jueves, 7 de agosto de 2014

Abatida









El agua, helada como un glaciar, comenzó a trepar entre sus piernas en oleadas breves, pero intensas, y la obligó a abrir sus ojos. Desesperada, miró a su alrededor sin entender dónde se encontraba o cómo había llegado a ese lugar. Tampoco podría saber dónde estaba minutos u horas antes. Todo se encontraba en una inmensa y confusa nube, casi como la que la rodeaba ahora.

La niebla era densa, espesa, asfixiante y no le permitía ver siquiera los dedos de su mano, al extender su brazo. Su respiración se agitó. El temor se instaló en su alma y le provocó cierta náusea, aunque quizás el aire de allí la hiciese sentir así. Le dolía cuando ese aire entraba a su organismo, como si estuviese más contaminado que lo usual. “¡Maldita niebla!”, pensó mientras se ponía dificultosamente de pie. Con sus pies descalzos percibió el lecho fangoso y helado debajo de su piel. La brisa de la tarde se coló entre sus cabellos y elevo ligeramente la túnica blanca, casi transparente que llevaba adosada a su delgado cuerpo y que le llegaba hasta las rodillas. “¿Dónde estoy?”, se preguntó, aunque no habría respuesta para ello. Más allá de estar mojada y del agua que lentamente subía, hacía frio. Lo notó en sus brazos desnudos, en su cuerpo, endeble y húmedo, y en el vapor que brotaba de su boca con cada respiración. “Eso significa que estoy viva”, se persuadió para darse coraje.

Comenzó a caminar con ambos brazos extendidos, ya que de esa forma podría avanzar y llegar a algún lugar. “Pero ¿a dónde debo ir?”. Pisaba con cuidado entre el agua lodosa y el piso resbaladizo que, de tanto en tanto, le ofrecía elementos puntiagudos lastimándola y provocándole un inmenso dolor. De tanto en tanto, algo viscoso cruzaba entre sus piernas, y ella se detenía temblando y dudando de miedo. Lo peor era que a medida que avanzaba, el agua parecía subir más y más. “Y este aire asfixiante…”, se dijo preocupada porque entre el miedo, el frío y esa niebla, su pecho estaba cada vez más cerrado.

Intentó serenarse mientras cambiaba de dirección. Tomó hacia uno de los lados, convenciéndose de que era ir hacia el sur. “Este es el sur”, se dijo con vehemencia mientras la rama de un árbol se enredaba en su cabellera, como una mano macabra que la tironeaba hacia el dolor y a un destino perverso. Mientras histéricamente trataba de desenredarse, la situación empeoraba. Daba vueltas y tironeaba, mientras sus lágrimas brotaban de desesperación y amargura. “¡Soltame!”, gritó agitada al aire y una bandada de pájaros huyó despavorida. Desenrolló el cabello y un mechón de su cabello, junto a miles de lágrimas, se unieron al agua de la correntada.

“¿Estoy en un bosque inundado?”, se preguntó. “¿Cómo llegué hasta aquí?”; pensó con un nudo en la garganta y la incógnita en el alma. Continuó avanzando a lo que ella había denominado “el sur”, paso a paso, con sus brazos extendidos y con la niebla que se hacía más y más espesa. El sol, para colmo de males, se estaba escondiendo por lo que, la poca visibilidad que estaba teniendo, se iba junto con el astro rey. “¡No!”, lloró y en ese momento tropezó con algo duro y cayó de bruces al agua. Ésta la envolvió de inmediato provocando que perdiese la orientación. Sintió frio por doquier mientras las ramas se enredaban en su cuerpo como serpientes devoradoras, evitando que pudiera emerger. Una bocanada de agua pútrida y llena de barro entró en su boca y su nariz, provocándole arcadas. Lentamente se asfixiaba. El agua penetraba ahora por su nariz y llegaba a sus pulmones, mientras que luchaba por retornar a la superficie, sin lograrlo. En este frenético intento, se enredó más con el vestido, llegando aún más profundo en aquel río mortal. Su cabeza chocó con el suelo y, mientras un hilito de sangre le nubló la visión, se dejó fluir, se rindió ante esta realidad que la golpeaba con contundencia maliciosa. Dejó que el agua hiciera lo suyo, sin remedio. Entonces, un rayo de luz provino de la nada y al verlo supo donde se encontraba la superficie para lograr salir.

Empapada y tiritando de frio, nuevamente sobre sus pies, avanzó hasta donde creyó que la luz provenía. Sin embargo, notó que desde ese lugar el agua provenía como en una correntada violenta, por lo que le costaba avanzar. Además, cada uno de sus músculos estaba contraído, dificultándole el movimiento. “Debo llegar a la luz”, se dijo con convicción, mientras que su corazón se desbocaba por el esfuerzo. Otra vez, un flash de luz iluminó la espesa niebla que tenía frente a ella y el relieve de un árbol, que estaba frente a ella, invisible segundos antes. Se agarró de él para que la corriente no la llevase. “¡Auxilio!”, grito con voz ronca y apagada, mientras que agudizó su oído para escuchar si había respuesta. Sin embargo, en aquel silencio mortal que la invadía, sintió un dolor tremendo en su abdomen. El agua seguía trepando, y en breve llegaría hasta su pecho. “No es nada”, se dijo mientras utilizando otro árbol, avanzó un poco más. Otra puntada, que esta vez la obligó a parar y a poner su mano en el sitio desde donde provenía el dolor. Con horror observó que algo caliente salía de allí: sangre. “No, no puede ser. No me voy a morir aquí”, dijo a la nada mientras otro flash de luz aparecía a lo lejos. Demasiado lejos. “Si tan solo recordara…”, lloró.

Continuó caminando con dificultad, pero sus ojos se nublaron y de repente, ella entendió que no llegaría a la luz, ya no.

La corriente se hizo más fuerte pero ya no importaba, se dejó flotar en aquel cauce helado y mortal, mientras una estela de sangre era dejada en el camino. La niebla se hizo más espesa y la noche llegó. Cerró los ojos y sintió como el viento comenzó a soplar, gélido como un témpano de hielo, pero provocando que la niebla se dispersase. Vio el cielo y millones de estrellas, y una imagen se formó en su mente agonizante: una luz intensa que la impactó, una caída cruel, ella dando miles de vueltas en el aire y luego, oscuridad.

Para cuando su cerebro terminó de entender, la sangre ya se había mezclado por completo con el agua de aquella laguna crecida por las intensas lluvias. Quizás ahora se reuniese con su Creador, quizás solo ese era su anhelo.

El bote rescatista encontró una hermosa e inmaculada joven en la mañana, descansando su eternidad con un rostro plácido. Era hermosa y blanca como la leche, con sus cabellos negros como la noche sin luna. La cubría un resplandor que lentamente se iba apagando, como si tardase en despedirse de este mundo. Ella reposaba en un claro rodeado de flores silvestres, con aroma a violetas y jazmines, en el único sitio sin agua del lugar. ¿Extraño? Tal vez, pero no tanto como el vendaval que se había desatado la noche anterior cuando varios habitantes de un pequeño pueblo aseguraban haber visto un ángel caer en una cápsula transparente. Sobre todo luego que un misil, disparado por las fuerzas de seguridad, la abatiese.

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

martes, 15 de julio de 2014

Pecador







En esta noche, a la luz de una simple vela y con manos temblorosas, escribo estas palabras. Lo hago para dejar plasmado en algún lugar los hechos que me asediaron (y aún lo hacen); para que alguien lo lea y quede prevenido. Mi deseo es que lo que a mí me sucedió, no le ocurra a otro ser viviente, aunque sé que este deseo es en vano. Esto sucedió antes y volverá a pasar miles de veces. Lo sé.

Estoy convencido de que no veré el mañana, por lo que intentaré hacer esto lo más rápido posible. Mi corazón se acelera y mis manos arrugadas y envejecidas, se entumecen. Moriré indefectiblemente a mis treinta años y con la apariencia de un hombre de noventa…pero no me adelanto. Les contaré cómo todo sucedió.

Una mañana, luego de haber pasado una amena noche en mis días de reclusión, salí de la cabaña y observé con sorpresa que el río, que se encontraba a escasos metros, había  dejado algo en sus orillas. No era habitual encontrarse con un bote a la deriva, por lo que me acerqué para investigar si alguien se había dormido o si, vacío, la corriente había arrimado a mis costas semejante regalo.

Me acerqué lentamente, con la expectativa de algo diferente en mis monótonos días, aunque la sorpresa invadió cada rincón de mi espíritu al ver lo que aquel bote contenía en su seno. “Es tan perfecta”, pensé. No la creí hermosa ni bella, solo perfecta. Así era esa mujer que yacía en el bote. Estaba empapada, como si, ahogándose, de repente el bote se cruzase en su camino y como un designio divino éste la llevase directo a mí. “La providencia”, pensé con cierta inocencia.

Su rostro estaba pacífico y con una leve sonrisa en sus labios. Era del color del mármol, pero sin arrugas o marcas. Era muy joven y su cabello negro, era precioso y abundante. Estaba impávido. No podía dejar de observarla a pesar de mí mismo. Mis ojos siguieron recorriéndola: su vestido azul, era simple por lo que supuse que no sería una joven acomodada o de la realeza. Pero era una doncella de seguro. Mis votos y mi conciencia humanitaria dictaban ayudar al prójimo sin tener en cuenta rango o posición social. “Debo ayudarla, alguien debe estar esperándola en algún lugar”, me dije.

Pero algo me detenía. Algo me frenaba en ese estado y me obligaba a observarla en aquel pacífico sueño. O al menos eso parecía. Entonces reaccioné: ¿estaría muerta? Me asustó la idea, porque si ella había muerto ¿qué haría con el cadáver? ¿Debería enterrarlo o llamar a alguna autoridad? Estaba muy alejado de cualquier civilización y eso era complicado…

Me acerqué lentamente, y casi pidiendo permiso, toqué aquel rostro angelical: se encontraba helado e imperturbable. Sin embargo no me di por vencido. En esa época del año el agua estaba helada, así que tal vez la temperatura de su piel era baja por sus ropas mojadas. Me agaché y casi sin sacar mis ojos de aquel rostro idílico, coloqué mi oído en su pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no solo por entrar en contacto con algo tan helado. Su cuerpo era perfecto y pude sentirlo. Cuando  su piel entró en contacto con la mía, mi mente estalló en un sinfín de sensaciones que me eran prohibidas, por lo que retiré mi rostro de inmediato aunque no había podido sentir su corazón latir. Lo intenté una vez más, pero esta vez cerré mis ojos para concentrarme. Allí pude notar, como de forma lejana pero presente, su pequeño corazón latiendo despacio. Inmediatamente la levanté en mis brazos y la llevé adentro.

Era una pluma delicada. Tenerla tan cerca me ponía tenso, pero sabía que estaba haciendo un bien. Debía secarla si quería evitar su muerte, aunque sabía que, por mi bien, no debía desvestirla. La coloqué en una mesa que se encontraba junto a la chimenea; allí el calor del fuego la reviviría de seguro. Coloqué una almohada debajo de su cabeza y nuevamente su rostro me invitó a quedarme mirándola. Mi corazón se aceleraba cada vez que la observaba: tan perfecta, tan hermosa y tan inocente como podían demostrarme sus rasgos delicados y femeninos.

Sacudí mis pensamientos. La cubrí con una frazada y me dispuse a comer algo. La noche se había presentado más rápido que los días anteriores, sorprendiéndome, y la luna estaba llena filtrando su luz por la ventana e impactando en el rostro de la joven anónima. Fue más perfecta y hermosa aún que cuando la encontré en el bote. Su rostro pareció más angelical que antes y mi corazón se estremeció.

Me fui a dormir. Mi mente daba vueltas y no debía ser así, debía calmarme y enfocarme en lo que era: un sacerdote en busca del bien y la paz. Y sólo estaba en mí deber ayudarla, nada más, para que, una vez recuperada, ella se fuese a donde perteneciese.
Me acosté observando la mesa con la dama inmóvil. En cierto momento, el entorno comenzó a desdibujarse; no podía dormirme, pero la luz de la luna se hizo intensa, bañando toda la habitación donde ella se encontraba. Mi corazón se aceleró pensando que, después de todo, cabía la posibilidad de que ella fuese un ángel y de esa forma, se estaba revelando ante mi persona. Eso me dio confort, aunque no estaba seguro de aquello o de algo. Mi cabeza giraba, la habitación se hacía más oscura, mientras que la luz que entraba por la ventana era más y más intensa. Como si la propia luna pretendiera darle su poder a ella, y de esa manera se recuperase. La veía. Podía verla con claridad desde donde yo estaba a pesar de la distancia. Ella seguía recostada en la mesa emulando a un precioso cadáver cuando, de repente, su tórax comenzó a elevarse y a descender, con una respiración agitada. Yo me senté en la cama, atento a intervenir si era necesario, aunque no sabría con qué. Repentinamente ella se sentó también y me miró con ojos brillantes, luminosos e intensos.

Su rostro era aún más bello que antes. Se paró y comenzó a avanzar hacia a mí despacio, con sus brazos extendidos en ademán de abrazarme, y con su cabellera despeinada. Pero perfecta. Yo estaba paralizado, no sabía qué hacer. En un segundo, se metió debajo de las sábanas y como un animal reptante avanzó hacia mí. Me busco y encontró mi cuerpo desnudo. En un segundo comenzó a tocar con sus manos heladas, pero suaves, cada rincón de mi ser, hasta que emergió con sus ojos luminosos y besó mis labios. Mi cuerpo, al sentirla, estalló en miles de sensaciones prohibidas. Quise frenar mis impulsos, pero no pude y la tomé del cuello mientras hundía mi lengua en su boca, que jugueteó con la suya. Sabía que no debía y aun así no podía parar. Mis manos comenzaron a tocar su cuerpo, la recorrieron de norte a sur. La miré sorprendido porque ahora estaba completamente desnuda: era una flor abierta para mí. Sus senos perfectos se ofrecían a mis labios sin tapujos. Su sexo me esperaba y yo desesperado no podía parar. En el instante en que salté sobre ella para penetrarla, desperté.

Era ya la mañana y el sol me iluminó. Mi cama estaba revuelta y yo empapado en sudor. Miré instintivamente a la mesa, y allí estaba ella, inmóvil como antes. Me regañé por aquella debilidad, por aquellos malos pensamientos. La joven seguramente era una dama, una doncella que poco sabría del amor y menos de aquellas bajezas prohibidas para mí. Me levante y mojé mi rostro con agua helada. Luego me acerqué para constatar que seguía con vida. La noté más radiante, más bella y más perfecta, por lo que supuse que el calor y la estancia le favorecían. Y esa pequeña y discreta sonrisa de paz en su rostro. Sí, era una doncella definitivamente; me regañé otra vez por el sueño de la noche. Le toqué el rostro pero aún estaba frío. Avivé el fuego y agregué un cobertor más para que se recuperase más rápido. Cuanto antes reaccionase, mejor. Así ella podría volver a su casa y yo a mi confinamiento.

Pasé el día alejado de donde ella descansaba, aunque de tanto en tanto la observaba para constatar que vivía. En esos momentos en que la miraba deslumbrado, el tiempo volaba, como si un hechizo del tiempo cayese sobre mí. Y la noche otra vez estaba sobre mi corazón y en el cielo. Tenía miedo de mí, de mis sueños, pero debía dormir. Miré mi rostro en un pequeño espejo que tenía en el baño y me vi apesadumbrado y más canoso, si es que eso era posible. “Es el cansancio”, me dije y fui a dormir.

Esta vez no miré hacia donde ella se encontraba, aunque la luna era intensa y se filtraba por las cortinas de mi habitación. Había cerrado la puerta para protegerla de mi insania mental. Los ojos me pesaban y pensé que esa noche descansaría finalmente. Sin embargo, al mirar por la ventana, vi que alguien caminaba afuera. Era una joven mujer que lentamente se dirigía hacia el río. Caminaba entre la niebla que comenzaba a bajar, moviéndola a su paso. Me senté en la cama e instintivamente miré la puerta de mi habitación: estaba abierta de par en par. La mesa donde yacía la joven, vacía. Miré a mi alrededor y me noté completamente desnudo como la noche anterior. “estás soñando”, me dije para darme coraje y hasta para condenarme por lo que pudiera suceder. No sirvió. A mi lado en la cama ella, sin ropa también, con sus ojos luminosos observándome con sonrisa maliciosa y sangre, sangre entre sus piernas.  Mi corazón estaba desbocado. Mis manos ensangrentadas temblaban y ella otra vez me comenzó a besar y a recorrer el cuerpo con su lengua. “No, ¡por favor!” dije, pero mi cuerpo tenía vida propia. La tome de sus cabellos y la besé sin parar, recorrí con mis labios su piel blanca manchada de sangre, convirtiéndome otra vez en pecador. Mientras lo hacía, la figura que caminaba afuera observaba, distante, con ojos luminosos también y una risa diabólica en su rostro. Pestañé y en un segundo ella estaba en la ventana, riendo. Me asusté aunque mi boca no paraba de recorrer a la joven sin nombre que excitada pedía más y más. Entonces, al segundo siguiente, ella estaba frente a mí, tan cerca que podía olerla. Su aroma me hipnotizó. La miré: era tan hermosa como mi amante anónima. Pero algo más llamó mi atención: un destello metálico provenía de sus manos, un cuchillo con el que creí que me mataría; y sin embargo, con una velocidad inusitada, degolló a mi joven amante y tomó su lugar. Quise gritar pero ella no me dejó. Su lengua ya estaba en mi boca hurgando y haciéndome explotar de placer. En un mar de sangre me tumbó y comenzó a recorrer mi cuerpo con el suyo. Cuando me tuvo rendido, tomó el cuchillo y violentamente, penetró mi abdomen.
Desperté aterrorizado.

Los días comenzaron a sucederse entre febriles noches y mañanas espantadas y cansadas. ¿Qué era aquello que me habitaba cada noche? ¿Acaso Belcebú moraba mi corazón? Estaba seguro de que era yo, porque semejante ángel, puro y bello, no podía engendrar ningún mal. Sin embargo, cada mañana ella estaba más bella y más viva, mientras que yo me encontraba más y más abatido y avejentado. Parecía que ella se alimentaba de mis sueños.

Luego de una semana, su piel tenía calor y estaba sonrosada.

Una mañana, como siempre y luego de una noche excitada y violenta, me miré al espejo y con horror observé que además de las canas, mi piel estaba arrugada. Mis ojos tenían un velo gris y apenas veían. Entonces, una lágrima rodó por mi mejilla. Parecía un hombre de más de ochenta años “¿Qué pasó?”, me pregunté, mientras rogaba despertar de esa pesadilla en la que estaba sumido. Instintivamente miré la mesa con ella allí, inmóvil, impávida, pero viva. No podía ser. Cuanto mejor estaba ella, peor me encontraba yo…y ¡esos sueños! En un arranque de ira fui hasta la mesa y la tomé entre mis brazos; la llevé con esfuerzo y la deposité en aquel bote donde la había encontrado. Una vez dentro de él la miré y la recordé desnuda. Por instante titubeé y quise hacerla mía una vez más. Sin embargo, con una de mis piernas lo empujé y se fue lentamente río adentro.  

Inmediatamente sentí cierto alivio en mi corazón, aunque también remordimiento. Porque ¿si el culpable de todo era yo? ¿Si todo provenía de mi mente podrida de hombre necesitado? Nunca supe quién sería ella y si sobreviviría. Pero hice lo que debía hacerse. La noche llegó y esta vez, la luna no alumbró la mesa. Entonces, comencé a escribir este relato, esta advertencia.

Estoy seguro de que aquella visita fue el mismo Diablo queriéndome tentar. Pero lo evadí, o eso creo. Sin embargo, mientras veo por la ventana con mis ojos cansados, allí a lo lejos en el río, veo unos ojos luminosos y una sonrisa maquiavélica. Y sé que se encuentra allí esperándome, en esta última noche. La luna sale e ilumina la mesa donde ahora estoy recostado. No me puedo mover y ya no quiero hacerlo. La espero, la deseo.  Mi corazón se agita, otra vez, y ella me posee, me hace suyo con desesperación una vez más, hasta dejarme vacío, en plena oscuridad. Esta vez, ella y el cuchillo son reales.  

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2014

miércoles, 25 de junio de 2014

Un puntito


 
 

Él cerró sus ojos y un diminuto punto apareció de la nada, en la inmensidad su propia oscuridad. Un insignificante puntito luminoso, blanco y tan intenso como la energía del sol, aunque mil veces más sublime. ¡Era tan bello! Transmitía una infinita paz, invitándolo a que continuase con sus ojos así cerrados.

A medida que el tiempo transcurría, el punto fue cambiando, mutando. Se transformó en algo intenso, más bello, más poderoso inclusive que él mismo que lo estaba imaginando. Y en cierto momento, la pequeña esfera cobró vida: comenzó a moverse al ritmo de los latidos de su corazón, expandiéndose y contrayéndose. Parecía que dentro de sí, algo luchaba por salir, por nacer, por ser. Él, al no entender de qué se trataba, pensó por un instante en abrir sus ojos, pero ¿y si esa magia se rompía? Esa posibilidad lo frenó de inmediato y lo obligó a esperar. Tal vez, algo más divino aún se desprendería de ese punto y lo sorprendería. Aunque, su preocupación se centraba en la posibilidad de que ocurriese lo contrario; que quizás, detrás de eso hermoso y pacífico, algo diabólico se estuviese gestando, y su mente se viese invadida por algo terrible y dañino.

Su corazón se disparó y también lo hizo el punto blanco que latió desenfrenado, acelerando su proceso.
Pero algo lo distrajo: escuchó unos pasos que, a lo lejos, se acercaban a dónde él se encontraba. Algo frío y desagradable entró por uno de sus brazos y lo convenció de que el afuera era más adverso. Se serenó. Respiró hondo con sus párpados aún obturados y continuó esperando a que el foco luminoso pariese aquello que anidaba en su interior. Lentamente, como si el puntito supiese la anticipación de él, se agrandó más y más y más hasta convertirse en una mancha blanca y brillante. Era tan blanca y tan brillante que le hizo doler su cabeza. Sintió que sus neuronas no resistían tanta luz y otra vez estuvo a punto de desistir. Pero cuando ya no tuvo más espacio donde entrar, la mancha se contrajo bruscamente, haciéndose otra vez punto. Nuevamente era un puntito minúsculo, microscópico, concentrado sobre sí mismo, aunque luego de un instante, estalló en miles de millones de pequeños puntos.

Esos puntos recién nacidos, volaron en todas las direcciones posibles y probables. Migraron hacia arriba, atrás, a los laterales e incluso se dirigieron hasta aquellos lugares donde los ojos de él no podían seguirlos. Al viajar a tanta velocidad se convirtieron en pequeñas fibras luminosas ocupando todo el campo visual oscuro.

Él estaba extasiado con tanta belleza; algunos de aquellos puntitos se habían convertido en cintillas de colores brillantes: las había azules, rojas, naranjas y otras que simplemente quedaron blancas. Luego de aquel movimiento, serenaron la fuga y comenzaron a organizarse. Con un fondo oscuro, negro profundo, las lucecitas comenzaron a girar unas alrededor de otras, con caprichosa cadencia. Se perseguían entre sí en juego maniático y febril. A su vez éstas seguían a otras, como organizándose en algo que él no entendía, aunque disfrutaba sobremanera.

En un instante, un milisegundo o menos, se formaron espirales que giraban a alta velocidad. Parecían diminutos tornados que arrastraban millones de puntos en su interior, con hermosos colores entremezclados. Aunque en su centro, algo nuevo se constituyó: algo oscuro y peligroso. Y él lo supo porque observó cómo una de las incipientes espirales, se fagocitó a sí misma a través de este centro nuevo. El agujero negro, que se camuflaba en el interior de los remolinos, se había tragado entero uno de ellos y como consecuencia, había creciendo al instante. Momentos después, otra espiral era tragada y él se desesperó ya que, ese mundo mágico formado tan solo con un punto, lentamente se destruía. Pero, dentro de tanta catástrofe, algo le llamó la atención: en el otro extremo, sin siquiera notar lo que ocurría con ese agujero negro, una de las espirales se había organizado y giraba a un ritmo de vida.

Miró mejor y, como si sus ojos se transformasen en una lente de aumento, notó que se había diferenciado del resto caótico: en torno a un centro luminoso, pequeñísimas rocas giraban organizadas y a cierta distancia entre sí. Miró más cerca y vio mundos girando alrededor de un sol. De estos mundos, uno en particular, mostraba colores mágicos: verde como el agua, azul claro y rojo como el fuego. Agudizó aún más su vista y vio en ese nuevo mundo a miles de diminutos seres que, como hormiguitas, construían y destruían a una velocidad increíble. Creaban y recreaban su tierra con una organización milagrosa.

Otro ruido provino desde el afuera. El entorno estaba casi tan revolucionado como su interior y lo reforzó a cobijarse en su creación. Sintió de nuevo frío y luego, nada.

Se concentró en su universo alterno y autocreado. Observó que aquel agujero negro y amenazante no se había detenido. Todo lo contrario: había comenzado a devorar los otros puntos luminosos, y lenta, pero determinadamente, se acercaba a aquel sistema. ¿Sería el final? Tal vez, así como todo había iniciado con un puntito blanco, su opuesto, el gran punto negro, sería el fin de semejante creación. La oscuridad y el frío como final de una etapa.

Volvió a mirar aquella civilización: a estas alturas ya habían creado tecnología nueva, edificios altos, enormes represas. Sin embargo, su mundo ya no era tan brillante. Prevalecía el color ocre y todo parecía sucio o desgastado. Era el reflejo de un ambiente corrompido y saturado. ¿Cómo era posible? Si tan solo unos instantes atrás…reflexionó.

"¿Qué hago?", se preguntó "¿Y si destruyo el agujero supermasivo con mi mente?" Valía la pena intentarlo si quería salvar aquella civilización incipiente. Después de todo, él había creado el punto blanco y por consiguiente todo ese universo. Era un gran dilema el que se le presentaba; entonces lo supo: se había convertido en Dios. Él era un Dios Creador y como tal podía decidir el futuro de su universo y de los que allí moraban. Sí, eso haría. Salvaría esa microhumanidad que vivía en uno de sus mundos para así observar cómo se desarrollaba su historia, hasta donde eran capaces de llegar con la ayuda de su mano creadora. No eran como él, por supuesto, pero eran capaces de crear, de modificar su entorno. Sin embargo, recordó su última visión. Recordó cómo ese grupo de seres tecnológicos y sucios tenían la capacidad de destruir algo precioso y único: su Creación perfecta y resplandeciente. Habían destruido esa belleza que Él había creado; se preguntó, entonces ¿por qué ayudarlos? Y ¿si ese enorme agujero negro se los tragaba de una vez? Él podría comenzar de cero, con otro punto, cuando lo quisiese. Nada lo ataba a esa creación que tenía alta velocidad de destrucción. ¿Por qué, si se había creado espontáneamente, no podría destruirse para hacer algo mejor?

Enfocó sus ojos en la microhumanidad, en esos seres inmundos y destructores de lo bello. En esos instantes, el cielo que rodeaba ese punto magnificado era turbio. Si no desaparecían por el agujero negro, desaparecerían por su propia porquería. Los miró sin remordimiento. Ellos se destruían a sí mismos. No, no les tenía pena, se merecían ese final.

Mientras tanto, el agujero se acercaba determinante, comiéndose todo cuanto se encontraba a su alrededor. Lunas, planetas, cometas, nada se salvaba de ese poder oscuro y destructor. Sus ojos se repartían entre uno y otro extremo del universo. Segundo a segundo, todo cambiaba. Así vio que, en el último segundo, la micohumanidad luchaba sin darse por vencida. Ellos habían diseñado algo para limpiar el aire y ya no se veía todo tan sucio. Además, habían creado algo más grande y relevante: un arma gigantesca que era esgrimida al propio cielo. Había sido diseñada con la pretensión de destruir el agujero supermasivo. En cierta forma, él se sintió orgulloso de su creación: esos seres eran inteligentes y sabían redimirse y aprender de sus errores. Mientras él admiraba su creación, el arma fue fijada. Pero allí mismo, en ese momento determinante, sintió que alguien lo tocaba e intentaba que abriese sus ojos. “No”, pensó. “Esto es más importante. Ahora no por favor”, creyó balbucear.

El exterior se hizo lejano y eso ayudó a que continuase observando el arma que ya apuntaba al cuadrante en que el agujero negro avanzaba; y en el punto culmine fue disparada.

Una explosión supermasiva se comió al agujero entero, aunque en ese instante, no fue lo único que se destruyó. En aquel momento, miles de neuronas se desintegraron y el Creador dejó de ser.

Mientras esto sucedía, el médico que hacía las rondas se encontró con el hombre que se movía descoordinadamente en su cama. Lo tocó y lo llamó para que reaccionase, pero al parecer era presa de una convulsión y por más que intentó, no pudo salvarlo. Cuando los movimientos cesaron, el profesional solo pudo constatar que aquella mente estaba arruinada. En los estudios posteriores el hombre observó que aquel cerebro estaba tan dañado que hubiera sido imposible salvarlo. Parecía como si un rayo lo hubiese partido.

 Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

viernes, 13 de junio de 2014

La puerta


 
 

 La puerta estaba cerrada. Ella, a sólo centímetros, se encontró petrificada durante varios y largos minutos. “Solo un pedazo de madera me separa de…”, pensó y su corazón se aceleró. Sintió que el mundo pesaba en sus espaldas, que su fuerza se desvanecía y sólo quedaba ella: huesos y carne. Y terror. Mucho terror.

 Miró hacia el piso, como si allí encontrase algún motivo, alguna razón que le impidiese avanzar. Pero solo vio la luz que se filtraba por debajo de la puerta. Cerró los ojos. Intentó recordar los días previos, la felicidad, la anticipación. Pero esa sensación se había ido en el mismísimo instante en que había amanecido. Esa mañana al despertar, solo un peso en el corazón se había instalado como si un elefante la hubiese pisoteado y desde entonces, se transformó en una sombra de lo que era.

 Un ruido la sacó de sus cavilaciones. Parecía provenir desde detrás de la puerta, aunque era indefinido y difuso, como su futuro. La madera gruesa y oscura, impedía que algo se filtrase con claridad. Solo madera, nada más. Sin picaportes, sin ventanas, ni vidrios. Tal vez, si hubiera sido una puerta de vidrio, le hubiese ayudado, le hubiera dado alguna pista. El no saber la aterraba. ¿Qué había detrás de esa puerta? Si tan solo se atreviese.

 Estiró la mano, sólo para sentirla, para acostumbrarse y perder ese temor. Pero inmediatamente después de dar la orden a su mano para que se elevase, vio como ésta temblaba con total descontrol, reflejando el pánico que moraba en cada rincón de su cuerpo. “¡Es solo una puerta!”, se reprochó. Un límite entre el acá y el allá. Ni siquiera con el más allá. Solo ese lugar. Uno más entre tantos lugares en los que había estado. Pero su cuerpo le hablaba, le reclamaba, le pedía salir corriendo de allí. Refugiarse. Esconderse en alguna caverna oscura y solitaria. Sola, fundamentalmente sola, donde nada ni nadie la encontrase.

 Petrificada. Cada porción de su cuerpo, cada músculo, cada nervio, estaba congelado. Se había convertido en una estatua batiente. Porque su corazón era lo único que, desenfrenado, corría. Su mente debatía entre huir y quedarse allí por siempre. Tal vez, si tan solo perecía allí, en algún momento se convertiría en polvo y así el mundo seguiría su marcha. Sin ella, sin el problema que ella era para todos.

Sin embargo, allí seguía, mirando la puerta de madera que la invitaba a cruzarla, a continuar. ¿Y si todo sale mal?, se preguntó. Los fantasmas la rodearon y la hicieron aún más chiquita, como una niña indefensa ante los avatares de un mundo duro y cruel. Eran fantasmas de su pasado, esos que anidaban en su corazón desde pequeña. Fantasmas que lentamente y como gusanos carroñeros, habían debilitado su temple, su capacidad de lucha y de defensa. Un recuerdo: ya lo tenía, lo había logrado, su gran triunfo. Aquello por lo que había luchado en su vida, y unos ojos implacables, que la helaron con su mirada de desprecio, le decían NO. Implacable, sentenciante como puede ser el rechazo. Y así fue, había fallado.

Esos mismos fantasmas la llevaron a un futuro falso donde la puerta se abría y ella era succionada por un abismo oscuro y sin fin. Donde caía eternamente y ya nunca dejaba de caer. Solo gritaba y lloraba, arrepentida por una decisión no tomada en realidad. La oscuridad la rodeaba invitándola a quedarse por siempre en el olvido. Se sacudió y se vio nuevamente allí parada, frente a la puerta de madera cada vez más oscura, cada vez más gruesa y determinante. La puerta que le recordaba aquel entonces, aquel pasado. Sabía que no podría dos veces. No. Moriría de tristeza si sucedía lo mismo. Y eso la congelaba y no le permitía avanzar. Y todo seguía igual.

Un paso hacia atrás. Su cuerpo comenzó a moverse, a aflojarse. La decisión de retirarse la ayudó a aflojar sus piernas. “En otra oportunidad será”, pensó. “Si…habrá miles de oportunidades en el futuro”. Los fantasmas de su alma se hacían más y más grandes, llenando cada rincón de su cuerpo. “Seguro que pronto aparecerá algo nuevo…y me atreveré. Si, seguramente”. Otro paso hacia atrás, más retroceso. Su corazón comenzó a serenarse, mientras que la puerta se hacía más y más lejana. La seguridad volvió a ella. Pensó en su lugar seguro, en su casa, en su cama calentita. Si…volvería a su lugar seguro cuanto antes. Otro paso más, y otro y otro, más retroceso. La puerta se veía pequeña y ya no era tan amenazante.

Sin embargo, en su retirada se topó con algo. Un aroma, una sensación conocida.

—¿A dónde vas?

—A casa…necesito volver

—¿Y perderte lo que te espera?

— No lo sé ¿Qué me espera?...esto me está matando

—Estoy a tu lado para lo que sea…bueno o malo. Acá estoy para sostenerte.

—Y si me va mal…

 —Acá estoy para llorar juntos y recomenzar…pero pregúntate algo ¿y si detrás de esa puerta está el éxito? ¿Vas a abandonar por la duda, por no saber?

—No quiero sufrir, no lo toleraría otra vez.

 Una lágrima rodó por su mejilla, pero él la tomó y la atesoró en su corazón.

Entonces, la miró a los ojos, la besó en los labios y le tomó la mano. Tocaron la puerta que se abrió como una flor en primavera y juntos la atravesaron. Y fue tan fácil hacerlo que los fantasmas de su corazón desaparecieron en un instante. Su cuerpo se hizo ligero como una hoja y el mundo se abrió ante sus pies, ofreciéndole todas sus posibilidades.

  Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 8 de junio de 2014

Diabólica


 

 “Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso”, me dijo ella esa mañana en el cementerio, provocándome un estremecimiento. Y aunque sé que son desvaríos de una trastornada, la sentencia dada por ella, de alguna extraña forma, tomó una certeza enorme y me afectó. Tanto, que desde ese momento, temo por mi alma.
Un cielo despejado, una luna enorme y estrellas…miles de ellas. Aquí, sentada en la galería de mi casa, como una década atrás, extraño las épocas junto a ella. Pero un recuerdo o algo más, anidó aquella noche mientras observábamos juntas las estrellas y el bosque, que se erigía frente a nosotras. Aquel recuerdo me estremece hasta la médula, y me sorprendo deseando que todo ese sentir volviese a donde pertenece: a un turbio y desdibujado pasado.

Clara es mi amiga desde corta edad, desde siempre. Ella es 27 días y 14 horas menor que yo por lo que, de una forma u otra, siempre me sentí responsable por su seguridad. Nos conocimos a la edad de 8 años y además de ilusiones, compartíamos el mismo barrio, la misma escuela, la vida entera. Con los años, nos hicimos cómplices de travesuras, confidentes de secretos de amor y suspiros por muchachos, nos hicimos inseparables.

Sin embargo, algo sucedió y cambió la vida de las dos para siempre.
La oscuridad cálida de verano, como en aquel entonces, me trae malos presagios. Mi corazón se dispara y mi mente se va lejos, a esa fatídica noche. Ella estaba allí, en esta mecedora vacía que hoy se hamaca, como entonces. Puedo escuchar su risa, esa carcajada que alegraba mi espíritu y lo transportaba a un mundo luminoso y feliz.

—¿Qué haré cuando te vayas a la universidad, Alba? Te voy a extrañar horrores —su mirada estaba triste como mi corazón. Yo me iba al día siguiente y sabía que esa separación sería terrible para mí, tanto como para ella.
—Existe el teléfono y además, los fines de semana, pienso venir a verte.

—Sí, pero no será lo mismo…
—Lo sé. Pensá esto: en solo cuatro años voy a estar nuevamente en este pueblucho y con un título. No te pongas triste.

Le acaricié el pelo y ella apoyó su cabeza en mi hombro. Un silencio se instaló entre ambas. De una u otra forma sabíamos que todo cambiaría luego de esa noche, aunque lejos estaba en nuestras mentes, el motivo del cambio.
—Qué hermoso está el cielo, Alba. Hace tiempo que las noches no se ven así: calmas, despejadas y llenas de estrellas. Es un presagio…algo va a pasar —dijo ella haciéndose la misteriosa, mientras sus ojos brillaban.

Siempre hacía eso. Así se expresaba y era el inicio de tontas charlas, sin sentido, aunque hilarantes. Era una especie de código para las pavadas. Extrañaría eso de mi amiga en la universidad, aunque luego de ese día, mi vida ya no tuvo la alegría picaresca e inocente de Clara, nunca más.  
—Es el anunciamiento de lo nuevo —dije yo ilusionada con los cambios venideros y poniéndome seria por primera vez en nuestras vidas.

Sin embargo, de pronto una espesa niebla se instaló en el parque y Clara me miró sorprendida, preocupada por la sentencia dictada por ella minutos antes. Yo me asusté, porque además de lo extraño presentí lo mismo que ella. Eso no era normal, para nada. Estábamos en verano y tan solo minutos antes, todo estaba despejado. A pesar de que no había siquiera una brisa, esa tiniebla se movía de un lado a otro, como si tuviese vida propia y, lo peor de todo, como si estuviese buscando algo. Provenía desde la profundidad de los árboles, del bosque que se erigía frente a la casa y se dirigía en dirección nuestra. Yo tomé la mano de Clara y la insté a que entráramos, pero ella estaba petrificada en la silla.
—Mirá…..allá —titubeó mientras que, con el dedo, me señaló los árboles. Entonces,  vi un par de ojos rojos acechantes.

—¿Qué es eso? —dije levantándome de la silla, aún sin soltar la mano de mi amiga.
—Es tan hermoso…vamos a ver —dijo Clara y se levantó ella también de la silla sin dejar mi mano.

Comenzó a caminar lentamente, como hechizada por esos ojos rojos que a la distancia observaban, sin moverse y sin mostrarse. Yo, que no estaba tan convencida de esa belleza, y con mi cabeza que daba vueltas, tiré de su mano intentando frenarla, pero ella se soltó a pesar de mi esfuerzo.
—¡No vayas Clara, quedate conmigo, por favor! —le rogué agarrándola del brazo.

Ella, sin siquiera mirarme, se zafó de mi mano y continuó con su paso firme mientras, en voz baja y algo grave, respondió:
—No pasa nada…él nos espera Alba…te quiere a su lado. Él me lo está pidiendo.

—¿Él? ¿Quién es él? No, por favor….no vayas. No sabés quién es. Podría hacerte algo malo…
La niebla se hizo más espesa aún y un tremendo hedor a azufre llenó el aire y mis pulmones. Mientras que Clara avanzaba, ya lejos de mí, la niebla se dirigía  hacia ella. Mi desesperación se apoderó de cada fibra muscular dejándome paralizada mientras ella se alejaba de mí. Y no pude avanzar, por más que lo intenté. Entonces, en un segundo la niebla la envolvió totalmente y la desapareció de mi vista dejándome sola en la oscuridad con el corazón contraído de terror.

Allí mismo, paralizada como estaba solo pude llorar por ella; parecía que nadie más estaba viendo aquella situación y me sentí abandonada por el universo. Reaccioné luego de un instante y desesperada entré a mi casa. En la sala miré a un lado y otro sin saber qué hacer. ¿Llamaría a la policía? Me creerían loca, de seguro. En medio de la consternación, caí de cuclillas al suelo, llorando por mi amiga, cuando miré la pared y una enorme cruz, con su Cristo colgado, pareció iluminarse. Sentí que algo me quería transmitir, entonces la tomé entre mis manos y comencé a rezar con todo lo que se me venía a la mente. Padres nuestros, Ave María, lo que se viniese a mi cabeza. Pensé en mi madre, deseando que estuviese allí y no trabajando como cada noche, y en ese desesperado delirio místico el tiempo se deshizo y la oscuridad sobrevino a mi conciencia.
Cuando abrí los ojos estaba en mi cama. Era ya de día y mi madre estaba preparando el desayuno. Podía escucharla en su ir y venir habitual. Caminé por la habitación y por la sala: al parecer todo era normal. ¿Habría sido un sueño? Tal vez, pero lo suficientemente intenso como para dejarme en shock. Sin embargo, no había tiempo para ello. Esa tarde partía hacia la universidad y todo eso quedaría en el pasado, como una anécdota tonta. O al menos, eso deseaba.

Desayuné en silencio, bajo la atenta mirada de mi madre. Temía preguntarle algo sobre la noche anterior y que con sus palabras confirmase mi temor, que mi amiga Clara estaba muerta.
En silencio, coloqué mis maletas en el baúl del auto y partimos. Sin embargo, algo se contrajo en mí al pasar por la casa de Clara, y un nudo se presentó en mi garganta. Mi madre, al notar mi abrumador silencio, frenó y me instó a que me despidiese de ella. Aunque lo que ella no imaginaba era que mi angustia no se debía solo a la separación, sino al miedo de que lo vivido la noche anterior fuese verdad y no un mal pasar onírico.

Bajé del auto y me dirigí a la entrada. Respiré hondo y aún antes de tocar, la puerta se abrió, mientras mi corazón desbocado de anticipación rogó que fuese ella la que apareciese.
—Hola Alba… ¿cómo estás querida?

—Me estoy yendo. ¿Está Clara? Quería despedirme…
—No cariño. Anoche volvió de verte bastante mal —mi corazón dio un vuelco y sentí que comenzaba a hiperventilar. Las manos me temblaban como si fuesen a acusarme de asesinato y mi cabeza pulsaba al son de mi agitado corazón. Evidentemente, todo había sido real.

—¿Mal? —Titubeé —¿Puedo verla?
—Cariño, ella se fue esta mañana a lo de su tía en el campo. Anoche volvió muy agitada por tu partida. Casi no emitió palabra, por lo que decidí que no verte hoy cuando te ibas, sería lo mejor. Yo le dejo tus saludos, ¿te parece? —y suspiré con esa declaración.

Me fui, aunque al retirarme, me pareció ver algo fugaz en la ventana del dormitorio de mi amiga: unos ojos rojos escarlata que hicieron que me estremeciese, como si hubiese visto al mismísimo diablo. Me convencí de que estaba alucinando y me marché de allí.
Me instalé en la habitación del campus de la universidad. De repente sentí que me había convertido en adulta, así de un día para el otro y fue difícil al principio. Sobre todo sin ella, sin mi Clara para consolarme. Además, durante largo tiempo, por las noches sólo pude soñar con esos ojos escarlatas que me seducían a la distancia y me hacían desear a su dueño, aún sin conocerlo. Pero al despertar me convencía de lo obvio, eran mis neuronas que se sentían culpables y pugnaban porque volviese al pueblo a buscar a mi amiga. Resistí y con el tiempo las pesadillas se aplacaron.

Los años pasaron y en mi corazón siempre estuvo la pregunta: ¿qué hubiera pasado si…? La distancia entre nosotras se hizo evidente. Yo llamaba cada fin de semana, pero su madre me decía que estaba descansando o que se había ido al campo y de a poco desistí de contactarla. Mi madre, que se daba cuenta de mi dolor, siempre me contaba algo acerca de ella, aun sin que yo preguntase. Así me enteré que su comportamiento se había vuelto errático y extraño.
—Hija, Clara no está bien…ayer la encontraron caminando desnuda en el bosque. Decía que debía darle sangre a Satán. Creo que la van a internar…

Y mi corazón sufría por la distancia, por haberla dejado sola. Según mi mamá, ya nadie sabía qué hacer con ella y habían llegado al punto de visitar a cuanto médico y curandero había en la ciudad. Yo vivía atormentada por ella, aunque no detuve mi vida. No podía hacerlo. Estudiar en la universidad era todo en mi vida. Había sido un gran sacrificio por parte de mi madre y no podía defraudarla, no por algo que no podía manejar. Sin embargo, nunca dejé de pensar en mi amiga.
El tiempo continuó su marcha y a la universidad le siguieron ofertas de trabajo y ya el retorno a mi pueblo fue una promesa rota.

Sin embargo, tuve que volver. Ayer perdí a mi querida madre y esta mañana la enterré. La noche está calma como hace diez años y las estrellas brillan con desmesura, provocándome aún más dolor. Y sé que fuiste vos quien hizo esto, porque sólo llevándote a mi madre sabías que volvería a ver a mi Clara. Y, que de esa manera, me volverías a ver. Lo sé.
La niebla comienza a brotar desde el bosque, como aquella vez. Allí, a lo lejos, los ojos rojos me observan impacientes, implacables. A mi lado, la silla comienza a mecerse sola mientras mi corazón se desboca del terror y mis músculos uno a uno se paralizan, inmovilizándome. Te veo caminar hacia mí con ojos vacíos. Entonces, sé que esa noche no fue un sueño. Te habías ido con él y esperaste todo este tiempo por mí.

—Él te quería a vos Alba….y yo tuve que reemplazarte. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué dejaste que eso me pasara a mí, tu mejor amiga? —Pregunta con voz bajita y grave —Se necesita darle sangre al diablo para que nos haga caso, ¿sabés? —dice en una sentencia y veo su mano sangrante, mientras los ojos rojos y el olor a azufre me invaden y se apoderan de mí, devorándome y llevándome a la eterna Oscuridad.
 

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014