martes, 1 de septiembre de 2015

Él










―¿Qué buscás? ¿Qué querés de mí?
―Tranquilízate… soy yo…
―¡No me digas lo que tengo que hacer! Sé quién sos ¿Qué querés?
―Nada… quizás salir… no sé.
―Andate. No te necesito. Ya no. Puedo solo…
―Está bien… si así lo deseás me voy.
―Sí. Así lo deseo.

 El silencio invade la habitación. Durante mucho tiempo Mariano no supo que era esa palabra: silencio. Era una utopía, un lugar inalcanzable en su universo de tinieblas. Por culpa de Él nunca pudo encontrar la paz ni la felicidad. Por Él su vida había estado plagada de desgracias. De soledad. Sobre todo de soledad. Una amarga y oscura. Pero ahora ya podría, solo. Ahora que lo había echado era su momento y no lo desperdiciaría pensando en Él. No. Ahora estaría mejor que nunca. Libertad.

 Mira por la ventana. Está abierta. La brisa nocturna mueve suavemente las cortinas baratas del lugar. Se asoma. Es un largo trayecto hasta el suelo. Minutos antes había considerado arrojarse, pero ya no. Ahora tiene una perspectiva diferente, un futuro. Luego de su decisión, de aquella sanguinaria decisión, sabe que estará bien. Respira hondo. La habitación está en el décimo piso y aún siente que el aire le duele al entrar porque segundos atrás había corrido escaleras arriba sin piedad, sin parar. Aterrorizado. Pero ahora está mejor. Se lo repite una y otra vez para convencerse. Está bien porque lo echó, lo expulsó.

 Mira otra vez. Es muy alto incluso para alguien como él. Para alguien que vivió toda su vida en la cornisa, en el borde de la insania. Saca una de sus manos intentando palpar la distancia. Es imposible, lo sabe. Pero lo intenta. Siente que el abismo lo succiona, que clama por él. Enseguida se aparta. Quiere sentirse a salvo. Ahora quizás pueda.  “No sos tan valiente como parecés”, escucha una voz ronca y su corazón se acelera por la adrenalina y el terror. Instintivamente busca algo con que defenderse y solo encuentra una lámpara vieja. Está encendida pero no le importa. La toma y se da vuelta para confrontar a su agresor. Pero se encuentra con la habitación vacía y en penumbras.
  
Como siempre está solo. “Te dije que me dejaras solo…”, dice titubeante. Sabe que no es Él. Sabe que es alguien más, otra voz. Aunque no está del todo seguro. Nunca lo está. Quizás es otro ser que se suma a la interminable lista de personajes. De esos que quieren destruirlo. Uno de los tantos que Él deja entrar cuando la situación se pone tirante. Siempre fue así. Cuando todo se ponía mal Él traía refuerzos y alguno de los personajes llegaba y se instalaba para atormentarlo hasta que aflojase, hasta que volviese a acunarse en la voz de Él. Por eso sabe que una nueva voz nunca es algo bueno. Esa presencia, esa voz no es un alma gentil. Es un ente oscuro, perverso. Porque a fin de cuentas ¿qué otra cosa podrían ser? Y quieren dañarlo, lastimarlo.

 Una risa, una carcajada espantosa resuena entre las cuatro paredes. Por instinto se aleja de la ventana y sin soltar la lámpara camina hasta uno de los rincones. Está todo en penumbras, excepto por la lámpara. Su espalda choca con la pared. Entonces Mariano entiende que no hay a dónde ir, que no hay escapatoria. Al menos no una como cualquier ser humano esperaría encontrar. Mira su entorno, intenta calmarse. Ya conoce la situación por más terrible que sea. La conoce por haberla vivido más de una vez. Y aunque le cuesta ver con nitidez ese entorno, puede sentir. ¿Qué tipo de vida es esa? Una cruel, una dolorosa. Otra carcajada. El corazón de Mariano está desbocado por el terror. Ahora que lo piensa Él, su otra voz, era una presencia, algo que le deba cierto coraje.

 Pero ahora, se sentía desprotegido, abandonado. En algunos momentos de su vida de miserias, Él le hizo compañía. Incluso le dio consejos. “Esa mujer no es para vos, Mariano. Ella anduvo con todos los tipos de la ciudad. Es una arrastrada, una sucia mujer sin escrúpulos. No podés amar a un pedazo de carne como ella. Te merecés mucho más que esa prostituta barata. Por qué no la hacés tuya y después…”
  
Así había comenzado su martirio. Al creer que Él era la buena compañía, alguien en quien confiar, le permitió un lugar en su mente. Y Él la carcomió como un gusano que pudre todo lo que toca. Y sí que destrozó su cabeza. Luego de la prostituta barata siguió Manuel. Aquel joven fue el único amigo de verdad de Mariano. Sin embargo jamás pudo ver ese hecho. La voz era celosa. Él le marcaba todo el tiempo que su amigo no era tal. Que algo buscaba, que todo era por interés. Y se dejó persuadir, porque a fin de cuentas, Él era el único que lo acompañaba siempre.

 Pero un día todo cambió. Una voz apareció y allí las cosas se complicaron. Hubo discusiones y altercados. Noches de furia y sueños trastornados. La voz en este caso era de mujer y Mariano se convenció de que se trataba de aquella prostituta. Que ella había llegado para vengarse de sus actos, de su muerte a manos de él. Ella estaba triste. Ella era depresiva y siempre quería morir. “¿Por qué la invitaste?”, gritaba Mariano en sus noches de insomnio. Pero Él no contestaba cuando ella aparecía. Y Ella era incansablemente destructiva, oscura. Con cada palabra le hacía sentir las tinieblas, la infelicidad.

 La vida se tornó agónica para Mariano y una noche quiso sacarse la voz definitivamente de su cabeza. Al principio no supo cómo pero luego de deliberar consigo mismo durante horas, una madrugada de tormenta tomó un picahielos y decidió terminar con sus malos compañeros. Sabía que, si lo hacía con cuidado, llegaría a esa porción mínima de su cerebro que guardaba la voz de Ella y tal vez, con suerte, la de Él. Lo sabía, aunque no quiso pensarlo demasiado. No fuera que Ella o Él apareciesen para arruinarlo todo. Esa noche se sentó en la cama con una botella de licor. Luego de varios sorbos a la botella, tomó el instrumento salvador y lo observó. Brillaba como su futuro, como la posibilidad de una vida en silencio, con voz propia. Introdujo el picahielos en su nariz y con un martillo pequeño comenzó a dar golpecitos certeros. Golpe tras golpe, centímetro tras centímetros, las voces se fueron acallando al son de la sangre derramada. Cuando llegó el momento de Ella, Mariano cayó inconsciente y despertó cuatro días después en un charco de su propia sangre.

 Feliz con su hazaña, salió del departamento y comenzó a recorrer la ciudad. Las luces eran diferentes, intensas y de colores jamás vistos. El silencio reinante era ahora su nuevo amigo. Y pasó el día caminando. Y las horas volaron hasta que la noche llegó. Entonces para su desgracia Él comenzó a hablarle, otra vez. “¿Te creíste que me matarías así de fácil?”. Y se rio de Mariano que desesperado comenzó a correr sin rumbo fijo, mientras que Él le gritaba lo inútil y despreciable que era. Ya no había palabras dulces, ni celos por los otros, ni consejos vanos. Ahora era agresivo. Y dolía en el alma y en la cabeza.

Luego de correr incesantemente durante casi toda la noche, Mariano se metió en un viejo hotel para resguardarse, pero ¿de qué? ¿De su propia conciencia? ¿De sus delirios? Ya nada tenía sentido. Ahora la desesperación era su consejera. Subió corriendo las escaleras. Con terror y ahogado llegó hasta el piso más alto y allí fue hasta la ventana abierta. Quería tirarse, terminar con todo. “¿Qué buscás? ¿Qué querés de mí?” Silencio. Una carcajada…

Mariano con la lámpara en su mano está a la expectativa de esta nueva voz. Por primera vez le teme. Tiene pánico de enloquecer en manos de la nueva presencia. ¿Es nueva? Sabe que está en su cabeza ¿lo está? Sin embargo, en el extremo opuesto de la habitación ve algo. Ese algo acecha, espera. Las gotas de sudor corren por la piel de Mariano, empapan su ropa. Piensa en cómo llegó hasta ese lugar. Piensa en el picahielos, en que todo se sentía demasiado bien. Se acuerda de estar tirado, agonizando. Su mano tiembla. La lámpara pesa una tonelada. ¿La tiene en la mano? Sabe que si la luz se va todo termina. Sabe que si titubea, los demonios lo harán suyo. Sabe…

Mariano se desvanece. La lámpara cae. Oscuridad. Alaridos.

Misceláneas de la oscuridad (Soledad Fernández) - Todos los derechos reservados 2015

Premio Liebster Award


 ¡Es un placer compartir con tod@s ustedes este premio! Se trata del premio "Liebster Award".
He recibido esta nominación y premio a través de José Carlos García y su blog La burbuja literaria.

Las normas de este premio son las siguientes:
-Agradecer al Blog que te ha nominado y seguirlo.

-Responder a las 11 preguntas que te han hecho.
-Nominar a 11 Blogs que tengan menos de 200 seguidores.
-Avisarles de que han sido nominados.
-Realizar 11 preguntas a los blogs que has nominado.


Las preguntas que me María me ha hecho y que yo hago a mis nominados son las siguientes:

1) ¿Cuánto tiempo llevas con el blog?

Llevo 2 años con el blog y 3 con la escritura.

2) ¿Recuerdas el libro que te enganchó a la lectura?

Annie la Huerfanita de editorial Billiken. Me lo regalaron mis padres cuando tenía 9 años. Desde entonces no paré de leer.

3) ¿Cuál es tu personaje ficticio favorito?

Sherlock Holmes. Poirot. Bella de Twilight je

4) ¿Has leído algún libro de terror? ¿Te gustó? ¿Te daba miedo?

He leído muchos libros de terror, y me encantan. Me encanta Poe y Lovecraft ademas de King

5) ¿En alguna ocasión has dejado un libro sin terminar?

Si, varios

6) ¿ Te gustaría escribir alguna novela?

Estoy en eso actualmente

7) ¿Alguna vez has soñado con algún personaje literario?

Si... me soñé dentro del Jorobado de Notre Dame (de la historia no del jorobado jeje)

8) ¿Algún autor con el que establezcas una relación de amor/odio?

No realmente

9) ¿Me recomiendas que visite algún blog literario en especial?

Todos los blogs que he nominado, así como el de la persona que me nominó para este premio.

10) Si fueras a una cena y pudieras elegir a 3 personas literarias que te acompañaran... ¿cuáles elegirías?

Pues elegiría a Stephen King, Cook, y a Agatha Cristie.

11) Por último... ¿podrías darme algún consejo para mejorar mi blog?

Escribir y corregir y corregir y corregir y vover a corregir jeje Y nunca desistir


Y a continuación, procedo a nominar a los 11 blogs con menos de 200 seguidores. En algunos casos he escogido gente que supera esos 200 seguidores, pero he considerado que eran dignos de la nominación por las sensaciones que me despiertan sus blogs. Por otra parte, aunque con algun@s de vosotr@s aún no he tenido contacto, vuestros blogs me han gustado gustado y espero conoceros poco a poco. Pues bien, mis 11 blogs nominados son:

http://thejuanitosblog.blogspot.com.ar (the juanito´s blog) - Juan Bassagsteguy

http://karlosdearma.blogspot.com.ar - Carlos Dearma

http://pensamexos-inconientos.blogspot.com.ar (Pensamexos Inconientos)- +Elliot Nimoy

http://eltatuajedesallypersson.blogspot.com.ar (Rincón Literario) +John Madison

http://letrasdelatimer.blogspot.com.ar (Alejandro Luna escritor) +Latimer Luna

Relatos oscuros de Federico Rivolta

Las letras suicidas de Campanilla Feroz

Rincón creativo de Edgar K.Yera de Edgar K.Yera

http://www.nuevoviajeaitaca.blogspot.com.es de +Marisa Domenech

http://escritoramama.blogspot.com.es de María Campra peláez

http://rizaval.blogspot.com.ar (Palabras Narradas) de +Ricardo Zamorano Valverde

Felicitaciones a todos!!!

martes, 25 de agosto de 2015

4:00 AM










Emma abre los ojos. El reloj da las cuatro de la mañana y como cada noche desde que él partió, algo la despierta. Está oscuro y en la penumbra se dibujan imágenes que la perturban. Monstruos que invaden su alma y la carcomen. 

Parpadea varias veces. De esa manera logra ver mejor, logra despabilarse. Aunque eso es lo último que desea. Ella desea dormir por siempre. Pero no puede. De alguna forma está convencida de que no merece el descanso eterno y no logra dormir y no entiende por qué. Desde que Ramiro no está, ninguna de sus píldoras es capaz de dormirla de un tirón. La vida ya no transcurre de un tirón.
Se sienta en la cama como si se tratase de un ritual. Como si esa simple acción fuese la disparadora de otras que la llevan a descansar. Se engaña y lo sabe. Sin embargo, no deja de intentarlo porque “eventualmente me dormiré”, piensa. Pero esta noche es diferente. Se cumple un año de la partida de su único hijo. De su bebé. A corta edad, la muerte blanca, el cielo o lo que mierda fuese, se llevó a su pequeño niño. Lo que más la perturba es pensar en su llanto. El llanto de su bebé por alimento, por una caricia, por los brazos de su madre. Y ahora todo es silencio. Un silencio más abrumador que miles de llantos juntos. 

Una lágrima se escapa y recorre su mejilla. No quiere llorar más, pero es inevitable. Su corazón, su cuerpo, su alma están rotos y jamás volverá a estar con sus partes juntas. 

Se vuelve a acostar y gira en la cama. Lo hace lentamente para no despertar a su marido. No están bien y ella lo sabe. Al parecer, y según la visión recortada de Emma, a Juan el duelo no lo afecta tanto. “Ser madre es distinto, Juan” le había dicho una vez en la que él intentó intimar sin resultados. Ella lo había rechazado y eso creó un puente de hielo entre ambos. Él lo intentó cada vez con menos frecuencia y ella se ahogó paulatinamente en su aislamiento. Las palabras se fueron agotando como se había agotado la vida de su hijo. Ahora el silencio era la única comunicación además del ocasional sexo cuando Emma se dejaba, solo porque temía perder la única compañía que le quedaba. 

Los minutos pasan y Emma sigue despierta. Su oído está más agudizado que de costumbre o quizás la paz del afuera es mayor que la noche anterior. Entonces escucha, entonces identifica un sonido que le contrae el alma. Hay un llanto a la distancia. “Debe ser el bebé de algún vecino”, piensa angustiada. “Jamás dejaría que Ramiro llorase sin consuelo así”, piensa. Aunque hubo un tiempo en que el consuelo era una palabra inexistente para él y para ella. Hubo un tiempo en el que ella estaba agotada, hasta arrepentida. Quizás si él la hubiese ayudado… y en ese estado deseó que todo terminase. Y lo peor fue que terminó. Todo terminó. 

Emma respira hondo para ahogar otro llanto que amenaza con invadirla. Con esa tormenta oscura que siempre está a la vuelta de la esquina queriendo apoderarse de ella. Esa sensación que suprime con las píldoras. Las condenadas píldoras. ¿Las tomaste hoy? Creo que… El llanto persiste y ella intenta identificar quién de sus vecinas es la madre que no atiende a su bebé. Aunque está segura de que ninguna de las mujeres del edificio estuvo embarazada. 

Cierra los ojos y luego de concentrarse durante largo rato, esa noche logra dormirse. Sueña con su hijo como cada noche. Sueña el momento exacto en el que espira y pasa a otro mundo. El momento en que la muerte lo cubre con su manto blanco y él se va. ¿Existe otro mundo? Emma ya no está tan segura de eso. Aunque su vida es un infierno y por eso tiene la obligación de creer en un cielo. Uno vedado a ella, por supuesto. 

La mañana llega, junto al mediodía y la tarde. El día es duro y solitario. Largo porque su marido trabaja más horas de las debidas. Pero sabe que siempre vuelve. Siempre. Más tarde, cuando la noche cae, él llega tambaleándose. “Hubo un festejo con los muchachos, amor”, dice él intentando besarla. Huele a alcohol y perfume barato de mujer fácil. Ella lo rechaza y con tristeza se va adormir. Afortunadamente en unos minutos la pastilla hará efecto ¿Tomaste las píldoras? Creo que... Él se tira en la cama y pone una de sus manos en el seno derecho de Emma. Ella llora y él se duerme. Ronca como un oso anestesiado y luego de muchos minutos, acunada por los ruidos de su marido, Emma se duerme también. 

Abre sus ojos y sabe que son las cuatro de la mañana. No necesita mirar el reloj. Lo sabe. Se sienta en la cama. El llanto a la distancia parece más cercano. Como si viniese de dos pisos más arriba. “¡Qué pasa!”, gime el marido. “Nada… un bebé llora”. Él responde con un ronquido y ella sabe que ya no habrá respuestas, está noqueado. Se levanta. Va hasta la cocina y se prepara un té. El llanto se hace más intenso, perturbador. Ahora parece que está en el piso de arriba. Arriba de su cabeza. Arriba…
Toma el té, busca una píldora. La mira, juguetea con ella. Gracias a ese pequeño comprimido logra dormir cada noche. Va a la cama. ¿La tomaste? El llanto la persigue aun en los sueños. Ramiro llora, mucho. Ella se tapa los oídos y llora también. ¡Callate por favor!, grita Emma sin resultados. Ramiro grita, chilla. Es insoportable. Sus ojos están vacíos y Emma sabe que no tiene alma. No la tiene porque nació con un demonio dentro de él. El demonio que tenía ella en su interior, en sus entrañas, pasó al niño. Y Emma lo escucha cada vez que el pequeño llora.

Despierta de golpe. Está toda transpirada y sola en la cama. Son pasadas las once de la mañana. Aún falta mucho para la noche pero a pesar de ello,  Emma se levanta. Como zombi va hasta el baño, se ducha con agua helada. Es lo mismo para ella que no siente nada de lo que la rodea. Ni siquiera el dolor de cortarse con el vaso que se le acaba de resbalar de las manos. El tiempo es gracioso. Tiene saltos para ella. Suspira. Se lava la herida, se la venda. Todo está muy calmo, no como en la noche. Agudiza el oído pero no logra identificar ningún llanto. Tal vez el niño tenga el sueño invertido, piensa. Y el día avanza y ella teme a la noche. A sus sueños, al llanto ajeno. Mira la televisión pero piensa en el llanto. ¿Por qué ahora está todo silencioso? “No es tu problema”, piensa. Pero se encuentra saliendo del departamento. El aire es diferente en el pasillo, más frío. “¿Y si me enfermo?”, piensa. Sabe que no es eso lo que le preocupa y se persuade de continuar. Necesita saber. Camina dudosa y va hasta la escalera. Todo está callado y desértico. Mira hacia arriba, al piso superior. Jura que el llanto viene de ahí pero es imposible saber de dónde. Al menos no ahora que está todo calmo. Quizás por la noche…

Una puerta rechina y Emma se asusta. Vuelve corriendo a su departamento. Se encierra y espera. Sabe que por la noche el niño llorará. Lo sabe. 

El reloj da las cuatro de la mañana y Emma no está en su cama. Juan ronca como siempre, ajeno a lo que su mujer padece. Ella está convencida de que no le importa. Emma ya tomó su té, ya intentó dormir y nada de eso funcionó. Está detrás de la puerta principal y mira, espía el pasillo. ¿Quién va a andar a esas horas por ahí? Nadie. El llanto se hace más intenso, está sobre su cabeza. Penetra sus neuronas. Emma desespera, siente que su cuerpo entero va a estallar. Necesita que se calle, que termine de una vez. “La madre es una hija de puta”, se dice. “¿Cómo puede dejar a su bebé llorando así?”. Alguien tiene que decirle algo. Y sale al pasillo. Está decidida aunque no sabe cómo va a reaccionar ante esa madre, ante ese bebé. Nunca volvió a ver a alguno desde que Ramiro se fue. Tiene miedo de reaccionar mal… o de reaccionar. Desde Ramiro, ella estuvo encerrada entre las cuatro paredes de su departamento. Jamás salió, ni siquiera a hacer los mandados. Él se encargó de todo. De que ella no tuviese contacto con el exterior. Se lo agradeció. ¿Lo hizo? No está segura. Tampoco está segura de haberle pedido eso en algún momento. Pero está bien. Ella nunca quiso salir… pero ahora lo hace. 

El pasillo está helado y desértico. Es de esperar que así sea a las cuatro de la mañana. O eso quiere creer. Camina. Sube las escaleras. El llanto se torna intenso. Insoportable. Le recuerda a su Ramiro. No paraba de llorar, nunca. No quería su leche, no quería sus brazos. Emma llegó a pensar que Ramiro la odiaba. “¿Cómo puede odiarte un bebé de 8 meses, Emma?”, le había preguntado Juan. Y Emma lloraba y él se ausentaba durante más horas de las debidas. El llanto le trae recuerdos, feos recuerdos. Quiere serenarse, quiere pensar en los buenos momentos. Pero no puede. Necesita resolver esto. Necesita que ese bebé del demonio deje de llorar.

Emma llega al segundo piso. Ahí todo está igual de desértico y más helado aun que en el piso de abajo. Sabe que el llanto proviene de la puerta al final del pasillo y sin dudarlo va hasta ese lugar. Camina decidida. Hay una luz que se filtra debajo de la puerta. Contrasta con la oscuridad que la rodea, que la mora desde Ramiro. Su corazón se contrae cada vez que lo piensa, que recuerda su llanto. Uno como el que la tortura ahora, como ese niño que no la deja dormir. 

Piensa en golpear pero la puerta se abre sola. Y allí está. La cuna en el medio de un salón desprovisto de muebles. Sólo la cuna y el llanto. Se acerca. El niño para de llorar. Quizás la presiente. Emma duda si avanzar o volver a su departamento. Pero ahora que está ahí necesita ver al niño. Piensa en que quizás el niño esté abandonado. ¿Quién dejaría a un niño solo toda la noche? Ella no, con total seguridad. Aun a Ramiro que la odiaba y lloraba todo el tiempo. Camina, avanza. La cuna está a unos pasos nada más. Su corazón esta acelerado por la anticipación. Su respiración se entre corta. Hubiese deseado irse con él, con su Ramiro a pesar del odio. A pesar del rechazo evidente del niño hacia ella. “¿Por qué no me fui con vos?”, se pregunta ahora como tantas otras veces. No está segura. Sabe que no fue por Juan. Él ya no la ama y ella está anestesiada. Sigue avanzando. Ve unas manitos elevadas. El niño juega con un móvil de aviones que pende sobre la cuna. Siente una carcajada. Es Ramiro. ¿Lo es? Una lágrima se escapa. Es él, está segura. 

Se para frente a la cuna y una risa se escapa en el aire. Una risa sigue a otra y a una carcajada diabólica que resuena en sus oídos. Fuerte, muy fuerte. Enloquecedora. Emma se tapa los oídos y cree perder la razón. El bebé la observa. Es él el que se ríe poseído por un demonio. Emma grita para no escucharlo pero es inevitable. El llanto comienza, otra vez. “¡Callate!”, le dice y pierde el control. Toma una almohada y la posa en la cabeza de del niño. ¿Se parece a Ramiro? Se parece… La deja ahí, blanca, inmaculada, y el llanto se transforma en un leve gemido. El silencio llega y ella cree que el niño se durmió. Respira aliviada. Lo toma en sus brazos, acaricia su delicada piel. Pero está azul, inerte. “¡Yo no lo hice!”, grita. Y el bebé endemoniado vuelve con las carcajadas. Rasguña el rostro de Emma y ella lo suelta, cae al suelo. Emma grita desesperada mientras que el niño trepa por sus piernas. ¿Las tomaste?, escucha de Juan y Emma recuerda las píldoras, esas que se olvidó de tomar porque la atontaba y no podía cuidar de su bebé. Antipsicóticos, decía el frasco. “¿Para qué tomo esto?”, preguntó más de una vez. Silencio. 

Emma cae al suelo. El demonio hecho niño la invade, se vuelve ella, se acuna en su vientre. El departamento se siente pequeño, la asfixia. Se siente oprimida. Algo la sacude. Algo… “¿Qué hiciste?”, escucha a Juan. “¿Qué hiciste, por Dios?”, él llora. “Está dormido nada más”, contesta Emma. La cuna del bebé está silenciosa. ¿Es ahora? No está segura de nada. Teme a la respuesta. “Ramiro está muerto. ¡Es mi culpa!”, llora Emma, “Es mi culpa…”
Emma abre los ojos. Son las cuatro de la madrugada. Ahora sabe por qué despierta cada noche a la misma hora. Ahora, que el silencio y la claridad tocaron su cerebro, sabe qué tiene que hacer para finalmente dormir en paz.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

miércoles, 12 de agosto de 2015

Agonía









El agua te rodea. Entra por tus poros, por entre tu ropa agujereada y sucia. ¿Qué pensás ahora? Ahora cuando el agua solo te acuna acompasadamente. Ahora que te hamaca de aquí para allá. Te balancea, te duerme. Aunque ya estás dormida. Porque minutos antes, esa misma agua helada te envolvió, se apoderó de tu cuerpo que luchaba por emerger. Sin éxito, por supuesto. Aunque ¿quién te puso ahí? ¿Acaso no fue decisión tuya? ¿Acaso no te tiraste de aquel puente de diez mil metros de altura? ¿Qué pensabas entonces? Seguramente querías ser libre, como las aves. Querías volar y sentir el cielo envolviendo tu cuerpo. Las nubes acariciando tu piel. Pero no tenías alas. Jamás las tendrás. 

Que, ¿no? ¿No fuiste quién se arrojó? Y ahora seguro sabés más que yo que te vi cayendo en picada libre. Sí. Te vi desde donde estoy, a unos cuantos metros de dónde vos estás ahora. No me mires así con esa cara de terror. Sabías muy bien lo que hacías, querida. Te vi caer como vi a tantos otros que se dan cuenta en el viaje final que eso no era lo que deseaban. Lo sé porque ese viaje final no era lo que yo imaginé. Yo quise terminar con el dolor. Y sin embargo… ¿Qué vos no querías eso? ¿Cómo puedo creerte si tantos me han mentido? Lo voy a pensar. Voy a intentar creer en tu palabra. Pero mi escepticismo tiene un origen. Siempre me han querido engañar. Siempre me han querido evitar. Pero es imposible eso. Es imposible evitarme. 

Escuché más de una vez que el fuego tiene una posesión demoníaca. Que su origen es el del inframundo. Determinante y contundente. Pero ¿y el agua? ¿Acaso no te destruye como el fuego? Quizás sea peor aún. El fuego en forma rápida mata cada uno de tus sentidos. Te nubla, te priva, te adormece y te anestesia. Incluso el humo te mata antes de que te consuma el fuego en sí mismo. Pero el agua… la fuente de la vida, dicen. La creadora, el caldo primordial donde todo comenzó. El agua se mete en tus pulmones, se apodera de tu oxígeno. Te provoca la muerte más dolorosa que puedas imaginar. El agua es el verdadero demonio. Uno disfrazado de fuente de la vida. El agua llega, te lleva, te envuelve y te aniquila. ¿Que si a mí me pasó eso? ¿Te parece acaso que eso fue lo que me consumió? No. Ni siquiera sabés quién soy. Soy ese espectador que aguarda a que alguien como vos caiga desde lo alto y se estrelle y se entregue o luche contra la corriente que avanza. Soy el testigo de cada uno de los que caen aquí. Soy quien les explica con amargas palabras que el fin ha llegado. ¿Que si llegó para vos? Por supuesto princesa. Tu final está sellado. Estás acabada como cada uno de los que logran hablar conmigo. Sí, sé que esto no es una charla común. Es tu última conversación. Así que podrás decirme lo que quieras. Total… 

Te interesa saber cómo llegué a este lugar ¿verdad? Pero ¿para qué querés saberlo? Tal vez cuando descubras mi verdad ya no me sigas escuchando o peor, tal vez se convierta en tu realidad y la odies como lo hago yo cada día. Pero insistís… ¡Ah! Curiosidad… hace siglos que estoy en este lugar recibiendo almas como las tuyas. No recuerdo en que momento comencé. No recuerdo como o porqué llegué. Pero si recuerdo la caída desde ese mismo puente. ¿Qué es ese puente? El puente de la vida, por supuesto. Pero uno nunca se acuerda de estar parado en él, en la cornisa. Al menos cuando el tiempo pasa, lo olvidás. Lo que sí recuerdo es estar volando en picada libre. Pensando en que de ahora en más, mi alma sería libre de dolor y pena. Pero me equivoqué. Todos se equivocan.

¿Te duele? La paz de la muerte dura poco aquí. Eso que te penetra el corazón y te parte en mil pedazos es el gusano que come las almas. Las agujerea. ¿El cielo? Aquí no existe el cielo. Aquí las tinieblas gobiernan y te llevan profundo, a un abismo que no tiene fin. Las nubes negras y malolientes te invaden y te hacen suya y el gusano te perfora y lastima. ¿Querés que se termine? Está en tu poder. Ya te lo dije. Estás aquí por decisión propia. ¿No me creés? Si alguien te hubiese empujado estarías arriba junto a los demás seres buenos y puros. Si hubieses sido mala estarías en la calidez del infierno, padeciendo. Pero no estás en ninguno de los dos lugares. Es triste ¿no? Sí, lo es. Sobre todo porque podrías haberlo evitado. Fue una decisión. Una decisión de porquería, pero tuya al fin. Si la vida te pesaba tanto hubieses hecho algo más. ¿Cómo qué? No sé. Recordá que yo pasé por lo mismo y no supe qué hacer. Al menos no hice nada diferente. Pero te aseguro que opciones había. Cambiar por ejemplo, mudarte. No sé. Estás aquí porque lo decidiste vos. 

Y ahora llorás. No lo hagas porque eso no sirve de nada. Dale, no llores. Sé que es doloroso todo esto. Sé que no tenías nada a qué aferrarte. Pero no es necesario tener algo o alguien. Con vos basta ¿sabés? Con tu persona, con tu vida aunque sea frágil es suficiente para ser feliz. O eso me dijeron. Nunca pude llegar a ese lugar. La felicidad, digo. Es un sitio desconocido para mí. Pero quizás algún recuerdito por ahí se te filtra y no sé, quizás hayas sido feliz en algún lugar. ¿Sí? Y entonces ¿qué hacés acá? 

Me piden que definas. Que se hace tarde, que esto está llevando demasiado tiempo. Debo apoderarme de los girones de tu alma. Debo entregarla al siguiente demonio. Ya no puedo hablarte más. Es hora. Es el momento indicado. El segundo donde todo se vuelve irreversible y ya no habrá vuelta atrás…

Abrís los ojos y emergés de la bañadera. Emergés del agua rojiza donde segundos antes tus muñecas se habían abierto poniendo en relieve lo frágil de tu existencia. Salís con estrepitosa violencia, asustada, arrepentida. Respirás hondo varias veces, aferrándote a la vida, al instinto de supervivencia que hay en cada ser humano. Recordás la voz, recordás el terror, el abismo y la oscuridad. Recordás el dolor de la agonía y entendés que la vida, a pesar de todo y en comparación, puede ser incluso bella.

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015