martes, 29 de marzo de 2016

Hija única





“Mucha gente va a morir hoy”, dijo mi hija y no supe qué contestar. Sólo nos invadió un tremendo y pesado silencio. El de siempre. El que se había colado en nuestra relación desde el primer día.

Lo primero que pensé fue que había escuchado aquello en la televisión y lo repetía. Pero era algo demasiado perturbador como para quedarme sólo con eso.

Entonces ella dijo algo más. Algo que me preocupó hasta los huesos: “Mamá, ¿escuchaste lo que te dije? Todos van a morir hoy”. No era ella. Era su voz pero no era ella. Estaba segura de eso.

―Sí, hija te escuché. ¿Cómo lo sabés?―le pregunté y entonces ella me observó con asombro.
―¿Saber qué, mamita?―y esa mirada, la de siempre apareció.

“No estoy loca”, me dije como tantas veces. “No estoy loca”

Emilia era mi primera hija. La única que pude tener. Luego de traerla al mundo mi útero no paró de sangrar y tuvieron que quitármelo. Sufrí muchísimo. El dolor físico fue tremendo. Pero el otro dolor, ese que es del alma fue peor. Sentí que el mundo me daba un aviso: no debía multiplicarme más. La depresión apareció poco después y casi nada puedo decir de los tres primeros meses de mi hija. No lo recuerdo.

Ella era especial, como lo son los hijos únicos. Irrepetible. Y la cuidé quizás demasiado ya que siempre pensé “Si algo le pasa, si Dios me la quita, ya siempre estaré sola”.

Recuerdo a su padre. Él se encargó de todo en mis meses de depresión. O así lo dijo mi madre. No lo tengo presente. Pero sí recuerdo su mirada después de despertar, como le digo al momento en que aquella espesa nube en mi cabeza se desvaneció. Desperté una mañana de agosto, cuando Emilia cumplió su cuarto mes de vida. Fue el mismo día que su padre se quitó la vida frente a mí. Se voló los sesos. Fue terrible. Algo que me marcó porque no sólo lo amaba. Sentí en aquel entonces que lo había descuidado o que yo tenía algo que ver con su pena. Que no había hecho lo suficiente. Aunque jamás lo había visto apenado o triste. Jamás.

El primer año de Emilia fue difícil. Su llanto era tremendo. Sentía que perforaba mis neuronas y traspasaba mis pensamientos. Y la soledad. Extrañaba horrores al padre de mi hija. Luego de ello, Emilia creció de golpe. Maduró con gran velocidad y ya nunca me dio trabajo. Excepto por pequeñeces que alteraban nuestra paz familiar.

La primera vez fue en su segundo cumpleaños. Ella dijo “Papá vendrá a visitarnos hoy, mamá”. La claridad de sus palabras excedió la pequeña voz de esa nena de dos años. Y me aterró. No sólo por lo que decía, que era extraño y perturbador, sino por la posibilidad de que fuese cierto. Y peor aún, de que en esa visita él me culpase por su infelicidad. O incluso que tomara venganza llevándose a mi nena.

Las horas que me aguardaron hasta llegar la noche fueron de extrema ansiedad. Las palpitaciones me invadieron y una sensación en el pecho de asfixia mezclada con temor a morir se instaló de pronto. Aquella noche tomé píldoras. Las suficientes como para dormir de un tirón dos o tres días. Sin embargo, apenas dormité. Entre sueños y lágrimas de dolor recuerdo que vi a Emilia hablando sola, vestida con su pequeño camisón rosa de volados. Le hablaba al aire y gesticulaba. Se reía a carcajadas y de tanto en tanto me señalaba con ironía. Fue horrible.

Quise levantarme para llevarla a la cama conmigo y protegerla de esa nada que le hablaba; pero mi cuerpo drogado con los somníferos no respondió. Y entonces la oscuridad me arrulló. 

A la mañana siguiente ninguna de las dos dijo una palabra. Quizás por miedo de estar volviéndome loca. Quizás por el temor de que todo haya ido realidad. Ese silencio se fue instalando entre nosotras.
A sus tres años comenzó el jardín. Varias veces la maestra me llamó la atención por la poca sociabilidad de Emilia. “Falta su padre…él murió”, era mi respuesta en cada caso. Por supuesto no era excusa. Lo peor de todo es que a medida que creía, los sueños en que ella hablaba con su padre se multiplicaban. “Un amigo imaginario”, me decía yo ante la falta de respuestas. Pero no me quedé tranquila.

Un año más pasó. Mis nervios hicieron lo suyo mientras que Emilia se fue transformando en una preciosa niña. Ella hablaba sola ahora a cualquier hora y nuevamente mi excusa era el amigo imaginario. Lo perturbador de todo era que ella hablaba y me señalaba con desdén o con sorna. Hablaba con su amigo de mí y eso me trastornaba. Se reía burlona y me daba vuelta la cara cuando notaba mi mirada de desaprobación o de miedo.

En aquel año  perdí quince quilos y me pelo encaneció por completo. Había mañanas en las que no podía levantarme y Emilia se encargaba con sus cuatro años, de los quehaceres de la casa. Muchas veces me preguntaba si no sería todo una tremenda pesadilla. Imaginaba que de un momento a otro despertaría y que Emilia sería aún un bebé y que mi amado esposo estaría con vida. Y que seríamos una familia feliz. Nunca lo habíamos sido y estaba segura de que el motivo de esa imposibilidad era ella, mi hija única.

Llegaron los cinco de Emilia. Esta vez intenté encarar la situación un poco diferente. Decidí festejar su cumpleaños. Invitar a sus amiguitos y demostrarle que estar solo y aislado no era algo bueno. Lo planeé durante meses. Le hablé a mi hija, intenté conocer sus gusto. Sería todo de princesas con una torta rosa y globos violetas. “Eso te hará feliz, hija”, le decía. Pero no había felicidad en su rostro. No había nada en sus ojos. Y llegó el día de la fiesta y entonces ella me dice que todos morirán.

El terror se apoderó de mí una vez más. Quise pensar que sus palabras eran más una amenaza para que cancele todo que una posible realidad. Pero también imaginé que si habría muertos serían los niños. Estaba segura de que la soledad de mi hija era firmemente elegida por ella o por algo más. A veces fabulaba con que ese algo más era una entidad maligna que la había poseído. Pero ¿cómo comprobarlo? Cualquiera diría que la loca era yo. Y eso era, en realidad, lo más probable.

Entonces decidí calmarme y hacer oídos sordos a aquella sentencia de muerte colectiva. Ella era una niña ¿Qué mal podría hacer? Estaba decidida. Iba a festejar su cumpleaños como Dios mandaba. Como los chicos normales tenían. Me convencí de que ella era normal. Que en el fondo, en algún lugar de su pequeña alma, había una niña buena.

Y la tarde llegó. Ella estaba de punta en blanco. Sus maravillosos ojos azules observaban por la ventana a la espera de que sus compañeros de clase aparecieran. Los minutos transcurrieron y nadie apareció en la puerta. Ni un alma. Ni una madre piadosa trajo a su hijo al cumpleaños de Emilia y observé el efecto en mi hija. Vi en sus ojos una nube. Vi en sus labios la palabra ahogada.

Me acerqué a ella y la abracé. Fue como tocar una roca helada. Un ser sin alma, sin espíritu y ahí lo vi. Vi el demonio que la visitaba y a quien ella le hablaba cada noche creyéndome dormida. Vi al ser que suponía mi esposo y a quien ella denominaba padre. Y mi corazón se paralizó de terror.

Esa noche, en la televisión vi la noticia que tanto temía: “Treinta niños y sus madres fallecieron hoy de manera misteriosa. Simultáneamente cayeron muertos en sus casas sin vida y con sus labios y ojos quemados. Se abrirá una investigación…” yo supe que jamás se encontraría un culpable. En todo caso la culpable era yo por no entenderla, por no dejarla ser.

Ahora que lo entendí pasos mis días en el cuarto, encerrada bajo llave. Salgo cuando ella se va al colegio. La lleva su papá. Sí, él la cuida muy bien. No como yo que le temo, que ya no puedo mirarla a los ojos. Sin embargo espero a que en algún momento haya un instante, unos pocos minutos en donde él se ausente. Sí, sucederá. Tengo un cuchillo debajo de la almohada que espera a ser usado. En cualquier momento. Solo tengo que esperar.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) - Todos los derechos reservados 2016 

domingo, 20 de marzo de 2016

Receta de familia




Sandra observó su reflejo en la hoja de la enorme cuchilla de carnicero. Era un magnífico instrumento. Filoso y brillante. Con un mango de madera lustrada. Herencia de su abuela, por supuesto. A ella le gustaban las cosas brillantes y afiladas. Sobre todo lo filoso y lo extremo a diferencia de su esposo, Manuel. Le sonrió al reflejo, acomodó su flequillo y leyó las indicaciones del antiguo recetario familiar.

“Rehogar dos cebollas medianas en un sartén con aceite de oliva…”
Con gran maestría cortó las cebollas, derramó una lágrima mínima, y volcó todo en la sartén. Sintió el ruido crujiente de la preparación y aspiró una enorme bocanada. El aroma era exquisito. “Preparar la carne cortándola en fetas gruesas”

Fue hasta la heladera. Por unos segundos dejó la puerta abierta admirando el orden de las cosas: cada alimento en su recipiente plástico y rotulado, con mucho esmero. Zanahorias ralladas, papas peladas y cortadas en cubitos, ajíes y remolachas. Todo impecable, todo prolijo “como Dios manda”, pensó. Ubicó los ingredientes faltantes y los fue sacando de a uno. Los acomodó en la mesada y volvió a la heladera. Solo faltaba la carne.

Miró una vez más. Las porciones de carne estaban separadas del resto de los alimentos como le había enseñado su mamá. Y eso era importante para no contaminar nada. “Los gérmenes son peligrosos, son los verdaderos enemigos de las personas, hija”. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, no porque le impresionara ver la carne ahí acomodada o porque recordase a su madre que ya estaba en el más allá. No. La emoción la embargó de repente. Casi con la misma brusquedad con que decidió hacer la receta de familia. “La vida a veces se precipita de manera vertiginosa”, pensó.

Durante años había imaginado aquel día. La receta era una especie de ritual familiar, aunque más bien le pareció un rito de iniciación. Incluso de liberación espiritual. Primero su abuela y luego el resto de las mujeres habían continuado con la labor. Incluso su madre fue parte de la herencia. “Mágico”
Se trataba de una única receta, una vez en la vida. Sandra pensó que era casi como contraer matrimonio. Como enamorarse. Como dejar de ser virgen. Una sola vez. Y había crecido obsesionada con aquel instante, deseando que llegase el momento que ahora se presentaba. Vislumbrando detalles mínimos, sentimientos no explorados.

Suspiró para no llorar de la emoción. Pensó en sus mujeres ¿Cómo habían hecho para no repetir el ritual luego de la primera vez? “Imposible no repetirlo”, se dijo. Estaba segura que recaería. Que eso que se le escapaba de sus manos una vez finalizada la receta, debería repetirse.

Despejó sus pensamientos y tomó uno de los muslos. Era pesado, demasiado. Mientras lo llevaba a la mesada recordó el momento en que se hizo del ejemplar. Recordó cómo le dio caza a su presa y eso fue más excitante aún. Recordó el filo del metal, la sangre. Recordó por sobre todas las cosas, la sorpresa.

Llevó una mano a su pecho intentando serenar las palpitaciones de su corazón. Por un breve instante temió por su integridad mental y eso la alarmó. No quería perderse en banalidades, pero imaginar el instante en que pasó aquella cuchilla por la garganta de su futura cena, aún recordando la sangre que brotaba a chorros, se le ocurrió tremendamente excitante. A pesar de que luego tuvo que limpiar todo y ordenar.

“Suficiente”, se dijo y continuó con la receta. Una vez que el muslo estuvo en la tabla de cortar carnes, Sandra tomó la cuchilla y lo cortó en fetas gruesas. La carne era tierna como su presa. Débil. El metal se deslizó con suma facilidad, provocando un ligero temblor en las manos de la joven mujer. Desechó las sobras para el perro y acomodó las porciones ovaladas dentro de la sartén junto a la cebolla que estaba ya dorada. Agregó una pizca de sal, pimienta y unas hojas de albahaca. Todo al pie de la letra. Todo como debía ser.

El aroma a carne frita la invadió rápidamente y la transportó a su vida de antes, a sus días felices. Pensó en Manuel. En cuando le cocinaba su comida favorita: salteado de carne con cebollas. “Irónico”, pensó. Imaginó en qué se le habría pasado por la cabeza en aquel segundo, el último. Imposible saberlo con exactitud. Inimaginable. Diez años atrás se habían casado. Ni un hijo le quiso dar. Ni uno. Quizás eso la decidió. Quizás… Tal vez la forma en que él ordenaba las cosas. O desordenaba. Recordó que él no era una persona amante del orden. De esa estructura que Sandra tanto necesitaba y que había aprendido de su madre.

Como hija única supo que sería igualita a ella. Y ahora lo confirmaba.

La carne estuvo a punto y Sandra, con cuidado, puso todo en una enorme bandeja de plata y la llevó al comedor. Ahí había preparado la mesa para tres. Una enorme mesa de roble se encontraba en el centro de la habitación con su mantel blanco y pulcro. Usó la vajilla de las ocasiones especiales y las servilletas rojas que habían comprado cuando eran novios. Sus invitados estaban por llegar.

Miró nerviosa el reloj de pared mientras ultimaba los detalles. Sus suegros no eran puntuales y se caracterizaban por ser personas raras. Obviamente desde la visión de Sandra. Ella nunca los había visto como familia. Nunca los sintió cercanos. Pero los toleraba. ¿Les diría la verdad? No, por supuesto. “La ignorancia es una bendición”, se dijo divertida.

En cuanto ellos llegaron, el ritual de la cena familiar comenzó como cada sábado por la noche. Como cada semana de los últimos diez años. Esperó la crítica “constructiva” de ella, el comentario irónico por la falta de hijos de él, la mirada de desaprobación por el decorado de la mesa. Y con una sonrisa evadió todo y pensó en su vida futura. En su liberación.

Sirvió la cena y todo transcurrió como siempre. Aunque esta vez algo era diferente: él no estaba compartiendo la mesa. Ellos observaron a Sandra con interrogación en la mirada y con pena ella les contó cómo su esposo la había abandonado. “Él decidió dejarme hace tres días, Marta”, contó con lágrimas en los ojos.

Su suegra le tomó la mano con condescendencia, aunque Sandra percibió cierta alegría y sobre todo alivio, en su mirar; a la vez su suegro, sin inmutarse, llevó una enorme porción de carne a su boca y masticó con la boca abierta. “Estas cosas pasan, Sandra”, dijo él. “No será por la comida porque cocinás muy bien, querida”, acotó tragando con dificultad. Ella le hizo una media sonrisa y finalizó: “Él seguirá en mi corazón y en mis pensamientos por siempre”.

La cena terminó en silencio entre miradas furtivas, preguntas no enunciadas y gestos ahogados. Mientras que sus suegros se retiraban, Sandra recordó los ojos de su esposo en el instante en que le rebanó la garganta. Lastimeros, débiles como siempre. Como su carne.

“¿No quieren llevarse una porción? Esto es demasiado para mi sola…”, les dijo y el hombre se apuró en aceptar el ofrecimiento de su ahora ex nuera. Ella les hizo una enorme sonrisa y así se retiraron, con el tupper lleno de carne. “Espero que no se indigesten”, dijo Sandra con falsa preocupación a la vez que saludaba con la mano, con la convicción de que jamás volvería a ver a esas personas.

Una vez sola sintió la liberación y la certeza de que esta experiencia debería de repetirse. Limpió la casa, eliminó toda evidencia y suspiró una única vez por él. Luego fue hasta la heladera una vez más y embolsó los restos de carne para frezarlo por si acaso. Al fin y al cabo, Sandra era vegetariana y no resistía ver a su esposo eternamente apilado en la heladera.


Autor: Soledad Fernández – Todos los derechos reservados 2016

martes, 15 de marzo de 2016

Incertidumbre





¿Cuándo va a pasar? ¿Cuándo…? Por favor te pido…necesito saberlo. No sé si pueda soportar el significado de la espera. No sé si puedo aguantar la ansiedad de no saber. ¿Qué cambiaría? Viviría mi vida de otra forma. No sé. Tal vez haría cosas que no me animo a hacer en estas circunstancias. No sé…

Que ¿por qué no las hago ahora? ¡No puedo! ¿No entendés? Porque ella…yo.  ¿Si las hiciera y adelanto lo inevitable? Ella se fue de esa manera…ella adelantó todo. ¿Y si solo atreviéndome a algo diferente interrumpo el normal evento de las cosas? Sí, el normal evento de la cosas. La concatenación de acciones que nos llevan a un propósito, a un objetivo. Al destino. Yo creo en eso del destino. Sobre todo ahora que te encontré, que te tengo frente a frente… por eso necesito saber cuándo sucederá.

Tengo una idea… ¿querés escucharla? Ah… no entendés nada… no entendés como pude encontrarte. Si deseás algo con todo el corazón… simplemente sucede ¿no? Sí, sucede. Estoy seguro.

Realmente no entendés nada ¿verdad? Ella supo el momento exacto. Ella me miró y dijo “Hoy es el día, amor. No más sufrimiento” y fue así. Yo solo pienso que si hubiésemos sabido con tiempo suficiente…no sé quizás la hubiese llevado al mar que tanto amaba. Podría haberle hecho caso cuando me pidió por favor… no sé. Quizás quiero preparar mi mundo para ese momento, el mío. Por favor ¡necesito saberlo! Necesito que me lo digas. Cada día vengo y te observo. Veo como trabajás y ahora me negás la respuesta. ¿Qué te cuesta contestar? ¿Cuántas leyes universales romperías si me lo decís? si me contaras cuándo sucederá…

¿Será que está prohibido que me lo digas? Quizás, si sé cuándo sucederá, se alteraría todo…porque si el destino existe, nada ocurrirá antes de lo debido ¿no? Si tengo un propósito en la vida, nada podría pasar si no lo cumplo hasta el final ¿verdad? ¡Contestame carajo! Perdón, perdón… no quise gritarte. No a vos que podés ayudarme. Perdón. Quizás debería posponer mi propósito y así viviría por siempre…aunque sería una eterna tortura, recordándola todo el tiempo.

Necesito…. Cuidando de ella pude identificarte. Al observar las distintas camas, las distintas personas pude identificarte. Primero parecía un chispazo, luego un parpadeo de la luz. He observado que aparecés también cuando hay tormenta, cuando los rayos desgarran el cielo. Y un día sin esperarlo, te vi. Ahí, sobre esa anciana. Te vi morándola, esperando por su alma. Sos el ser que siempre creí inexistente. Porque siempre creí que las cosas pasaban sin un por qué. Te vi y supe que algún día vendrías por ella. Y lo hiciste y ella lo sabía. Ella estaba segura de que aquella noche era su última noche. Y me acarició el rostro y se despidió de mí. Y yo le dije “No te adelantes, amor. El doctor dijo que este tratamiento te va a mejorar. Tus resultados son mejores…” y me fui al bar a comer y para cuándo volví… ¡ella estaba sola frente a vos porque no le creí! Por eso necesito saber cuándo.

Veo tus ojos, oscuros, vacíos. Sé que tenés el poder de ver todo. De ver el futuro de cualquiera. Incluso de ver dentro del corazón. ¿No ves mi sufrimiento? Sé que sos capaz de verlo. Sé que incluso podés ver el instante preciso en el que sucederá. Lo sé porque cada día venís y te llevás a todos y cada uno de los que me rodea. En este hospital de morondanga veo gente partir cada día. Veo que están preparados aunque no sé por qué o cómo logran prepararse. Veo que ellos se van no importa lo que los demás hagan. Asique debe haber un objetivo último, un propósito que ellos han cumplido y que yo no. Porque yo no estoy preparado. Como no estuve preparado para perderla a ella. Necesito saber cuándo sucederá así puedo despedirme de la vida en paz. De todos…

¿No me vas a contestar jamás? Tu silencio me duele. Me aprisiona. He sufrido el dolor por haber sobrevivido. Es el dolor de los que quedan y necesito preparar todo para que no haya dolor sino felicidad. Necesito arreglar todo para cuando vengas por mí. Porque no quiero que el mundo esté triste si voy a un lugar mejor.

Por eso hoy me atrevo a pedirte, a implorarte que me digas cuándo voy a morir.

No respondés a mis preguntas…tu mirada vacía me asusta… ¿qué hacés? ¿Por qué te inclinás sobre mí? Entiendo… esto es lo que veo como certeza en todos, ¿verdad? Pero no viví lo suficiente… ¿nadie lo hace? Pero es cierto. Ni siquiera la lloré lo suficiente aunque pasaron años luz desde que se fue… ¿No podrías posponerlo? Solo unos días ¿No? Entonces este es el momento de verdad. Es este… hoy es el día que muero y no hice nada… para vivir.


Autor: Soledad Fernández (Misceláneas de la oscuridad) – Todos los derechos reservados 2016 

lunes, 8 de febrero de 2016

Sueños




Amalia era una mujer común. Tan común que hasta sus sueños se habían contagiado de esa mediocridad. Desde hacía bastante tiempo soñaba lo mismo: se soñaba sentada, con la mirada perdida, en el salón comedor de alguien, quizás el de ella. Lo llamativo de su sueño, además de que se repetía consistentemente, era que todo ahí tenía un tono marrón, oscuro y aburrido. Ella tenía frente de si una mesa redonda de madera, marrón también. Un vaso con agua y varias pastillas colocadas una al lado de la otra. Y ese era todo el sueño. Horas nocturnas de una situación estática y monocromática. Hasta que algunas cosas empezaron a ser diferentes.

Y la noche en que todo comenzó a cambiar ahí estaba Amalia. Casi todo era igual: el comedor, la mesa, ella sentada en una silla. Pero en lugar del vaso con agua y los comprimidos, había ahora un tablero de ajedrez. Un lujoso y muy trabajado a mano, tablero. “Extraño”, pensó al despertar esa mañana “yo no sé jugar al ajedrez”.
A pesar del cambio, el día de Amalia pasó de forma desapercibida. Como siempre pasó sus horas diarias caminando en un hermoso parque lleno de flores, regando las plantas que tanto amaba y observando las mariposas que revoloteaban felices y llenas de vida. El sol era intenso como lo habían sido cada uno de los días anteriores. Y el cielo despejado y azul.

Al llegar la noche sintió intriga. Tenía curiosidad acerca de qué encontraría arriba de la mesa. ¿Sería un plato humeante de su comida favorita? O acaso lo contrario: ¿todo aquello que detestaba? Esa noche se fue a dormir con la imaginación encendida y la expectativa puesta en una insulsa mesa de madera. Y al cerrar los ojos, los abrió en su sueño.

Esta vez, los tonos marrones eran sepia. Podía divisar algunas cosas mas coloridas como un cuadro en la pared que siempre había estado borroso y una diminuta estatua sobre un modular que era tan blanca que parecía hecha de luz. Pero lo que a Amalia le interesaba era lo que se encontraba sobre la mesa.

Otra vez estaba el tablero de ajedrez y de alguna forma se decepcionó. Del sueño y de si misma porque se consideró tan insípida como la casa que la rodeaba. Se pensó carente de gracia y de la capacidad de pensar cosas interesantes, al menos en un sueño. Pero algo sí había cambiado: en el tablero había muchas fichas acomodadas. Ella era las blancas, o así lo entendió.

La noche pasó invariable y el día llegó. Como siempre fue a su parque de ensueño, con su vestido de muselina blanca, y las sandalias de charol rosa. Pero enseguida notó que el día estaba nublado, a diferencia del resto de los días su vida que habían sido esplendorosos y llenos de sol. Sus hermosas flores se veían algo opacas y por ello su pecho se estremeció. Pensó que los sueños estaban perjudicando sus días y entonces decidió que por la noche trataría de cambiar los hechos, como si todo fuese tan simple.

Alterada se durmió y nuevamente apareció en la desabrida cocina. Aunque notó de inmediato que había más luz y color. Junto a la estatuita que ahora tenía forma de querubín, había un portarretrato y una foto borrosa. Aunque sin saber por qué, sintió que la imagen le era conocida. Observó a su alrededor como los sueños permiten que uno haga y vio todo con mayor claridad. El piso era azul y las paredes se habían convertido en un blanco opaco aunque agradable. La única lamparita que siempre la alumbraba ahora era una hermosa araña. Sus cristales tintineaban con la brisa que se filtraba por la ventana. Una ventana que ahora aparecía entreabierta y traía consigo aromas nuevos. Las cortinas rojo oscuro flotaban y afuera Amalia pudo divisar lo que parecía un jardín. Aunque borroso como la foto. Solo verde y unos puntos rojos.

En la mesa, el tablero seguía ahí aunque las piezas estaban movidas. Se asustó porque al parecer su contrincante la tenía acorralada. ¿Quién era el jugador misterioso que le ganaba esta partida? No sabía. Tampoco llegaba a comprender cómo estaba próxima al jaque mate si no tenía recuerdo de haber movido ni una ficha. Y sin embargo, todo estaba diferente. Fichas entremezcladas en jugadas imposibles de hacer por ella. Y a pesar de no entender el juego, su corazón supo que estaba acorralada como la reina del tablero.

Despertó angustiada y como siempre fue a su jardín. Necesitaba la paz que ese lugar le brindaba. Pero con dolor vio que llovía. El agua caía sobre el pasto como sobre su corazón. Y el cielo estaba revuelto y oscuro como sus pensamientos. Había un dolor profundo en Amalia que se resistía a reconocerlo. Un dolor latente y viejo que tomaba ímpetu para pegarle. Para noquearla.
Y la noche llegó y Amalia tuvo miedo de dormir. Temía que el juego hubiese terminado así como también la paz de su espíritu. La falsa paz de su conciencia.

Esta vez ni notó el momento en que se durmió. Apareció como cada noche en la cocina, sentada frente al tablero de ajedrez. Acorralada como la noche anterior. Esta vez podía ver con nitidez el jardín que era verde y estaba lleno de flores. Aquí había sol. Quiso ir pero algo la mantenía fijada a la silla y entendió que debía terminar el juego si quería avanzar. Entonces la vio. Y la reconoció de inmediato. Ella era quién la había puesto en jaque. Ahora como antes. Miró con angustia el querubín y la foto que ahora era dolorosamente nítida. Recordó con pena lo que su corazón se había empecinado en ocultar. “Pero todo vuelve, Amalia”, dijo la Muerte moviendo la última ficha.

Amalia miró los ojos vacíos de su oponente. Recordó en ellos el dolor de su pasado, la pérdida de lo único que había amado sin cuestionamientos. Vio en esos huecos horrorosos el hospital y a su hijito muriendo a pesar del esfuerzo vano de todos, de ella.

Miró a su alrededor y reconoció su hogar. Escuchó la risa de sus otros hijos y su esposo afuera. Vio el vaso y las pastillas a un costado. Entendió que moriría de pena en ese momento. Entendió que perdería el resto de su vida en ese estado. Miró de nuevo a la Muerte que estaba deseosa de llevársela. Vio las ansias en su sonrisa esquelética, en sus ojos que le seguían mostrando el dolor del pasado.

Sintió el peso del dolor, el agobio de sus días más oscuros. Sintió las amarras que la mantenían cautiva en ese lugar, en ese rincón oscuro de su vida. Entonces, con un grito de rabia Amalia rompió sus ataduras y tiró el tablero al suelo. Las fichas volaron por el aire mientras ella, con un nuevo color en su espíritu, se levantó y corrió hacia el parque. Amalia despertó de su letargo y la Muerte se desvaneció.

La paz llegó a la vida de Amalia, y ella comenzó a ser feliz otra vez. Aunque todos sabemos que solo postergó el trabajo de su oponente por un tiempo nomás. Un tiempo que durará en parte, lo que Amalia esté dispuesta a vivir.


Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016

domingo, 31 de enero de 2016

Visiones





Mi mundo se derrumbó cuando papá me envió a aquel convento. Siempre supe que éramos pobres, pero la verdad golpeó cuando el único hombre que amé en mi vida, me rechazó por falta de una dote.

Luego papá murió y solo pude ser parte de ellas. De ese silencio agobiante. De la prohibición del amor carnal. De un día para el otro la vida se me rió en la cara y solo pude callar. Solo pude ser una paria entre las monjas que socarronamente me hacían a un lado. Porque estaba de prestada. Porque no pertenecía. Todo lo contrario, ellas estaban forzadas a tolerarme.

Al principio lloré mucho. Por la injusticia de la vida, por el amor trunco, por la falta de hombría del único ser que debió luchar por mí. Luego llegó el silencio en forma de obligación. El voto así impuesto provocó en mí un daño terrible. La soledad me invadió y se hizo mía. Sentí que me sumergía en un pantano de oscuridad del que jamás saldría con vida. Y ese silencio de la boca, se hizo propio, se hizo silencioso frío del corazón. Me convertí en una roca viviente y vagué cada día por los inmensos parques del convento. Buscaba. Necesitaba encontrar un motivo para seguir viviendo en esta tierra infeliz.

Los días pasaron, la pena fue aumentando. Extrañaba mi vida, a papá y a él. Lo extrañaba horrores y no poder decirlo era peor. Sentía un cuchillo permanente en mi pecho y en mi estómago. En cada rincón oscuro del convento lo veía, o en realidad ansiaba ver ese rostro pálido y maravilloso que tan elegantemente me había rechazado. “Nada tiene que ver el amor en esto, mi querida. Por supuesto que te amo, pero no hay forma de que estemos juntos” y esa había sido la sentencia de muerte. La muerte de mi espíritu, de mi vida, de mi futuro.  

Una tarde de las que muda de espíritu y palabras, decidí dar un paseo. Uno más de los miles que ya había dado. Uno más esperando a que algo cambiase. Y llegué a un rincón del convento en el que nunca había estado. Era casi en los límites más lejanos del bosque, donde un pequeño riacho avanzaba con el agua cristalina y el sonido de la naturaleza a cuestas. Recuerdo que me quedé observando las piedras del lecho. Eran doradas y los peces jugueteaban entre ellas. Recuerdo que en ese momento extrañé tanto al amor negado que grité de pura bronca y unos pájaros salieron volando asustados, como estaba yo, por la ausencia del mundo que solía conocer. Y allí mismo, debajo de un árbol la visión más hermosas y maravillosa apareció. Él, con su traje blanco, el que usaría en nuestra frustrada boda, me sonreía.

Mi corazón saltó de alegría y no pude más que correr a nuestro encuentro. Solo eran unos metros, lo juro. Unos metros que semejaron kilómetros de distancia con mi amor. Corrí sin descanso. Con la larga sotana blanca que me obligaban a usar enredándose en mis pies. Tropecé pero mantuve mi equilibrio. Solo desvié la mirada para saltar el arroyo que tenía ímpetu en su caudal. Entonces, al levantar la mirada, él ya se había ido.

Lloré desesperada. “Iván”, le grité con amargura. “No me dejes”, le rogué mientras solo pude caer de rodillas al suelo y desfallecer.

Desperté en el convento, en mi cama, en el momento justo en que una de las monjas cerraba la puerta. Intenté hablar pero la voz se me hizo ronca y agónica. Miré a mí alrededor. En mi mesita de luz había una vela encendida, un jarrón lleno de agua y un vaso. Quise moverme para tomar agua. Mi garganta estaba seca y mi cuerpo débil. Pero no pude moverme. “¿Cuánto hace que estoy acá?” me pregunté pero no hubo respuesta. Sentí que mi cabeza ardía. Estaba segura de que me había atacado una fiebre maligna. Seguramente por mi desobediencia, por emitir un sonido intenso. Intenté recordar el momento del desmayo. Pero solo pude recordarlo a él, a su sonrisa y su silencio.

Lo intenté otra vez. Necesitaba con desesperación tomar agua. Pero el cuerpo parecía ajeno. El cuerpo se había transformado en una roca pesada y no lo podía mover ni un centímetro. Mi pecho se agitó por el miedo a estar incapacitada, para siempre.

Intenté calmarme, intenté no desesperar. Observé el cuarto para concentrarme en otra cosa que no sea mi propia quietud. La penumbra era intensa, envolvente. Mis pensamientos querían huir, fugarse a otro mundo. Pero permanecían ahí a pesar de todo. Pensé que ese sería mi fin. Y no expiré en ese instante porque me concentré en uno de los extremos oscuros de la habitación. Una sombra entre las sombras, un suspiro en mi silencio. No podía creer lo que estaba viendo. Iván, mi Iván. Estaba ahí, observándome. Le rogué con mi voz arrastrada y él se acercó. Acarició mi frente y se sentó junto a mí.

La noche se hizo larga, angustiante. Pero él jamás se movió de mi lado. Puso hielo en mis labios y una venda empapada en mi frente. No quería dormirme porque temía no encontrarlo al despertar. Pero finalmente el agotamiento venció a mi cuerpo y caí en un sueño pesado, oscuro. Sentí que nadaba en aguas pantanosas intentando emerger pero sin lograrlo. Todo lo que me rodeaba era negro. Excepto por un solo punto luminoso. Intenté seguirlo. Pensé que Iván estaría ahí. Vi sus manos, su sonrisa. Sí, era él que me esperaba. Pero el camino era largo y doloroso. Mi cuerpo se desintegraba con cada movimiento. Mis manos se transformaron en huesos y lo mismo el resto de mi cuerpo que vio su carne caer hecha girones. Hasta que llegué y tomé su mano.
Y emergí de las profundidades.

Abrí los ojos solo para ver los rostros asombrados de las monjas. Ellas me explicaron que durante varios días deliré. Que se turnaron entre ellas para cuidarme y que en ese tiempo murmuraba palabras sin sentido. “Creímos que estabas poseída por un demonio”, dijo la Madre superiora. Y lo único que pude pensar fue en Iván. “¿Dónde está?”, pregunté ansiosa y ellas no dijeron nada. “¿Dónde está Iván?”, grité llorando.

La madre superiora les ordenó a las demás que salieran. Al quedar solo nosotras dos me entregó un sobre. “Llegó el día en el que te desmayaste en el bosque”, dijo y se fue. Desesperada abrí el sobre y leí la carta. Solo derramé una lágrima. Eso fue todo.


Los días pasaron mientras recuperé mis fuerzas. Cuando pude caminar sola otra vez, fui al bosque. Busqué nuestro lugar. Aquel donde había comenzado toda esta locura y sin pensarlo dos veces me uní a Iván. Él había partido aquel día. Se había suicidado porque me extrañaba y nada podía hacer para recuperarme. Entonces lo seguí como se siguen los grandes amores, los amores imposibles en esta tierra, aunque eternos en el más allá. 

Autor: Soledad Fernández - Todos los derechos reservados 2016

lunes, 25 de enero de 2016

Very Inspiring Blogger Award

      Mi Blog ha sido nominado a este premio Very Inspiring Blogger Award por el +María Campra Pelaez y su blog: Escritora mamá al que recomiendo pasen y conozcan. Muchas gracias María por este premio.

    Es un premio otorgado por los bloggers a otros compañeros de blogosfera que les inspiran con su trabajo, y cuyo empeño y constancia enriquecen este “mundo virtual”. Este reconocimiento nos pide que honremos y aprendamos más sobre la persona que hay detrás del blog.

   Como cualquier otro premio, también tiene sus normas:

  •   Dar las gracias y vincular a la persona que te nominó.
  •   Enumerar las normas y mostrar el premio.
  •   Compartir siete cosas sobre ti.
  •   Informar a los nominados.
  •   Exhibir con orgullo el logotipo del premio en tu blog.
  •   Seguir al blog que te nominó.
  •   Nominar otros 15 Blogs que te sorprendan.
     Ahora siete cosas sobre mí:

                1.- Mis ojos son de color marrón .

                2.- Me gusta mucho ir de tiendas a mirar ropa, zapatos y carteras

                3.- Soy médica y mamá por lo que el tiempo para mí a veces es escaso.
                4.- No cuido plantas, a eso se dedica mi marido je.

               5.- Me encanta la playa, el verano en la playa y sobre todo leer muchos libros cuando estoy de vacaciones.

               6.- Cuando era pequeña me encantaba leer y dibujar.

               7.-  Me encantan los juegos electrónicos y las series de detectives como Castle o Elementary.

     Y ahora he de elegir a mis quince nominados. No sé sí me repetiré, pero aquí van, intentaré que no sean los mismos de Chari:



     Felicidades a todos y espero que disfruten del nuevo premio.

viernes, 22 de enero de 2016

Una hora a la semana





Agudicé el oído y los escuché. Los gemidos penetraron mis sentidos y enloquecieron mi espíritu. La violencia se apoderó de mí y ya no pude controlarme. entré y los vi. No sé que fue peor: si verlo a él sobre ella o a Jimena desorbitada de placer.

“¡Hipócrita!”

Una hora antes había entrado a la casa a pesar de que no era nuestra tarde. Jimena me esperaba cada miércoles luego del almuerzo. Yo ansiaba esos miércoles. Siempre supe que estaba mal. Siempre entendí el arreglo, pero con el tiempo me di cuenta de que era adicto a esos encuentros. Que necesitaba a Jimena como al oxígeno.

“Esto no puede durar por siempre, Darío”, me decía ella. Pero siempre creí que sus palabras eran para mantenerme enganchado, para hacerme desearla más. Porque ese era el efecto, el poder que tenía sobre mí, obvio. Yo llegaba puntualmente mientras que ella me esperaba en el living, desnuda, expuesta. Esperaba por mí. Su piel blanca y sus curvas bien marcadas era la provocación necesaria para que mi cuerpo reaccionase. Ella era una invitación a la locura y tardaba en amarla, lo que me llevaba desnudarme. Ni un “Hola”, ni un “¿Cómo estás?” Nada. Ni una palabra, solo gemidos de placer y éxtasis. Una hora de puro sexo descarnado, de pasión desenfrenada y sin tapujos. Ella me hacía suyo y yo me dejaba. Ella me dominaba con sus movimientos, con sus caderas redondeas, con su busto perfecto de madre de 3. Ella me hacía explotar. Y luego, se fumaba un cigarrillo y yo me tenía que ir a esperar, me iba a vivir 7 días sosos, amargos y solitarios, para volver a encontrarme con ella una semana después.

Jimena era casada y 15 años mayor que yo. Estaba seguro de que el marido no le prestaba atención. ¡Idiota! Estaba seguro de que no la amaba, que no la deseaba más. Ella no decía nada, pero esas ansias hacia mi cuerpo, hacia mi persona tenían un origen y era el desamor. Podía jurarlo.

La había conocido en el negocio, varios meses atrás. En la librería donde yo trabajaba. La sorprendí mirando un libro de sadomasoquismo o quizás sería el Kama Sutra, no recuerdo. Lo que si tengo presente es que ella se puso colorada y yo le sonreí. Lo último que recuerdo de ese día fue que terminamos en el baño del local. Ella bajó su ropa interior y desabrochó mi jean. En un segundo estábamos gimiendo al unísono sin importarnos si afuera alguien nos escuchaba.

Ella era una tromba. Un vendaval que me dejaba exhausto, deseoso de más, y tirado. Por sobre todas las cosas me dejaba tirado.

Luego de aquel primer encuentro, me dio su teléfono y desde entonces, los miércoles se convirtieron en nuestros. Una hora a la semana que hacía que el resto de mi vida fuese solo un suspiro imposible de contener. Esa hora a la semana provocaba que el resto de mi existencia no tuviese razón de ser.
Y el tiempo fue pasando y mis necesidades fueron aumentando.

“No insistas, esto es todo lo que tendremos. Disfrutalo”, me había contestado la primera vez que insinué salir a comer o ir al cine solo los dos. En cualquier otro momento, con cualquier otra mina eso hubiese sido un punto final. La habría mandado a la mierda, así de simple. Pero a Jimena no. Ella me decía que no mientras sus dedos jugueteaban con mi pelo o cuando desnudos y tirados en la alfombra del living, ella besaba la piel de mi espalda. Era un “no” agridulce y eso me encendía más. La deseaba más solo porque me negaba todo. Solo porque me convertía en su esclavo.

Pero no desistí. Tarde o temprano ella se iba a ablandar como yo lo había hecho. Ella debía ser mía por siempre y no me importaba el costo.

Las semanas pasaron y los “no” se acumularon. Comencé entonces a espiarla solo para sentirla cerca de mí, aunque  enseguida me di cuenta de que ella era presa de su hogar. La mucama se encargaba de llevar los chicos al colegio y de traerlos, de hacer los mandados y demás cosas. Y ella permanecía encerrada en su casa. Entonces, pensé en seguirlo a él. Necesitaba conocerlo, saber como era mi enemigo para derrotarlo. Era un rubio enorme y trajeado, de facciones duras y un gesto de “No recibo un no por respuesta”, que metía miedo. Pensé que si tal vez le descubría un amante y se lo contaba a Jimena, ella entendería que su destino era estar conmigo. Quizás de esa manera, yo tendría una chance de estar junto a ella las 24 horas del día.

Pero fue difícil precisar qué hacía este hombre luego de salir de la casa. Era complejo seguirlo y fácilmente desaparecía. Y eso se me hizo extraño. Aunque el embelesamiento por mi Jimena no mermó, sino todo lo contrario. Cada semana me quedaba con ganas de más. Con la sensación de que su amor me era entregado a cuenta gotas. Y una mañana de abril decidí aparecer. Decidí confrontarla y pedirle que abandonara a su marido, que fuera mía. Sí, le pediría matrimonio y seríamos felices para siempre.

Al llegar a la casa todo estaba en silencio. Sabía que el dueño de casa y de mi mujer no estaba porque lo había visto salir con su auto. Sin embargo, entré con sigilo. No quería asustarla, sino sorprenderla. La casa se veía diferente sin ella en el living esperándome. Todo estaba en una penumbra que no me agradaba. Entendí que ella era mi luz, me persuadí de eso y continué buscándola. Fui hasta la cocina y no estaba. Fui hasta el lavadero, el garaje y la habitación de los niños. Nada. Solo quedaba la habitación de Jimena y su esposo.

Respiré hondo y entré. Ella se sorprendió al verme y por un segundo dudó. Pero de inmediato se abalanzó sobre mí y me despojó de cada una de las prendas. Primero desabrochó con violencia mi camisa, tanto que los botones saltaron por el aire. Mientras besaba mi pecho, desabrochó el pantalón. Me empujó en la cama y quitó toda mi ropa, los zapatos, las medias. Hasta el reloj que fue a parar a la alfombra con un mudo rebote. Jimena se trepó como una amazona sobre mí y entre gemido y gemido le grité que la amaba, que quería casarme con ella. Pero Jimena tapó mi boca con sus manos ahogando mi declaración de amor. Fue tan intenso que en cinco minutos todo el vendaval desatado se consumió y quedamos exhaustos en la cama.

La observé. Estaba hermosa con su cabello despeinado y el busto asomando por la camina entreabierta. Me acerqué para besarla y susurrarle todo lo que quería vivir con ella pero entonces escuché el ruido de la puerta. Ella saltó de la cama y me arrojó la ropa en la cara. “Es del servicio de inteligencia… ¡si te encuentra me mata!”, dijo desesperada y me rogó que me escondiera.

Corrí por los pasillos de la casa en busca de un rincón para que no me viese. Entre tanto el marido de Jimena entró y fue directo a la habitación. Escuché de lejos que él hablaba alto y me preocupé por ella. Aunque me había repetido al salir de la habitación “No vuelvas aunque me escuches gritar. Me va a matar si te ve”. Pensé en qué excusa podría darle ella al estar desnuda en la habitación, con la cama revuelta. Entonces volví no sin antes agarrar una cuchilla. Debía defenderla, debía liberarla.

a centímetros de la habitación escuché los terribles gemidos. Con la adrenalina recorriendo mi cuerpo, abrí la puerta de golpe y entré como un soldado embravecido.

La sangre se esparció por todos lados. Las paredes y el techo quedaron teñidos de rojo y mis manos temblaron luego de finalizar. La carne apenas ofreció resistencia a mi puño que no pudo contener la rabia, la bronca acumulada. Los maté a los dos mientras hacían el amor en donde cinco minutos antes la había hecho mía.

Las sirenas de la policía sonaron de inmediato. No entendí muy bien el porqué. Aunque creo que ella había planeado todo. Creo que ella quiso que lo matara solo a él. “Pobre infeliz” Me escondí en el sótano, asustado, pero al bajar el último peldaño me di cuenta que había perdido mi reloj. Pensé que eso podría delatarme. Pero ya no importaba. Había matado al amor de mi vida en un arranque de locura. Sus ojos gozando con mi rival eran algo con lo que no podría haber vivido jamás. Entonces, ahí mismo esperé a que me encuentren y si no lo hacían...bueno buscaría otra Jimena para llenar mi hora de los miércoles.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2016