domingo, 27 de abril de 2014

Exceso





Él la contempló en silencio. Era realmente hermosa, y aun estando tan cerca de ella, podía notar que ni siquiera tenía una arruga en ese rostro blanco y suave como el mármol.
Sus ojos estaban entreabiertos, como detenidos en actitud de eterno romanticismo que emulaba a las modelos de los años veinte. En ese estado, él podía apreciar la claridad y pureza de su iris. Sus pestañas estaban cargadas de rímel y en sus párpados se distinguía una discreta sombra de color rosado. Y aunque el maquillaje estaba corrido, no la afeaba en lo más mínimo. No. Era muy hermosa y muy coqueta. Eso fue lo que lo enamoró en primer lugar. Bueno, enamorarse era algo exagerado ya que uno no puede enamorarse de una imagen ¿O quizás sí?

Tal vez eso había sucedido. Tal vez se había enamorado de una imagen. Una perfecta imagen de muñeca Barbie aparecida de la nada, una tarde de lluvia, 6 meses atrás. Y él se había paralizado al verla. Aun recordaba esa tarde de septiembre. Recién había comenzado la primavera y las hormonas parecían inundar todo el aire, alborotando al mundo entero. Él trabajaba en una clínica. Era médico de urgencias y esa tarde, en el instante en que hablaba con la secretaria acerca de una historia clínica, ella apareció en el hall de la clínica, empapada y con su ropa pegada al cuerpo.

La volvió a mirar. Continuaba recostada frente a él, como tantas otras veces, con apenas centímetros de aire entre ambos. Miles de veces lo habían hecho, aunque muy a su pesar. Cuando estaba frente a ella no podía dejar de contemplarla, de ansiarla. En ese momento, su piel, blanca y pálida, lo invitaba a más, siempre a más y eso era muy peligroso. Se contuvo.
Recordó ese día. ¿Por qué no se dio media vuelta y se fue? El destino. El universo, lo cósmico y quien sabe qué más atentaron contra él. Ese día lluvioso de septiembre, ella se desmayó allí frente a sus ojos y él era médico antes que nada. Al verla caer inició una carrera apresurada y casi en el momento en que ella tocó el suelo, él estaba a su lado. La cargó en sus brazos como si prácticamente no pesara nada y la llevó a una camilla. En un cuarto, a solas, la observó como la observaba ahora, sin poder dejar de contemplarla. Como si estuviese hechizado por esa aparición ante su persona. Su cuerpo, esculturalmente perfecto, apenas se disimulaba con la ropa mojada. Era joven y se notaba; sus senos simulaban dos duraznos perfectos y firmes. Su cintura, minúscula por cierto, dejaba ver un pircing en su ombligo trasluciéndose a través de la remera mojada y tensa. Y sus caderas, cuna de su perdición futura…

La deseó en ese instante. La deseó sin saber quién era ni qué le sucedía. La deseó como lo hacía ahora en esa palidez, junto a él, en la cama en la que tantas otras veces habían estado. En la misma cama en la que se habían amado una y otra vez.

Luego de aquel primer encuentro pasaron varios días de ansiosa espera hasta que ella se apareció para agradecer su atención. Era hermosa ahora que podía verla con gestos, aunque la actitud de bella durmiente de la vez anterior lo había impactado sobremanera. Sin embargo, ahora podía ver sus dientes perfectos, sus sonrisa sincera. Le traía una caja de bombones, pero él se marchaba apresurado a una reunión.
—No importa…sólo quise agradecerte. Esto es para vos —le dijo extendiéndole el pequeño paquete.
—Gracias….
Él no supo que hacer. Una lucha se libró en su interior mientras Ella se marchaba, quizás para siempre, y él sentía que se desgarraba su interior partiéndolo en dos. A pesar de no conocerla. A pesar de que prácticamente ella era una anónima. Ese encuentro, breve por cierto, lo había modificado, lo había cambiado para siempre y no sabía si dejarse sucumbir o vivir por siempre en agonía. La miró mientras se marchaba. Miró su falda casi juvenil y esas hermosas piernas. La imaginó desnuda. Cerró sus ojos, contó hasta diez para calmarse y respiró lentamente. Ese no era el mejor momento en su vida. Quizás ninguno fuese el mejor. Pero ese no era “el” momento. Se relajó y abrió sus ojos, pero allí estaba ella, frente a él, casi tocándole el rostro con sus labios. Podía sentir su aliento entrándole por la nariz. Su aroma era dulce y perfecto. La deseó aún más que la primera vez y ella lo notó. Tomó su mano y lo llevó a su departamento. Esa tarde, él sucumbió a su sexo y la disfrutó de todas las formas imaginables. Cerró los ojos y pudo sentir su cuerpo caliente y sudoroso al ritmo del suyo. Una y otra y otra vez. Nunca había disfrutado de esa manera en su vida. Ella, que tenía la mitad de sus años, le enseñaba cosas nuevas. Ella era perfecta. Eran perfectos, juntos en la cama. Eran uno.

Pero ella sabía que ese amor era prohibido. Sabía que tarde o temprano se terminaría, él se lo había dicho más de una vez.
—Tenés que entender, esto se tiene que terminar…
—¿Por qué? No le voy a contar a nadie…te juro… ¡no me dejes por favor!
Y él se aferró a esa necesidad de ella y el tiempo pasó. Sin embargo, tampoco podía dejarla. No si era sólo por él.

Lo había intentado una vez, tiempo atrás. Eligió un lugar público, perfecto para plantarla sin escándalos y allí se encontraron. Todavía recordaba cómo iba vestida: unos jeans ajustados y una camiseta rosada. Eso sí, maquillada y perfumada como siempre, como le gustaba a él. Se sentó, lo miró y supo que él la iba a dejar. No medió ni una palabra entre los dos, sólo se miraron. Ella, con sus enormes ojos claros, escrutó cada rincón de su alma. Leyó su mente como puede leerse un libro abierto dejado sobre la mesa. Entonces, con solo una lágrima rodando por su mejilla, se levantó y se fue.

Él cerró sus ojos y contó hasta diez, aunque sabía que debería contar hasta mil para calmar sus impulsos. Pero en el número diez los abrió y allí continuaba ella. Recostada junto a él. Ajena a sus pensamientos, a sus recuerdos. Le acarició el rostro. Una de las tantas lágrimas que habían emanado de sus ojos, rodó por su mejilla y dejó una huella en el maquillaje. ¿Le pediría perdón? Ella lo merecía. Merecía su remordimiento y más. Pero era tarde. Ya no tenía sentido.

Aquella vez del bar, luego de contar hasta diez también abrió sus ojos y ella se había marchado. Y con seguridad lo habría hecho para siempre. ¿Por qué no la dejó partir? Ahora ya no tenía cabida esa pregunta. Luego de sentir la ausencia de ella, no la resistió. Se levantó y la fue a buscar. Y esa tarde la amó hasta entrada la noche. Entonces, se dio cuenta de algo: ella era su droga. Jamás la podría dejar. Y comenzó a temerle. A temer el significado de no poder dejarla. Tenía mucho que perder, él se lo había repetido hasta el hartazgo y ella lo sabía. Aunque ella no era el problema. El problema lo tenía él. Se había convertido en un adicto a su cuerpo y eso ya no tenía cura. Y su esposa….

Luego de esa tarde de lujuria desenfrenada, volvió a su casa. Su esposa lo esperaba como siempre con la cena preparada y el silencio entre sus labios. Lo había aprendido desde el primer minuto que estuvo con él. Eso era ser la esposa de un médico: callada resignación. Siempre estaría con algún paciente, siempre en algún congreso, siempre trabajando. Aunque sabía que eso no era así. Ella sentía el olor a la mentira, pero aun así callaba. Él la besó en la frente y corrió a ducharse. A quitarse el olor a ella, a su droga. Luego cenaron silenciosamente, con el peso de la mentira en el corazón. Más tarde, le hizo el amor, mecánicamente y sin pasión, como siempre, para acallar su conciencia. Pero secretamente comparándola con los encuentros con ella.

Esa noche ya no pudo dormir. Sólo pensaba en ella, en su cuerpo, en su sexo. En lo riesgoso de ambos, en la mentira a su esposa. Y desde esa noche, todas y cada una de las siguientes noches sería lo mismo: horas y horas de insomnio, de pensamientos y sentimientos encontrados. De remordimiento. Una batalla feroz se había desatado en su ser: una batalla entre el ser y el deber ser. Siempre había sido lo que los demás le habían dicho que debía ser: el ejemplo. El mejor doctor. El esposo ejemplar. Y había comenzado a fallar.

Sus días se repartían entre la clínica y ella. Aunque las horas con sus pacientes lo encontraban pensando en sus momentos con ella. Y entonces, un día sucedió lo inevitable. Lo que él sabía que iba a suceder. Un joven muchacho con el futuro por delante llegó a su consulta. Estaba agitado y él solo pensaba en ella, en sus muslos, en su cintura. El relato del joven se hacía lejano, como ecos sobre una nube. Sin embargo, de repente despertó al escuchar a una enfermera gritarle que el muchacho ya no respiraba.
—Doctor ¿qué hace? ¡Se muere!
Y se paralizó.

Salió corriendo de allí con una muerte a cuestas. Desesperado fue a refugiarse en su droga, en ella. Pero para su sorpresa la notó distante. El necesitaba su pasión y ella estaba fría. “Me está engañando”, pensó con horror. Sí. Seguramente era eso lo que ocurría. Tendría otro. Sería la única forma de escapar de esa relación tóxica que ya había sobrepasado su persona y la había contagiado.

En ese momento, recordó el dolor de creerse engañado. Aun teniéndola frente a él desnuda, sintió la pena de perderla. Quiso parar, los recuerdos lo atormentaban, le provocaban un inmenso dolor. Pero la miraba allí recostada y todo volvía a su conciencia una y otra vez.

Luego de aquel encuentro, nuevamente no pudo dormir. Tenía dos témpanos. Su droga que se había helado y su esposa que continuaba en su interminable distancia silenciosa. Y su carrera que se caía a pedazos. “¿Quién será ese que me la robó?”, pensó amargado. Imaginó como ese anónimo le hacía el amor a ella, su droga. Una y otra vez imágenes de ambos desnudos y gimiendo lo trastornaban. Entonces, viendo que no podría conciliar el sueño se levantó en silencio y se fue a buscarla a su departamento.

Ella abrió la puerta con los ojos aún dormidos y sin entender los planteos que le hacía esa persona que antes solía admirarla y amarla. Quiso cerrar la puerta, pero él, de un golpe, la abrió y luego de golpearla en el rostro, la llevó de los pelos a la cama. Allí la hizo suya a pesar de ella. A pesar de que sus gritos no eran de placer sino de dolor. Pero él no pararía. Ya no. La miró nuevamente y la vio en su desesperación de llantos y gritos y le tapó la boca. “Ya mi vida no llores, perdón”, le decía mientras le obstruía la boca y la nariz violentamente. En su deseo de calmarla solo lograba asfixiarla más y más. Y lentamente, la palidez se apoderó de ella y el movimiento la abandonó como lo hizo su espíritu.

La volvió a mirar luego de la tormenta que significó sus momentos juntos. Los ojos, que habían quedado entreabiertos, le recordarían eternamente lo vivido. La pasión, el desenfreno y el exceso de él por ella. Sin importar dónde, esos ojos muertos lo acompañarían de ahora en más.

Finalmente, el hechizo que lo ataba a ella se disolvió y él solo se levantó y salió para vivir su vida anterior. Ahora restaba esperar la llegada de su nueva droga. De otra ella. De seguro, luego de un período de tensa calma familiar, aparecería con naturalidad y espontáneamente, como esa vez. Como todas las veces anteriores.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

viernes, 11 de abril de 2014

Pecera


 
Hay días bellos en los que desde el minuto en que uno se levanta de la cama, todo sale a pedir de boca. Las luces de los semáforos están a tu favor, al sintonizar la radio aparece tu música favorita, la gente te sonríe por la calle. Hay días maravillosos que son así. Sin embargo, ese no fue uno de esos días.

Ya al levantarme y al poner los pies sobre la alfombra, noté que algo frío y húmedo trepó por mis pantorrillas haciendo que cada centímetro de mi piel se erizase. Eso no fue todo, cuando la sensación llegó a mi cabeza dormida, me hizo entender que aquello que congelaba mi sangre era agua. Agua por doquier, en pequeñas cantidades, pero uniformemente distribuida por todo mi departamento.  “¡Mis zapatos nuevos!”, fue lo primero que pensé y corrí al armario. Pero como dije, ese día sería desgraciado y en mi carrera desde la cama al placard, unos diez metros como máximo, mi pie enganchó con la ropa sucia y ahora mojada, que había amontonado para llevar a lavar. “¿Por qué no lo hice ayer?”, me fui preguntando a medida que mi cuerpo se desmoronaba en cámara lenta. Sabía que terminaría mal y así fue. Un tremendo golpe en mi cabeza me paralizó unos instantes en los que, afortunadamente, pude notar la fuente del mal. Un agujero en la pared que daba al baño y desde donde brotaba el agua a una velocidad considerable.

Luego de que el aturdimiento se fuese, me arrastré hasta la pared. Allí mismo agudicé mi visión y a la distancia, muy dentro del orificio y del concreto, divisé un brillo metálico: era el caño que perdía. En ese instante, se me vino a la memoria la lista de pendientes. Y por desgracia, ésta era una de las tantas cuestiones que había dejado para después. Como la ropa sucia que descansaba a centímetros de la pared en una bolsa pulcramente ordenada, y que había sido, en última instancia, la responsable de mi descubrimiento. Me incorporé. El agua seguía manando desde el orificio y ascendiendo centímetro tras centímetro. 
Ya había sobrepasado mis tobillos, y mis zapatos sin estrenar, sólo fueron una parte de las pérdidas.
Fui a la cocina mientras veía flotar la agenda y mi billetera, en forma libre y despreocupada. Ni atiné a tomarlas, las dejé pasar para que rebotasen por ahí.

Con paso presuroso llegué a la mesada y busqué en cada uno de los cajones. En el primero encontré solo desorden. Y a pesar de que revolví con insistencia no encontré las herramientas que tiempo atrás había guardado, aunque no recordaba dónde. Continué con el siguiente cajón, pero en el instante en que metí mi mano, un ardor se instaló haciéndome gritar del dolor. Saqué rápidamente la mano solo para ver cómo una cuchilla había hecho su trabajo en dos de mis dedos que ahora sangraban y manchaban lo cristalino del agua, con caprichosas gotas rojas. Se diluyeron mientras yo busqué un repasador y lo usé de venda. Apreté fuerte para que cortase la hemorragia, mientras veía las estrellas por el dolor. Respiré hondo y continué en mi búsqueda ya que el agua no se detenía. Fui al tercer cajón y con cuidado, aunque ansiosa, seguí revolviendo y cuando estaba por desistir, encontré un martillo y un destornillador. “Esto me tendrá que servir”, pensé y fui a la habitación. Me agaché y para alcanzar el orificio tuve que sumergirme en el agua helada. Mi cuerpo se estremeció y hasta intentó resistirse, pero comencé con la tarea de arreglar la pérdida. Con la mano sana, tomé el martillo y di un pequeño golpe a la zona del orificio que parecía una diminuta catarata. Un delicado golpe a una robusta pared blanca. Un suave golpe que provocó que un enorme trozo de pared se desprendiese y lo que en instantes previos había sido una simple gotera, ahora era un mar de agua brotando desquiciadamente. Y golpeaba mi rostro a pesar de colocar las manos.

Salí del foco del problema; el agua ya estaba a una altura considerable, tal vez 50 o 60 centímetros. Miré a mí alrededor y supe que debía pedir ayuda. Fui por el teléfono inalámbrico. Un recuerdo se cayó de mis neuronas asustadas: mi mamá. ¿Y si me pasaba algo? Sería terrible para ella. Ese pensamiento me angustió y por unos instantes se aflojaron mis piernas. “¡No!”, me dije. “Tenés que ser fuerte… ¡vas a salir de aquí!”. Continué. Afortunadamente, el teléfono estaba en la biblioteca, en uno de los estantes más altos. “Por suerte…”, suspiré mientras con dificultad me dirigí a la sala de estar. Allí más cosas pasaron flotando delante de mi mirada estupefacta: los peluches, una maceta, una camiseta. Miré hacia la ventana. El sol estaba allí desafiante, riéndose en mi cara. Burlándose de lo desgraciado de ese acontecimiento, de mí desgracia. Aparté esos pensamientos y continué en la búsqueda de la salvación. Allí estaba, al resguardo del agua. Extendí mi mano temblorosa por el frío y lo tomé. Marqué el número de emergencias pero en el instante en que intenté decir “Hola, ayúdenme” un trozo de pared cayó en el agua provocando un estruendo y asustándome. Y la desgracia, que estaba instalada ese día en mi departamento y me acompañaba con obstinación, se hizo notar otra vez: el único elemento que me conectaba con el exterior, la única fuente posible de auxilio, mi teléfono, cayó como en una caprichosa cámara lenta, sumergiéndose en el agua. Al caer en mi mar personal, un ruido sordo y una burbuja fueron las únicas señales de su existencia. Durante varios minutos lo observé en el fondo del agua. Parada, estaqueada en ese momento, en ese lugar que por desgracia diabólica se desmoronaba llevándome con esa correntada helada, quise llorar pero no pude. Solo me quedé allí, paralizada.

El agua continuó subiendo. Debía hacer algo. No podía dejar que el destino se apoderase de mi vida, de mi destino así nada más. Entonces, me dirigí a la puerta. Crucé la cocina y allí estaba con el agua a media altura. Tomé con determinación el picaporte pero ya sin sorprenderme, no abrió. Estaba cerrada con llave y quién sabe dónde habría quedado el llavero con el peluche que días atrás había comprado para que, en casos de emergencia, lo encontrase con rapidez. “En casos de emergencia”, me reí casi con sorna. Era mejor que llorar. Fui nuevamente a la ventana. Caminar entre tanta agua, que ya llegaba a mis muslos, era difícil y agotador, pero las ganas de salir de allí eran mucho más intensas. Me acerqué lo más que pude y miré con coraje a pesar de mi vértigo. Estar en el piso veinte no había sido mi elección, sólo había sido así. El precio era más que favorecedor y ahora entendía por qué. Otra vez mi cerebro funcionó. Rompería el vidrio. Usaría el maldito martillo destructor de paredes para algo productivo y así lograría la libertad. Pero debía ser cuidadosa. Estos departamentos nuevos no tenían balcón. Ni siquiera cortinas, aunque el vidrio espejado me daba intimidad y me resguardaba de cualquier mirada indiscreta. Aunque ahora eso era un inconveniente. Sin embargo, en ese segundo vi movimientos en el edificio de enfrente. Un muchacho salía al balcón con una taza de café. Y lo miré largamente porque era hermoso. No era la primera vez que lo observaba. Su cuerpo era más que perfecto. Su rostro, soñado. Por un segundo quise estar acunada en su humanidad que parecía diseñada por un artista; y cada día, al verlo, él alegraba mis mañanas solitarias. Me prometí que si salía de allí con vida, le diría lo mucho que lo deseaba. Sí, eso haría. Reaccioné. Tenía que aprovechar ese momento ya que él me vería.

El agua ya me llegaba al pecho. Con mucha dificultad fui a buscar el martillo y una sábana. Volví agotada. Él seguía allí por lo que me apuré. Me até un extremo de la sábana a la cintura y el otro a la mesa de roble. Recé para que no se moviese y fui con el martillo a la ventana. Tomé toda la fuerza de mi agotamiento, de mi frustración por lo que estaba viviendo, de la desgracia de ese día y con toda bronca impacté el vidrio.

Nada. Ni una muesca. “¡¡Maldito vidrio!!”, grité desaforada golpeándolo una y otra vez con frustración. Me desesperé porque, no sólo no tenía escapatoria sino que la mano estaba de un tono sospechoso y comencé a perder las fuerzas. El vidrio era prácticamente anti balas y yo ya no podía más. “Ese comité contra la inseguridad…viejas miedosas… ¡quien me va a robar en un piso veinte!”, exclamé sabiéndome presa de mi destino. Ya no había nada para hacer. Solo la oscuridad llegaría y me envolvería. No sentía mis pies por el frío y mis músculos estaban entumecidos. Lloré. Mis lágrimas se sumaron a la inmensidad de agua helada y desaparecieron como lo haría yo en breve. “No puedo terminar así…”, dije con pesar. Pero mi voz quedó tapada por un hermoso ruido. Un sonido que tantas otras veces me había molestado pero que ahora, en ese segundo, era una esperanza de luz, de salvación. Era el vecino de arriba que llegaba de su trabajo del turno noche y caminaba con su paso pesado y cansino de un lado a otro. “Es mi oportunidad”, me dije con un destello de felicidad. Yo flotaba. Restaban quince centímetros o tal vez menos para tocar el techo con mis manos. Necesitaba nadar hasta el otro extremo donde el ruido se encontraba, pero algo me trababa. La sábana. Con dificultad me desaté y esta vez la acción cumplió su cometido. ¿Sería ya el fin de mis desgracias? Así lo esperaba.  

Me dirigí con largas y cansadas brazadas hasta la fuente del sonido que provenía desde cerca de la cocina. A metros de mi impoluta ventana. El agua seguía subiendo y yo me sentí en una enorme pecera que en breve me dejaría sin oxígeno. Debía apresurarme. Llegué al techo, al rincón del ruido. “¡Auxilio!”, grité, pero mi garganta helada como el resto de mi cuerpo estaba adormecida y sólo se oyó un lánguido suspiro. Aclaré un poco mis cuerdas y lo intenté otra vez. El grito tuvo más potencia y el ruido del piso de arriba cesó. Al parecer me había escuchado. “Soy tu vecina…necesito ayuda acá abajo…me ahogo”, grite y el agua me tapó. Pero antes, segundos previos a estar completamente sumergida sentí la voz del hombre que gritaba “¡Ya voy a ayudarte! Aguantá querida!” y luego sus pasos que se dirigieron hacia la puerta. La felicidad me invadió. Solo tendría que aguantar unos segundos. Unos interminables segundos hasta que llegara y abriese la puerta. Tomé una bocanada del poco aire que quedaba entre el agua y el techo y me sumergí otra vez pero con la convicción de que saldría de allí con vida. Un papel pasó por delante de mis ojos mientras aguardaba lo que me parecía una eternidad. Era el presupuesto del gasista que me había dejado en la mesa. “Se debe cambiar urgentemente el caño de la habitación. Riesgo de ruptura e inundación”. Tarde…pensé. Escuché que alguien luchaba con la puerta dándole fuertes hachazos para derribarla. Si, ya llegaban a rescatarme. Lentamente, el agua comenzó a bajar, seguramente por la grieta que mi vecino había logrado hacer. Un ruido más. Un ruido que no era la madera rota. Tomé aire y miré. Otro ruido. Mis instintos dirigieron la mirada a la ventana. El enorme ventanal se había rajado por la presión. Miré mi cintura y recordé que ese día finalmente era desgraciado ¿por qué iba a cambiar ahora? “La sábana”, pensé. Pero ya era tarde. Ya había salido expulsada junto a la catarata helada, por la ventana de mi hermoso y moderno departamento. Lo último que se grabó en mi retina, la mirada de mi vecino, el horror pintado en su rostro al descubrir lo que había sucedido.




Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 1 de abril de 2014

Puntos de venta de Miscelaneas de la oscuridad el libro de relatos....

Atención lectores de aqui y de allá!!! Nuevos puntos de venta de Miscelaneas de la oscuridad, el libro con 13 de mis relatos!!!


En Capital Federal:
» Rincón del Anticuario (Junín 1270, Recoleta, CABA)
» Mendel (Paraguay 5163, Palermo, CABA)
» Crack-Up (Costa Rica 4767, Palermo, CABA)


En La Plata: 
» Librería Dardo Rocha (6 e/48 y 49)
» La Normal Libros (7 e/55 y 56)
» Rayuela Libros (44 e/ 6 y Plaza Italia)

Saludos!!!!


   

lunes, 31 de marzo de 2014

Un dia como hoy....

...hace 365 días nacía Miscelaneas de la oscuridad el blog de cuentos!!! Gracias a tod@s los que se toman un instante para leer mis relatos, ponerles un me gusta o dejar un comentario...es muy valioso para mi que recien comienzo en esto y que he encontrado en las palabras, las frases, el misterio, el terror y lo fantástico, una pasión descontrolada por algo que jamás creí capaz de llegar a lograr.

Gracias otra vez por estar ahí!
Miscelaneas (Soledad)



sábado, 29 de marzo de 2014

Relato innominado



Ella salió lentamente del río. El agua chorreaba por todo su cuerpo y a pesar de ello, no sentía el frio. Afuera, la escarcha había teñido cada rincón de la campiña de un blanco inmaculado, dándole al paisaje una belleza tétrica y sobrenatural. Y azul. Un contraste hermoso y jamás visto por sus ojos. Quizás por eso ella salía lentamente desde las profundidades del río. Quizás sólo quería admirar la belleza que la rodeaba, aunque en realidad, no estaba muy segura del motivo de su lánguida caminata.

Llevaba un hermoso y mojado vestido blanco que apenas se había manchado con lodo. En el ruedo, algunas caracolas se habían enlazado a la delicada tela de encaje italiano y colgaban como perlas marinas, como joyas acuáticas. Sus pies, que estaban blancos y descalzos, se movían con una lenta cadencia, sin apuros, sin objetivos. ¿Sabría a dónde ir? Al parecer, eso no era importante ahora. Las manos, arrugadas por el agua, llevaban unas flores perfectas y rojas. Rojas. El mismo color de la sangre que momentos antes derramó por la herida de su pecho. Una sangre que ahora era oscura y espesa, como los pensamientos que la habían asaltado instantes atrás, casi como por sorpresa.

Flashes de luz. El sol tibio en su piel. Un rostro lleno de amor la observaba con ojos grandes y sinceros. Estaba arrodillado. Un puente, el mismo puente. “Si…”, dijo ella sin titubear. No, nunca necesitó pensarlo.

Su rostro pálido mostraba unos bellos ojos azules. Su rímel, corrido por el agua aunque también por las lágrimas, le demarcaba sus órbitas realzando su antigua belleza; y aunque sus labios se encontraban de un lóbrego tono azulado, mostraban que otrora habían sido de un hermoso rojo carmesí. Y no mucho antes de su descanso perpetuo, habían dicho te amo a la única persona que ella se sintió capaz de amar.

Continuó caminando lenta pero firmemente, como si salir de allí fuese un designio inevitable y determinado por algo superior. ¿Tendría rencor? Esa era una pregunta que ahora no tenía respuesta. No sentía su corazón como para concebir alguna emoción nueva. Nada, vacío. Miró hacia atrás. El primer recuerdo que se cayó de su mente congelada fue una hermosa sensación. El aire en el rostro, mariposas en su estómago. Risas y más risas. “¡Más alto Lina, mas alto!” dos columpios, dos amigas unidas por el alma. Sintió una pena enorme, un vacío. Toda una vida juntas. Cerró sus ojos inertes. Se condenó por la dureza de sus memorias. Lo intentó una vez más y volvió el tiempo atrás, aunque no tanto. Hacia su pasado más reciente y el que alguna vez había sido su futuro. Y allí estaba él. El amor de su vida esperándola en el altar y ella, una hermosa y tensa novia.

Luz, mariposas, una brisa fresca de primavera. Su vestido era largo y blanco. Sus manos, entrelazadas, llevaban un buqué de rosas rojas y sus ojos claros apenas se veían a través de un velo de encaje bordado a mano. Sus zapatos, delicados como los de una princesa, la hacían caminar por un mundo perfecto.  Su mundo perfecto. Se casarían en un bello puente, adornado con flores blancas y moños delicados. En el mismo puente sobre el río, que era el lugar donde meses antes se habían conocido y el lugar donde él, su amor, le había propuesto matrimonio. Su felicidad había comenzado allí y, al parecer, también había sido el inicio de su fin…todo en ese mismo lugar.

Continuó con su lenta y forzosa cadencia. Un peso enorme, casi como una ancla enrollada en sus piernas, la hacía retroceder de a ratos provocándole esfuerzos sobrehumanos para continuar. ¿Qué había sucedido, si todo marchaba bien? Fuerza, pesar. Su lánguida caminata se hacía eterna y torturante. Se esforzó por recordar. La gente, su gente, allí en el puente de su destino, observándola. Eran pocos pero creyó que serían sus significativos, aquellos que la querían bien. Esas personas esperaban su pase triunfal a través de la alfombra blanca llena de pétalos de flores. Entonces el instante llegó. Las madrinas pasaron una a una, caminando. Su amiga. La única persona en la que realmente confiaba, su vida había estado más de una vez en manos de esa personita, y jamás se había equivocado. Ella caminó también hacia el altar, aunque con cierta duda. Lina era hermosa, tanto como la novia en ese momento. Ambas se miraron como cuando eran pequeñas. Una mirada cómplice cargada de mucho, de historia, de anhelos y esperanzas compartidas. Y allí lo vio. Un segundo furtivo. Imperceptible. Equivocado. Algo en los ojos de Lina le hizo pensar: ¿debería continuar con su caminata? ¿Debería casarse? ¿Era acaso el hombre correcto? Ella creía que sí. No, estaba convencida de que sí. Pero ¿y esa mirada? ¿Significaría algo? Todo había sido muy rápido. Antes de Max, sólo eran ellas dos y luego… bueno, luego de él Lina se había sentido intimidada. “Supe que así te sentías…pero yo nada podía hacer”, recordó como en un flah.

Miró hacia adelante. Solo había oscuridad y un abismo como un torbellino gigante. “¿Esto es el cielo?”, se preguntó apenada. Tal vez su vida había sido la de una pecadora. Tuvo miedo de lo que podría pasar de ahora en más. Miró su vestido. “Lo elegimos juntas. Me mirabas y no lo podías creer”. ¿Quién es ese caballero misterioso con el que te casarás, mi amiga?, había preguntado Lina. “Ya lo conocerás en la boda”, le replicó y un eco volvió a sus oídos ahora muertos y vacíos.

Sus pies continuaron pisando el suelo escarchado. Crujiente con cada paso como cuando era pequeña. Recordó a sus padres. ¿Llorarían ahora que no sería más? Tal vez sí. Tal vez esto era justicia poética por desobedecer el mandato familiar. Ella debía casarse con alguien designado por su padre. Con alguien de su rango y con la capacidad de enriquecer aún más a su familia. Y ella lo había plantado. “Tal vez, al verme vestida de novia, mi madre reconsidere…quizás entienda que lo más importante es mi felicidad… ¿no?”, le había dicho a su amiga. Sin embargo, Lina con apenas una mueca, le había demostrado la duda al respecto. ¿Por qué todos dudaban? Porque nadie la apoyaba, como ella tantas otras veces había hecho. Ahora, que se encontraba en otro lugar, en esa oscuridad que comenzaría a devorarla sin piedad, se daba cuenta de cuan en vano había sido su existencia. Había dado tanto y recibía tan poco.  

Miró el abismo oscuro frente de sí y pensó: “quizás deba saber cómo morí para ir a un lugar mejor”. Pero, ¿y si jamás lograba recordar? ¿Y si había cometido la palabra con S? Por desgracia si esa había sido su elección, estaría una eternidad en el limbo y jamás podría ser feliz. Aunque sin Max, la realidad era que no deseaba ninguna felicidad.

Agachó su cabeza mojada. El cabello negro chorreaba agua empantanada; mientras, caía casi con cierto capricho, sobre sus hombros. Pensó en él. No. Jamás se habría quitado la vida. Su último recuerdo era el paso lento hacía el altar donde Max se encontraba. Y él estaba allí. Lo recordaba. Junto a su mejor amiga que la miraba con ojos extraños. Miró su herida. El vestido estaba desgarrado allí, en el pecho, y tenía sangre oscura en los extremos de la tela. La habían apuñalado, eso era seguro y lo entendió. Pero ¿Quién?

Continuó caminando mientras observaba ese tremendo tajo. Y algo, un destello metálico la llevó al altar nuevamente. Entonces,  la oscuridad emitió un rayo de luz que se posó en su frente blanca y mojada, y sus pensamientos se aclararon.
“Queridos amigos…”, comenzó el padre con su discurso. Ella estaba perdida en los ojos de Max. Él, embelesado, le devolvió la mirada. Sí, era amor. El tiempo se enlenteció y dejó de ser. “Quien no esté de acuerdo con esta unión que hable ahora…”, escuchó como en una nube y un brillo metálico apareció detrás de ella. Entonces, una voz angustiada gritó “¡No te la vas a llevar!”. Un grito que estaba cargado de odio, de angustia acumulada y una mano armada con un cuchillo se dirigía a él, a su amor. Un segundo, breve, intenso, interminable. Ella se dio vuelta y vio con horror a su mejor amiga, con ojos inyectados de ira, con un mental determinante en sus manos y un objetivo: eliminar el obstáculo que se interpondría entre ambas. Pero esta vez el obstáculo fue ella y el cuchillo se incrustó en su corazón. Cayó de inmediato al suelo. Max lloraba mares y Lina…Lina se cortó la garganta.

“No llores, yo te espero del otro lado…se feliz mientras tanto”, le dijo a Max acariciando su rostro con el último latido de su corazón. A Lina, las sombras la invadieron. Esas mismas que ahora se abrían ante ella. Pero, ¿por qué seguían allí?

Entonces, de ese abismo interminable y negro que giraba casi como un portal, brotaron unos ojos conocidos. Unos bellos ojos, arrepentidos aunque condenados por toda la eternidad. Su Lina, su eterna amiga, su única persona, giraba perpetuamente en ese limbo. Ella se estremeció. Entendió que a pesar de estar así, en otro lado, sin su corazón batiente, su alma estaba intacta y apesadumbrada. Extrañaba a Max, lo extrañaba horrores, pero su alma sufría por Lina. Cerró sus ojos y la recordó feliz. La pensó feliz como cuando eran niñas, divirtiéndose, riendo a carcajadas. Y ese pensamiento fue el que eligió para recordarla y brindarle su perdón.

Y una luz maravillosa envolvió a la novia innominada y se la llevó.



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014




viernes, 21 de marzo de 2014

Esos malditos gladiolos rojos



 
Por décima vez en esa mañana, ella acomodó las sábanas estirándolas con energía femenina, sin dejar siquiera una arruga visible. Cada día era igual, tanto hoy como ayer y el día anterior, esa tarea no la despegaba de su habitación a pesar de que para el ojo de cualquiera, se encontraba prolijamente estirada. Aunque no para el suyo. Pasó de nuevo su mano por toda la superficie en busca de imperfecciones que ameritasen estirar aún más. Por fortuna, ya no era necesario. Entonces, hizo lo mismo con el acolchado de invierno. Finalmente, colocó los tres almohadones de forma estratégica, simulando haber sido arrojados al azar, miró su cama una última vez, estiró un poquito más la única arruga perceptible por su ojo y se fue al baño. Caminó con sus pies descalzos por el piso de mármol y el frío recorrió su cuerpo como un rayo de electricidad de alto voltaje. Esa sensación, aunque desagradable y violenta, la ayudaba a despertarse y no solo del sueño nocturno. 
Aún descalza, se lavó sus dientes. Cincuenta y seis cepilladas luego, se enjuagó la boca, se peinó y fue a la cocina. Tomó sus píldoras matinales con un enorme vaso de agua cristalina extraída de su dispenser, mientras que, como cada mañana, observaba atentamente por la ventana. Allí mismo, su medianera (baja por cierto) daba a la de sus vecinos, una pareja de ancianos.
Y allí estaban, desafiantes como cada mañana en los últimos seis meses: “¡Que hermosos gladiolos rojos!”, pensó con cierta envidia. “¿Cómo harán para que estén tan hermosos?”, y se prometió preguntarle esa tarde al dueño del vivero de la esquina si había algún producto nuevo para que sus flores estuviesen más radiantes.

Se preparó unos mates y luego de acompañarlos con una tostada y mermelada, fue a su jardín. Aunque, antes como un tic o mal hábito, miró la hora en su reloj de pared. Entonces, recordó que eso no era necesario. Ya no más. No desde que su doctor le dio esa licencia posterior al incidente. Y las píldoras, por supuesto. Bajó la mirada y salió de la cocina. En su jardín arregló sus pensamientos y las plantas. Removió la tierra de las hortensias que durante casi todo el año daban unas hermosas flores violáceas, las rosas amarillas que con tanto empeño cuidaba. Y sus gladiolos rojos, ya marchitos por la época invernal. En temporada eran hermosos, aunque no ahora, no como los de su vecina. Y miró otra vez por encima de la medianera y allí los divisaba. Una espiga de flores rojas desafiantes a toda naturaleza. A la mano del hombre. A sus manos dedicadas a la jardinería casi como una obligación. “A él le encantaban…si tan solo pudieras ver cómo siguen imperturbables, a pesar del tiempo…”, pensó con cierta tristeza. Pero los siguió admirando. Llevaban meses y meses imperturbables. Ese rojo era disparatado. Se veía tan vivaz que parecía un reproche a sus plantas. Un insulto a su esfuerzo. Apartó la mirada y continuó revolviendo la tierra con su asada primero y la palita después. Con energía, casi con cierta bronca.  

Una vez finalizada su tarea matinal y luego de lavarse las manos seis veces, salió a hacer sus mandados. Era una excusa ya que nada le faltaba. Pero de ida al almacén, el recorrido la obligaba a pasar por el vivero de don Ismael. Si, a él le preguntaría.
—Mariana… ¿cómo estás hoy?
—Bien, bien. —respondió ella con cierta ausencia.
—¿Vas a llevar algo querida?
—Bueno…ese helecho, tal vez…
—Ajá. ¿Algo más? ¿Tenés abono para tus plantitas?
—Eh…sí. ¿Hay algún producto nuevo de esos que hacen que las flores se vean exuberantes?
—¿Exuberantes? —Ismael se quedó pensando. Conocía a Mariana desde pequeña. Sabía todo lo que había padecido, el incidente como todos lo llamaban, y no quería contradecirla. Por lo que eligió muy bien sus palabras mientras miraba las bolsas de tierra abonada. Nada que ella no tuviese ya.
—Si…exuberantes, exultantes, rojo vivo, imperturbables por mucho, mucho tiempo…
—Mirá…hay un producto nuevo
—Lo sabía, se lo vendiste a los Golbert, ¿no?
—No, no.
—¿No?

Ambos se miraron en silencio, por un instante. Distintas cosas pasaban por sus mentes. En uno, el deseo de terminar con semejante conversación, incómoda, por cierto. Mientras que en la de ella, la pregunta, entre píldoras durmientes y extrañas sensaciones, era: “¿qué bendita cosa le pusieron a la tierra para que esos gladiolos estén así de rojos?”. El rostro de Mariana expresaba una muda interrogación que Ismael no supo o no quiso interpretar.
—Ese producto que te cuento, aun no llega al país. La semana entrante si querés darte una vuelta…
—Y ¿cómo se llama ese producto?
Ismael ya no sabía qué más inventar. Pero una vez en ese meollo, debía seguir. Ya le prepararía unas gotitas de algo con aroma extraño para que ella probase en sus plantas. No se daría cuenta y quedaría contenta. Pero ¿cómo se llamaría semejante producto?
—Ahora no tengo muy presente el nombre… —e Ismael notó la cara de desconfianza de Mariana —pero el proveedor viene mañana y si querés ya te lo encargo y de paso te doy el nombre ¿te parece?
Y Mariana se fue un poco más convencida. Entró a su casa y allí estaban esos gladiolos rojos. Los odió en ese instante. El día pasó y por la noche luego de una cena en solitario, Mariana se dispuso a leer recostada en su cama. Tras cincuenta y seis cepilladas a sus dientes, se enjuagó la boca y se recostó sin desarmar la otra mitad de su cama vacía y fría.

Ya eran pasadas las once de la noche cuando en su lectura somnolienta Mariana sintió un ruido proveniente de afuera. Más concretamente del lado de su vecino, el de los gladiolos rojos. Su respiración se aceleró apenas, pero la puso en alerta. Se enderezó en la cama y trató de agudizar su oído. Nada. Sólo se escuchaba el chirrido de los grillos allá afuera. Se convenció de que nada había pasado y cerró su libro. Apagó la luz y se dispuso a dormir.
Unas cuantas horas después un ruido sordo y brusco la despertó. Mariana se sentó en la cama aun dormida y agudizó otra vez su oído. ¿Qué era eso? Y allí estaba, otra vez. Sentía como paladas en la tierra. Como si alguien estuviese cavando. Se levantó con apuro. ¿Sería su vecina? Miró el reloj y eran las cuatro de la mañana. “¿Qué hace a esta hora?”, pensó y miró por la ventana a través de la medianera. Y lo único que vio fueron los gladiolos rojos que parecían más rojos que esa mañana. Se paró de puntas de pie para ver mejor. La luna estaba clara y redonda y afuera parecía como si miles de faros estuviesen encendidos e iluminando todo. Si su preocupación no hubiese sido el ruido de la pala cavando la tierra de sus vecinos, lo hubiese disfrutado. Pero no, no lo hizo. Miró mejor y nada.
Se convenció de que alucinaba por las pastillas y se fue a dormir.

A la mañana siguiente todo comenzó otra vez. Los pies descalzos, su cama aseada y sin arrugas, sus dientes blancos, sus píldoras y los gladiolos de su vecina. Y como si estos desafiaran la naturaleza y a ella misma, estaban más rojos, más radiantes y más erguidos que el día anterior. “¿Cómo es posible?”, pensó casi en voz alta y recordó los ruidos que la habían despertado en la madrugada. Y ¿si estaba colocando ese ingrediente secreto por la noche? Eso explicaría mucho y significaba una sola cosa: debía espiarla por la noche y averiguar de qué manera esos gladiolos no sólo no se marchitaban, sino que mejoraban día a día su aspecto. Fue a su jardín y comenzó con las plantas como cada mañana. Sin embargo, algo la sacó de su concentración y casi la desquició: el perrito de sus vecinos, un pequeño perro salchicha casi microscópico, no paraba de ladrar y aullar. En ciertos momentos parecía incluso llorar. Mariana dejó de hacer lo que hacía y se dirigió despacio hasta la medianera y observó cómo el perrito le ladraba y le lloraba al propio gladiolo. Intentaba escarbar pero sus pequeñas patitas no lograban mucho.

“Señor Golbert!”, llamó Mariana. Ella se llevaba mejor con el hombre que era más amable y educado. Su mujer, Ester, era desagradable y gritona y mandona. Día a día la escuchaba gritar a sus perros e incluso a su marido, el pobre señor Golbert. Pero nadie contestó y el perrito continuaba llorando y aullando y ladrando. Fue adentro de su casa tomó el teléfono y llamó a su vecino. Ella tenía todos los nombres de los vecinos desde el incidente. Era una forma de mantenerse alertados por esas cosas de la seguridad vecinal. “Si lo hubieran hecho antes, no hubiera sucedido lo de Juan…ni lo de Manuel”, pensó mientras se le instalaba un nudo en la garganta pensando en la desaparición de su esposo Juan y su hermano. Del otro lado de la línea, el teléfono del señor y la señora Golbert, sonaba sin parar y ella podía escucharlo desde su cocina. Evidentemente nadie había allí y el perro continuaba ladrando. Entonces, un entrecruzamiento de pensamientos y malas decisiones se instalaron en su cabeza: no esperaría a la noche para averiguar que usaba la señora Golbert para su gladiolo. Mataría dos pájaros de un tiro, calmaría al perro y descubriría su secreto.
Fue a su pequeño galpón, donde guardaba las herramientas de jardín y tomó una escalera. Trepó por ella y traspasó con cuidado la medianera. Sin embargo, del lado de sus vecinos el terreno era más bajo de lo que esperaba, por lo que cayó violentamente sobre una de sus piernas. Allí, un tremendo dolor trepó por su pierna izquierda aunque Mariana ahogó un grito proveniente de las entrañas. Miró su miembro lesionado y notó que estaba colgando para uno de los lados mientras que su pie parecía el de un zombi. Lloró en silencio, se recriminó la imprudencia, pero no desistió. Aun postrada como se encontraba, siguió adelante son su objetivo: conocer el secreto de la belleza de esos gladiolos. Se arrastró como pudo hasta donde estaba plantado el gladiolo que, desde donde ella estaba, parecía encontrarse a miles de kilómetros, aunque en realidad eran unos cuantos metros. El perrito, al verla, dejó al instante de llorar y aullar y fue a olerla mientras le movía la cola. Mariana, con tremendo dolor, continuó reptando como una serpiente por el suelo barroso del jardín de sus vecinos, mientras que el perro iba y venía del gladiolo a ella una y otra vez. Cuando llegaba a la planta, escarbaba un poquito, gruñía y volvía a Mariana que seguía avanzando muy lentamente. “¿Qué hacés cachorrito?”, le preguntó al perro que volvía a repetir una y otra vez la misma acción mientras ella, con extremo dolor, continuaba su camino. Unos veinte minutos después, Mariana llegó al gladiolo. Lo observó y, desde allí y con el dolor, parecía enorme, provocador y de un rojo deslumbrante. Lo odió otra vez y odió esa situación ridícula en la que se había metido. Si tan sólo Ismael le hubiera dicho qué usaba esa bendita mujer para los gladiolos, no estaría allí sufriendo, con toda seguridad.

Miró la tierra en la que ella misma estaba ahora sentada. Claramente se encontraba removida. “¡Eso es lo que me despertó anoche!”, se dijo. Tomó un puñado y la olió: sentía cierto aroma a leve putrefacción aunque no fue eso lo que le llamó la atención. Cierto aroma a jazmines y un dejo de alcohol se escondían en esa mezcla de olores desagradables. Eso era artificial y no pertenecía a ningún abono. Ella conocía todos. Miró sus manos ahora embarradas y sin posibilidades de limpiarse y su corazón se disparó. “¡Ahora no!”, se dijo. No era el momento para una de sus crisis. Intentó moverse para tener una mejor perspectiva del lugar y tomar tierra de otro sitio, pero un dolor lacerante le recorrió toda la pierna fracturada. Miró su pie y ya estaba de un tono azulado. Lloró nuevamente en silencio y mientras lo hacía apoyó su mano en la tierra para acomodarse mejor pero algo la pinchó. Sacó de inmediato la palma de la tierra y vio un brillo destellante. Escarbó con cuidado y encontró un gemelo de oro. Uno de esos como los que usan los hombres en las fiestas de gala. Era muy bello, aun estando sucio por la tierra, tanto que pensó que nadie en sus cabales lo arrojaría allí y menos lo enterraría. Una mala idea cruzó su mente y la descartó enseguida, pero la actitud del perro que nuevamente escarbó en el mismo sitio, la obligó a reconsiderarlo. Se arrastró un poco más y llegó hasta el lugar donde el perro escarbaba y comenzó a hacerlo ella misma con dos de sus dedos. Cada tanto el dolor de su pierna empeoraba y la obligaba a detenerse y a respirar hondo, pero llegó un instante en que solo sintió cómo se adormecía dicho miembro. Ya había hecho un pocito considerable y se estaba por rendir cuando se topó con algo, una especie de tela. Tironeó pero estaba muy atascada asique decidió ensanchar el orificio un poco más. Miró al cielo y el sol estaba en lo alto: ya era de mediodía y de un momento a otro alguien llegaría y la encontraría allí. Seguramente, el señor Golbert pondría el grito en el cielo pero, finalmente, la ayudaría. Después de todo no era un mal hombre. No como su mujer. Ella si era brava. Siempre lo había sido pero si no la molestaban ella se mantenía en lo suyo. Siempre se preguntó como él la aguantaba con toda esa mala onda y su cara agria. También en cierto momento deseó que ella hubiera sido la del incidente, en lugar de su Juan. Otro nudo en la garganta.

Continuó escarbando y tirando de esa tela. Parecía la manga de una camisa de salir. Tal vez, habían envuelto algo y lo habían enterrado. El sol arreciaba y Mariana comenzó a sentirse mareada. Su pierna ya no le dolía pero estaba francamente azul y tumefacta. Sin embargo, no desistía. No, a pesar de que la tela era más grande de lo que hubiese querido que fuera. Entonces descubrió que tenía botones. Ya deseaba que su vecino la encontrase. Le pediría perdón, él la llevaría a un hospital y se repondría. “¿Por qué no llega?”, pensó. El sol continuó con su camino y su mano con el agujero en la tierra, que ya era considerable. El cachorro la ayudaba con sus pequeñas patas aunque realmente de nada servía. Parecía una empresa eterna e irrealizable y a fin de cuentas ella solo quería conocer el secreto de la belleza de esos gladiolos. Entonces, sintió algo con su mano. Algo así como una bolsa de agua llena. Estaba tensa y fría. Helada. Se encontraba dentro de la tela. “Si tan solo pudiese verla”, se dijo. Pero era difícil. La única posición en la que podía estar a esas alturas era recostada sobre la tierra boca arriba, junto al pozo, la camisa a medio salir y la bolsa de agua fría y húmeda, que no alcanzaba a divisar.
Ya anochecía, tal vez eran las seis de la tarde o inclusive las siete, y sus ojos se cerraban de agotamiento. Deseaba morir a esas alturas. Su pierna estaba completamente anestesiada y azul y su corazón latía lentamente queriendo flaquear. Pensó en su Juan, en su desaparición y en la falta de una tumba donde poder llorarlo. Su corazón, en aquel momento tanto como ahora, se inundó de tristeza y abandono.

Entonces, un ruido apareció como en ecos lejanos y febriles. Un sonido a pala incrustándose en el suelo, cerca de ella. La misma que había escuchado la noche anterior. Abrió los ojos con esfuerzo y allí estaba su vecino, el señor Golbert, cavando un hoyo enorme junto a la tierra removida. Como entre sueños le escuchó decir: “Fuiste muy imprudente querida…ahora no me dejás otra elección”. Mientras miraba borrosamente como el hombre hacía lo suyo, observó el hoyo que ella misma había abierto con su mano y vio la supuesta bolsa de agua fría: una cara conocida, pálida y con un tremendo corte en su garganta. Horrorizada reconoció a Ester o lo que quedaba de ella. Quiso gritar pero ya no tenía fuerzas. Se sintió arrastrar por el parque hasta ser sumergida en una casa oscura y húmeda. Allí, y con esfuerzo, el hombre la levantó y la metió en un lugar helado junto a otros brazos y piernas. En un flash se vio en un enorme freezer junto a unos ojos muy abiertos y muy conocidos, pero ya era tarde. Ya sólo había oscuridad por doquier. Y en ese efímero momento previo a expirar, supo. Supo qué usaba su vecino para embellecer sus plantas. Ya que ella, en breve, sería parte de esos malditos gladiolos rojos también. 



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