sábado, 3 de septiembre de 2016

En algún otro lugar.





Luego de ver aquella luz intensa y de sentir la carne desgarrada en uno de mis costados, desperté en plena oscuridad. Al principio no entendí qué pasaba o cómo había llegado a ese lugar. Imaginé que había estado ahí durante mucho tiempo, que me habían dejado ahí como algo que se olvida fácilmente. Una cosa…un objeto. 

Estaba tendida en el suelo, boca arriba. Enseguida intenté moverme pero el cuerpo me era ajeno. No respondía. Pero sí sentía. Pequeños pies caminaban sobre mí, me olían, hurgaban. ¡Salgan de mí!, quise decir pero no pude emitir sonido. Mi garganta estaba seca, arenosa como el Sahara. Tosí pero no resultó. Aunque los numerosos animaluchos huyeron al sentirme viva. ¡Ratas! Puse la mano en mi boca e intenté contener un vómito de repugnancia. 

“¿Dónde estoy?”, me pregunté. La desesperación y el llanto estaban ahí, a segundos de aparecer y anularme. “No pierdas la cabeza”, me dije aunque era algo casi imposible de sobrellevar. Respiré varias veces para serenarme y un olor a humedad mezclado con algo que no pude identificar llenó mis sentidos. Penetrante, putrefacto. Quizás eran los roedores. Su orina, su excremento. “¡Controlate!”. Traté de enfocarme para lograr salir de ahí, pero nada de lo que me rodeaba me parecía conocido. Sobre mí cabeza divisé telarañas enormes que colgaban del techo como lianas delicadas y envolventes. Pero nada más. Nada de lo que veía me daba pistas de donde estaba. 

“Pensá”, aunque era difícil pensar con coherencia. Mi cuerpo temblaba y no sentía mis manos. Tuve miedo de desaparecer, de desvanecerme en el aire. Y eso era algo que nunca había experimentado. Intenté despejar mi cabeza pero una nube negra se había depositado en mi memoria. No sentía dolor. Ya no. Pensé: “Estoy muerta”. Era una posibilidad. Luego de tantos años de amenazas y golpes, quizás mi marido me había mandado a donde pertenecía: al infierno. Aunque seguramente el infierno era un lugar mucho más cálido que esa habitación sucia donde me encontraba. 

Agudicé mis sentidos. El silencio era tan penetrante como el olor a humedad. No se escuchaba nada. Ni siquiera los diminutos pasos de los bichos que me rodeaban. Era como si de repente alguien hubiese apagado el ruido de mis oídos. 

Intenté ver más allá de mis temores y solo divisé bultos. A pesar de ello y en aquel estado de desesperanza, noté que la oscuridad no era tan densa como antes. Que se había transformado en penumbra y de esa manera divisé una luz débil que apareció a la distancia. “Es mi salvación”, pensé entonces.

Me incorporé y con dificultad fui hasta la fuente de luz. Tal vez si gritaba fuerte alguien podría ayudarme. O no… Una idea me asaltó y me revolvió las entrañas: ¿y si me encontraba con mi marido? Quizás lo que estaba viviendo, el encierro, la oscuridad, era todo parte de un plan perpetrado por él; mi demonio particular. Ese pensamiento me frenó en seco. La idea de que él me había encerrado se ancló en mi cerebro. Estaba segura que ese desgraciado había transformado aquel cuarto en mi cárcel. Y que jamás saldría con vida de ahí. 

Quedé paralizada con semejante pensamiento y la cobardía llegó. Me cobijé en la oscuridad y el silencio como cada vez que su brutalidad aparecía. Mi respiración se cortó de golpe y el miedo me abrazó. 

La pena me llevó al pasado como si aquel presente no fuera ya un castigo lo suficientemente grande. Volé al día de mi casamiento. A lo que siempre había querido. El vestido blanco, la fiesta, la felicidad. Pero enseguida sobrevino lo otro. La luna de miel que no fue dulce para nada. Recordé el dolor y el primer golpe marital. Recordé la violencia con la que él dejó en claro que era suya y lo sería hasta el final. Y la bronca y el odio que crecieron en mí. 

Una rata curiosa me trajo al presente. Mordisqueó mi ropa pero de un golpe la alejé. Su chillido fue silencioso como todo lo que me rodeaba. Una lágrima se escapó mientras mi mente ordenó alejarse del encierro y volver al pasado. A aquel día en el que descubrí que estaba embarazada. La felicidad entremezclada con terror. Con el miedo de que él me arrebatara esa pequeña alegría. Recordé el dolor de parir y la dulzura de amamantar a mi hijo. Recordé también la desgracia de perderlo por la muerte blanca y los golpes que mi demonio me propinó por ser mala madre. 

Llore entonces y en mi nueva cárcel. 

Volé una vez más, entre olores nauseabundos a estiércol de ratas. Fui a mis vanos intentos de fugarme de aquella prisión marital. Volví a la última discusión “Te dejo”, le grité y la oscuridad del golpe y el silencio aterrador. Y la nada y el dolor. Entonces reaccioné. “Ya no más”, pensé. Me sacudí el estupor y la parálisis. Las penas y las amarguras del pasado se evaporaron. Me levante decidida fui hasta la luz. Derecho. Determinante. 

Llegué arrastrándome hasta una ventana rectangular. Vieja, sucia. Sólo un vidrio me separaba de ese exterior al que temía confrontar. Había ruido. Risas. Ahora estaban presentes. Ahora podía escuchar. “Viste lo que pasa…a mí no me vas a dejar. ¿Entendido?” Alguien hablaba alto, moviéndose, riendo. No podía ver bien. El vidrio distorsionaba todo, le daba un color extraño. “Arriesgate”, me dije y decidí terminar con mi miseria, con el encierro y la humedad. Tomé coraje, y con todas mis fuerzas atravesé el vidrio. Por un segundo flote, sobrevolé la habitación sucia. Mientras volaba recordé la pelea, el golpe. Recordé que me creyó muerta. Y vi que se reía al verme tendida en el suelo. Que me pateaba mientras yo no podía reaccionar.

Entonces miró hacia arriba. “¡Oh dios mío! Esto no puede ser cierto”, dijo. Fueron sus últimas palabras antes de morir. Su voz fue débil, casi como un suspiro. Cuando desperté en esa habitación sucia, llena de ratas en la que me creyó muerta, él tenía una estaca clavada en el corazón y una sonrisa desdibujada en el rostro. Su pierna izquierda aún temblaba y la sangre se dispersaba por el suelo llegando hasta donde yo estaba. ¿Qué fui yo? Quien sabe…tal vez me defendí después de todo. Lo único que sé es que de ahora en más, mi vida será un poco más liviana…hasta que nos volvamos a encontrar en algún otro lugar.  

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016

lunes, 29 de agosto de 2016

Querido Mariano, amor:




Escribo esta carta para contarte que desde que te fuiste algo cambió en mí. Tres semanas ya pasaron. Tres largas semanas donde pude reflexionar, analizar, pensar lo nuestro. Nuestro amor… Me pregunto ¿por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste sola? ¿Acaso no fui suficiente mujer para vos? Parece que no. Parece que necesitabas más. Necesitabas la felicidad que te dio esa guacha con la que te acostaste. Con la que me metiste los cuernos una y otra vez. Esa desgraciada que se dice mujer y amiga mía. Pero tranquilo…quedate muy tranquilo que en estas semanas pude revivir cada uno de los momentos de porquería que vivimos juntos. Cada desplante, cada discusión vacía, cada crítica que me hiciste. Yo digo ¿por qué fui tan pelotuda como para seguir aguantándote día tras día? ¿Por qué dejé que me basurearas y me mantuvieras como una sirvienta de tus necesidades? Porque vos te cagabas de risa de mí. Con ella. Con Andreita, como le decías. Con esa desgracia viviente que se dijo mi amiga. Esa falsa amiga que me aconsejaba que te deje, porque en realidad te quería para ella sola. ¡Y yo! Yo dudaba. Dudaba en dejarte. Tenía miedo de hacerte sufrir. Y me cagaste la vida. Me dejaste sola para irte con ella.

Pero tranquilo. No te estreses ni desesperes porque desde que me dejaste, me encargué de visitar a cada uno de tus estupendos amigos. A Javi que siempre supe que me tenía ganas y yo me hacía la tonta. Viste lo lindo que es, tan alto y musculoso. No como vos que tenés esa panza cervecera tan antiestética. A diferencia tuya a él le gustó mi ropa interior de encaje negro. Sí. Y también a Fabián. Con esos rulos maravillosos, y sus ojitos claros. Con él desahogué mis penas en el jacuzzi que mandaste a poner en la piscina. Ese que salió tanto y al que te dije “¿Te parece amor? ¿No sería mejor pensar en un hijo…agrandar la casa?” Y vos te reíste con aquel proyecto. Bueno, al final tenías razón, lo disfruté. Y no sabés cuanto.

Pero no quiero aburrirte con los detalles. Solo necesito decirte que agradezco que me hayas abierto los ojos. Lo agradezco de corazón, porque me di cuenta de que soy deseada y por eso mi autoestima está bien alta. Andá con Andreita, disfrutala, y cuando te canses de ella no vuelvas, porque no tengo ni un maldito segundo disponible para vos. Ya no.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016
Imagen hallada en la web

domingo, 21 de agosto de 2016

Aquiescencia





 
¡Mirá cómo estás! Las ojeras que tenés son tan profundas como el infierno en el que vivís. Tan terribles como lo que estás a punto de hacer. ¿Por qué? /No me preguntes eso. No quiero escuchar tus reproches. No quiero. / ¿Cuál es el objetivo de todo esto? No entiendo…no te entiendo Ana. / ¿Acaso no está claro? ¿No es lo mismo que con vos? ¿No es la necesidad del otro el que nos lleva a hacer cosas locas, a cometer errores? Mis errores son eso. Se basan en esa necesidad… / ¿En la necesidad de agradar? / No es tan simple y lo sabés muy bien. No es agradar lo que quiero. Es más profundo que eso. Más… / ¿Más que? ¿Necesitás la aprobación de cada uno de los que te rodea? ¿Es eso? ¡Por favor Ana! Madurá de una vez. / Es tan solitaria mi vida…es tan difícil seguir así. Desde chica sentí que… / No me vengas con esos enrosques freudianos. No a mí que te conozco desde siempre. ¿A mí no me necesitaste nunca? Bueno te digo algo: yo siempre estuve a pesar de que te sintieras sola. Yo siempre estuve y no necesité nada a cambio. Porque los sentimientos se basan en otra cosa, Ana. / ¿En qué? No quiero saberlo. Ya no. Es muy tarde. / ¿A qué le tenés miedo? / A lo mismo que todo el mundo…al rechazo. A la soledad. A no ser amada. / ¿Y eso justifica los actos que estás por cometer? ¿Cuánto de tu cuerpo estás dispuesta a dar para ser aceptada por…? / Decilo. Por él. Porque él es nuestra vida. ¿O no? Si él nos deja ¿qué será de nosotras? Solo la oscuridad y el desamor. Prefiero entregar todo antes que perderlo. / ¿Y eso te asegura que nos amará? No estoy convencida. Nunca lo estuve. Siempre desconfié de él y te lo dije más de una vez. Si te ama no te pide sacrificios. Si te ama, lo hace tal y como sos. No pide nada cambio. El amor es natural, no reclama. Él es falso. No nos merece Ana. / Lo voy a hacer… / No, por favor. Mirame. Miranos. Tu rostro marcado por el tiempo, por la infelicidad lo dice todo. Observá nuestro reflejo. Ya no hay luz y esa luz la perdimos por él. No nos ama. Nunca lo hizo. No nos merece. No merece semejante sacrificio. / Él se acercó…él… / Él no nos ama. Él te traicionó tantas veces. Te obligó a entregar tu dignidad, la nuestra. Te hico su esclava. Nos exprimió. Nos vació…y ahora… / Sí. Ahora pide esto. Yo tampoco lo entiendo. Quisiera tener una vida normal… / Una vida normal. ¿Qué es una vida normal? Ni yo lo sé. / Alguien que lo de todo, que se ponga en tu piel y te respete. / Esa soy yo y no él. Lo sabés muy bien. ¡Mirame, carajo! Dejá eso en la mesita de luz. Déjalo ahí nomás. No termines con nuestras vidas. ¿Qué voy a hacer yo sin vos? No existo sin vos. Soy vos. ¿No entendés? Soy lo único que te mantiene acá. La única que te hace reflexionar…acerca de estas locuras. Soy… / Sí. Sos la culpable de mantenerme a raya. Sos la que no me deja disfrutar, la que señala las contradicciones. Las mías, las nuestras. Y te odio como me odio. En fin…Sea lo que fuere, si me lo pide o si no me ama es lo mismo. El resultado es el mismo. Mi corazón no resiste más. “No quiero una vida con vos”, dijo y voy a eliminarme, a eliminarnos de la ecuación. No importa tu coherencia. No importa lo que digas. Hoy es nuestro fin. / Adiós Ana. / Adiós Ana…

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016
Imagen encontrada en la web

lunes, 1 de agosto de 2016

Psicópata





¿Y ahora qué hago? Esto no es real. No es real…
No llames la atención. Tenés que seguir con tu vida normal. Sos el primer sospechoso. Te van a interrogar, les va a decir que tenés una coartada y listo. No pongas esa cara de estúpido. Pensá. Pensá en algo que sea convincente. En realidad deberías haberlo pensado antes pero como sos tan boludo vas a tener que tapar los agujeros de la historia.” 

Yo no quise…no te escucho…no quiero escucharte.
Ya sé que no quisiste. Pero lo hiciste. A ver…podrías decir que estabas jugando a la play conectado a la red. Sí, podrías hacerlo. Cada noche hacés eso. Como si no tuvieses nada más para hacer. Ah no, pará: exactamente no tenés nada más para hacer. Sos tan inútil que termina siendo una buena coartada. Sí ya sé, soy muy duro. Pero te metiste solito en esto y el único que te puede ayudar soy yo. ¡No llores! Los hombres no lloran. No me hagas darte un sopapo porque soy capaz…”

No seas así conmigo…
Bueno, bueno. Tengo que ser así. Así somos los padres. Basta de lágrimas. Papá te ama, lo sabés. Es amor paterno. Nada raro. Vamos a ver que podemos inventar. Conmigo no podías estar…sería extraño realmente. No te creerían o te internaría de cabeza. Quizás eso sería una buena solución. Después de todo estás acá conmigo y no deberías hijo. Mejor repasemos los detalles, el horario. Porque si tenés que mentir, al menos que sea convincente. Contame, a ver…”

¡Basta! No estás acá, no estás acá. Esto no está pasando.
¿Podés parar un poquito? Pensá que es un ataque de estrés. Podría ser eso. Viniste a la casa de esta piba que te calienta y no te da pelota. Estudiaste con ella. Le quisiste dar un beso y ella te rechazó. ¿No fue así? Decime si no fue así.” 

¡Basta!¿Por qué aparecés ahora?
Porque me necesitás, boludo. Por eso aparezco. Porque sin mí sos un fracasado que se manda cagada tras cagada y no sabe arreglar nada. O tenés miedo de que te denuncie por lo que me hiciste, mariconcito. ¿No será que en realidad la pibita esta te encaró y vos te la sacaste de encima y ella que no es ninguna tontita empezó a llamarte putito? ¡Claro! ¡Así fue! Te llamó putito y vos la estrangulaste ¡con esas manitos femeninas que tenés!”

¡No soy gay! Te lo dije mil veces. Me gustan las mujeres. Una sola en realidad.
¿Y por qué la mataste entonces? Por lo mismo de siempre: porque sos un renegado invertido.”

¡Te digo que no soy gay! Ella…yo la amo. La amo tanto que podría explotar. Pero ella jamás... Ella me dijo que siempre sería mi mejor amiga. No quiero una amiga. Quiero una mujer. Esa mujer. Vos no entendés nada…
Entonces contame de una vez que me estoy impacientando.”

Te cuento y te vas. Jurame que te vas. ¡Jurá!
Está bien, lo juro”

Estábamos estudiando. Ella tenía puesta esa blusita que sabe que me encanta…lo sabe. Se hace la tonta pero sabe que me trastorna. Se le transparentaba el corpiño. Podía imaginar esas tetas en mi pecho. La deseaba desde siempre. Desde que la conocí. Pero solo éramos amigos. Eso era tan frustrante. Tan…me volví loco. Ella se acercó para explicarme no sé que mierda de matemáticas y pude oler ese perfume que siempre lleva. La imaginé desnuda y ya sabés que pasa cuando uno piensa eso.
Se te paró, boludo. Decilo que no es vergüenza. Sos macho. Eso significa.” 

Pará un poco… sí, me pasó eso. Me calenté y la quise besar. Me le abalancé en realidad. Fui torpe y ella se rio de mí. Entonces la tomé por la nuca y la besé como hacen los hombres. Como me explicaste papá.  Pero ella se quiso zafar. Me mordió y lo peor de todo me dio un cachetazo. Entonces la agarré del cuello y apreté con bronca. Con mucha bronca. Con la frustración de todos esos años que la esperé. Ella tenía que entender que así no se me trata. Apreté y apreté hasta que sentí un crack entre mis dedos, como cuando rompés un hueso de pollo… todavía lo siento en mis manos. Es una sensación extraña… entonces quedó toda floja. Con los ojos abiertos y sus labios azulados. ¡Juro que no quise matarla! Solamente…
Solamente querías que fuera tuya ¿no? Pero bueno las cosas son así. No tenés coartada. Y seguimos acá. En cualquier momento va a llegar alguien…”

¡No! Tenemos que hacer algo. Me tenés que ayudar.
Te escuchaba y me iba… ¿no te acordás hijo? Estás solo.”

¡Hijo de puta! No me vas a dejar solo. Te prohíbo que me dejes solo. No otra vez. ¿Querés que te pida perdón? ¿Eso querés? Fue un accidente. No sabía que el arma estaba cargada. Quería asustarte nomás. Por favor, no me dejes. Perdoname. Es que…me decías esas cosas horribles. ¿Cómo esperas que un hijo te quiera si le decís afeminado todo el tiempo? Yo no sabía qué significaba eso. No lo sabía. Y quise asustarte. No soy un asesino. ¡No lo soy!
Bueno, deja de lloriquear. Lo único que te queda por hacer es prender fuego todo. Dale. Me pareció ver un bidón de kerosene en el garaje. Rociala y prendela fuego.”

Y después ¿qué hago?
“No sé. Después tenés que vivir con esto como viviste con mi muerte a cuestas. Nadie te descubrió…”

Tenés razón. Nadie me descubrió.
Dale, movete. Prendé fuego todo.”

****************

Es lindo el fuego, pa. Me gusta cuando todo se pone naranja y lo malo desaparece. Gracias. Me diste un futuro a pesar de lo hijo de puta que fuiste conmigo. Fuiste el primero en mi lista. Fuiste el que me dio adrenalina. Esconderte fue difícil. No como ahora que el fuego consume todo y enmascara mis errores. Dejarte en aquel pozo ciego me costó, pero a fin de cuentas, pertenecías a ese lugar. A la bosta. Y ella pertenece al infierno por puta. Gracias, papá. Ahora solo me queda buscar otra presa, y disfrutarlo esta vez. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2016

sábado, 16 de julio de 2016

Señales escarlatas



No sé si contarle mi sueño servirá de algo. A mi, es lo único que me queda por hacer. Porque si sólo fuese por lo que soñé, mi vida no estaría tan trastornada como lo está. Incluso verlo a usted sentado frente a mí, con esa cámara, con esa pequeña luz roja… no sé. Es una verdadera pesadilla cotidiana la que vivo. Todo por ese maldito sueño. 

Mi nombre es Martín Esparza. Soy estudiante de derecho. En poco tiempo me graduaré. No estoy para juegos ni nada parecido. Es más, creo que si no logro recomponer mi vida jamás llegaré a ser el profesional que deseo ser. El ser humano que quiero ser. Todo comenzó un mes atrás en una noche de fiesta de fraternidades. Había tomado de más y había probado por primera vez una pequeña pastillita. Tenía forma de corazón. La tomé por estupidez, para probarme a mi mismo de que no había desperdiciado mis mejores años sumergido entre libros. Ahora sé que soy un estúpido. 

Luego de la pastillita, entré en un sueño pesado. Enseguida sentí que mi cuerpo estaba rígido sobre una tabla de madera muy dura. Me dolía la espalda y mis piernas y brazos se encontraban atados. En el sueño estaba cabeza abajo. Juro que pude sentir la sangre acumulándose en mi cerebro, latiendo al ritmo de mi corazón. Al mismo ritmo desquiciado apareció de la nada una luz roja, que encandiló mis ojos. Parpadeaba con una intensidad escarlata sobre un fondo negro. Con cada latido, la luz roja se agrandó. Creció cada vez mas grabándose en mis neuronas que no entendían mucho. A la vez que todo se volvía rojo, un zumbido penetrante retumbó en mis oídos haciéndome gritar de dolor. Mientras gritaba, el círculo rojo se fue transformando en una especie de lanza que se dirigió directo a mis ojos y en el momento en que esperé que me atravesara, desperté. 

Por supuesto esa visión me trastornó, aunque solo fue un sueño. ¿Qué más podría ser? ¡Era una maldita luz! Eso no debía asustarme. Sin embargo las cosas se pusieron raras y enseguida comencé a encontrar las señales. 

Recuerdo que la primera apareció una tarde en el parque. Estaba esperando a que el semáforo cambiara la luz para cruzar la calle. Los segundos y los autos pasaban uno atrás de otro, rápidos. Ajenos como yo a lo que estaba por pasar. Y ahí se encontraba la luz roja de no avanzar. Redonda. Intensa. Penetrante. Me la quedé mirando, hipnotizado. Vi como lentamente los fotones escarlata llegaban y alertaban mis sentidos. Me invadían y se adueñaban de mi espíritu. En un instante, como en mi sueño, la luz comenzó a titilar. Rítmica. A la par de mi pulso. Me alarmé porque sentí que aquella luz estaba en mi torrente sanguíneo, en mis neuronas, en todo mí ser. ¿Alucinaba? Era muy probable. 

Reaccioné brevemente y miré a mí alrededor. El mundo parecía detenido; las personas en pausa. Y la luz roja que continuó con su código titilante. El zumbido del sueño apareció de pronto, intenso, invasivo. Mi cuerpo se sintió rígido y me sobrevino una tremenda desesperación. Todo se repetía. Cada detalle, cada situación. Sentí que iba a enloquecer. Quise avanzar, moverme, salir de ahí. Nada. Ni un músculo se me movió. Y llegué al límite de mi tolerancia. Grité desesperado y solo así el mundo arrancó otra vez. El semáforo pasó al verde y la gente que me rodeaba cruzó junto a mí como si nada. Entonces entendí que algo malo me estaba pasando. 

Fui hasta la fraternidad y les exigí que me dieran respuestas. ¿Qué era esa pastilla? El hermetismo de mis amigos fue extremo y extraño. Tanto que solo me dieron un papel escrito: “En las luces está tu respuesta”. Todo parecía una maldita broma. ¿Cómo sabían de las luces? Yo no había dicho nada. Eso me atemorizó más. 

Me encerré. No era posible aquello que estaba viviendo. Era demasiado surreal. Yo solo quería estudiar y pertenecer a algo. Y sin embargo estaba atado a un desastre potencial. Me intenté relajar. Tal vez ese episodio del semáforo había sido único. Un recuerdo demasiado vivaz del sueño. Sí. Así debía ser. Luego de mucho pensar, tomé coraje y decidí que todo aquello era una mala experiencia con drogas y nada más. Así retomé mi vida normal. 

Pero lo normal duró poco. 

Una noche en la que caminaba por la ciudad, una luz titilante me hizo frenar en seco. Era la señal de pare ante una cochera. No podía avanzar. Quería retroceder, pero por algún motivo mis piernas estaban paralizadas. “En las luces están tus respuestas”, recordé. Con temor y casi desencajado por la situación decidí sacar algo en limpio de aquella situación. Fui paciente aunque la situación no me ayudaba.
Sentí que mi cuerpo se bañaba en sudor y que mi corazón otra vez se desbocaba. Lo cierto era que nuevamente estaba preso de un transe psicodélico. Las luces tomaron un ritmo, un tono. No sé. La verdad es que entendí que decían “Busca al…”

“¿Al qué?”, pregunté al aire, pero el efecto se esfumó. Una vez que pude moverme corrí cuadras y cuadras hasta la fraternidad. 

Ya en mi dormitorio no supe qué pensar. ¿Sería otra alucinación? Era todo demasiado rebuscado como para atribuírselo a alguien, incluso a la pastillita. Habían pasado varios días como para seguir bajo su efecto. Estaba desconcertado. Pero esta vez había logrado algo…anoté en un papel el mensaje y quedé a la espera. Durante los próximos días estuve atento. Necesitaba a estas alturas completar el resto de la frase. Lo sentía en mis entrañas. Sabía que mi vida dependía de esas palabras. ¿Por qué? No estaba seguro. 

Había algo inquietante en todo lo que me pasaba. Sí, más inquietante que alucinar despierto. Sentí que algo de otro mundo, de otro universo o incluso del inframundo se quería comunicar conmigo. Entendí que el futuro dependía de que descifrara aquel mensaje. Cada vez que pensaba en las posibilidades, una variedad de situaciones aterradoras se abría ante mí. Imágenes apocalípticas. Muertes sanguinarias. Me vi sumido en un mundo caótico donde los seres humanos eran perversos. Donde el mal se había desatado y terminaba por destruir todo lo bueno y puro de la humanidad. Y yo debía terminar con todo ese mal. Solo yo.
Pero desgraciadamente el destino se burló de mí. Una vez que parte del mensaje fue descifrado por mi cabeza, dejé de ver luces rojas. ¡Era imposible! Busqué y rebusqué por todos lados. Los semáforos ya no me hablaban, ni las luces del estacionamiento. Silencio lumínico total. Comencé a buscar otras luces, señales, ritmos en todos lados. Me metí en los lugares más extraños: en clubes nocturnos, en casa de videos pornográficos. Nada. El universo me negaba la palabra. 

Hasta hoy.

Hoy en la mañana recibí mi mensaje. Lo vi en un destello. En el colgante de vidrio de un negocio. Esta vez fue hermoso. Fue tranquilizador. Sentí que las palabras fluían sin esfuerzo, en mi mente. En mi ser. Hoy se completó el mensaje. Se preguntará ¿qué decía la otra mitad del mensaje…? Bueno, decía que la cámara que usted maneja, me daría el nombre de aquel que destruirá el mundo, de la Bestia…y que debería eliminarlo para que nada de lo malo suceda. Y desafortunadamente, acaba de decirme que la Bestia...es usted. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016

domingo, 3 de julio de 2016

Oferta





Pedro se paró deslumbrado frente al enorme cartel. Las luces azules, blancas y rojas eran hipnotizantes, casi mágicas para su mente desordenada. Sintió que estaba frente a una revelación. A un universo estelar, maravilloso, acompasado y sólo para él. Un cosmos donde las palabras se encendían y apagaban alternativamente, a un ritmo atrayente, persuasivo. Igual al mensaje que portaba. 

Se rascó la cabeza sin dejar de observar. “Es una ganga…Solo mil pesos”, pensó. ¿Qué más conseguiría por esa plata? Nada. Al menos nada de lo que buscaba. Y había buscado mucho tiempo. Sobre todo con su ajustado presupuesto. Mientras imaginaba el futuro, su cara se iluminó como las luces parpadeantes del cartel y en parte, su piel reflejó aquella variedad de colores. 

Extasiado como estaba, hizo cuentas, sumó y restó. Aunque no lo necesitaba: claramente la oferta estaba más que al alcance de su bolsillo. Era capaz de pagar lo que pedían y encima, había un plus. Dos en realidad. Porque lo que el venía ahorrando para el combo, el cartel lo ofrecía gratis. ¡Gratis! Entonces le sobraría dinero para salir a festejar. 

Saboreó de antemano el festejo. Se sentaría en ese restaurant que tanto le gustaba. Ese al que había querido ir tantas veces sin poder pagarlo. Donde la moza usaba un pantalón negro ajustado y una camisa blanca, casi transparente, que dejaba entrever sus senos. Siempre la observaba. De lejos. Pero ahora podría ir y sentarse para que ella le sirviera. La miraría de arriba abajo. La comería con sus ojos. Ella tendría que sonreírle y él le pediría lo más caro del menú sólo para deslumbrarla. Y lo acompañaría con un Cavernet Souvignion. El más caro, por supuesto. Suspiró. Ya podía sentir el aroma del vino tinto y el sabor del manjar que pediría. 

Cerró sus ojos de placer. Pensó en los años que llevaba esperando aquel momento. Pensó que en realidad, todo era casual. Un giro del destino. Porque nunca pasaba por ahí. Y estaba en esa vereda, frente a ese cartel por culpa de su esposa y de su maldita tos. Sí. Había ido a la farmacia a buscar sus medicamentos y en el camino, ¡Sorpresa! El cartel maravilloso. Así que la maldición de una esposa enferma y amargada se transformó en la bendición que resolvería sus problemas. 

Sonrió. Por un breve instante pensó en que todo podía ser una farsa. Porque ¿quién anunciaría algo así en un cartel luminoso? Parecía un chiste, un engaño perpetrado por… ¿por quién? Nadie podría haberlo hecho a propósito. Nadie. 

Se relajó. Leyó una vez más, para guardar el mensaje en sus neuronas, para creerle al cartel, al destino, al universo en su totalidad: “Velatorio a solo 1000 pesos. Cremación gratis” y fue directo hasta su casa a asesinar a su mujer. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2016