lunes, 19 de febrero de 2018

Nicanor, despertar y ocaso de una pasión




Dicen que para conseguir algo hay que desearlo fervientemente, desde las entrañas. Eso dicen. O mejor dicho, eso le había dicho su madre y Nicanor era un devoto admirador de las frases de su madre. Y más admirador de Anastasia.

Cuando la madre de Nicanor murió, él tendría unos 17 años. Grande para ser huérfano, chico para quedarse solo en el mundo, él sentía que no estaba solo. Estaba Anastasia, su vecina del departamento de enfrente. Sí, Nicanor la quería. La necesitaba de una forma particular, extrema para algunos, oscura para la opinión de su madre muerta, desesperada para su tormento personal.

Anastasia era una hermosa joven de unos veintitantos, estudiante de odontología, esbelta, rubia casi platinada y portadora de unos ojos cristalinos como el agua de la canilla del baño de Nicanor. El mismo baño donde el muchacho pasaba un largo rato pensando en su vecina. Un pensamiento de éxtasis que le brindaba cada mañana y cada noche mientras la recordaba salir del departamento con sus jeans ajustados y sus apuntes en la mano. ¿Y cómo sabía eso, Nicanor? Simple, la espiaba cada día por la mirilla de su puerta.

Tenía cronometrado el horario de salida y el de vuelta.

Jamás se atrevió a salir y saludarla. O incluso, si la encontraba de casualidad en el ascensor, se ocultaba detrás de su jopo oscuro o debajo de la capucha de su buzo azul. Ella nunca lo había registrado. Incluso podría haberlo confundido con un bulto, con una cosa ahí estacionada en el ascensor.

Para Nicanor eso era lo mejor, al menos por el momento. No sabría qué decirle si ella le hablaba. No tenía tema de conversación. “Sos muy estúpido para ser adolescente, hijo”, era una de las tantas frases de aliento que su madre le había legado. Y ahora que ella se había ido, quizás al infierno, Nicanor estaba sin guía, sin una conducción que le dijera qué hacer o cómo. Y para colmo de males, sacando lo momentos autoexpresivos del baño, jamás había logrado entrar en algún lugar anatómico femenino. Pero eso no le molestaba. Aún.

Una mañana de enero, más precisamente el 17 de enero, Anastasia y Nicanor coincidieron en el ascensor. Ella entró corriendo en la planta baja, llorando desconsoladamente. Nicanor, sorprendido, se arrinconó sin saber qué hacer. Pero ella, que esta vez sí lo había visto, se dio vuelta y le habló. Lo miró directo a los ojos, mientras que de los suyos brotaban ríos de lágrimas y haciendo un sexy puchero preguntó:

Honestamente ¿te parezco una trola?

Nicanor que no estaba familiarizado con el término, balbuceó unos monosílabos que a ella le sonaron a un “no” y le sacaron una sonrisa.

Se miraron brevemente, y a ella le pareció que el chico-bulto era algo así como tierno. Apetitoso. Se acercó a él, mientras que Nicanor sintió que su corazón le explotaba, además de otras partes de su anatomía y se quedó quieto. En suspenso. Mientras aguardaba, pudo sentir el aroma de Anastasia. Era una mezcla de perfume semibarato y hormonas adolescentes. Dulce, húmedo. Y mientras él pensaba qué hacer o como se satisfacería luego en el baño, ella lo besó. El adolescente cerró los ojos casi como en un reflejo mientras que la lengua de Anastasia recorría su boca. Nicanor explotó de sensaciones. Ella se acercó más a él y Nicanor pudo sentir el cuerpo esbelto de su vecina. Sintió sus pechos. Su pelvis por allá abajo. Pero no reaccionó ni un poquito. Ella finalizó el beso en el segundo justo en que llegaron al piso que les correspondía. Se apartó rápidamente de él, le guiñó el ojo y se fue moviendo las caderas.

Esa noche, Nicanor entendió que la autoexploración era nada comparado con la posibilidad. Sí, la posibilidad de poseer a Anastasia. De hacerla suya anatómicamente hablando. Y se durmió pensando en eso.

Al día siguiente, Nicanor se preparó para abordar a su vecina. Preparó unas líneas para decirle algo. Se perfumó y salió al pasillo. A esperarla. Y ella salió, de la mano de un pibe y no registró al chico-bulto. Ni un poco.

Nicanor enojado entró a su departamento y cerró la puerta de un golpe. “Estúpido.”, dijo. Solo eso. Pensó en su madre, en la razón que ella tenía. En que al final, era un pobre pibe, solitario y antisocial. “Esto se termina hoy”, gritó al aire. Y en ese momento lo decidió.

Las horas pasaron, lentas. Agónicas. Su mente no paraba de pensar. “Es una trola”, se dijo ahora que entendía el término. “Lo es. Lo va a pagar”, se repitió. A eso de las once escuchó la puerta del departamento de Anastasia. Espió por la mirilla de su puerta y vio que ella llegaba sola. Ese era el momento, el suyo. Salió y se paró frente a la puerta de su vecina. Su corazón explotaba de anticipación y enojo. No podía quitarse de la mente aquel beso. La forma en que ella lo había avanzado, sin pedir permiso y luego... luego ese trato. Ese desprecio.

Tocó la puerta y ella salió. Estaba con una remera suelta y calzones. No era posible tanta desfachatez.

Vení. Pasá. Perdón por lo de esta mañana. Mi novio es muy celoso.

Ella sonrió mientras cerraba la puerta del departamento y ponía traba.

Imagino que sus celos tienen fundamento.continuó jugueteando con el pelo.

Sin darle oportunidad, tomo a Nicanor de la mano y lo llevó a su cuarto. Lo desvistió y lo hizo suyo. Nicanor estaba atónito. Si eso era el sexo sintió que se había perdido lo más espectacular del mundo. Lo hicieron varias veces, sin descanso. Ella era inagotable y Nicanor, bueno, estaba experimentando lo que había imaginado durante toda su adolescencia.

Tenés que irte porque va a llegar mi novio ¿viste?

Anastasia agarró la ropa de Nicanor, se la dio hecha un bollo y prácticamente lo sacó a empujones del departamento. El muchacho no entendió mucho de qué se trataba, pero esa noche durmió como un bebé. O al menos hasta la madrugada en la que sintió que golpeaban a la puerta.

Se levantó medio dormido y abrió. Era Anastasia, en camisón que venía por su cuota. Nicanor rebosante de felicidad se apropió esta vez del cuerpo ella, una vez y otras tantas. Era la felicidad absoluta. Sin palabras, sin discusiones. Un par de horas después, Anastasia se fue a su departamento y Nicanor continuó con su sueño reparador.

Por la mañana, Nicanor despertó como jamás lo había hecho. Cansado pero feliz. Sin embargo escuchó ruido en la cocina y se asustó. ¿Quién estaría ahí? Recordó a su madre, el sonido de las tazas, la pava en el fuego. Era igual. Se estremeció de solo recordarla y se preguntó qué pensaría ella de la aventura con su vecina. Seguramente lo sancionaría. Pero…ella estaba bien muerta y por única vez, Nicanor se alegó de ese hecho. Como el ruido no cesara, el muchacho fue hasta la cocina, sigiloso y  ahí estaba Anastasia preparando el desayuno.

Nicanor sintió que todo era extraño, pero extrañaba que lo cuidase alguien por lo que aceptó ese regalo de su vecina. En silencio tomaron el café con tostadas y casi sin que Nicanor pudiera hacer la digestión, ella se llevó al muchacho a la cama. Nuevamente hubo varias horas de extenuante actividad física que dejaron a Nicanor cansado y sudoroso. Agotado, cerró los ojos para dormitar y tal vez logró dormir unas horas. Despertó de pronto con Anastasia montándolo insistentemente y así nuevamente un par de horas más de sexo y una corta siesta para recomenzar.

Anastasia no emitía palabras. Era casi como un robot, una autómata movilizada por el deseo y la pasión por el escuálido Nicanor. Ella tenía una oscuridad que antes no poseía y dominaba a Nicanor con su cuerpo. De esa forma, el muchachito-bulto era dócil como un cachorro.

Sin embargo, Nicanor comenzó a sentir que su energía se agotaba y que Anastasia prácticamente no lo dejaba reponerse. Ella estaba radiante, cada día más hermosa y Nicanor se trasformaba en un esperpento adelgazado y pálido. Grisáceo casi. Sin contar que no podía disponer de su tiempo, de su cuerpo o de si vida como antes. Pero ¿qué beneficio le traía su vida de antes? Entonces se relajaba y bueno…ya se sabe cómo sigue el dicho.

Las semanas pasaron y la esclavitud se hizo notar en la mente del agotado Nicanor. Él era un fantasma de lo que había sido. Un zombi que vivía para dormir y satisfacer a la mujer-come hombres que habitaba su departamento. ¿Y el novio que había visto antes? Tal vez estaba pudriéndose, deshidratado y consumido. Como quedaría él si esto no paraba. Fue asi que una noche en la que Anastasia descansaba unos minutos, Nicanor decidió que ya era suficiente. Se levantó con cuidado para que ella no despertase y fue hasta la cocina. Necesitaba sacarla de su departamento, de su vida y de sus genitales. Dudó porque a fin de cuentas gracias a ella él había conocido un excitante mundo nuevo, pero no podía seguir así. Moriría pronto si esto no paraba.

Temeroso del futuro, agarró un cuchillo y fue hasta la habitación donde ella descansaba. Solo quería asustarla ¿o quizás no? Estaba confundido con sus sentimientos. Había algo turbio en el ambiente que dominaba todo. Quizás algo sobrenatural o solo el cansancio lo hacía ver todo distorsionado. Mientras deliberaba acerca del futuro inmediato la observó. Realmente era hermosa. Demasiado para ser una humana normal. Común y corriente. Vecina de Nicanor. Mientras agradecía en silencio por los servicios prestados, elevó el cuchillo como en las películas de terror y en el segundo en que atravesaría el corazón de su amante ella abrió sus enormes ojos y frenó el cuchillo en seco. Se miraron por un breve instante. Los ojos de ella eran gélidos, vacíos de vida y de pasión. Nicanor se aterrorizó aunque todo fue muy breve. Ella colocó la otra mano en el cuello de Nicanor y con violencia lo sofocó.

Nicanor cayó al suelo, como una bolsa de huesos, inerte. Anastasia apenas miró a su presa. Lo comería luego. Entonces dio media vuelta y siguió descansando plácidamente.


Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2018


viernes, 26 de enero de 2018

Demonios





Decime que soy normal. Decilo. Contame cómo me parezco al resto, cómo soy igual, imperturbable. Normal. Dale, decímelo. Contame lo linda y prolija que soy. ¡Dale!gritó pero se censuró de inmediatoNo quiero ponerme nerviosaagregó murmurando entre dientes colocándole el cuchillo en el cuello, una vez más.
Sos…sos…
¡Normal! Decímeloy la zamarreó con fuerzas.
Normal…sos…normal
Entonces la mujer comenzó a reír. Se levantó de la silla y fue hasta el espejo. Tomó el lápiz labial rojo y pintó su boca. Apretó fuerte para que el rojo fuese intenso como la sangre. Sobrepasó la línea de los labios pero no le importó. “Soy normal”, se repitió.
Agarró el cepillo y comenzó a peinarse el enmarañado cabello. También era rojo. Se lo había teñido. Quería parecerse a ella. Volvió a la mesa observó a la asustada mujer y le clavó el cuchillo, directo en el corazón.
***********
“Estás bien”, dijo Camila luego de observarla en silencio. "¿Seguro?", preguntó Verónica, y recibió una sonrisa como respuesta. Era la primera vez que se veían. Un silencio las envolvió. Verónica intentó adivinar algo más de su doctora, algo que quizás Camila no decía. Algo que le ocultaba. Nada. "Estás perfectamente normal", insistió la doctora Camila. Verónica salió del consultorio y ya en la calle supo que la consulta no había alcanzado. No era suficiente para ella. 

Esa noche fue difícil dormir, pero eventualmente y luego de su quinta píldora, lo logró. Soñó con su nueva doctora. “Estás bien. Es normal” y la sonrisa. Una sonrisa roja como la sangre, burlona y desmesurada. Y esos ojos claros, turquesas, que parecían de muñeca. De esas que te regalan cuando cumplís nueve y ya esperabas otra cosa. Quizás una bicicleta o un reloj. 

Al día siguiente, se levantó y se miró al espejo. Se vio como siempre, desalineada, apagada. Descolorida. Excepto por esas líneas rojo sangre que aparecían en su rostro. Esas líneas tortuosas y penetrantes que surgían en sus momentos “especiales” y la surcaban toda, completa. Así comenzaban sus episodios. Primero llegaban las líneas a la cara. Se estacionaban, se hacían intensas y después de un rato se movían a su cuerpo. A todo su cuerpo. Como lombrices debajo de la piel. Carroñeras y sucias. Podía sentirlas comiendo su carne, alimentándose de su sangre. Era desesperante. Verónica sabía que cuando eso pasaba debía tomar sus píldoras y rezar mucho. Encomendarse. Pero a veces no alcanzaban, ni las píldoras ni los rezos y esa vez no alcanzó. Tuvo que completar el ritual. 

Se quitó toda la ropa y salió al balcón de su departamento. A pesar de que era julio, no sintió el frío ni las miradas indiscretas de los vecinos. Solo la iluminación de la curación. La luz en su piel, el efecto sanador. Estuvo un rato así, expuesta, con su piel erizada y los pezones endurecidos de frío. Luego entró y se vistió con el pullover amarillo intenso que había tejido cinco años atrás. Se lo colocó encima del busto, sin corpiño, sin remera. Necesitaba sentir la picazón que le provocaba la lana. Necesitaba sentir lo real. La muerte de las lombrices en forma de calambres en la piel. Luego se puso las medias de muselina turquesa y un par de zapatos rojos. 

Pero se sintió incompleta esta vez. Entonces fue hasta el consultorio. Necesitaba las palabras terapéuticas de Camila. Esperó una hora y otra más. La gente iba y venía, acelerada, ocupada, preocupada. Ella tenía tiempo, siempre lo tenía. Además de sus preocupaciones, que eran sus episodios. Y sus píldoras. Tenía todo eso. Pero observaba el apuro de los demás, los demonios que llevaban a cuestas. Las cruces personales. Los miraba y se reía porque ella se había librado de su demonio. Tiempo atrás. No se lo había contado a Camila. Pero lo había hecho. De un tiro en la cabeza. Hubo sangre y todo. Pero así se libró. Luego estuvo un tiempo en la clínica y un demonio nuevo quiso aparecer, pero no lo dejó entrar. Jamás volvería a tener un demonio. Solo las lombrices…por ahora.

“Estás bien Verónica. No te olvides de tus remedios y no tomes frío”, fueron las palabras mágicas de la doctora y Verónica se sintió renacer. Sin embargo pudo ver algo en la mirada de Camila. Quizás un pequeño demonio naciendo. Tal vez…

Los días pasaron y Verónica sintió una profunda preocupación por su doctora. Si eso era un demonio debía salvarla. Quitárselo antes de que su espíritu se viese corroído. De que su luz se viera comprometida. Y volvió al consultorio, el único lugar dónde podía observar a su salvadora. 

***********
Camila vio a la mujer que tenía enfrente. Por dentro algo se modificó. No supo qué con exactitud, pero ahí estaba esa sensación. ¿Un recuerdo? Quizás. Era algo profundo, visceral. Sanguíneo. Estaba segura de que le producía cierto temor. “Estoy un poco loca”, le había dicho y ella anotó en la historia clínica “Psicosis”. 

Las horas corrieron luego de aquella paciente. También desfilaron los otros pacientes: grandes, chicos, ancianos, gordos y flacos. La variedad de siempre. Las patologías cotidianas. Excepto ella. 

Antes de salir miró nuevamente la ficha. Miró la palabra atemorizante. La vio resaltada con fibrón flúo. Entre comillas y subrayada. No lo creyó exagerado. Solo precautorio. Como si se tratara de una enfermedad contagiosa. "¡Que tonta!", pensó aunque eso no acalló sus sentimientos. Sonrió y salió del consultorio. “Tarde, tarde”, se dijo mientras encendía la música del estéreo y se ponía en marcha rumbo a su casa. Era de noche ya. No le gustaba salir de noche. 

Se observó en el espejo retrovisor. Se acomodó el pelo. Lo odiaba. Siempre se veía desaliñada y pálida. Tomó el lápiz labial y se remarcó los labios. “Así está mejor”, pensó y bajó del auto.
Ya en su casa abrió la heladera en busca de algo para comer. “¿Cómo puedo saber que esto es lo real?”, recordó las palabras de Verónica, mientras veía un pedazo de queso lleno de moho. Era lo único que tenía. Esa pregunta la había desencajado. No había respuesta para eso. No una cuerda. Resignada se fue a dormir sin comer. 

“Va a volver y voy a tener que contestarle algo”. Los días pasaron y Camila justificaba con esa sentencia el pensamiento recurrente que aparecía una y otra vez. ¿Qué es lo real? Buscó en internet, en libros de psiquiatría, en revistas científicas. “Nunca confrontar las ideaciones de un delirio”. Camila temía que su paciente hiciera algo grave. 

Aquella tarde Verónica apareció de nuevo en el consultorio. Esta vez estaba silenciosa. Vestía un pullover amarillo, medias turquesa y zapatos rojos. “Está en plena crisis”, pensó Camila. Debía estar alerta.
Tenés que ir al psiquiatrale dijo y Verónica solo respondió Estoy bien. Usted lo dijo. Todo esto es normal. Soy normalY la flamante doctora, desvelada por el dilema de lo real e imaginario, lo normal y lo patológico, no dijo nada. Solo sonrió. 

Verónica se despidió. Le tendió la mano sabiendo que si un demonio habitaba su doctora lo percibiría con el tacto. Era así de simple. Quizás sus lombrices adormecidas traspasarían la barrera dérmica y ayudarían a esa pobre mujer endemoniada. Rogó que fuera así. Camila le dio la mano y sintió una pequeña descarga eléctrica. “Estoy cargada”, dijo sonriendo, aunque algo preocupada por dejar a Verónica a merced del destino. “Debería internarla”, pensó y en cuanto su paciente cruzó la puerta llamó a un psiquiatra amigo.

**************
Hola, ¿quién es? dijo Verónica.
Alguien tocaba el timbre. Era raro porque ella nunca tenía visitas. Ni siquiera los testigos de Jehová se acercaban a su casa. Ninguna persona. Absolutamente nadie. “¿Quién será?”, se dijo preocupada, con las lombrices en estado alerta, prontas a salir. Sus manos temblaron de puro estrés. Trató de calmarse, calmó a sus lombrices y fue hasta el espejo. Se miró, se acomodó un poco el pelo y se acercó a la puerta del frente. Una pequeña camarita le permitió ver una cabeza enorme, desproporcionada y unos ojos gigantes. No le gustaba esa cámara. Era la ventana a los demonios de los demás. Cerró los ojos por la impresión. Los cerró fuerte hasta que dolieron. Miró de nuevo entre chispazos de su retina que intentaba descifrar quién era esa persona. Entonces identificó a su doctora y se alegró. Sabía que sus lombrices la habían liberado, estaba segura. “Debe venir a agradecerme”, se dijo y abrió la puerta. 

Verónica…hablé con un psiquiatra…comenzó la doctora.
Un cosquilleo recorrió el cuerpo de Camila. Como un pequeño rayo a bajo volumen. Mientras hablaba, se miró la mano, esa porción de la piel donde había sentido la descarga eléctrica el día anterior. Tenía una pequeña línea roja que se movía, se multiplicaba. Las líneas se dispersaron y treparon por su brazo. La abrazaron, la poseyeron. 

—¿Qué es esto?gritó asustada, mientras se quitaba la ropa.
Tranquiladijo VerónicaSon mis lombrices sanadoras. Te quitarán el demonio.
Camila comenzó a gritar desesperada. Se arañó la piel intentando quitar esas lombrices, sin conseguirlo. Se quitó toda la ropa y quedó expuesta ante su paciente. La vio con esa sonrisa burlona y roja y no supo qué hacer. 

—¡Qué me hiciste, hija de puta!—vociferó con bronca.

Verónica sólo observó, callada aunque sonriente. Entonces Camila la tomó de los brazos y la zamarreó. Verónica parecía una muñeca de trapo, inmóvil e imperturbable. Camila, con más bronca aun, la tomó del pelo mientras Verónica gritaba entre ahogos por el llanto. Camila, fuera de si, endemoniada como estaba, la llevó hasta la mesa. Sin hacer caso de los gritos le golpeó el rostro una y otra vez hasta que la dejó inconsciente. 

Luego de un rato, Verónica abrió los ojos. Quiso moverse pero sintió las amarras que la rodeaban. De refilón vio a su doctora. Se había teñido el pelo y se había puesto el pullover amarillo sin corpiño y sin remera. La vio acercarse. La vio poseída por el mismo demonio del que ella se había librado una vez. Camila se acercó y colocándole un cuchillo en el cuello le dijo entre dientes: “Decime que soy normal”. 

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2018

sábado, 13 de enero de 2018

El fin de la incertidumbre





¿Cuándo va a pasar? ¿Cuándo…? Por favor te pido…necesito saberlo. No sé si pueda soportar el significado de la espera. No sé si puedo aguantar la ansiedad de no saber. “¿Qué cambiaría?” Viviría mi vida de otra forma. Tal vez haría cosas que no me animo a hacer en estas circunstancias. No sé…

“¿Por qué no las hacés ahora?” ¡No puedo! ¿No entendés? Porque ella…yo…  ¿Si las hiciera y adelanto lo inevitable? Ella se fue de esa manera…ella adelantó todo. ¿Y si solo atreviéndome a algo diferente interrumpo el normal evento de las cosas? “No sé qué es eso.” Sí, el normal evento de la cosas. La concatenación de acciones que nos llevan a un propósito, a un objetivo. Al destino. Yo creo en eso del destino. Sobre todo ahora que te encontré, que te tengo frente a frente… por eso necesito saber cuándo sucederá.

Tengo una idea… ¿querés escucharla? Me doy cuenta que no entendés nada… no entendés como pude encontrarte. Ella me dijo una vez: “Si deseás algo con todo el corazón… simplemente sucede” Sí, sucede. Ahora estoy seguro.

Realmente no entendés, ¿verdad? Ella supo el momento exacto. Ella me miró y dijo “Hoy es el día, amor. No más sufrimiento” y fue así. Yo solo pienso que si hubiésemos sabido con tiempo suficiente…no sé quizás la hubiese llevado al mar que tanto amaba. Podría haberle hecho caso cuando me pidió por favor de viajar a ese lugar especial, donde nos conocimos y no accedí porque yo temí por su fragilidad… no sé. Quizás quiero preparar mi mundo para ese momento, el mío. Por favor ¡necesito saberlo! Necesito que me lo digas.

Sé cómo trabajas. Cada día vengo y te observo. Veo lo que hacés. Es algo tan difícil, complejo también, y ahora me negás la respuesta. ¿Qué te cuesta contestar? ¿Cuántas leyes universales romperías si me lo decís? si me contaras cuándo sucederá…

¿Será que está prohibido que me lo digas? Quizás, si conozco la fecha exacta, se alteraría todo…porque si el destino existe, nada ocurrirá antes de lo debido ¿no? Si tengo un propósito en la vida, nada podría pasar si no lo cumplo hasta el final ¿verdad? ¡Contestame carajo! Perdón, perdón… no quise gritarte. No a vos que podés ayudarme. Perdón. Quizás debería posponer mi propósito y así viviría por siempre…aunque sería una eterna tortura, recordándola todo el tiempo.

Necesito…. Viéndola a ella pude identificarte. Al observar las distintas camas, las distintas personas pude identificarte. Primero parecía un chispazo, luego un parpadeo de la luz. He observado que aparecés también cuando hay tormenta, cuando los rayos desgarran el cielo. En esos momentos era cuando todo sucedía. Como una especie de magia o algo así. Y un día sin esperarlo, te vi. Ahí, sobre esa anciana. Te vi morándola, esperando por su alma. Sos el ser que siempre creí inexistente. Porque siempre pensé que las cosas pasaban sin un por qué. Te vi y supe que algún día vendrías por ella. Y lo hiciste y ella lo sabía. Ella estaba segura de que aquella noche era su última noche. Y me acarició el rostro y se despidió de mí. Y yo le dije “No te adelantes, amor. El doctor dijo que este tratamiento te va a mejorar. Tus resultados son mejores…” y me fui al bar a comer y para cuándo volví… ¡ella estaba sola frente a vos porque no le creí! Por eso necesito saber cuándo.

Veo tus ojos, oscuros, vacíos. Sé que tenés el poder de ver todo. De ver el futuro de cualquiera. Incluso de ver dentro del corazón. ¿No ves mi sufrimiento? Sé que sos capaz de verlo. Sé que incluso podés ver el instante preciso en el que sucederá. Lo sé porque cada día venís y te llevás a todos y cada uno de los que me rodea. En este hospital de morondanga veo gente partir cada día. Veo que están preparados aunque no sé por qué o cómo logran prepararse. Veo que ellos se van no importa lo que los demás hagan. Asique debe haber un objetivo último, un propósito que ellos han cumplido y que yo no. Porque yo no estoy preparado. Como no estuve preparado para perderla a ella. Necesito saber cuándo sucederá así puedo despedirme de la vida en paz. De todos…

¿No me vas a contestar jamás? Tu silencio me duele. Me aprisiona. He sufrido el dolor por haber sobrevivido. Es el dolor de los que quedan y necesito preparar todo para que no haya dolor sino felicidad. Necesito arreglar todo para cuando vengas por mí. Porque no quiero que el mundo esté triste si voy a un lugar mejor.

Por eso hoy me atrevo a pedirte, a implorarte que me digas cuándo voy a morir.

Tu silencio me abruma… ¡no me mires así! es insoportable… tu oscuridad me envuelve, tu aliento penetra mis sentidos. ¿Por qué hacés eso? Tu caricia mortal me obnubila. Es eso ¿verdad? Ahora entiendo… esto es lo que veo como certeza en todos. Pero no viví lo suficiente… “Nadie lo hace.” Ni siquiera la lloré lo suficiente aunque pasaron años luz desde que se fue, solo te seguí desde entonces… ¿No podrías posponerlo? Solo unos días. “Este es el momento de tu verdad.” Sí lo sé, es este… hoy es el día que muero y no hice nada… para vivir.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) – Todos los derechos reservados 2018

domingo, 17 de diciembre de 2017

Una "mágica" Navidad





Camila llega y estaciona su pequeño auto. No lo apaga. Todavía no decide si bajar. Sabe que si lo hace se va a arrepentir. Mira a la distancia, a la oscuridad silenciosa y casi vacía y se pregunta por qué está ahí, por qué le hizo caso a Beto. “Se quiere acostar con vos, es más que claro”, le había dicho Tamara, su compañera de departamento. No eran amigas. Eran solo compañeras.
Camila no era persona de amigas. Prefería un buen libro al parloteo frívolo en un bar. Y eso, cuando sos joven, cuando aún no se llega a los 30, tiene un alto costo: la soledad. Y así era Camila: solitaria y casi ermitaña. Hasta que Beto apareció un día y ella se sintió mimada de una forma tierna, casi infantil. 

A pesar de sus dudas apaga el motor del auto pero se queda dentro de él. El afuera le parece amenazante, hostil. No puede relajarse y disfrutar del misterio. “Animate, no seas boluda”, le había dicho su no amiga, compañera de cuarto, “después no te quejes que estás sola, que nadie se te acerca y bla, bla, bla.” Lili no era muy amable en sus formas pero tenía razón y luego de meditarlo, Camila decidió darle una oportunidad a este pibe. Porque a fin de cuentas, esa soledad no buscada de forma consciente la torturaba bastante. A pesar de sus gustos extravagantes para la edad, de vez en cuando sentía esa necesidad hormonal de estar con alguien del sexo opuesto.
“Sexo”, suspira sin soltar el volante. "Tantas vueltas para acostarse con alguien". Las luces encendidas del auto se pierden en la penumbra. Las partículas de  tierra flotan en el aire y juguetean con los haces de luz. Una planta se mueve con la brisa y Camila siente que su corazón se acelera. Aunque no está segura si es por el miedo de estar sola, a la espera de su amante, o porque la ansiedad de estar con él es grande. Es una delgada línea y ella lo sabe. Pero todavía no puede disfrutar de esa sensación.

A la distancia algo se ilumina tenuemente. Ella observa intrigada y la luz lejana se hace nítida, casi como respondiendo a su ansiedad. Proviene de una de las habitaciones en la que su cita aguarda. “Te espero en la mansión de mi abuelo…suena más imponente de lo que es en realidad. Está en refacción así que tenemos el lugar para los dos solos…te va a gustar”. En aquel momento, Camila dudó. “Se parece a los lugares de tus libros”, dijo para convencerla. Él le había guiñado el ojo.
En el auto, Camila piensa en el momento en que conoció a Beto. No recordaba el día exacto, ni donde estaban. Sólo tiene presente algunas charlas furtivas, muchos guiños, y una mirada inquisidora, casi violatoria de sus pensamientos. Incluso, ahora que está en la oscuridad, trata sin resultados de recordar en qué momento le contó de sus libros, de lo que más le gustaba. 

“Dejá de hacerte la boluda y no busques excusas para irte a casa”, se regaña. “Es navidad…no querés estar sola cuando den las 12…querés estar con él”, se convence y baja del auto. Lentamente se dirige a la mansión. Ahora que la tiene enfrente se da cuenta de lo enorme que es. Más allá de la habitación con la luz encendida divisa otras tantas ventanas. Puede contar más de 10 y solo en el frente. ¿Quién habrá sido el abuelo?, piensa. Imagina un acaudalado señor, bondadoso. ¡No! Se frena. Mejor un oscuro ser, con amantes a las que tortura por el puro placer de poder hacerlo. Sí, eso está mejor. Se ríe. Su imaginación aparece cada vez que tiene miedo. Inventa historias, para acallar su mente. Sigue pensando en ese hombre. Seguro que era un conde, no un príncipe. Uno malvado que se alimenta de las almas de los visitantes. Y su nieto... ¿habrá heredado ese vicio? Eso no ayuda, piensa. Se relaja un poco. Nada puede ser peor que su imaginación. O su soledad.

Camina por un senderito. La oscuridad se hace más densa por los nubarrones de tormenta que no se quieren ir. Traspasa una reja, enorme y oxidada, que se encuentra abierta. “Seguro que Beto la dejó así”, se dice para tener coraje. Atraviesa ese umbral y todo cambia, como en los sueños de la infancia. Fantásticos. Inexplicables como su relación con Beto. Enseguida las nubes se corren y dejan en evidencia una enorme luna, redonda y majestuosa que ilumina todo el lugar. “La magia de la navidad”, suspira. 

Saca el celular del bolsillo trasero y observa la hora: once y media. “Me tengo que apurar…”, piensa y camina más acelerado. 

El jardín es extraordinario como todo en el lugar. La tensión desaparece un poco ahora que hay algo de luz. Observa mejor mientras sigue en aquel sendero que la lleva hasta la enorme puerta principal. Un magnifico rosal ofrece sus flores rojo sangre aunque Camila no se atreve a tocarlas. “Podría arruinarlo”, piensa. El pasto está cortado al ras y huele a tierra mojada. “Alguien debe mantener todo esto”, se dice y no deja de notar que desde el auto todo parecía abandonado y descuidado. Salvo por la ventana con la luz encendida. 

Recuerda la luz y va directo a la mansión. Traspasa la puerta que también está entreabierta. Una vez en el salón, aparece una tenue música de fondo que ella atribuye a Beto y su agasajo nocturno. Siente mariposas en el estómago y decide que esa noche, finalmente se entregará a él. Sube por la enorme escalera de mármol y va hasta la habitación de la luz. Su corazón está acelerado de anticipación. “Si se encargó de tantos detalles merece una oportunidad…”, piensa emocionada. 

Camina hasta una de las habitaciones que está con la puerta entornada. Se para unos centímetros antes y se arregla el pelo. Acomoda su ropa y pellizca sus mejillas. Saca el celular y se observa “Estoy perfecta”, dice mientras ve varias llamadas perdidas de Beto. Sonríe. “No pudiste con la ansiedad”, dice al entrar a la habitación. 

Ahí, tres muñecas de porcelana están sentadas alrededor de una mesita. Una de ellas tiene una pequeña muñequita en brazos. ¿Qué es esto?, pregunta Camila que no entiende de qué se trata la escena. Una de las muñecas la observa con severidad. Las otras, se miran entre ellas. Las mariposas en el estómago de Camila se transforman en palpitaciones que golpean en su pecho. Un murmullo asciende por la escalera, una brisa resopla en la espalda de la joven y solitaria Camila. Los vellos de la nuca se le erizan mientras sigue mirando cómo las muñecas toman el té. Camila quiere gritar pero hay un nudo en su garganta. Piensa en Beto. Quiere creer que todo es un regalo de él, aunque sería el más extraño de los obsequios. “Son lindas Beto, pero ¿dónde te metiste nene…?”, dice con voz temblorosa. El teléfono suena otra vez, “Beto ¿dónde mierda estás…?”
En el momento en que Beto se disculpa por no poder estar con ella en la cena de navidad, la puerta se cierra de golpe detrás de Camila y las muñecas se abalanzan y la atacan sin piedad. Con violencia desgarran su carne, tironean de su pelo y penetran su abdomen, mientras Camila grita pidiendo auxilio. Sin embargo nadie la escucha.

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Camila despierta sobresaltada. Enseguida se observa la ropa, los brazos… busca las heridas y la sangre. ¡Maldita pesadilla!, piensa. Mira hacia adelante y ahí está la descuidada mansión, en plena oscuridad. Ninguna luz está encendida y el silencio es casi mortuorio. Todo se ve descuidado, opaco. Abandonado y lejano para su tranquilidad. "Tengo que dejar de leer tantos libros de terror", se dice aunque sabe que no lo hará. Un ruido repentino la sobresalta. Alguien está golpeando la ventanilla del auto. Asustada ve que es Beto. “Mirá lo que te traje”, dice y le enseña una pequeña muñequita de porcelana. Camila aterrorizada enciende el auto y sin siquiera decir una palabra se va dejando a Beto parado en la oscuridad sin entender absolutamente nada.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 9 de diciembre de 2017

VOS SABÉS QUIÉN SOY.










  
Usted tiene: un mensaje nuevo: “Mataste a mi viejo y la vas a pagar”. El café de la mañana se me sube hasta la boca. Ese sabor amargo. La náusea. El mareo. ¿Quién mierda es? Desconozco esos números. Yo no maté a nadie. ¿Cómo voy a matar a una persona? No, no, no. “Te pensás que te las sabes todas…”; el calor llega a mi cara. El miedo asciende con velocidad. Serenate. No pierdas la cabeza por una pelotudez. Por ahí el mensaje es equivocado. Ojalá. “La misma irresponsable…mataste…vos…” ¡Se entrecorta! Pará. Esa no soy yo. Estoy segura de que mi trato con los pacientes es bueno. ¡Nunca tuve problemas con nadie! Sí. Seguro se equivocaron. Seguro le dieron mi número a esta persona desagradable, pero el mensaje no era para mí. Alguien pensó que soy la responsable, pero no fui yo. ¿Y si llamo? Por ahí puedo aclarar que se equivocaron…“No les des lugar. Si quieren hablarte te van a llamar otra vez”. Así dice mi esposo. Si no fuera por él,no dormiría por contestar llamados y mensajes de mis pacientes. La misma discusión de siempre con él: “¿Para qué les das el número? Si después…” No seas así Ricardo, le contesto yo. Debe ser horrible pasar por una cirugía y no tener a nadie que te contenga. “¿Y cómo te pagan? Se ofenden cuando no los podés atender. Ni se acuerdan de que sos una persona”. Él no entiende. Es arquitecto y mi marido. Él se preocupa por mí, por mi salud. No quiere verme mal aunque a veces eso sea imposible…

Observo la pantalla de a ratos. Trato de encontrar algún significado en los números de la llamada perdida. Un código secreto, quizás. Los combino una y otra vez. Nada. Obvio ¿qué espero encontrar? Me repito que el mensaje es equivocado, que es para otra doctora. Una diferente e irresponsable. Sin embargo el nudo en mi estómago me dice que las cosas no son así. ¿Y si es para mí? Miro la historia clínica que tengo en el escritorio. Disculpá ¿enalapril de cuánto tomás?

La mujer revolea los ojos y tiene razón en hacerlo. Es la tercera o cuarta vez que le pregunto lo mismo. Le pido disculpas. Le invento algo de que tengo al nene enfermo y que estoy preocupada. Que espero que mi mamá llame para decirme cómo sigue. No sé si me cree y la verdad hoy no me importa. No puedo concentrarme. No después de haber escuchado ese mensaje. Le sello la receta del enalapril y se va. La escucho protestar por lo bajo y pienso que tal vez mi marido tiene razón. 

Miro la lista de pacientes. Recién voy por la tercera. La tarde es larga, interminable en realidad. Pienso en la voz de mi mensaje. ¿El hijo de quién será? ¿Quién estaba tan grave como para morir, como para que pueda ser la responsable de su muerte? Nada encaja. Ninguno de mis pacientes se ajusta al perfil. ¡Trabajo en una salita, por Dios!

Me repito “No es para mí, no es para mi”, como en un mantra místico. Pero me preocupa…me trastorna la posibilidad de que sí. La posibilidad de haberme equivocado. De ser responsable por la muerte de alguien. Uno se equivoca. Todos los días. ¡Soy humana! Como, voy al baño, tengo una vida como el resto de los seres humanos. No soy un Dios ni mucho menos. Uno trata de no equivocarse…a veces se logra.  Miro el teléfono otra vez. Maldita era digital. Quizás en otra época me hubieran venido a patotear en la cara. No sé. En otra época respetaban a los médicos. ¿Qué pasó? Soberbia. Siempre lo digo. Nosotros perdimos la batalla, somos los responsables. Pero no es este el caso. No el mío. Escucho el mensaje otra vez. Y otra más. “Soy….mataste….lo mataste. Vos lo mataste”. El audio se distorsiona. “Si desea repetir el mensaje marque 1” y lo marco de nuevo. Me torturo. Lo mataste. Lo maté. ¿Y si lo hice?

La enfermera entra de pronto y me dice algo, pero no escucho. Mis manos tiemblan, mi corazón se acelera, la obsesión se instala. ¿Qué te pasa?, me dice y lloro de impotencia. “Lo maté”, digo. ¿A quién? “No lo sé”. Ella me abraza sin entender nada. “Sos una soberbia, siempre lo fuiste”, me tortura el mensaje. Recibo la contención de mi compañera y eso me relaja. “Siempre se atendió con vos. Y nos abandonaste.”, retumba en mi cabeza. Descanso en ese hombro amigo, en la compañía de quién está siempre a mi lado, en la trinchera. Lentamente, la mente se aclara, lo malo pesa menos. Las lágrimas se agotan. Lo de antes vuelve en imágenes vívidas, dolorosas.“365 días de infierno. De soledad. Por tu culpa”. Recuerdo los detalles “Decile que me abandonó. Que en la guardia se rieron de mí. Yo no me interno ahí. No quiero. Prefiero morirme antes que operarme.”. Recuerdo verlo en terapia intensiva, la sensación de saber que sería la última vez. Recuerdo que hice lo que pude, pero que no alcanzó. A veces no alcanza. Y hoy hace un año que se fue. 

Ahora entiendo…, me digo, era por él. La enfermera me trae un vaso de agua. Lo tomo apurada y el alma retorna a mi cuerpo. Le agradezco y trato de tranquilizarla. Y tranquilizarme. Respiro hondo, pongo mi mejor cara y llamo al próximo paciente. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017