sábado, 15 de abril de 2017

En el jardín de su casa







El hombre avanza con paso cansado, con el peso del mundo sobre sus hombros. A pesar de su juventud siente que ya vivió lo suficiente, quizás hasta unos días de más. La duda y la esperanza ya no lo acompañan, lo abandonaron varios kilómetros atrás. “Ella se merece que llegue”, piensa y ese pensamiento es el motor que lo mantiene en pie a pesar de todo. 

Una lágrima se escapa y se estrella sobre el pequeño. Lo carga en sus brazos a pesar de los calambres y espasmos en las piernas que le obligan a parar. No hay apuro, sin embargo. 

El sol le castiga el rostro y él está seguro de que merece ese como tantos otros castigos por venir. “¿Cómo se lo digo?”, se pregunta y le tiembla el labio inferior. “Esto es ser hombre…poder confrontar lo adverso, poner el pecho”, se convence. Lo abraza. Lo acerca aún más a su corazón y el llanto se hace incontrolable. 

Piensa nuevamente en ella. Ahora solo puede hacer eso. Hay cosas que no necesitan palabras. Como cuando le pidió matrimonio: solamente se inclinó sobre su rodilla derecha y la miró directo a los ojos. No necesitaron palabras para sentir; una sonrisa, una lágrima, un beso. Así fueron ellos. ¿Será igual ahora?

Camina un poco más y su ropa se engancha con una rama caprichosa. “El bosque nos quiere acá”, se dice. Pero sus reflejos están agotados como sus músculos y tropieza con una enorme piedra. Cae de rodillas pero logra sostenerlo entre sus brazos: “Ya no te voy a dejar caer nunca más”, piensa angustiado deseando morir ahí mismo. Quizás ese sea el lugar más propicio para perecer, pero no se lo permite. No se permite morir a la intemperie y con esfuerzo se levanta para continuar.  

El sol se pone y la noche llega. Él busca un refugio entre los árboles para sentarse, para descansar sus acalambradas piernas y quizás cerrar los ojos. Sabe que ya jamás dormirá. Que su mente no gozará del descanso onírico de ahora en más. Pero al cerrar los ojos las imágenes se vuelven vívidas: el río, el barro, los gritos. Despierta de golpe y lo abraza como si por arte del destino pudiera escapársele. Besa su frente y se levanta para seguir. “¿Sabés que cuando vi a tu mamá por primera vez supe que jamás la dejaría ir…? Sí, supe que sería mi mujer para siempre”, dice con tristeza. Aunque no está tan seguro ahora. Busca palabras, las correctas, pero sabe que no existen ese tipo de palabras. ¿Cómo decirle? Imagina situaciones en su cabeza “Perdoname Clara, no pude…”. Imagina que completa la frase. Imagina el grito de ella, el dolor desgarrador. La culpa. Imagina que todo es un maldito sueño.

El día transcurre como su caminata y el cansancio finalmente lo vence. Cae en un sueño profundo, denso. El sol es brillante, el agua cristalina corre, los peces pueden verse jugar en el fondo. Joaquín sonríe de felicidad al pescar una pequeña palometa. Él es feliz también porque ve a su hijo radiante. “La felicidad es efímera”, piensa y enseguida el cielo se cierra por inmensos nubarrones que aparecen. Una crecida enorme barre con todo, con ellos. Agua, barro. “¡Joaquín!” Es en vano. El agua los arrastra, los lleva kilómetros abajo. 

Despierta sobresaltado. Está hambriento y angustiado. Quizás todo fuese un mal sueño, así lo desea, pero enseguida ve a Joaquín en sus brazos y entiende que esa es la realidad y que aquel sueño lo va a acompañar hasta el último día. Lo abraza y se levanta para continuar. 

Atrás quedaron sus zapatillas, aunque no siente dolor. Las ampollas se le reventaron horas antes y la carne viva, expuesta, se llenó de barro y mugre. Eso pasó cuando la piel de su hijo se puso violácea.
Recuerda el día que supo que Joaquín venía al mundo. Tampoco necesitaron palabras, ni ella ni él. Solo una brillantez única en los ojos y una caricia en el vientre de Clara. “Cuidalo mucho”, fueron las únicas palabras de despedida, y un beso. “Sé que solo es un fin de semana…” Pero sus ojos estaban preocupados y esas palabras que dijo, ahora son una carga. 

Luego de varios días divisa su casa y algo en su pecho da un vuelco. Quizás sea que las especulaciones llegan a su fin, que las suposiciones y las preguntas terminan ya. Sabe que ahora empieza la realidad o quizás ahora comienza su pesadilla, la última, la viviente. Ella corre, ansiosa, con una mezcla de emociones en su rostro. Un patrullero está en la puerta porque solo era un fin de semana y todo se prolongó. “Ella merece saber”, es su único pensamiento. Clara, a unos pasos de él entiende lo que sucede. Cae sobre sus rodillas con un grito mudo. Él entrega el cuerpo del niño a su madre y ella, con Joaquín en brazos muere de dolor, ahí nomás, en el jardín de su casa. 

Autor: Soledad Fernández (Miscelaneas) - Todos los derechos reservados 2017

viernes, 7 de abril de 2017

Mutilación





Observás su rostro con detenimiento. Su cabello oscuro, sus labios redondeados. Te gusta hacer eso mientras ella no lo nota, mientras duerme. Mirás su palidez extrema, su blancura salpicada de pecas discretas. Incluso jugás con encontrarle sentido a la disposición de sus manchas faciales: “Esta es Orión”, pensás y reís. Te preguntás si siempre fue así de blanca, sin grandes matices. Es algo que no sabrás pero que no te inquieta. Esa falta de conocimiento como tantas otras cuestiones de la vida ya no te provocan nada. 

Con tu mirada recorrés los contornos de su rostro. Los surcos que la conforman, que la hacen lo que es. Imaginás cuando ella ríe y podés representar en tu mente cada una de sus arrugas. No tiene muchas, obvio porque solo tiene veinte años. Pero imaginás esas líneas naturales que aparecen al reír, al llorar, al suplicar.
La viste llorar, pero no querés recordar eso. No. Preferís observarla dormida e imaginar el resto. 

Por un breve instante pensás en despertarla porque la ansiedad te carcome, como siempre. Sos una persona ansiosa, nerviosa en ocasiones, sin embargo fría cuando se necesita. Ahora, en este preciso momento, tenés esa adrenalina que te inquieta, que corre por tus venas, que picotea tus terminales nerviosas y que te hace pensar que otra cosa diferente quizás sería mejor. Pero te frenás. “Siempre es más interesante ver la reacción luego de que abren los ojos”, pensás. Una sonrisa se dibuja en tus labios pequeños y la necesidad se disipa. Si la despertás ahora te perdés la variedad de expresiones. Si, mejor dejarla descansar. 

Aguardás y el tiempo se dilata, se estira como un chicle usado, despreciable y sin sabor. Te aburrís y eso no te gusta nada. Entonces jugás con las probabilidades porque así es más excitante y el tiempo pasa y la espera se acorta. Entonces, en tu mente retorcida se suceden imágenes de las probables reacciones, de todos los escenarios en los que estás vos y ella. Mirás uno de los tantos momentos probables, el más oscuro tal vez y en ese pensamiento elegido ella abre sus ojos y aparece la tan conocida sensación de no saber dónde está. Enseguida, en tu imaginación ella busca lo conocido. Revolea la mirada para uno y otro lado buscando lo que sabés muy bien que no encontrará. Ella te verá a vos, en la oscuridad, ansioso, y por dentro ella se dirá: “¿Dónde mierda estoy?” sí, en tu imaginación ella es boca sucia y hasta pensás que es capaz de hacer cualquier cosa por irse de ahí. Incluso… tu corazón se acelera y tratás de frenar la catarata de pensamientos. Volvés a tu momento elegido, el imaginario y calculado. Entonces, luego del posterior descubrimiento de saberse en lugar que no le pertenece, el horror se pintará en su expresión… el miedo teñirá su rostro, su piel, su aroma; esa es la parte que más te gusta. 

Ella suspira, se mueve levemente y sabés que estás por presenciar ese momento. Tu respiración se acelera, se dispara como cuando tenés un orgasmo. Incluso podés sentir un calor ascendiendo entre tus piernas anticipando esa agradable sensación de libertad y desenfreno. Sí. Ella es tu orgasmo. Ella y cada una de las anteriores son el éxtasis viciado que jamás pudiste tener porque sos un hombre incompleto, mutilado y tu mente tiene que imaginar todo, incluso cómo sería penetrarla. 

En esa mezcla de pensamientos mojados, cárneos e imposibles de concretar te enojás al recordar tu mutilación, tu maldita incapacidad como hombre. Te indignás con el mundo, con tu madre que no hizo todo lo posible para restituirte, para completar lo que un accidente te cercenó. La adrenalina da paso al veneno y ahora todo se tiñe de lo peor del mundo. La rabia te inunda y quita el placer que saboreabas minutos antes. Querés volver a sentirte bien, pero la bestia rencorosa y pútrida ya salió de la jaula y es capaz de cualquier cosa. 

Pero ella despierta y sentís que si todo se da como debe ser, tal vez tu bestia se tranquilice y al final, quede satisfecha. Sin embargo, la joven abre sus ojos cristalinos y los se clava en los tuyos. Sentís el hielo lacerante de su mirar en tu pecho y te asombrás porque no debería ser así. “Esto es nuevo”, pensás mientras tu bestia desgarra tu carne por dentro. Jamás pasó algo así. Ella se salteó todas las reacciones previsibles y te desafía. “Dale hijo de puta”, te dice “Si me vas a matar ¡hacelo ya!”, te ordena. Ella te ordena qué hacer. Irónico ¿no? 

Pensás que es una atrevida, una desvergonzada. ¿Cómo se va a saltear todas las etapas? ¿Cómo se atreve a desafiarte así? Su comportamiento te paraliza, te deja descolocado y expuesto. La bestia se agazapa y aparece el miedo, el tuyo, ese miedo visceral e inexplicable. La bestia se esconde, quiere huir, como cuando tu padre te castigaba de chico. Podés sentir los latigazos de entonces en tu piel, el ardor y la debilidad. Mientras ella te desafía vos observás que el mundo se desmorona debajo de tus pies y caés a tu infierno personal, al de los recuerdos, al de tu impotencia. 

Retrocedés. Tenés que pensar, decidir qué hacer con ella. Si, mejor alejate y pensá muy bien qué hacer. Si la dejás viva te va a entregar porque ya vio tu cara, ya identificó tus rasgos. Estás muerto si la dejás ir. Pero esta situación ya no tiene gracia para vos. Todo se fue a la mierda.

“¡Estúpida!”, le gritás. Sí, es una estúpida malcriada. “No tenías que…” Pero ella se ríe en tu cara. A carcajadas como cuando quisiste hacer algo con ese estorbo que tenés entre tus piernas, a tus quince. La prostituta que te presentó tu padre se te mató de risa en la cara y saliste llorando como un bebé. Y lo peor no fue eso. Tu viejo te cagó a palos por pelotudo. Sí, eso te dijo. Inútil, pelotudo y maricón. 

“¡Basta!”, gritás y ahora ella se asusta. Observás la tensión de su cara, la dureza del terror. Sus ojos abiertos, las pupilas agrandadas que ocupan casi todo el iris. Podrías ver su alma si te animaras. Pero no es algo que necesites o desees ver. Volvés a su dureza, al terror que le provocás. Cada músculo de su cuerpo está tenso, a la espera de que hagas un movimiento. Sí, algo quiere volver. La sensación de poder, quizás. Pero la amargura y el odio son más fuertes. Y los recuerdos te atormentan.

Caminás de un lado a otro, impaciente. Te frenás delante de la mesa donde están tus herramientas. Las mirás. Ahora todo se desdibuja, hasta pierde el sentido. El mundo pierde su dirección natural, la tuya. Pensás en que habría sido divertido, placentero torturarla, mutilarla como estás vos. Pero te agobian los recuerdos, la ansiedad y el dolor que cargás en tu espíritu. Mirás otra vez las herramientas que tanto placer te hubieran dado. Tu pecho se cierra, una lágrima se derrama, las manos te tiemblan. 

Entonces agarrás el camino fácil. Le disparás a ese rostro que te observa con desesperación y luego te volás los sesos de una vez. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2017

jueves, 30 de marzo de 2017

Cuatro mujeres





Hoy es uno de esos días y en cada rincón de la ciudad aparecen destellos de aquella imagen absurda y aterradora. Por supuesto eso me pasa cada vez que los nervios se me ponen de punta o cuando la situación se me escapa de las manos. Hoy es un día...trágico, nervioso. Pero lo que me espanta no es recordar la imagen o la parte de los tres embriones en un nido de pájaro que ya es escalofriante por si misma. No. Lo más perturbador es recordar esas caras, las de ellas. Sus gestos. Y el contexto. 


Hoy me dan un resultado que me aterra recibir. Diría “el” resultado. Ese que tiene el poder de cambiar el rumbo de mi vida, de todas las cosas tal y como las vengo viviendo. Yo sé que va a dar positivo y esa certeza me trastorna porque el mundo se me acaba. Sin embargo, me pregunto por qué voy a buscar el bendito sobre si ya sé que va a decir y sobre todo, por qué voy a llevárselo al médico. Desde hace una semana que no pego un ojo por la noche y tal vez el médico me tranquilice. Sí, por eso voy: para poder dormir de ahora en más, aunque en el mientras tanto, no pueda evitar tener unas ojeras tremendas y un humor de perros. Y esa imagen que se me aparece a cada rato. El cuadro de la tía Carlota que se dibuja a sí mismo cada vez que cierro los ojos. 


Apurada llego al consultorio del médico. Lo primero que me choca es la pulcritud y esos mármoles blancos en las paredes. No es que yo sea sucia, pero ese aroma a lo sanitario me da escalofríos, y las luces penetrantes me provocan un dolor tremendo en los ojos. Pavadas, en realidad. La realidad es que tengo el sobre con el bendito resultado en la cartera. Cerrado porque no me animo a mirar adentro ya que la cobardía es parte de mi vida y esto es demasiado. Y aunque sé que es positivo mi mente quiere tener ilusiones. La ilusión de que todo va a seguir igual, que nada va a cambiar. Pero entonces me acuerdo de la imagen y de la tía y no estoy tan segura de lo que debo querer o sentir.


¿Por qué nuestros peores momentos nos llevan a lo más oscuro de nuestros recuerdos? ¿A los más tristes?

La tía Carlota es y fue mi tía favorita. Nuestra relación se encontraba dentro de la definición de surreal, porque ella era de esas personas mágicas y hasta inalcanzable en algunos aspectos. Yo quería ser como ella y la tía Carlota lo sabía. De chica pasaba casi todos los fines de semana en su casa de Villa Elisa. Ella era soltera, hermosa, inteligente y no necesitaba de nadie para tener lo que quería. Carlota trabajaba de secretaria y estaba siempre bien presentada, como decía mamá. 


A mis diez años ella me acercó al arte del maquillaje y la manicuría. Me enseñó cómo delinear mis los ojos con negro y a pintarme las pestañas de forma que parecieran postizas. Yo me sentía hermosa y por supuesto presumía de saber hacer cosas de grandes antes que mis compañeras de la escuela. Tonterías adolescentes alimentadas por una tía solterona, pero eso nos mantenía unidas.


Por supuesto no era todo ganancia para mí: Carlota disfrutaba de mis historias de competencia juveniles y las comparaba con las suyas, esas de sus años jóvenes. Con una mirada suya yo entendía qué debía hacer o cómo comportarme. Y cuando me explicaba de sus "épocas", la escuchaba como una alumna a su profesor, como si mi vida futura y el respeto de otras mujeres dependieran de eso. Y a mi corta edad era algo así. 


Luego, en mi adolescencia ella era mi confidente respecto de mis anhelos de amor; le contaba mis conquistas y lloraba junto a ella por los rechazos. Ya no iba tan seguido, pero la visitaba y cuando tenía una salida importante, con el chico que me gustaba, pasaba por lo de la tía y seleccionaba de entre sus innumerables pares de zapatos y carteras. Pero lo más interesante: escuchaba sus consejos. Me decía cómo sobrevivir aquella batalla con el sexo opuesto y yo aprendía porque sabía que la tía Carlota era una sobreviviente del amor y de la adolescencia y eso era casi un título de la vida. 


“Y vos tía ¿encontraste un amor?”, recuerdo que le pregunté más de una vez al verla sola día tras día. Ella se hacía la interesante pero sus ojos brillaban y eso me decía que alguien era dueño de ese corazón que parecía orgulloso y hasta autosuficiente, pero que por dentro era tierno y casi frágil. 


“Gomez”, dice la secretaria del doctor y una mujer entra al consultorio. Mi corazón se dispara y las manos me tiemblan. Saco el sobre de la cartera y lo observo durante un largo rato. ¿Y si lo abro? Otra vez la imagen del cuadro que se hace nítida. Me detiene, me paraliza. Cuatro mujeres. Así se llamaba el cuadro. Apareció una tarde en la que fui a visitar a la tía. Estaba ubicado en el living, en una posición central, donde cualquiera que entrara a la casa lo podía ver. Era imposible no notarlo, no encontrarse con esas pequeñas mujeres de mirada severa y algo desquiciada. 


“Tía…¿qué pasa?”, recuerdo que pregunté enseguida y el silencio fue la respuesta. Ella estaba apagada, su espíritu en realidad. Había una sombra en sus ojos, una tristeza indescriptible y el cuadro era resultado de esa sensación agónica. “Lo perdió”, recuerdo que mamá explicó. Y yo no entendí mucho. “¿A quién, ma…?, no entiendo”. 


Las semanas pasaron y la tía Carlota ya no salió de su casa. La mujer fuerte, independiente y arreglada ya no existía y en su lugar había una anciana despedazada por un acontecimiento oscuro. Unos cuantos meses después la encontramos muerta en su cama con una carta: “Ya no puedo más”, decía. 


“Piñeiro” dice la secretaria y me levanto con el corazón acelerado. Las cuatro mujeres me miran severas, con sus tacitas de te y los embriones en el canasto, y me siento intimidada. Me falta el aire y pienso en la tía. “Perdió su única oportunidad de ser madre. Tuvo un aborto espontáneo. Él no quería hijos porque era un compromiso y en cuanto supo del embarazo la dejó. Estaba casado pero la tía se aferró a ese bebé…y luego no tuvo a qué aferrarse más que a su soledad”, recuerdo una tarde con mamá. Ella tenía 47 años y se quitó la vida porque no quería estar más sola. 


Saco el sobre y se lo doy al doctor. Él lo abre y antes de que diga nada entiendo que no quiero ser como ella, que quiero que las cosas cambien, que mi vida sea diferente todo el tiempo. Que haya luz y que el dolor y la incertidumbre se alejen. “Negativo”, dice y mi corazón se ensombrece. Salgo del consultorio algo mareada y sorprendida. Miro la gente que pasa por la calle y pienso en la tía. 


No sé cómo, pero de pronto me encuentro en la casa de Carlota observando el cuadro. Está lleno de telarañas pero las miradas están intactas, penetrantes como entonces, bizarras y desafiando el tiempo. “Soy igual”, me digo y eso me entristece más. Voy hasta su cuarto y tengo la sensación de que ella sigue ahí, en el aire, en los muebles. Miro su ropero, pienso en los zapatos que estaban alineados despampanantes como ella y los recuerdos me invaden. 


"Sigo tus pasos, tía. En tu casa y en mi vida. Yo quería ser así, como vos pero nunca entendí que tu pena era grande, que tu soledad era una consecuencia dolorosa. ¿Por qué nunca me contaste? Quizás te daba vergüenza mostrar ese costado débil, esa vulnerabilidad oculta. Y ahora ¿qué hago con tu recuerdo y mi presente? Cómo seguir…"


Me recuesto en su cama y siento su presencia junto a mí. La escucho reír, llorar, suspirar. Veo a través de su historia y una lágrima se me escapa. “No llores mi niña”, diría y es verdad. 


Voy hasta el jardín y observo el atardecer: es maravilloso como lo fue ella. Una brisa suave me despeina y siento la primavera en mis venas. Sonrío mientras emprendo el camino a casa. Mi corazón está más ligero porque ahora sé que es lo que quiero…y voy a ir a buscar ese destino para que se haga realidad. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2017


sábado, 18 de marzo de 2017

Premonición


 



Observo el dispositivo de autocongelamiento y miles de imágenes aparecen en mi mente. Recuerdos, anhelos. Imágenes de las posibilidades esfumadas en un futuro no escrito, aún siquiera imaginado. Todo puede ser tan diferente que es difícil de comprender. Sé que estoy sellando definitivamente mi destino. Lo sé por él. Porque lo susurró en mi oído, cuando murió. 

Parezco loca pero es la verdad. Soy la última humana en este momento. El resto ya ha sido congelado y se encuentra en una especie de hipersueño del que despertarán en dos mil años. Mi corazón y mi mente están llenos de dudas. ¿Los acompaño? Miro el aparatito y aun no puedo decidir si continuar con este proyecto o morir en el mundo que conozco, junto a la tumba fresca de mi amor. Un futuro extraño sin él, sola, es algo que jamás esperé. “Te extraño terriblemente”. 

Pero el mundo gira e imagino que dos mil años de descanso pueden ser suficientes para mitigar este dolor. Antes de tomar la decisión final, camino por las destruidas calles de la ciudad e imagino qué será de todo esto en el futuro. Por todos lados veo el desastre y el caos que dejamos atrás. Pienso que si solo un puñado de seres humanos pudo hacer esto, quizás no merezcamos la felicidad. Guerra, hambre, miserias humanas terminaron con todo lo bello del mundo. Debería interpretar este presente como la premonición de un futuro condenado. Sin embargo, somos el legado de la humanidad. 

Entonces voy a casa, me siento en mi silla favorita, observo el cielo una vez más, pienso en él y me congelo por dos milenios. 

***************

Despierto. Mi cuerpo aún está entumecido. La oscuridad es envolvente e intimidante. El aire…aun no decido si el aire cambió. Yo soy la misma pero en un mundo que es muy diferente. ¿Y si estoy muerta y esto es el cielo? ¡Que estupidez! No existe el más allá. Dicen que en hipersueño las cosas cambian. Que tu mente varía y puede jugarte malas pasadas. Todo es conjetura en este momento. Es la primera vez que se lleva adelante semejante experimento y nadie sabe a ciencia cierta qué nos puede pasar. Pero siento que no cambió nada solo que no puedo moverme aún. 

Hace frío. El manual decía que una vez que se despierta hay que estar quieto por un rato. Esperar que las funciones se acomoden, que nuestros ojos se acostumbren a la luz. Que nuestros oídos escuchen otra vez. Que los músculos se aflojen un poco para poder usarlos.

Respirar despacio. Eso tengo que hacer. Lento, de a poco, para que el oxígeno llegue a los pulmones y la sangre circule bien. ¿Y si no hay oxigeno? ¿Y si el mundo se destruyó? No seas tonta. El mundo sigue girando. Sos testigo viviente de eso. Dos mil años en un abrir y cerrar de ojos: maravilloso y aterrador. ¿Habrá despertado el resto? Ojalá que sí. No quiero estar sola. 

Con lentitud mis brazos responden. La oscuridad aún persiste y eso me pone tensa, casi en estado de alerta constante. “Enfocate”, me digo. La superviviencia depende de eso, de entender el nuevo entorno. Tal vez estoy ciega. ¡No seas pesimista! Mi cerebro es mi peor enemigo. Un ruido me desconcentra.
En medio de este silencio sepulcral, unas pisadas aparecen como en ecos a la distancia. Rebotan en mi cabeza, se magnifican, se hacen lejanas y distantes a la vez. ¡Auxilio!, quiero decir pero mi garganta está seca y no sale ningún sonido. Apenas un quejido. 

Con dificultad puedo ponerme en pie pero las piernas me tiemblan y siento una inestabilidad tremenda. El mundo gira y no hay de donde agarrarse. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que las pisadas se hacen más cercanas. Agudizo mi oído para descifrar algo que desconozco por completo. Sé que se acerca a gran velocidad y no es humano, estoy segura. Un hilo de luz aparece a la par de una enorme bestia que ruge delante de mí. ¡No sé qué hacer! El miedo me paraliza. Quiero correr pero no puedo. No puedo moverme. La bestia me olfatea y sé que está tratando de decidir si soy comestible o no. La baba de uno de sus colmillos me chorrea el pecho, se desliza por mi cuerpo espesa y con olor pútrido. Lloro en silencio. Quieta. Entonces abre su enorme boca y me devora completa. 

****************

¡No! Tengo el grito atravesado en mi garganta. Mi corazón está desbocado a pesar de que la bestia no está. No a la vista. “Es un sueño”, pienso. Mi mente es extraña, lo era antes y lo es ahora, dos mil años más tarde. Ya no hay oscuridad. Así es el futuro, me digo, radiante, cálido. La luz brillante y cristalina del sol me envuelve, me acuna y puedo relajarme. Por un instante solo veo blanco con destellos amarillentos y naranjas. Parpadeo muchas veces porque me duelen los ojos. Y el cuerpo. Siento que mis músculos están atrofiados pero esta sensación es mejor que la oscuridad y la bestia maloliente. 

Aguardo a que el efecto del descongelamiento se complete. Mientras, siento la brisa en mi rostro y comienzo a distinguir bultos. Algo verde, tal vez un árbol, se balancea al ritmo de la brisa. Recuerdo el árbol del jardín, el que planté con mi esposo al mudarnos. Imagino que debe estar enorme, que gracias a que la humanidad se congeló, el planeta recuperó su vitalidad y ahora el oxígeno es mucho mayor. Imagino el verde de los campos y el cielo azul y límpido. Las nubes ¿seguirán siendo blancas? Quiero pensarlas de muchos colores, como el arco iris. Todo es posible ahora.

Un temblor aparece en mi mano derecha y enseguida mi cuerpo comienza a moverse. Me desentumezco pero el temblor se torna violento y me invade por completo. Cada fibra muscular toma vida propia y no responde a mi conciencia. ¡Alguien que me ayude, por favor! Duele… mis dedos se doblan, mi cuerpo se contornea. Caigo al suelo en una convulsión imparable. Mis huesos se astillan y atraviesan mi carne con cada contracción de los músculos. El dolor es insoportable y está presente en cada parte de mi cuerpo. En mi corazón. Mi garganta hierve como un volcán en erupción derramando lava en mi interior. El aire es tóxico, ahora lo entiendo. No hay oxígeno. Lo sé. Mi mente me lo dice. Lo de la bestia fue premonitorio, un sueño anticipatorio. Voy a morir porque destruimos el planeta y ahora el planeta nos destruye a nosotros.
Las convulsiones cesan. Mi corazón se detiene. La oscuridad me invade. 

**************

Una mano acaricia mi rostro. Quizás ahora sí sea el Cielo. Pero no creo en Dios así que no puede ser eso. Creo en el Diablo, ahora lo sé, porque sólo un ser demoníaco puede ser capaz de llevarme al infierno, de aprisionarme ahí. Sólo un demonio puede hacerme creer que el mundo será diferente cuando despierte.
Pero esa mano cálida está, no se va. Su aroma es conocido. Abro mis ojos y estoy en mi lugar amado. En mi casa. Antes del congelamiento, antes de la guerra devastadora que eliminó prácticamente toda la humanidad. Estoy con él, con mi esposo. 

—¡Estás vivo!—le digo llorando de felicidad.
—¿Tuviste una pesadilla?—pregunta sonriente aunque algo desconcertado. 

Sí, me digo, fue una pesadilla espantosa. Le sonrío y él me besa en los labios. Lo atraigo hacia mí y lo abrazo fuerte, demasiado. Necesito sentir su cuerpo cerca del mío, su piel, su corazón latir acelerado. ¿Será un recuerdo en mi estado de hipersueño? Tal vez. Pero no quiero dejarlo partir, no quiero pensar más en lo que es o no es. 

Sin dejar de observarlo ni un instante, desayuno junto a él. Todo tiene un sabor intenso y me desconcierta. Muy dentro de mí corazón se que aún duermo y deseo jamás despertar. Quedarme por siempre en este estado acompañado. De fondo, la televisión está prendida. Dicen que la humanidad ha llegado a su punto crítico: veinticinco mil habitantes en todo el planeta. No hay salvación posible. 

—Moriremos todos—le digo con tristeza.
Pienso en mis pesadillas recientes, en el congelamiento. En los milenios por delante y en los que dejamos atrás. Todo se me torna pesado, triste, viscoso. Intento despejar ese sentimiento y tomo su mano, la sostengo entre las mías.
—Vamos a morir. —repito triste.
Él me observa.
—No te preocupes—me dice—Yo tengo la solución. Nos vamos a salvar. Diseñé algo que nos dará otra oportunidad. 

Los pensamientos se van ordenando y algunas cosas cobran sentido: el día, la semana, el año. Hoy es el día en que todo pasa, es el día de la esperanza. Hoy surge el diseño del dispositivo y por ello, el fin de mi felicidad. Es él quien hizo que el futuro de la humanidad fuese posible. Él hizo que todos podamos dormir dos mil años para tener una chance de salvación. Pero también es el día el que morirá. Hoy mismo, perecerá por una explosión y seré yo quien encuentre el diseño y lleve adelante la tarea de salvar a las personas. A pesar de mi tristeza, a pesar de sentir que no tendré un futuro.

Pero ahora, ahora que sé lo que va a pasar, no quiero ser esa persona. No deseo salvar nada. Quiero cambiar todo lo que está escrito.

Él se levanta y se va a trabajar, como siempre. Lo observo con tristeza e intento capturar ese instante para recordarlo, para que me acompañe cuando despierte, cuando esté sola en el futuro. Mi corazón se debate entre lo que es y lo que debería ser. Imagino mi despertar en dos mil años en un mundo extraño, diferente a lo conocido. Imagino el dolor aun presente a flor de piel.
Se va a su muerte y nada puedo hacer. ¿Nada? 

Sé que el futuro no se puede alterar porque estoy congelada. ¿Lo estoy? Es todo tan confuso. Pienso que lo que deba ser será. Pero… Me levanto de la silla, me apresuro y tomo su mano. Nos miramos una vez más y mientras él me sonríe, yo le beso los labios. Entonces mi corazón decide. Salgo con él y juntos vamos en busca de nuestro futuro, cualquiera que sea, de ahora en más.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) - Todos los derechos reservados 2017