Hola a tod@s! Les dejo fotos de Ilustranimada, donde un cuento mío, Caprichos del destino, fue ilustrado y convertido en libro por los alumnos de Bellas Artes, de la Universidad Nacional de La Plata.
Saludos!
Medica, Madre, Escritora. Autora de El cuerpo habitado (Malisia), Un perro en la puerta de la casa velatoria (Paisanita) y La máquina de diagnosticar (Malisia)
martes, 5 de diciembre de 2017
domingo, 12 de noviembre de 2017
No más drama por hoy
Basta de drama. Sí, eso lo dijiste tantas veces que ya suena a
chiste. Mirate cómo estás. Parecés una zombi que se arrastra entre las
tinieblas. Un ente sin alma, perdido, desquiciado. La oscuridad te invade como
una tormenta maliciosa. Como el humo negro y pestilente de lo podrido cuando se
quema.
Pero claro, hay que perdonarte porque sos una joven
despechada. Una amante a la que han dejado de lado y que camina en busca de
¿qué? Ah, ya entiendo. Querés recuperar el tiempo perdido. Ilusa. Pero no me hagas
caso. Yo no existo. O quizás sí. Tal vez soy parte tuya. Esa parte trastornada
que quedó luego del abandono. O tal vez soy tu salvavidas. Vos decidís en todo
caso, si querés drama hoy.
No te interesa, ¿verdad? Lo sé porque seguís con tu
caminata errática aunque decidida, con un objetivo claro. Tendrás la mente despejada, imagino. Aunque lo dudo, en realidad. si podés escucharme, estás más que trastornada. Pero así son las cosas. Dale, ¿por
qué no parás un poco? Tal vez si descansaras… podés volver, pensarlo mejor. Pero
seguís caminando. Todo esto te hace daño. ¿No lo ves? Claro que no. Estás
ciega. Me doy cuenta de tu estado mental al ver tu rostro endurecido, tus manos tensas. Tus nudillos
blancos de tanto apretar el puño. Tu cuerpo encorvado, flaco y huesudo, que
apenas puede dar un paso y luego otro. Esa es la actitud que me preocupa.
¡Basta de drama! Ya sé que estás cansada. Pero llevás horas caminando
y quizá sea tiempo de dejarlo partir. De que todo siga su curso. ¡No me ignores
maldita estúpida! Ah, ahora te frenás y
me prestás atención. Sos hija del rigor como todos. Te ciegan los sentimientos,
los más bajos y deplorables. Aunque hay algo, una señal de que te influyo. Pero
no. ¿Sabías que cada vez que tu enojo empeora, una tormenta negra se cierne
sobre tu cabeza? Claro que no sabés. No sabés nada. No sabés a dónde vas ni por
qué. Lo único que te mueve, que te hace avanzar es ese sentimiento oscuro. Por
él.
Pensar que eran tan unidos. ¿Qué cambió? ¡Basta de drama! Sí, seguís diciendo
eso. Es lo único que podés decir ahora. Pero yo sé que pasó. No querés recordar
pero es mi obligación hacerlo. ¡Él era tan maravilloso! Acordate cuando lo
viste por primera vez en aquella plaza. Era primavera. Tal vez tus hormonas se
encontraban alborotadas o quizás era el momento perfecto para los dos. Vos quisiste
pensar eso y te lo concedo. Yo tengo mis dudas. En fin. Lo observaste durante
largo rato, escondida detrás de un árbol. Sola como ahora. Aunque con otro sentir
en tu pecho. Quizás anticipación. Tal vez deja vu. Porque ya habías vivido eso.
Con otro. Pero no queremos recordar eso ¿verdad? No, no nos conviene.
Volviendo a él, a Max. ¡Si te hubieras visto! Con esos
ojos de cachorro enamorado y la libido exaltada. Así estabas mi amiga. Así de
patética. Sus rasgos eran tan atractivos que casi rozaban lo femenino. Y caíste
a sus pies como una tonta enamorada de las novelas. Embobada como un niño
cuando ve un juguete nuevo y te dijiste “Debe ser mío”. No importaba quién era
él. Qué hacía o que te podía ofrecer. Importaba tu deseo. Esa necesidad baja y
morbosa de posesión de un tesoro. Una joya. Esa belleza debía ser tuya. Él
debía rendirse a tus pies y adorarte.
Por un tiempo lo hizo. Qué tonto. Él no te conocía en
lo absoluto. No como yo que sé de qué van tus sentimientos más profundos. Sé
qué te moviliza. Lo que tu corazón marchito desea con furor. Max, por el
contrario, era un ignorante de tus bajezas. Y cayó en la trampa de tus maneras
delicadas. Creyó que eras una princesa. Creyó que debía rescatarte.
No vio venir tus depresiones, tus dudas e
inseguridades. Él no sabía de esos agujeros negros en los que caías sin razón y
que arrasaban todo a su camino. No conocía tu pasado esquizoide y tétrico. Max
sufrió por vos sin entender que así eras. Que no necesitabas ayuda porque no la
querías. Y se fue alejando. Lentamente lo perdiste como se extravían las cosas
que no se usan, que no significan nada ya. Entonces, como buen macho que
necesita reafirmar su hombría, él encontró consuelo. En otra. Y te citó hoy
para contarte. Para decirte que ya no puede más con vos. Que se rinde. Que te
amó con locura pero que ya no puede más. Te dice en la cara que se acostó con
otra. ¡Estúpido! Él debía callar. Vos no querés su drama, su engaño. Pero Max
es tan bocón…
¿Entendés que el drama recién comienza? Imaginate las
noches que vas a pasar llorándolo. No quiero hacerte enojar más, pero... Te
frenás ¿por qué? entendés que ya está, que no hay vuelta atrás. ¿Es eso? Podés
dejarlo así. Podés marcharte con dignidad. Pero no. Él debe entender que es
tuyo y que no le diste libertad de decisión. Si aceptaras mi consejo te diría
que lo dejaras ir, que de nada sirve el castigo. Si aceptaras lo que te digo
dejarías el cuchillo y le permitirías vivir. Dejalo ir. Dejá el cuchillo. Dejá
que viva.
Veo que tu lado bueno, como siempre, pierde. Debo ser
espectador de otro crimen. No puedo frenarte. Lo intento pero no. Tomo posesión
de tu cuerpo. Me interno en tus venas, estimulo tus músculos. Quiero desviarte.
Pero tu lado maquiavélico es poderoso y me domina, como siempre. Me ahoga, me
estrangula y me convierte en cómplice. Tu mano vence mi resistencia y con una
daga atravesás su corazón. En el mismo lugar que te duele. Como te lo clavaron
a vos tantas veces. Max es el resumen de tus fallas. La viva imagen de tu
fracaso. Y no hay piedad. "Basta de
drama", le decís con asco. La oscuridad gana otra vez. Y luego de derramar toda esa sangre te vas, con
una sonrisa victoriosa, en busca de otro príncipe para dominar.
Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los
derechos reservados 2017
viernes, 27 de octubre de 2017
Maldito Papá Noel
“¡Mirá papi,
es Papá Noel!”. Ese que va ahí corriendo es mi hijo. Tiene cinco años y cree en
Papá Noel y los Reyes Magos. Sí, va corriendo a abrazar a ese gordo vago
vestido de rojo. Él está convencido (de) que ese tipo le va a traer lo que
pidió. Pobrecito. Pobre yo que soy el que baja los billetes para pagar la dulce
y alegre navidad de mi familia.
Pero no culpo
a mi hijo. Yo fui así. Así de crédulo. Hasta que entendí que todos estos tipos
vestidos de franela carmesí se aprovechaban de nosotros. Bah de ellos, los
niños.
¡Cuánto
desprecio!, dirán ustedes. Es así. Uno de estos me quitó la ilusión de la
navidad hace muchos años. Siempre quise vengarme. Siempre lo imaginé, lo
saboreé acá en mi mente. Imaginé miles de horrores cayendo sobre ese hombre y
otros tantos iguales a él. Pero primero les voy a contar el porqué de mi
indignación y odio hacia esta gente que ama disfrazarse de un octogenario de
barba blanca.
Yo tendría
once años. Sí, once. En aquella época no existía internet ni nada por el estilo,
así que la única magia reconocida era la de Papá Noel y los Reyes. Y uno
estiraba sus creencias hasta el máximo posible. Hasta casi la adolescencia si
era necesario.
“Papi, vení” Ahí
voy Ramiro. Miren, es tremenda esa cara de ilusión. Esos ojos llenos de
esperanza. Las miles de preguntas existenciales: ¿Habrá leído mi carta? Si no
tengo chimenea, ¿viene igual? Preguntas que ellos se hacen, como me las hacía
yo. Aunque una de esas preguntas, básica y profunda como el origen del
universo, llevó mis ilusiones infantiles a la ruina.
Veo a Ramiro
y los sentimientos se me mezclan. Recuerdo las fiestas de mi infancia. Como
entonces, Mamá está ahí sentada, aunque con muchos años más. Su pelo canoso, su
sonrisa arrugada. Pero siempre ahí. Casi puedo perdonarla…pero no.
Aquella
navidad fatídica, Papá Noel había venido a casa. Mis primos y yo habíamos
aguantado hasta las doce de la noche. Corriendo, molestando a los grandes.
Robando los restos de las copas de sidra que se habían abierto con alguna
anticipación. Estaba en la plenitud de mi felicidad. Yo era el primo más
grande, así que de alguna forma marcaba el camino para los demás. Y en las
navidades era el más astuto. Generalmente adivinaba qué le traían a cada uno.
Hacíamos apuestas con eso y yo les ganaba a todos.
“¡Papi!” Ya
voy, hijo. Sentate que te saco una foto, a ver… mírenlo. A Ramiro y a “Santa”.
Le suda la gota gorda. Ese traje le queda apretado. Le creció la panza en estos
años. Y esos ojos están seniles ya. Que lo parió. Parece que él también
envejece. “Despacio Ramiro que el hombre se va a destartalar si le saltás así
encima”.
¿Cuál era la
pregunta que me rondaba? Una básica por supuesto: ¿cómo hacía Papá Noel para
estar de forma simultánea en las chimeneas de todo el mundo? Era algo muy
complejo de lograr, aun siendo el dueño de la magia. Y no había una respuesta
convincente para mí que no quería despertar y dejar de creer. En realidad creo
que evitaba la respuesta. Evitaba crecer.
Aquella
noche, luego de esperar varias horas, luego de que la ansiedad inundase mi
corazón y la de todos los menores de edad, las luces se apagaron y fuimos corriendo hasta
el enorme árbol de navidad de mi familia. Y aparecieron Papá Noel, el conejo de
pascuas (muy venido a menos) y otro personaje que no recuerdo. Podría haber
sido tranquilamente WinniePooh, no estoy seguro.
“Papi, Papá
Noel tiene el mismo olor que el abuelo Toto”.
Parece que la
tercera edad usa solo OldSpice. Rami es
muy perceptivo. Siempre digo que estos pibes nacieron con una computadora en
cada mano y que nos pasan por arriba. “Sí, hijo. Usan el mismo perfume”.
Volviendo a
mi navidad, aquella noche en cuanto divisé a Papá Noel me le tiré prácticamente
encima. Recuerdo que puso cara severa y que ese gesto me fue muy familiar
aunque, por supuesto, no le hice caso. Ni al gesto ni a mis instintos que
gritaban lo obvio: ese hombre era un trucho, no era Papá Noel. Pero yo quería
mi regalo y punto. Había hecho una larga lista de posibles presentes, así que
algo de todo eso tenía que sacar del fondo de su bolsa. Recuerdo
que buscó un rato largo y sacó un paquetito (que me pareció algo escaso, obvio)
y me saqué la foto anual.
Pero me quedé
molesto por esa cara de enojo de Papá Noel. ¿Por qué me había mirado así? ¿Acaso
había cláusulas de edad o algo parecido? No entendía por qué me defraudaba de
esa manera. Entonces decidí encararlo. Lo seguiría y cuando nadie nos viera, le
pediría explicaciones. ¿Quién se creía? Sólo una persona en todo el mundo me
podía regañar así y no estaba en ese momento. Como en tantos otros momentos.
Así fue que lo
seguí. Sin que él lo notara caminé tras sus pasos. Él anduvo por la casa, mí
casa, con total naturalidad, sin percatarse de que lo seguía. Y se metió en el
cuarto de mis padres. ¡Descarado! Cerró la puerta luego de entrar y yo apoyé mi
oído para escuchar. Hubo risas. Muchas risas. Pero lo que recuerdo con gran
nitidez es: “¡No puede ser que todavía crea en cuentitos de hadas!” Papá Noel le
decía eso a mamá. Pero ella le contestó: “Dejalo, no seas tan duro con él. Ya
va a crecer”. Pero yo no quería crecer. Al menos no ese día. Y menos con ese
regalo de morondanga.
Estaba tan
enojado, tan indignado con lo que ese gordo vestido de rojo le decía a mí vieja
que con violencia abrí la puerta para devolverle el maldito regalo y cantarle
las cuarenta. En la cara. Pero me encontré con el cuadro más inesperado de mi
vida: Papá Noel besando a mi madre y toqueteándola por todos lados.
Por supuesto
salí corriendo de la habitación. Horrorizado.
Ese día dejé
de creer en todo. La navidad ya no fue importante para mí. En casa no se habló
más del tema y por varios años Papá Noel no volvió a animar las fiestas
familiares. Hasta que nació Ramiro.
Y acá
estamos, frente a frente. Frente a este hombre sudoroso, vestido de rojo que
ahora me mira con aprobación. Saca un paquetito y me lo da mientras me guiña el
ojo. “Tiene el mismo olor que el abuelo Toto”, recuerdo y mi amargura se
transforma en un llanto ahogado y en un abrazo sentido a mi papá.
Autor: Sole Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2017
sábado, 7 de octubre de 2017
Entre ahora y el después.
Él la toma entre sus brazos y
como puede la levanta de la cama. Carmen siente el corazón de Raúl latir
acelerado. Su aroma. Hace tiempo que no lo siente, que no se rozan. De
inmediato él la deja en la silla y se aparta. La conexión se pierde. Una
descarga de electrizadad, como un cosquilleo, recorre a Carmen. Ella duda si es
por él o por la silla.
—¿Quién la uso antes, Raúl?
—¿Antes?
—Sí, antes que yo la usara,
antes de que me pasara esto, ¿quién la uso?
—No sé quien la uso, Carmen. ¿Tan
importante es que sepas eso?
—Quiero saber quién la usó...
—No entiendo cuál es el
problema. La necesitabas urgente. La conseguí. Deberías estar agradecida. Pero
no. Siempre criticando. Siempre buscando la quinta pata al gato.
"Hay algo que no me
dice", piensa Carmen. "No tiene que saber de dónde la saqué",
piensa él.
—No dije nada Raúl. Solo
pregunte de quién era. Si es tanto problema no pregunto más nada. En mi
condición...
Ella siente que su pecho se
contrae de angustia. No puede angustiarse. No en su condición. Pero el pulso aumenta
y su respiración se entrecorta. Aunque no sabe si es porque ya no puede
caminar o porque sabe lo que se viene después. Con él. Acaricia el metal del
apoyabrazos. La silla es su nueva mejor amiga. O debería serlo de ahora en más.
Por el momento la odia. Aunque la electricidad esa que sintió antes sigue
estando. Quizás deba amarla, piensa. Ella la llevará a todas partes. La
acaricia. Siente algo en el metal. Hay unas letras, apenas se pueden leer. Ella
rasca.
—Disculpame —dice Raúl. —Es
duro verte ahí. Pero lo vamos a superar.
—¿Duro? Realmente no sabés lo
que me pasa o lo que siento. Pero siempre fue así...no me quejo esto podría ser
una oportunidad ¿no? Podría ser...
—Escuchaste al doctor. El dijo
que esto puede ser transitorio. No hay razón para que no camines...
Ella se endurece de pronto. Él
la quiere sana. El después está firmado, sentenciado en realidad. Ella debe
curarse a pesar de sus deseos. Así debe ser porque antes de su parálisis habían
decidido cómo sería el después. Y eso no se modificará por nada ni por nadie.
Menos por una paralítica amargada.
—No hay razón para mi parálisis
y aun así no camino. Todos creen que estoy loca. Pero no lo estoy. Vamos a
casa ¿sí?
Él la acomoda en la camioneta
luego de varios intentos fallidos. Carmen puede ver como la vena de su frente
late enérgicamente. Imagina que se hincha, le borra la cara, se pone violeta y
más violeta. Luego estalla y la sangre de él la baña. La sangre es salada y
caliente. Le gusta esa sangre. Podría alimentarse de su sangre. Observa cómo Raúl
se retuerce del dolor y muere desangrado. Hace una sonrisa y él se pone más
nervioso. Transpira. Golpea la silla varias veces para que se trabe. Ella siente
los golpes en su espalda, pero no se queja. Incluso le gusta. Le encanta
tiranizarlo con la mirada, con sus suspiros. Sabe que lo hace sentir frustrado
e inútil y eso le da placer. Él la observa y ella calla aunque en ese juego
sadomasoquista, Carmen no deja de preguntarse quién habría usado esa silla antes.
Quien se habría sentado en su silla de ruedas. Las palabras siguen ahí
grabadas y ella talla con su dedo para aclararlas.
El viaje dura una hora exacta.
Sesenta minutos de preguntas. De dudas. ¿Y si el dueño anterior era una mala
persona? ¿Habría muerto esa mala persona? ¿Habría muerto en circunstancias
sospechosas? Seguro que había sido asesinado, tal vez por algún amante
frustrado, concluye horrorizada. Podría haber sido otro tipo de persona. Un
mártir que dejaron morir de hambre, solo. Abandonado por la familia. Pero
Carmen prefiere que sea un asesino. Que se haya vengado de todos. Un amargo,
frustrado y odioso ser humano. Postrado y vengativo. Prefiere pensar eso. Elige
que ese anónimo que usó su silla de ruedas, haya sido un asesino serial. Un
calor la inunda, la excita.
Una frenada, un bocinazo, unas
puteadas de Raúl. Ella se ríe y él lo detesta. Entre tanto, llegan a la casa y,
como puede, él la baja. La mucama ayuda con el equipaje. Sin decir nada lleva
el bolso hasta la habitación de la señora Carmen, como le dice a su jefa.
—¿Necesita algo más, señora
Carmen?
—Necesito caminar. Eso
necesito.
Carmen sabe que es dura, pero
así la debe tratar. Por el después. Ella tiene piernas que funcionan y la odia
por eso. Entre tantos otros motivos. Es joven y hermosa y eso es un insulto a
su parálisis. Desea que no exista, que la deje sola. Desea que esa cucaracha
sea aplastada como el insecto que es. Pero nada pasa. Carmen vuelve a sonreír.
La ve ahí, indecisa como un pollo mojado, aletargado. Ve como la mucama se
queda quieta, petrificada junto a la cómoda, sin decir o hacer algo. El tiempo
se dilata, demasiado tal vez.
—Yo no...
—Retirate por favor.
La mucama se va. Podría
mandarla a la mierda pero eso le costaría el empleo. Ya no existiría el
después. También podría alegrarse de que ella se encuentra en esa condición,
pero no puede. Se da cuenta de que en realidad no siente nada. Absolutamente
nada.
Va a su habitación de mucama.
Arma un bolso pequeño con sus pocas cosas de mucama y sale a la calle. No
presta atención al dueño de la casa que le pregunta a los gritos a dónde va. No
percibe que le pregunta si la señora Carmen la maltrató. No escucha que él le
dice que la necesita. Que espere el después. Que sin ella no puede. Sin sentimientos,
la mucama cruza la calle. No presta atención al entorno y no puede frenarse
ante los coches que pasan por la calle. Sabe que debería detenerse pero no
puede. Lo intenta pero no tiene control sobre sus músculos. Algo la tracciona.
La moviliza. Los coches la esquivan como pueden. La evitan. Pero un camión
dobla en la esquina y apenas logra divisarla. Entonces, los sentimientos
vuelven cuando ella tiene el camión encima. Y se arrepiente de todo mientras
grita de terror. Pero ya es tarde. La joven mucama es atropellada y muere en el
acto ante el asombro del chofer y del dueño de la casa que no entiende qué
sucede.
Hay gritos, llantos, corridas.
Llaman a la ambulancia aunque es en vano. La mucama ya no existe. El después ya
cambió.
Raúl mira a la casa. Ve a Carmen junto a la ventana, sentada
en la silla de ruedas. No divisa su rostro del todo pero puede jurar que ella
sonríe. "¿Será tan perversa?", piensa consternado. Llora y se dice que todo es una maldita
pesadilla. Que debe despertar. Que está atascado entre el ahora y el después.
Carmen observa desde la ventana del cuarto. Ve a Raúl
llorar. Sí, él llora como una niña. El después ya comenzó, se dice. Uno diferente
porque la mucamita ya no está. Respira hondo. Siente que su pecho se libera. Ahora
tiene una ligereza en el alma. Gira su silla, acaricia el metal nuevamente. Las
letras se aclaran y ella lee con sus manos: "Lo que desees se hará
realidad. Ellos deben pagar para que vuelvas a ser quien eras". A Carmen
le brillan los ojos. Ahora el mundo está en sus manos y el futuro, a sus pies.
Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017
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