martes, 29 de diciembre de 2015

Fiebre





El grito de Marcos me despierta. El terror me recorre todo el cuerpo. Aun medio dormida me doy cuenta de sus labios moraditos, de su cabeza transpirada. Y los gritos. Enseguida le tomo la temperatura: 40 grados. ¡40 grados! Las manos comienzan a temblarme. Nunca lo vi así. Jamás. Voy a la heladera, corriendo, descalza. Abro y busco el ibuprofeno. Apenas unas gotas. Marcos llora, aúlla. Su cara está roja. “¿Qué tiene?” No sé. Me desespero como cada vez que algo le pasa. Le doy el poco ibuprofeno que tengo. “Sigue llorando”. Pienso en Tamara. Hace un año que se fue. “No me puede pasar otra vez”.

Voy al baño. Entonces me doy cuenta del frio que hace. Mucho. “No importa, tengo que bajarle la temperatura a Marcos”. Eso me dijo una vez la pediatra “No lo traigas si recién empieza con fiebre, mamá. Esperá. Bajásela. Dale un baño”; y después ¿que? Después nadie te cuenta.

Lleno el fuentón con agua. La mezclo con un poco de agua caliente y lo sumerjo hasta el cuello. Marcos grita más. “Shhh shhh”, le digo. “No llores bebé de mamá. Ya va a pasar”. Sé que el ibuprofeno es poco, pero con el baño por ahí funciona. Eso espero, eso deseo.

Comienza a llover. “La puta que lo pario”, pienso. Marcos se calma un poco. El agua le hace bien, me doy cuenta de eso. Cuando tiene los chuchos de frío lo saco y lo envuelvo en el toallón de Mickey. Ese mismo que le regaló el padre al nacer y antes de dejarme para siempre. Le tomo de nuevo la temperatura: 39. “No puede ser”. Miro el reloj: las 5 de la mañana. Voy hasta el modular y me fijo cuánta plata me queda: 25 pesos. No me alcanza para nada, lo sé. Espero un poco. Marcos comienza a llorar otra vez. Le intento dar la teta. Toma un poco pero enseguida llora de nuevo. “Bueno mi amor”, le digo mientras lo acuno en mis brazos. Intento no desesperar. Pienso otra vez en Tamara. Miro su carita roja. Me da miedo ese color. Sus ojitos hinchados, el llanto constante. De repente Marcos abre los ojos, grandes, desbocados. Veo la desesperación en su rostro de ángel. Abre la boca. No entiendo que va a pasar. ¿Le faltará el aire? Me largo a llorar mientras lo sacudo un poco intentando que reaccione. “No entiendo qué pasa. Ayer estaba bien, estaba bien”.

Nada cambia. Marcos me sigue mirando. Algo pasa. “Algo va a pasar”. Una arcada. Un vómito. Otra arcada violenta. Me vomita toda la leche. Llora otra vez. La lluvia no para. Decido salir. “Voy a pedir ayuda. Que alguien me acerque a la guardia”. Voy hasta lo de mi vecino. “Juan, por favor…” las palabras se me ahogan en el llanto. Trato de tragar saliva para que la voz salga. Lo intento una vez más. Una luz se enciende y Juan, que me ve en la lluvia, abre desesperado la puerta. “Por favor…” el entiende enseguida. “Vamos a la guardia”, me dice y me subo a la camioneta.

Pasan unos veinte minutos, que a mi me parecen 300 horas. Juan me mira nervioso. Yo sostengo la mirada al frente. Marcos llora sin parar. Un semáforo en rojo, bocinazos. Juan continúa su alocado camino. “Llegamos”, dice aliviado. “Cualquier cosa mándame un mensajito y te paso a buscar o te traigo algo”. Le hago una media sonrisa “Gracias”, digo y  me voy corriendo a la guardia. Ni le digo que mi celular está sin crédito. Ya no importa. Me siento segura.

Entro a la sala de espera. Voy hasta donde te preguntan “¿Por qué viene?” y les digo “Marcos tiene fiebre, mucha fiebre”. “Sentate y esperá a que te llamen”, me dicen. Luego de 4 horas una doctora lo revisa. Para ese entonces Marcos tiene 37 grados. Quizás la corrida, quizás el ibuprofeno. “Es viral”. Ella habla y estoy como en una nube. Me doy cuenta de que no como nada desde la tarde anterior. “Dale ibuprofeno”, continúa. “No tengo”, le contesto. “Le vas a tener que comprar”, responde. En la farmacia no hay más. La observo, sostengo la mirada. Insisto con mis ojos. Miro la vitrina de atrás, está llena de medicamentos. Ella observa el nene y como ve que no me muevo del consultorio saca un paracetamol y me lo da.

Ya son las once de la mañana. Emprendo la vuelta a casa, caminando. Hago unas cuantas cuadras y Marcos comienza a agitarse en mis brazos. “Qué pasa”, me digo y veo sus ojitos volteados hacia atrás. Se sacude, babea. Vuelvo corriendo a la guardia. Los metros se hacen eternos, el tiempo se detiene. “¡Se muere!”, grito “¡Se me muere el nene!”, le digo al policía que está en la puerta. Me abre la puerta de la guardia y me acompaña corriendo. Una enfermera me saca al bebé de las manos y se lo lleva. Griteríos por doquier. Me siento en el suelo, me agarro la cabeza. No puede pasar otra vez lo mismo. “Sólo tiene 8 meses…” Pienso en Tamara. En lo chiquito que había sido el cajoncito, en el funeral. En el padre de ella y de Marcos que no entendía que estaba pasando. Pienso en cómo me sentiría si él estuviese conmigo ahora en el hospital. Me sentiría bien. Acompañada.

Los minutos se suceden y nadie me dice nada. “¿Qué pasa con mi hijo?” le quiero preguntar a la enfermera que entra corriendo con sueros en sus manos. No me escucha o la voz se evapora en el llanto contenido. Camino de un lado a otro. Gente que entra y sale. Mi vida se diluye en la espera. Quiero a mi bebé conmigo. Quiero que Marcos se recupere.

Luego de un rato, una doctora sale. “Pasá”, me dice. Y sé que el infierno volverá a mi vida, una vez más.

Autor: Soledad Fernández – Todos los derechos reservados 2015


sábado, 19 de diciembre de 2015

La última carta





Te tengo que decir que esta es la última vez que voy a escribirte. No puedo seguir con esto. Ya no. Me hacés falta. Me desgarra no verte. Pero ya no más. 
Seguro te preguntarás ¿por qué? Aunque imagino que lo sabrás. Sabés lo que hacés conmigo, con mi vida. Vivo entre delirios y alucinaciones de tu historia conmigo. La nuestra. La que fue y dejó de ser porque decidiste dejar de pelear por nosotros, por nuestro amor. Y el dolor del abandono se siente en el cuerpo, en la carne que te extraña horrores. Y no puedo olvidarte porque no me dejás hacerlo. Porque sin aviso aparecés e invalidás mi razón, la anulás. Tu presencia en mis noches hace que los días sean eternos e insoportables. Y mis ansias se transforman en amarga espera de madrugadas agónicas cuando no estás conmigo. Porque el dolor se materializa cuando no aparecés, cuando me dejás con sueños convulsionados y febriles de nuestras noches de hace años.
Pero a pesar de mi resistencia, a pesar de que me esfuerzo por no pensarte, anoche apareciste y como siempre anulaste mi capacidad de resistir. En el segundo en que sentí que estabas junto a mí, el tiempo se diluyó entre nuestras caricias y besos desesperados de ausencia. Y la noche se evaporó y llegó la mañana. Y ya no estabas conmigo. Y quiero pensar que todo fue un sueño. Tiene que serlo. ¿Qué más podría ser? Aunque mis sentidos dicen todo lo contrario. Hoy desperté con tu olor impregnado en mi piel. Con tu sudor en mis rincones. Y sé que eso es imposible. Lo sé. Pero así fue. Y esta mañana, como cada vez que aparecés entre mis sábanas, entre mis gemidos oníricos, no pude dejar de pensarte.  No puedo dejarte ir.
Tu última carta fue luego de una larga desaparición. Había empezado a sanar mis heridas. Habías dejado de doler. Mi corazón se había acostumbrado a estar solo, a la falta de tu ser, de tu cuerpo junto al mío cada noche. Había llegado a ese punto de recordar las mañanas a tu lado con una sonrisa. Con la alegría de lo vivido junto a vos. Con la certeza de que nuestra vida juntos había sido perfecta. Pero parece que no fue suficiente. Ni para vos, ni para mí que me doy cuenta de que me duele la vida sin vos. Y entonces, esto. La locura. El delirio luego de tu abandono, otra vez.
¿Qué ganás? ¿Que gano yo esperando tus furtivas apariciones? Solo la desesperación de la extinción. El desgarro del alma que sabe que ya no estás. Y cuando aparecés me ilusiono con que todo fue un mal sueño. Con que tu muerte fue una pesadilla de esas que se parecen a la realidad. Una horrible y dolorosa de la que no puedo despertar. Aparecés. Te materializás de la nada y con la oscuridad me envolvés y me hacés tuya. Y te toco y sos tan real que duele. Y no puedo distinguir qué es cierto y que no. Porque tus labios son tan reales como antes. Tus manos trepando por mis muslos, llegando al lugar del éxtasis se sienten idénticas a cuando estabas conmigo, en este mundo. ¿Y si estás? No puedo dejar de preguntarme eso. Quizás no desapareciste. Quizás ese es el sueño del que debo despertar. Y tu cuerpo sobre el mío intenta recuperar mi mente perdida.
Quizás solo sea un deseo.
Creo que voy a enloquecer. Y escribirte es una de las cosas que me hacen pensar que ya perdí la razón. Porque me pierdo en vos, en tus caricias invisibles, en tus visitas fantasmales. Pierdo la razón al sentir tu perfume en la noche y la soledad de mi cama que se convierte en un témpano de hielo. Solo vos podés derretir mi anestesia, mi apatía por la vida. Y entonces es cuando recaigo y te espero con la ansiedad de quien necesita un poco más. Sos la droga que me hace perder la vida. La vida que debo vivir durante el día y no puedo. Solo agonizo esperando por la noche, por esa probada que me digo será la última. Y espero que llegues para que me lleves con vos.
No sé. Todo esto duele demasiado y no sé cuánto más pueda resistir. Sólo sé que no voy a escribirte más. Que no voy a esperar tu respuesta.
Entonces, me pongo el perfume que me regalaste, y te espero como cada noche. Solo que esta vez, en el punto culmine de nuestro éxtasis, el metal atravesará mi cuello y así podré seguirte a los confines del infierno, que es donde pertenecemos.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015

domingo, 13 de diciembre de 2015

Confluencia





Tomás salió de su casa como cada tarde. Allí todos creen que él iba a una clase nocturna. En realidad su mamá es la que cree. Son ella y él. Solos los dos. Él estudiaba ingeniería, pero un par de meses atrás abandonó la carrera. Cada noche dice que va a estudiar pero lo cierto es que sale a vaguear para no decir que flaqueó. Para no hacerse cargo  de sus fallas.
“Podrías buscar un laburo”, le dijo Marcos cuando se enteró de la mentira. Marcos era un amigo y sabía que a él no podía esconderle nada. Además cursaban juntos y la ausencia de Tomás era más que evidente. “Cubrime, porfis”, le rogó Tomás aunque sabía que su amigo tenía razón. Algo tenía que hacer, buscar un trabajo, confrontar a su mamá.
Pero le pesaba. La mamá de Tomás hacía turnos dobles en la pizzería donde trabajaba hacía más de diez años en negro. Lo hacía para que su hijito se recibiese. Tarde se dio cuenta el hijo que esa carrera no era para él. Y en lugar de confiar en ella, en lugar de admitir la equivocación, prefirió mentir hasta que la cosa se resolviese.

“¡No aguanto más!”, dijo Clara y salió de su casa para no volver. Caminó sin rumbo durante horas. Se sentó en un banco de la plaza en la misma que jugaba cuando era chica y lloró. Lloró con amargura. Con la derrota de un matrimonio destruido, acabado.

Llevó sus manos al abdomen y palpó el fruto amargo de su amor inexistente. “¿Y ahora que hago?”, pensó con desesperación. En pocos días daría a luz a un niño sin nombre. A un pequeño ser producto de un abuso, de un desgraciado encuentro con el hombre al que erróneamente había dicho “Sí, quiero”. Y ahora no tenía a quién recurrir, no tenía a dónde ir.

Se levantó decidida a continuar con su huida, pero una pequeña patadita en el vientre le recordó que debería comer. “Pero lo triste de escapar, es que uno sale sin dinero”. Miró a su alrededor en busca de algún lugar, de alguien con buen corazón, pero su buen juicio le indicó que a esa hora nadie le daría nada. “Voy a esperar a que anochezca y así quizás encuentre algo”.
Esa tarde, a las 7 en punto, Tomás debía estar en el restaurant del papá de un amigo. Empezaría a trabajar ahí, ganaría unos mangos. Juntaría guita y ayudaría en su casa. Después, “Ojalá haya un después”, pensó el muchacho preocupado.

staba nervioso. Nunca en su vida había trabajado. No porque fuese un inútil sino porque su mamá no se lo permitió jamás. “Le vas a tomar gustito a la guita y vas a dejar de estudiar”, fue su explicación y quizás tenía razón. Pero lo cierto era que a estas alturas, a sus veinte años Tomás era casi un niño de mamá, que poco había hecho pero que tenía todas las ganas de hacer. Sin una profesión, sin plata, sin nada. Se sentía a estas alturas un perdedor.

Llegó antes al local. Era lujoso, amplio. Tenía una tenue iluminación y cortinas oscuras de raso bordó. Allí iban los ganadores, con total seguridad. Ahí, él le serviría a los otros, a los que sí sabían qué hacer con su futuro. Entró y preguntó por Don Alfredo. Así le habían dicho, así preguntó. Enseguida llegó un hombre grande en el sentido amplio de la palabra. Tendría unos cincuenta años y medía casi dos metros. Su abdomen era prominente y sus entradas también. Pero tenía aire de bueno y eso tranquilizó un poco a Tomas que sentía que su inmadurez era expelida por sus poros. “Hola pibe”, le dijo el hombre y lo llevó hasta la cocina del restaurant.

Las horas pasaron y su panza se ponía cada vez más ansiosa. “Tranquilo”, le dijo a su hijo por nacer mientras que por primera vez acarició a su pequeño a través de su propia piel. Un sollozo se le atravesó en la garganta. Era una angustia contenida durante mucho tiempo, demasiado. Las cosas no se suponían que iban a ser de esa manera. Se suponía que iba a ser feliz “Hasta que la muerte nos separe”. Una lágrima se le escapó al recordar el primer golpe que recibió por parte de quién debía protegerla y hacerla feliz. Y ya era tarde. Luego de varias golpizas, de alejarse de su familia, de alejarse del mundo para no ser juzgada, no tenía donde ir.

“¿Qué vas a aprender de mí? ¿A ser sumiso como yo, a ser violento como tu padre?”. Miró a todos lados al darse cuenta de que lloraba en público. Aunque no había nadie en la plaza a esas horas, se sintió desnuda ante un mundo que la observaba, que era testigo de su ingenuidad y sumisión. “Pero fui valiente y me fui”, pensó. Aunque la realidad era que solo habían pasado unas cuantas horas y estaba desesperada y con hambre. ¿Cómo haría con un pibe?

Tomás trató de retener cada frase dicha por su patrón. “Vas a comenzar lavando los platos. Cuando esa tarea termine, tenés que encargarte de sacar la basura. La cena para los empleados es a las 12 de la noche. Si pasás la prueba de hoy, quedás contratado.” El joven veinteañero  le hizo varias veces que si con la cabeza y luego de agradecer un millón de veces por aquella oportunidad, fue hasta la cocina y comenzó con su tarea.

Las manos le temblaban. Varias copas se le resbalaron aunque por fortuna ninguna se rompió. Se recriminaba la torpeza, necesitaba el trabajo y no podía arruinar esa oportunidad.

“Relajate, todo va a salir bien”, le dijo Clara a su panza como si eso le diera más coraje a su hijo para continuar esperando. Aunque en realidad se lo decía a sí misma para darse valor. Comenzó a hacer frío y ella estaba sólo con una camperita de modal. “¿Y si vuelvo?”, se preguntó. No sería demasiado tarde. Podría mentir que había ido a lo de una amiga. ¿Pero qué amiga? Ya no tenía ninguna. Desde que se había casado, sistemáticamente sus amigas habían disminuido en número. Se secó una lágrima inoportuna y miró de nuevo a la fuente de su futura cena. ¿Y después de eso? No estaba segura. Lo prioritario era comer. El resto era secundario. Por ahora, al menos.

Tomás terminó de lavar el último plato y sacó la basura. La noche era clara, llena de estrellas. Por primera vez en meses sintió que el peso sobre sus hombros era menor. Podría volver con la cabeza en alto. Podría decirle a su mamá que había dejado de estudiar pero que traería el pan a la casa. Le diría:  “Ahora podés trabajar menos, vieja”. Y se rio pensando que ella le corregiría: “Viejos son los trapos”. Miró el cielo, miró la luna. Miró el vapor que salía de su boca por el frío. Y vio que alguien se acercaba con dificultad hasta donde estaba él.

Mientras se debatía si volver a su casa o quedarse a dormir en la plaza, Clara continuó observando la luz en la cuadra de enfrente. Aguantaría un poco más y en una o dos horas, iría a pedir un pedazo de pan. ¿Quién le diría que no a una embarazada? Nadie. Aun su esposo le daría algo de comer. No a ella, sino a una desconocida que llegase embarazada a pedir algo. Con tal de demostrar las buenas costumbres, con tal de que los vecinos pensasen que él es buena persona, él lo haría. Sería un buen samaritano.

Las horas pasaron, la gente iba y venía. Ni se percataban de Clara ahí sentada, con su abdomen abultado, con su tristeza a cuestas. La consideraban una estatua más. Un ornamento de la plaza, del barrio. Algo fijo, algo inerte.

Clara se sintió agonizar y por ello decidió avanzar, ir hacia su destino. Se paró con dificultad. Caminó con la pesadez característica de su gravidez. Balanceándose de un lado para otro, agitándose porque el bebé estaba arriba y estaba abajo y en todos lados. En todo su ser estaba ese bebé que necesitaba alimentarse, que pujaba, que pateaba, que exigía. Y Clara caminó como pudo y se fue acercando al lugar luminoso y lujoso. Divisó las cortinas rojo vino. Vino tinto y caro. Entendió que si entraba por la puerta principal no tendría chance. Debía encontrar la entrada posterior, la de los empleados.
Rodeó la esquina y allí encontró el fondo, el backgraund. Divisó a un joven que está sacando la basura. “Parece macanudo”, o eso quiso creer ella. Era su oportunidad y apuró el paso. Y con cada pisada su panza se ponía más dura, tensa. “Duele abajo”. Sintió que algo se le desgarraba por dentro. El niño quería salir y ninguna palabra suya lo detendría. Extendió la mano hacia el joven empleado. Le rogó con la mirada.

Tomás observó a la mujer que extendía la mano hacia él. Vio sus ojos tristes, agonizantes. En un segundo la alegría y la confianza que habían surgido se disipaban. En un instante se hizo miles de preguntas y entre ellas si debía ayudar a la joven que se acercaba o entrar y conservar aquel primer logro. Miró hacia la cocina, a su futuro, a la luz brillante. Pensó en su mamá, en las carencias, pero su conciencia pudo más. Atajó a Clara en el segundo en que ella caía. La llevó adentro y en la cocina del restaurant, luego de unos cuantos pujos y ante la mirada espasmódica de sus compañeros de trabajo, Tomás recibió en sus manos al bebé de Clara.

“¿Cómo lo vas a llamar?”, preguntó el médico de la ambulancia mientras iban camino al hospital. “Tomás”, dijo ella con una sonrisa.

“Bien hecho, amigo”, le dijo el jefe ante el aplauso de sus compañeros. “Estás hecho para el trabajo”, agregó socarronamente. Tomás suspiró y fue hasta el baño a enjuagarse las manos. Se miró al espejo y supo que retomaría sus estudios, pero esta vez en una carrera completamente diferente.


Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) - Todos los derechos reservados 2015

viernes, 4 de diciembre de 2015

PINCELADAS





Camila observó sus herramientas de trabajo. Se mordió el labio inferior mientras una artística duda se instalaba en su imaginación. Siempre que tenía dudas o cada vez que quería concentrarse mucho, hacía ese gesto. Su boca quedaba muy roja, casi sangrando luego de morderse, pero ya no dolía. Ya no importaba. Sobre todo porque sabía que con ese gesto irritaba a su mamá. Sí, esa mujer odiaba cuando hacía eso. Y muchas veces Camila lo hacía a propósito. Sólo por el placer de contrariarla.

Su mano jugueteó en el aire como anticipándose, como danzando el ritual de preparación y despidiendo al lienzo blanco e inerte que tenía enfrente.  La primera pincelada siempre era la más difícil, desafiante. Era casi como elegir con quién hacer el amor para procrear el hijo más hermoso y perfecto del mundo. Era decisiva, única. Ella lo veía así, lo sentía de esa manera.

Pero para llegar a trazar la primera línea, había pasos que seguir. Un orden. Primero debía elegir el pincel. ¿Usaría uno de trazo grueso o delicado? ¿De pelo sintético o cerda? Redondo, en abanico o lengua de gato. Era difícil pensar con qué iniciaría su obra maestra. Sobre todo porque una vez comenzada ya no podría parar, ya no podría arrepentirse. Después de esa primera pincelada ya no había vuelta atrás. Solo entonces, luego de decidir el pincel, venían los colores. Había muchos para elegir aunque generalmente usaba azul. Amaba el azul. Quizás tenía que ver con las historias de niña con eso del príncipe y el “felices para siempre” que le contaba su mamá.

Ella no había tenido uno de esos finales de cuentos. Ni siquiera un principio. ¿De quién era la culpa? Camila no quería pensar en eso. Aunque su corazón tenía un nombre y era el de su madre.
Tiempo atrás, esa mujer, la misma que odiaba sus gestos, la misma que ahora le hablaba sin parar como cotorra, la había recluido en ese lugar triste y pulcro. Muy blanco. Muy aromatizado con lavandina. Muy muerto para su espíritu. Y lo único que consoló a Camila fueron las clases de pintura. Por supuesto que Camila estaba mucho más avanzada que lo que ahí le enseñaban, pero al menos pasaba horas enteras pintando. Y destruyendo luego.

Sus creaciones eran únicas y morían pronto luego de nacer. Quizás era la forma en que Camila veía su vida. Quizás ella se consideraba una muerta en vida, que apenas había tenido tiempo de florecer en el mundo de los cuerdos. Quizás nunca había vivido una vida normal y eso expresaba en sus cuadros. Pero la realidad era que ella no enunciaba nada y esos “quizás” eran probabilidades que moraban su mundo interior desconocido para su familia, para su madre.

Era lunes. El lunes posterior a las visitas. El lunes triste luego de la conversación con mamá. Luego de la negación de la realidad por parte de su madre. Para Camila, los lunes eran deprimentes. Y a pesar de que más de una vez se negó a verla, la obligaban a hacerlo. Su madre era una de esas mujeres con grandes influencias y por eso nadie le decía que no. Excepto Camila. Y por eso, cada domingo en las visitas enmudecía e imaginaba qué cuadro comenzaría a pintar el lunes.

Eran personas, siempre. Y muchas veces su madre. La pintaba en situaciones desagradables. La dibujaba con sus maravillosas curvas en momentos violentos como cayendo por las escaleras, cortándose la mano con un cuchillo, chocando el auto favorito. La pintaba como la imaginaba. Como deseaba que fuese la realidad.

Y luego el domingo la escuchaba o pretendía hacerlo. Lo que Camila no percibía eran las peripecias que la mujer pasaba cada semana. El choque de su escarabajo rosa, la caída en el trabajo, el esguince de tobillo. Ella contaba y Camila imaginaba. “No me estás escuchando, hija. Siempre te cerrás. Yo sé que me tenés rencor…”

Y sólo entonces Camila observaba a su madre con una mirada helada, con ojos vacíos de sentimientos. Y su madre se sentía amedrentada. Era la misma mirada de aquel día. La misma mirada del velorio. Los mismos ojos oscuros que Camila le dio al insinuar siquiera algo. Helados, casi asesinos. A la madre de Camila, nadie le quitaba de la cabeza que la muerte de su esposo se debía a su hija. Nadie. Y ante la duda, antes de confrontarla, prefirió encerrarla en el psiquiátrico. Prefirió aislarla antes que acusarla para descubrir que tenía razón y verla pudrirse en la cárcel. Porque era mejor no saber que confirmar. “Mucho melodrama, mamá”, le contestaba con sarcasmo Camila. Y la mujer se iba cada domingo llorando a su casa, casi arrepintiéndose de haberla traído al mundo.

Pero esta última visita había sido diferente. La mamá de Camila estaba contenta, radiante. Y su hija lo notó. Había algo maravilloso en ella y la envidió. Su madre se volvería a casar y se mudaría lejos. “Se cumplirá tu sueño, Camila: ya no vendré a verte cada domingo” y Camila la odió. Detestó a su madre porque tendría un “felices para siempre” con su príncipe azul.

Luego de escucharla, esa tarde Camila se levantó de su silla y sin un adiós, se fue. Así se despidió de su madre. Así se cargó de sentimientos y de ideas para el nuevo lienzo.

Al lunes siguiente la joven adolescente comenzó a pintar. Luego de la primera pincelada siguió otra y otra más con los distintos tonos de violeta y azul. El trance llegaba y Camila pintaba con pasión. Primero el vestido. Luego el rostro pálido, la lengua fuera de la boca de tono violáceo y una cuerda amarilla alrededor del cuello. Esta vez, con lujo de detalles, pintó a su adorada madre ahorcada en el árbol del jardín de su nueva casa. Detrás, un hombre en el suelo llorando y un arma en el pasto a punto de ser descargada.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015


viernes, 27 de noviembre de 2015

La pura verdad








Dicen que hay cosas nunca se superan. Aun cuando se es pequeño, aun cuando no hay conciencia de lo que sucede alrededor, algo queda. Dicen que es así y Juan no es la excepción.

Él es una persona tranquila. Simple a su manera, solitario.  Por eso, Juan no imagina el poder que tiene en sus manos. Y no lo hace porque simplemente es algo imposible de creer. Él es una persona realista. Ateo por convicción y temeroso de los hombres por experiencia. Y ese temor es resultado de su pasado: sus padres habían muerto cuando él era pequeño, asesinados frentes a sus propios ojos.
Y en Juan quedó ese dolor mezclado con amargura y una cuota de futura venganza, escondido en un pequeño rincón de su inconsciente.

Sin embargo los años pasaron, él creció bien, maduró rápido. Los detalles macabros de su horrible pasado estaban en el olvido junto a tantos otros recuerdos. Así se transformó en un adulto hecho y derecho y al parecer, tuvo una vida plena y fructífera. Solo, pero feliz.

Vive en la ciudad. En la misma casa en las que sus padres habían perecido. Tiempo atrás, había logrado comprarla en el estado original. Con los mismos muebles, con las mismas cosas de cuando era chico. En su hogar, el tiempo está detenido y a él le parece bien. Más que bien, en realidad. Es su burbuja en el tiempo y eso lo resguardas del mundo real, agresivo y apurado.

Cada fin de semana, Juan descansa en su refugio de la playa. Un maravilloso lugar en el sur. Alejado de todos. Alejado del bullicio de la ciudad, de los vecinos molestos y de toda compañía posible. Le gusta estar solo y, sin indagar mucho en los por qué, lo acepta con alegría y disfruta al máximo de esos momentos.

El sol baña a Juan con su cálida luz. Sale a caminar por la playa, a pensar en la vida, a disfrutar del maravilloso fin de semana. Sus pies descalzos tocan la arena. El agua que en pequeñas oleadas acaricia su piel. Es el paraíso. Y mientras camina con mucha paz en su corazón, los minutos pasan y se transforman en horas.

Está ya muy lejos de su cabaña cuando el sol comienza a esconderse y el viento se hace más frío. Entonces, sin que eso lo amedrentase, se mete entre las rocas. En las cavernas naturales. Conoce cada rincón, cada pasadizo de ese asombroso lugar. Pero así y todo, la naturaleza siempre lo sorprende. Y esa tarde encuentra una cueva inexplorada en sus anteriores visitas.

La gruta es enorme. Su abertura principal, enorme como la boca de un monstruo ancestral, juega con el viento y provoca un sonido agudo, casi como la voz de una mujer que lo invita a pasar. El sol rebota entre las piedras y eso es suficiente como para que Juan entre sin pensarlo demasiado. Hay en el techo, estalactitas de cristal y en el fondo se puede escuchar el agua correr. “Hermoso”, piensa.
Camina hacia adentro unos cuántos metros. El sol poniente le ayuda iluminando el lugar. Y esa tarde en particular, el sol tarda más de lo debido en esconderse del todo en el horizonte. O así le parece a Juan.  

A lo lejos, un rayo de sol perdido se topa con algo que provoca destellos de miles de colores. “Extraño”, se dice, aunque avanza directo a ese lugar. Camina unos cuantos metros más, evitando las rocas provenientes del techo abovedado de la cueva y llega hasta una pared donde parece terminar todo. Incluso el mundo en sí mismo.

El mar se siente a kilómetros de distancia. El sol apenas relampaguea y afuera hay una calma expectante. Mientras Juan se acerca a ese brillo incrustado en la pared, el universo hace una pausa, como si estuviese conteniendo la respiración ante lo inevitable.

Juan observa más de cerca el brillo. Es algo incrustado en la pared. Es tan hermoso que sin pensarlo dos veces, lo toca. En el instante en que su dedo entra en contacto con aquel objeto, el silencio se hace absoluto y aparece una tremenda oscuridad.

A la mañana siguiente Juan despierta pensando que aquello había sido un sueño. Uno extraño, por supuesto. Y mientras se prepara el desayuno decide ir en busca de la cueva. Necesita saber si aquel sueño ha sido sólo eso o tal vez un recuerdo guardado de su infancia. Tiene cierta ilusión. La ilusión de haber estado antes en ese lugar. Quizás con su padre, quizás con su mamá.  Tal vez el tesoro exista. Tal vez.

Sin embargo y para su sorpresa, al observar la mesa de la cocina, ahí está el pequeño objeto. Es una botella con una diminuta etiqueta que dice “La pura verdad”.
Juan queda hechizado por la imagen tanto que ni se cuestiona cómo había llegado a su mesa ni se pregunta qué sería ese objeto. En el mismo trance en el que se encuentra, toma el frasquito con gran delicadeza, aunque con temor de romper ese artefacto milenario y observa que dentro hay una especie de remolino. Un huracán en miniatura. Un torbellino de arena permanente y unos cuantos rayos que dan a la imagen un aspecto surrealista como mínimo. 

Juan está maravillado con su hallazgo. “Quizás aun estoy soñando”, piensa y convencido de eso sale con su descubrimiento en mano para verlo mejor a la luz del sol.

Siente la calidez de la arena en sus pies, la brisa marina en su rostro. No parece un sueño para nada. Pero no importa ya. Eleva el frasquito y deja que un rayo de sol lo atraviese. “No desearás esto”, escucha y se asusta. El frasquito resbala de sus manos y cae en la arena con el peso del universo en su pequeña masa. El mar se silencia de pronto, las nubes se detienen y la brisa se desvanece de inmediato.

Juan siente el miedo recorrer su cuerpo. La voz parece muy real y sobre todo, la reacción de su entorno es inexplicable.

Se despabila de las sensaciones y se agacha para observar mejor. Se había producido un cráter de tamaño desproporcionado en el sitio donde había caído el frasco. La arena está derretida ahí como cuando los rayos caen en la playa. Y en el centro, su preciado objeto brillante. Aunque ahora son dos. El otro es rojo. Intenso. También contiene un huracán, pero diferente, con lluvia de sangre. “El mal universal”, dice. Y no se atreve a tocarlo.

La “pura verdad” ahora es más grande y su tapa late al ritmo del corazón de Juan. “Podés acceder a la pura verdad destapando el frasco. Aunque no lo recomiendo”, dice la voz otra vez. Juan mira a su alrededor aunque sabe que está completamente solo. Se repite varias veces que esto es un sueño y agarra el frasquito de la pura verdad. El huracán es mayor, los rayos son más grandes y ahora se puede divisar una ciudad diminuta. “Esto es tan pero tan raro”, piensa. Y acerca el frasco a sus ojos. De inmediato el frasco del mal universal aumenta de tamaño. “Estás por llegar a un punto de no retorno, amigo”, dice nuevamente la voz.

Juan suspira y mira más de cerca la verdad. Mientras, el mal aumenta y se pone más rojo. Lo que observa ya no es una ciudad, sino un barrio. Allí hay familias, niños jugando en la calle. Es una hermosa tarde, es primavera.

Los niños juegan en las calles. El sol cae. Las madres llaman a sus hijos y el barrio comienza a descansar. Juan siente en su pecho la ansiedad de una historia conocida. Siente un latir en su cabeza y se arrepiente de haber mirado el frasco que ahora es mucho más grande. Casi tiene el tamaño de una botella de vino. Ve su casa. La de ahora, la de antes. Ve a su madre sentada en el sofá mirando la televisión. Ve a su padre sacando la basura. Era tarea de hombres, lo recuerda. Y se ve a si mismo a sus cortos 4 años jugando con un autito de colección.

Las lágrimas comienzan a brotar de los ojos de Juan. “Ya es tarde”, dice la voz, pero Juan lo sabe. La botella del mal se hice enorme, gigante, roja y huracanada. Unos hombres entran a la casa de Juan. Gritan. Todos gritan. “Callensé o los mato a todos”, dice uno muy alterado. El padre de Juan quiere defender a su familia. Es en vano. Lo golpean hasta matarlo. Toman de los pelos a su mamá y se la llevan al cuarto de arriba. Otro de los maleantes se queda con él. Está inquieto. Se le nota que eso no era parte del plan. Juan está otra vez ahí dentro, en la casa, es chico. Su mamá grita. Es desgarrador. Luego de un largo rato el silencio invade la casa. Los tipos meten las cosas de valor en bolsas. “Ya se van”, piensa Juan. La botella del mal está a punto de reventar. Lo traga, lo envuelve.

Uno de los ladrones le habla al otro. Señala a Juan. Discuten. “Es un niño”, dice uno de ellos. No importa. La botella del mal explota. El huracán de sangre invade el alma de Juan. Se apodera de él, de sus pensamientos. La venganza brota, el mal se instala en el mismo momento en que la bala atraviesa su pequeño corazón.


Ahora Juan va en busca de ellos.

Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) - Todos los derechos reservados 2015 

sábado, 14 de noviembre de 2015

La torre





“¡Dios, mío, dios mío! No sé si me estoy volviendo loco, pero es necesario que cuente esto. Alguien tiene que saber lo que me pasa. Me encerré por mi propia voluntad y desde aquí voy a proteger a la humanidad. Aunque dudo que alguien pueda salvarse.

Era un pequeño papel. Mínimo, escrito con sangre. Lo encontré en una visita a la ciudad de piedra. Provenía de una torre abandonada. Una de esas que estaban protegidas por el gobierno y a la que obviamente no se podía entrar. Solo se accedía con un guía y en grupo. Por supuesto estaba determinado a verla, a entrar y a constatar la leyenda por mí mismo.

Antes de realizar “el golpe” como le decía yo, antes de animarme a entrar, hice unas cuantas visitas. Siempre en conjunto, siempre rodeado de gente que pasaba y observaba sin involucrarse, sin meterse en la historia. Y con cada visita algo en mi interior se gestaba. Una decisión, una certeza, varios recuerdos. Mi madre, tan presente y una leyenda antes de dormir.
Y de esa manera, él nos salvó a todos. Porque hay ciertas cuestiones que deben ser vedadas a los hombres…
Pero ¿cómo una persona sola puede salvar a miles de millones?
Pudo Adán ser el padre de todos, pudo un solo ser humano salvarnos de la perdición.

Esa conversación era tan lejana como los recuerdos de mi infancia. “Sos un ser especial, hijo”. Adoraba a mi madre. Y como todo lo que adoré en mi vida, lo perdí muy pronto. Vi pasar generaciones y generaciones. Crecí con esa historia relatada por mi madre y con la incógnita de cuál sería la perdición y si se trataba sólo de una leyenda. Pensé en mi hijo recién nacido. A él le debía la verdad.

Luego de décadas de investigación, luego de tomar coraje, de procesar esto de romper las reglas, me decidí a entrar solo. ¿Qué podía perder? Luego de tanto, luego de una eternidad de reflexión, estaba seguro de que nada. A lo sumo, sería una decepción descubrir que todo era una mentira.

Ese día por la tarde, salí en una excursión junto a varias personas. El camino era sinuoso y en muchas partes inaccesible. Pero finalmente, luego de varias horas llegamos. Al bajar, la joven guía comenzó a contar la historia del lugar. La misma historia que había escuchado tantas veces, aunque ahora yo deseaba que terminara rápido, que se fueran todos de ahí. Mi corazón estaba alterado, yo estaba nervioso. Sentí que toda mi vida había sido dirigida a ese minuto único en donde la historia sería revelada ante mí.

El mundo a mi alrededor estaba ralentizado. Todo tardaba una eternidad. Cada palabra, cada respiro. Era obvio: necesitaba una distracción para escabullirme e infiltrarme en ese mágico lugar. Un cartel prohibía el paso. Así que cuando la joven habló acaloradamente de los asesinatos ocurridos en esa torre rocosa, y mientras todos observaban sorprendidos lo alto que ella señalaba, me escondí detrás de unos arbustos. Luego de un rato todos se fueron y suspiré aliviado. Tomé coraje y entré.

El sol caía entre los cerros rodeados de nubes grises. Sabía que quedaban pocas horas de luz por lo que me apuré. Traspasé la cadenita que contenía el cartel de “peligro” y un escalofrío me recorrió la espalda. “No seas boludo”, me dije mientras sellé mi destino al darme cuenta que sería imposible volver. “¿Porqué no lo pensé antes?”, me cuestioné. En todo caso, ya era tarde para arrepentimientos.

El lugar olía a rancio. El aire se sentía espeso y viciado. Quizás me estaba llenando de hongos al permanecer ahí, pero necesitaba fotografiar aquella recámara. Necesitaba sentir la leyenda en carne propia. Necesitaba vivir lo que él había padecido. “Él nos salvó a todos”. Había sido una terrible decisión. Para él, para los suyos. Sin embargo, para los demás era todo palabrerío. Aunque no para mí. Yo estaba seguro. Lo sentía en mis venas: todo era real. “El fue un héroe, hijo. Nunca lo olvides. Jamás”

Atravesé el umbral y me sentí transportado a otra época, a una lejana y sanguinaria. Sentí el horror del pasado colándose en mis huesos y la promesa de la fatalidad suspirando en mis oídos. “¡Qué estupidez!”, me dije. La penumbra me envolvió enseguida, pero esperé y cuando mis ojos se acostumbraron comencé a divisar bultos. De repente y como si se revelase algo maravilloso y único, divisé las paredes y el interior, una mesa y un banco de madera. La piedra tenía colores entremezclados: verde, negro. Incluso rojo. Parecía chorrear desde arriba, como si las paredes lloraran por el hombre y el sacrificio.

Fui hasta la mesa y la fotografié. “Vete de aquí”, decía un grabado en la madera. No hice caso, por supuesto y busqué la escalera. Era rudimentaria y circular. Largos adoquines brotaban de la pared y conducían hasta lo más alto, hacia mi destino. Miré hacia arriba. Era infinita y finalizaba en la recámara donde descansaba eternamente el hombre. No había barandas ni nada parecido por lo que me repetí varias veces que si me caía era mi final. Empecé a subir, escalón por escalón, con cuidado y miedo. A medida que me alejaba del suelo, mi mente reproducía miles de situaciones en las que yo terminaba muerto, estrellado con el cráneo partido en dos. “Calmate ya”, me dije, pero mi mente tenía vida propia y se empecinaba en mostrarme esas visiones horribles.

Continué con mi ascenso. Me fui apoyando a la pared circular y áspera, a la secreción que brotaba de la piedra y se pegaba a mis pensamientos. De tanto en tanto tuve que detenerme por el vértigo que producía la altura y al mirar hacia abajo la oscuridad me succionaba, o eso me parecía. Aunque lo peor no era eso. A mitad de camino la secreción babosa que chorreaba de la pared atravesó mi ropa, mi piel, mis huesos. “Pará de alucinar”, me dije más de una vez. Pero algo de eso se estaba mezclando con mi esencia y a medida que el tiempo pasaba, flashes de la habitación se aparecían en mi cabeza y se instalaban como una realidad permanente, indeleble. Una vela, una hoja pequeña, sangre. Mucha sangre. Y con mano titubeante alguien escribía que me alejara de allí.

“Imposible”, me dije. Y miré hacia arriba, a mi destino. Y lo vi. Vi que debajo de la puerta había un resplandor. “No puede ser”. Pero era. Parpadeé varias veces para cerciorarme de que no alucinaba. Me repetí que nada de aquello podía ser posible. Pero estaba sucediendo. Como también sucedía que lo que chorreaba de las paredes ahora me empapaba de rojo y verde, y me transformaba con cada segundo que permanecía allí. La oscuridad me succionaba al abismo pidiéndome que me suicide, y el resplandor me atraía como una polilla que estúpidamente va al calor de la llama.

Por un segundo dudé si seguir o irme para nunca volver. “Ya estás a unos cuantos pasos, mi querido y no hay forma de volver atrás”, escuché una voz de ultratumba y a pesar de mi terror continué subiendo. Los escalones eran cada vez más pequeños pero ya no me importaba. A estas alturas solo el miedo me guiaba. Y bruscamente me sentí liviano. Sentí que el cuerpo no me pesaba, que mis pasos no eran titubeantes. Estaba seguro de que ese líquido que me había penetrado me había dado alguna especie de poder extraordinario. O me quería convencer de algo que no fuese mi ineludible destino fatal. El miedo se fue apaciguando y en un segundo estuve parado frente a la puerta. Acomodé mi cámara, limpié el lente y entré.

Lo siguiente que recuerdo es una sombra que me tragó.

Desperté junto a mi esposa y supe que algo horroroso pasaría si mi vida y la de mi hijo, seguían adelante. Muerte y horror, sangre y una humanidad corrompida por la inmortalidad. Porque mi condición se esparciría como un virus maldito en el vientre de cada mujer que supiese lo que le depararía a su prole. Aun perturbado tomé a mi pequeño de 2 años y aunque ella gritó y lloró me lo llevé a la torre de piedra. “Nunca me olvides”, le dije a mi mujer, aunque no sé si me escuchó. En la torre y luego de que el niño se durmiese, le quité la vida. Lo asesiné con mis propias manos y con su sangre, mezclada con mis lágrimas, escribí una advertencia: si de mí había descendencia, el mundo dejaría de ser el que era.

Los siglos pasaron y yo continué encerrado a pesar de que varias veces flaqueé. Me alimenté de hongos que crecían en las paredes y pude sentir la transformación recorriendo mis venas. Sin embargo, una noche alguien entró, atravesó el portal y se presentó frente a mí. Apareció ahí con algo metálico en sus manos y me apuntó. No supe qué era aunque no me importó. Vi en sus ojos algo, una chispa que siglos atrás supe ver en mí. Me le abalancé pero lo que pasó fue extraño. En lugar de poder tomarlo del cuello y ahorcarlo, nos fusionamos. Nos convertimos en uno.

Ahora somos espanto que vaga por las noches. Sé que alguien más aparecerá. Que mi sacrificio fue en vano. Porque entendí que aquel brillo era algo que había visto en mí la misma noche en la que mi vida se escapó de mis manos. De la cordura cotidiana. Entendí que cuando dejé a mi joven mujer, llorando desesperada porque me llevaba a nuestro pequeño descendiente, ella esperaba el segundo.


Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015

sábado, 7 de noviembre de 2015

Inmune









Alba tomó el vaso de cristal y de un sorbo vació el contenido color ámbar. Su esófago sintió enseguida el calor, como un fuego que traspasó sus entrañas. No estaba acostumbrada a tomar nada fuerte y ese… bueno, era un momento especial para tomarlo. 


Miró la casa. Impecable como siempre. Impecable a pesar de todo. Ella era prolija como primera y quizás única cualidad, escrupulosa en sus quehaceres, detallista al máximo. Aunque ahora pensaba ¿de qué sirvió tanta pulcritud? De nada, por supuesto. A pesar de todos sus esfuerzos, los tres cadáveres descansaban en sus camas, cubiertos con sus respectivas sábanas blancas. El balde con agua turbia, por la mezcla de sangre y heces, descansaba en el lavadero junto al lampazo. En el ambiente, había un aroma a perfume mezclado con estiércol. Pero ese olor era mejor que el de afuera. 


Ahora que la calma se había instalado, un sollozo se le subió desde la boca del estómago. Intentó salir con violencia pero Alba lo reprimió enseguida. Se prometió no llorar más. Ya había derramado demasiadas lágrimas en esos días y de nada le había servido. El llanto siempre había sido su compañero, pero en este caso deseaba estar sola. Deseaba no sentir nada, en realidad. 


Pensó en cómo estaban las cosas, pensó “¿Por qué yo? ¿Qué tengo de especial?”. Aunque para esa pregunta era tarde, como para tantas otras cosas. Porque si se hubiese dado cuenta antes, quizás el resultado hubiese sido otro. Seguramente el mundo hubiese cambiado. O no. Tal vez, ese pensamiento destructivo y oscuro era una forma más de castigarse. Un tormento, un “qué hubiese pasado si…” 


Miró por la ventana. Pilas y pilas de cuerpos en las calles. El olor a podredumbre era penetrante y nauseabundo, pero ella ya se había acostumbrado. Así como se había acostumbrado a su relativo encierro, a su relativa felicidad, a toda su vida vivida de forma relativa; de esa misma forma también se había acostumbrado a ver cadáveres por doquier. Aunque jamás imaginó que todo terminaría así. 


Pensó en su esposo. Él fue uno de los primeros en partir. Con total seguridad su cuerpo estaba en la fosa común que se armó al principio de todo. Unas semanas atrás, cuando los casos eran unos pocos cientos, los científicos habían mandado a construir un enorme pozo crematorio. La idea era incinerar los cadáveres, pero no hubo tiempo. Los contagiados aumentaron exponencialmente en cuestión de horas. Y a los dos días de él, la mitad de la población ya había perecido. 


“Horrible”, murmuró.


Luego siguieron los niños. Los propios y los ajenos. Los tres hijos de Alba fueron expirando de una forma espantosa. Uno a uno, levantaron fiebre y se desangraron en cuestión de horas. “Pensamos que era el Ébola. Pero ni eso mata tan rápido”, recuerda ella una conversación de expertos en la televisión. La sangre salía por los ojos, los oídos y la boca. Y sus hijos se retorcían en febriles convulsiones. Cuando paraban de quejarse era porque la enfermedad ya les había quitado el espíritu, los había vaciado. 


Alba los cuidó. A cada uno de ellos le entregó su paciencia y su amor. Mientras que por dentro ella se marchitaba, se transformaba en una muerta en vida. En un zombi. Y así, cada uno sus hijos la abandonó y ella transmutó a una piedra inerte. 


Luego de que el más pequeño muriese, Alba se dispuso a acomodar el desastre que había en su hogar. Con pena, y un peso enorme en su pecho tomó el balde y detergente y limpió la sangre de sus hijos que estaba esparcida por doquier. Horas y horas de extenuante labor mientras que afuera los gritos de desesperación se iban calmando. Hasta que hubo un silencio global. Entonces, luego de limpiar la casa, de acomodarlos con prolijidad, Alba esperó que la enfermedad viniese por ella. Que se la llevase junto a los suyos. Junto a los otros.


Los días pasaron y el mundo pereció por completo. Y Alba quedó esperando la enfermedad. “Quizás te alimentaste de tantos que ya no podés venir por mí”, gritó desesperada una noche. Era la última de los humanos. La sobreviviente de un cataclismo viral. La inútil inmune que no pudo hacer nada por nadie. Solo limpiar el despojo de una familia destrozada.


Miró el vaso vacío. Suspiró mientras la última lágrima recorrió su mejilla. Su dedo acarició el contorno del cristal con suavidad y un silbido agudo apareció en el aire. Breve y único. Los ecos de ese musical sonido se esparcieron por el mundo, sin interferencias. Alba escuchó el mágico sonido y el silencio posterior. Y en el instante que sintió que alguien golpeaba su puerta, supo que el veneno había surtido efecto.



Relato basado en el micro:

“Sola y su alma, de Thomas B. Aldrich: Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean la puerta.”


Autor: Misceláneas (Soledad Fernández) – Todos los derechos reservados 2015