sábado, 8 de octubre de 2016

Rival





—Cecilia está tísica. Van tres que mueren en la casa de esa misma enfermedad.
—¡Dios ampare a esa mujer! Es todo tan triste que me cuesta pensar en eso…ellos vivían bien, estaban acomodados… ¿Quién es ese médico que dice saber la causa? ¿Cuáles son sus credenciales?
—No lo sé—dijo Carmen con cierta preocupación en el rostro. —Jamás pensaría en cuestionar al doctor. Jamás.

Juan la observó. Vio a su mujer. Tiempo atrás, él hubiera dicho lo mismo, pero ahora tenía sus dudas. Que la pequeña Diana, una flacucha y desgarbada niña, se hubiera muerto de tuberculosis era una cosa. ¿Pero el resto? Era demasiado. Diana era la hija de la ama de llaves. Jamás había estado en contacto con los otros. En cambio Cecilia era la más fuerte de la casa. Había sobrevivido a la pérdida de dos hijos y un aborto espontáneo que la había postrado durante seis largos meses. 

 —Lo único que sé es que este hombre no hizo nada por salvar a los otros. Ahora Cecilia enfermó también. ¿Notaste algo extraño cuando visitaste a Cecilia?
—No, nada. Es todo muy raro. Y el doctor tiene una credencial. ¿Qué podemos a hacer? —dijo ella mirando el bordado que la mantenía entretenida cada tarde.
—Proteger a los que quedan. Voy a buscar a otro doctor. 

La joven mujer dejó la labor en el regazo sin levantar la mirada. Como siempre se quedó callada, con miles de palabras en su cabeza. El doctor no era un problema, lo sabía. Lo que la dejaba perpleja era la actitud de su esposo. De repente explotaba con toda esta cosa de la duda. ¿Sería por ella? Temía siquiera pensarlo. Cecilia era una mujer con todas las letras. Era de esas personas que a pesar de tener casi cuarenta, mantenía un porte majestuoso que solo pocas mujeres sabían llevar. Y era humilde en sus actos a pesar de estar en una posición muy favorable. ¿La envidiaba? Ahora se daba cuenta de que sí y que temía perder a su esposo por ella. Sobre todo porque uno de los muertos era el propio marido de Cecilia. 

—Vos andá a visitar a nuestra querida amiga…—dijo de Juan al marcharse.
—¿Estás segura que deba? Apenas ayer estuve en la casa…
—Ella nos necesita ahora. Te necesita. Yo…te pido que cuides de ella, Carmen.  

*********************

Cecilia estaba bastante pálida aquella tarde en la que Carmen llegó a visitarla. Al entrar en la habitación, Carmen tuvo la sensación de que observaba a un ángel. Eso le chocó porque incluso en la enfermedad, Cecilia se distinguía. Era hermosa a pesar de su padecimiento.

—¿Cómo se siente Señora Cecilia?
—Podés decirme Cecilia. Me has estado cuidando todo este tiempo… te estoy tan agradecida. 

Carmen sonrió y se puso colorada. No estaba segura de por qué tenía esa reacción. Quizás sentía que sus pensamientos estaban expuestos ante aquella tremenda mujer. No lo sabía.
—Quedate tranquila que esto no va a terminar conmigo. Pasé por tantas cosas que esta va a ser una anécdota más. 

Carmen la escuchó en silencio mientras fue hasta la cómoda a enjuagarse las manos. Así debía ser, le había dicho Juan. “Todo debe ser pulcro antes de tocar algo de ella o a ella misma, Carmen”. Suspiró. Mientras se secaba las manos se observó al espejo. Se notó delgada e insignificante. Vio arrugas en su rostro a pesar de no llegar a los treinta. Nunca antes se había sentido así, amargada. “Es ella”, pensó “Ella me hace sentir así”.

Carmen había construido su familia con esfuerzo. “Familia…sólo somos Juan y yo”, se dijo. Ella venía de la pobreza y Juan fue su única salvación. Llevaban seis años juntos y recién ahora podía decir que tenía sentimientos por él. Aunque “los sentimientos no son importantes, hija. Lo importante es que te cases bien”. Tal vez no era amor. Tal vez era miedo. Ese temor de saberse sola si él decidía ir tras Cecilia, ahora que era viuda. 

—Creo que mañana ya podré levantarme. Mi malestar es mas leve y siento que la fuerza está volviendo a mi cuerpo. ¿No te parece Carmen?
—Si, claro—contestó la joven con la cabeza en otra cosa. 

“Si se salva de esto van a decir que es inmortal. Que es una especie de diosa amazona que volvió de entre los muertos. Seguramente harán una fiesta en su honor y estará hermosa e inmaculada. ¿En qué lugar quedo si pasa eso?”, siguió pensando la atormentada mujer. Sus puños se cerraron casi como en un reflejo. Imaginó su futura soledad, su pérdida. Pensó en Juan y Cecilia rearmando una vida. Formando la familia que ella no pudo porque su vientre se negaba a albergar a un niño como Dios manda. Una lágrima recorrió su mejilla y se estrelló en el suelo junto a sus sueños de maternidad.  

—¿Estás bien Carmen? —preguntó Cecilia al verla ahí, frente al espejo, callada. Pensativa. 

Carmen respiró hondo. Se preguntó porqué el veneno que le estaba dando cada día no surtía efecto. “No importa”, pensó y se dio valor como cuando había dado el “Si”, a un casi desconocido. A Juan. Pensó en sus orígenes, en su presente y supo que debía defender lo suyo. 

—Estoy más que bien—concluyó mientras se daba vuelta y le sonreía a Cecilia.

“Es ahora. Debo hacerlo ahora”, pensó. Caminó hasta la cama. Observó a su rival, le sonrió con desdén y tomó el almohadón del sillón. Con firmeza lo colocó en el rostro de Cecilia que batalló por su vida. “Tranquila”, dijo con suavidad “El descanso eterno pronto llegará y por supuesto te vas a sentir mucho mejor… en realidad no sentirás nada, mi querida Cecilia”. Entonces la mujer ya no se movió y Carmen salió a avisar que la tuberculosis se había cobrado una vida más. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016
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domingo, 25 de septiembre de 2016

Ups…lo podría hacer otra vez.





¡Qué nervios! Jamás creí estar así. ¡Qué pelotuda! Ese cura de mierda tiene la culpa. “No debe haber secretos entre los cónyuges” ¡para qué lo escuché! Estoy segura que Mariano no me dice toda la verdad. Nadie dice toda la verdad. Nunca. Además ¿qué sería “Toda la verdad”? No existe. Pero debería… y si quiero decirle ¿Cómo lo hago? Aunque ¿justo hoy quiero? ¿Por qué no lo hice antes? Mirá que tuve tiempo. Pero siempre lo mismo. Todo para último momento. ¿Y ahora? 

Enfocate en el vestido y dejá de pensar pavadas. Sí. Eso es más importante, más lindo. Me queda pintado. El tul quedó bárbaro así fruncido arriba de la falda de raso. Y esas lentejuelas italianas…maravillosas. La tipa sabe lo que hace. La tiene súper clara. Pero no hay que halagarla demasiado porque enseguida te mata con el precio. Hay que tenerlas ahí, cortitas. Como decía mamá: dales lo justo. Ni más, ni menos. El precio justo, el halago razonable. Pero le llevó tiempo. Y yo que no me decidía si quería todo blanco o combinado. O las flores acá o allá. Soy vueltera en todo. Como con el peinado…si es recogido parezco mi abuela en los años treinta. Si lo dejo suelto no combina con el vestido. Vueltas y más vueltas. Eso mamá no lo tenía en cuenta. Por eso. Mejor le pago primero y después le hago un buen cumplido. La tipa me tuvo demasiada paciencia. 

¿Y él? Él también me tiene paciencia. A veces soy una pendeja de mierda. Me doy cuenta. Pero también sé que se lleva un buen ejemplar. Un minón. Estoy de diez. Ni una arruga, no tengo celulitis. Estoy buena. Todos lo saben. Su amigo lo sabe. Su amigo… 

Pero volviendo a las justas cosas… él va a ser mi esposo. Se merece lo justo. Aunque ¿qué sería lo justo? ¿La verdad? ¿Una mentira blanca? ¿Una omisión consciente? No sé. Es demasiado. No sé si me perdonaría algo como eso. No sé si yo le perdonaría algo parecido. Ya sé, ya sé. Una vez me dijo “Nada de tu pasado me va a molestar porque está en el pasado. Ya fue” y me agarré de eso. Me agarré de lo que me convenía. Ojos que no ven…

Pero sé que si le cuento se va todo al carajo. No puedo ni pensarlo. Porque encima me acuerdo de él. De ese amigo. La gente no debería tener amigos que sean tan lindos. Tan sexys. Ningún prometido de vería tener amigos que cojan tan bien. Pero así como son buenos en el sexo, son idiotas en la vida. ¿Por qué fue tan boludo? ¿Por qué no se calló la boca?…si se bancaba ese puesto del otro durábamos un montonazo. Pero no. Quiso más. Y amenazó. A mamá no se la amenaza, se la mantiene feliz nomás. Yo tengo claro lo que quiero y lo que quiero es casarme con un Racebanch no con un Pirulo o como se llame. Un don nadie. Él era un don nadie. Una insignificancia que tenía buenos abdominales y que conocía mis puntos G…todos los puntos G. Era la gloria en eso. Admitirlo no es la muerte de nadie. Bueno…en sentido figurado. 

Por ahí podría decirle eso a mí Mariano: “Mirá amor, maté a un hombre. Yo no sabía que podría matar, pero lo hice". Simple. Básico. “Nadie se enteró ni se va a enterar. No lo conocés y fue hace mucho”. Una mentira piadosa al final, pero absolutamente necesaria. Él jamás haría las conexiones necesarias. No le da para tanto. Está lleno de plata pero también es estúpido. Y está embobado conmigo. Pero por las dudas tengo que prevenir. Jamás pensaría que me deshice de él, de su gran amigo. O que lo hacíamos en la habitación de al lado, cuando se dormía con dos o tres cervezas encima. Y si lo pregunta siempre está a mano el cuento del abuso “Él quiso abusar de mí”. Con lágrimas obvio. 

Sí. Esta noche se lo digo…y si sale mal… Ups…podría hacerlo otra vez y me convertía en viuda con gran rapidez. 

Autor: Soledad Fernandez (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016

sábado, 3 de septiembre de 2016

En algún otro lugar.





Luego de ver aquella luz intensa y de sentir la carne desgarrada en uno de mis costados, desperté en plena oscuridad. Al principio no entendí qué pasaba o cómo había llegado a ese lugar. Imaginé que había estado ahí durante mucho tiempo, que me habían dejado ahí como algo que se olvida fácilmente. Una cosa…un objeto. 

Estaba tendida en el suelo, boca arriba. Enseguida intenté moverme pero el cuerpo me era ajeno. No respondía. Pero sí sentía. Pequeños pies caminaban sobre mí, me olían, hurgaban. ¡Salgan de mí!, quise decir pero no pude emitir sonido. Mi garganta estaba seca, arenosa como el Sahara. Tosí pero no resultó. Aunque los numerosos animaluchos huyeron al sentirme viva. ¡Ratas! Puse la mano en mi boca e intenté contener un vómito de repugnancia. 

“¿Dónde estoy?”, me pregunté. La desesperación y el llanto estaban ahí, a segundos de aparecer y anularme. “No pierdas la cabeza”, me dije aunque era algo casi imposible de sobrellevar. Respiré varias veces para serenarme y un olor a humedad mezclado con algo que no pude identificar llenó mis sentidos. Penetrante, putrefacto. Quizás eran los roedores. Su orina, su excremento. “¡Controlate!”. Traté de enfocarme para lograr salir de ahí, pero nada de lo que me rodeaba me parecía conocido. Sobre mí cabeza divisé telarañas enormes que colgaban del techo como lianas delicadas y envolventes. Pero nada más. Nada de lo que veía me daba pistas de donde estaba. 

“Pensá”, aunque era difícil pensar con coherencia. Mi cuerpo temblaba y no sentía mis manos. Tuve miedo de desaparecer, de desvanecerme en el aire. Y eso era algo que nunca había experimentado. Intenté despejar mi cabeza pero una nube negra se había depositado en mi memoria. No sentía dolor. Ya no. Pensé: “Estoy muerta”. Era una posibilidad. Luego de tantos años de amenazas y golpes, quizás mi marido me había mandado a donde pertenecía: al infierno. Aunque seguramente el infierno era un lugar mucho más cálido que esa habitación sucia donde me encontraba. 

Agudicé mis sentidos. El silencio era tan penetrante como el olor a humedad. No se escuchaba nada. Ni siquiera los diminutos pasos de los bichos que me rodeaban. Era como si de repente alguien hubiese apagado el ruido de mis oídos. 

Intenté ver más allá de mis temores y solo divisé bultos. A pesar de ello y en aquel estado de desesperanza, noté que la oscuridad no era tan densa como antes. Que se había transformado en penumbra y de esa manera divisé una luz débil que apareció a la distancia. “Es mi salvación”, pensé entonces.

Me incorporé y con dificultad fui hasta la fuente de luz. Tal vez si gritaba fuerte alguien podría ayudarme. O no… Una idea me asaltó y me revolvió las entrañas: ¿y si me encontraba con mi marido? Quizás lo que estaba viviendo, el encierro, la oscuridad, era todo parte de un plan perpetrado por él; mi demonio particular. Ese pensamiento me frenó en seco. La idea de que él me había encerrado se ancló en mi cerebro. Estaba segura que ese desgraciado había transformado aquel cuarto en mi cárcel. Y que jamás saldría con vida de ahí. 

Quedé paralizada con semejante pensamiento y la cobardía llegó. Me cobijé en la oscuridad y el silencio como cada vez que su brutalidad aparecía. Mi respiración se cortó de golpe y el miedo me abrazó. 

La pena me llevó al pasado como si aquel presente no fuera ya un castigo lo suficientemente grande. Volé al día de mi casamiento. A lo que siempre había querido. El vestido blanco, la fiesta, la felicidad. Pero enseguida sobrevino lo otro. La luna de miel que no fue dulce para nada. Recordé el dolor y el primer golpe marital. Recordé la violencia con la que él dejó en claro que era suya y lo sería hasta el final. Y la bronca y el odio que crecieron en mí. 

Una rata curiosa me trajo al presente. Mordisqueó mi ropa pero de un golpe la alejé. Su chillido fue silencioso como todo lo que me rodeaba. Una lágrima se escapó mientras mi mente ordenó alejarse del encierro y volver al pasado. A aquel día en el que descubrí que estaba embarazada. La felicidad entremezclada con terror. Con el miedo de que él me arrebatara esa pequeña alegría. Recordé el dolor de parir y la dulzura de amamantar a mi hijo. Recordé también la desgracia de perderlo por la muerte blanca y los golpes que mi demonio me propinó por ser mala madre. 

Llore entonces y en mi nueva cárcel. 

Volé una vez más, entre olores nauseabundos a estiércol de ratas. Fui a mis vanos intentos de fugarme de aquella prisión marital. Volví a la última discusión “Te dejo”, le grité y la oscuridad del golpe y el silencio aterrador. Y la nada y el dolor. Entonces reaccioné. “Ya no más”, pensé. Me sacudí el estupor y la parálisis. Las penas y las amarguras del pasado se evaporaron. Me levante decidida fui hasta la luz. Derecho. Determinante. 

Llegué arrastrándome hasta una ventana rectangular. Vieja, sucia. Sólo un vidrio me separaba de ese exterior al que temía confrontar. Había ruido. Risas. Ahora estaban presentes. Ahora podía escuchar. “Viste lo que pasa…a mí no me vas a dejar. ¿Entendido?” Alguien hablaba alto, moviéndose, riendo. No podía ver bien. El vidrio distorsionaba todo, le daba un color extraño. “Arriesgate”, me dije y decidí terminar con mi miseria, con el encierro y la humedad. Tomé coraje, y con todas mis fuerzas atravesé el vidrio. Por un segundo flote, sobrevolé la habitación sucia. Mientras volaba recordé la pelea, el golpe. Recordé que me creyó muerta. Y vi que se reía al verme tendida en el suelo. Que me pateaba mientras yo no podía reaccionar.

Entonces miró hacia arriba. “¡Oh dios mío! Esto no puede ser cierto”, dijo. Fueron sus últimas palabras antes de morir. Su voz fue débil, casi como un suspiro. Cuando desperté en esa habitación sucia, llena de ratas en la que me creyó muerta, él tenía una estaca clavada en el corazón y una sonrisa desdibujada en el rostro. Su pierna izquierda aún temblaba y la sangre se dispersaba por el suelo llegando hasta donde yo estaba. ¿Qué fui yo? Quien sabe…tal vez me defendí después de todo. Lo único que sé es que de ahora en más, mi vida será un poco más liviana…hasta que nos volvamos a encontrar en algún otro lugar.  

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016

lunes, 29 de agosto de 2016

Querido Mariano, amor:




Escribo esta carta para contarte que desde que te fuiste algo cambió en mí. Tres semanas ya pasaron. Tres largas semanas donde pude reflexionar, analizar, pensar lo nuestro. Nuestro amor… Me pregunto ¿por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste sola? ¿Acaso no fui suficiente mujer para vos? Parece que no. Parece que necesitabas más. Necesitabas la felicidad que te dio esa guacha con la que te acostaste. Con la que me metiste los cuernos una y otra vez. Esa desgraciada que se dice mujer y amiga mía. Pero tranquilo…quedate muy tranquilo que en estas semanas pude revivir cada uno de los momentos de porquería que vivimos juntos. Cada desplante, cada discusión vacía, cada crítica que me hiciste. Yo digo ¿por qué fui tan pelotuda como para seguir aguantándote día tras día? ¿Por qué dejé que me basurearas y me mantuvieras como una sirvienta de tus necesidades? Porque vos te cagabas de risa de mí. Con ella. Con Andreita, como le decías. Con esa desgracia viviente que se dijo mi amiga. Esa falsa amiga que me aconsejaba que te deje, porque en realidad te quería para ella sola. ¡Y yo! Yo dudaba. Dudaba en dejarte. Tenía miedo de hacerte sufrir. Y me cagaste la vida. Me dejaste sola para irte con ella.

Pero tranquilo. No te estreses ni desesperes porque desde que me dejaste, me encargué de visitar a cada uno de tus estupendos amigos. A Javi que siempre supe que me tenía ganas y yo me hacía la tonta. Viste lo lindo que es, tan alto y musculoso. No como vos que tenés esa panza cervecera tan antiestética. A diferencia tuya a él le gustó mi ropa interior de encaje negro. Sí. Y también a Fabián. Con esos rulos maravillosos, y sus ojitos claros. Con él desahogué mis penas en el jacuzzi que mandaste a poner en la piscina. Ese que salió tanto y al que te dije “¿Te parece amor? ¿No sería mejor pensar en un hijo…agrandar la casa?” Y vos te reíste con aquel proyecto. Bueno, al final tenías razón, lo disfruté. Y no sabés cuanto.

Pero no quiero aburrirte con los detalles. Solo necesito decirte que agradezco que me hayas abierto los ojos. Lo agradezco de corazón, porque me di cuenta de que soy deseada y por eso mi autoestima está bien alta. Andá con Andreita, disfrutala, y cuando te canses de ella no vuelvas, porque no tengo ni un maldito segundo disponible para vos. Ya no.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016
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domingo, 21 de agosto de 2016

Aquiescencia





 
¡Mirá cómo estás! Las ojeras que tenés son tan profundas como el infierno en el que vivís. Tan terribles como lo que estás a punto de hacer. ¿Por qué? /No me preguntes eso. No quiero escuchar tus reproches. No quiero. / ¿Cuál es el objetivo de todo esto? No entiendo…no te entiendo Ana. / ¿Acaso no está claro? ¿No es lo mismo que con vos? ¿No es la necesidad del otro el que nos lleva a hacer cosas locas, a cometer errores? Mis errores son eso. Se basan en esa necesidad… / ¿En la necesidad de agradar? / No es tan simple y lo sabés muy bien. No es agradar lo que quiero. Es más profundo que eso. Más… / ¿Más que? ¿Necesitás la aprobación de cada uno de los que te rodea? ¿Es eso? ¡Por favor Ana! Madurá de una vez. / Es tan solitaria mi vida…es tan difícil seguir así. Desde chica sentí que… / No me vengas con esos enrosques freudianos. No a mí que te conozco desde siempre. ¿A mí no me necesitaste nunca? Bueno te digo algo: yo siempre estuve a pesar de que te sintieras sola. Yo siempre estuve y no necesité nada a cambio. Porque los sentimientos se basan en otra cosa, Ana. / ¿En qué? No quiero saberlo. Ya no. Es muy tarde. / ¿A qué le tenés miedo? / A lo mismo que todo el mundo…al rechazo. A la soledad. A no ser amada. / ¿Y eso justifica los actos que estás por cometer? ¿Cuánto de tu cuerpo estás dispuesta a dar para ser aceptada por…? / Decilo. Por él. Porque él es nuestra vida. ¿O no? Si él nos deja ¿qué será de nosotras? Solo la oscuridad y el desamor. Prefiero entregar todo antes que perderlo. / ¿Y eso te asegura que nos amará? No estoy convencida. Nunca lo estuve. Siempre desconfié de él y te lo dije más de una vez. Si te ama no te pide sacrificios. Si te ama, lo hace tal y como sos. No pide nada cambio. El amor es natural, no reclama. Él es falso. No nos merece Ana. / Lo voy a hacer… / No, por favor. Mirame. Miranos. Tu rostro marcado por el tiempo, por la infelicidad lo dice todo. Observá nuestro reflejo. Ya no hay luz y esa luz la perdimos por él. No nos ama. Nunca lo hizo. No nos merece. No merece semejante sacrificio. / Él se acercó…él… / Él no nos ama. Él te traicionó tantas veces. Te obligó a entregar tu dignidad, la nuestra. Te hico su esclava. Nos exprimió. Nos vació…y ahora… / Sí. Ahora pide esto. Yo tampoco lo entiendo. Quisiera tener una vida normal… / Una vida normal. ¿Qué es una vida normal? Ni yo lo sé. / Alguien que lo de todo, que se ponga en tu piel y te respete. / Esa soy yo y no él. Lo sabés muy bien. ¡Mirame, carajo! Dejá eso en la mesita de luz. Déjalo ahí nomás. No termines con nuestras vidas. ¿Qué voy a hacer yo sin vos? No existo sin vos. Soy vos. ¿No entendés? Soy lo único que te mantiene acá. La única que te hace reflexionar…acerca de estas locuras. Soy… / Sí. Sos la culpable de mantenerme a raya. Sos la que no me deja disfrutar, la que señala las contradicciones. Las mías, las nuestras. Y te odio como me odio. En fin…Sea lo que fuere, si me lo pide o si no me ama es lo mismo. El resultado es el mismo. Mi corazón no resiste más. “No quiero una vida con vos”, dijo y voy a eliminarme, a eliminarnos de la ecuación. No importa tu coherencia. No importa lo que digas. Hoy es nuestro fin. / Adiós Ana. / Adiós Ana…

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016
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lunes, 1 de agosto de 2016

Psicópata





¿Y ahora qué hago? Esto no es real. No es real…
No llames la atención. Tenés que seguir con tu vida normal. Sos el primer sospechoso. Te van a interrogar, les va a decir que tenés una coartada y listo. No pongas esa cara de estúpido. Pensá. Pensá en algo que sea convincente. En realidad deberías haberlo pensado antes pero como sos tan boludo vas a tener que tapar los agujeros de la historia.” 

Yo no quise…no te escucho…no quiero escucharte.
Ya sé que no quisiste. Pero lo hiciste. A ver…podrías decir que estabas jugando a la play conectado a la red. Sí, podrías hacerlo. Cada noche hacés eso. Como si no tuvieses nada más para hacer. Ah no, pará: exactamente no tenés nada más para hacer. Sos tan inútil que termina siendo una buena coartada. Sí ya sé, soy muy duro. Pero te metiste solito en esto y el único que te puede ayudar soy yo. ¡No llores! Los hombres no lloran. No me hagas darte un sopapo porque soy capaz…”

No seas así conmigo…
Bueno, bueno. Tengo que ser así. Así somos los padres. Basta de lágrimas. Papá te ama, lo sabés. Es amor paterno. Nada raro. Vamos a ver que podemos inventar. Conmigo no podías estar…sería extraño realmente. No te creerían o te internaría de cabeza. Quizás eso sería una buena solución. Después de todo estás acá conmigo y no deberías hijo. Mejor repasemos los detalles, el horario. Porque si tenés que mentir, al menos que sea convincente. Contame, a ver…”

¡Basta! No estás acá, no estás acá. Esto no está pasando.
¿Podés parar un poquito? Pensá que es un ataque de estrés. Podría ser eso. Viniste a la casa de esta piba que te calienta y no te da pelota. Estudiaste con ella. Le quisiste dar un beso y ella te rechazó. ¿No fue así? Decime si no fue así.” 

¡Basta!¿Por qué aparecés ahora?
Porque me necesitás, boludo. Por eso aparezco. Porque sin mí sos un fracasado que se manda cagada tras cagada y no sabe arreglar nada. O tenés miedo de que te denuncie por lo que me hiciste, mariconcito. ¿No será que en realidad la pibita esta te encaró y vos te la sacaste de encima y ella que no es ninguna tontita empezó a llamarte putito? ¡Claro! ¡Así fue! Te llamó putito y vos la estrangulaste ¡con esas manitos femeninas que tenés!”

¡No soy gay! Te lo dije mil veces. Me gustan las mujeres. Una sola en realidad.
¿Y por qué la mataste entonces? Por lo mismo de siempre: porque sos un renegado invertido.”

¡Te digo que no soy gay! Ella…yo la amo. La amo tanto que podría explotar. Pero ella jamás... Ella me dijo que siempre sería mi mejor amiga. No quiero una amiga. Quiero una mujer. Esa mujer. Vos no entendés nada…
Entonces contame de una vez que me estoy impacientando.”

Te cuento y te vas. Jurame que te vas. ¡Jurá!
Está bien, lo juro”

Estábamos estudiando. Ella tenía puesta esa blusita que sabe que me encanta…lo sabe. Se hace la tonta pero sabe que me trastorna. Se le transparentaba el corpiño. Podía imaginar esas tetas en mi pecho. La deseaba desde siempre. Desde que la conocí. Pero solo éramos amigos. Eso era tan frustrante. Tan…me volví loco. Ella se acercó para explicarme no sé que mierda de matemáticas y pude oler ese perfume que siempre lleva. La imaginé desnuda y ya sabés que pasa cuando uno piensa eso.
Se te paró, boludo. Decilo que no es vergüenza. Sos macho. Eso significa.” 

Pará un poco… sí, me pasó eso. Me calenté y la quise besar. Me le abalancé en realidad. Fui torpe y ella se rio de mí. Entonces la tomé por la nuca y la besé como hacen los hombres. Como me explicaste papá.  Pero ella se quiso zafar. Me mordió y lo peor de todo me dio un cachetazo. Entonces la agarré del cuello y apreté con bronca. Con mucha bronca. Con la frustración de todos esos años que la esperé. Ella tenía que entender que así no se me trata. Apreté y apreté hasta que sentí un crack entre mis dedos, como cuando rompés un hueso de pollo… todavía lo siento en mis manos. Es una sensación extraña… entonces quedó toda floja. Con los ojos abiertos y sus labios azulados. ¡Juro que no quise matarla! Solamente…
Solamente querías que fuera tuya ¿no? Pero bueno las cosas son así. No tenés coartada. Y seguimos acá. En cualquier momento va a llegar alguien…”

¡No! Tenemos que hacer algo. Me tenés que ayudar.
Te escuchaba y me iba… ¿no te acordás hijo? Estás solo.”

¡Hijo de puta! No me vas a dejar solo. Te prohíbo que me dejes solo. No otra vez. ¿Querés que te pida perdón? ¿Eso querés? Fue un accidente. No sabía que el arma estaba cargada. Quería asustarte nomás. Por favor, no me dejes. Perdoname. Es que…me decías esas cosas horribles. ¿Cómo esperas que un hijo te quiera si le decís afeminado todo el tiempo? Yo no sabía qué significaba eso. No lo sabía. Y quise asustarte. No soy un asesino. ¡No lo soy!
Bueno, deja de lloriquear. Lo único que te queda por hacer es prender fuego todo. Dale. Me pareció ver un bidón de kerosene en el garaje. Rociala y prendela fuego.”

Y después ¿qué hago?
“No sé. Después tenés que vivir con esto como viviste con mi muerte a cuestas. Nadie te descubrió…”

Tenés razón. Nadie me descubrió.
Dale, movete. Prendé fuego todo.”

****************

Es lindo el fuego, pa. Me gusta cuando todo se pone naranja y lo malo desaparece. Gracias. Me diste un futuro a pesar de lo hijo de puta que fuiste conmigo. Fuiste el primero en mi lista. Fuiste el que me dio adrenalina. Esconderte fue difícil. No como ahora que el fuego consume todo y enmascara mis errores. Dejarte en aquel pozo ciego me costó, pero a fin de cuentas, pertenecías a ese lugar. A la bosta. Y ella pertenece al infierno por puta. Gracias, papá. Ahora solo me queda buscar otra presa, y disfrutarlo esta vez. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016