para el agasajo. Miles de invitaciones habían sido enviadas semanas atrás y aquella noche concurrieron desde presidentes hasta personajes del espectáculo, reyes y príncipes, barones y baronesas. Todos se presentaron con sus mejores galas pero con algo más que los nucleaba: la incógnita de ver a este ser que según se decía, era inmortal. Muchos creían que era una mentira, que el hombre sería un anciano, hijo de aquel original presidente de la compañía. Otros juraban que sus abuelos y hasta sus bisabuelos, lo habían conocido y que juraban, era la misma y anciana persona. Por una cosa u otra, todos se hicieron presentes esa noche y esperaron con ansias por aquel hombre poderoso.

Luego de que lo ayudaran a vestirse, Samaniego se miró en un enorme espejo que se encontraba en su habitación. Hacía tiempo que no se observaba. Por una cosa u otra, siempre pasaba de largo y evitaba su reflejo. Pero esta vez no pudo evitar mirarse y allí lo notó: se había convertido en un vejestorio, enclenque y escuálido, arrugado por donde se lo mirase, con sus carnes estiradas colgando por doquier, aunque –hay que admitirlo- con una lucidez asombrosa. Odió esa imagen de inmediato. Si hubiese tenido fuerzas para arrojarle algo al espejo lo hubiese hecho, lo hubiese destrozado. Pero su cuerpo decrépito le obligó a pedir ayuda a sus lacayos y estos lo cubrieron por él. Ya no observaría su reflejo nunca más…

La fiesta pasó, la gente se asombró y los murmullos se elevaron. “No puede ser inmortal, fíjate lo desahuciado que se ve”, decían despacio creyendo que él no escuchaba. “En cualquier momento se cae y se quiebra todo, por Dios”, seguían diciendo, mientras que Samaniego se indignaba con cada palabra. Pero lo dejó pasar, mientras que se dedicó a oprimir a los que ya estaban oprimidos.
Unas cuántas década más pasaron y Samaniego seguía en pie. Aunque en pie es una forma de decir. Su debilidad lo obligaba a usar bastón o –la mayoría de las veces- una silla de ruedas eléctrica. Era obvio que cada día necesitaba más y más ayuda con las cuestiones cotidianas. Pero si a los reyes los vestían, los bañaban, los peinaban ¿por qué a él no? Ese pensamiento lo consolaba en ocasiones, ya que ser observado y notar los gestos de repugnancia de sus ayudantes, era algo duro de tolerar. Por supuesto, no todos le proferían esos gestos. No. Había un muchacho que era estoico, devoto. Era delgado como Samaniego y algo bello también. Él podría haber sido su hijo. Si…

Una mañana, en la que sus lacayos lo ayudaban a vestirse, notó con intenso asco, que uno de sus pies se estaba desgranando. Si, desgranado, desintegrándose, haciéndose polvo. Enseguida echó a todos de allí. A pesar de sus casi trescientos años, no quería demostrar debilidad, la de la carne, esa que se desarmaba con sólo mirarla. Como todos le temían, hicieron caso omiso a sus directivas, entonces en soledad miró el pie a medio caer y pensó en qué haría ahora. Fue así que decidió vendar aquella parte deshecha de su cuerpo y por unos cuantos días pasó desapercibido.

Sin embargo, otra mañana descubrió que su otro pie, el izquierdo ahora, estaba corriendo el mismo destino que el derecho. Quitó la venda para comparar y con horror notó que el pie derecho había desaparecido por completo: solo se veía piel y parte de su tibia y peroné que también se estaban apolillando. Vendó ambos miembros para disimular, pero aquello, esa desintegración, continuó lenta pero determinadamente.

Para fines de la semana ya no tenía piernas y su rostro, cual momia del antiguo Egipto, estaba agrietándose también. Si alguien se detenía a mirar, podía ver a través de su mejilla, parte del hueso de la mandíbula y sus muelas superiores. Pero nadie lo observaba, por órdenes estrictas suyas.

Ante semejante y horroroso cuadro, obligó a sus ayudantes a que no entrasen más a su habitación, excepto por aquel muchacho. Él era el único que Samaniego dejaba entrar, aunque nunca lo dejó observar su lenta desintegración.

Una mañana de febrero, su fiel asistente entró a la habitación para ayudar a su amo. Se asombró al no encontrarlo sentado en su cama como cada mañana. En cambio, encontró unas vendas llenas de arena sobre las sábanas. Pensando en lo que su jefe diría al encontrarse con semejante cuadro en la habitación, el joven sacudió el polvillo como pudo. Pero para su sorpresa, una leve brisa que se filtró a través de una de las ventanas, levantó esas partículas que comenzaron a volar casi con vida propia. Al principio, se formó un remolino que simuló un huracán en miniatura y luego, aquel polvo, como si tuviese vida propia, fue a parar a las narices del muchacho, penetrándola con violencia a pesar de que intentó resistir.

¿Y Arnoldo?, se preguntarán. Algunos juran que Samaniego jamás murió. Que vive en las miles de partículas suspendidas en el aire. Lo más extraño del caso fue la historia de aquel asistente, que con rapidez se convirtió en presidente de la compañía y que el próximo mes cumplirá cien años.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015
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lunes, 9 de marzo de 2015

Desposeída






 
Estábamos solos en la tarde tranquila, y su pequeño corazón, al fin desposeído, había dejado de latir. Silencio, mucho silencio a mí alrededor, en mi corazón. Lo observé largamente. Me acerqué a su rostro: olía a almendras y chocolate, quizás a caramelo. ¡Era tan bello su aroma, tan dulce…! y su rostro. Estaba cálido, él siempre había sido así.

Una lágrima brotó. Los recuerdos se tornaron agobiantes. Incontrolables. Mi mente no paraba de rememorar cada instante y paz era lo que menos encontraba en mis pensamientos. Necesitaba entender, aunque la claridad no llegaba.

Lo observé otra vez. Su expresión… él era un ángel, el custodio de mi vida. Mi pecho se contrajo con aquel pensamiento. Suspiré. Con sus apenas cinco años había sido un sol que iluminaba mis días, aún los más tristes.

Hasta que todo empezó.

Al principio fueron detalles, indicios mínimos que denotaban cambios en su comportamiento. Pequeñeces que sólo una madre dedicada puede notar. Y así lo hice. Miradas de soslayo, palabras que antes no existían en su vocabulario. Era tan pulcro y de repente, un día me llamó “víbora venenosa”. ¿Qué se supone que debía hacer? Primero desesperé porque jamás él…. De inmediato lo tomé del brazo y lo llevé al baño. Le lavé la boca con jabón, por supuesto, y juntos fuimos a la iglesia a rezar. Dios debía perdonar sus faltas.

Pero era preocupante. Si, comencé a pensar que si a esa corta edad él debía pedirle perdón a Dios… ¿qué pasaría luego?

"Es cosa de niños", me decían las vecinas.
"Si, por supuesto. Pero si lo dejo… cuando sea más grande entrará a las drogas o a una pandilla…  no, la educación comienza por casa. Así decía mi madre. Y en casa estoy yo.
Y estaba yo porque su padre… cobarde.

Luego de aquella vez, las cosas se calmaron un poco. Mi niño volvió a ser ese ángel maravilloso al que me había acostumbrado, el mismo que cuando era bebé. Pero luego de unos meses aparecieron nuevamente las miradas y ciertas palabras, demoníacas palabras. Me asusté, entré en pánico. Tal vez mi hijo escuchaba a otras personas que hablaban así. Personas inescrupulosas, personas a las que nada les importaba. Ni siquiera el Señor.

Comencé a rastrear cada acción, cada lugar, todo aquello que estaba en contacto con él. Hablé con su maestra del jardín de infantes y sólo tuvo palabras de halago para con él.
"Es un niño maravilloso, un ángel realmente".

Así que, al parecer, no era allí donde aprendía esa conducta. Pero no desistí, continué investigando, analizando cada variable. Hablé con las mamás de sus amigos. No tenía muchos, pero si dos o tres. Las mamás juraron que sus niños se portaban como ángeles y que mi hijo era así en sus casas. Así que tampoco eran las compañías.

Pero la conducta impropia continuaba, día a día. Y esa mirada acusatoria. Esos ojos penetrantes, oscuros que escrutaban mi alma cristiana. En aquellos momentos comenzamos a frecuentar aún más nuestra iglesia e incluso hablé con el Padre, le conté mis temores.

"Son los temores de toda madre… el niño es sano, es bueno, es un ángel del Señor".

Rezamos. Rezamos mucho. Le pedí al Señor piedad por mí, por mi hijo, por nuestras almas. Le pedí fuerzas para sobrellevar esa carga, esos ojos, esas palabras.
Luego de ello, la calma retornó pero esta vez fue más breve. Recuerdo esa tarde en particular. Él estaba jugando con sus autitos en el jardín trasero de la casa y ya había llegado la hora de la merienda. Siempre merendábamos a las cinco en punto, como cuando yo era pequeña. Recuerdo que mamá me hacía lavar las manos con lavandina… o quizás es lo que recuerdo. Sería jabón, sí. Pero siempre a las cinco. Ni un minuto antes, ni uno después. Se respetaba lo que mamá decía. Sobre todo si no quería que la tormenta se desatase… y eran oscuras tormentas.

“A merendar, cariño”, recuerdo que le dije y él no contestó. Entonces, urgida por la hora y viendo que todo estaba preparado, salí a buscarlo.
“Vamos, corazón mío a merendar…”, insistí.
"No quiero, estoy jugando", contestó sin mirarme. Sus palabras eran ásperas. Cerré mis puños para no desesperar y le hablé calmadamente: “Pero es la hora… vamos que se enfría… mi vida”.
"¡Dije que no quiero! Estoy jugando con mis autos", respondió con dureza. Y me miró con esos ojos vacíos, oscuros, que escrutaron mi alma atormentada.  Acto seguido y presa del pánico por la situación inesperada, lo tomé del brazo con fuerza e intenté llevarlo adentro. "Dejame. ¡Dejame!", gritaba desaforado. “Va…mos aden...tro. Es.. hora de… la merienda”, le dije mientras forcejeábamos.

Pero entonces pasó lo que jamás creí posible que sucediera: él me empujó con violencia haciéndome trastabillar y caer al suelo, mientras me gritaba: “Bruja, no me toques más. Te odio. ¡Te odio!”
Fueron puñales en mi pecho. Solo pude salir corriendo a mi cuarto a rezar. Tomé la Biblia e intenté encontrar una respuesta que al principio se negaba a aparecer. Pero de repente, mientras oraba por el alma de mi indefenso niño, la respuesta llegó a mí como una Revelación y entendí de qué se trataba todo. Entendí el motivo por el que mi ángel actuaba de esa manera y lo peor de todo, entendí que nadie más que yo lo veía. Supe de esa manera, que debería llevar adelante yo misma aquel ritual del que hablaban las escrituras sagradas.

Entonces, lo hice… esa tarde, mientras él descansaba lo observé. La luz del sol se escondía y con sus últimos destellos lo bañaba haciendo que se viera más angelical aún, y por un momento dudé de mi decisión. Pero entonces entendí que el Diablo puede seducirte de mil maneras y esa cara de ángel era una de sus tantas trampas.

Lo levanté con suavidad entre mis brazos y lo llevé al patio. Allí había preparado el lugar, debajo de un árbol centenario. Recordé cómo mi madre había hecho lo mismo cuando yo era pequeña, “y resulté de lo más normal”, pensé. Aunque por un momento mis manos y todo mi cuerpo se estremecieron con el recuerdo.

Suspiré. Despacio, casi como si me faltasen las fuerzas suficientes, comencé con un rezo pero de inmediato mi pequeño despertó y asustado, comenzó a gritar de una forma extraña. Sus alaridos no eran de este mundo y por un instante me aterrorizaron más que el recuerdo de mi madre y su enorme crucifijo. Un gruñido demoníaco que devastó mi corazón, brotó de esos pequeños labios y yo recé muy fuerte, cerré los ojos y mientras hice aquello, puse mi mano en su pequeña boca, desesperada por que parase de vociferar.

“Ya…shhh… silencio. Dios ayúdalo… ¡silencio que no puedo pensar bien!”
Y mientras con la mano obstruía su boca, impidiendo que gritase, continué con mi ritual sanador. Recé fuerte. Usé la palabra del Señor mientras mi pequeño se agitaba, endemoniado. De esa manera no podía seguir. Sus pataditas no me dejaban concentrar, entonces me coloqué sobre sus piernas y sin quitar la mano de su boca, continué con la oración. Luego de unos minutos de intenso rezo, sus movimientos de a poco fueron menguando. Si, el exorcismo funcionaba. Mi bebé se calmaba con cada palabra, con cada amén. Y entonces los movimientos acabaron de golpe y su cuerpo se volvió flácido. El bien había triunfado. Si.

Pero entonces, retiré mi mano de su rostro como si su piel quemase, aunque ya no ardería jamás y lo miré: sus labios estaban azulados, sus ojos entreabiertos, dilatados… vacíos. No entendí que salió mal. “Esto no está bien… no”, dije. Mientras lo sacudí para que reaccionase. 

Luego de unas horas llegaron algunos vecinos que al verme con mi Ángel en brazos y sin vida, sólo me acusaron con sus miradas.

“Están todos poseídos como lo estuvo mi bebé. Sí, pero yo lo salvé. Ahora su pequeña alma, pura como cuando nació, irá con el Señor”, dije evitando que me saquen a mi pequeño.

Y todos esos  recién llegados, en aquella apacible tarde, me dieron sus miradas oscuras, vacías, desaprobando mi accionar, y se llevaron a mi pequeño ángel.
“¿No ven que hice lo correcto? ¿Por qué me lo quitan? ¡No se lo lleven… nunca estuvo lejos de mí! Teníamos que merendar a las cinco…”
No se lo lleven, por Dios. Nunca estuvo solo… le teme a la oscuridad.

Y como esos demonios no me escuchasen, fue que busqué un cuchillo y desesperada lo hundí en mi garganta… para ir con él, con mi angelito, y acompañarlo eternamente.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

jueves, 5 de marzo de 2015

El barro del destino








Mirás tus pies: están llenos de barro. Hiciste un largo camino, tedioso. Pero ya te falta menos. Hace frío. Lo sentís porque sólo tenés una campera de lana y es invierno. Por suerte tu bebé se calmó, ya no llora, apenas se queja. No como cuando decidiste salir del rancho. Si, tu casa es un ranchito de dos ambientes y sin baño. El frio y el agua se filtran por todos lados. Pero es lo que podés tener. No te quejás, nunca lo hiciste. Pero los chicos se enferman siempre y eso es un problema para vos.

Mientras caminás cansada, con sueño y hambre, recordás cómo te asustaste al oír el llanto agudo de tu Brian. Despertaste de golpe, cerca de las tres o quizás cuatro de la mañana. Brian no paraba de llorar y cuando lo tocaste sentiste su cabecita caliente. Tu bebé hervía en fiebre. “No, otra vez”, pensaste con un nudo en la garganta y miraste casi instintivamente por la ventana. Estaba muy oscuro, pero tenías que salir si querías llegar a tiempo. No como te había pasado la mañana anterior.

-Tenés que venir más temprano, mamá –escuchaste las palabras de la administrativa hiriendo tus oídos, como siempre. Eran las diez de la mañana y se venía una tormenta, oscura y amenazante.  

“Soy Rosana”, pensaste y ni siquiera te dignaste en dar una excusa por la hora. ¿Para qué? Ya no tenía sentido para vos explicar algo. No allí, donde claramente no les importabas. Porque la realidad, la tuya, es que no le importabas a nadie. Eso lo tenías muy claro y así vivías mejor. No esperabas nada de nadie.

Aunque a veces, era necesario que te viesen…

Le pediste la leche para los otros tres niños.
-¿Trajiste las libretas de los chicos?
Y tu respuesta fue una negativa. Solo venías por la fiebre de Brian.

-Mamá, sabés que tenés que traer la libreta y tener los controles hechos para retirar la leche…
La observaste como se observa a una pared blanca, insípida, sin sentido. La miraste con ojos vacíos y hasta quizás diste lástima. Y como si te estuviera haciendo un favor saca una caja de leche y te la da de contrabando. “Pasá por la enfermería así te toman la fiebre del nene”, dice y le haces caso mientras que, con una mueca que se parece una sonrisa, le demostrás un falso agradecimiento. Falso porque sabés que es tu derecho que te den la leche, falso porque sabés que la pediatra está sentada tomando mate y que ni siquiera se asoma a verte la cara. O la de Brian, que vuela de fiebre.

-No le encuentro nada todavía. Dale ibuprofeno y mañana vení temprano, con turno así lo vuelvo a controlar
“Gracias”, suspiraste. Pero allí no terminó la cosa. Fuiste a buscar el antitérmico y te encontraste con otra pared.
-Mamá, no hay ibuprofeno. Lo vas a tener que comprar

Tragaste saliva porque querías gritarle que tu nombre es Rosana, pero aguantaste. “No tengo plata”, dijiste bajito, con vergüenza. Aunque ¿por qué deberías sentir eso? Acaso ¿es tu culpa? Pareciera que sí. Para ellos sos una vaga que solo tiene pibe tras pibe, tras pibe. No saben, no conocen tu historia. Nunca la conocerán…

-¿No cobrás la asignación? –dijo socarronamente y te diste media vuelta y te fuiste.

Mientras avanzás con los pies llenos de barro ves que sale el sol. Las nubes se corrieron, la lluvia ya paró, pero el frío es tremendo, sobre todo en la zona descampada. Por suerte Brian sigue dormido. La había pasado muy mal y vos también. Sin el ibuprofeno no pudiste más que bañarlo y hacía frío, el agua estaba fría. La garrafa se te había vaciado esa mañana y no podías comprar otra. Al menos hasta conseguir unos mangos prestados. Porque el padre de tus pibes… bueno él era toda otra dimensión de problemas. Pero te consoló que hacías algo por Brian.  Luego del baño y para la tarde ya no quería comer. Se notaba que le dolía algo. Pero la lluvia que había comenzado al mediodía, no paraba y el anegamiento no te permitía ni siquiera pedir a algún vecino que te llame a la ambulancia. Las ambulancias no llegaban hasta ahí. Lo sabías.

Más tarde, por la noche, le pudiste dar un poco de leche y Brian la tomó. Tomó poco y se durmió a eso de las once. La fiebre seguía, pero al menos se había dormido. Sin embargo luego, cuando la lluvia paró, él comenzó a llorar y fue cuando decidiste salir y encarar esas cuarenta cuadras de barro, hasta la salita.

Ya queda menos. Pensás en qué contestar cuando te pregunten por qué no le diste el ibuprofeno como te habían indicado. Por qué no le habías dado el antitérmico que deberían garantizarte y que vos no pudiste comprar porque aún no hiciste el trámite de la asignación. Y no hiciste el bendito trámite porque no sabés cómo llegar a hacerlo y porque cuando preguntaste por la trabajadora social solo te contestaron “Viene lunes y jueves a la tarde”. Y era viernes y después ya no podías…

Sos la primera en la cola. En una hora abren las puertas de la salita de tu barrio.  Estás cansada. Ponés tus labios en la frente de Brian, que está todo envuelto en mantillas, y la notás tibia. Dudás en quedarte, quizá lo peor ya había pasado, pero habías llegado hasta ahí y en un rato alguien, la administrativa vendría a abrir. Y te podrías sentar un rato.

Los minutos pasan, la mujer llega. Querés entrar detrás de ella pero secamente te dice “Esperá un momento, por favor”. Como si agregando el por favor, fuese educada. Como si al decirte eso, mitigase esa molestia que implica trabajar allí para ese barrio, para esa gente.
Cuando por fin entrás, te sentás y esperás a que la pediatra llegue.
-Hoy no hay pediatría –dice la administrativa y vos querés llorar. La impotencia sube por tu cuerpo y se transforma en furia. Querés romper todo, borrarle de un sopapo esa sonrisa burlona y embustera que la mujer tiene. Afortunadamente la enfermera que recién llegó te ve y como si adivinase lo que pasa por tu cabeza, te hace pasar para controlar la fiebre de Brian.

-Vení pasá –te dice y por dentro agradecés que no te diga mamá, en ese tono irritante, condescendiente… y ponés a tu bebé en la camilla. Y lo descubrís y lo mirás. Y entonces entendés porqué estaba tan tranquilo…

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015
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