lunes, 2 de abril de 2018

Sacrificio





Nota: Sacrificio forma parte de mi libro "Relatos de la Parca", Editorial Imaginante, año 2015

La brisa fresca de la noche acarició su rostro en un tímido intento de suavizar su misión. Mientras, él se asomó a la ventana entreabierta y observó a su víctima que estaba allí nomás, a escasos metros de donde estaba parado. Casi sin querer la admiró, en silencio, agazapado como un animal a punto de atacar, aunque con la confirmación de una idea: jamás podría hacerlo. La misma brisa que ablandó su conciencia, abrió de golpe la ventana y revoloteó cerca de ella provocando que un mechón de cabello volase casi caprichosamente. Pero ella no se inmutó, su mirada estaba perdida. Su mente, como la pared, estaba en blanco. Él conocía esa mirada. Era la de aquellos que sabían que su existencia era mero capricho del destino, la expresión de quienes habían escapado una vez: era la mirada de los sentenciados. Pero su hermoso rostro…debía irse de allí en ese momento. Esa no era la hora, no con todo ese sentimiento en su pecho. Retrocedió con torpeza y en su retirada pisó unas ramas secas que ella escuchó y de repente, ella posó sus ojos en él. 

—¿Quién anda ahí?
“¿Cómo es posible que no me vea?”, pensó el verdugo que estaba parado justo frente a ella. Ambos prácticamente podían olerse al estar frente a frente en la ventana, abierta de par en par y sin embargo... En ese breve segundo, él pudo sentirla. Pudo ver su piel delicada y joven y admirar su belleza, que era exótica, como sus ojos. Y ahí lo notó. Un velo gris se cernía sobre ambos ojos. “No me ve, no puede hacerlo…”

—¡Hola! ¿Quién es? No me asusta…si ese es su cometido le pido que se vaya. Voy a soltar a mi perro…
—No, por favor —se encontró diciendo y se arrepintió de inmediato.
Podría haberse ido tranquilamente. Podría haber vuelto más tarde, entrada la madrugada y finalizar su objetivo. Pero algo dentro de sí, profundo, vago aunque muy presente, le hizo contestar y ponerse en evidencia. Y ya era tarde. 

—¿Quién es? ¿Qué busca aquí?
—Disculpe señorita…
—Alba…me llamo Alba
—Alba, mi nombre es Ezekiel, vengo de lejos y la noche me ha sorprendido. No tengo donde quedarme…
—Entre…me queda una habitación sin rentar. Si lo desea se la alquilo por esta noche. El desayuno es a las siete de la mañana, sin excepción…—él, entonces,se dirigió a la puerta de la posada.
—¡Muchas gracias! Disculpe si la asusté.
Y mientras ella se dirigía a la puerta para hacerlo pasar le dijo: 

—Ya nada me asusta, estimado Ezekiel. Pase. —y le mostró el camino hasta la recepción.
Luego de pedirle sus datos, le entregó una llave y le indicó la escalera que conducía a la habitación. Sin embargo, él que jamás dormía, le preguntó:
—Le molesta si me siento frente a la chimenea un rato. Está tan pacífico aquí…
—No es molestia. Es lindo tener compañía de vez en cuando. ¿Desea un café o algo para beber?
—Lo que usted tome, está bien. —dijo Ezekiel admirándola en secreto, aunque recriminándose por ello. No debía olvidar su objetivo allí: eliminarla, tomar su alma y entregarla.

Ella iba y venía con asombrosa agilidad. Trajo dos tazas humeantes y se sentó frente a él, en un sillón. Él estaba extasiado con semejante destreza y con esa femineidad innata que ella profesaba, a pesar de no poder ver absolutamente nada. En ningún momento requirió ayuda o siquiera tocó la pared para guiarse. Era como si presintiera cada cosa, cada mueble, cada elemento de su hogar. 

Una vez sentados, ella posó sus ojos en el fuego. Él continuó observándola, en silencio, con una colección nueva de sensaciones nunca antes sentida. 

—Me vas a decir algo o te vas a quedar allí observándome toda la noche —dijo finalmente Alba, sin siquiera mover la mirada del fuego que jugueteaba en el aire con caprichoso arte exótico e hipnótico.
—Si…me he estado preguntando ¿a que se debe esa respuesta suya de que ya nada la asusta? Usted no deja de ser una mujer y en su… —él silenció su boca aunque su cabeza no paraba de preguntarse ¿por qué estaba allí junto a ella? ¿Porque no se la había llevado ya? El momento y el lugar eran óptimos. Sin testigos, sin complicaciones. ¿Que lo frenaba?
—¿En mi qué? ¿En mi invalidez? —dijo ella secamente, aunque con cierto tono dulce.
—Perdón…no quise…
—Nadie quiere señalar lo obvio. Sí, no veo. Pero su pregunta fue otra. Su pregunta fue “Porque no temo a nada”. Hace unos cuantos años yo vivía a miles de quilómetros de aquí. Era joven, bella, tenía un buen pasar y sobre todo, tenía un hermoso niño.—En ese instante la voz de Alba tembló por lo que hizo una pausa para respirar profundo —Tenía salud, estaba sola -porque el padre del niño me dejó en cuanto supo que él venía al mundo-, pero eso no hizo mella en mi espíritu. Y en ese entonces, mi estimado Ezekiel, sentía que tenía todo. Sin embargo, la tragedia tocó mi puerta. La muerte propiamente dicha apareció una noche de invierno como esta, envuelta en llamas. Yo la vi y la desafié. Pero me ganó; se llevó a mi hijito a pesar de que yo… Allí perdí mi vista y mi vida. No obstante, decidí continuar en este mundo, a pesar de sentir que la muerte debió llevarme a mí y no a mi hijo. Ahora soy esto, una muerta viviente que asila extraños en la noche.

Una media sonrisa se dibujó y él no supo que contestar. Ella era una luchadora. Además de hermosa, era una mujer con cada letra ganada. Un largo silencio se interpuso entre ambos y en el momento en que Ezekiel quiso decir algo, Alba se levantó.
—Buenas noches.

Y se retiró a descansar.
Esa noche, mientras Alba dormía, él la observó. Contempló cada uno de sus rasgos, su delicada figura, sus gestos. Miró todo lo que ella era. Y su pecho se encogió de solo pensar en su objetivo. “No temo a nada”, recordó él. “¿Me tendrás miedo?”, se preguntó mientras acarició su rostro con delicadez desconocida en él. Corrió un mechón de su pelo, y deseó besarla. Se espantó. Eso jamás había sucedido antes. Jamás. Salió de la habitación, de la casa y encaró la noche que aún tenía un largo recorrido hasta su propia desaparición. Miró la luna, esa que horas antes había iluminado la piel de Alba. “¿Por qué me hacés esto?”, le gritó en un aullido a quien le había mandado semejante encargo. Y se sintió flotar. Una luz lo elevó y se lo llevó más allá de la tierra, del sistema solar. Al universo profundo. 

—Cuestionas mi decisión de enviarte por ella. —Una voz rugió potente y determinante.
Ezekiel, el sembrador de espanto, hizo silencio. Durante su eterna existencia, nadie supo su verdadero nombre. Incluso, su verdadero rostro. Pero era reconocible con sólo ver el rastro que dejaba su accionar, con percibir el aroma en el aire luego de su presencia. Lo habían denominado de múltiples formas, muchos, habían intentado suavizar su imagen intentando llamarlo Ángel Guía de la muerte, aunque de angelical nada tenía. Era un recolector. Eso era. Un simple recolector de almas muertas en vida que, luego de ser atrapadas, eran entregadas a su dueño. Dios o Demonio, daba lo mismo: él cazaba a su presa y se las llevaba. Pero estas almas no eran precisamente almas comunes y corrientes. Estas ánimas eras especiales, porque se trataba de aquellas que habían escapado a la Muerte. Por distintas circunstancias, habían burlado (aunque no siempre intencionalmente) su fecha límite de existencia. ¿Existía eso? Por supuesto que sí y por ello, existía él. Él las hacía brotar del cuerpo humano que habitaban y las cazaba para luego entregarlas. ¿Iban al cielo, al infierno? No importaba. No a él. Solo era un cazador de ánimas.  

¿Qué lograba con ello? Eternidad. 

Para este cazador, la eternidad, aunque fuese a la larga algo abominable y más que solitaria, era su fin. Una vida sin límites en este universo. Aunque, últimamente, esta existencia perpetua se había tornado ligeramente insoportable: las últimas cacerías habían sido injustas y le hicieron reflexionar su lugar en el equilibrio del universo; desde ese momento, comenzó a cuestionar la existencia del Bien. 

—No te cuestiono…sólo —y se interrumpió intentando buscar las palabras correctas, pero sin encontrarlas.
—…sólo no te gustan mis decisiones ¿verdad?
—Ella…es especial. Perdió demasiado ¿por qué debe morir? Si tan solo supiera…
—¿Qué cosa?
—¿Cómo fue? ¿Cómo no pudo salvar a su hijito?
El ente superior, meditó una fracción de segundo. Una fracción que en el mundo, en la tierra, podrían haber sido milenios, pero que en ese rincón del universo no era nada. Miró a Ezekiel y con solo un pestañear, lo envió nuevamente a la Tierra, aunque no al mismo lugar, ni a la misma fecha. 

Las llamas envolvieron a Ezekiel que sintió la desesperación de Alba en su pecho. Columnas de fuego la rodeaban y ella, con desesperación, intentaba agarrar a su pequeño de solo dos años. Estiraba la mano para alcanzarlo, mientras éste lloraba. Ezekiel veía la escena con tremendo dolor, como si ella fuese su propia carne y el niño, su hijo. Entonces, la vio. Vio a la Muerte rondando lentamente, con ansiedad de un alma. Estaba a cierta distancia, observando con ojos vacíos. Los segundos transcurrían y Alba logró tomar al niño por lo que Ezequiel se alegró. Tal vez, pensó con inocencia, todo cambiase ahora. Sin embargo, como si la Muerte lo desafiase, desestabilizó el piso y Alba perdió el equilibrio. Ella cayó y Muerte aprovechó el instante: se transformó en una bocanada de fuego y envolvió al pequeño, mientras que su madre gritó como si ella misma se hubiese quemado por completa. 

Todo se distorsionó y Ezekiel estuvo, nuevamente, frente a su “jefe”.
—Sabés tan bien como yo que Muerte hizo trampa… ¿por qué entonces, me mandás a buscarla? ¿Para torturarla aún más?
—Lo hecho, hecho está, Ezekiel. Tomaré medidas con Muerte, pero con Alba nada puedo hacer. Ella debió morir en ese incendio y está viva en el mundo.

Ezekiel sintió desgarrarse por dentro. No era justo y esa sensación era completamente nueva en él, como todas las sensaciones que ella le había despertado. Se sorprendió pensándola juntos, amándola eternamente. En la Tierra. No la quería como Ángel. No era lo que debía ser. Y en el Cielo, ella sería inalcanzable: Ezekiel estaba entre los vivos y los muertos, en esa especie de límite borroso y agónico similar a un Limbo. Miró a su superior y dijo:
—Tomame a mí en su lugar.

El tiempo se deshizo y otra vez las llamas aparecieron. Alba y su hijo, estaban allí mismo, luchando. La Muerte, acechando. En el segundo justo en que el mortífero se apoderaría del niño, Ezekiel se lanzó y sin poder evitarlo, la Muerte lo tomó y se lo llevó. El universo se estremeció y Ezekiel dejó de ser él.

*******

El sol acarició su rostro. La primavera había llegado con ímpetu y se sentía bien. Miró el cartel de la entrada: “Alba e hijo” decía, dándole la bienvenida. Entró y una hermosa mujer lo recibió:
—Mi nombre es Ezekiel, deseo pasar una noche aquí.
—Bienvenido, mi hijo tomará su equipaje. —Ella lo miró directamente a los ojos y algo se movió en su pecho —Disculpe, ¿lo conozco de algún lugar?
—Tal vez de alguna otra vida —dijo él sonriendo. Ella tenía una luz particular en su semblante y él la amó aún más.

¿Qué si terminaron juntos? Quién sabe…de ahora en adelante él solo tendría que vivir su vida como pudiese, como los humanos hacen.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2018



domingo, 18 de marzo de 2018

La decepción




Maka observa el agua del mar que baña sus pies. El reflejo del sol, como si se tratase de un mensaje codificado, repiquetea caprichoso en las olas. Quizás el destino quiere comunicarse, decirle algo como aquella vez. Pero ¿qué podría ser? Ya no quiere escuchar más nada. Solo la llamada del descanso eterno, más adelante. O un llanto nuevo, una sonrisa.

Los caracoles rotos giran al son de la marea. Sus pensamientos vuelven siempre a los mismos sitios, a él. La vida es retorcida, misteriosa y no siempre termina siendo como la pensamos. Sonríe. Todavía no le encuentra explicaciones a aquella tarde.Si no hubiera ido a la kermesse….

Mientras el agua sigue su incesante baile, piensa en ese verano. Y es así, cada verano ella vuelve al mismo lugar. Quizás para entender, quizás para recordar los momentos previos. Esa felicidad inocente, la que te da ignorar ciertas verdades. Quizás para darle sentido a su presente.

********************

Dale Maka. Vamos a pasar la tarde al parque. Llevamos algo fresco para tomar y unos pasteles…
Joaquín no es un hombre atractivo. Pero tiene cierta presencia, cierta prolijidad en la forma de vestirse, de hablar.
No sé… quiero ir a caminar a la playa, Joaquín.
No seas así, amor.

Él sabe que con ese tono logra ablandarla. Aunque también sabe que está tirando de una cuerda que puede romperse. Hace cinco años que están casados y el viaje surge en medio de una tormenta. Y esa sensación de lo que se escapa y lo que no se logra está muy presente, flotando en el aire
Además no vamos a dejar a Marcos solo…

Joaquín la abraza y ella cede. Siempre cede a los caprichosos rebusques de su esposo. Tal vez porque no quiere estar sola, tal vez porque no quiere discutir más. Ella tenía 37 cuando se conocieron. Era soltera y eso no estaba bien visto. Su familia, en realidad, no lo veía bien. Y él, estaba disponible. Era un solterón bien ubicado social y económicamente, un buen partido. Los presentaron y se casaron. Aprendió a amarlo, de la forma en que se aman las compañías y el buen trato. Y junto a él, vino Marcos, su mejor amigo. Los tres supieron divertirse. Hasta que llegó esa necesidad maternal de dejar descendencia. Y ahí la cosa se complicó.
El día es maravilloso, Maka ¿viste?

Ella camina en silencio, pensativa. Quiere sacudirse esa sensación de enojo pero le cuesta. Siempre le costó salir de los pozos depresivos. Los llamaba así. Caía y el mundo se le venía encima. Marcos se acerca y la abraza.
No te enojes tanto, que la vida es maravillosa él le da un beso en la mejilla y ella sonríe. Al final, Marcos siempre la sacaba de su mal humor. Tenía esa capacidad. Quizás tenía más capacidad que su esposo de lograr ciertas cosas.

Siguen caminando y llegan a la Kermesse. Hay muchas parejas, jóvenes, sentados con sus mantas en el suelo. Ríen, charlan, bromean. Maka se siente un poco fuera de lugar. Siempre le pesa su edad, pero hoy decide no hacerle caso a sus pensamientos.
Juguemos a “Verdad o consecuencia” grita uno de los jóvenes y todos se ponen en ronda para recibir las preguntas. La pregunta en realidad. A todos los participantes le preguntan lo mismo y si no desean contestar…bueno ahí está la inventiva para sortear las prendas.

El cielo se nubla, y el viento se hace más intenso. Los árboles silban, pero nada importa. La juventud es así, piensa Maka que preocupada mira el cielo. “¿Cuál es tu secreto más oscuro?”, silva la pregunta que atraviesa a los tres. 

****************

Joaquín ve caminar a Maka. Van a la bendita kermesse. Ella no lo recuerda, pero fue su idea. Él si se acuerda…de todo y ahora es el villano de la historia. Está cansado de esas situaciones que son frecuentes. No puede con su amargura, la de ella. Hace meses que está así y sin embargo hay otras cosas que lo perturban. Marcos parece que está como si nada. Siempre con esa vitalidad asombrosa. Son amigos desde siempre. Desde niños. A veces…no sabe qué hacer con él. Tal vez debería decirle que hasta ahí llegan, que necesita espacio. Pero no puede hacerle eso.

En el parque, las jóvenes están alborotadas y el humor de Maka parece más oscuro en comparación. Joaquín intenta poner su mejor cara y divertirse con el juego. Hace años que no juega a verdad-consecuencia. La última vez era un adolescente, igual que Marcos. Llega su turno ¡Cuál es tu secreto más oscuro? Enseguida elige la consecuencia porque jamás podría confesar qué le pasa. Nadie lo entendería. Maka mucho menos y la verdad que con lo del bebé que no llega, sería abrumarla aún más. Entonces acepta el reto y se ponerse de cabeza y hace equilibrio.

Maka lo mira, está seria mientras que el resto grita y aplaude.
Sonríe pero al ver a su esposa, el peso y la tristeza de ella, se apoderan de él.

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Marcos observa a sus amigos. No puede entender el malestar que sienten. Es tan evidente la crisis entre ellos y él está en el medio. “Tienen todo y son infelices”, piensa. El aire del mar es tan vigorizante para él que solo quiere correr y saltar. Pero recuerda lo del embarazo que no se da y solo se acerca para abrazar a Maka. Siente cierta ternura por ella, por la tolerancia que tiene ante la imposición de Joaquín de llevarlo a él a todos lados, como un trío. Ella le sonríe y eso le hace sentir mejor. 

Cuando llegan al parque, se sienta junto a Maka. Aplaude como loco al ver las virtudes de su amigo en lo que a piruetas se refiere y espera su turno. La misma pregunta le hace pensar en qué es lo más oscuro y observa a sus amigos. Jamás podría decirlo sin lastimarlos, sin exponerse. 

Entonces viene la pregunta y él también elige la consecuencia. “Tenés que besar a la esposa de tu mejor amigo… ¡en los labios!”, dice una joven y todos gritan y aplauden. 

Sin dudarlo, Marcos toma la cara de Maka y le estampa un beso. Un beso de esos que podrían ser dados a una mascota o a una pared. Él vuelve a su lugar, sonriente, radiante en realidad por haber sorteado una “bala”. La sonrisa es su mejor disfraz. Siempre lo fue. 


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Maka, sentada en la arena entremezclada con pasto siente que todo se torna raro, pesado. Mira a Joaquín que está ausente. Lo conoce bastante. Ella sabe cuándo las cosas no están bien. ¿Qué sería aquello que no quiere decir? Pensar que su esposo tiene un oscuro secreto es demasiado para ella ahora. Y Marcos… cuando él la besó fue tan extraño. Casi como besar a un hermano.  ¿Se habrá molestado Joaquín?, se pregunta ¿Por qué? Qué estupidez, piensa. Le toca el turno a ella, ahora, y siente los nervios de punta, en el estómago. No le gusta nada el juego. Está incómoda. 

Un trueno rompe la calma de la naturaleza y los jóvenes se alborotan aún más. La tormenta se acerca y Maka siente que necesita huir de ese lugar, pero no puede. Su cuerpo no le responde. Mira a Joaquín otra vez. Algo cambió en él. Está serio. Pero no sabe por qué. “¿Cuál es tu secreto más oscuro?”, le preguntan a ella y por supuesto elige la consecuencia. No puede decir delante de todos lo infeliz que se siente. No puede decirle a todos que quiere ser libre, estar en otro lugar. Que si no tiene un hijo prefiere morirse.  Que a veces no puede ni respirar de la angustia que siente. “Tenés que nadar denuda en el mar”, le dice una perniciosa mujer. Quizás espera ver su floja carne, sus excesos expuestos ante todos. Quizás quedarse ahí ya es demasiada exposición. Sin embargo, todos corren a la playa. Corren durante un largo trecho, la empujan, la llevan ellos mismos. Le sacan la ropa y desnuda, Maka no tiene más opción que zambullir su humanidad en el agua. 

A lo lejos, Joaquín observa serio. Marcos se le acerca. Discuten. El agua está helada. Maka flota desnuda. En otro momento, en otra vida eso hubiera sido sexy. Sin embargo, solo puede ver a la distancia como su realidad se rompe a pedazos y lo peor: no entiende de qué se trata. ¿Todo por un beso? Piensa hasta dónde puede llegar la inseguridad de su esposo. Jamás la había celado, y ahora discuten por un insulso beso. 

Llega la noche y cenan en silencio. Los tres. Maka, juguetea con la comida mientras ensaya un discurso, en silencio, para abordar a su esposo. Necesita entender esos celos, el malentendido. Sin embargo, él sale a caminar. Joaquín cree que el aire del mar y la arena bajo sus pies pueden poner en orden sus pensamientos. Camina durante un largo rato y vuelve justo cuando empieza a llover. Necesita poner las cosas en su lugar.

Ella trata de esperarlo despierta, pero el sueño la vence. Abre los ojos y es de madrugada; está sola. Afuera llueve copiosamente. Siente la preocupación en su pecho: ¿Y si le pasó algo?, piensa. Tal vez se quedó en el living, descansando en el sofá porque no quiere compartir el lecho con una esposa traidora. Lo busca, mientras observa las cortinas de la casa que flotan. Afuera el cielo se enciende de tanto en tanto por los relámpagos. Cierra las ventanas y llega hasta el comedor. Desértico. Va hasta el living y está igual. ¿Dónde estaría Joaquín? Maka se desespera. Siente culpa, aunque no puede definir el porqué. Tal vez Joaquín adivinó su secreto, aunque ¿Cuál sería el suyo? Tal vez que no la ama, quizás que es muy celoso. Quizás tiene una amante.

Marcos está despierto, sentado en la cama. No puede dormir luego de la discusión que tuvo con Joaquín. No se vio venir el planteo que él le había hecho por la tarde. “Todo por un beso”, piensa. Quiere llorar. Se arrepiente de haber ido, de querer a su amigo como lo quiere. De sentir que con ellos dos tenía una familia. Las horas pasan, la tormenta se hace intensa. “Por la mañana me voy”, se dice. Pero alguien golpea a la puerta y él se levanta para abrir. 

Maka camina por la casa, como un fantasma. El silencio la acompaña y los truenos que son cada vez más intensos. Va hasta la habitación de Marcos. Necesita hablar con él. Preguntarle. Quizás Joaquín observó algo, en ese beso. O tal vez Marcos conozca el oscuro secreto de su amigo. Piensa de nuevo en el beso: “Yo no sentí nada”. Él puede…lo conoce desde siempre. Incluso desde antes de ella. Sí, él podría poner un manto de serenidad entre ambos y hacer que las cosas funcionen. Maka golpea y abre la puerta. 

Un rayo cae cerca y el ruido es ensordecedor. La luz se corta, pero aun así Maka puede ver y se queda estupefacta, parada en la puerta de la habitación de Marcos. Allí está Joaquín con él. Maka entiende de inmediato su oscuro secreto, el de ambos. Joaquín quiere explicar pero ella no necesita explicaciones, ya vio suficiente. Sale corriendo, se sube al auto y maneja sin parar. 


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¿Vamos ma?

Maka observa a su hija. Es una hermosa mujer que pronto la hará abuela. Treintaicinco años pasaron de aquella noche, de aquella enorme decepción. Siempre sintió que si él hubiera ido con la verdad quizás las cosas habrían sido tan diferentes. Sin embargo, la vida es eso, se repite Maka. Tres décadas habían pasado ya del descubrimiento más bizarro acerca de la vida amorosa de su esposo. No supo más nada de él. Aunque aquella noche triste, se llevó algo más que amargura. Un vientre lleno de amor. Una aventura diferente, nueva, a estrenar. 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2018

domingo, 4 de marzo de 2018

Las Godivas








Va a ser divertido Enriqueta.
No sé, Clotilde. Vos y tus ideas estrafalarias no tienen fin. Me vas a decir que…
Sí, lo sé. Pero tampoco se suponía que la vida iba a ser así.

Ambas hermanas se observaron. Los ojos opacos por las cataratas, las manos arrugadas apretando el bastón. La novela de la tarde en la tele del salón principal de la casa de retiro. Era demasiado aburrimiento aun para dos ancianas. Mellizas de 83 años. Justo el fin de semana llegarían a sus 84 primaveras. Heladas primaveras para dos mujeres que supieron bailar al son de la vida.

La idea apareció en el mismo momento en que se festejaban los carnavales. Quizás en medio de un desvarío triste por recuerdos del pasado. Quizás solo porque sí. Tal vez no había un motivo claro. Pero definitivamente ese era el mejor momento. Enriqueta lo había masticado como se mastican las cosas con las encías enrojecidas por la falta de dientes. Y lo había analizado como puede hacerlo una mujer al borde de la demencia senil o del olvido cotidiano por la arteriosclerosis que tapaba sus arterias cerebrales.

Nada podía salir mal, según su punto de vista. Pero convencer a Enriqueta, Quety, como ella le decía, era algo muy diferente. Quety era 2 minutos y medio más grande y eso siempre se lo había hecho notar a Clotilde. No se dejaba mandonear así como así y la pobre hermana menor, debía disfrazar sus intenciones, colorearlas con acuarelas, ponerle guirnaldas para embellecerlas y de esa forma, quizás, la Quety accedía a sus ideas. Muchas de ellas eran locuras. Pero ¿quién se iba a fijar en dos ancianas artrósicas?

Esa tarde Clotilde no dijo nada más. Pero por la noche, antes de que los empleados de la casa de retiro apagaran las luces, ella abordó el tema nuevamente. Sería una forma de ser libres una última vez. “Como en los sesentas, con esa cosa de la liberación femenina y el amor libre. Te acordás Quety? Fue cuando…”

Enriqueta asintió con su rostro entre sonriente y triste. En una de esas manifestaciones de amor y paz, había conocido a su marido. El gran amor de su vida. Cuarenta años juntos. Sin hijos, solo ellos dos. La vida no quiso que sus embarazos llegaran a término y luego de un tiempo y de mucha pena, dejaron de intentar. Ella quiso seguirlo luego de que falleció súbitamente. No lo hizo porque habría dejado a su hermana sola. No podía dejarla. Y como entonces, no pudo negarse a esta aventura que ambas vivirían.

Clotilde se durmió feliz. Los detalles no importaban. Podía conseguir el caballo a través de la profesora de equinoterapia. Eso no sería un problema. Además las hermanas habían montado desde siempre, en el campo de la familia. Solo había que recordar cómo hacerlo.Y el permiso para salir estaba garantizado: todos saldrían a festejar el carnaval. Sí, era pan comido.

Llegó el cumpleaños y soplaron las velas. Ambas sonrieron, cómplices, imaginando las reacciones de sus compañeros al verlas. Se sintieron niñas. Como cuando de pequeñas hacían travesuras cambiando sus identidades. Eran tan parecidas, que quienes no sabían que eran dos, caían fácilmente en sus elucubraciones.
Clotilde sintió esa nostalgia por los años felices y deseó ser joven otra vez. Sabía que ese deseo jamás se cumpliría, pero quizás la juventud no era cuestión de años y con ese pensamiento se preparó para el día siguiente.

El carnaval llegó. Los ancianos, organizados en grupos por los profesores de música y educación física salieron de la casa de retiro. Nadie preguntó por las dos ancianas; ellas de antemano habían dejado claro que no querían formar parte de aquel festejo. “Nos quedamos viendo la novela”, fue lo que Clotilde dijo convincentemente. Y le creyeron. ¿Quién dudaría de un par de abuelas de 84?

Los ancianos caminaron unas pocas cuadras y llegaron a la calle principal, donde las comparsas pasaban una tras otra, estridentes, luminosas, deslumbrando a todos con la belleza exótica de las jóvenes emplumadas.
Estaban entretenidos, caminando con sus bastones, algunos con andadores, moviendo lo que podían mover al son de la música brasilera, cuando ellas hicieron su entrada triunfal.

El primero en reconocerlas fue Tito, un anciano de 95 años que al ver a las mujeres desnudas sobre sendos caballos cayó infartado en el medio de la calle. Bueno…la gente no sabía si se había infartado o no, solo vieron que se agarraba el pecho y sus ojos se abrían demasiado.

Los profesores corrieron tratando de auxiliar al hombre mientras que Clotilde y Enriqueta, con sus senos arrugados al aire, caminaron directo a la avenida por donde circulaba una comparsa que imitaba a MaríMarí.

Las mujeres, sin percatarse del revuelo, se incorporaron a la caravana, con tanta mala suerte que uno de los caballos se asustó y salió disparando. Cabalgó entre las personas, que se corrían y gritaban, sin parar ante nada. En el lomo del caballo desbocado, Clotilde se agarraba como podía. Gritando. Intentando frenar al animal sin lograrlo. Enriqueta, asustada se bajó exponiendo su humanidad y gritando por su hermana, que rápidamente fue perdida de vista entre la muchedumbre.

Los profesores aparecieron de la nada con una frazada y taparon la expuesta mujer mientras que una atlética joven policía montada en moto, salió detrás de Clotilde.
Esa noche, el geriátrico fue testigo del cotorreo y excitación de sus habitantes. Tito quedó internado; una de las hermanas quedó en observación por un traumatismo de hombro al querer arrojarse del caballo y aterrizar en una de las carrozas, y la otra hermana con un enfriamiento y probable neumonía por haber tomado frío durante toda la bataola. 

―Te dije que iba a ser desastroso, Clotilde.
Enriqueta quiso hacerse la enojada, con poco éxito. Sintió que debía amonestar a su hermana menor, como antaño.
―Me vas a decir que no te divertistele respondió la hermana riendo, con el cabestrillo en el brazo.
―Pobre Tito, se infartó. Está en terapia intensiva
No te preocupe por Tito, Enriqueta. Si se muere va a ser feliz, luego de haberte visto desnuda es lo mejor que le pudo pasar.

Ambas hermanas rieron alto y Cloti sintió que su deseo de cumpleaños se había hecho realidad: por un momento fue joven. Nada salió bien, pero así había sido siempre y ver a su hermana sonreír… ese era el premio mayor.

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

lunes, 19 de febrero de 2018

Nicanor, despertar y ocaso de una pasión




Dicen que para conseguir algo hay que desearlo fervientemente, desde las entrañas. Eso dicen. O mejor dicho, eso le había dicho su madre y Nicanor era un devoto admirador de las frases de su madre. Y más admirador de Anastasia.

Cuando la madre de Nicanor murió, él tendría unos 17 años. Grande para ser huérfano, chico para quedarse solo en el mundo, él sentía que no estaba solo. Estaba Anastasia, su vecina del departamento de enfrente. Sí, Nicanor la quería. La necesitaba de una forma particular, extrema para algunos, oscura para la opinión de su madre muerta, desesperada para su tormento personal.

Anastasia era una hermosa joven de unos veintitantos, estudiante de odontología, esbelta, rubia casi platinada y portadora de unos ojos cristalinos como el agua de la canilla del baño de Nicanor. El mismo baño donde el muchacho pasaba un largo rato pensando en su vecina. Un pensamiento de éxtasis que le brindaba cada mañana y cada noche mientras la recordaba salir del departamento con sus jeans ajustados y sus apuntes en la mano. ¿Y cómo sabía eso, Nicanor? Simple, la espiaba cada día por la mirilla de su puerta.

Tenía cronometrado el horario de salida y el de vuelta.

Jamás se atrevió a salir y saludarla. O incluso, si la encontraba de casualidad en el ascensor, se ocultaba detrás de su jopo oscuro o debajo de la capucha de su buzo azul. Ella nunca lo había registrado. Incluso podría haberlo confundido con un bulto, con una cosa ahí estacionada en el ascensor.

Para Nicanor eso era lo mejor, al menos por el momento. No sabría qué decirle si ella le hablaba. No tenía tema de conversación. “Sos muy estúpido para ser adolescente, hijo”, era una de las tantas frases de aliento que su madre le había legado. Y ahora que ella se había ido, quizás al infierno, Nicanor estaba sin guía, sin una conducción que le dijera qué hacer o cómo. Y para colmo de males, sacando lo momentos autoexpresivos del baño, jamás había logrado entrar en algún lugar anatómico femenino. Pero eso no le molestaba. Aún.

Una mañana de enero, más precisamente el 17 de enero, Anastasia y Nicanor coincidieron en el ascensor. Ella entró corriendo en la planta baja, llorando desconsoladamente. Nicanor, sorprendido, se arrinconó sin saber qué hacer. Pero ella, que esta vez sí lo había visto, se dio vuelta y le habló. Lo miró directo a los ojos, mientras que de los suyos brotaban ríos de lágrimas y haciendo un sexy puchero preguntó:

Honestamente ¿te parezco una trola?

Nicanor que no estaba familiarizado con el término, balbuceó unos monosílabos que a ella le sonaron a un “no” y le sacaron una sonrisa.

Se miraron brevemente, y a ella le pareció que el chico-bulto era algo así como tierno. Apetitoso. Se acercó a él, mientras que Nicanor sintió que su corazón le explotaba, además de otras partes de su anatomía y se quedó quieto. En suspenso. Mientras aguardaba, pudo sentir el aroma de Anastasia. Era una mezcla de perfume semibarato y hormonas adolescentes. Dulce, húmedo. Y mientras él pensaba qué hacer o como se satisfacería luego en el baño, ella lo besó. El adolescente cerró los ojos casi como en un reflejo mientras que la lengua de Anastasia recorría su boca. Nicanor explotó de sensaciones. Ella se acercó más a él y Nicanor pudo sentir el cuerpo esbelto de su vecina. Sintió sus pechos. Su pelvis por allá abajo. Pero no reaccionó ni un poquito. Ella finalizó el beso en el segundo justo en que llegaron al piso que les correspondía. Se apartó rápidamente de él, le guiñó el ojo y se fue moviendo las caderas.

Esa noche, Nicanor entendió que la autoexploración era nada comparado con la posibilidad. Sí, la posibilidad de poseer a Anastasia. De hacerla suya anatómicamente hablando. Y se durmió pensando en eso.

Al día siguiente, Nicanor se preparó para abordar a su vecina. Preparó unas líneas para decirle algo. Se perfumó y salió al pasillo. A esperarla. Y ella salió, de la mano de un pibe y no registró al chico-bulto. Ni un poco.

Nicanor enojado entró a su departamento y cerró la puerta de un golpe. “Estúpido.”, dijo. Solo eso. Pensó en su madre, en la razón que ella tenía. En que al final, era un pobre pibe, solitario y antisocial. “Esto se termina hoy”, gritó al aire. Y en ese momento lo decidió.

Las horas pasaron, lentas. Agónicas. Su mente no paraba de pensar. “Es una trola”, se dijo ahora que entendía el término. “Lo es. Lo va a pagar”, se repitió. A eso de las once escuchó la puerta del departamento de Anastasia. Espió por la mirilla de su puerta y vio que ella llegaba sola. Ese era el momento, el suyo. Salió y se paró frente a la puerta de su vecina. Su corazón explotaba de anticipación y enojo. No podía quitarse de la mente aquel beso. La forma en que ella lo había avanzado, sin pedir permiso y luego... luego ese trato. Ese desprecio.

Tocó la puerta y ella salió. Estaba con una remera suelta y calzones. No era posible tanta desfachatez.

Vení. Pasá. Perdón por lo de esta mañana. Mi novio es muy celoso.

Ella sonrió mientras cerraba la puerta del departamento y ponía traba.

Imagino que sus celos tienen fundamento.continuó jugueteando con el pelo.

Sin darle oportunidad, tomo a Nicanor de la mano y lo llevó a su cuarto. Lo desvistió y lo hizo suyo. Nicanor estaba atónito. Si eso era el sexo sintió que se había perdido lo más espectacular del mundo. Lo hicieron varias veces, sin descanso. Ella era inagotable y Nicanor, bueno, estaba experimentando lo que había imaginado durante toda su adolescencia.

Tenés que irte porque va a llegar mi novio ¿viste?

Anastasia agarró la ropa de Nicanor, se la dio hecha un bollo y prácticamente lo sacó a empujones del departamento. El muchacho no entendió mucho de qué se trataba, pero esa noche durmió como un bebé. O al menos hasta la madrugada en la que sintió que golpeaban a la puerta.

Se levantó medio dormido y abrió. Era Anastasia, en camisón que venía por su cuota. Nicanor rebosante de felicidad se apropió esta vez del cuerpo ella, una vez y otras tantas. Era la felicidad absoluta. Sin palabras, sin discusiones. Un par de horas después, Anastasia se fue a su departamento y Nicanor continuó con su sueño reparador.

Por la mañana, Nicanor despertó como jamás lo había hecho. Cansado pero feliz. Sin embargo escuchó ruido en la cocina y se asustó. ¿Quién estaría ahí? Recordó a su madre, el sonido de las tazas, la pava en el fuego. Era igual. Se estremeció de solo recordarla y se preguntó qué pensaría ella de la aventura con su vecina. Seguramente lo sancionaría. Pero…ella estaba bien muerta y por única vez, Nicanor se alegó de ese hecho. Como el ruido no cesara, el muchacho fue hasta la cocina, sigiloso y  ahí estaba Anastasia preparando el desayuno.

Nicanor sintió que todo era extraño, pero extrañaba que lo cuidase alguien por lo que aceptó ese regalo de su vecina. En silencio tomaron el café con tostadas y casi sin que Nicanor pudiera hacer la digestión, ella se llevó al muchacho a la cama. Nuevamente hubo varias horas de extenuante actividad física que dejaron a Nicanor cansado y sudoroso. Agotado, cerró los ojos para dormitar y tal vez logró dormir unas horas. Despertó de pronto con Anastasia montándolo insistentemente y así nuevamente un par de horas más de sexo y una corta siesta para recomenzar.

Anastasia no emitía palabras. Era casi como un robot, una autómata movilizada por el deseo y la pasión por el escuálido Nicanor. Ella tenía una oscuridad que antes no poseía y dominaba a Nicanor con su cuerpo. De esa forma, el muchachito-bulto era dócil como un cachorro.

Sin embargo, Nicanor comenzó a sentir que su energía se agotaba y que Anastasia prácticamente no lo dejaba reponerse. Ella estaba radiante, cada día más hermosa y Nicanor se trasformaba en un esperpento adelgazado y pálido. Grisáceo casi. Sin contar que no podía disponer de su tiempo, de su cuerpo o de si vida como antes. Pero ¿qué beneficio le traía su vida de antes? Entonces se relajaba y bueno…ya se sabe cómo sigue el dicho.

Las semanas pasaron y la esclavitud se hizo notar en la mente del agotado Nicanor. Él era un fantasma de lo que había sido. Un zombi que vivía para dormir y satisfacer a la mujer-come hombres que habitaba su departamento. ¿Y el novio que había visto antes? Tal vez estaba pudriéndose, deshidratado y consumido. Como quedaría él si esto no paraba. Fue asi que una noche en la que Anastasia descansaba unos minutos, Nicanor decidió que ya era suficiente. Se levantó con cuidado para que ella no despertase y fue hasta la cocina. Necesitaba sacarla de su departamento, de su vida y de sus genitales. Dudó porque a fin de cuentas gracias a ella él había conocido un excitante mundo nuevo, pero no podía seguir así. Moriría pronto si esto no paraba.

Temeroso del futuro, agarró un cuchillo y fue hasta la habitación donde ella descansaba. Solo quería asustarla ¿o quizás no? Estaba confundido con sus sentimientos. Había algo turbio en el ambiente que dominaba todo. Quizás algo sobrenatural o solo el cansancio lo hacía ver todo distorsionado. Mientras deliberaba acerca del futuro inmediato la observó. Realmente era hermosa. Demasiado para ser una humana normal. Común y corriente. Vecina de Nicanor. Mientras agradecía en silencio por los servicios prestados, elevó el cuchillo como en las películas de terror y en el segundo en que atravesaría el corazón de su amante ella abrió sus enormes ojos y frenó el cuchillo en seco. Se miraron por un breve instante. Los ojos de ella eran gélidos, vacíos de vida y de pasión. Nicanor se aterrorizó aunque todo fue muy breve. Ella colocó la otra mano en el cuello de Nicanor y con violencia lo sofocó.

Nicanor cayó al suelo, como una bolsa de huesos, inerte. Anastasia apenas miró a su presa. Lo comería luego. Entonces dio media vuelta y siguió descansando plácidamente.


Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2018