viernes, 20 de septiembre de 2013

Te daría lo que sea…



Ella se iba insensiblemente a la muerte y yo no sabía qué hacer. El amor de mi vida se extinguía como se extingue una llama que no ha sido alimentada suficientemente. Como se evapora el agua que es abandonada al sol intenso del verano. Ella me dejaba lenta pero inexorablemente y a mí se me partía el alma en miles de pequeños pedazos. ¿Qué haría después con eso? ¿Cómo me juntaría todo cuando ella ya no estuviese? La miraba bella en su inmaculado estado. Ni siquiera la enfermedad podía sacarle esa pureza en la piel, esa belleza interior que a pesar del estado asomaba con vehemencia demostrando que aún estaba en este mundo, luchando. ¿Cómo hacer para que el Universo se detuviese y se congelase en ese instante? ¿Para que fuese eterno? Para que no se marchase todavía. Todavía tenía mucho que darle…mucho amor. 

Ella conocía mi angustia e intentaba consolarme. ¡A mí! Si, a mí. Ella moría y me consolaba. Me pedía que fuera feliz luego de su partida. ¿Cómo iba a serlo? ¿Si el único ser que había amado en toda mi vida me dejaba solo? No. Jamás volvería a ver el sol en mi vida. Estaba determinado a dejar este mundo con ella. Si era necesario, así sería.


Ya llevábamos tres noches en ese maldito hospital que no hacía nada por ella. “Vaya a tomar algo”, me había dicho la enfermera. “Nada va a cambiar si se toma unos minutos para usted”, me insistió con ternura en la mirada. Y cómo yo no modificara mi posición agregó: “Si algo sucede yo lo llamo inmediatamente”. Tal vez fue su determinación o quizás mi agotamiento tras escuchar el pip de las máquinas hora tras hora en estos días, pero algo me convenció. El destino quizás. No creía en el destino. Creía que el futuro lo hacíamos cada uno de nosotros…sin embargo…


Me levanté y fui al bufet. Eran cerca de las tres de la madrugada y no había visto el cielo en casi una semana. Todo había sido tan lento y rápido a la vez que mi cerebro no podía procesar lo vivido. Ella llevaba años peleando contra esa enfermedad que ahora parecía ganarle. Porque esa mañana, al parecer, su espíritu se había cansado y estaba decidido a dejarla. Yo me aferré a ella para que no se fuera y la detenía cuanto podía, si es que eso era posible. Sin embargo, todo mi esfuerzo no había impedido que ella entrase en un sueño profundo.


Me pedí un café bien cargado. Mientras lo preparaba, la chica del bufet me miraba como intentando adivinar el motivo de mi estancia prolongada allí. Pero nada me decía. Era un joven bella y me pregunté si no se cansaría de ver tanta tristeza a su alrededor. O tal vez el que estaba cansado de tanta tristeza era yo. Me entregó el café y sólo le hice una media sonrisa agradeciéndole y me fui a sentar a una mesita.


Las luces del bufet estaban todas encendidas, como si necesitase de eso para mantener intacto mi insomnio. No lo necesitaba, estaba más que despierto. Estaba en trance. Necesitaba darle horas, días de vida a mi esposa. A mi compañera de vida. Necesitaba imperiosamente darle más tiempo. Me senté en la mesa, solo con el café humeante delante y debí de quedarme dormido pensando y desando más para ella cuando repentinamente sobrevino un silencio extraño y el bufet quedó solitario. Las luces se encontraban apagadas casi en su totalidad, excepto por una bombilla de luz que alumbraba mi mesa. “¿Hola?”, dije tímidamente. Pero nada se escuchó. A lo lejos sentí el vaivén de una puerta, pero sólo eso. La muchacha que minutos antes me había vendido el café estaba parada allí detrás del mostrador, como petrificada. Me levanté y fui hacia ella. “Disculpame”, le dije. Pero parecía un maniquí. Ni siquiera parpadeaba. Su tórax estaba inmóvil, su cabello a un lado de su cuello también quieto, como si hubiera sido congelado en pleno vuelo. Su rostro inmóvil y perfecto. Penumbra a su alrededor. Sus ojos estaban a medio cerrar, como si se hubieran quedado en pausa.


Sentí una presencia, algo detrás de mí, como una brisa en mi nuca. “¡Al fin! Tal vez alguien pueda explicarme que sucede”, pensé. Pero al voltear, nada. Todo paralizado. Ni siquiera se escuchaba el ruido de los aires acondicionados que tan solo minutos atrás zumbaban a toda potencia. Ese zumbido me recordaba que afuera era verano y que diez años atrás, un verano como ese, la había conocido. Desde ese día jamás nos habíamos separamos. Y ahora me estaba dejando para siempre. Nuevamente el ruido de una puerta que se movía a lo lejos me sacudió. Di vuelta sobre mis talones para observar de donde venía el sonido y nada. Todo desértico. Pero en el preciso instante en el que me convencía de que me estaba volviendo loco, una luz intensa y demasiado bella para ser real, apareció bañando mi corazón.


“¿Qué darías a cambio?”, dijo una voz que provenía directamente de la luz. Miré hacía ese haz luminoso y aunque había emitido una dulce tonalidad, no podía divisar qué o quién era.


“¿Qué daría a cambio?”, pregunté incrédulo intentando adivinar de qué se trataba todo eso.


“Pensalo…”, me contestó con la misma tonalidad musical y bella. Y repentinamente todo volvió a su ritmo. El café estaba aún humeante frente a mí. La luz volvió, los aires acondicionados se encendieron como por arte de magia y la chica del bufet continuó con lo que sea que estuviera haciendo previo a toda esa parafernalia. Y la luz ya no estaba allí.


El interrogante me devanaba los sesos. ¿Qué daría a cambio? Apuré el café y fui nuevamente junto a mi esposa. La miré y nada había cambiado. Esos diez años no le habían hecho mella. Ni una arruga en su rostro. Sus manos y sus dedos ejercitados por el piano, seguían siendo bellos y delicados. Tal vez más huesudos ahora que había adelgazado. Pero sólo yo lo notaba. Era el que sabía de su padecer. Y allí descansaba. Hacía varias horas que había entrado en coma. Me acerqué a su rostro y le susurré “Estoy aquí me cielo”. No sabía si me escuchaba. Pero lo intentaba. Le hablaba, le contaba de nosotros. De nuestros años buenos y felices.


La enfermera que seguía a su lado, me miró y dijo “¿Tan rápido volvió?”, y yo la miré sin sentido. Estaba cansado y así y todo sabía que había pasado un tiempo prolongado desde mi partida. Pero claro, considerando el tiempo de ese sueño extraño. Me acomodé nuevamente en el sillón que ya era parte de mí, le tomé la mano y la seguí observando. Seguí esperando el milagro. “¿Que darías a cambio?”, escuché y me sobresalté. La voz dulce y clara nuevamente me hablaba y yo no estaba dormido. Miré a la enfermera que seguía allí, esperando que hubiese escuchado lo mismo que yo. Ella observó mi sobresalto y me preguntó si estaba bien. “Si”, le dije poco convencido. “¿Usted me habló recién?”, le pregunté. A lo que ella por supuesto contestó que no. ¿Me estaría volviendo loco? Era posible. Pero en ese preciso momento la enfermera me miró nuevamente, con los ojos en blanco e iluminada con una luz blanca, resaltando la oscuridad de su piel. Yo me asusté como loco pero no tuve tiempo de reaccionar ya que ella habló:

“¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?”.


Yo quedé petrificado. No creía en Dios como la mayoría de las personas en esa época. La humanidad en ese entonces, no tenía fe. Y yo no era la excepción. En el mundo quedaban pocos creyentes y a pesar de todo, mi esposa era una de ellos. Era la que tenía fe y se la llevaba consigo. Miré a la enfermera poseída y le dije:

“¿A cambio de qué?”


“De su vida, por supuesto”, me contestó señalándola y mi corazón dio un vuelco. Podría hacer algo para salvarla. Tenía esperanzas después de todo. Una alegría inusitada me invadió el corazón y el cuerpo. ¡Ella viviría! Estaríamos juntos hasta envejecer. Una lágrima asomó en mis ojos. Pero rápidamente me frene en seco. No podía ser real. Seguramente alguien me quería jugar una broma de muy mal gusto. O quizás ya no podía manejar la verdad, la pérdida de mi amada esposa y estaba volviéndome loco. Debería manejarme con cautela hasta saber de qué se trataba todo. Medité un instante pero mi esperanza surgió y contestó por mí.


“Te daría lo que sea”, le dije.


“Hecho”, respondió y la mujer tomó la forma habitual. Ella me miró y continuó con lo que estaba haciendo previo al trance sin siquiera emitir un sonido. Le pregunté si sentía bien y ella extrañada por la pregunta, dijo que estaba perfectamente. Yo quería saber de qué se había tratado todo eso. Si habría sido un truco. Sin embargo no me dio tiempo. Mi mujer abrió los ojos y me sonrió. Entonces supe que todo había sido verdad. En pocos días la recuperación fue espectacular y en una semana fue dada de alta con el asombro e incredulidad de los médicos. Nadie podía creer lo que sucedía con ella. Yo era extremadamente feliz. La tenía conmigo y absolutamente sana.


Sin embargo, una idea comenzó a rondar mi cabeza: “Lo que sea”, había dicho. Yo le había dado a cambio de esta felicidad lo que sea a alguien o algo completamente desconocido para mí. Y eso era algo muy amplio, muy vago y muy peligroso. Aun no sabía quién había concedido mi deseo. Un deseo que había partido desde el sufrimiento y desde lo más profundo de mi desesperación. Consternación, que ahora me perseguía nuevamente por la probabilidad de que me sacaran algo o me obligaran a hacer algo terrible.

Cada día que pasaba mi paranoia se incrementaba. Cada luz repentina o sonido brusco que surgía de la nada, me perseguía. Me sentía acechado día y noche. Ya no descansaba. Solo esperaba que me reclamasen el precio de la vida de mi mujer. Ella me preguntaba que sucedía conmigo, pero no podía contestarle. No podía preocuparla con algo tan banal. Ella estaba sana, ella era feliz. Sin embargo mi pesar, mi secreto nos separaba cada vez más. Ella jamás creería la historia del bufet y de la enfermera. Jamás, porque estaba convencida de que la medicina del hospital la había salvado y yo creía que así sería mejor. No debía involucrarla en ninguna cuestión que la pusiera en riesgo.


Pero mi ansiedad era cada vez mayor. Comencé a reaccionar mal y violentamente cada vez que me hablaba. Sentí que ella era la culpable de mi desgracia. Que ahora tenía todo la vida por delante y yo sólo una incógnita. Una cruz anónima que me pesaba cada día más.


Una mañana se acercó para besarme en la mejilla y ese beso me dolió en el alma. Tenía las valijas armadas y una lágrima en su mejilla. Me dejaba para siempre. Y no la culpaba. Sería más feliz sin mí, sin mi cruz, sin mi paranoia. Una vez que cerró la puerta, mi corazón se sumergió en un oscuro abismo sin retorno. Cerré todas las ventanas. Oscurecí la casa tanto como estaba mi corazón. Me acurruqué en un sillón y dejé pasar los días, las semanas, los meses.


Una tarde, cuando ya no sabía cuánto tiempo había estado quieto, sin comer y sin dormir, una luz como la del hospital apareció. Lo único que pude hacer fue llorar. De miedo, de bronca, de agotamiento. “¿Me viniste a cobrar la deuda?”, le pregunte temblando. Y la luz tomó forma de mujer. La forma de una bella mujer de vestido blanco y cabellos negros como la mismísima noche sin luna. Me miró con unos ojos oscuros que llegaron a mi corazón y me dijo “Si…vine por vos, aunque no esperaba que fuese tan pronto.”


“No entiendo…”, le dije agotado y sin fuerzas. Mis extremidades estaban tan adelgazadas que no podía siquiera levantar la mano para tocar mi rostro y secar mis escasas lágrimas. Miré a mí alrededor y noté que estaba rodeado por mi propia inmundicia. Parecía un animal carroñero viviendo en un chiquero. Me había abandonado, había dejado que ella ganara. Le había entregado la vida a mi verdugo sin cuestionamientos.


“Nunca dije cuando te iba a cobrar. Como sospechaste a cambio de la vida de tu amor, reclamaría tu propia existencia. Sin embargo vos elegiste cuando dármela”. Yo grité desesperado por mi vida, por mi esposa que había alejado debido a mi paranoia. Por todo el tiempo que había vivido estancado, sin planes, sin futuro, vacío. Entonces me arrepentí de ser tan necio, de haber pensado sólo en mí. Me arrepentí de no haberla disfrutado, ni a mi vida ni a la mujer que me había dado todo. Me arrepentí del egoísmo de haber dado algo que no estaba dispuesto a dar desde el corazón. Entonces me dejé llevar, me sentí liviano como una pluma. En ese momento, la luz se hizo tan intensa que me encegueció.


Una mano temblorosa aunque delicada me tocó y abrí los ojos que aún me dolían por la luz. Sin embargo, para mi asombro, me encontraba nuevamente en el hospital. Miré a mí alrededor y todo estaba allí: la enfermera, los aparatos, la cama y ella. Mi bella esposa estaba allí y abría los ojos y me sonreía y me tocaba. Había despertado del coma y se recuperaba...


La miré, la bese larga e intensamente sin poder creer lo que mis ojos veían. En ese momento entendí que nadie tiene certeza de cuando su vida llegará al final, que los días pueden ser uno o miles. Ese día comencé a vivir mi futuro con ella. 






Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

domingo, 8 de septiembre de 2013

Fragmentada



Y salí del baño casi dando tumbos, agarrándome como podía de las paredes para no caer. Si no fuese porque jamás en mi vida había probado el alcohol, cualquiera que me hubiese observado, diría que estaba bajo la influencia de alguna droga o bebida. Sin embargo, no era así. Avancé pesadamente por el pasillo y llegué al comedor. Miré extrañada todo cuanto me rodeaba. El ambiente tenía un extraño aroma a azufre, viciado y espeso. Como si una espesa nube se hubiese instalado en mi casa. En ese instante las cortinas se movieron, se levantaron casi fantasmalmente y la brisa, que ingresaba desde el parque, me acarició el rostro. Pero no fue una sensación agradable. No, fue la más extraña brisa que mi cuerpo había sentido y se posaba en mi alma contándome un presentimiento. Ese soplo gélido y raro guardaba un terrible secreto capturado por el tiempo, por un mundo extraño que en ese momento me rodeaba y me acusaba de algo. De algo que yo desconocía. Por esa misma ventana entreabierta asomaba el sol. Pero no era el sol de siempre, porque iluminaba la habitación con un extraño fulgor anaranjado. Su luz rebotaba caprichosamente entre los rincones de la casa provocando un tono lóbrego y espeluznante, donde las sombras tomaban raras y diabólicas formas. Y todo envuelto en esa espesa y desagradable bruma. Yo miraba sin entender, todo cuanto se expresaba a mí alrededor. Era mi casa pero las cosas no encajaban.

Sentí mis manos húmedas y las miré. Las veía como borrosas. Como si tuviera una delgada tela que distorsionaba todo cuanto miraba. Igualmente noté que estaban rojas. Me las refregué para quitar ese color intenso y mortal pero no lo logré. Miré mis pies descalzos pero no los reconocí. Eras dos elementos que no formaban parte de mi cuerpo y sin embargo ahí estaban. Y también de un color rojo intenso. Todo parecía de otro mundo. Y un silencio.

Repentinamente escuché el golpe de una puerta. El sonido fue tan intenso que mis tímpanos estallaron en miles de pedazos, dejándome un eco que se repetía una y otra vez segundo tras segundo. Me tomé la cabeza como si con eso lograse aplacar el dolor penetrante que ese sonido me provocaba. Pero nada sirvió. Mi cabeza no soportaba ese sonido y de nuevo silencio. Entonces supe. Supe que venían por mí. Que venían a buscarme para cobrar por los pecados cometidos en mi vida. Y lo supe porque la brisa era extraña y el fulgor del sol me había advertido que así sería.

Intenté moverme pero el corazón me latía desbocado y el zumbido que aún sentía en los oídos, me punzaba la cabeza. Ese zumbido además me advertía que debía esconderme. Sin embargo, me paralicé. No. No debía dejar que me encontraran porque sería tarde. Ya todo sería en vano. Pero, ¿a dónde me escondería para que no me encontrasen? Seguramente el Señor había mandado un grupo de ángeles a perseguirme. Y esos seres celestiales serían vengativos, no temerían embarrarse los pies para llevar adelante su objetivo. No, seguramente sería el peor grupo de ángeles… Todo porque había roto el delicado balance de la vida. Pero yo no pude evitarlo. Juro que no. Juro que intenté llevar mi vida adelante con la mayor… y este mareo que no se iba me trastornaba, me hacía pensar cosas tontas. ¿Dónde estará él? ¿Me habrá dejado para siempre? Seguro que lo hizo. Seguro que se enteró de mis pecados y que me venían a buscar y me dejó. ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué?

Por más que intenté lograrlo no pude, ¿quién podría culparme por eso? En el mismo instante en que el sol se tornó extraño, supe que no iba a lograrlo. Tal vez ni sobreviviese y al fin de cuentas me llevarían igual. Pero debía evitarlos a toda costa. Si me iba, debería ser bajo mis propios términos.

Me senté en un rincón de la cocina. Necesitaba serenarme. Necesitaba descansar de mi mareo, de mi pesar. Además, así ganaría tiempo porque seguramente los que venían a buscarme no mirarían en los rincones del suelo. Serían tan enormes, que allí pasaría desapercibida. Sería minúscula y casi invisible, como muchas veces había sido en mi propia vida. Imperceptible para el mundo, mínima. ¡Que tonta! Siempre dejando que el resto tomase decisiones por mí. A lo mejor merezco que me lleven. A lo mejor es así como debería ser. Porque ¿quién quiere a alguien que no es capaz de decidir en su vida? Sentí mi corazón nuevamente acelerado y una falta de aire que me oprimían el pecho. Dolor. Mis pies rojos, más rojos. Pisadas. El terror provocó que me moviera, aunque con dificultad. La visión aún tenía esa tela que no me dejaba ver bien y el mareo… me fui gateando a la habitación. Me provocaba dolor en las rodillas, pero no me importó. Seguí moviéndome y cuando silenciosamente llegué, vi con horror la cama que minutos antes se encontraba pulcramente acomodada y estaba ahora toda revuelta, llena de barro con algo rojo. Rojo como mis manos. ¿Será sangre? El pánico se instaló en mi estómago y trepó hasta mi mente que quería entender lo que sucedía. Pero no podía. ¿Qué era eso por Dios? No. No debía invocar a nadie porque no sabía que o quien me buscaba. Y sin embargo ya habían pasado por allí. Fui de inmediato y como pude hacia el vestidor y me encerré allí. Oscuridad. Sentí algo húmedo y caliente debajo de mí. Pero me quedé tratando de no respirar. Tratando de no hacer ruido.

Las imágenes de mis vestidos tomaban extrañas y demoníacas formas. Mientras intentaba escuchar lo que sucedía afuera sentí algo que me tocaba. Una mano que como venida de ultratumba, se posó en mi hombro. No quise mirar quien era porque sabía que eran ellos. Entonces salí cómo pude de allí. ¡Me encontró!, pensé llorando. Las lágrimas bañaban mi rostro como si fueran parte de una cascada inagotable. Me mordí los labios para no gritar. Me  enjuagué las lágrimas con ambas manos rojas y salí de la habitación a gatas. Volví a la cocina. Debía armarme con algo para defenderme. Una tijera, una cuchilla. Cualquier cosa afilada. Me sentía débil. Apenas podía andar pero no dejé que eso me impidiese continuar. No debía dejarlos completar su plan. No debía.

Cuando logré entrar allí vi con asombro que todas las ollas, cuchillos y cucharas estaban flotando como poseídos por una fuerza antigravitacional enorme y poderosa, aunque a mí nada me provocaba. Aunque hubiese querido flotar y ser liviana para poder huir de allí. Hubiese querido huir, pero estaba encerrada en mi propia casa. ¿Y si no era el Señor el que me buscaba? ¿Y si era el mismísimo amo de las tinieblas?

“No. Todos tenemos posibilidad de arrepentimiento”, me dije una y otra vez intentando concentrarme en una realidad que se distorsionaba a cada paso. Sin embargo me arrepentí de ser quien era, lo hice de corazón, honestamente aunque por las causas equivocadas. Me senté en el pasillo casi rezando un mantra: “me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento”. Pero ¿de qué? De ser, de nacer, de estar.  Y recordé, me arrepentí de haberlo eliminado.

Con el corazón un poco más sereno, intenté escuchar y noté que las pisadas ya no se sentían. El sol asomó del color habitual, dorado intenso y cálido. Mientras me calmaba, pude oír el sonido de un pájaro que afuera llevaba alimento a los pichones de su nido. Me paré lentamente y con miedo. Aún podía sentir un nudo en mi garganta. Había recordado y eso era terrible, triste. Pero estaba exhausta. Tomé fuerzas y miré dentro de la cocina. Todo estaba en su lugar, como siempre había sido. Fui a mi habitación casi arrastrándome y la encontré inmaculada como la había dejado. Al parecer se habían apiadado de mí. ¿Habrían leído en mi corazón la honestidad de mi arrepentimiento? Tal vez. O quizás se dieron por vencidos esta vez y volverían más tarde. Quizás más tarde yo tomaría una decisión diferente y ya no estaría esperándolos. Al menos no en este mundo…

Quise mantenerme en pie pero la fatiga pudo más y caí en un sueño profundo. Mientras mis ojos se cerraban con un peso que no podía controlar, observé que mis manos aún estaban rojas como así también mi ropa y mis piernas y mis pies. Pero no pude evitar caer en ese sopor. Un llanto…tristeza…

Una puerta se abrió. Dejando entrar el aroma de la primavera que afuera desplegaba su potencial candor. Entró un hombre a la casa y se encontró con un cuadro terrible: huellas de sangre por todo el piso y las paredes. La joven en el suelo ensangrentada, apenas respirando. Se agarró la cabeza en un llanto y se agachó para levantarla y llevarla a la cama. “Ya mi vida, ya…vas a estar bien”, le dijo mientras la llevaba. Constató que respirase y entonces tomó el teléfono y llamó a urgencias:
-Si…es mi esposa…está muy débil…tiene sangre por todos lados…pero…
Él tocó el abdomen de su mujer y sintió un escalofrío por la espalda. Dejo tirado el teléfono mientras fue a la otra habitación desesperado, nada. Se llegó corriendo al baño y cuando llegó un grito desgarrador salió de su garganta y se escuchó en toda la casa, en el cielo y el infierno. Envolvió el pequeño cuerpo y salió de allí. Entre tanto, la ambulancia había llegado.

Entonces, los demonios volvieron a llevarme. Pestañé y lo único que pude ver fueron enormes ojos mirándome insistentemente…no me podía mover. Mis brazos estaban atados o algo así. Me sentí muy cansada, adormilada. Todo se puso nublado otra vez… Me sacudieron y abrí los ojos lentamente y con esfuerzo. Todos hacían preguntas y yo no podía responder. Quería dormir para siempre pero los demonios no me dejaban en paz. Tristeza, dolor, ausencia. Mi corazón tenía un hueco enorme. Un vacío que dolía y que ya no podía llenar con nada. Porque esos malditos se llevaron lo más preciado para mí y jamás me abandonarían. Me torturarían por siempre.

El marido la visitaba cada fin de semana en el hospital psiquiátrico. Luego de perder a su bebé, tras ocho meses de embarazo, ella nunca fue la misma. Los delirios se instalaron en su frágil y fragmentada mente y fueron parte de su vida. Los demonios la siguieron por siempre. Ese trágico día, él perdió a su esposa y a su hijito no nato. Y jamás se perdonaría no haber estado con ella en ese momento…



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

sábado, 31 de agosto de 2013

Más allá de Helena

Una lágrima se le escapó y rodó por su mejilla. Sin embargo, la secó antes de que pudiese finalizar su camino. Ella se había ido para siempre y ya jamás volvería a sentir su piel suave o la calidez de su sonrisa. A partir del minuto en que el último suspiro salió a través de los labios supo que su destino había sido sellado. Ya nada en su mundo sería igual. Fue en ese momento que la realidad se transformó en una nube oscura y pesada, muy difícil de cargar.

Sintió una mano en el hombro. El sacerdote que llevaba adelante la misa le estaba diciendo algo. Sin embargo, no pudo entender qué. Los labios de aquel hombre se movían pero ningún sonido llegaba a sus oídos. Miró a su alrededor como esperando que al resto de la concurrencia le sucediese lo mismo pero lo que observó lo trajo bruscamente a la realidad. Un perturbador silencio y cientos de ojos posados en su persona en un día cada vez más negro y cruel. Miró a su alrededor y la realidad le pegó un cachetazo mostrándole un cementerio donde las almas dejaban a sus cuerpos descansar en paz.
El corazón se le hizo pequeño como si con eso lograse disminuir el dolor y repentinamente todo se volvió negro.

Abrió los ojos sólo para corroborar lo que todo su ser sabía: ya no estaba en aquel cementerio. Ya no se encontraba a la intemperie rodeado de tanta muerte y dolor. Estaba en otro lugar. Lugar por denominarlo de alguna forma. Él sabía que ya no estaba donde había estado.

El dolor que llevaba en su corazón se sentía ahora más liviano, más soportable. La carga parecía compartida con algo más, algo enorme, algo precioso y así era más llevadero todo. Miró a su alrededor y quedó fascinado por el espectáculo que se abría ante sus ojos: miles de delgados hilos entrecruzados que semejaban una gigantesca telaraña tridimensional se extendían rodeándolo. Pequeñas luces brillaban tenuemente de un azul celeste hipnótico. A medida que él avanzaba, se reproducían miles de pequeños destellos resultado de los choques que cada fotón de luz tenía contra los componentes del entramado. Si se concentraba hasta podía encontrarle un ritmo al rebote desquiciado y hasta frenético de la luz. Un ritmo musical delicado y bello. A medida que se abría camino flotando, estos pequeños hilos se acomodaban a su presencia y así se sentía acunado por esa red fluorescente, brillante, delicada aunque resistente a la vez. Él mismo se iluminaba por el simple contacto con esa telaraña universal y resplandeciente. Y suave… Miró mucho más hacia la nada que era toda esta madeja luminosa, y pudo saber, sentir y casi ver al Universo mismo. A las galaxias, a las nebulosas con sus hermosos colores. Era un viaje maravilloso y cósmico.
Sin embargo, algo, una sensación, lo hizo mirar hacia abajo. Hacia la realidad que dejaba atrás. Allí había varias cabezas reunidas sobre una especie de mesa rectangular. Eran personas vestidas todas iguales, tods de azul y con cofias en sus cabezas, inclinadas sobre algo. O alguien. Se dio cuenta de que se trataba de varios médicos que se debatían sobre una persona. Se acercó más a esta nueva visión que casi podía palpar y cuando ya estaba muy cerca, notó con horror que la persona sobre la que se debatían era él mismo. El espanto se apoderó de él y bruscamente se volvió todo oscuro otra vez.

Abrió los ojos sabiendo que había vuelto a la Tierra. Miró a su alrededor y lo primero que observó fue un techo gris. Ya no había estrellas ni nebulosas, sólo un simple y despintado techo. Un rítmico sonido llegó a sus oídos y se notó acostado en una cama, en una habitación sin ventanas y llena de aparatos. A su lado, una enfermera controlaba la endovenosa que él tenía conectada al brazo. Miró hacia el pasillo y reconoció a sus suegros vestidos de negro. Claramente estaba en un hospital. ¿Habría muerto? Si el más allá era lo que había experimentado, lo hacía feliz porque sabría entonces no sólo que existía realmente, sino también que era un hermoso lugar.

Pero, si no era la muerte lo que había experimentado ¿Qué sería? Pidió hablar con el médico para sacarse la duda. Por supuesto, nunca le diría lo que había experimentado ya que temía que lo creyesen loco. Loco por la pérdida. Loco por animarse a desafiar la realidad establecida. No, no dijo una palabra. pero escuchó y observó atentamente cada movimiento, cada palabra del profesional. El médico, luego de revisarlo sucintamente sólo pudo decirle que lo sufrido por él había sido un desmayo y que, afortunadamente, éste había durado unos breves minutos.
“¿Breves minutos?”, pensó. Le había parecido un viaje de horas. Pero no quiso contradecirlo. Deseaba irse de allí cuanto antes. Necesitaba procesar lo vivido, investigar, saber que había sido aquel viaje maravilloso. Vivir su pérdida....


Se despidió de todos en la puerta del hospital asegurándoles que estaría bien, que no necesitaba compañía. Y se fue, a pesar de que sintió las miradas de pena y misericordia en la multitud que lo había acompañado hasta ese momento. A pesar de sentir la lástima de ellos. Él no quería lastima. Él la quería de vuelta, viva y feliz. La pena se hizo enorme otra vez.

Trató de despejar las ideas de su cabeza. Ideas de muerte. Ideas de no ser, de no estar. Ideas de desaparecer de este mundo cruel. Llegó a su casa y se dio cuenta que su ausencia había durado días. La vorágine de todo lo sucedido se lo había tragado por completo. Ella había estado internada durante semanas en las que él sólo se apartó de su lado para asearse en la casa de sus suegros que estaba próxima al hospital. Luego de que Helena había partido, todo se había vuelto una espesa nube. Él, desde ese preciso instante, había sido llevado de acá para allá sin estar completamente consciente de su realidad.

La casa estaba fría, muerta como ella, como Helena.

Se dirigió al baño y allí se vio. Había envejecido, ahora tenía más canas y asomaban arrugas en su frente. Se quedó unos instantes observando la nada en el espejo como hipnotizado. Pensando en cómo trágicamente su vida se aferraba a él como una garrapata a un perro. “¿Por qué ella y no yo?”, se preguntó llorando sin lágrimas. Él no quería que su vida se aferrase de esa manera. La hubiera preferido liviana y fácilmente desprendible, como había sido la vida de ella. Los recuerdos de Helena brotaban por sus poros y le dolían en sus huesos. Lo golpeaban una y otra vez. La realidad y la vida eran muy crueles y ya nada se podía hacer. Un destello en el espejo lo despabiló de sus pensamientos. Un destello que provenía de uno de sus ojos. Primero pensó que alguna luz de afuera había sido reflejada en el espejo, pero no. El destello provenía claramente de su ojo. Se acercó más al espejo y como un latido, una pulsación del corazón, su ojo izquierdo destellaba pequeñas luces. Se acercó aún más. Ya su nariz prácticamente tocaba el vidrio del espejo y allí vio como su iris se dilataba más y más. Y dentro de éste vio una galaxia y una nebulosa y hasta un agujero negro. Miró más profundamente dentro de su ojo y nuevamente apareció esa red mágica y brillante que él había visto horas atrás. Y su pesar se hizo liviano otra vez. Se hizo llevadero. Se hizo universal.

Nuevamente flotaba en esa nada que era todo a la vez. Desplazándose entre los hilos suavemente, casi en cámara lenta. Se dirigía hacia el Universo mismo y había paz, mucha paz en su corazón y en ese todo. Recordó los ojos de ella y sintió que eran parte de las estrellas. Azules como las gigantes azules que los científicos tanto hablaban y describían sin conocer. Él las conocía ahora. Las había conocido en los ojos de su Helena. Se dio vuelta y pudo ver el espejo y detrás, él. Él mismo petrificado, como una estatua, como un muerto rígido. Esa imagen horrorosa lo trajo a la Tierra violentamente.

Se despabiló y notó que estaba congelado. Un frío aterrador corría por su cuerpo, por su corazón que estaba lento, pausado. Su boca largaba vapor con cada respiración como si se encontrara en el polo sur, en la Antártida. “¿Qué sucede conmigo?”, pensó con cierta preocupación. ¿Y si se estaba volviendo loco? ¿Si la perdida de ella lo había trastornado hasta el extremo de alucinar? Pero él se había visto a si mismo dos veces. Él se había visto…

Salió del baño y entendió que debía investigar acerca de aquello que estaba viviendo. Fue a su biblioteca, a los libros de ella. Encontró entre las cosas de Helena una nómina de libros y un nombre en una nota que ella había escrito para a él. Decía: “Para cuando haya un después”. ¿Qué significaba eso? Quedó perplejo ante semejante mensaje. Miró los libros y éstos hablaban de experiencias extracorpóreas y cercanas a la muerte. “¡Cómo si supiera…!”, pensó. El nombre venía con un teléfono al cual decidió llamar. 


-Hola, yo hablé con usted ayer por la tarde…
-Sí, pase por favor.
Luego de una pequeña introducción él le contó a su interlocutor, un hombre extraño, vestido íntegramente de blanco, todo cuanto había vivido en las últimas horas. Pequeño de físico aunque algo entrado en años, el hombre lo escuchaba con una gran atención. Cada tanto asentía y anotaba en un cuadernito.
-Y ¿cuantas veces le ha sucedido esto?
-Dos veces en un mismo día ¿me estoy volviendo loco?
El pequeño hombre sonrió y le aseguró que no estaba loco. Que lo que él había sufrido se denominaba de muchas formas y entre ellas, una de las más comunes, era “proyección astral” o experiencia extracorpórea. El hombre también le dijo que era un privilegiado ya que muchas personas perseguían ese objetivo sin lograrlo y él lo había realizado dos veces sin esfuerzo.
-Usted debe tener algún don… ¿estuvo bajo estrés últimamente?
-Si…

Una lágrima se le escapó aunque la enjuagó rápidamente. Hacía varias horas que no pensaba en Helena y se lo reprochó ya que si él no la pensaba, ¿dónde quedaría su recuerdo? ¿Qué sería de ella si él no la recordaba, no la imaginaba? Una sensación de terror lo asaltó: si el moría en una de estas experiencias, ¿quién la recordaría con el amor que él le profesaba? Él tenía un recuerdo único de Helena. Él la conocía como nadie más, así que su recuerdo sería el más fiel. Y si él no estaba…se aterrorizó una vez más. El hombre que veía su transformación angustiosa le dijo:
-Ella me dijo que usted vendría. Me pidió que lo ayudase en este trance. Ella sabía lo difícil que sería para usted sobreponerse a la pérdida.
-¿Cómo? ¡No es posible!
-Helena había experimentado una vez lo que usted me ha contado y ese viaje la reconfortó. Ella estaba convencida de que había algo más en este Universo que nos rodea y que poco conocemos. Eso le dio paz en su enfermedad. Sobre todo siendo ella una no creyente…

Él se quedó en silencio y entonces la nota cobró sentido. No supo si reír o llorar. Helena siempre había estado a su lado cuidándolo, dándole todo su amor. Siempre había estado y de repente ya no. Debía concentrarse. Todo indicaba que Helena había partido en paz y que quería que el encontrase su paz también. Pero ¿cómo saberlo? Se levantó rápidamente del sillón en el que se había sentado por más de una hora. El hombre de blanco lo miró entendiendo por lo que estaba pasando, le dio su mano y le dijo:
-No dude en volver si lo necesita.

Regresó a su casa con demasiados pensamientos en la cabeza. Pensamientos que le impedían recordarla. Fue corriendo al cajón de su mesa de luz y sacó las fotos de Helena. Las esparció sobre la cama y se recostó sobre ellas. Se recostó con ella a su lado, por todos lados. La recordó dulce y frágil. Inteligente y hermosa. La recordó en un abrazo cálido y hasta pudo oler su perfume. Cerró los ojos para recordar su mirada. Entrecerró los ojos para sentirla mejor…

Sin embargo, una luz brillante lo encegueció y lo obligó a taparse los ojos con su mano. Una luz blanca e intensa que lo envolvía en su totalidad. Lo acunó y lo elevó en el éter. Su corazón se sintió liviano otra vez. ¿Y si debía ser así? ¿Si él debía dejarse llevar por la belleza de este nuevo mundo que se le presentaba? Helena sabía que él pasaría por esto. Decidió no mirar atrás.
Quitó las manos de su rostro para ver la luz y notó que ésta provenía de un punto minúsculo en la telaraña del espacio-tiempo. Un puntito minúsculo y brillante, casi imperceptible e insignificante. Pero un puntito intenso, tanto como si toda la energía del Universo se condensara en ese lugar. Con su dedo índice tocó el punto y notó que ese punto se transformaba en orificio y se estiraba. Sin embargo, ante esta sensación y pensando que lo rasgaba, apartó rápidamente su mano y el punto volvió a su tamaño original. “¿Y si lo estiro y el propio Universo colapsa?”, pensó. Entonces la recordó, una vez más. La recordó diciéndole lo que tantas veces: “Hay que arriesgarse en esta vida…si yo no me hubiera arriesgado jamás te hubiera conocido”. Tomó coraje y agrandó el pequeño orificio. Primero utilizando dos de sus dedos y como el orificio no ofreciera resistencia utilizó ambas manos y abrió una ventana. En esa ventana él vio un mundo igual aunque diferente al de él. Un mundo que tenía flores y plantas y animales bellos y un sol y un cielo. Pero que tenía personas desconocidas, lugares inexplorados. Abrió más la ventana hasta que pudo pasar. Caminó por el lugar y una alegría inmensa llenó su corazón con sólo ver el hermoso día. Allá a lo lejos pudo divisar una persona. Se acercaría y le preguntaría dónde estaba aunque eso lo hiciera sonar como un loco. Aunque casi ya no le importaba donde se encontraba. Caminó metros y metros para llegar a esa persona que estaba sentada en el césped de un parque. Ella tenía un bello pelo oscuro, largo y ondulado. Le daba la espalda por lo que no se percató de su presencia hasta que él le hablo:
-Disculpe señorita, podría decirme…
Ella lo miró y él se sintió desfallecer. Era ella, su Helena. Sus ojos y la dulzura de su sonrisa estaban intactos. Su piel era suave como había sido siempre. Allí estaba ella haciéndole una sonrisa.
-¿En qué puedo ayudarlo?- le dijo entonces ella con la mirada perpleja.

Él se agitó, no entendía lo que sus ojos veían: allí estaba quien había perdido hacía días nada más. ¡Viva! Sin embargo, algo no estaba bien. Los gestos no eran los de su Helena. Esa no era su Helena. ¡Era una impostora! ¿Acaso era un chiste? ¿Acaso el Universo se estaba burlando de él? Tanta tristeza invadió su corazón que la recordó enferma, lejos, muerta y todo ese mundo comenzó a borrarse. Comenzó a hacerse lejano y frío. El mundo alterno al que había accedido se caía a pedazos delante de sus ojos y ella, que a pesar de no conocerlo le había hecho una sonrisa cálida y de bienvenida, ahora le pedía que se quedase. Le pedía por favor que no perdiera la fe. Le extendía sus manos con el mismo rostro y la misma súplica que su Helena le había dado al morir. Una súplica por la felicidad de él. Un ruego para que continuase con su vida a pesar de no estar más para él, junto a él. Esos ojos suplicantes estaban ahora mirándolo…
Miró sus manos que se desintegraban con este mundo y notó que tenía algo en ella: la foto de Helena, su Helena. Y con un suspiro desde el alma, decidió.

El mundo comenzó a reacomodarse y esa Helena le dijo casi susurrando: “Sabés, sólo aquellos puros de corazón y con inmenso amor pueden pasar de un mundo a otro. Sólo ellos, como vos, pueden encontrar la fisura que separa los elementos y los Universos. Yo te perdí también. Te fuiste de este, mi mundo. Y un día ella llegó y me dijo que vendrías porque el dolor sería enorme y no lo podrías manejar, como me pasó a mi”
Él le extendió la mano y ella hizo lo mismo. Él pudo ver marcas en sus muñecas. Marcas del intento de desaparecer, de querer eliminar el dolor, aunque sin resultado. La miró y vio sus ojos azules como las estrellas y le dijo:
“Pero juntos podemos. Juntos podemos compartir un mundo nuevo y diferente”
El dejó caer esa lágrima que tanto le pesaba. La dejó rodar hasta el final y le dio la libertad que tanto precisaba. Entonces, su corazón se sintió más liviano. Él era parte del diseño de su Helena para que pudiese vivir después de ella, más allá de ella. Finalmente se aventuró en este extraño nuevo mundo para conocer a Helena, otra vez.

 



Autor: Miscelaneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados

martes, 27 de agosto de 2013

El peso de su destino




Ella lo miró. Bello en su tranquilidad, hermoso en su blancura. Sus labios, que minutos antes vociferaban calamidades, ahora estaban en reposo, casi sin una mueca. Excepto por una minúscula desviación de su comisura, que ella sabía muy bien se debía al dolor. Estaban levemente azulados, pero con un resto de candor rosado. Sus párpados dejaban entrever esos ojos azules intensos, que años luz atrás la habían hipnotizado haciéndola creer en el amor a primera vista pero que tiempo después emanaron odio seco, sin lágrimas. Es más, ella no recordaba una lágrima proveniente de esos hermosos ojos. Al menos no por ella. Pequeñas arrugas se podían observar, ella veía ahora que él tenía arrugas. Nunca antes lo había notado y parecía tonto ya que llevaban décadas juntos.

Recuerdos…Celia lo había conocido en sus años de adolescente. En ese tiempo ella creía en el amor para siempre, que él era su príncipe azul. Aunque fundamentalmente, él había sido su escape del hogar. De un hogar donde la palabra no era la moneda más común, más si los gritos y hasta los golpes. En aquella etapa de su vida, Celia cuestionaba las decisiones que su madre había tomado en la vida. Le recriminaba lo mal que no una, sino varias veces había elegido. Entonces en ese momento, viendo el cuerpo caído de su hombre azul, se vio a si misma siguiendo idénticos designios. Eso le dolió, no sólo por ella.
Los primeros meses junto a él habían sido el paraíso. Una luna de miel eterna donde ella no notaba, en su embelesamiento y en su enamoramiento adolescente, la forma en que él la aislaba poco a poco del resto del mundo, de su vida anterior. Sí, todo era por él. Pero como en el resto del mundo estaba su familia y su dolor, ese aislamiento no le molestaba demasiado. En cierta forma, lo sentía como una protección contra aquellos que querían dañarla. Luego, muchos años después, se dio cuenta del significado “estar sola”, pero ya era tarde.

Más recuerdos le pagaban a Celia doliéndole en el corazón. Un dolor que en parte estaba provocado por ver ese hombre allí tendido. Pero el dolor que por primera vez que Celia sintió debido a él, había sucedido mucho tiempo atrás, luego de salir del trabajo. Unos meses antes de esa trágica tarde, ella había logrado ser la secretaria en una oficina y era feliz por sentirse útil y ocupada. “Me aceptaron”, le contó ella a él con satisfacción en la mirada. Cada día Celia trabajaba con dedicación y con eficiencia. Eso le traía enormes elogios de sus jefes que ella contaba con orgullo a su marido. Entonces un día, de improviso, él llegó a su trabajo. En ese momento Celia lo vio como un gesto dulce y despreocupado, aunque más tarde, en la casa ella pagó caro su independencia. Él la llamó prostituta barata y la acusó de rebajarse por unos cuantos pesos. “¡Seguro que sos la trola de tu jefe y sus amigos!”, le había dicho. Ese día comenzó el menosprecio tanto hacia ella como a su actividad. A Celia le dolió en lo más hondo de su dignidad, aunque poco le quedaba. Pero lo dejó pasar como tantas otras cosas. Eventualmente renunció, sobre todo para evitar malos entendidos y discusiones vacías con el ahora su esposo.

Celia levantó la mirada y observó su alrededor. Todo estaba calmo. El seguía allí tendido. Sus ojos continuaban entrecerrados aunque más opacos que antes. Era como si la ira y el enojo fueran el motor de su brillantez. Que irónico. Lo que ella más amaba de él solo tenía su mayor plenitud con el odio.
Ella recordó que luego de un tiempo de dejar su trabajo empezó a sentirse vacía y sola. También recordaba que en esa soledad acompañada (y aunque era joven y hermosa) comenzó a esconderse tras quilos de depresión. Y un día decidió ir al gimnasio. Consejo de una de las pocas amigas que le quedaban. Entonces, una vez decidido y consultado a medias con su “media” naranja comenzó a ir tres veces por semana a un gimnasio y con ello logró moldear su cuerpo y su felicidad. El problema estaba en que ahora era deseable. Y una Celia deseable era perjudicial para el mundo de su esposo.
Una tarde, en la que volvía contenta del gimnasio, él la esperó sentado en la oscuridad. Ella primero se alegró ya que él había salido temprano del trabajo, pero lo que le esperó en realidad fue un cachetazo del destino. Y de su esposo. Esa fue la primera vez que él le levantó la mano por el simple hecho de tener algo que hacer con su vida y sobre todo, que ese hacer le hiciera bien y se le notara. Durante más de una semana no salió de su casa. La marca en su rostro, que era menor que la de su corazón, la obligaba a dar explicaciones al entorno. Explicaciones que ella no quería dar. Ni siquiera podía dárselas a ella misma. Porque no había la más mínima explicación de lo que había ocurrido.

Su universo se oscureció y el encierro fue su respuesta. Su vida, angustiada y solitaria pasó a ser la de exclusiva ama de casa sin intereses. Horas y horas de telenovelas y suspiros la hacían anhelar una vida irreal y dorada que según ella, le estaba prohibida por ser ella.
Un ruido la despertó de sus recuerdos. Una lágrima, un suspiro. Escuchó atentamente y nada. Nada se escuchaba. Él seguía donde estaba, ella a su lado y silencio como hacía mucho que no se sentía allí. Más recuerdos…Una tarde, mientras limpiaba el baño y tras olvidarse el tapón de la bañera puesto, vio como ésta se llenaba de deseos de morir. Sacó su ropa lentamente, prenda por prenda y se sumergió en un futuro oscuro pero liberador. Ella había encontrado la solución a sus problemas: la muerte que como un suspiro pronto legaría a su cuerpo. Sin embargo, el destino no la dejó descansar en paz y la mano de su esposo la sacó de un tirón del agua y la llevó a un hospital. Allí, donde podría haber sido su oportunidad de salvataje, se encontró ante la ceguera de los médicos. Luego de unas cuantas horas y estudios le dieron el alta anoticiándola de su hijo por nacer.

Una vez en su casa, primero lloró y maldijo su vida. Pasó semanas enteras de lágrimas que prácticamente la inundaban y la hacían repensar en su plan de fallecer. Sin embargo su marido alertado, aunque no preocupado por su salud y si por el que dirán, la tenía vigilada para impedir nuevos atentados contra su integridad. Una mañana Celia sintió burbujas en su bajo vientre. Eran como pequeños pececitos intentando demostrar su presencia. Ese día algo en ella cambió drásticamente.
Con el correr de los días, además de hincharse su cuerpo, lo hizo así también su dignidad y sus ganas de vivir. El vientre que poco a poco pujaba por brotar la fortalecía y la hacía sentir necesitada. No por su pareja que veía su desplazamiento con bronca y preocupación, sino por ese niño que crecía lenta pero determinadamente gracias a ella.
Mientras el vientre de Celia crecía, así lo hacía también el resentimiento y los celos de su esposo. Cada acción de ella era seguida de una reprimenda y una amenaza por parte de él. Pero ella seguía adelante con su frente en alta y su cuerpo exhausto.  Una mañana su bolsa se rompió y fue el anuncio de una nueva esperanza. Un bello niño llegó a su mundo y llenó con llantos y risas los rincones de su alma. Sin embargo, su marido acechaba como un halcón embravecido, demandando lo que por derecho era suyo, aunque la vida de Celia no tuviera dueño.

Pasaron los meses. Entonces, una mañana Celia había estado amamantado a su bebe entre llantos del niño y su cansancio a cuestas. Él se levantó protestando por la noche mal dormida, vociferando que ese niño era hijo del infierno y que más le valía a ella comenzar a rectificarlo desde pequeño. Mientras ella intentaba explicarle que los niños eran así, que lloraban y demandaban atención continua, él sin siquiera escucharla exigió su desayuno. Celia estaba realmente exhausta y precisaba descanso. El bebé por un instante se había calmado y ella necesitaba darse un baño y acostarse. Él le volvió a insistir levantando el tono, a lo que ella le rogó que hablara más bajo y así no despertase al niño. Pero el no cedió y ella por primera vez en su vida dijo “NO”. Una palabra que le había llevado años construir y expresar. Él, sorprendido por semejante respuesta levantó la mano para adoctrinarla. Levantó esa mano que tan pocas veces había usado para acariciarla. Levantó esa mano que era el peso de su cruz y el destino de Celia. Ella cerró los ojos esperando el dolor pero nada sucedió. Sin embargo, ocurrió lo inevitable. Él dirigió sus rencores a lo indefenso del niño y su madre como una leona lo protegió aún de su propio padre. Cómo no viniera el cachetazo ella abrió sus ojos y miró entonces a su alrededor temiendo lo peor y vio con pánico que su esposo había tomado una almohada y pretendía asfixiar a su pequeño. Él quería matar a la única razón de vivir de Celia. Eso equivalía a matarla por dentro, a asesinar su alma maltratada. Ella desesperada y con el corazón desbocado, corrió hacia él tomando lo primero que encontró sobre la mesa para defender lo suyo, lo inocente, lo angelical. Hizo lo que su madre no tuvo el coraje de hacer tantas veces.

“Jamás te atrevas a tocarlo”, le dijo ella mientras que la tijera que encontró sobre la mesa, se incrustó en uno de sus costados. Esa arma afilada penetró su carne casi sin que le opusiera resistencia. Allí mismo, su esposo cayó desplomado retorciéndose de dolor. Ella lo miró parada, desde su altura de madre y mujer. Él de a poco se fue quedando quieto, casi inerte. 
Celia siguió observándolo. Lo vio allí indefenso y frágil, casi efímero como era, como siempre había sido. Por un instante ella pensó que él estaba muerto ya que repentinamente su cuerpo se quedó inmóvil. Sin embargo, un respiro brusco y con dificultad, apareció de golpe asustándola. Ella se agachó y se quedó a su lado mientras él emanaba sangre por la herida como un animal abatido. Lo podría haber dejado desangrarse allí, sin ningún remordimiento, pero en cambio, tomó un repasador e hizo presión en la herida. Lo miró nuevamente, y vio cómo su alma pugnaba por seguir en ese cuerpo que tanto mal le había hecho. Que tanto dolor había provocado en su vida. Miró sus manos, esas que una vez la habían marcado a fuego, las notó huesudas y ásperas. Entonces, de esa manera el hechizo que la mantuvo atada a él, se rompió repentinamente. El abrió sus ojos triunfalmente y en esa mirada helada desafió el temple de ella. Pero Celia, que supo de lo que era capaz por el amor a su hijo, le devolvió la mirada llena de firmeza, convicción y dignidad, y le dijo: “Nunca más te atrevas a acercarte a nosotros, nunca jamás”, y se fue de allí con su pequeño en brazos. Ese día Celia comenzó a construir su futuro.


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