domingo, 4 de marzo de 2018

Las Godivas








Va a ser divertido Enriqueta.
No sé, Clotilde. Vos y tus ideas estrafalarias no tienen fin. Me vas a decir que…
Sí, lo sé. Pero tampoco se suponía que la vida iba a ser así.

Ambas hermanas se observaron. Los ojos opacos por las cataratas, las manos arrugadas apretando el bastón. La novela de la tarde en la tele del salón principal de la casa de retiro. Era demasiado aburrimiento aun para dos ancianas. Mellizas de 83 años. Justo el fin de semana llegarían a sus 84 primaveras. Heladas primaveras para dos mujeres que supieron bailar al son de la vida.

La idea apareció en el mismo momento en que se festejaban los carnavales. Quizás en medio de un desvarío triste por recuerdos del pasado. Quizás solo porque sí. Tal vez no había un motivo claro. Pero definitivamente ese era el mejor momento. Enriqueta lo había masticado como se mastican las cosas con las encías enrojecidas por la falta de dientes. Y lo había analizado como puede hacerlo una mujer al borde de la demencia senil o del olvido cotidiano por la arteriosclerosis que tapaba sus arterias cerebrales.

Nada podía salir mal, según su punto de vista. Pero convencer a Enriqueta, Quety, como ella le decía, era algo muy diferente. Quety era 2 minutos y medio más grande y eso siempre se lo había hecho notar a Clotilde. No se dejaba mandonear así como así y la pobre hermana menor, debía disfrazar sus intenciones, colorearlas con acuarelas, ponerle guirnaldas para embellecerlas y de esa forma, quizás, la Quety accedía a sus ideas. Muchas de ellas eran locuras. Pero ¿quién se iba a fijar en dos ancianas artrósicas?

Esa tarde Clotilde no dijo nada más. Pero por la noche, antes de que los empleados de la casa de retiro apagaran las luces, ella abordó el tema nuevamente. Sería una forma de ser libres una última vez. “Como en los sesentas, con esa cosa de la liberación femenina y el amor libre. Te acordás Quety? Fue cuando…”

Enriqueta asintió con su rostro entre sonriente y triste. En una de esas manifestaciones de amor y paz, había conocido a su marido. El gran amor de su vida. Cuarenta años juntos. Sin hijos, solo ellos dos. La vida no quiso que sus embarazos llegaran a término y luego de un tiempo y de mucha pena, dejaron de intentar. Ella quiso seguirlo luego de que falleció súbitamente. No lo hizo porque habría dejado a su hermana sola. No podía dejarla. Y como entonces, no pudo negarse a esta aventura que ambas vivirían.

Clotilde se durmió feliz. Los detalles no importaban. Podía conseguir el caballo a través de la profesora de equinoterapia. Eso no sería un problema. Además las hermanas habían montado desde siempre, en el campo de la familia. Solo había que recordar cómo hacerlo.Y el permiso para salir estaba garantizado: todos saldrían a festejar el carnaval. Sí, era pan comido.

Llegó el cumpleaños y soplaron las velas. Ambas sonrieron, cómplices, imaginando las reacciones de sus compañeros al verlas. Se sintieron niñas. Como cuando de pequeñas hacían travesuras cambiando sus identidades. Eran tan parecidas, que quienes no sabían que eran dos, caían fácilmente en sus elucubraciones.
Clotilde sintió esa nostalgia por los años felices y deseó ser joven otra vez. Sabía que ese deseo jamás se cumpliría, pero quizás la juventud no era cuestión de años y con ese pensamiento se preparó para el día siguiente.

El carnaval llegó. Los ancianos, organizados en grupos por los profesores de música y educación física salieron de la casa de retiro. Nadie preguntó por las dos ancianas; ellas de antemano habían dejado claro que no querían formar parte de aquel festejo. “Nos quedamos viendo la novela”, fue lo que Clotilde dijo convincentemente. Y le creyeron. ¿Quién dudaría de un par de abuelas de 84?

Los ancianos caminaron unas pocas cuadras y llegaron a la calle principal, donde las comparsas pasaban una tras otra, estridentes, luminosas, deslumbrando a todos con la belleza exótica de las jóvenes emplumadas.
Estaban entretenidos, caminando con sus bastones, algunos con andadores, moviendo lo que podían mover al son de la música brasilera, cuando ellas hicieron su entrada triunfal.

El primero en reconocerlas fue Tito, un anciano de 95 años que al ver a las mujeres desnudas sobre sendos caballos cayó infartado en el medio de la calle. Bueno…la gente no sabía si se había infartado o no, solo vieron que se agarraba el pecho y sus ojos se abrían demasiado.

Los profesores corrieron tratando de auxiliar al hombre mientras que Clotilde y Enriqueta, con sus senos arrugados al aire, caminaron directo a la avenida por donde circulaba una comparsa que imitaba a MaríMarí.

Las mujeres, sin percatarse del revuelo, se incorporaron a la caravana, con tanta mala suerte que uno de los caballos se asustó y salió disparando. Cabalgó entre las personas, que se corrían y gritaban, sin parar ante nada. En el lomo del caballo desbocado, Clotilde se agarraba como podía. Gritando. Intentando frenar al animal sin lograrlo. Enriqueta, asustada se bajó exponiendo su humanidad y gritando por su hermana, que rápidamente fue perdida de vista entre la muchedumbre.

Los profesores aparecieron de la nada con una frazada y taparon la expuesta mujer mientras que una atlética joven policía montada en moto, salió detrás de Clotilde.
Esa noche, el geriátrico fue testigo del cotorreo y excitación de sus habitantes. Tito quedó internado; una de las hermanas quedó en observación por un traumatismo de hombro al querer arrojarse del caballo y aterrizar en una de las carrozas, y la otra hermana con un enfriamiento y probable neumonía por haber tomado frío durante toda la bataola. 

―Te dije que iba a ser desastroso, Clotilde.
Enriqueta quiso hacerse la enojada, con poco éxito. Sintió que debía amonestar a su hermana menor, como antaño.
―Me vas a decir que no te divertistele respondió la hermana riendo, con el cabestrillo en el brazo.
―Pobre Tito, se infartó. Está en terapia intensiva
No te preocupe por Tito, Enriqueta. Si se muere va a ser feliz, luego de haberte visto desnuda es lo mejor que le pudo pasar.

Ambas hermanas rieron alto y Cloti sintió que su deseo de cumpleaños se había hecho realidad: por un momento fue joven. Nada salió bien, pero así había sido siempre y ver a su hermana sonreír… ese era el premio mayor.

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

lunes, 19 de febrero de 2018

Nicanor, despertar y ocaso de una pasión




Dicen que para conseguir algo hay que desearlo fervientemente, desde las entrañas. Eso dicen. O mejor dicho, eso le había dicho su madre y Nicanor era un devoto admirador de las frases de su madre. Y más admirador de Anastasia.

Cuando la madre de Nicanor murió, él tendría unos 17 años. Grande para ser huérfano, chico para quedarse solo en el mundo, él sentía que no estaba solo. Estaba Anastasia, su vecina del departamento de enfrente. Sí, Nicanor la quería. La necesitaba de una forma particular, extrema para algunos, oscura para la opinión de su madre muerta, desesperada para su tormento personal.

Anastasia era una hermosa joven de unos veintitantos, estudiante de odontología, esbelta, rubia casi platinada y portadora de unos ojos cristalinos como el agua de la canilla del baño de Nicanor. El mismo baño donde el muchacho pasaba un largo rato pensando en su vecina. Un pensamiento de éxtasis que le brindaba cada mañana y cada noche mientras la recordaba salir del departamento con sus jeans ajustados y sus apuntes en la mano. ¿Y cómo sabía eso, Nicanor? Simple, la espiaba cada día por la mirilla de su puerta.

Tenía cronometrado el horario de salida y el de vuelta.

Jamás se atrevió a salir y saludarla. O incluso, si la encontraba de casualidad en el ascensor, se ocultaba detrás de su jopo oscuro o debajo de la capucha de su buzo azul. Ella nunca lo había registrado. Incluso podría haberlo confundido con un bulto, con una cosa ahí estacionada en el ascensor.

Para Nicanor eso era lo mejor, al menos por el momento. No sabría qué decirle si ella le hablaba. No tenía tema de conversación. “Sos muy estúpido para ser adolescente, hijo”, era una de las tantas frases de aliento que su madre le había legado. Y ahora que ella se había ido, quizás al infierno, Nicanor estaba sin guía, sin una conducción que le dijera qué hacer o cómo. Y para colmo de males, sacando lo momentos autoexpresivos del baño, jamás había logrado entrar en algún lugar anatómico femenino. Pero eso no le molestaba. Aún.

Una mañana de enero, más precisamente el 17 de enero, Anastasia y Nicanor coincidieron en el ascensor. Ella entró corriendo en la planta baja, llorando desconsoladamente. Nicanor, sorprendido, se arrinconó sin saber qué hacer. Pero ella, que esta vez sí lo había visto, se dio vuelta y le habló. Lo miró directo a los ojos, mientras que de los suyos brotaban ríos de lágrimas y haciendo un sexy puchero preguntó:

Honestamente ¿te parezco una trola?

Nicanor que no estaba familiarizado con el término, balbuceó unos monosílabos que a ella le sonaron a un “no” y le sacaron una sonrisa.

Se miraron brevemente, y a ella le pareció que el chico-bulto era algo así como tierno. Apetitoso. Se acercó a él, mientras que Nicanor sintió que su corazón le explotaba, además de otras partes de su anatomía y se quedó quieto. En suspenso. Mientras aguardaba, pudo sentir el aroma de Anastasia. Era una mezcla de perfume semibarato y hormonas adolescentes. Dulce, húmedo. Y mientras él pensaba qué hacer o como se satisfacería luego en el baño, ella lo besó. El adolescente cerró los ojos casi como en un reflejo mientras que la lengua de Anastasia recorría su boca. Nicanor explotó de sensaciones. Ella se acercó más a él y Nicanor pudo sentir el cuerpo esbelto de su vecina. Sintió sus pechos. Su pelvis por allá abajo. Pero no reaccionó ni un poquito. Ella finalizó el beso en el segundo justo en que llegaron al piso que les correspondía. Se apartó rápidamente de él, le guiñó el ojo y se fue moviendo las caderas.

Esa noche, Nicanor entendió que la autoexploración era nada comparado con la posibilidad. Sí, la posibilidad de poseer a Anastasia. De hacerla suya anatómicamente hablando. Y se durmió pensando en eso.

Al día siguiente, Nicanor se preparó para abordar a su vecina. Preparó unas líneas para decirle algo. Se perfumó y salió al pasillo. A esperarla. Y ella salió, de la mano de un pibe y no registró al chico-bulto. Ni un poco.

Nicanor enojado entró a su departamento y cerró la puerta de un golpe. “Estúpido.”, dijo. Solo eso. Pensó en su madre, en la razón que ella tenía. En que al final, era un pobre pibe, solitario y antisocial. “Esto se termina hoy”, gritó al aire. Y en ese momento lo decidió.

Las horas pasaron, lentas. Agónicas. Su mente no paraba de pensar. “Es una trola”, se dijo ahora que entendía el término. “Lo es. Lo va a pagar”, se repitió. A eso de las once escuchó la puerta del departamento de Anastasia. Espió por la mirilla de su puerta y vio que ella llegaba sola. Ese era el momento, el suyo. Salió y se paró frente a la puerta de su vecina. Su corazón explotaba de anticipación y enojo. No podía quitarse de la mente aquel beso. La forma en que ella lo había avanzado, sin pedir permiso y luego... luego ese trato. Ese desprecio.

Tocó la puerta y ella salió. Estaba con una remera suelta y calzones. No era posible tanta desfachatez.

Vení. Pasá. Perdón por lo de esta mañana. Mi novio es muy celoso.

Ella sonrió mientras cerraba la puerta del departamento y ponía traba.

Imagino que sus celos tienen fundamento.continuó jugueteando con el pelo.

Sin darle oportunidad, tomo a Nicanor de la mano y lo llevó a su cuarto. Lo desvistió y lo hizo suyo. Nicanor estaba atónito. Si eso era el sexo sintió que se había perdido lo más espectacular del mundo. Lo hicieron varias veces, sin descanso. Ella era inagotable y Nicanor, bueno, estaba experimentando lo que había imaginado durante toda su adolescencia.

Tenés que irte porque va a llegar mi novio ¿viste?

Anastasia agarró la ropa de Nicanor, se la dio hecha un bollo y prácticamente lo sacó a empujones del departamento. El muchacho no entendió mucho de qué se trataba, pero esa noche durmió como un bebé. O al menos hasta la madrugada en la que sintió que golpeaban a la puerta.

Se levantó medio dormido y abrió. Era Anastasia, en camisón que venía por su cuota. Nicanor rebosante de felicidad se apropió esta vez del cuerpo ella, una vez y otras tantas. Era la felicidad absoluta. Sin palabras, sin discusiones. Un par de horas después, Anastasia se fue a su departamento y Nicanor continuó con su sueño reparador.

Por la mañana, Nicanor despertó como jamás lo había hecho. Cansado pero feliz. Sin embargo escuchó ruido en la cocina y se asustó. ¿Quién estaría ahí? Recordó a su madre, el sonido de las tazas, la pava en el fuego. Era igual. Se estremeció de solo recordarla y se preguntó qué pensaría ella de la aventura con su vecina. Seguramente lo sancionaría. Pero…ella estaba bien muerta y por única vez, Nicanor se alegó de ese hecho. Como el ruido no cesara, el muchacho fue hasta la cocina, sigiloso y  ahí estaba Anastasia preparando el desayuno.

Nicanor sintió que todo era extraño, pero extrañaba que lo cuidase alguien por lo que aceptó ese regalo de su vecina. En silencio tomaron el café con tostadas y casi sin que Nicanor pudiera hacer la digestión, ella se llevó al muchacho a la cama. Nuevamente hubo varias horas de extenuante actividad física que dejaron a Nicanor cansado y sudoroso. Agotado, cerró los ojos para dormitar y tal vez logró dormir unas horas. Despertó de pronto con Anastasia montándolo insistentemente y así nuevamente un par de horas más de sexo y una corta siesta para recomenzar.

Anastasia no emitía palabras. Era casi como un robot, una autómata movilizada por el deseo y la pasión por el escuálido Nicanor. Ella tenía una oscuridad que antes no poseía y dominaba a Nicanor con su cuerpo. De esa forma, el muchachito-bulto era dócil como un cachorro.

Sin embargo, Nicanor comenzó a sentir que su energía se agotaba y que Anastasia prácticamente no lo dejaba reponerse. Ella estaba radiante, cada día más hermosa y Nicanor se trasformaba en un esperpento adelgazado y pálido. Grisáceo casi. Sin contar que no podía disponer de su tiempo, de su cuerpo o de si vida como antes. Pero ¿qué beneficio le traía su vida de antes? Entonces se relajaba y bueno…ya se sabe cómo sigue el dicho.

Las semanas pasaron y la esclavitud se hizo notar en la mente del agotado Nicanor. Él era un fantasma de lo que había sido. Un zombi que vivía para dormir y satisfacer a la mujer-come hombres que habitaba su departamento. ¿Y el novio que había visto antes? Tal vez estaba pudriéndose, deshidratado y consumido. Como quedaría él si esto no paraba. Fue asi que una noche en la que Anastasia descansaba unos minutos, Nicanor decidió que ya era suficiente. Se levantó con cuidado para que ella no despertase y fue hasta la cocina. Necesitaba sacarla de su departamento, de su vida y de sus genitales. Dudó porque a fin de cuentas gracias a ella él había conocido un excitante mundo nuevo, pero no podía seguir así. Moriría pronto si esto no paraba.

Temeroso del futuro, agarró un cuchillo y fue hasta la habitación donde ella descansaba. Solo quería asustarla ¿o quizás no? Estaba confundido con sus sentimientos. Había algo turbio en el ambiente que dominaba todo. Quizás algo sobrenatural o solo el cansancio lo hacía ver todo distorsionado. Mientras deliberaba acerca del futuro inmediato la observó. Realmente era hermosa. Demasiado para ser una humana normal. Común y corriente. Vecina de Nicanor. Mientras agradecía en silencio por los servicios prestados, elevó el cuchillo como en las películas de terror y en el segundo en que atravesaría el corazón de su amante ella abrió sus enormes ojos y frenó el cuchillo en seco. Se miraron por un breve instante. Los ojos de ella eran gélidos, vacíos de vida y de pasión. Nicanor se aterrorizó aunque todo fue muy breve. Ella colocó la otra mano en el cuello de Nicanor y con violencia lo sofocó.

Nicanor cayó al suelo, como una bolsa de huesos, inerte. Anastasia apenas miró a su presa. Lo comería luego. Entonces dio media vuelta y siguió descansando plácidamente.


Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2018


viernes, 26 de enero de 2018

Demonios





Decime que soy normal. Decilo. Contame cómo me parezco al resto, cómo soy igual, imperturbable. Normal. Dale, decímelo. Contame lo linda y prolija que soy. ¡Dale!gritó pero se censuró de inmediatoNo quiero ponerme nerviosaagregó murmurando entre dientes colocándole el cuchillo en el cuello, una vez más.
Sos…sos…
¡Normal! Decímeloy la zamarreó con fuerzas.
Normal…sos…normal
Entonces la mujer comenzó a reír. Se levantó de la silla y fue hasta el espejo. Tomó el lápiz labial rojo y pintó su boca. Apretó fuerte para que el rojo fuese intenso como la sangre. Sobrepasó la línea de los labios pero no le importó. “Soy normal”, se repitió.
Agarró el cepillo y comenzó a peinarse el enmarañado cabello. También era rojo. Se lo había teñido. Quería parecerse a ella. Volvió a la mesa observó a la asustada mujer y le clavó el cuchillo, directo en el corazón.
***********
“Estás bien”, dijo Camila luego de observarla en silencio. "¿Seguro?", preguntó Verónica, y recibió una sonrisa como respuesta. Era la primera vez que se veían. Un silencio las envolvió. Verónica intentó adivinar algo más de su doctora, algo que quizás Camila no decía. Algo que le ocultaba. Nada. "Estás perfectamente normal", insistió la doctora Camila. Verónica salió del consultorio y ya en la calle supo que la consulta no había alcanzado. No era suficiente para ella. 

Esa noche fue difícil dormir, pero eventualmente y luego de su quinta píldora, lo logró. Soñó con su nueva doctora. “Estás bien. Es normal” y la sonrisa. Una sonrisa roja como la sangre, burlona y desmesurada. Y esos ojos claros, turquesas, que parecían de muñeca. De esas que te regalan cuando cumplís nueve y ya esperabas otra cosa. Quizás una bicicleta o un reloj. 

Al día siguiente, se levantó y se miró al espejo. Se vio como siempre, desalineada, apagada. Descolorida. Excepto por esas líneas rojo sangre que aparecían en su rostro. Esas líneas tortuosas y penetrantes que surgían en sus momentos “especiales” y la surcaban toda, completa. Así comenzaban sus episodios. Primero llegaban las líneas a la cara. Se estacionaban, se hacían intensas y después de un rato se movían a su cuerpo. A todo su cuerpo. Como lombrices debajo de la piel. Carroñeras y sucias. Podía sentirlas comiendo su carne, alimentándose de su sangre. Era desesperante. Verónica sabía que cuando eso pasaba debía tomar sus píldoras y rezar mucho. Encomendarse. Pero a veces no alcanzaban, ni las píldoras ni los rezos y esa vez no alcanzó. Tuvo que completar el ritual. 

Se quitó toda la ropa y salió al balcón de su departamento. A pesar de que era julio, no sintió el frío ni las miradas indiscretas de los vecinos. Solo la iluminación de la curación. La luz en su piel, el efecto sanador. Estuvo un rato así, expuesta, con su piel erizada y los pezones endurecidos de frío. Luego entró y se vistió con el pullover amarillo intenso que había tejido cinco años atrás. Se lo colocó encima del busto, sin corpiño, sin remera. Necesitaba sentir la picazón que le provocaba la lana. Necesitaba sentir lo real. La muerte de las lombrices en forma de calambres en la piel. Luego se puso las medias de muselina turquesa y un par de zapatos rojos. 

Pero se sintió incompleta esta vez. Entonces fue hasta el consultorio. Necesitaba las palabras terapéuticas de Camila. Esperó una hora y otra más. La gente iba y venía, acelerada, ocupada, preocupada. Ella tenía tiempo, siempre lo tenía. Además de sus preocupaciones, que eran sus episodios. Y sus píldoras. Tenía todo eso. Pero observaba el apuro de los demás, los demonios que llevaban a cuestas. Las cruces personales. Los miraba y se reía porque ella se había librado de su demonio. Tiempo atrás. No se lo había contado a Camila. Pero lo había hecho. De un tiro en la cabeza. Hubo sangre y todo. Pero así se libró. Luego estuvo un tiempo en la clínica y un demonio nuevo quiso aparecer, pero no lo dejó entrar. Jamás volvería a tener un demonio. Solo las lombrices…por ahora.

“Estás bien Verónica. No te olvides de tus remedios y no tomes frío”, fueron las palabras mágicas de la doctora y Verónica se sintió renacer. Sin embargo pudo ver algo en la mirada de Camila. Quizás un pequeño demonio naciendo. Tal vez…

Los días pasaron y Verónica sintió una profunda preocupación por su doctora. Si eso era un demonio debía salvarla. Quitárselo antes de que su espíritu se viese corroído. De que su luz se viera comprometida. Y volvió al consultorio, el único lugar dónde podía observar a su salvadora. 

***********
Camila vio a la mujer que tenía enfrente. Por dentro algo se modificó. No supo qué con exactitud, pero ahí estaba esa sensación. ¿Un recuerdo? Quizás. Era algo profundo, visceral. Sanguíneo. Estaba segura de que le producía cierto temor. “Estoy un poco loca”, le había dicho y ella anotó en la historia clínica “Psicosis”. 

Las horas corrieron luego de aquella paciente. También desfilaron los otros pacientes: grandes, chicos, ancianos, gordos y flacos. La variedad de siempre. Las patologías cotidianas. Excepto ella. 

Antes de salir miró nuevamente la ficha. Miró la palabra atemorizante. La vio resaltada con fibrón flúo. Entre comillas y subrayada. No lo creyó exagerado. Solo precautorio. Como si se tratara de una enfermedad contagiosa. "¡Que tonta!", pensó aunque eso no acalló sus sentimientos. Sonrió y salió del consultorio. “Tarde, tarde”, se dijo mientras encendía la música del estéreo y se ponía en marcha rumbo a su casa. Era de noche ya. No le gustaba salir de noche. 

Se observó en el espejo retrovisor. Se acomodó el pelo. Lo odiaba. Siempre se veía desaliñada y pálida. Tomó el lápiz labial y se remarcó los labios. “Así está mejor”, pensó y bajó del auto.
Ya en su casa abrió la heladera en busca de algo para comer. “¿Cómo puedo saber que esto es lo real?”, recordó las palabras de Verónica, mientras veía un pedazo de queso lleno de moho. Era lo único que tenía. Esa pregunta la había desencajado. No había respuesta para eso. No una cuerda. Resignada se fue a dormir sin comer. 

“Va a volver y voy a tener que contestarle algo”. Los días pasaron y Camila justificaba con esa sentencia el pensamiento recurrente que aparecía una y otra vez. ¿Qué es lo real? Buscó en internet, en libros de psiquiatría, en revistas científicas. “Nunca confrontar las ideaciones de un delirio”. Camila temía que su paciente hiciera algo grave. 

Aquella tarde Verónica apareció de nuevo en el consultorio. Esta vez estaba silenciosa. Vestía un pullover amarillo, medias turquesa y zapatos rojos. “Está en plena crisis”, pensó Camila. Debía estar alerta.
Tenés que ir al psiquiatrale dijo y Verónica solo respondió Estoy bien. Usted lo dijo. Todo esto es normal. Soy normalY la flamante doctora, desvelada por el dilema de lo real e imaginario, lo normal y lo patológico, no dijo nada. Solo sonrió. 

Verónica se despidió. Le tendió la mano sabiendo que si un demonio habitaba su doctora lo percibiría con el tacto. Era así de simple. Quizás sus lombrices adormecidas traspasarían la barrera dérmica y ayudarían a esa pobre mujer endemoniada. Rogó que fuera así. Camila le dio la mano y sintió una pequeña descarga eléctrica. “Estoy cargada”, dijo sonriendo, aunque algo preocupada por dejar a Verónica a merced del destino. “Debería internarla”, pensó y en cuanto su paciente cruzó la puerta llamó a un psiquiatra amigo.

**************
Hola, ¿quién es? dijo Verónica.
Alguien tocaba el timbre. Era raro porque ella nunca tenía visitas. Ni siquiera los testigos de Jehová se acercaban a su casa. Ninguna persona. Absolutamente nadie. “¿Quién será?”, se dijo preocupada, con las lombrices en estado alerta, prontas a salir. Sus manos temblaron de puro estrés. Trató de calmarse, calmó a sus lombrices y fue hasta el espejo. Se miró, se acomodó un poco el pelo y se acercó a la puerta del frente. Una pequeña camarita le permitió ver una cabeza enorme, desproporcionada y unos ojos gigantes. No le gustaba esa cámara. Era la ventana a los demonios de los demás. Cerró los ojos por la impresión. Los cerró fuerte hasta que dolieron. Miró de nuevo entre chispazos de su retina que intentaba descifrar quién era esa persona. Entonces identificó a su doctora y se alegró. Sabía que sus lombrices la habían liberado, estaba segura. “Debe venir a agradecerme”, se dijo y abrió la puerta. 

Verónica…hablé con un psiquiatra…comenzó la doctora.
Un cosquilleo recorrió el cuerpo de Camila. Como un pequeño rayo a bajo volumen. Mientras hablaba, se miró la mano, esa porción de la piel donde había sentido la descarga eléctrica el día anterior. Tenía una pequeña línea roja que se movía, se multiplicaba. Las líneas se dispersaron y treparon por su brazo. La abrazaron, la poseyeron. 

—¿Qué es esto?gritó asustada, mientras se quitaba la ropa.
Tranquiladijo VerónicaSon mis lombrices sanadoras. Te quitarán el demonio.
Camila comenzó a gritar desesperada. Se arañó la piel intentando quitar esas lombrices, sin conseguirlo. Se quitó toda la ropa y quedó expuesta ante su paciente. La vio con esa sonrisa burlona y roja y no supo qué hacer. 

—¡Qué me hiciste, hija de puta!—vociferó con bronca.

Verónica sólo observó, callada aunque sonriente. Entonces Camila la tomó de los brazos y la zamarreó. Verónica parecía una muñeca de trapo, inmóvil e imperturbable. Camila, con más bronca aun, la tomó del pelo mientras Verónica gritaba entre ahogos por el llanto. Camila, fuera de si, endemoniada como estaba, la llevó hasta la mesa. Sin hacer caso de los gritos le golpeó el rostro una y otra vez hasta que la dejó inconsciente. 

Luego de un rato, Verónica abrió los ojos. Quiso moverse pero sintió las amarras que la rodeaban. De refilón vio a su doctora. Se había teñido el pelo y se había puesto el pullover amarillo sin corpiño y sin remera. La vio acercarse. La vio poseída por el mismo demonio del que ella se había librado una vez. Camila se acercó y colocándole un cuchillo en el cuello le dijo entre dientes: “Decime que soy normal”. 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

sábado, 13 de enero de 2018

El fin de la incertidumbre





¿Cuándo va a pasar? ¿Cuándo…? Por favor te pido…necesito saberlo. No sé si pueda soportar el significado de la espera. No sé si puedo aguantar la ansiedad de no saber. “¿Qué cambiaría?” Viviría mi vida de otra forma. Tal vez haría cosas que no me animo a hacer en estas circunstancias. No sé…

“¿Por qué no las hacés ahora?” ¡No puedo! ¿No entendés? Porque ella…yo…  ¿Si las hiciera y adelanto lo inevitable? Ella se fue de esa manera…ella adelantó todo. ¿Y si solo atreviéndome a algo diferente interrumpo el normal evento de las cosas? “No sé qué es eso.” Sí, el normal evento de la cosas. La concatenación de acciones que nos llevan a un propósito, a un objetivo. Al destino. Yo creo en eso del destino. Sobre todo ahora que te encontré, que te tengo frente a frente… por eso necesito saber cuándo sucederá.

Tengo una idea… ¿querés escucharla? Me doy cuenta que no entendés nada… no entendés como pude encontrarte. Ella me dijo una vez: “Si deseás algo con todo el corazón… simplemente sucede” Sí, sucede. Ahora estoy seguro.

Realmente no entendés, ¿verdad? Ella supo el momento exacto. Ella me miró y dijo “Hoy es el día, amor. No más sufrimiento” y fue así. Yo solo pienso que si hubiésemos sabido con tiempo suficiente…no sé quizás la hubiese llevado al mar que tanto amaba. Podría haberle hecho caso cuando me pidió por favor de viajar a ese lugar especial, donde nos conocimos y no accedí porque yo temí por su fragilidad… no sé. Quizás quiero preparar mi mundo para ese momento, el mío. Por favor ¡necesito saberlo! Necesito que me lo digas.

Sé cómo trabajas. Cada día vengo y te observo. Veo lo que hacés. Es algo tan difícil, complejo también, y ahora me negás la respuesta. ¿Qué te cuesta contestar? ¿Cuántas leyes universales romperías si me lo decís? si me contaras cuándo sucederá…

¿Será que está prohibido que me lo digas? Quizás, si conozco la fecha exacta, se alteraría todo…porque si el destino existe, nada ocurrirá antes de lo debido ¿no? Si tengo un propósito en la vida, nada podría pasar si no lo cumplo hasta el final ¿verdad? ¡Contestame carajo! Perdón, perdón… no quise gritarte. No a vos que podés ayudarme. Perdón. Quizás debería posponer mi propósito y así viviría por siempre…aunque sería una eterna tortura, recordándola todo el tiempo.

Necesito…. Viéndola a ella pude identificarte. Al observar las distintas camas, las distintas personas pude identificarte. Primero parecía un chispazo, luego un parpadeo de la luz. He observado que aparecés también cuando hay tormenta, cuando los rayos desgarran el cielo. En esos momentos era cuando todo sucedía. Como una especie de magia o algo así. Y un día sin esperarlo, te vi. Ahí, sobre esa anciana. Te vi morándola, esperando por su alma. Sos el ser que siempre creí inexistente. Porque siempre pensé que las cosas pasaban sin un por qué. Te vi y supe que algún día vendrías por ella. Y lo hiciste y ella lo sabía. Ella estaba segura de que aquella noche era su última noche. Y me acarició el rostro y se despidió de mí. Y yo le dije “No te adelantes, amor. El doctor dijo que este tratamiento te va a mejorar. Tus resultados son mejores…” y me fui al bar a comer y para cuándo volví… ¡ella estaba sola frente a vos porque no le creí! Por eso necesito saber cuándo.

Veo tus ojos, oscuros, vacíos. Sé que tenés el poder de ver todo. De ver el futuro de cualquiera. Incluso de ver dentro del corazón. ¿No ves mi sufrimiento? Sé que sos capaz de verlo. Sé que incluso podés ver el instante preciso en el que sucederá. Lo sé porque cada día venís y te llevás a todos y cada uno de los que me rodea. En este hospital de morondanga veo gente partir cada día. Veo que están preparados aunque no sé por qué o cómo logran prepararse. Veo que ellos se van no importa lo que los demás hagan. Asique debe haber un objetivo último, un propósito que ellos han cumplido y que yo no. Porque yo no estoy preparado. Como no estuve preparado para perderla a ella. Necesito saber cuándo sucederá así puedo despedirme de la vida en paz. De todos…

¿No me vas a contestar jamás? Tu silencio me duele. Me aprisiona. He sufrido el dolor por haber sobrevivido. Es el dolor de los que quedan y necesito preparar todo para que no haya dolor sino felicidad. Necesito arreglar todo para cuando vengas por mí. Porque no quiero que el mundo esté triste si voy a un lugar mejor.

Por eso hoy me atrevo a pedirte, a implorarte que me digas cuándo voy a morir.

Tu silencio me abruma… ¡no me mires así! es insoportable… tu oscuridad me envuelve, tu aliento penetra mis sentidos. ¿Por qué hacés eso? Tu caricia mortal me obnubila. Es eso ¿verdad? Ahora entiendo… esto es lo que veo como certeza en todos. Pero no viví lo suficiente… “Nadie lo hace.” Ni siquiera la lloré lo suficiente aunque pasaron años luz desde que se fue, solo te seguí desde entonces… ¿No podrías posponerlo? Solo unos días. “Este es el momento de tu verdad.” Sí lo sé, es este… hoy es el día que muero y no hice nada… para vivir.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) – Todos los derechos reservados 2018