domingo, 17 de diciembre de 2017

Una "mágica" Navidad





Camila llega y estaciona su pequeño auto. No lo apaga. Todavía no decide si bajar. Sabe que si lo hace se va a arrepentir. Mira a la distancia, a la oscuridad silenciosa y casi vacía y se pregunta por qué está ahí, por qué le hizo caso a Beto. “Se quiere acostar con vos, es más que claro”, le había dicho Tamara, su compañera de departamento. No eran amigas. Eran solo compañeras.
Camila no era persona de amigas. Prefería un buen libro al parloteo frívolo en un bar. Y eso, cuando sos joven, cuando aún no se llega a los 30, tiene un alto costo: la soledad. Y así era Camila: solitaria y casi ermitaña. Hasta que Beto apareció un día y ella se sintió mimada de una forma tierna, casi infantil. 

A pesar de sus dudas apaga el motor del auto pero se queda dentro de él. El afuera le parece amenazante, hostil. No puede relajarse y disfrutar del misterio. “Animate, no seas boluda”, le había dicho su no amiga, compañera de cuarto, “después no te quejes que estás sola, que nadie se te acerca y bla, bla, bla.” Lili no era muy amable en sus formas pero tenía razón y luego de meditarlo, Camila decidió darle una oportunidad a este pibe. Porque a fin de cuentas, esa soledad no buscada de forma consciente la torturaba bastante. A pesar de sus gustos extravagantes para la edad, de vez en cuando sentía esa necesidad hormonal de estar con alguien del sexo opuesto.
“Sexo”, suspira sin soltar el volante. "Tantas vueltas para acostarse con alguien". Las luces encendidas del auto se pierden en la penumbra. Las partículas de  tierra flotan en el aire y juguetean con los haces de luz. Una planta se mueve con la brisa y Camila siente que su corazón se acelera. Aunque no está segura si es por el miedo de estar sola, a la espera de su amante, o porque la ansiedad de estar con él es grande. Es una delgada línea y ella lo sabe. Pero todavía no puede disfrutar de esa sensación.

A la distancia algo se ilumina tenuemente. Ella observa intrigada y la luz lejana se hace nítida, casi como respondiendo a su ansiedad. Proviene de una de las habitaciones en la que su cita aguarda. “Te espero en la mansión de mi abuelo…suena más imponente de lo que es en realidad. Está en refacción así que tenemos el lugar para los dos solos…te va a gustar”. En aquel momento, Camila dudó. “Se parece a los lugares de tus libros”, dijo para convencerla. Él le había guiñado el ojo.
En el auto, Camila piensa en el momento en que conoció a Beto. No recordaba el día exacto, ni donde estaban. Sólo tiene presente algunas charlas furtivas, muchos guiños, y una mirada inquisidora, casi violatoria de sus pensamientos. Incluso, ahora que está en la oscuridad, trata sin resultados de recordar en qué momento le contó de sus libros, de lo que más le gustaba. 

“Dejá de hacerte la boluda y no busques excusas para irte a casa”, se regaña. “Es navidad…no querés estar sola cuando den las 12…querés estar con él”, se convence y baja del auto. Lentamente se dirige a la mansión. Ahora que la tiene enfrente se da cuenta de lo enorme que es. Más allá de la habitación con la luz encendida divisa otras tantas ventanas. Puede contar más de 10 y solo en el frente. ¿Quién habrá sido el abuelo?, piensa. Imagina un acaudalado señor, bondadoso. ¡No! Se frena. Mejor un oscuro ser, con amantes a las que tortura por el puro placer de poder hacerlo. Sí, eso está mejor. Se ríe. Su imaginación aparece cada vez que tiene miedo. Inventa historias, para acallar su mente. Sigue pensando en ese hombre. Seguro que era un conde, no un príncipe. Uno malvado que se alimenta de las almas de los visitantes. Y su nieto... ¿habrá heredado ese vicio? Eso no ayuda, piensa. Se relaja un poco. Nada puede ser peor que su imaginación. O su soledad.

Camina por un senderito. La oscuridad se hace más densa por los nubarrones de tormenta que no se quieren ir. Traspasa una reja, enorme y oxidada, que se encuentra abierta. “Seguro que Beto la dejó así”, se dice para tener coraje. Atraviesa ese umbral y todo cambia, como en los sueños de la infancia. Fantásticos. Inexplicables como su relación con Beto. Enseguida las nubes se corren y dejan en evidencia una enorme luna, redonda y majestuosa que ilumina todo el lugar. “La magia de la navidad”, suspira. 

Saca el celular del bolsillo trasero y observa la hora: once y media. “Me tengo que apurar…”, piensa y camina más acelerado. 

El jardín es extraordinario como todo en el lugar. La tensión desaparece un poco ahora que hay algo de luz. Observa mejor mientras sigue en aquel sendero que la lleva hasta la enorme puerta principal. Un magnifico rosal ofrece sus flores rojo sangre aunque Camila no se atreve a tocarlas. “Podría arruinarlo”, piensa. El pasto está cortado al ras y huele a tierra mojada. “Alguien debe mantener todo esto”, se dice y no deja de notar que desde el auto todo parecía abandonado y descuidado. Salvo por la ventana con la luz encendida. 

Recuerda la luz y va directo a la mansión. Traspasa la puerta que también está entreabierta. Una vez en el salón, aparece una tenue música de fondo que ella atribuye a Beto y su agasajo nocturno. Siente mariposas en el estómago y decide que esa noche, finalmente se entregará a él. Sube por la enorme escalera de mármol y va hasta la habitación de la luz. Su corazón está acelerado de anticipación. “Si se encargó de tantos detalles merece una oportunidad…”, piensa emocionada. 

Camina hasta una de las habitaciones que está con la puerta entornada. Se para unos centímetros antes y se arregla el pelo. Acomoda su ropa y pellizca sus mejillas. Saca el celular y se observa “Estoy perfecta”, dice mientras ve varias llamadas perdidas de Beto. Sonríe. “No pudiste con la ansiedad”, dice al entrar a la habitación. 

Ahí, tres muñecas de porcelana están sentadas alrededor de una mesita. Una de ellas tiene una pequeña muñequita en brazos. ¿Qué es esto?, pregunta Camila que no entiende de qué se trata la escena. Una de las muñecas la observa con severidad. Las otras, se miran entre ellas. Las mariposas en el estómago de Camila se transforman en palpitaciones que golpean en su pecho. Un murmullo asciende por la escalera, una brisa resopla en la espalda de la joven y solitaria Camila. Los vellos de la nuca se le erizan mientras sigue mirando cómo las muñecas toman el té. Camila quiere gritar pero hay un nudo en su garganta. Piensa en Beto. Quiere creer que todo es un regalo de él, aunque sería el más extraño de los obsequios. “Son lindas Beto, pero ¿dónde te metiste nene…?”, dice con voz temblorosa. El teléfono suena otra vez, “Beto ¿dónde mierda estás…?”
En el momento en que Beto se disculpa por no poder estar con ella en la cena de navidad, la puerta se cierra de golpe detrás de Camila y las muñecas se abalanzan y la atacan sin piedad. Con violencia desgarran su carne, tironean de su pelo y penetran su abdomen, mientras Camila grita pidiendo auxilio. Sin embargo nadie la escucha.

**********

Camila despierta sobresaltada. Enseguida se observa la ropa, los brazos… busca las heridas y la sangre. ¡Maldita pesadilla!, piensa. Mira hacia adelante y ahí está la descuidada mansión, en plena oscuridad. Ninguna luz está encendida y el silencio es casi mortuorio. Todo se ve descuidado, opaco. Abandonado y lejano para su tranquilidad. "Tengo que dejar de leer tantos libros de terror", se dice aunque sabe que no lo hará. Un ruido repentino la sobresalta. Alguien está golpeando la ventanilla del auto. Asustada ve que es Beto. “Mirá lo que te traje”, dice y le enseña una pequeña muñequita de porcelana. Camila aterrorizada enciende el auto y sin siquiera decir una palabra se va dejando a Beto parado en la oscuridad sin entender absolutamente nada.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 9 de diciembre de 2017

VOS SABÉS QUIÉN SOY.










  
Usted tiene: un mensaje nuevo: “Mataste a mi viejo y la vas a pagar”. El café de la mañana se me sube hasta la boca. Ese sabor amargo. La náusea. El mareo. ¿Quién mierda es? Desconozco esos números. Yo no maté a nadie. ¿Cómo voy a matar a una persona? No, no, no. “Te pensás que te las sabes todas…”; el calor llega a mi cara. El miedo asciende con velocidad. Serenate. No pierdas la cabeza por una pelotudez. Por ahí el mensaje es equivocado. Ojalá. “La misma irresponsable…mataste…vos…” ¡Se entrecorta! Pará. Esa no soy yo. Estoy segura de que mi trato con los pacientes es bueno. ¡Nunca tuve problemas con nadie! Sí. Seguro se equivocaron. Seguro le dieron mi número a esta persona desagradable, pero el mensaje no era para mí. Alguien pensó que soy la responsable, pero no fui yo. ¿Y si llamo? Por ahí puedo aclarar que se equivocaron…“No les des lugar. Si quieren hablarte te van a llamar otra vez”. Así dice mi esposo. Si no fuera por él,no dormiría por contestar llamados y mensajes de mis pacientes. La misma discusión de siempre con él: “¿Para qué les das el número? Si después…” No seas así Ricardo, le contesto yo. Debe ser horrible pasar por una cirugía y no tener a nadie que te contenga. “¿Y cómo te pagan? Se ofenden cuando no los podés atender. Ni se acuerdan de que sos una persona”. Él no entiende. Es arquitecto y mi marido. Él se preocupa por mí, por mi salud. No quiere verme mal aunque a veces eso sea imposible…

Observo la pantalla de a ratos. Trato de encontrar algún significado en los números de la llamada perdida. Un código secreto, quizás. Los combino una y otra vez. Nada. Obvio ¿qué espero encontrar? Me repito que el mensaje es equivocado, que es para otra doctora. Una diferente e irresponsable. Sin embargo el nudo en mi estómago me dice que las cosas no son así. ¿Y si es para mí? Miro la historia clínica que tengo en el escritorio. Disculpá ¿enalapril de cuánto tomás?

La mujer revolea los ojos y tiene razón en hacerlo. Es la tercera o cuarta vez que le pregunto lo mismo. Le pido disculpas. Le invento algo de que tengo al nene enfermo y que estoy preocupada. Que espero que mi mamá llame para decirme cómo sigue. No sé si me cree y la verdad hoy no me importa. No puedo concentrarme. No después de haber escuchado ese mensaje. Le sello la receta del enalapril y se va. La escucho protestar por lo bajo y pienso que tal vez mi marido tiene razón. 

Miro la lista de pacientes. Recién voy por la tercera. La tarde es larga, interminable en realidad. Pienso en la voz de mi mensaje. ¿El hijo de quién será? ¿Quién estaba tan grave como para morir, como para que pueda ser la responsable de su muerte? Nada encaja. Ninguno de mis pacientes se ajusta al perfil. ¡Trabajo en una salita, por Dios!

Me repito “No es para mí, no es para mi”, como en un mantra místico. Pero me preocupa…me trastorna la posibilidad de que sí. La posibilidad de haberme equivocado. De ser responsable por la muerte de alguien. Uno se equivoca. Todos los días. ¡Soy humana! Como, voy al baño, tengo una vida como el resto de los seres humanos. No soy un Dios ni mucho menos. Uno trata de no equivocarse…a veces se logra.  Miro el teléfono otra vez. Maldita era digital. Quizás en otra época me hubieran venido a patotear en la cara. No sé. En otra época respetaban a los médicos. ¿Qué pasó? Soberbia. Siempre lo digo. Nosotros perdimos la batalla, somos los responsables. Pero no es este el caso. No el mío. Escucho el mensaje otra vez. Y otra más. “Soy….mataste….lo mataste. Vos lo mataste”. El audio se distorsiona. “Si desea repetir el mensaje marque 1” y lo marco de nuevo. Me torturo. Lo mataste. Lo maté. ¿Y si lo hice?

La enfermera entra de pronto y me dice algo, pero no escucho. Mis manos tiemblan, mi corazón se acelera, la obsesión se instala. ¿Qué te pasa?, me dice y lloro de impotencia. “Lo maté”, digo. ¿A quién? “No lo sé”. Ella me abraza sin entender nada. “Sos una soberbia, siempre lo fuiste”, me tortura el mensaje. Recibo la contención de mi compañera y eso me relaja. “Siempre se atendió con vos. Y nos abandonaste.”, retumba en mi cabeza. Descanso en ese hombro amigo, en la compañía de quién está siempre a mi lado, en la trinchera. Lentamente, la mente se aclara, lo malo pesa menos. Las lágrimas se agotan. Lo de antes vuelve en imágenes vívidas, dolorosas.“365 días de infierno. De soledad. Por tu culpa”. Recuerdo los detalles “Decile que me abandonó. Que en la guardia se rieron de mí. Yo no me interno ahí. No quiero. Prefiero morirme antes que operarme.”. Recuerdo verlo en terapia intensiva, la sensación de saber que sería la última vez. Recuerdo que hice lo que pude, pero que no alcanzó. A veces no alcanza. Y hoy hace un año que se fue. 

Ahora entiendo…, me digo, era por él. La enfermera me trae un vaso de agua. Lo tomo apurada y el alma retorna a mi cuerpo. Le agradezco y trato de tranquilizarla. Y tranquilizarme. Respiro hondo, pongo mi mejor cara y llamo al próximo paciente. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

martes, 5 de diciembre de 2017

Ilustranimada

Hola a tod@s! Les dejo fotos de Ilustranimada, donde un cuento mío, Caprichos del destino, fue ilustrado y convertido en libro por los alumnos de Bellas Artes, de la Universidad Nacional de La Plata.

Saludos!











domingo, 12 de noviembre de 2017

No más drama por hoy







Basta de drama. Sí, eso lo dijiste tantas veces que ya suena a chiste. Mirate cómo estás. Parecés una zombi que se arrastra entre las tinieblas. Un ente sin alma, perdido, desquiciado. La oscuridad te invade como una tormenta maliciosa. Como el humo negro y pestilente de lo podrido cuando se quema. 


Pero claro, hay que perdonarte porque sos una joven despechada. Una amante a la que han dejado de lado y que camina en busca de ¿qué? Ah, ya entiendo. Querés recuperar el tiempo perdido. Ilusa. Pero no me hagas caso. Yo no existo. O quizás sí. Tal vez soy parte tuya. Esa parte trastornada que quedó luego del abandono. O tal vez soy tu salvavidas. Vos decidís en todo caso, si querés drama hoy. 


No te interesa, ¿verdad? Lo sé porque seguís con tu caminata errática aunque decidida, con un objetivo claro. Tendrás la mente despejada, imagino. Aunque lo dudo, en realidad. si podés escucharme, estás más que trastornada. Pero así son las cosas. Dale, ¿por qué no parás un poco? Tal vez si descansaras… podés volver, pensarlo mejor. Pero seguís caminando. Todo esto te hace daño. ¿No lo ves? Claro que no. Estás ciega. Me doy cuenta de tu estado mental al ver tu rostro endurecido, tus manos tensas. Tus nudillos blancos de tanto apretar el puño. Tu cuerpo encorvado, flaco y huesudo, que apenas puede dar un paso y luego otro. Esa es la actitud que me preocupa. 


¡Basta de drama! Ya sé que estás cansada. Pero llevás horas caminando y quizá sea tiempo de dejarlo partir. De que todo siga su curso. ¡No me ignores maldita estúpida!  Ah, ahora te frenás y me prestás atención. Sos hija del rigor como todos. Te ciegan los sentimientos, los más bajos y deplorables. Aunque hay algo, una señal de que te influyo. Pero no. ¿Sabías que cada vez que tu enojo empeora, una tormenta negra se cierne sobre tu cabeza? Claro que no sabés. No sabés nada. No sabés a dónde vas ni por qué. Lo único que te mueve, que te hace avanzar es ese sentimiento oscuro. Por él. 


Pensar que eran tan unidos. ¿Qué cambió? ¡Basta de drama! Sí, seguís diciendo eso. Es lo único que podés decir ahora. Pero yo sé que pasó. No querés recordar pero es mi obligación hacerlo. ¡Él era tan maravilloso! Acordate cuando lo viste por primera vez en aquella plaza. Era primavera. Tal vez tus hormonas se encontraban alborotadas o quizás era el momento perfecto para los dos. Vos quisiste pensar eso y te lo concedo. Yo tengo mis dudas. En fin. Lo observaste durante largo rato, escondida detrás de un árbol. Sola como ahora. Aunque con otro sentir en tu pecho. Quizás anticipación. Tal vez deja vu. Porque ya habías vivido eso. Con otro. Pero no queremos recordar eso ¿verdad? No, no nos conviene. 


Volviendo a él, a Max. ¡Si te hubieras visto! Con esos ojos de cachorro enamorado y la libido exaltada. Así estabas mi amiga. Así de patética. Sus rasgos eran tan atractivos que casi rozaban lo femenino. Y caíste a sus pies como una tonta enamorada de las novelas. Embobada como un niño cuando ve un juguete nuevo y te dijiste “Debe ser mío”. No importaba quién era él. Qué hacía o que te podía ofrecer. Importaba tu deseo. Esa necesidad baja y morbosa de posesión de un tesoro. Una joya. Esa belleza debía ser tuya. Él debía rendirse a tus pies y adorarte. 


Por un tiempo lo hizo. Qué tonto. Él no te conocía en lo absoluto. No como yo que sé de qué van tus sentimientos más profundos. Sé qué te moviliza. Lo que tu corazón marchito desea con furor. Max, por el contrario, era un ignorante de tus bajezas. Y cayó en la trampa de tus maneras delicadas. Creyó que eras una princesa. Creyó que debía rescatarte. 


No vio venir tus depresiones, tus dudas e inseguridades. Él no sabía de esos agujeros negros en los que caías sin razón y que arrasaban todo a su camino. No conocía tu pasado esquizoide y tétrico. Max sufrió por vos sin entender que así eras. Que no necesitabas ayuda porque no la querías. Y se fue alejando. Lentamente lo perdiste como se extravían las cosas que no se usan, que no significan nada ya. Entonces, como buen macho que necesita reafirmar su hombría, él encontró consuelo. En otra. Y te citó hoy para contarte. Para decirte que ya no puede más con vos. Que se rinde. Que te amó con locura pero que ya no puede más. Te dice en la cara que se acostó con otra. ¡Estúpido! Él debía callar. Vos no querés su drama, su engaño. Pero Max es tan bocón…


¿Entendés que el drama recién comienza? Imaginate las noches que vas a pasar llorándolo. No quiero hacerte enojar más, pero... Te frenás ¿por qué? entendés que ya está, que no hay vuelta atrás. ¿Es eso? Podés dejarlo así. Podés marcharte con dignidad. Pero no. Él debe entender que es tuyo y que no le diste libertad de decisión. Si aceptaras mi consejo te diría que lo dejaras ir, que de nada sirve el castigo. Si aceptaras lo que te digo dejarías el cuchillo y le permitirías vivir. Dejalo ir. Dejá el cuchillo. Dejá que viva. 


Veo que tu lado bueno, como siempre, pierde. Debo ser espectador de otro crimen. No puedo frenarte. Lo intento pero no. Tomo posesión de tu cuerpo. Me interno en tus venas, estimulo tus músculos. Quiero desviarte. Pero tu lado maquiavélico es poderoso y me domina, como siempre. Me ahoga, me estrangula y me convierte en cómplice. Tu mano vence mi resistencia y con una daga atravesás su corazón. En el mismo lugar que te duele. Como te lo clavaron a vos tantas veces. Max es el resumen de tus fallas. La viva imagen de tu fracaso. Y no hay piedad. "Basta de drama", le decís con asco. La oscuridad gana otra vez. Y  luego de derramar toda esa sangre te vas, con una sonrisa victoriosa, en busca de otro príncipe para dominar.



Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

Maldito Papá Noel





“¡Mirá papi, es Papá Noel!”. Ese que va ahí corriendo es mi hijo. Tiene cinco años y cree en Papá Noel y los Reyes Magos. Sí, va corriendo a abrazar a ese gordo vago vestido de rojo. Él está convencido (de) que ese tipo le va a traer lo que pidió. Pobrecito. Pobre yo que soy el que baja los billetes para pagar la dulce y alegre navidad de mi familia. 

Pero no culpo a mi hijo. Yo fui así. Así de crédulo. Hasta que entendí que todos estos tipos vestidos de franela carmesí se aprovechaban de nosotros. Bah de ellos, los niños.
¡Cuánto desprecio!, dirán ustedes. Es así. Uno de estos me quitó la ilusión de la navidad hace muchos años. Siempre quise vengarme. Siempre lo imaginé, lo saboreé acá en mi mente. Imaginé miles de horrores cayendo sobre ese hombre y otros tantos iguales a él. Pero primero les voy a contar el porqué de mi indignación y odio hacia esta gente que ama disfrazarse de un octogenario de barba blanca. 

Yo tendría once años. Sí, once. En aquella época no existía internet ni nada por el estilo, así que la única magia reconocida era la de Papá Noel y los Reyes. Y uno estiraba sus creencias hasta el máximo posible. Hasta casi la adolescencia si era necesario. 

“Papi, vení” Ahí voy Ramiro. Miren, es tremenda esa cara de ilusión. Esos ojos llenos de esperanza. Las miles de preguntas existenciales: ¿Habrá leído mi carta? Si no tengo chimenea, ¿viene igual? Preguntas que ellos se hacen, como me las hacía yo. Aunque una de esas preguntas, básica y profunda como el origen del universo, llevó mis ilusiones infantiles a la ruina. 

Veo a Ramiro y los sentimientos se me mezclan. Recuerdo las fiestas de mi infancia. Como entonces, Mamá está ahí sentada, aunque con muchos años más. Su pelo canoso, su sonrisa arrugada. Pero siempre ahí. Casi puedo perdonarla…pero no.

Aquella navidad fatídica, Papá Noel había venido a casa. Mis primos y yo habíamos aguantado hasta las doce de la noche. Corriendo, molestando a los grandes. Robando los restos de las copas de sidra que se habían abierto con alguna anticipación. Estaba en la plenitud de mi felicidad. Yo era el primo más grande, así que de alguna forma marcaba el camino para los demás. Y en las navidades era el más astuto. Generalmente adivinaba qué le traían a cada uno. Hacíamos apuestas con eso y yo les ganaba a todos. 

“¡Papi!” Ya voy, hijo. Sentate que te saco una foto, a ver… mírenlo. A Ramiro y a “Santa”. Le suda la gota gorda. Ese traje le queda apretado. Le creció la panza en estos años. Y esos ojos están seniles ya. Que lo parió. Parece que él también envejece. “Despacio Ramiro que el hombre se va a destartalar si le saltás así encima”. 

¿Cuál era la pregunta que me rondaba? Una básica por supuesto: ¿cómo hacía Papá Noel para estar de forma simultánea en las chimeneas de todo el mundo? Era algo muy complejo de lograr, aun siendo el dueño de la magia. Y no había una respuesta convincente para mí que no quería despertar y dejar de creer. En realidad creo que evitaba la respuesta. Evitaba crecer.

Aquella noche, luego de esperar varias horas, luego de que la ansiedad inundase mi corazón y la de todos los menores de edad,  las luces se apagaron y fuimos corriendo hasta el enorme árbol de navidad de mi familia. Y aparecieron Papá Noel, el conejo de pascuas (muy venido a menos) y otro personaje que no recuerdo. Podría haber sido tranquilamente WinniePooh, no estoy seguro.
“Papi, Papá Noel tiene el mismo olor que el abuelo Toto”. 

Parece que la tercera edad usa solo OldSpice. Rami es muy perceptivo. Siempre digo que estos pibes nacieron con una computadora en cada mano y que nos pasan por arriba. “Sí, hijo. Usan el mismo perfume”. 

Volviendo a mi navidad, aquella noche en cuanto divisé a Papá Noel me le tiré prácticamente encima. Recuerdo que puso cara severa y que ese gesto me fue muy familiar aunque, por supuesto, no le hice caso. Ni al gesto ni a mis instintos que gritaban lo obvio: ese hombre era un trucho, no era Papá Noel. Pero yo quería mi regalo y punto. Había hecho una larga lista de posibles presentes, así que algo de todo eso tenía que sacar del fondo de su bolsa. Recuerdo que buscó un rato largo y sacó un paquetito (que me pareció algo escaso, obvio) y me saqué la foto anual. 

Pero me quedé molesto por esa cara de enojo de Papá Noel. ¿Por qué me había mirado así? ¿Acaso había cláusulas de edad o algo parecido? No entendía por qué me defraudaba de esa manera. Entonces decidí encararlo. Lo seguiría y cuando nadie nos viera, le pediría explicaciones. ¿Quién se creía? Sólo una persona en todo el mundo me podía regañar así y no estaba en ese momento. Como en tantos otros momentos. 

Así fue que lo seguí. Sin que él lo notara caminé tras sus pasos. Él anduvo por la casa, mí casa, con total naturalidad, sin percatarse de que lo seguía. Y se metió en el cuarto de mis padres. ¡Descarado! Cerró la puerta luego de entrar y yo apoyé mi oído para escuchar. Hubo risas. Muchas risas. Pero lo que recuerdo con gran nitidez es: “¡No puede ser que todavía crea en cuentitos de hadas!” Papá Noel le decía eso a mamá. Pero ella le contestó: “Dejalo, no seas tan duro con él. Ya va a crecer”. Pero yo no quería crecer. Al menos no ese día. Y menos con ese regalo de morondanga.

Estaba tan enojado, tan indignado con lo que ese gordo vestido de rojo le decía a mí vieja que con violencia abrí la puerta para devolverle el maldito regalo y cantarle las cuarenta. En la cara. Pero me encontré con el cuadro más inesperado de mi vida: Papá Noel besando a mi madre y toqueteándola por todos lados. 

Por supuesto salí corriendo de la habitación. Horrorizado.
Ese día dejé de creer en todo. La navidad ya no fue importante para mí. En casa no se habló más del tema y por varios años Papá Noel no volvió a animar las fiestas familiares. Hasta que nació Ramiro.
Y acá estamos, frente a frente. Frente a este hombre sudoroso, vestido de rojo que ahora me mira con aprobación. Saca un paquetito y me lo da mientras me guiña el ojo. “Tiene el mismo olor que el abuelo Toto”, recuerdo y mi amargura se transforma en un llanto ahogado y en un abrazo sentido a mi papá. 

Autor: Sole Fernández (Misceláneas) - Todos losd erechos reservados 2017